Summary: Después de una noche de pasión, palabras susurradas y fantasías sin cumplir, la "inocencia" de Isabella pendía de un hilo. Una atracción intensa y prohibida nunca fue más peligrosa. AH/Lemmons/OoC


Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la autoría de Stephanie Meyer. Yo sólo los tomé prestados para protagonizar esta historia.


La historia está catalogada con rating M por temática sexual, narraciones explícitas y vocabulario no apto para sensibles. POR FAVOR, abstenerse de leer si no le es de su agrado.


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Prólogo:

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—Oh, Dios…

Un profundo jadeo salió de los labios de Bella al momento que Edward pasó su mano a través de aquel triángulo de vellos. Su toque era increíblemente suave y tentador, que creaban un real contraste al crudo deseo que corría por sus venas.

Cuando el dedo invasor de Edward se adentró en su delicada piel, Bella sólo atinó a arquear su espalda y gemir.

Esos sonidos, esos eróticos grititos que daba Bella cuando él la tocaba, no hacía más que provocar a Edward a perder el control.

En el fuego de la pasión, arrastró sus uñas por toda la longitud de su espalda, haciendo intentos de acercarlo y unirlo finalmente a ella. Su abandono, la falta de conexión física entre ambos, se le estaba haciendo imposiblemente dolorosa.

Se sentía tan bien la fricción de sus cuerpos desnudos, acalorados y sudorosos. Edward estaba apoyado en uno de sus brazos, suspendido levemente en el aire, sólo lo suficiente para no recargar todo su peso, pero, a la vez, tratando de tocar la mayor superficie de piel desnuda que pudiese abarcar. Él no podía respirar al sentir el roce de sus endurecidos pezones sobre su propio pecho cada vez que ella jadeaba por aire.

La cabeza de Bella giraba sin control. Aquel dedo travieso estaba haciendo magia en su interior, tocaba botones escondidos que le hacían ver puntos de colores detrás de sus párpados cerrados. Pero ella sabía que no era suficiente. Tenía plena certeza que no era ni una décima fracción de placer que le podía dar otra parte de la anatomía de aquel hombre.

Ella se incorporó como pudo y lamió la piel expuesta de su cuello.

Otro dedo le hizo compañía al primero y los bombeos aumentaron de velocidad.

Bella quería rogar, suplicar por el alivio que tanto anhelaba. Quería decirle tantas cosas a Edward, pero su juicio estaba tan nublado por la pasión, que lo único que podía hacer era gemir y retorcer las sábanas en sus puños.

Edward estaba desesperado. Nunca había querido a una mujer con la fuerza como lo hacía ahora. Cada célula de su cuerpo crepitaba por su toque. Quería que su calor húmedo lo envolviese, y tocar las puertas del cielo enterrado muy profundo en ella.

—Abre más las piernas —demandó.

Ella obedeció con gusto.

Aquellos ojos verde esmeralda eran abrasadores, mandando corrientes eléctricas directo a su intimidad. Cuánto tiempo había ansiado un simple toque, un beso robado, una caricia furtiva, y ahora lo tenía desnudo y dispuesto sobre ella. Era mucho más de lo que podría haber soñado en sus más locas fantasías.

Un suspiro de placer se escapó de sus labios cuando él afirmó con una mano su cadera y se empaló hasta la base en una limpia estocada. Cerró los párpados y abrazó su ardiente toque.

Era más de lo que esperaba. Mucho más. Era exquisita y sentía que no podía tener suficiente de ella. Era el éxtasis hecha fémina. Sus arremetidas eran fuertes y seguras, que aumentaban de velocidad a cada estruendosa acometida.

Pero de alguna forma… no era suficiente.

Salió de ella y giró su cuerpo, de tal forma que ella quedó con el trasero expuesto y las manos apoyadas en el borde de la cama.

—¿Edward…? —las palabras murieron en su boca en un lloriqueo, cuando él se sumergió otra vez en ella desde atrás.

Mhmm, sí. Así era mucho mejor. Ella jadeó por la anchura y profundidad avasalladora de él finalmente dentro de ella. La llenaba completamente de una forma que no podía ni siquiera tratar de explicar. Estaba expuesta y acalorada, rendida ante tal erotismo.

Él acostó su cabeza en su hombro y agarró uno de sus senos, mientras seguía penetrándola una y otra vez con exquisito ritmo febril. Cada golpe se sentía más profundo que el último.

El aliento cálido de Edward chocaba en la nuca de ella, haciéndola temblar. Eran muchas sensaciones y tan intensas.

Su mano siguió su travesía por debajo de su seno, cruzando a través de su plano vientre y llegó finalmente a aquel botón tan sensible.

—Oh Edward —siseó y dejó ir aquel potente orgasmo.

Él no se hizo esperar demasiado. Sentir como su carne se cernía a su alrededor hizo desencadenar la energía que tenía acumulada dentro de su cuerpo. Una ola de éxtasis barrió sus sentidos y se derramó en ella con un grito animal.

Ambos cayeron en el colchón, con sus piernas enredadas y sus pechos subiendo y bajando al tratar de tomar aire. Edward salió de ella y se acostó de espaldas, aun temblando por las réplicas de su orgasmo. Había sido tan intenso, tan cataclísmico.

Sintió como un peso se posaba en uno de sus hombros. Giró su cara hacia esa dirección y se paralizó. De pronto, todos los acontecimientos inundaron su cabeza en un reproche colectivo.

¿Qué había hecho?

La muchacha que estaba al lado de él, que lo miraba con una expresión completamente satisfecha, era la menos indicada para estar en ese preciso lugar.

Jamás debería haber dejado que pasara.

Ignoró sus músculos entumecidos y se irguió en sus dos pies, agarrando sus pantalones del suelo. Se los puso en torpes movimientos y habló sin hacer contacto visual.

—Vete, Isabella. Vete ahora mismo.

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Capítulo 1

Ignorance

...

"Ignorance is your new best friend"

...

—Aquí está su café, señor.

Edward Cullen enfocó la mirada a la mujer que tenía en frente. Había estado tan ensimismado en sus pensamientos que no la había escuchado llegar, y eso a él jamás le pasaba.

—Gracias —logró articular, tratando de desecharla con aquella escueta respuesta.

Necesitaba enfocarse. Necesitaba encontrar el hilo mental para unir sus pensamientos.

El pequeño café en donde él estaba servían los más deliciosos trozos de pastel de limón, y el capuchino vainilla estaba para morirse. Era un secreto a voces en todo Seattle. Las mesas y sillas eran de un tono rosa chillón con bordes metálicos, y aún tenían una rocola de los años sesenta. Era un lugar pintoresco y alegre en donde la gente le gustaba ir a relajarse y comer sin mayores preocupaciones.

Lamentablemente para Edward, esa no era la razón por la que estaba ahí.

Justo al frente de donde estaba sentado, se encontraba aquel edificio.

Ella está ahí —pensó—. Está ahí y yo tengo que ir a verla… solucionar todo.

Si sólo supiera cómo.

Tomó un sorbo de su café, sin molestarse siquiera en saborearlo. Miró el reloj que estaba en su muñeca. No servía de nada aplazar lo inevitable.

Se levantó de su asiento y dejó en la mesa el dinero suficiente para pagar su café a medio tomar y una cuantiosa propina para redimir el posible maltrato que hubiese tenido con el personal. Ni siquiera lo sabía, en ese preciso instante era un completo autómata.

Atravesó la única calle que lo separaba de la verdad. Los ruidos de la ciudad y el frío se sentían tan ajenos. Lejanos. Porque él no podía sentir. No ahora.

Entró por la puerta principal y se identificó con la persona a cargo.

—Necesito hablar con Isabella Swan —habló con voz profesional, limitando en la prepotencia.

Los nervios le estaban comiendo vivo, un dolor punzante alojado en el fondo de su estómago le venía molestando insistentemente desde la madrugada, cuando lo llamaron y le dijeron que tenía que ir lo más pronto posible a ver a Isabella.

Él se pasó innumerables escenarios posibles, pero jamás imaginó que el destino le jugaría una broma cósmica tan cruel.

—Siéntese. Vendrá enseguida.

Hizo lo que le dijeron. Apoyó sus antebrazos en la mesa que estaba frente a él y dejó que su cabeza descansara en sus manos.

Estaba cansado, agotado, y ni siquiera era mediodía.

Unos minutos después se escuchó el click de un seguro y la puerta de la habitación se abrió.

Isabella barrió con la mirada a su alrededor, fijándola finalmente en el ojiverde vestido de traje que estaba estudiándola con exagerado interés. Ella sabía que a él le importaba una mierda lo que a ella le pasase o le dejara de pasar, se lo había dejado muy claro la noche anterior. No entendía por qué se presentaba ante ella, ahora, cuando hace sólo horas atrás la había negado hasta tal punto, de echarla de su casa a empujones y palabras hirientes.

No le quería dar la satisfacción de que él la viera desmoronarse mientras miraba. Él era un maldito sádico al llegar justo en ese momento, cuando la muchacha lo único que quería era estar sola. Isabella adoptó la mejor cara de poker de su vida y caminó a paso seguro. Se sentó frente a Edward y esperó.

—¿Cómo estás?

—Como mierda, muchas gracias —musitó, brotando sarcasmo por los poros.

Edward frunció el entrecejo, sin saber muy bien cómo continuar. Se veía a kilómetros de distancia que la joven estaba comportándose a la defensiva, y la verdad, él no la podía culpar.

—Por favor, Isabella. Necesitamos conversar como personas adultas sólo por un momento.

—Sería un gran reto para mí, Edward, ya que aún no he cumplido la mayoría de edad. Creo recordar que me lo hiciste saber anoche… entre gritos e insultos.

—Lo sé… lo siento, yo… —la vergüenza le impedía formar una palabra coherente. Nunca se había comportado de una forma así, mucho menos con una mujer. Isabella siempre lograba despertar sentimientos y emociones que ni siquiera él sabía que tenía.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos; por un lado, la muchacha estaba demasiado herida emocionalmente para hablar, y por el otro, el joven no encontraba las palabras adecuadas para decirle todo lo que le tenía que decir.

Como acto mecánico y casi por costumbre, alargó su mano por sobre la mesa en un intento de tocar la piel de Isabella. Aquello siempre se sintió correcto, siempre lo ayudaba a encontrar la fuerza interior. Es como si su toque le transmitiera paz. Sin embargo, los recientes acontecimientos tenían a la chica en una actitud reticente. Ella quitó su mano a tiempo.

Isabella se cruzó de brazos, conteniendo sus dedos de tratar hacer lo mismo que él, y también, para sostenerse a sí misma. Sentía que se desmoronaba y no había nadie a quien recurrir para que recogiese sus pedazos del suelo. Tenía que valerse por sí misma ahora.

El corazón de Edward se oprimió. Nunca había visto a Isabella, su Isabella, tan… rota. Ella era siempre risueña y juguetona. Cada vez que pensaba en ella se le venía a la mente aquel verano que compartió con su familia por primera vez.

Ella se había presentado con una gran sudadera de los Mariners, equipo favorito de beisbol de su padre, y en sus piernas largas y contorneadas sólo las cubría un minúsculo short. Cuando se percató de su presencia, ella se sonrojó del rosa más adorable que había visto en su vida. Edward esperó que ella se excusara a su habitación o quizás evitara su presencia, ya que se veía tan tímida y delicada, pero, para su gran sorpresa, ella se acercó con una brillante sonrisa y le besó una mejilla. Juraría haber sentido descargas eléctricas en aquel inocente gesto.

Está prohibida —se repitió incansables veces a través de aquellos calurosos días—. Está completa y totalmente prohibida. Ella es la sobrina de tu amigo y… tiene dieciséis años.

Pero era más fácil decirlo, que hacerlo. Aquella niña en cuerpo de mujer no hacía más que volverlo loco. Corría feliz en su diminuto bikini y reía con tantas ganas, que hacía a Edward desear poder embotellar sus carcajadas para escucharla en días tristes. Era maravillosa. Parecía como si tuviese una luz propia que iluminaba su vida.

Y ahora estaba así.

Isabella se retorció en su silla y miró hacia otro lado mientras hablaba.

—Supongo que esta no es una visita cordial, Edward. Dime lo que venías a decir —dijo resignada.

Edward suspiró.

—No tiene que ser así, Isabella. Por favor —rogó.

—¿Así, cómo? —ironizó, irritada—. ¿Tenemos que fingir ahora? Ilumíname, porque no te comprendo. ¿Quieres que haga como que no tuvimos sexo anoche? ¿Qué sonría como hipócrita e ignore que, justo hace pocas horas, eras tú el que estaba entre mis piernas jodiéndome hasta el cansancio? ¿Qué eras precisamente tú el que jadeaba en mi oído en cada profunda embestida?

—Isabella…

—¡Deja de decir mi nombre de esa manera! Es como si estuvieses regañándome por algo que hice. Ambos lo hicimos. Ambos estábamos de acuerdo, a pesar de lo que tú puedas decir. Y no creo haber escuchado una negativa mientras me rompías las bragas y me lanzabas al centro de tu cama.

Un flash de imágenes de la noche anterior cruzó por la mente de Edward. Se sonrojó como adolescente y giró su mirada hacia otro lugar, tratando de enfriar su cabeza para lo que tenía que venir.

Si Isabella no podía enfocarse, él tenía que hacerlo por los dos.

—Entiendo que estás alterada y quizás no quieres hablar, pero…

—¿Entiendes? —preguntó, despectiva— ¿Podrías siquiera llegar a comprender un ápice de lo que yo estoy pasando? ¿Lo que yo siento? No tienes idea, Edward… ¡Demonios! No tienes puta idea…

Él frunció el entrecejo.

—Cuida tu lenguaje mientras hablamos.

—¡No tengo por qué! ¡Tú no eres mi…!

La palabra se le atascó en la garganta, carcomiendo su piel como si fuese ácido. Traicioneras lágrimas se agolparon por salir detrás de sus párpados cerrados.

—Sé que duele, pero necesitamos hablar de esto. Es algo serio lo que ha pasado y necesito que cooperes. Por favor, Isabella. No puedo ayudarte su tú no me ayudas.

La chica estaba al borde de un ataque de histeria. Sentía que quería reír y llorar a la vez. Estaba frente a un abogado serio, de aquellos que usan corbata y maletín para ir a trabajar. Su voz era profesional y falta de emoción. Había quedado atrás aquel amante que la tocó como algo preciado, como porcelana. Ya era del pasado cada suspiro, gemido y jadeo que se dedicaron enredados entre las sábanas. Se sentía tan lejano aquellas palabras susurradas en el oído mientras sus cuerpos se rendían ante el placer carnal. ¡Cómo deseaba retroceder el tiempo y haber hecho todo distinto! Pero existía una posibilidad casi absoluta que el resultado hubiese sido el mismo.

—No quiero más. No quiero pensar. No quiero… —dejó la frase sin concluir. Estaba demasiado cansada para seguir tratando de hablar.

—Lo sé —susurró bajito. De hecho, ni siquiera sabía cómo era posible que la muchacha estuviese aún de pié.

Siempre supo que ella era fuerte y que podía valer por sí misma. Definitivamente parecía que poseía más años de los que realmente tenía. Pero también debía reconocer que la situación en la que se encontraba no era precisamente algo del que cualquier persona se sobreponga sin más.

—¿Por qué? —su voz se quebró.

Edward la miró y supo qué estaba preguntando. Le dolió no tener una respuesta justa para ella. Tenía tantas ganas de abrazarla, besarla y llevársela de ahí, a un lugar donde no pudiera sufrir nunca más. ¿Por qué ella? ¿Por qué un ángel como ella estaba viviendo en un infierno?

La muchacha se secó sus mejillas con el borde de su camiseta y tragó con esfuerzo.

—Lo siento. Supongo que no viniste a ver a una niñita llorar —sonrió con amargura—. Y creo que ahora necesito un abogado, ¿no es así?

Un abogado. Necesita un abogado, no un idiota arrepentido que no logra hacer nada bien. Edward hizo lo que siempre hacía antes de hablar con un cliente: recolectó hasta el más mínimo rastro de emoción de su cuerpo y los encerró en una caja imaginaria. Ahora debía ser un profesional… por ella.

Abrió una carpeta de papel con toda la información que había logrado recolectar en el poco tiempo que había transcurrido. Ojeó el informe de policía y del hospital. Era sólo una pantalla, él ya se sabía de memoria de principio a fin cada palabra que estaba impresa en aquellos papeles. Lo hacía porque estaba tratando de evitar la mirada de Isabella. No quería caer en esos pozos chocolates y rendirse ante su impulso visceral. No. Tenía que seguir con la postura insensible.

—Hoy, 3 de Enero a las 4:43 de la madrugada, el personal de policía de Seattle fue alertado por ruidos sospechosos en la dirección Avenida Abraham Lincoln Número 1240. A las 4:58 entraron al lugar y se encontraron… —Edward dudó por unos segundos antes de continuar. Bella estaba con una cara inescrutable, esperando a que continuase su lectura. Él lo hizo—…se encontraron con un rastro de sangre hasta la sala central. En ella estaba el cadáver de Charlie Swan. A dos metros de él, estaba la menor de diecisiete años, Isabella Marie Swan, inconsciente y con el arma homicida en su mano derecha. Los peritos encontraron…

—Resumiendo —le cortó—; papá murió y yo soy la principal sospechosa. No es necesario que continúes.

Él sabía detalladamente lo que había pasado. Lo venía estudiando desde que Emmet lo había llamado para que viese el caso, pero ese hecho no evitó que las palabras de Isabella le helaran como un balde de agua fría.

Sospechosa de asesinato…

Carraspeó y volvió a edificar su muralla de indiferencia.

—Bien. Lo primero que debemos hacer es hablar con la verdad. Acá somos abogado y cliente, no deben haber secretos entre nosotros. Así que dime: ¿eres culpable o inocente?

Si Edward le hubiese disparado a quemarropa, no le habría dolido tanto. Él la conocía, sabía cómo era ella y lo mucho que amaba a su padre. Habían conversado de tantas cosas y hasta altas horas de la noche en innumerables ocasiones. Incluso hasta el día anterior lo habría considerado su mejor amigo. ¿Y ahora venía, acusándola de algo tan horrible como matar a su papá?

—Cómo te atreves… —habló con voz contenida, a pesar de que lo único que quería hacer era gritarle que se fuese al infierno.

—No es necesario ofenderse, Isabella. Son formalidades que debemos pasar.

—Pensé que al dejar meterte en mis pantalones me había dado el derecho de saltarme las formalidades.

Sí. El sarcasmo era el último recurso de resguardo que le quedaba.

Le oyó suspirar. Levantó la vista y creyó ver dolor en sus ojos. Pero no quería engañarse una vez más. Ya bastante daño le había hecho al prometerle algo que jamás tuvo la intención de darle. Fue una burla, un gordo engaño y ella cayó en sus redes como niña inocente. ¿Y qué más daba? Ella era una niña, tal como él lo había dicho. Una tonta niña enamorada de un hombre que no podía tener. Él no la quería.

Clavó sus uñas en la palma de sus manos, esperando que su dolor físico opacase al emocional.

Eran extraños, así que lo iba a tratar como un extraño.

—No, Sr. Cullen. Yo no maté a mi padre.

Edward sólo asintió y anotó algo en una hoja de papel.

—Bien. Entonces necesitamos demostrar tu inocencia.

No sabía si era el tono frío que estaba usando, la postura rígida en la que se encontraba, o la comodidad que mostraba al ignorarla completamente, pero cada palabra que él pronunciaba hacía que la ira de Bella creciera de forma exponencial.

—¿Oh, en serio? Tengo una muy buena forma para demostrar mi inocencia, Sr. Abogado. Dices que soy la principal sospechosa del asesinato porque era la única que vivo… vivía con Charlie —se corrigió con rapidez—. Supongo que eso lo hacía ideal. Tenía todo el tiempo del mundo para matarlo de la forma más sofisticada que podía. Tenía tiempo. ¿No es así? Pues da la casualidad que ese día yo no estaba en casa. ¿Sabes dónde estaba hasta altas horas de la noche?

Edward lo sabía. Era esa pregunta a la que temía más. De hecho, esperaba tener esa conversación. Claro que "esperar" y "aceptar" eran palabras completamente distintas.

Isabella supo que lo tenía entre la espada y la pared. Lo reconoció, porque ella también se sentía así.

—Estaba en la casa de Edward Cullen, Sr. Abogado. Estaba teniendo sexo sucio, alocado y sudoroso. Creo que aproximadamente hasta las una de la madrugada, cuando él me corrió de su casa, alegando que lo había seducido y que eso jamás debió haber pasado. Caminé de ahí hasta la mía, demorándome algo más de dos horas. Tengo heridas en mis pies que lo confirman. Pero la pregunta es otra, ¿no es así? Los pies no pueden testificar. ¿Quién puede confirmar mi coartada?

Edward boqueó unas cuantas veces, sin llegar a pronunciar una sola palabra. Bufó, frustrado, pasándose la mano por su alborotada cabellera en claro signo de frustración.

—Yo… yo no puedo…

—Lo sé. Siempre lo supe, no te aflijas.

El tono resignado de Bella demostraba que ella jamás esperó ayuda de él. Una sensación horrible se alojó en el pecho de Edward. Era como un vacío ponzoñoso, que envenenaba a su alrededor.

Pero, ¿qué podía hacer él? Era imposible el testificar que había estado con ella. Él era un abogado recién titulado, con una gran carrera por delante. Tenía mucho futuro como profesional, sus profesores se encargaron en decírselo una y otra vez. Él también lo sabía. Tenía la plena certeza que podía ser alguien exitoso e importante. No. No podía pararse frente al juez, el jurado y sus colegas, y decir que había tenido relaciones sexuales con una menor de edad.

Simplemente no era posible.

—Se acabó el tiempo —dijo una mujer desde el umbral de la puerta.

¿Y ahora qué iba a hacer?

Isabella negó con la cabeza. Así era mejor, el no esperar nada de nadie. De esta manera las personas no le defraudarían. Así… así ya no sería herida nunca más.

—Bella…

Ella sonrió a pesar de todo. Siempre le gustó cuando él salía de su coraza y se atrevía a decirle "Bella". En esos momentos se sentía apreciada, casi como si él la quisiera. Eran sueños patéticos, pero ella no podía evitar sentirlos.

—Espera, quizás si…

—No, Edward. No hay nada que puedas hacer de todas maneras. No tú, al menos.

Edward apretó sus puños y pensó con fervor, tratando de encontrar una solución a esto, pero, por más que lo hacía, no encontraba nada.

Estaba en un callejón sin salida. Tenía dos opciones: salvar a Isabella e ir a la cárcel, o ignorar a Isabella y que ella fuese condenada. Ambas eran un asco.

Ella se levantó de su silla y le dio la espalda al primer momento que pudo. No podía seguir viéndolo, apuesto e imposible, cuando lo único que veía era a un extraño. Él no era su Edward.

—Lo solucionaré, Bella. Te juro que haré lo imposible.

—Por favor, no me hagas promesas. Además, ya escuchaste: "Se acabó el tiempo".

Y con una última mirada de añoranza, ella se retiró de la sala con la poca dignidad que ya le quedaba.

Ya nada importaba. Ella siempre supo que él era un imposible.

Ahora mismo sería tan agradable tener a Edward como un punto de apoyo, un lugar para refugiarse. Unos brazos cálidos que la cubrieran de todo el dolor que estaba sintiendo. Quería un beso de él y saber que nada más importaba.

Pero no podía.

Lo intentó, tenía tantas ganas que funcionara, que él la mirara como ella era y no viese un número estúpido que no decía nada. Para ella, sólo existían ambos; "Edward y Bella", "tú y yo". Quizás ese fue el error, pensar de una forma tan idealista. Nunca nada es tan perfecto. Los cuentos de hadas con finales felices están en libros de colores y empastados para ser guardados en estantes, no para ser vividos.

Ahora más que nunca se sentía niña e inocente. Demasiado inocente. Creyó en algo que no tenía forma de ser continuado. Le dio espacio en su atolondrado corazón a alguien que jamás pensó hacer hogar ahí.

¿No era el momento? No podía saberlo ahora.

¿Quizás más adelante habría funcionado? Jamás lo sabría.

Y, quién sabe, el tiempo para ellos nunca existió.

"You treat me just like another stranger,

well it's nice to meet you sir,

i guess i'll go,

i best be on my way out."


O.o

De acuerdo, les voy a explicar cómo va esto. Este fic SERÁ UN LONG-FIC, lo digo de inmediato. Esta historia me tiene emocionadísima, porque será completamente distinto a cualquier cosa que haya intentado antes. Tendrá romance, sí, claro que sí, pero además la trama se mezclará con el misterio, el crimen, el suspenso… ¿qué pasará con Bella? ¿Edward le ayudará al fin? ¿Podrán sobreponerse a tamaño problema? Y algo muy importante… ¿Quién mató realmente a Charlie y por qué? :O

¿Veeen? ¿Ven que se pondrá emocionante? ¡Oh, ya no puedo esperar a seguir con esto! Me demoré en publicar porque quería que todo fuese lo más ordenado posible, mientras escribía este OS me hacía un mapa en papel de la forma en que esta historia se desarrollará. Como dije, será un LONG-FIC, inicialmente de unos 20 capítulos, cada uno basado en una canción de Paramore, al igual que éste.

¡Ah! Otra cosa, esto nació de un concurso llamado "The Paramore Fanfic Twilight Contest", pero lamentablemente no gané ningún lugar *inserte música triste acá*. ¡Pero no importa! Me encanta esta historia y la continuaré con las mismas ganas que la inicié. :D

Ahora tú dime qué piensas de esta idea. :)