Los hechos no reprentan la realidad, aunque muchas que aquí aparecen, existen.

Los personajes, evidentemente, no me pertenecen, sino son de la propiedad del asombroso escritor de thrillers Dan Brown, responsable de haber despertado en mí la pasión por la lectura.


III

Robert Langdon estaba recostado sobre su cama, moviéndose de un lado a otro y revolviendo con impaciencia las sábanas; incapaz de quedarse dormido. Había transcurrido una semana desde su llegada, pero aún no había logrado adaptarse al nuevo huso horario.

Oía la televisión encendida en la sala, pero apenas la notaba. A su mente volvió una delicada brisa como en un ensueño. Quiso cubrir sus ojos con la almohada. Casi le parecía sentir el contacto de su piel con el agua al nadar y las diminutas olas golpeando con firmeza sobre su piel desnuda. Cerró los ojos, intentando conciliar el sueño. De pronto, la imagen se tornó oscura y difusa. La tranquilidad se alejó de su mente, para luego dar paso a una nube de confusión y angustia.

"¡No más!"

Alzó la cabeza y descansó en la ventana su triste mirada. Cada vez que cerraba los ojos, lo único que veía eran las caras de sus padres, mirándolo, con sus rostros inexpresivos. Les gritaba, pero ellos no le decían nada. Sonreían y se limitaban a seguir mirándolo. Apartó la mirada de la ventana e hizo todo lo posible por pensar en otra cosa. Ahí estaban sus caras, metiéndosele por los párpados, en la oscuridad…

Movió la cabeza, agitado por un involuntario sollozo.

Oyó la carcajada ahogada de Peter desde la sala. Pensó en él. Sabía cuánto le quería y también cómo le había acogido. Suspiró hondamente, obligándose a ver la situación con claridad. La vida continuaría y él debía demostrarle que también seguiría adelante, a pesar de lo que ella le había arrebatado.

Se irguió y apartó las sábanas, convenciéndose de que no podría dormir. Miró nuevamente por la ventana y contempló la ciudad desde lo alto del apartamento. La afamada torre Eiffel lucía majestuosa e iluminada, como una gran lámpara en medio de la negrura. Se calzó las zapatillas y se dirigió a la sala, recuperándose en buena medida.

Langdon se sentó al lado de Peter y miró la pantalla.

- ¿Qué estás viendo?- Preguntó, mirando atentamente al televisor.

- Estoy pagando una apuesta.- explicó, con gesto divertido.

- ¿Una apuesta?- soltó Robert, como si hubiera recibido una repentina picadura. Su rostro no expresaba sino incredulidad.- No tenía idea que hicieras apuestas.

- Sí- Afirmó Solomon.- Un pequeño juego con un amigo.

- ¿Un amigo? - Sí, y no es de fiar. Langdon intentaba entender, pero prefirió dejar de preguntar. Se concentró en lo que su Peter estaba viendo. No le pareció gracioso. Parecía un reportaje educativo.

- ¿Qué te causa tanta gracia?- le preguntó el chico, interesándose cada vez más en lo que veía.

- ¿No lo ves? ¡Es ridículo!- exclamó.- Creo que mi amigo ha perdido varios tornillos desde que lo conocí. -

¿Pero esto lo encontró tu amigo?- Preguntó Robert, sin apartar los ojos del televisor.

- No.- Respondió Solomon.- Es peor. Lo hizo el mismo.

Langdon lo miró, perplejo.

- Tengo que conocerlo.- Murmuró, luego de unos minutos de silencio.

- ¿Eh?- Peter frunció el ceño. - Es interesantísimo. Deberías tomarlo en serio. - Langdon estaba extasiado, como un niño que acabara de descubrir un fósil de dinosaurio en el patio de su casa.

- No hablarás en serio, ¿verdad?- le advirtió.- Con esas cosas es mejor no jugar.

- Por favor.- Le presionó el chico, que empezaba a impacientarse con la negativa de su amigo. Solomon lanzó un resoplido muy exagerado.

- Mira no te preocupes más por esto, ¿sí?- Farfulló, apagando de golpe el televisor.- Si te interesan este tipo de cosas puedo llevarte a que conozcas el Louvre o…

- No.- Interrumpió Robert.- En serio, quiero conocerlo.

- Deja eso.- Repitió su amigo, recobrando la seriedad.- De verdad, te llevaré al Louvre mañana mismo, ¿de acuerdo? Verás la Mona Lisa y los cuadros de Da Vinci y…

- Pero…

- Nada de peros.- Interrumpió Peter.- Además, te servirá para distraerte.

Langdon se quedó en silencio.

- Vamos, Robert.- le apremió su amigo, ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse.

- Está bien.- Dijo Robert, que había terminado por convencerse.- Conoceré el Louvre.

Esa mañana, Sophie Neveu se encontraba al interior del Museo Louvre, encaminándose con pasos lentos y pausados hacia la afamada Salle des États. Con creciente excitación, Sophie había despertado esa mañana, pero apenas podía creer que estuviera despierta. Miró con atención el inconfundible suelo de parqué y luego concentró su vista en el tumulto de gente que se apretujaba intentando encontrar una ubicación para observar a la Gioconda más de cerca.

- Es de lo más increíble.- Murmuró para sí misma, intentando abrirse paso entre la gente.

A pesar del tiempo que haya transcurrido desde que había visto por ultima vez a la Mona Lisa, le parecía estar experimentando un deja vu muy real mientras se iba acercando hacia el cuadro más controvertido del mundo. Ansiosa, posó su mirada en el único retrato que había en la pared. Entonces la vio, lejana y misteriosa, sonriendo detrás de un gran plexiglás hacia todas las cámaras y teléfonos móviles que le sacaban fotografías sin flash. La miró con devoción tras la multitud e intentó fotografiarla, pero la imagen del fresco lucía tan pequeña que apenas podía distinguirse.

Se llevó una mano a la boca y con la otra se sostuvo el codo largo rato, escrutando el entorno con resignación. Se fijó en un joven que se encontraba junto a ella, a unos dos metros, con la mirada perdida hacia la emblemática sonrisa de La Mona Lisa. Tenía una hermosa melena castaña y penetrantes ojos azules y vestía unos jeans oscuros y una camisa azul clara que llevaba por encima del pantalón.

Se preguntó por qué no habría intentado acercarse a la pintura. Apartó la mirada, temiendo que el joven notase su especial interés en él. Casi habría jurado que lo había visto esbozar una sonrisa al tiempo que ella se volteaba. Un ligero rubor de color rosa le tiñó las mejillas. Dio vuelta su rostro y esperó que el color en su piel se desvaneciera por completo, mientras fingía prestarle atención a las enormes paredes que la rodeaban. Los muros eran de un delicado tono marrón salpicado de finas manchas blanquecinas y lucían pulcras y majestuosas debido a su altura. Un joven guardia de seguridad se paseaba lentamente y con aire despreocupado entre la gente. Volvió a ver hacia el joven por el rabillo del ojo. Había cambiado su postura, y se encontraba hablando animadamente con un hombre que vestía con exquisita sofisticación. Puso atención a sus voces y reconoció el idioma de inmediato. Continuó oyendo e intentó identificar el acento.

El hombre que conversaba con el muchacho se retiró de pronto, raudo y a grandes zancadas, tras una llamada en su teléfono móvil.

Sophie se acercó al joven con sutileza, hasta que quedaron a escasos centímetros.

- Eres norteamericano.- Le dijo, mirándole a la cara con una gran sonrisa.

- Sí.- Respondió él.- ¿Cómo supiste?- Preguntó, volteándose completamente hacia la chica, sorprendido. Los ojos verdes de la joven le iluminaban el rostro y sus pestañas largas enmarcaban con perfección su mirada. Llevaba puesta una blusa negra y pantalones que le llegaban un poco más abajo de la rodilla.

- El acento es inconfundible.- Explicó ella.

Él dio una risita tonta. "Debí suponerlo".

- ¿Y tu de donde eres?- Ella lo miro entre confundida y divertida.

- Francesa.- Dijo ella, como si la respuesta fuera evidente. Langdon se quedo perplejo.

- Tu pronunciación es impecable.- Ella se ruborizo y llevo la vista al piso. - Dime, ¿cómo te llamas?

- Sophie Neveu.- Afirmó, sin apartar los ojos del suelo.

- ¿Te gusta Leonardo?

- Oh sí.- respondió Sophie, levantando la vista.- Me encanta su arte. No lo sé, pero sus pinturas me inspiran una extraña atracción.

- ¿Extraña atracción?- Ella dio una carcajada y luego se encogió de hombros.

- Sí, no sé. Algo así, es raro. Mi abuelo lo adora, y yo crecí con su devoción desde niña.

Langdon recordó lo que el amigo de Peter había dicho durante el video.

- ¿Has oído la historia del sudario?- preguntó.

- ¿Hablas del sudario de Turín?- Sophie le estaba estudiando, reparando en su tez bronceada, que contrastaba visiblemente con la blancura de la suya.

- Sí.- Dijo Robert, sin sorprenderse de que ella hubiera oído hablar del objeto.- ¿Crees que es real? -Sophie negó con la cabeza.

- No creo, y si me acuerdo bien se le hizo un estudio que comprobaba que la tela había sido tejida en edad media. Así sería obvio que no es original. Él asintió. - Exacto.- Balbuceó, respirando hondo antes de continuar.- Y si fuera así, significa que alguien tuvo el talento de hacer una falsificación convincente. La chica se encogió de hombros, sin saber a dónde quería llegar con todo aquello. - Supongo que sí. - ¿Crees que esa persona pudo haber sido el mismísimo Leonardo? - Sophie vaciló, aún más confundida que antes.

- No sé, nunca lo había pensado.

Langdon le clavó la mirada. - ¿Pero crees que sería capaz?- Ella abrió mucho los ojos.

- Sí.- Respondió al fin.- Todos sabemos que era un bromista no católico.- dijo, con un dejo de incredulidad en la voz.- Además- prosiguió.- Tenía el talento necesario.

Robet notaba el escepticismo que había en su expresión, y no le extrañaba. Puede que hubiera sido la conversación más extraña que hubiera tenido con un desconocido. A lo lejos una mano se alzó e hizo señas hacía él. Langdon lanzó un resoplido de fastidio y miró a la chica. "Peter" pensó. "Siempre saliendose con la suya" - Lo siento.- dijo.- Tengo que irme.- Proclamó, e hizo un ademan de despedida.

- Que te vaya bien.- Respondió ella sonriente.- Buena suerte.


Gracias por leer...

Los quiero