Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.

Capitulo 10: Libertad para quererte.

Saber lo que necesitas, no implica que sepas cómo conseguirlo.

(Megan Hart)

Royce King no había pasado buena noche; a duras penas consiguió-cuando el reloj marcaba las cuatro de la madrugada-sumergirse en un intranquilo sueño del que despertaba en cuanto la antigua madera de su casona crujía por el frío.

A las seis y media, atolondrado y furioso, escuchó los pasos de su empleada en el pasillo. La mujer tarareaba entre dientes mientras sacudía con garbo el polvo de los enormes cuadros colgados a lo largo del pasillo.

—¡Baja la voz!—bramó Royce metiendo los brazos en una mullida bata verde oscuro.—Maldita vaca estúpida—insultó entre dientes a su pobre empleada, que sin enterarse de nada, pues llevaba un par de audífonos en los oídos, continuó con sus tareas.

Y es que Royce King odiaba salirse de su apretado horario, así que por supuesto una noche de insomnio era una pérdida de tiempo.

Solía seguir a conciencia las horas auto impuestas y escritas en su agenda todos los días:

A las siete y media de la mañana: desayuno y vistazo rápido del periódico del día.

Desde las ocho a las doce del mediodía: trabajo.

Comida-baja en carbohidratos y rigurosamente preparada según la dieta que su altanera madre le hubiera impuesto-y café en el trayecto de su casa a la oficina.

Más trabajo hasta las seis de la tarde y después dos horas de gimnasio.

A partir de ahí se podía decir que entraba en su momento de "ocio", aunque lo cierto era que Royce jamás hacia nada para su propia diversión y que ocupaba su tiempo libre en agasajar con cenas e invitaciones a la opera a sus posibles clientes potenciales, mientras del brazo colgaba su preciosa y complaciente prometida: Rosalie Hale.

El joven heredero del imperio King estaba muy orgulloso de su futura esposa.

Ella era su bien más preciado, la que le abriría las puertas a contratos con empresas familiares y sonreiría a sus invitados, encandilándolos, mientras él se aseguraba de seguir acumulando dinero y más dinero.

Royce peinó su pulcro cabello oscuro frente al espejo de cuerpo entero de su baño privado, terminó de afeitarse y bajó a desayunar.

—Buen día señor ¿café?—inquirió Doris, su talentosa cocinera Irlandesa, una mujer con una espesa mata de cabello anaranjado, mejillas llenas y sonrosadas y pequeña nariz chata.

Royce se limitó a asentir, después se sentó con la espalda rígida a la amplía mesa de madera pulida y escondió el rostro detrás del periódico del día.

—Preparé tarta de queso y fresas señor ¿le apetece un poco?—ofreció Doris mientras colocaba la taza de café, debajo de una servilleta de papel, enfrente de su jefe.

—No quiero nada más—gruñó King que odiaba ser interrumpido.

La cocinera bajó sutilmente la cabeza en una especie de tímida reverencia para después marcharse a la parte de atrás, donde tenía la repleta bodega y la lista con el menú diario de sus patrones.

En el periódico no había nada nuevo para Royce: las mismas peleas de siempre entre trabajadores desagradecidos y sus "pobres" jefes, que no teniendo suficiente con aguantarlos debían soportar estúpidas huelgas y exigencias por aumentos de sueldo que claramente, según él, no merecían. Anuncios baratos, desgracias, violencia de género, asesinatos y robos…

—Basura—masculló.

Sin apartar la vista del periódico, tanteó a ciegas con la mano en busca del teléfono. Debía avisar a Rosalie del cóctel que tenían esa noche. Marcó el número sin apenas mirar el aparato, carraspeó y se lo llevó a la oreja.

Esperó impacientemente escuchando los molestos pitidos en la línea pero nadie contestó. Lo volvió a intentar mientras apartaba el periódico y daba un sorbo a su café y no consiguió respuesta alguna. Royce frunció el ceño mirando la pantalla numérica de su teléfono fijo, dobló la muñeca y verificó la hora en su reloj de oro, faltaban dieciocho minutos para las ocho de la mañana.

¿Qué demonios estaría haciendo Rosalie y por qué no le contestaba?

Irritado, se puso en pie e insistió con la llamada mientras paseaba tranquilamente por la cocina. Tras nueve infructuosos intentos estaba rabioso y se notaba perfectamente en el color rojizo que empezaba a subirle por el cuello hasta las mejillas.

Con furia tiró el teléfono contra el mueble del pan y siguió los pasos de su cocinera, para después torcer a la derecha y salir al patio empedrado, donde su chofer lo esperaba recostado sobre la puerta de su lustroso Mercedes.

—Derek ¿A qué hora dejaste anoche a mi mujer?—cuestionó a modo de saludo.

El interpelado se atragantó con el chicle que estaba masticando, se apartó nerviosamente del auto y, quitándose la gorra negra del uniforme, sonrió forzadamente.

—Buen día señor—saludó educado. Royce lo fulminó con la mirada.—Eh Rosal…la señorita Hale no requirió mis servicios la noche anterior señor—explicó sonrojándose. Por un momento había estado a punto de cometer el error que, sin duda, lo habría puesto de patitas en la calle. Llamar a la futura señora de la casa por su nombre de pila, aunque ella le hubiera pedido encarecidamente que lo hiciera, era motivo de despido instantáneo para su estirado y cruel jefe.

—¡Imposible!—espetó King cada vez más rojo.—Anoche precisamente tenía una reunión con la señora Peterson en el club de campo.

Derek abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, sin saber qué decir.

—Yo no…no sabía, ¿Cómo podía saber…? Lo sien…—balbuceó nervioso.

—¿Qué vas a saber tú?—lo cortó Royce con rabia, mirando a su empleado igual que miraría a un chicle pastoso pegado a la suela de su caro y brillante zapato.

Se giró hacía la casa tenso como una tabla, y continuó llamando a Rosalie por teléfono mientras con la otra mano hacia malabares para vestirse.

Confirmó con su secretaria que Rosalie no había asistido a la reunión en el club y su furia creció en oleadas, haciéndolo temblar de ira contenida.

Se ató la corbata bruscamente y volvió a bajar la majestuosa escalera de mármol, ésta vez en dirección al salón y a la puerta principal.

Estaba a punto de salir cuando Doris apareció corriendo desde la cocina, en su mano sonrosada y rechoncha agitaba una carta sellada.

—¡Señor!—chilló jadeando—, ¡carta señor! ¡Es urgente!—anunció derrapando ante King.

—¡Ahora no tengo tiempo!—bramó Royce con los ojos brillantes de cólera. Giró sobre sus talones y colocó la mano en el pesado pomo de la puerta, pero Doris volvió a interrumpirlo, con voz tímida dijo:

—Pero señor, es de la señorita Hale.—Cuando su jefe la miró a la cara sintió un desagradable vuelco en el estómago.

Él parecía capaz de golpearla.

Royce le arrancó la carta de las manos, desgarró el sobre, sacó el único folio que había dentro y leyó con la mandíbula encajada y la piel del cuello tensa contra las gruesas venas.

Estimado Royce:

Sintiéndolo mucho debo informarte de que te dejo.

Sí, querido, estás leyendo bien: te dejo, me largo, me piro, ¡adiós!

Atentamente:

Rose.

El grito de rabia de Royce King se oyó en toda la inmensa, fría y magnifica mansión.

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—¡Aún no me creo que esté haciendo esto!—chilló Rosalie con el corazón latiéndole muy rápido en el pecho y los ojos brillando de satisfacción. De la mano, tenía a Emmett McCarty que la miraba como si ella fuera la estrella más brillante y hermosa del universo.

—Me hubiera gustado ver la cara del estirado de King cuando leyó nuestra nota—rió él encantado.

Iban sentados en la parte de atrás de un autobús con dos pisos; el segundo descubierto. El sol iluminaba el cabello dorado de Rosalie, resaltando mechones casi blancos, mientras el viento frío lo despeinaba hacía atrás. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados por los besos que se habían estado regalando el uno al otro, y tenía puestos unos vaqueros de talle bajo con costuras rosas en los bolsillos traseros y un par de zapatillas deportivas.

¡Hacía años que no usaba ropa así, tan juvenil e informal!

Y se sentía más viva que nunca, libre y con una felicidad aplastante rodeándola, cubriéndola, llenándole el pecho y bailándole en la boca del estómago.

—¿Tú crees que se enfadará mucho?—insistió Emmett pasándole un brazo por detrás de la espalda, para reconfortarla. Rose dejó de sonreír un instante y se estremeció.

Enfadarse no era nada comparado con lo que le pasaría a su ex prometido cuando supiera que ella, su perfecta muñequita, se había escapado con otro.

Emmett, que se dio cuenta del cambio en su preciosa novia, le dio un apretón cariñoso en el hombro.

—No te preocupes nena, él no te podrá hacer nada. No lo permitiré. Además, tengo en la maleta un par de puñetazos que llevan su nombre—bromeó levantando y bajando las cejas socarronamente.

Una risita nerviosa, casi histérica, se escapó de los labios rojizos de Rosalie, mas fue incapaz de seguir pensando en la reacción de King. La ciudad de Seattle, a la que habían volado durante la madrugada, se extendía ante ellos regalándoles miles de expectativas. Ahora podrían hacer lo que quisieran y lo mejor de todo, lo harían juntos.

La noche anterior, mientras se abrazaban el uno al otro, ella le relató toda la historia de lo que había sido su vida desde la infancia. Las normas de comportamiento que había debido seguir para no resaltar de mala manera en el círculo social al que pertenecía por sangre y aborrecía por naturaleza. La severidad de su madre en cuanto a lo que debía y no debía hacer bajo ningún concepto…

Su vida había estado regida por las órdenes de los demás.

Primero su padre y su madre, que querían hacer de ella una señorita con clase, una dama perfecta, hermosa, respetable y renombrada entre los de su calaña, costara lo que costara.

Después Royce, guiándola a partir de una agenda ridícula, sirviéndose de ella para escalar profesionalmente.

Y Emmett la escuchó y la apoyó como nadie antes había hecho. Él no podía entender con propiedad lo que ella había sufrido, porque se crió con su amorosa madre en un rancho en mitad del campo. Su vida fue holgada y feliz, siempre se sintió querido y apoyado. Aún así le juró que no tendría que hacer nada que no quisiera hacer nunca más.

Rosalie lo creyó.

—Es tan bonito…—murmuró encandilada con el reflejo del sol sobre el río. Si bien ya había visitado Seattle, ésta vez todo le parecía más hermoso. Pensó que, incluso aunque hubieran estado en medio del infierno, se habría sentido en el paraíso. Se acurrucó contra el abrazo de Emmett y suspiró encantada.

El bus finalmente llegó a su destino y Rosalie y Emmett se apresuraron en bajar, cargando un par de abultadas maletas con esfuerzo. Tomaron un taxi hasta el hotel que habían reservado y al llegar, pidieron un colosal desayuno para dos.

Sin parar de reír comieron helados de chocolate y fresa, bañados con sirope de caramelo; tortitas rellenas de nata; bizcochos de limón, leche, café, zumo de naranja…

Rosalie tuvo que desabrocharse el botón superior de su pantalón vaquero al terminar de comer.

Saciada y feliz se dejó caer sobre las mullidas almohadas de la cama, mientras escuchaba cómo Emmett dejaba la bandeja rodante en un rincón de la habitación.

—Pareces una sirena—musitó al girarse hacía ella, con los ojos entornados y la garganta seca. El cabello suave y largo de Rosalie yacía abierto en abanico sobre los cojines de la cama, tenía los brazos estirados y las piernas semi abiertas sobre el colchón. En su rostro había una expresión deliciosa de pura calma, de serenidad, que Emmett amó. Nunca la había visto tan relajada, tan plena. No pudo resistirse y con un suspiro ahogado se inclinó sobre ella y capturó su turgente labio inferior entre los suyos. La besó lentamente, deleitándose con el calor de su piel, con el olor de su cabello y de su magnifico cuerpo.—Eres deliciosa—gruñó tumbándose sobre Rosalie y separándole las piernas con la rodilla en el trayecto.

Aunque no dejó que su peso la aplastara, ella sintió todo el recio cuerpo de Emmett cubriéndola y calentándola. Colocó ambas manos sobre su espalda ancha y acarició de arriba abajo, sintiendo los músculos fuertes contra las palmas.

Mientras se besaban, probándose el uno al otro con la lengua y los labios, Emmett se estremecía de placer y casi sin darse cuenta balanceaba su cadera contra la de ella, en un suave vaivén enloquecedor.

Antes de que se dieran cuenta las camisas de ambos habían desaparecido. El sostén blanco de Rosalie fue lo siguiente, junto con los pantalones y calcetines de él.

Emmett apoyó las manos en el colchón y miró hacía abajo. Había una escasa separación entre sus cuerpos. El estomago plano de Rosalie temblaba y a través de la pequeña abertura de la tela vaquera de su pantalón, pudo ver una porción de la tela suave de su ropa interior. Gimió extasiado y se dejó caer poco a poco para poder morder y besarle el cuello.

—Más fuerte—exigió Rosalie de pronto, clavándole las uñas en las nalgas y haciendo que sus sexos por fin conectaran.

Los dos gimieron con fuerza, ella arqueando la espalda y levantando las caderas para obtener más fricción.

Sin dejar de besarse por todos lados, siguieron moviéndose; tentándose el uno al otro, escuchando los suspiros de satisfacción, los gemidos y jadeos que llenaban el aire de la habitación.

Emmett abandonó el cuello de Rosalie y bajó, en un camino de húmedos besos, hasta su vientre, donde terminó de abrir el pantalón y la despojó de toda la ropa que le quedaba con delicadeza. Ella esperó impaciente hasta quedar completamente desnuda, después hizo lo mismo con él, tirando de los boxer negros y liberando el grueso miembro.

Ni siquiera se dieron tiempo para pensar. Como si estuvieran sincronizados, él arrastró su poderoso cuerpo sobre el de ella y con una sola embestida, los unió profunda y placenteramente.

Mientras Emmett la embestía una y otra vez, sintiéndose rodeado por el denso calor femenino, Rosalie lo besaba con ahínco. En las mejillas, en los labios, en la frente y en el cuello; en cada porción de piel que pudiera obtener.

—Dios cómo te quiero—masculló él apretando los dientes y quedándose quieto durante un instante, profundamente clavado en el interior de Rosalie. Paró el tiempo suficiente como para que ella pudiera sentir el palpitar de su sexo y enarcara las caderas, moviéndose de arriba abajo, enloquecida por el deseo. En cuando él reemprendió el vaivén, Rosalie sintió cómo el orgasmo aparecía en suaves oleadas. Primero delicadamente, después arrasándola de los pies a la cabeza, haciéndola gritar.

Emmett se movió más rápido, más fuerte, con golpes secos y seguros, profundos y tan placenteros que le pusieron los ojos en blanco.

Poco después ambos se quedaron quietos, agotados y jadeantes.

Rosalie soltó una risita de satisfacción.

—Normalmente aguanto más—se disculpó Emmett tratando de separarse de ella. Pero Rose no lo permitió, volvió a reír roncamente y lo abrazó con fuerza.—Llevaba mucho tiempo soñando con esto, por eso no he podido…

—¡Cállate!—lo cortó la rubia entre risitas incontenibles.—¡Ha sido el mejor de mi vida!—aseguró. Puso ambas manos contra las mejillas calientes de Emmett y lo miró directamente a los ojos.—Eres magnifico en todo lo que haces y te amo. ¡Te amo!—chilló agudamente.

Era tan feliz que sentía que su pecho explotaría de un momento a otro.

—Si bueno, es talento natural—bromeó Emmett escondiendo su sonriente rostro en el pelo de ella y aspirando su exquisito olor con fuerza.

Y continuaron así, riéndose, queriéndose y acariciándose durante horas y horas.

Y sólo se separaron para decirse lo mucho que se amaban.

Fin.

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N/a: ¡Fin de la historia de Rose & Emmett! Aunque volveremos a ver qué fue de ellos en el epilogo final. Próximo capitulo, el desenlace de Alice y Jasper. ¡Espero que les haya gustado! Un besito.