Vitae essentia

Nuala tenía cientos de pretendientes, ahí en el país de las hadas. Todos con títulos inventados al vuelo, para hacer gala. Eran como los vestidos, sombreros y joyas que la Reina Titania les hacía brotar, con sus sonrisas, moviendo las alas y exigiendo con ademanes que las flores exhalaran música para sus bailes. El paisaje brillaba tanto que incluso los inmortales tenían que apartar la mirada a veces, cegados. Al menos Nuala era así. Feliz, porque no conocía ninguna hada en ese palacio que no lo fuera. Siempre bebiendo miel, comiendo azúcar, haciendo brotar estrellas de la mangas y volando sobre arcoiris. ¿Qué más se podía desear? Entonces fue dada al Señor Morpheus. No tenía un largo título, pero era fuerte, oscuro, silencioso, imponente. Las rodillas de Nuala temblaban al observarlo. Y nunca directamente. Le asustaba. Encendía en su corazón deseos inconfesables, que su hermano hubiera tildado de lascivos. Imbécil como fue siempre, incapaz de comprender que ella no quería simplemente un hombre al cual amar. Siempre tenía la impresión de que ninguno la merecía y ahora era al revés. Quería hacer muchas cosas por él, pero los sueños de los humanos la asustaban y era Lord Morpheus quien se encargaba de tejerlos, quien los domaba, les daba nombre y desde el vamos, los traía al mundo desde el corazón de los mortales. Le daba miedo estropear algo muy valioso y que él se enfadara, que la hiciera regresar al Mundo de las hadas marcada con vergüenza o que la hundiera para siempre en un pozo sin fondo lleno de pesadillas.
De nuevo en su país no piensa en llamarlo, pero acaricia el colgante que le regaló, recordando esos pocos pero memorables besos teñidos de sueños, esos que ella no le dijo nunca a nadie que tenía y donde era una reina servil. Sabe que no es la clase de mujer que desea su Señor, pero se conforma con pensar que al menos fue poseída (a desgano pero lo fue) y que eso no se lo quitará nadie, ni la misma Señora Titania.