XVII. Burning Eyes.

20 de Julio

Comía igual que un puerco. Ni siquiera Lenalee sería capaz de negarlo, ya que no importaba cuánta cantidad de comida le pusieran enfrente a ése chavo, parecía que nunca en su corta vida le enseñaron el significado de los modales en la mesa. Tragaba, no masticaba. Si le hacía falta, solamente se tomaba el vaso de leche. Tras darse un breve respiro, solamente continuaba con la grotesca comilona. Ya llevaba unos cuatro platillos de Huevos a la Sardou(1), justo después de aventarse diez tostadas a la francesa y tres vasos de leche.

Era realmente vergonzoso, porque todos los clientes del mesón al que habían venido a almorzar se le quedaban mirando. Aunque no se trataba de un lugar demasiado lujoso, por lo menos debía ser menos asqueroso en público. ¿Cómo podría tanta comida caber en un estómago tan pequeño? Este sería siempre un misterio para Kanda. Él no había comido en los últimos días, y se suponía a sí mismo que podría aguantar un poco más sin consentir su hambre.

De Nueva Orleáns, tuvieron que transferirse rápidamente hasta otro lugar, se detuvieron el día de ayer en las afueras de la ciudad de Alexandria, cautelosos de que nadie les perseguía. Entre los tres, ninguno se dirigió muchas palabras poco después de la reunión que tuvieron con Allen atrás en ése motel de Nueva Orleáns. Es que no sabían qué decirse. Estaban todos dentro de una gran tensión, porque en cualquier momento iban a estallar llenos de argumentos y preguntas.

Habían ocurrida tantas cosas tan difíciles en estos días. Eran tres exorcistas ahora fugitivos de la Orden. Todo comenzó porque Kanda fue supuestamente traicionado y Lenalee fue a salvarlo... Allen tendría sus buenas razones para habérseles unido, pero ambos dejaban al incógnito las intenciones del joven. Cierto, que él se preocupaba por sus amigos y deseaba protegerlos, pero al igual que Lenalee: ¿estaba él consciente de los sacrificios que hacía?

–¿No terminarás tu torreja, Kanda?–preguntó Allen señalando el dulce pedazo de pan en el plato de su acompañante frente suyo. Apenas la había tocado.

–Odio lo dulce.–contestó, mientras despectivamente le entregaba el plato al muchacho, que apenas lo recibió, cogió el tenedor y trago de un bocado el pan francés.

–¿No quieres comer algo?–preguntó Lenalee, mirando preocupada a su compañero oriental. Él simplemente negó con la cabeza haciendo un ademán de repugnancia. Cuando Allen terminó de comer, miró directamente a los ojos negros y turbios de Kanda.

–¿No tienes hambre?

–¿Cómo diablos esperas que tenga hambre cuando en la condenada taberna todos los estúpidos clientes se nos quedan mirando?–acentuó demasiado fuerte con la intensión de hacer que todos los metiches alrededor escucharan claramente el disgusto que él expresaba ante ellos. Era un gesto totalmente grosero, pero también los demás clientes en el mesón estaban siendo groseros al quedárseles mirando. Pero ¿cómo podían pasar inadvertidos dentro de un mesón un par de asiáticos acompañados por un muchacho de pelo canoso? Sin duda eran difíciles de ignorar.

–De todos modos, nos vamos de Alexandria tan pronto terminemos de almorzar ¿no?–comentó Allen más discretamente.

–El problema es que no sabemos hacia dónde ir después. ¿Tenemos algún destino a dónde ir?–preguntó Lenalee mientras retorcía y ceñía con sus manos una servilleta de tela.

–Por ahora, hay que escondernos de la Orden.–replicó Kanda con calma, bajando el volumen de su áspera voz.–Desde el día de ayer, he divisado a un sujeto que nos ha estado siguiendo desde ésa estación en Nueva Orleáns.

Tanto Allen como Lenalee se alarmaron, pero trataron de esconder sus expresiones lo más que pudieron. Hubo aún más tensión resguardada entre Lenalee y Yu, y ella específicamente, era quien más hacía notar su preocupación.

En cuestión de un par de minutos más, el trío de extranjeros abandonaron el mesón familiar, sin olvidar pagar la cuenta pero dejando una propina muy pobre. El clima de ésta mañana era bastante triste, las nubes abundaban y era imposible ver los cielos, el aire que se respiraba era húmedo y quizás dentro de unos minutos comenzaría a llover. No hubiera sido mala idea también comprarse unos paraguas.

Fueron hacia una nueva estación de trenes, aún inciertos de su próximo destino, pero posiblemente saldrían a la siguiente parada. Se sentaron fuera de la estación, habían ya varias personas en el lugar comprando sus boletos o esperando a su tren. Iba a ser un relajo comprarse los boletos, ya que siendo siempre dependientes del ala de la Orden Oscura, todas las deudas y problemas se resolvían fácilmente. Los exorcistas bajo el mando del Vaticano eran seres privilegiados entre todas las jerarquías que constituían cualquier tipo de sociedad regida por la religión católica o cristiana.

Allen notó que efectivamente había alguien familiar en los alrededores, era un hombre de aspecto un poco sospechoso. Probablemente tendría más de treinta años, y llevaba pelo marrón con unas gafas circulares que perfectamente dejaban ver unos penetrantes ojos azules. Cuando cruzó miradas con él, instantáneamente cambió de lugar de espera en la estación; su mirada era fría y asesina. No lo dudaba, que ése sería el hombre del que Kanda les advirtió.

Lenalee suspiró, que ella también lo notó. Tenía ella puesto un vestido azul cielo con rayas blancas, indumentaria concorde a la moda victoriana de ésta época, llevaba un bolso blanco y todo el tiempo ceñía con fuerza sus dedos en él, ya que todo el dinero que disponían lo tenía apretado ahí dentro. Estaba bastante nerviosa, hasta que se dirigió a Yu nuevamente.

–No podemos hacer que nos pierda pista, ¿verdad? ¿Tendremos que deshacernos de él?–susurró la joven, silbando un miedo indistinguible dentro de su garganta. Allen tardó en reaccionar, intentando asimilar lo que acababa de decir su amiga Lenalee.

–¿De qué están hablando?–preguntó Allen sobresaltado.

–Tuvimos que matar agentes para librarnos.–rezongó el oriental, enviándole la filosa mirada negra al jovencito.

–Kanda, por favor no...–Lenalee intentó acallar a su compañero de largo cabello, pero Allen tuvo la necesidad de interferir.

–¿Hicieron eso?–cuestionó el albino.

Lenalee volvió sus ojos de nuevo al muchacho y trato de calmarlo poniendo su suave mano sobre la escamosa izquierda de él.–No tuvimos opción... Lo siento mucho, Allen. Yo sé que nada de eso te parece...

–Serán Crow, pero siguen siendo personas, ¿lo han considerado?–dijo Walker, sin saber a quién de sus acompañantes mirar con más turbación.

–Aquí vamos de nuevo...–gruñó Kanda, mirando con mucho fastidio al joven albino. Entonces se levantó de golpe de la banca donde él estaba sentado, parándose justo frente a Allen.–Mira, estúpido. Estuvimos peleando por nuestra vida en ése momento. No es un conflicto en el que lo puedes resolver todo con té y galletas.–cuando tuvo la agresividad de agarrar la corbata a Allen, obligándolo a levantarse, Lenalee no desistió en izarse para querer detenerlo.–¿Qué nunca vas a aprender, imbécil? Matas y vives, o si no te matarán a ti, ¿entiendes?

–Chicos... ya es suficiente.–murmuró la joven china mientras que ella trataba de tomar la mano de Kanda que agarraba rudamente la corbata negra del chavo.

–Pero, ¿fue realmente necesario hacerlo?–preguntó Allen, completamente ignorando a su amiga, mientras ambas manos impares tomaban la de Kanda. Le miró a los ojos directamente, tratando profundizar ése vistazo lleno de amargura.

–Ya te lo dije: es matar o morir.–endilgó cruelmente Yu Kanda, muy clara y lentamente esputaba cada pestilente palabra al lánguido rostro del británico.

"Matar o Morir. Matar o Morir. Si no quieres ser asesinado, tienes que asesinar primero."

–Olvídalo, eres demasiado tonto e ingenuo para comprender.–dijo Kanda, exhibiendo su frustración hacia el insolente muchacho blanco.

–Lo entiendo, Kanda.–respondió Allen Walker, mostrando una expresión carente de sentimiento.–Pero no lo apruebo.

–Escúchame, pequeña basura.–farfulló con su distorsionado rostro cerca de Walker, Lenalee estaba lista para interferir en cualquier momento.–Casi la matan a ella ésa maldita noche; tú no puedes llegar de repente con nosotros y juzgarnos lo que hemos hecho. Si quieres dejar que te maten, adelante, pero nosotros seguiremos nuestro camino para sobrevivir.–escupió fríamente mientras lo zarandeaba con fuerza bruta.

–Entiendo. Ahora suéltame.–espetó Allen con el mismo desprecio. El hombre mayor solamente le gruñó con molestia y bruscamente soltó la engurruñada corbata del albino.

Sin hacer desplantes, Kanda tomó un camino diferente, probablemente queriendo alejarse de los dos amigos por ahora. Posiblemente sólo quería tener unos minutos para él solo nada más. Dio la vuelta hasta desaparecer detrás de la estación de trenes. Allen suspiró del enfado mientras volvía a arreglar la corbata que recientemente compró con el conjunto del traje gracias al dinero que traía Lenalee.

–Allen...–la muchacha quería mostrarse lo más paciente posible con él, pero Allen tampoco se encontraba en el humor.

–No, no me toques.–se arrebató el joven inglés.–Por favor, sólo déjame pensar por unos momentos.–dijo mientras descansaba de nuevo en la banca, encorvándose en sí mismo, ambas de sus manos apoyando su cabeza.

–Esto... es tan difícil... Ninguno de nosotros lo hizo por querer matar.–mencionó Lee mientras se acercaba a su querido amigo, controlando su distancia de él.–Si hubiera encontrado otra solución, sin duda la hubiera usado.

–¿Por qué lo hiciste?–preguntó sin mirarla. Lenalee resopló angustiada mientras el resentimiento crecía un poquito más dentro de su pecho.

–Yo siempre voy a luchar por proteger aquello que considero preciado, ¿recuerdas?–repitió ella, que era su excusa más válida, sin embargo, la que más había usado para justificar cada estupidez que cometía cuando arriesgaba de forma altruista su propia vida.

–También peleo por ello...–respondió Allen, mientras levantaba su cabeza, tenía los ojos llenos de rojo debido a la irritación.–Pero metiéndome en el mismo camino que ustedes, estaría quebrantando mis propias palabras.–formuló una sonrisa venenosa mientras mostraba ambas de sus palmas desnudas a la joven.–Una mano es para salvar a los Akumas, la otra es para salvar a los humanos, ¿qué pasa si termino usándolas para destruir a un humano?

Lenalee comenzó de repente a preocuparse mucho por la salud mental de éste niño.


16 de Julio

–Link, ¿puedes venir unos momentos? Hay algo aquí que no entiendo. Es el Libro del profeta Isaías.

El inspector jamás tuvo problemas al leer por primera vez la Biblia Sagrada, la entendió perfectamente y no le impresionó tanto como se suponía que debía hacer. La Biblia, dentro de su opinión personal y privada, fue sólo un documento más que debió leer por obligación. Nada más, nada menos.

–Isaías 7:14, Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel. (2)–recitó el joven inspector rubio con tono estoico mientras examinaba las palabras que le subrayó el albino.–¿Qué cosa no entiendes, Walker?

–¿No se supone que la Virgen parió a un tipo llamado Jesús?–preguntó Allen acercándose a su supervisor personal.

No había podido notar el timorato temblor en el cuerpo del chico, cuyos ojos cubiertos de hebras de tiza se perdían desesperadamente para no mirar directamente a Link. Él había hecho caso omiso a todas ésta señales, y bien por él.

Allen tragó saliva cuando se cerró a un espacio mucho más personal contra su supervisor. Y sin embargo, el alemán seguía sin notar ésta sombría y sospechosa distancia.

–Walker, de verdad no me creo tu falta de culto ¿es que no sabes que Emmanuel es el nombre hebreo de Dios con Nosotros? Eres un...–aprovechando éste pequeño instante de descuido, Allen posó suavemente ambas de sus manos en la base del cuello de su inspector, logrando ponerle nervioso.–¿Qu-qué crees que estás haciendo?–murmuró completamente avergonzado.

–Lo siento, pero tengo que hacer esto.–masculló el muchacho británico, cerrando con fuerza sus dedos alrededor del cuello de Link y con fuerza brutal lo empujó contra la cama, de un modo que su mayor no esperó a pesar de su entrenamiento. El shock en él era tan grande que tardó varios segundos en responder, usando sus enguantadas manos para tratar de remover el peso del muchacho sobre su cuello.

El exorcista se posó sobre su inspector, sentándose forzosamente sobre su pecho mientras hacía exhibición diversas gesticulaciones de temor y desesperación. No es como si él de verdad quisiera hacerle esto.

La tensa cara del alemán se puso completamente roja mientras luchaba por respirar, pero la mano izquierda de Allen poseía una fuerza sobrehumana y presionaba exactamente donde se hallaba su tráquea, por lo cual la sangre era bloqueada de su paso al cerebro. Link estaba consciente de esto, y por eso comenzó a patear y arquearse, rasguñar y golpear contra Allen; liberarse antes de perder el conocimiento.

–¿Qué...estás haciendo... Walker?–su voz ni siquiera era audible, faltaba de suficiente oxígeno y pronto dejaría de moverse. En un movimiento decisivo, Link deslizó su navaja oculta en su manga, con la esperanza de poder defenderse. Pero lo más que él pudo hacer fue clavar la punta de la cuchilla en la mejilla de Allen Walker y provocarle un corte pequeño que sangró mínimamente. Su muñeca cayó en seco contra la sábana.

Antes que fuera a hacer algo más, el inspector dejó caer su cabeza a la cama en el olvido, sus ojos estaban en blanco y su rostro quedó entumido. Allen suspiró cansado, retirando su forzado puño del cuello de su inspector, no sin antes revisarle el pulso con cuidado, pues estuvo seguro de usar todas sus fuerzas para ahorcarlo. Seguía vivo, por fortuna, pero Allen sabía que no tenía tiempo para preocuparse de él ahora.

–Vamos, Timcanpy.–el gólem de oro revoloteó fielmente al lado de su amo. Allen sentía que su corazón le latía muy fuerte cuando agarró del armario de la habitación la gabardina negra de su uniforme, la prefería entre todas las cosas porque poseía una capucha para cubrirse la cara. Estaba sudando mucho de la cara, por el esfuerzo que propuso al estrangular a Link. No pudo evitar sentir mucho remordimiento al voltear de nuevo a verle en la cama, apenas vivo.

Abrió la puerta de su habitación, nuevamente miró ambos lados, para asegurarse de que nadie estuviera ahí para avistarlo y reprenderlo. Tampoco podía entretenerse por mucho tiempo, si alguien encontraba a Link así en su cuarto, lo iban a matar, sin vacilación.

Ya adivinaba que Lenalee hizo ya sus movimientos, lo que podía perfectamente explicar la tensión que se manejaba en los cuarteles ahora. Mientras caminaba de incógnito, escuchó a varios trabajadores, buscadores que comentaban "la hermana del Supervisor Lee se fugó de la Orden con Yu Kanda a Nueva Orleáns". Eran simplemente rumores desfigurados de la realidad. Lo que más le molestó escuchar entre esos murmullos fue que "creía que Kanda había cometido acto de homosexualidad con Allen Walker" o "escuché que Allen tuvo relaciones con Kanda". Tuvo que resistir los deseos de callarles la boca.

Ahora mismo no era tiempo para tontear con chismes, él tenía que dar con Lenalee y ayudarla. Y más que eso, tenía que encontrar a Kanda a salvo, quería encararlo por lo menos una vez si pronto iba a morir por culpa de sus errores.

Obviamente no podía utilizar el portal del Arca a vista de todos, igual y pudo hacerlo antes en la habitación donde yacía Link, pero...

Abandonaría la Orden... y probablemente no volvería jamás. Para salvar a Kanda, tuvo que hacer ésta promesa al Conde Milenario.

Al ascender por los escalones hacia el sexto piso de la estructura, sintió que su corazón era una carga cada vez más pesada para llevar. Se detuvo unos segundos, varado entre el piso cuatro y el cinco, notó que su cuerpo transpiraba como nunca. Hiperventilaba arrodillado mientras sus manos se cerraban sobre su garganta. Tenía mucho calor, y las lágrimas se le salían sin retención fundiéndose con su sudor. Timcanpy, que siempre volaría cerca de Allen, se frotó a sí mismo contra la mejilla del muchacho.

Aún no podía creerse a sí mismo lo que había hecho a Link.

¿Era esto lo que la gente llamaba maldad? Era como decían algunos, que el diablo existía en todas partes, cada acto criminal era solamente un 'empujoncito' que él daba a los humanos para cometer horribles fechorías, como asesinar. Pero no fue un acto imprevisto, sino que fue planeado, calculado.

–Por Dios... ¿qué hice? Pude haberlo matado...–chilló Allen al gólem dorado, pero sin esperar una respuesta, dejó de resquebrajarse en su miseria, siguió moviéndose hacia adelante. Link hubiera podido liberarse fácilmente de su estrangulamiento, pudo haber usado algún encantamiento para retenerlo, pudo incluso usar la navaja oculta, pero algo le detuvo y finalmente cedió al poder de Allen.

Se sintió culpable. Link pudo haber confiado en el muchacho, pudo haber cogido cierto cariño y simpatía de él como para poder abstenerse a lastimarlo. Allen nunca sabría con precisión lo ocurrido, pero lo único que abarcaba a su mente era el hecho de que traicionó a Howard. Al final se volvió el traidor que siempre temió convertirse.

Era demasiado tarde para echarse atrás. Tenía que encontrarse a Lenalee y Kanda a como diera lugar.

Al saltar el último escalón, dio un giro hacia la derecha, comprobando que no había gente a sus alrededores, y sorpresivamente no habían gólems a la vista. Era el lugar perfecto para hacerse de un portal temporal del Arca. Sólo esperaba que éste fuese a ser el último para bien.

Estaba a punto de dar un salto sobre el mismo balaustre por el cual Kanda le dejó caer un es atrás. Pero sus sentidos le alertaron de una presencia cercana, justo unos pasos tras de él.

–Oh, aquí estás.–la voz era suave, pero perteneciente a un hombre mayor. Allen creyó reconocerle. Volteó hacia atrás con una gota de sudor frío trazando bajo su garganta. El hombre de inocente apariencia, el Cardenal.

–¿U-usted? ¿Qué está haciendo aquí?–tartamudeó el joven, por un segundo sintiéndose amenazado por su presencia. Aún seguía sin poder explicarse ése sentimiento tan sofocante cuando le veía.

–Te he seguido, naturalmente.–sonrió, era tan natural y amistoso que... era escalofriante. Aunque podía imitar a la perfección una expresión sincera y confiable, Allen no podía evitar éste agrio sentimiento.–Anda, no pongas ésa cara de pocos amigos, no soy tu enemigo.

–Lo siento, pero no tengo tiempo.–quiso suponer, éste hombre no debía ser obstáculo para sus planes, de todos modos la Orden se daría cuenta eventualmente de que él había escapado al dejar inconsciente a su inspector. Pero aún así, dio pasos hacia atrás sin descuidar por un momento al Cardenal, quien paso a paso se acercaba sin temor.

–¿Y quién dijo que podías marcharte así no más? ¿Estrangulas a tu vigilante y buscas un lugar adónde huir?–éstas palabras hicieron la mente de Allen vibrar con el miedo; éste hombre sabía demasiado.–¿Sabes que cometes una grave traición a la Orden, Allen?

–Usted... ¿qué va a hacer?–desafió el joven, todo su cuerpo entrando en tensión. Se obligó a sonreír con insolencia.–Va a delatarme, ¿cierto?

–Oh, no. Claro que no.–sacudió su cabeza, brevemente acomodando sus anteojos redondos. Bajo el reflejo de ésos cristales Allen observó un brillo sobrenatural en las pequeñas pupilas del Cardenal.–Pero... he venido a detenerte, antes de que cometas un grave error.

"¿Él? ¿Detenerme?" El albino arqueó una ceja, por un momento olvidando por completo el miedo que le invadió a la primera vez que estuvo cerca de éste hombre.

–Me largo de aquí. No tengo tiempo para esto.–dio la vuelta, preparando mentalmente el portal del Arca, pero cuando quiso impulsarse con su brazo izquierdo sobre el barandal de mármol, sintió un agarre potente alrededor de su muñeca, así como una corriente se energía mística recorrerle el brazo y la espina. Allen miró hacia atrás, su brazo presa fácil de la mano del Cardenal, cuyos colores comenzaron a brillar de modo misterioso.–¿Qué es esto? Agh... ¡Mi brazo...!

Su brazo, sentía como si estuviera siendo desbaratado desde adentro, provocándole una náusea demasiado fuerte la cual casi le hacía desmayarse, como si él se hubiera tragado agua salina en una gran bocanada. Dolía, su cuerpo flaqueaba, así como observaba la piel de su brazo izquierdo desprenderse como un plumaje resplandeciente.

El joven masculló, tratando de zafarse con todas sus fuerzas, porque sentía como si algo en la extraña mano del hombre le estuviera succionando su vida, su brazo.

–Es una Inocencia muy fuerte... pero tus decisiones la han hecho... algo inestable.–Allen se sintió más enfermo aún cuando el Cardenal le agarró con la otra mano su rostro. Por un segundo creyó que iba a perder el conocimiento, así como sentía su cabeza abrirse de un golpe, aunque realmente ningún daño físico le estaba sucediendo.–Ya veo, es que has sucumbido a las peticiones de ésas ratas de Noé.–susurró ésa voz que se corroía a una naturaleza más pérfida.

–¿C-cómo... sabes?–logró Allen responder, aún con voluntad de luchar contra éste aterrador agresor.–¿Quién demonios eres?

Allen se sacudió con gran poder, logrando liberar su cabeza del alcance de ésa mano terrorífica, pero su brazo izquierdo seguía atrapado en el agarre de éste ser, como si sus huesos y músculos hubieran sido fácilmente triturados. Trató de patear mientras su espalda se recargaba contra el balaustre, atentando a realizar un salto para escapar.

–No permitiré que sigas manchando la blanca pureza de tu Inocencia.–dijo el hombre, mientras su aparente tranquilidad se disolvía poco a poco, como un maquillaje que se caía tras años de mantenimiento.–Ya no más. Es hora que sucumbas del lado de la luz.

–¡Suéltame, maldición! ¡Suéltame!

Allen interpuso su pie contra el torso del supuesto hombre que quemaba con sus manos. Trató de alejarlo, pero entre más fuerza oponía en sus piernas, más se inclinaba él al borde del barandal de piedra blanca, y también seguía lastimando más su brazo de Inocencia, ya que aquella entidad no le soltaría.

–Esto es por tu propio bien, Allen.–otra vez aquel estiró su brazo para intentar tocar el rostro del chico, apenas un roce estuvo apunto de dejarle aturdido, como si una fuerza estuviera atrayéndolo al cuerpo del ser anormal. El insufrible miedo era lo único que mantenía a Allen con energía suficiente para resistir contra ésta fuerza.–¡Te salvaré, antes que seas presa de ése Noé!

Miró entonces los ojos de ése hombre o cosa. El muchacho estuvo decidido a creer que aquello no era humano.

Los ojos de ésa criatura parecían quemarse desde dentro, siendo dos orbes resplandecientes de violenta luz verde, extrañamente semejante a la luz celestial que la Inocencia solía radiar. Pero eran ojos quemándose. Internaron a Allen dentro de un terror insufrible, el que le daba aún más razones para escapar de ésta cosa humanoide.

Timcanpy apareció, aparentemente con sus filas de afilados colmillos trataba de auxiliar a su amo mordiendo la muñeca del horroroso ser.

–¡No!... ¡Déjame ir!

Dio una patada con todas sus fuerzas, estropeando su bota al lograr liberar su brazo, sintiendo cómo estaba adormecido por tan sofocante agarre. Activó con el pensamiento el Arca justo a tiempo cuando se dejó caer por el barandal. Al caer, lo último que vio desde el ángulo del que caía, era ése temible llameante semblante. Al entrar dentro de la luz de la puerta de su Arca, se aseguró que fuera a romperse antes que aquel sujeto intentara seguirle, por lo que más temía.

Al abrir de nuevo sus párpados, cayó sobre una fresca superficie de pasto, sufriendo sólo un dolor momentáneo en su espalda por el impacto. El portal sobre él se hizo añicos tan pronto como salió de él, así que ahora se hallaba salvo. Dirigió éste portal a Nueva Orleáns, donde supuestamente se hallaría con Kanda y Lenalee.

Jadeó por unos segundos más, recostado en las hierbas. Éste era un jardín a las afueras de la ciudad, por lo poco que alcanzó a explorar de la zona. Se quedó sorprendido al observar de nuevo su adormecido brazo izquierdo. Aún parecía despellejarse pero en realidad las capas no eran piel en sí. Eran de textura más suave y brillante.

"¿P-plumas?"

Pero antes que se pusiera a examinar su Inocencia otra vez, frente a sus ojos apareció Timcanpy, quien volaba ávidamente, quizás alegre que su amo estuviera sano y salvo.

–Timcanpy, ¿estás bien?–sonrió Allen débilmente, apapachando el regordete cuerpo del gólem mientras sus doradas alas cosquilleaban sus orejas. Luego quedó en un fúnebre silencio por varios minutos. Ni el aroma a pasto mojado lograba calmarlo tras estos largos segundos, inmerso en sus pensamientos de lo que acababa de ocurrir hace unos minutos.–Por dios, ¿quién demonios era... qué demonios era eso?–murmuró para sí mismo mientras su abrazo en Timcanpy se hacía inevitablemente más fuerte y ansioso.

De los años que estuvo bajo el servicio de la Orden, jamás pensó que semejante cosa se escondería entre sus paredes, y lo atacaría de tal manera.

"¿Los Noé me querrían fuera de la Orden por... eso?"


21 de Julio

Al final, no pudieron tomar el tren, debido a que ninguno compró los boletos y ambos perdieron de vista a Kanda por las últimas horas del día. Simplemente él desapareció sin decir nada.

Más tarde encontrarían a su extraviado amigo vagando por las calles de Alexandria, cubriendo inútilmente las manchas de sangre que ensuciaron su chaleco mientras tenía a Mugen en su funda sujeta firmemente. Ya estaba de sobra preguntarse qué hizo Kanda durante sus horas perdidas. Como entonces era de noche, Lenalee acordó con sus compañeros agarrar otro hotel y tomar el tren para la mañana siguiente.

De nuevo tomaron uno bastante simple, barato, ya que sólo pasarían una noche ahí dentro. La cantidad de iluminación era pobre, la pintura de las paredes de los cuartos se caía debido a la humedad... incluso habían agujeros en los muros y pisos. De seguro había una comunidad de ratas hospedadas en todo el hostal. Pero sólo sería por una noche. Tomaron dos cuartos. Uno era obviamente para regalarle privacidad a la única dama dentro del grupo, así que los dos caballeros deberían de compartir una misma habitación sin ningún problema.

Pero existía una tensión fortísima entre Yu y Allen. Desde de su discusión en la estación ferroviaria, si Lenalee no hubiera estado ahí con ellos, hubieran estallado en batalla. Y lo peor de todo, es que ya ninguno de los dos estaba seguro de la verdadera razón por la que peleaban.

La habitación que les tocó contaba con dos camas, Kanda intencionalmente alejó la suya hasta la pared contraria de la cama de Allen. Cuanto se desvistieron de la mayoría de sus ropas, ninguno se había dirigido la palabra al otro, ni por casualidades como: "¿Qué vas a hacer con las manchas de sangre en tu ropa?".

Apagaron la lámpara de aceite y se entumieron en la tranquila oscuridad del cuarto, la única fiable iluminación era una larga ventana en el lado de Allen, su cama daba directamente hacia ésa luz de la clara luna azul. Kanda aspiró por las siguientes horas el podrido olor a humedad que corría por el cartón yeso de la pared a la que su cama estaba pegada. Las sábanas olían a sudor y sexo putrefacto, como si no hubieran lavado la tela en semanas; y la almohada era increíblemente vacía, apenas sólo se trataba de la funda fría y rociada de secreciones humanas. Sólo esperaba que el Moyashi tuviera un catre tan repugnante como el suyo.

Seguramente estaría ya disuelto entre los sueños, durmiendo como un maldito querubín. Desde su cama, Kanda contempló por varias horas la silueta de espaldas del muchacho acostado en el otro lado del cuarto.

Su mente aún estaba perturbada, aunque por fuera parecía haber asimilado ésta situación mejor que los dos de sus compañeros, por dentro seguía tan confundido como en el instante que estuvo en el interrogatorio hacía unos días. Pero debía de mantenerse cuerdo y fuerte ante Allen y Lenalee para bien, porque ellos confiaban que él superaba rápidamente estos momentos tan difíciles. Así debía permanecer.

Alma podía esperar un poco más. Lo más importante ahora era permanecer cuerdo por ellos.

Pasó una hora más observando a Allen. Hasta ahora le pareció extraño, pero en todo éste tiempo el joven no se había movido de su cama. Seguía inerte acostado en la misma posición, haciendo nada más que respirar pacíficamente. Era sospechosamente tranquilo.

Entonces le vio moverse de repente, sin ningún esfuerzo él se levantó de la cama mientras que con su mano derecha cubría el ojo de la cicatriz. Su respiración se volvió más pausada, como si algo le afligiera profundamente. La silueta bañada de la luz lunar se alzó de la cama y caminó hacia la ventana. Allen cogió su camisa blanca de algodón y abrochó sólo los unos tres botones antes de abrir la ventana, dejando que la brisa helada de la madrugada entrara al cuarto.

"¿Qué demonios hace?" se preguntó Kanda, a la vez, Walker volteó su cara hacia atrás para vigilar a su compañero, y por instinto, Kanda pretendió cerrar sus párpados y darse por dormido.

Al siguiente instante, Allen dio un salto de la ventana con su blanca Inocencia activada. El payaso coronado escapó, Kanda no adivinó en el primer segundo para qué. ¿Qué diablos se pondría a hacer en medio de la noche?...

El chico se fue a cazar demonios.

Debería de quedarse en cama e intentar dormir, quizás ignorar a Allen por ahora, porque realmente no debería preocuparse por el niño si se iba a ir a matar Akumas por las noches. Que él hiciera lo que se le pegara en gana, Kanda no tenía que interferir en esto, ¿verdad?

Pero había algo inquietándolo. Por alguna razón Yu Kanda se levantó también de la cama y también se puso encima la ropa suficiente para matar el frío de la oscura mañana. Por supuesto, cargó consigo la espada Anti Akuma para la evidente ocasión de cacería. Sólo iría y observaría un rato a Allen, nada más.

Puso un pie fuera de la ventana, verificando que la caída desde el segundo piso no le dañaría en lo absoluto.

Al bajar a las calles, el eco de sus pasos resonó con las sucias paredes, ahuyentando a los roedores que caminaban cerca de ahí. La cuestión aquí era: ¿por dónde buscar al muchacho? Pensó, los akumas disfrazados de humanos llevaban una 'vida ordinaria' mientras buscaban presas y víctimas que asesinar. A ésta hora de la madrugada era difícil localizarlos, pero en caso de Allen Walker, gracias a su ojo maldito, encontrarse con Akumas no sería problema. Aunque sí, estaba realmente complicado darse con estos demonios si no se usaba el uniforme de un exorcista.

Quien llevaba uniforme de exorcista lo usaba para que los akumas salieran de su escondite y atacaran. De modo que nadie estaba portando la Rosa Cruz, los akuma solamente les tomarían de humanos corrientes como el resto.

Mientras daba la vuelta en la manzana donde estaba el barato hotel donde se hospedaban, pensó que iba a ser más complicado de lo que creía dar con Allen Walker. Seguramente se había alejado mucho durante éste tiempo.

Pasó media hora vagando por las rutas que anduvo después de asesinar a ése agente Crow la tarde pasada... recordaba que por uno de los callejones había un prostíbulo lleno de chicas muy jóvenes y atractivas. Y de hecho, ése burdel estaba aún abierto a ésta hora, las luces de colores evocadores estaban encendidas en medio de las sombras de la pestilente calleja.

Las mujeres de vulgares y provocativos atuendos que mostraban las tetas le saludaron de la misma amistosa forma que hicieron la última vez que pasó de cerca. Emanaba del lugar un olor muy fuerte a opio y perfume de flores. Seguramente éste prostíbulo ni siquiera era legal.

–¿Quieres divertirte conmigo un rato, hermoso?–preguntó la juguetona mujer de rubia cabellera, cuyo exceso de maquillaje le hacía a su rostro lucir horrible, y su higiene dental era nefasta. Tendría unos veinte años o menos.

–Tenemos muy buen precio, valemos la pena.–sonrió otra morena, cuyos pechos prácticamente se le salían fuera del corsé, su maquillaje estaba algo corrido. Ella podría no ser mayor que Lenalee.

Kanda pensó sus palabras unos segundos. Intentaría algo nuevo por ésta ocasión.

–No gracias, soy un exorcista.–respondió Yu con una mueca descortés, mientras recargaba su enfundada katana sobre su hombro. Había algo provocador en su comportamiento, mientras ambas prostitutas le miraban intimidadas.

–¿Exorcista, dijo?–preguntó de repente la joven morena, de repente cambiando su expresión a algo más furioso, menos humano. Kanda acertó en el blanco.

–Carmen, ¿qué te sucede?–la mujer rubia quedó alarmada al ver que el brazo de su compañera se deformaba, no, más bien se rompía mostrando una especie de garra similar a la de un insecto gigante.–¡Por Dios!

–¿Podrías callarte, maldita zorra?–gruñó el nuevo formado Akuma, cuyo rostro pasó de ser el de una jovencita hacia la monstruosa cabeza esquelética de un demonio rojo. Le amenazó con una garra que chorreaba una sustancia púrpura viscosa. Sin embargo, ése brazo peligroso y largo nunca alcanzó a la voluptuosa mujer rubia.

De un hábil corte, el exorcista asiático separó ése maldito miembro del cuerpo del akuma. Era uno del nivel 2, a juzgar por su deforme apariencia.–Huye de aquí.–ordenó Kanda a la ramera, quien obedeció sin chistar, asustada se fue a zancadas lejos del lugar, mientras que el akuma atentó a perseguirla. Kanda acertó en cortarle las piernas al Akuma, la aceitosa sangre haciéndole resbalarse en su propio mutilado cuerpo.

–¡MALDITO EXORCISTA!–gritó el akuma rojo, antes que el filo de Mugen activada cortara su cabeza en un limpio corte. Para Kanda, éste demonio fue demasiado torpe y vulnerable, a comparación de otros akumas del mismo nivel. Sabía que con la muerte de ésta akuma en especifico, podría atraer a más de ellos. Entre más akuma lo rodearan a él, más fácil sería localizar a Allen en poco tiempo.

Debido al estruendo causado por el akuma que recién acababa de matar, las otras mujeres que seguían trabajando dentro del burdel fueron atraídas por el monstruoso grito. Más los otros clientes que estaban dentro del lugar, causó una enorme conmoción cuando hallaron al hombre oriental con su espada ensangrentada y el cadáver del akuma despedazado en el suelo. No se hicieron esperar los escandalosos alaridos.

Gritos de terror y desesperación. Venían de adentro. Kanda notó que algo con extrema velocidad se movía dentro del prostíbulo y avanzaba directamente hacia él. Seguramente la mujerzuela que acababa de matar no era la única puta que era un akuma dentro del burdel.

Kanda saltó por la pared para evitar que un impacto lo aplastara contra el muro. Una nube de polvo se levantó, algo que Kanda decidió aprovechar a su favor, y soltó su peso sobre el Akuma que intentó atacarlo, tenía el filo de Mugen listo para clavárselo desde arriba.

Pero no fue suficiente. El akuma reaccionó rápido y logró sujetar con sólo su mano la punta de la katana. Era un akuma del nivel 3. Su armadura era más fuerte, asimilaba la apariencia de la negra obsidiana y su figura era más humanoide, aunque su rostro era más demoníaco que su predecesor. Sus ojos rojos y saltones eran como de reptil, le miraban con una combinación de éxtasis e ira lasciva.

–Qué extraño encontrar un exorcista sin la Rosa Cruz. Qué divertido.–musitó la metálica voz del abominable ser a su vez Kanda no sintió una pizca de miedo, sólo asco, porque todavía el demonio tenía una voz un tanto femenina y coqueta.

Nigentou.–pronunció el llamado de la segunda forma de su espada. La Segunda Ilusión era suficiente para exterminar a un akuma de éste nivel. La espada se duplicó en dos brillos, cosa que el monstruo no se anticipó, por lo que instantáneamente atacó con uno de sus bestiales brazos al exorcista antes de herirle.

Era increíblemente rápido este akuma, apenas a tiempo le logró evitar. Pero normal, ya que Nigentou no modificaba su velocidad normal a diferencia de otros estilos más avanzados. Estaba bien así, no necesitaba gastar su vida para matar a estos bichos. Sólo agitó sus sables nuevamente, en suceso cortó los miembros del soldado akuma como si de mantequilla fueran. Y la gente que presenciaba el violento espectáculo solamente corría confundida lejos del lugar, sin querer creer o entender en ésta fantástica masacre.

Entonces siguieron llegando más de ellos, tal como Kanda planeó, akumas de diferentes niveles que no rebasaban el 3 se reunieron para asesinar al exorcista que no portaba el uniforme enemigo, que sin embargo cargaba el arma con el Cristal de Dios, lo cual debía ser suficiente excusa para arrimarse al ataque.

En cuestión de minutos, mientras la sangre de Kanda se agitaba por cada demonio que ejecutaba, decenas de esos insectos venían. Estaba perdiendo la cuenta de a cuántos había matado ya.

¿Por qué no se aparecía Allen?

–Estúpidos akumas. Sólo piensan en matar, más no parecen darse cuenta que ninguno tiene oportunidad contra mí. Míseros fracasos.–murmuró a sí mismo Yu mientras partía en dos a otro akuma del nivel 3 que falló en acertarle un golpe fatal.

Escuchó una risita infantil detrás de él, era horriblemente familiar.–¿Éste es el que les causa tantos problemas? Yo lo mato.–sin duda alguna, ésa voz era de un akuma superior. Nivel 4.

Era como un infante volador, un gris querubín terriblemente deformado y que la malicia pura brotaba de él como un espantoso hedor agónico y podrido.

De su mano, su piel aparentemente hecha de mármol gris, una especie de resplandor rosa y caliente se formaba como zarcillos de luz que apuntaban al exorcista. El pequeño akuma rió más cuando el cúmulo de energía radiante estaba a su punto para ser disparado hacia Kanda.

–Buenas noches, akuma.–no obstante, el akuma no logró liberar el rayo de energía hecho para su enemigo el exorcista. Una espada de enormes proporciones atravesaba su diminuto cuerpo, ensartándolo por ése grueso filo de modo que ya no se podía mover.–Descansa en paz.–antes que la espada del Payaso Coronado terminara con el akuma agonizante, Kanda saltó y dio el corte de gracia, rebanándole la cabeza en un instante con el Nigentou.

Entonces el muchacho contempló largamente el cuerpo destruido del demonio cuando la enorme espada de mandoble recobraba su lugar como el escamoso brazo negro que tenía en lugar de izquierda. El brazo de Allen era Inocencia pura, aunque tuviera una apariencia aberrante y oscura.

Miró la cara de Allen Walker, su rostro difuminado entre la luz de la luna y las sombras de la calleja en la que ambos estaban varados. Aparentemente ya habían matado a todos los akumas de la zona.

–¿Es ésta la manera en la que combates contra el insomnio?–preguntó Kanda, obviamente burlándose agriamente del muchacho albino.

No fue sino hasta segundos después de mirarle de cerca que notó su rostro manchado de mucha sangre lo que acentuaba la apariencia de ferocidad en lugar de su actual estado desvelado.

–¿Por qué me seguiste hasta aquí?–preguntó Allen seriamente.

El ojo izquierdo de su cara brillaba anormalmente, era un rojo muy vivo; era la maldición demoniaca de ésa cicatriz en su rostro.

–No sé de qué me estás hablando. Yo sólo vine aquí para cogerme una puta.–respondió Kanda descortésmente al muchacho. Su mentira era tan obvia.

–¿Sin dinero?–sonrió Allen descaradamente. Entonces extendió su brazo negro a la izquierda, mientras la garra adquiría una apariencia más larga, filosa y elegante.

Casi como imán atrayendo metal, un akuma de nivel inferior vino hacia él, la garra lo atrapó a tiempo para aplastarlo en un santiamén. Y aún así, el gesto cínico de Allen no desapareció. Por alguna razón, Kanda siempre detestaba verlo sonreír así.

Sabía que todas esas sonrisas eran falsificaciones. Siempre las había forzado en su rostro, ni siquiera las sentía, las hacía por instinto y porque eran fáciles. Allen era un payaso después de todo. Un payaso nunca sonreía realmente, solamente tenía la maldita gesticulación pintada en su cara para no tener que hacerlo. Era sonreír para los demás, no sonreír para demostrar felicidad. Ahí no encontraba a nadie verdaderamente feliz. Por eso lo odiaba.

–¿Te preocupaba que yo estuviera saliendo solo a ésta hora?–preguntó Allen regresando a la normalidad la garra negra de su Inocencia, su camisa blanca quedó intacta.–No soy un niño pequeño que necesite ser cuidado por otros.–Kanda frunció el entrecejo sin la necesidad de parecer preocupado o enojado. Era casi neutral.

–¿Duele?–ni siquiera su voz denotaba sentimientos, era sólo un eco vacío.

–¿Qué cosa?–el muchacho se extrañó unos segundos, no pareciendo entender lo que le preguntaba Kanda.

–Tu ojo.–su dedo señaló de repente la mejilla cicatrizada del joven albino. La tocó muy brevemente, ligero como la pata de una mosca.

Era curiosidad, nada más. Ni preocupación, ni miedo. Sólo curiosidad.

–Sí. Casi todas las noches.–contestó el joven inglés mientras con desconsuelo cubría su ojo maldito.–Si no cazo akumas, no me dejará en paz.

–¿Y si no hay akumas a tu alrededor?

–A veces me deja en paz... pero a veces, incluso si no hay akumas a mi alrededor, me despierta en las noches, porque trata de recordarme que yo vivo soy un arma Anti Akuma.

–Eres ridículo.–espetó con molestia Kanda.

–No eres el primero que me lo dice, pero siempre estoy confundido: ¿cómo voy a saber qué soy yo realmente, Kanda?–otra vez trataba de sacar nuevos temas de conversación. Kanda trató de no mirarle los ojos al albino, procuraba hacer el menor contacto personal con él, justo después de esos desagradables escándalos de homosexualidad ocurridos atrás en la Orden Oscura.

–Tú eres quien quieres de verdad ser.–respondió Kanda estoico.–Tú decides qué ser. O humano o monstruo: tú elección

–No me hables de monstruos.–Allen hizo un gesto de asco, ladeando su cara a otra dirección para no encarar al otro hombre.–Tampoco estoy seguro de quién o qué seas tú.

–De algún modo estamos iguales. No me des pelea ahora, moyashi.–finalizó el hombre asiático dándose la vuelta al instante, le dio la espalda al jovencito británico... de repente sintió un jalón detrás, una mano sujetando el extremo de su larga cabellera negra. No le desagradó entre tanto. Solamente se detuvo.–¿Ahora qué quieres?

–Me... dijiste que yo te debía una cuerda para el cabello, ¿recuerdas? Esto te servirá a sujetar tu cabello.–Allen había sacado algo de su bolsillo, una especie de listón color negro, con la otra mano agarró todo el puñado del cabello y comenzó a apretarlo con la cinta en una cola de caballo simple.

¿Por qué se dejaba hacer esto? No tenía sentido, ni siquiera estaba resistiéndose. ¿Se volvió blando con él? No creía serlo. Kanda podía peinarse solo, podría simplemente darle un puñetazo al muchachito y peinar su propio cabello. Ya no se entendía siquiera a sí mismo ahora. Era patético.

–Nos vamos de aquí. Ya no queda más que hacer.–anunció Kanda justo cuando Allen Walker terminó de atar bien el moño de la holgada cola de caballo. Secretamente, el chico acarició sus propias yemas de los dedos extrañando el contacto de ése suave y espeso cabello negro.


El humo era como neblina dentro de una caja, puesto el cuarto era demasiado pequeño como para ser considerado como un cuarto en sí. El aroma no lo sentía, pero su cerebro le indicaba que trataba de nicotina.

–La puta que te parió, si no apagas ése cigarrillo, voy a incendiar con él tu cabello...

La pequeña habitación la compartía con otro hombre, cubierto de tantas sombras como sí mismo, pero había una ligera iluminación anaranjada que señalaba las ásperas texturas de madera en las paredes y piso.

–Qué mariposón eres. ¿No tienes otra cosa de qué quejarte, bueno para nada?

La voz del otro hombre... eran tan familiar.

–... Vale, estoy siendo muy brusco contigo pese a toda la mierda que te ha estado pasando. Lamento mucho lo de Maria. Sé lo mucho que significó para ti.

–Estará bien. No la metas en conversación ahora.

Suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Tocó su cabello, luego miró la Rosa Cruz de su uniforme. "Éste... no es mi cuerpo." dijo, pero no tenía control de sus acciones o palabras.

–... Éste trabajo es una mierda. Ser exorcista, salvar al mundo, matar bichos y ver gente morir... éstas cosas te cambian para siempre.

–Al fin y al cabo, alguien lo tiene que hacer. No seas llorón.–el otro hombre farfulló lanzando otra bocanada de humo tóxico a su rostro adrede.

–Apaga el maldito cigarro.–refunfuñó de mala gana.–Digo, es fácil decir cuál es la solución a nuestros problemas. Ojalá siempre hubiera sido tan fácil como decirlo. 'Hallar el Corazón y detener al Conde Milenario.' De ser por mí, yo agarro el estúpido Corazón, le parto la cara al Conde y regresamos a casa... mientras me paso el resto de mi vida olvidando todo este follón...

–Es una verdadera lástima, ¿no?–rió sutilmente el hombre cubierto de sombras.–Que ésta pelea no fuera tan simple. Y el Corazón... olvídalo: tomaría toda tu vida y la vida de tus bisnietos para hallarlo. Ése objeto simplemente no es para encontrarse. Quizás no quiere ser encontrado.

–¡Rayos! No te das una idea de la manera en la que me jode tu forma de hablar.–gruñó, pero no aparentaba estar enojado, sino que divertido.–Hallaré el Corazón, acabaré con ésta Guerra de los mil demonios y regresaré con ella a nuestro hogar.

–... ¿Es ésa luz la que veo en tus ojos, Gruñón?–rió de nuevo el otro.–Con tanto optimismo, deberías morirte...

–Eres un hongo en los cojones, Cross.

"¿Cross Marian?"

Antes que pudiera observar más, el humo de cigarrillo desintegró el entorno, envolviéndolo de vuelta a la oscuridad del sueño sin recuerdos. Sentía su cabeza arder por dentro, como si algo estuviera excavando en su cerebro. Pero pronto se calmó, dejando su mente en blanco.


A dónde iban todavía permanecía como un misterio. En la mañana solamente terminaron de pagar el hospedaje y partieron a la estación ferroviaria. Lenalee quiso preguntarles a los muchachos porqué lucían tan cansados, porque de plano no parecían haber usado la noche para dormir. Ellos dos procuraron que la dama no pensara cosas extrañas, Allen le replicó de forma poco discreta: "Lenalee, no somos maricas" a lo que Kanda le respondió de una patada bien merecida en la nuca.

–Tendremos que buscar otro camino... podríamos ir hasta otro lado del país para ocultarnos un rato ¿no?–planteó Lenalee.–Pero con la agitación que hemos provocado a Central, a éste paso no tardarán en hallarnos.

–Sí, aunque use un Portal del Arca para irnos al otro lado del mundo, nos encontrarían eventualmente.–agregó Allen mientras suspiraba cansado.

–Mierda.–farfulló Kanda.

–¿Pero tenemos destino en algún lugar?–se preguntó Allen.

–Me temo que no. Realmente no sé que vamos a hacer.–dijo la jovencita Lee sustentando mucha angustia.–No podemos quedar escondidos para siempre ¿verdad?

Se quedaron meditando unos momentos en silencio, cada uno pensando a su propia manera, cuidando las decisiones que pudieran formar dentro de sus juicios. Debían de tomar un camino igual de conveniente para todo el conjunto.

Pero entre todos, Kanda parecía mucho más inmerso en sus pensamientos que nadie más, tanto que casi tropezó con un escalón hallado en la estación al ascender al tren, en vez de corresponder a su trabajo de vigilar sus espaldas en caso de ser perseguidos por alguien más.

–Pues... no se me ocurre un lugar en específico.–murmuró la joven china sin ánimos de levantar su cara.

–... Yo sé a dónde podemos ir y qué podemos hacer.–habló Yu Kanda de repente, tras pensarlo muy detenidamente.

–¿Sí?–inició Allen bastante interesado en la opinión de su compañero.

–Tenemos que ir a Carson City.

–¿Q-qué?–exclamó el albino estupefacto y molesto.–¿Por qué ahí de nuevo?

–¿No es ése el lugar donde sufriste un accidente en tu última misión, Kanda?–la chica compartía una expresión parecida, pero mucho más extrañada que fastidiada.

–Ése no es el punto.–Kanda repuso.–Hay algo que tengo que hacer ahí.

Allen cruzó sus brazos y sacudió su blanca cabeza, mirando aprehensivamente a su compañero, mostrando su gran desacuerdo.

–... No me hace falta preguntar el por qué quieres ir ahí.–espetó.–Es acerca de... ése jardinero, ¿verdad?

–¿Exactamente qué es lo que buscas en ése lugar? No puedes llevarnos ahí sin antes decirnos la razón.–prosiguió Lenalee, aparentemente menos perturbada por las ideas de su amigo compatriota.

Pero Kanda no respondió, solamente guiándolos por un oscuro semblante, mirándolos casi como si él sintiera pena por ellos.

–¡No te quedes callado, Kanda! ¡Estamos preocupados porque no tenemos adónde ir y la Orden nos tiene en jaque!–protestó el británico, exasperándose por aquella expresión en los ojos del hombre pardo. No era necesario remarcarle con ése tono tan histérico; pero era tan pesado el estrés que manejaban entre sí, que su interacción con él podía tornarse de algo calmo y distante a algo más violento y desesperado.

Yu Kanda sólo suspiró y cabeceó, quizás inseguro de lo que iba a decir.–... Será sólo una estúpida corazonada mía, pero creo que ahí está la pista que siempre hemos necesitado.

–¿Una pista?–el chico arqueó una ceja, y Lenalee se acercó un par de pasos, intrigada por completo.

Un brillo tenebroso se asomó en forma efímera dentro de sus pupilas negras, antes que desvaneciera como polvo invisible.

–Para encontrar el Corazón.–dijo en voz baja.


(1).– Los Huevos a la Sardou son un platillo típico de Lousiana, se sirven escalfados sobre fondos de alcachofa y puré de espinacas, napados con salsa holandesa y espolvoreados con paprika, a veces acompañados con un tomate asado con sal Maldon. Está rico. :P

(2).– Sí, cuando leí el Viejo Testamento por primera vez, ésta parte me confundió mucho, le pregunté una vez a un padre y se enojó mucho por mi falta de culto...

N/A: Ya está cambiando. A Kefka le gusta. Aparte que me ha puesto a trabajar en un fanfic original en inglés mas aparte la traducción... ES COMO TENER TRES DILDOS A LA VEZ EN EL TRASERO :D