Los personajes no me pertenecen, escribo sin fines de lucro... y este es el prólogo de la historia. Más vale tarde que nunca para poner las cosas en orden, ¿no?


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Prólogo

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Podría decir que fue culpa del profesor Berty. Después de todo, si él no hubiese estado en medio de una escandalosa separación previa al no menos escandaloso divorcio de su esposa, no hubiese pedido licencia y hubiésemos tratado otro plan de estudios.

O podría decir que fue culpa de la excéntrica profesora suplente Anneley Buchwurm. Si ella no hubiese cubierto el puesto de Berty durante su licencia por estrés, no hubiésemos leído ese cuento y nada de esto hubiese pasado.

Remontándome más en el tiempo, podría echarle la culpa a Eleanor Coerr, ya que si no hubiese escrito el cuento que leímos en clase de Literatura, nada de esto hubiese pasado tampoco.

Si quisiera ser despiadada, hasta podría culpar a Sadako Sasaki, la niña cuya historia inspiró a Coerr para escribir su cuento.

O remontándome más todavía en el tiempo, otro al que podría culpar sería a la Segunda Guerra Mundial.

O al presidente Harry Truman y su orden de bombardear el Hiroshima y Nagasaki con bombas atómicas.

O a los que desarrollaron y construyeron esas bombas sabiendo que podían destruir miles de vidas…

Si voy a buscar culpables, bien podría culpar a Alice por no detenernos. ¿De qué sirve tener una psíquica capaz de ver el futuro por cuñada si no puede avisarte que estás a punto de hacer algo con desastrosas consecuencias?

Siendo un poco más realista, podría culpar a Edward. Si él no fuese tan endiabladamente perfecto, tan capaz de hacer todo a velocidad ultrasónica, esto tampoco hubiese pasado.

Claro que si lo culpo a él, con la misma lógica debería culparme a mí, ya que fui yo la que insistió en el proyecto. Si Edward lo hizo, fue porque yo quería.

Pero de nada me sirve buscar culpables. Lo que sucedió no tiene vuelta atrás. No hay forma de deshacerlo. Sólo nos queda vivir con las consecuencias.

O en mi caso, existir con las consecuencias.

A mi alrededor, todos están conmocionados, como enloquecidos.

Emmett y Jasper tuvieron que sujetar a Alice entre los dos y sacarla de la habitación. Yo nunca la había visto tan salvaje y descontrolada. Nunca creí que mordería a nadie, muchos menos a Jasper, pero su desesperación por soltarse era evidente. Él, claro, no quería ser brusco con ella para no lastimarla, de modo que recibió tres mordeduras en sus brazos antes que entre él y Emmett pudiesen contenerla.

Carlisle parece al borde del ataque, no sé si de estupefacción o de pánico o de furia o de sorpresa o entusiasmo o qué, pero no deja de farfullar con los ojos desorbitados y de examinar a Edward, que tiene todo el aspecto de estar al borde del colapso nervioso.

Esme está por lo menos igual de asombrada y confusa, y va de un lado a otro sin la menor idea de qué hacer. Sale de la habitación como si fuese a buscar algo, pero regresa al instante, como si no pudiese creer lo que pasó si no está viéndolo. No la culpo.

Rosalie está furiosa. Total y completamente fuera de sí. Puedo casi sentirlo, aunque está parada ahí, inmóvil, mirándonos con ojos como platos. Tiene las manos en dos puños, los ojos llameantes, la mandíbula apretadísima. Tiene todo el aspecto de estar deseando romper algo. O a alguien. Preferentemente, creo, a mí. O a Edward.

O a nuestro trabajo de papiroflexia. Origami. Senbadzuru. Como quieran llamarlo.

Miro otra vez las prolijas columnas de papeles doblados que cuelgan contra la pared de vidrio que forma parte de la habitación de Edward.

El extremo superior del hilo está pegado al vidrio con un poco de cinta adhesiva. Son cincuenta hilos. Cada uno de ellos tiene enhebradas veinte figuras. Todas son exactamente iguales, sólo varía el color y el tipo de papel con que fueron confeccionadas. Pero tienen el mismo tamaño y la misma forma, todas ellas.

Un millar de pajaritos de papel se mecen en la suave brisa que entra por la ventana entreabierta.

A mi lado, Edward tirita. Por primera vez en noventa años, tiene frío.

Yo sólo me quedo muy quieta. Por primera vez en diecisiete años, no siento frío pese a la temperatura de unos pocos grados centígrados sobre cero.

Edward es humano.

Yo soy vampiresa.

Mil grullas de papel parecen querer remontar vuelo al son de una corriente de aire helado.

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