¿Qué decir? Agradezco la infinita paciencia de quien lea esto. Siento haber tardado tanto, pero no me olvidé de este fic en ningún momento. No respondí a los mp ni a los reviews porque llegado un punto dejé de leerlos, me sentía demasiado culpable. Pero AL FIN puedo sacarme el peso de encima y subir lo que queda. Aunque nadie lo lea, aunque a nadie le guste, yo me siento aliviada. Un capítulo, dividido en dos partes, y un epílogo. Todo está escrito, solo falta revisarlo.

Gracias a todas las que dejásteis reviews y demás y gracias Iris por seguir acordándote de este fic.

Sin más, último capítulo, Parte I

Dos años después

Martes, 24 de agosto

–¿Estás segura? Tenemos cuarto de huéspedes, podrías invitar a tus amigos todo lo que quisieras. –sugirió su madre observándola por encima de las gafas. Aún albergaba la esperanza de que considerase quedarse en Australia.

–¿Puedes pasarme la mayonesa, cariño?

Hermione alcanzó el tarrito y echó un poco en su ensalada antes de dárselo a su padre, que parecía querer mantenerse al margen de la conversación. El viento empezaba a soplar algo fuerte en la terraza y un par de mechones se resistieron a la goma del pelo. Al sujetarlos con una pinza sintió el desagradable tacto de la salitre.

–Echo de menos a los chicos, claro. Pero ya sabes que no es solo por ellos.

Había algo más. En los últimos días había llegado una lechuza procedente del Ministerio de Magia ofreciéndole una plaza como asistente en el Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas, la oportunidad perfecta para introducir sus ideas sobre los derechos de los elfos domésticos. Aunque esa salida era en realidad su segunda opción y hasta el momento no había tenido el valor de confesar a sus padres lo que realmente quería hacer. Pero las vacaciones ya casi se habían terminado y le quedaba poco tiempo allí, tenía que decírselo.

–También me he estado informando sobre otra posibilidad. –Sacó a relucir tímidamente. Sus padres la miraron con cautela. –Existe un laboratorio de alquimia… no es muy conocido, pero sí muy prestigioso. Y hay 25 plazas vacantes.

Había oído hablar del laboratorio por primera vez en Alquimia en su último año en Hogwarts. Recordaba haber arrastrado a Luna a aquella clase porque si no llegaban como mínimo a quince alumnos, se cancelaba. A mitad de curso, Elphias Doge había sido invitado a dar un seminario sobre su experiencia con los alquimistas egipcios de hacía casi un siglo. Doge resultó ser miembro de la institución y animó a los estudiantes más aventajados, como ella, a plantearse hacer carrera en investigación. Trabajar allí requería no sólo una amplia formación en diversas materias, sino también ideas innovadoras y mucha dedicación; algo que para la mayor parte de magos suponía tomarse demasiadas molestias, pero que para Hermione resultaba apasionante.

–Parece una salida interesante. –concedió su padre.– ¿Está en Londres?

–Casi, un poco más al sur. Concretamente, en Francia.– Comentó de forma chistosa, esperando quitarle gravedad al asunto.

Se hizo un silencio en la mesa. Sus padres intercambiaron miradas y luego las posaron en ella.

–¿Casi? –recalcó la señora Granger– Pero tus amigos van a quedarse en Inglaterra, ¿estás segura de que quieres irte a un país extranjero tú sola?

–Bueno, todavía tengo que pensármelo. Pero es una opción, una que me atrae mucho.–Añadió con vehemencia. –Y la distancia de Francia a Australia es menor. Estaríamos… unos 47 kilómetros más cerca.

La señora Granger se rascó la nuca, inmune a los intentos humorísticos de su hija.

–Cariño, ya sé que eres mayorcita y confío en tu criterio, pero procura no precipitarte, no quiero que más tarde te arrepientas. Llegado el momento, te apoyaremos en lo que sea que quieras hacer.


Sacó el llavero de su padre del bolsillo y sonrió al ver un pequeño koala de peluche colgando. El hombre era un hortera sin remedio. La llave azul, le había dicho. Dos pequeñas plateadas, una roja con estampado de tartán (¿había mencionado ya lo de hortera?) y, ah, ahí estaba la azul.

Abrió la puerta de la casita de planta baja que era la nueva vivienda de sus padres. Ellos se habían quedado paseando por el muelle y había optado por dejarlos a su aire, la playa la había dejado agotada.

Cogió su pijama y una muda limpia y se encerró en el baño. El vapor de la ducha no tardó en envolverla con su tibieza, pero nada podía quitarle de la cabeza su dilema entre seguridad y aventura, ver o no ver a sus amigos o quedarse o no con sus padres.

Sus amigos… Harry y Ron seguían siendo uña y carne, seguramente gracias a trabajar en el mismo departamento; y Ginny, siendo novia de uno y hermana de otro, estaba constantemente con ellos. Ella seguía sintiéndose parte del grupo, pero los días del Trío Dorado habían tocado su fin. Desde que sus padres habían decidido quedarse en Australia y sus amigos habían abandonado los estudios para colaborar con Shacklebolt, había cobrado una independencia total.

Cuando tuvo las yemas de los dedos como pasas supo que llevaba ahí dentro suficiente tiempo. Se fue a la cama con "Conceptos de la matemática moderna" de I. Stewart para entretenerse mientras se le secaba el pelo. Si quería trabajar en el laboratorio tenía que repasar con urgencia la matemática básica. Tras retorcerse entre los cojines para encontrar la postura, abrió el libro por donde indicaba el marcador, a mitad del capítulo dos. Dejó el marcador, que no era otra cosa que la carta del Ministerio, sobre el edredón. Miró por un instante la pomposa letra carmín y el sello del Ministerio, como si por arte de magia le fueran a otorgar la respuesta a sus preguntas. Suspiró para sí y se concentró en la lectura.


Sábado, 28 de agosto

Iban con retraso, para no variar. Ahí estaba él, en el porche de la Madriguera a media luz, en lugar de en el Hamilton Arena. El resto de la familia llevaba ya desde el día anterior en Coventry, gozando gratuitamente de las habitaciones del Rose and Crown. Ventajas del parentesco con una de las jugadoras del equipo.

Ahora mismo estarían todos en el estadio. Todos menos él mismo y su mejor amigo, que tendría que haber bajado hacía diez minutos. Entró en la casa a zancadas y corrió escaleras arriba, haciendo que la destartalada construcción se tambalease.

–Ron, me da igual que no estés listo, yo me voy. Si no estamos allí cuando empiece el partido, tu hermana se encargará personalmente de hacernos tragar todas las quaffles del campo.

Ron permaneció con el ceño fruncido escrudiñando el montón de pertenencias arremolinadas a sus pies. Sufrir la ira de Ginny no parecía algo que le preocupase en ese momento.

–Hace una semana que puse la ropa para el partido en el tercer cajón de ese armario. Una camisa gris, vaqueros negros y un cinturón de cuero. Nuevos. Los que Ginny me regaló cuando firmó el contrato. –Explicó lentamente.– Mira, está completamente vacío. ¿Te lo explicas? Porque yo no.

–A Ginny no le importará que te pongas otra cosa… Una camiseta, un jersey…

–Como que me voy a poner uno de los jerseys de navidad de mamá para ir de invitado de honor a un partido de las Hollyhead… y no a uno cualquiera, ¡es la Copa Nacional! Para ti es muy fácil decirlo, toda tu ropa es decente con eso de que tienes mil quintillones de galeones de herencia.

Harry caminó con cuidado de no pisar la ropa que estaba tirada por el suelo, aunque ya estuviera arrugada. Pantalones de pana de quinto curso, camisetas de los Chudley Cannons, uniformes de Hogwarts, camisas de leñador descoloridas… En el armario colgaban en perchas las sobrias túnicas negras idénticas que se acababan de comprar tras aprobar el examen para convertirse en aurores.

–Te dejo mis llaves y puedes ver si te sirve algo de mi armario. –resolvió tras evaluar el percal.

El pelirrojo entrecerró los ojos.

–¿Cómo me va a servir, si pesas diez kilos menos? Si quieres ayudarme, registra conmigo la habitación de Fred y George.

–Ron, no hay tiempo para esto, yo me voy.

Ron se cruzó de brazos como toda respuesta y el moreno no se demoró más en aparecerse. Ya arreglaría las cosas con él más adelante.

Poca gente quedaba por entrar ya y el estadio estaba prácticamente a plena capacidad.

–¿Entrada? –preguntó el encargado con tono aburrido.

–Eh, sí, un momento… –murmuró mientras se registraba los bolsillos de la gabardina y del pantalón. –Aquí está.

–Derecha, izquierda, izquierda, suba un piso y derecha. –recitó monótonamente mientras le tendía el ticket picado de vuelta.

Harry asintió, aunque no estaba muy seguro de recordar las instrucciones, y se apresuró a entrar en el recinto. Por suerte lo espectadores ya estaban sentados y pudo correr bajo las gradas sin verse frenado por la muchedumbre. En cuanto salió por el marco de entrada a las gradas le recibió el rugido excitado de la multitud. Una lluvia de flechas doradas se cernió sobre el público antes de deshacerse en polvo, momento en que los Flechas de Appleby salieron disparados para bordear el campo y entrecruzarse unos con otros en una peligrosa maniobra calculada al segundo.

Harry desvió la mirada del cielo y se hizo paso entre la fila a base de pisotones no intencionados y disculpas. La familia Weasley estaba tan absorta en el bello espectáculo que no advirtieron su presencia hasta varios segundos después de haberse sentado junto a Arthur.

–Oh, hola Harry, llegas justo a tiempo, ¡van a salir ya mismo! –exclamó con ojos brillantes mientras bailaba emocionado en su asiento agitando todo el merchandising de las Arpías de Hollyhead que había podido encontrar. Le tendió a Harry un llamativo gorro en forma de garra que no tuvo más remedio que ponerse.

–Ah, hola cariño… –Molly se inclinó hacia delante y luego hacia atrás en busca del retoño que le faltaba. –¿dónde está Ron?

Harry frunció el ceño en una mezcla de irritación y culpabilidad.

–Sigue en la Madriguera buscando no sé qué traje… Tuve que irme sin él para no llegar tarde.

Fred le saludó con la cabeza y le guiñó un ojo. Justo en ese momento aparecía George por la otra parte, con Angelina Johnson de la mano, que llevaba un vestido blanco compuesto por múltiples tiras que se ajustaban a su esbelto cuerpo. Al principio no la había reconocido, la recordaba llevando siempre pantalones y uniforme de quidditch. George también estaba distinto: llevaba una camisa gris y unos pantalones…

–George… esa ropa que llevas…

–¡Harry!

La chica salió de detrás de Angelina y se echó a sus brazos antes de que tuviera tiempo de reaccionar.

–Hermione… –sonrió y la estrechó entre sus brazos – ¿Cómo estás? ¿Cuándo has llegado?

–Hoy mismo. Ginny no sabe que estoy aquí todavía. –miró confusa a los lados –Creía que Ron vendría contigo.

Angelina le tendió la mano a Harry y se la estrechó con firmeza.

–Sí, bueno, es una historia un tanto larga…

Un estallido hizo que el público se encogiera. Se hizo el silencio. El campo empezó a llenarse rápidamente de neblina blanca.

–¿Es parte del espectáculo? –susurró Hermione.

–Espero que no sea cosa vuestra. –Molly dirigió una desconfiada mirada a los gemelos.

–¿Por quién nos tomas madre?–se defendió Fred.

–¿Plantar humo? Tenemos un nivel. –Completó George, igual de indignado.

–Lo dices como si hubiera alguna especie de distinción en vuestras bufonadas. –apuntó con desdén el mayor de los hermanos Weasley presentes desde la otra esquina. Harry no se había percatado de la presencia de Percy.

–Discúlpale, le cuesta asimilar que ganemos más dinero que él. –dijo Fred, asegurándose de hablar lo suficientemente alto para que su hermano mayor lo escuchase.

De pronto, las siete jugadoras vestidas de escarlata de las Arpías cortaron la niebla en diversas direcciones y volvieron a desaparecer. Un suave trino de pájaro reverberó en el estadio, aumentando de volumen poco a poco. Lo que era un dulce canturreo se volvió más ronco, áspero y alto, hasta convertirse en un aullido humano que obligó a los espectadores a taparse los oídos.

En medio de la confusión, las Arpías volvieron a salir por el otro flanco, rompiendo la formación del equipo rival, cuyos miembros se habían puesto nerviosos desde que se había formado la niebla.

Orla Hookum, la capitana del equipo, subió hasta dejar el estadio bajo sus pies, realizó acrobacias varias y fue aclamada fervorosamente por el público.

El campo volvió a aclararse y los equipos tomaron posiciones. La cara de los flechas había pasado de la cautela al resentimiento y, si las miradas matasen, las Arpías caerían como moscas una a una.

–… Y ni siquiera ha empezado el partido… –comentó Fred.

–¡Bienvenidos a la sexcentésimaquinta edición de la Copa Nacional de Quidditch de 1999!

El comentarista ya no era Ludo Bagman, como lo había sido en los Mundiales, ya que al parecer se había dado a la fuga hacía años por un escándalo relacionado con duendes y deudas.

Sintió un pinchazo de nostalgia al pensar en los Mundiales. Había sido el pico de su felicidad antes de que las cosas se torcieran, empezando por la muerte de Cedric, siguiendo con la de Sirius y acabando en la guerra. Al menos ahora todo había pasado y tenía la certeza de que después de este partido no habría mortífagos encapuchados prendiendo fuego al estadio.

«¿Qué has tenido que vender para comprar entradas en la tribuna principal? Me imagino que no te ha llegado sólo con la casa.» Le había preguntado Lucius Malfoy a Arthur la última vez. Ahora no podría decirle aquello porque las entradas eran gratis para miembros de la familia de los jugadores. Y porque no estaban en los Mundiales. Y porque Lucius estaba muerto y enterrado.

Observó a Hermione, sentada a su lado, pendiente de los movimentos de Ginny. Sus ojos tenían el brillo cálido de siempre, pero algo en ella había cambiado. Recordaba que había tenido unas cuantas citas con McLaren, auror, hacía cosa de un año y medio. Era un chico agradable y guapo que se había prendado de ella después de que se la presentara en una cena. Pensaba invitarla a salir formalmente, pero ella le paró los pies. Desde que él se había ido, había trazado una línea impenetrable en torno a sus sentimientos más íntimos.

–¿Ocurre algo? –preguntó Hermione, sacándole de sus pensamientos.

–Nada… me estaba fijando en que tienes el pelo más rubio.

Ella se tocó un tirabuzón distraídamente.

–Sí, dos meses y medio bajo el sol australiano te lo pondrían rubio hasta a ti. Y eso que allí técnicamente es invierno.

–Billius Kettle se hace con la quaffle y vuela a toda velocidad hacia el aro, esquiva con elegancia la bludger de McBride, lanza la quaffle… Hookum la para, la guardiana sigue en su línea y no deja pasar ni una… Weasley recoge la quaffle y esquiva a McBride. El cazador no cesa en su empeño e intenta cubrirla, sin éxito. Una bludger lanzada por Bragge hace tambalearse a Weasley, se la pasa a Stewart…

El partido era tenso, las Arpías habían empezado con una increíble autoconfianza, pero los Flechas jugaban con rabia.

–Qué hay. –murmuró Ron de mala gana, recién llegado.

Llevaba una chaqueta de lana marrón con una cremallera, y una camiseta blanca debajo. A Hermione le dio la impresión de que el tiempo no pasaba para él.

Le dedicó una sonrisa y Harry saludó con la cabeza. Ron le giró la cara, para la confusión de Hermione.

–¡Weasley marca un tanto! ¡Arpías 10 puntos, Flechas 0!

El trío dirigió la mirada al cielo de inmediato. Ginny había marcado y ellos se lo habían perdido, iban a rodar cabezas. El resto de la familia se había levantado y gritaba el nombre de la pelirroja hasta desgañitarse.

Desgraciadamente, el resto del partido no fue tan bien para las Arpías. El mismo capitán de los Flechas, Janus Finch, cometió una falta contra Stewart, otra de las cazadoras. El penalti le dio todavía más ventaja al equipo femenino, que llevaba ya noventa puntos frente a treinta, pero finalmente el buscador de los Flechas atrapó la snitch.

Cuando el partido acabó, se dirigieron todos al Rose & Crown a esperar al equipo derrotado. El hostal había preparado una fiesta de victoria de antemano y ahora se apresuraban a deshacer todo.

–¿Qué cojones haces con mi ropa? –acusó Ron con chispas en los ojos.

George esbozó una sonrisa tensa y le besó la mano a Angelina antes de arrastrar a su hermano a un corredor vacío.

–¡He llegado tarde por buscarla y me la habías robado tú! ¿Es una de vuestras bromitas? Porque un día voy a hartarme.

–Lo sieeento. No sabía que la guardabas para hoy. Quería venir bien vestido sin pedirle prestada la ropa a Fred.

–¿Por qué demonios no? ¡Tenéis la misma talla!

–Porque, por si no lo recuerdas, él salió un tiempo con Angelina. Ya es bastante raro que yo sea exactamente igual que su ex, como para que además lleve su misma ropa. Hagamos una cosa: te doy un vale de descuento para un artículo de la tienda, pero no se lo digas a Fred.

–¿Un vale? ¡Deberías dármelo gratis!

–Si fuera regalando artículos a todos los miembros de nuestra familia, Sortilegios Weasley se habría hundido antes de abrir. Lo tomas o lo dejas.

Mientras discutían, llegó el equipo al hostal. Las jugadoras estaban cansadas, pero no de tan mal humor como cabía esperar. Ya se habían duchado y decidieron quedarse en la sala a tomar unas copas.

Harry estrechó y besó a Ginny en cuanto la vio.

–Has estado increíble, Gin.

Ella se encogió de hombros con modestia.

–Bueno, la verdad es que el primer gol fue bueno. ¿Viste la cara del guardián cuando la quaffle le pasó por encima de la cabeza y entró en el aro?

Harry forzó una sonrisa entusiasta para que su novia no se diera cuenta de que se había perdido el momentazo.

–Sí… fue…wow…–no era bueno fingiendo.

–Ginny, mi hermanita preferida, ¡enhorabuena! –Fred prácticamente apartó a un lado a Harry y abrazó a su hermana, que le miró con extrañeza y desconfianza.–Por cierto, ¿no deberías presentar tus compañeras a tu familia? ¿O al menos a mí? –Ginny lo fulminó con la mirada y se dio la vuelta, ignorándolo. –Solo a Hookum y te dejo en paz… –insistió, sin éxito.

Toda la familia le dio mil enhorabuenas a la cazadora, y luego fue el turno de Hermione, a la que Ginny todavía no había visto. Lo primero que recibió la castaña fue un puñetazo en el hombro.

–¡Au! ¿Y eso por qué? –preguntó, acariciándose el hombro dolorido.

–¡Creí que no vendrías! Que estabas demasiado ocupada tomando daiquiris en Australia...

–Sí, me costó un poco levantar el culo de la hamaca, lo reconozco… –respondió con una sonrisa pícara.

Como toda respuesta Ginny no sólo la abrazó hasta quitarle el aliento, sino que la levantó en el aire entre risas y luego volvió a unirse a sus compañeras de equipo. Una de ellas estaba desternillándose relatando el farol en el que había caído uno de los cazadores de los Flechas a mitad del partido.

Fred apareció por detrás haciéndole señas a Ginny, pero su hermana decidió ignorarlo otra vez, ante lo que él mismo se acercó a la capitana y se presentó. Hookum lo miró de arriba abajo con recelo.

–Eso de la agresividad no está mal para partidos poco serios, pero para los próximos nacionales vais a tener que trabajar un poco más en la presentación.

–¿Disculpa? –preguntó con arrogancia.

–Ya sé que las jugadoras no tenéis tiempo para estas cosas, pero para eso estamos nosotros. –le tendió una tarjeta que la capitana aceptó con indiferencia. Siempre llevaba varias encima para soltarlas a la mínima oportunidad de hacer publicidad. –Somos expertos en exibiciones, échale un vistazo al número 4.879 de El Profeta, nuestra salida de Hogwarts fue portada.

–Ajá… lo siento, ese tema lo lleva nuestro manager. –respondió Orla sin mucho convencimiento.

–El manager está al servicio de la capitana.–insistió el pelirrojo con un guiño –Creo que no te arrepentirías de pasarle esa tarjeta, pero tú mandas. –sugirió reverencialmente. Fred sabía muy bien qué tecla tocar con cada persona.

–Digamos que lo hago… Repíteme tu nombre, o no sabré distinguirte de tu hermano.

–Yo soy el guapo. Al menos así es como nos distingue mi madre.

La chica, por lo general bastante seria, soltó una seca carcajada.

–Está bien, prometo pensarlo. Ahora si me disculpas… –señaló con la cabeza a sus compañeras.

–Claro, hasta la vista. –se despidió ufano, ensanchando la sonrisa ante la mirada incrédula de su hermana.


Domingo, 29 de agosto

Entró con Crooshanks en brazos a la casa de sus padres, ahora casi sin muebles y con un cartel de "Se Vende" en el jardín. Al menos su habitación seguía intacta, con el edredón de flores y cortinas a juego que su madre se había empeñado en comprar por su trece cumpleaños aunque ella insistiera en que prefería una recopilación de Historia de la Magia con encuadernación artesanal que pesaba por lo menos cinco kilos. Se tiró un rato en la cama a descansar hasta que el gato le mordisqueó los pies para que jugara con él.

–Vale, vale, tú ganas, pero basta ya, me haces daño. –Con pereza se incorporó y encantó un ratoncillo de peluche que tenía un cascabel dentro para que siguiera la dirección que ella marcase.

A los veinte minutos, el kneazle se tiró en el suelo cual ancho en señal de que ya le llegaba de actividad física. Le acarició la panza y él correspondió lamiéndole los dedos. Cuando se cansó de ser acariciado, la obsequió con un mordisco.

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Lunes, 30 de agosto

Giró lentamente al son de la música de la radio. Ups, el pelo mojado había traspasado su humedad a la camisa. Lo arregló a golpe de varita y se calzó en la entrada. Bolso, llaves, currículum, documentación, impreso de calificaciones de Hogwarts. Todo listo.

Se apareció en un callejón de Londres y accedió al Ministerio por el retrete. Ignoraba cuáles eran las vías de entrada a otros Ministerios de Magia por el mundo, pero podía decirse que a ésta le faltaba un toque de elegancia.

Cuarto piso, puerta 42. Siendo prudente y como llegaba con antelación, tomó asiento en un banco de madera un tanto incómodo, situado entre dos grandes plantas de oficina. El corredor era largo y estaba repleto de cuadros con aburridos funcionarios retratados, la mayoría durmiendo. Ese lugar era más triste que un suspenso en Adivinación.

El reloj de la pared le llevaba dos minutos de adelanto al de su muñeca. En cualquier caso, eran casi las 10, así que se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos.

Se oyó una fuerte tos dentro del despacho y una débil voz murmuró algo que no captó. Decidió empujar la puerta y entrar.

Era un cubículo bastante diminuto, con un cuadro que simulaba ser una ventana al mar. Detrás de desordenadas pilas de pergaminos se encontraba un hombre que podía tener de 80 a 120 años, con una larga barba, verrugas y encogido por la edad, tan arcaico que pasaba por parte del mobiliario.

–Disculpe, soy Hermione Granger, vengo para la entrevista…

El anciano entrecerró los ojos y la miró fijamente durante unos instantes algo violentos.

–Ahhh, si… –volvió a darle un ataque de tos –pues siéntese, niña.

El aire estaba cargado con olor a humedad y… ¿puros?

–Bueno, empecemos. ¿Tiene referencias?

–No, señor, es mi primera entrevista después de Hogwarts. –Rápidamente sacó una carpetilla del bolso y la puso sobre la mesa –Ésta es una copia de mis calificaciones.

El hombre pasó las hojas con gesto inexpresivo y distraído y se las tendió con un escueto "muy bien". Ella había esperado alguna alabanza por su impecable expediente, en vano.

–¿Por qué quiere trabajar para el Ministerio?

Ahí la había pillado. Ni siquiera estaba segura de querer trabajar allí. Vamos, improvisa algo.

–Pues… bueno, desde muy joven he querido formar parte de… este órgano tan significativo para la cooperación mágica internacional. –El viejo truco de hablar sin decir nada –Y creo que mis iniciativas serán bienvenidas en el departamento. Tengo algunas ideas innovadoras con respecto al trato por parte de los magos hacia el resto de criaturas mágicas. En especial, he estudiado mucho las condiciones y opresión del colectivo de elfos domésticos.

El anciano asentía como quién asiste a una conferencia muy aburrida y no se molesta demasiado en disimular su estado de ánimo. Lo único que parecía querer hacer era echarse una siesta en el sofá. El resto de la entrevista transcurrió igual de pesada.

–El departamento contactará con usted en menos de una semana para comunicarle el resultado.

Hermione se despidió cordialmente y cerró la puerta al salir. Decir que se había quedado espantada sería poco, no le sorprendería que le hubieran salido canas.

De paso que estaba en el Ministerio, se pasaría por la oficina de aurores, a ver si por casualidad veía a alguno de sus amigos.

De camino al ascensor se iba fijando en la austera decoración del corredor y en lo gastada que estaba la moqueta, ya que había zonas donde no quedaba pelillo y se veía la red inferior. No se dio mucha prisa, frente al ascensor había ya una nube de gente esperando. Oh, no, acababa de avistar a Sebastian McLaren, el auror con el que había salido durante menos de un mes. Maldita casualidad… Por suerte él no la había visto.

Sin embargo, el hombre que entró en el ascensor justo después de Sebastian le cortó la respiración. Alto, pálido, pelo rubio. Lo había visto apenas una fracción de segundo y fue suficiente para que la impresión la dejara atontada.

Se sentía estúpida, sobretodo porque no era la primera vez que le ocurría. Y mira que no había rubios en Inglaterra, vivía al borde del colapso nervioso. Lo había superado, claro. Era solo que… bueno, la incertidumbre nunca le había gustado. Y el paradero de él seguía siendo un misterio. Tampoco es que se hubiera molestado en tratar de averiguarlo, no había vuelto a hablar de él con nadie. ¿Para qué? Que se ahorraran sus «te lo dije», no era lo que necesitaba oír.

Pero ya bastaba, se había prohibido dedicarle a ese tema más pensamientos de los necesarios, y los necesarios eran cero.

El ver a McLaren la había disuadido de intentar acercarse a la oficina. Mejor, así le daría tiempo a ir al supermercado antes de enseñar la casa a los primeros posibles compradores. Recordaba que había un Tesco justo en la calle paralela al Ministerio. Salió al exterior por el ascensor–cabina telefónica de una calle secundaria.

¿Se estaba volviendo loca? De nuevo, un hombre sorprendentemente parecido a él fumaba de espaldas a la cabina, a unos metros. Hermione no quiso darle más importancia y salió.


Tardó varios segundos en reconocerla y cuando lo hizo, no podía creérselo. Claro que cabía la posibilidad de encontrársela allí, pero era ínfima, tanto que apenas la había contemplado.

Cuando sus miradas se encontraron, la chica se tambaleó ligeramente, como si de pronto no supiera por qué lado ir. Intentaba evitar el contacto visual, pero parecía no poder contener el impulso de echarle miradas furtivas.

No eran malas noticias, después de todo se había imaginado aquel reencuentro con algún Sectumsempra de por medio. Eso le animó a caminar hacia ella.

La saludó prudentemente con un gesto de cabeza y esperó al siguiente movimiento.

–¿Ahora fumas? –Su expresión era serena como un pantano.

Él hizo ademán de ofrecerle y ella lo rechazó, como cabía esperar. El rubio dio una última calada y tiró el cigarrillo al suelo para aplastarlo con la suela de sus, sorpresa, caros zapatos.

–Solo cuando estoy nervioso, o irritado. En este momento son ambas cosas.

–No es el mejor de los hábitos de todas formas. –dijo de forma impersonal, mirando el cigarrillo aplastado en la acera.

–Tampoco es lo peor que he hecho.

La mirada que le dirigió fue demasiado significativa para la comodidad de Hermione, que rápidamente se buscó una vía de escape.

–Supongo que no. En fin, tengo que cosas que hacer y tampoco me gustaría que me vieran contigo. Que te vaya bien, Malfoy. –el nombre le salió casi estrangulado después de tanto tiempo sin pronunciarlo.

–Ha estado bien verte a ti también. –comentó, sarcástico, cuando la chica ya le había dado la espalda –En realidad –prosiguió, poniéndose a su altura –pensaba pedirte ayuda, así que este afortunado encuentro me resulta muy conveniente.

Ella hizo un mohín y se detuvo.

–¿Se puede saber para qué?

Él se reservó la respuesta.

–¿Un café?

La chica lo rechazó prudentemente.

–Ahora mismo estoy ocupada, lo siento.

–Nadie ha hablado de ahora mismo –insistió él, ignorando deliberadamente la indirecta.– Y un café no tiene por qué ser estrictamente un café. Un té con pastas, ostras con caviar… estoy abierto a sugerencias.

No se podía creer que se atreviera a tomarle el pelo.

–Pretendía ser políticamente correcta, pero no te confundas. No somos viejos amigos.

Ni siquiera la sequedad de sus palabras consiguió borrar el amago de sonrisa en la comisura de los labios de Malfoy.

–Jamás pensaría tal cosa. En realidad, estoy interesado en esa plataforma… ¿cómo se llamaba? ¿Pedo?

–P . E . D . D . O. –corrigió Hermione, molesta. –¿es una broma?

–Para nada. Tengo un problema con los elfos de mi familia que me está causando bastantes quebraderos de cabeza. Han abierto un restaurante nuevo en el Callejón. ¿Te viene bien mañana a las doce?

Hermione bufó con irritación. Algo le decía que se iba a arrepentir de aquello.

–No, no me viene bien –respondió de mala gana. –El miércoles a las seis en Piccadilly, junto a la fuente.


Miércoles, 1 de septiembre

Las seis menos dos minutos. Subió las escaleras del metro y contempló el cielo gris. El aire frío hizo que se ajustase más la bufanda. Había hecho un tiempo relativamente bueno durante todo el día y en cuestión de una hora se había encapotado. Rezó para que no lloviera, llevaba botas de invierno, pero no paraguas.

La fuente se encontraba justo delante de la boca del metro, pero estaba plagada de gente. Había grupos de adolescentes muggle vestidos de las formas más extravagantes sentados en las escalerillas, padres con niños y personas pendientes del móvil.

Dio una vuelta a la fuente, buscándole. Los coches hacían un ruido infernal, un taxi negro acababa de adelantar con una imprudente maniobra a otros dos vehículos y ahora los conductores se gritaban unos a los otros.

Nada, no llegaba. Pues ya eran las seis y cinco y ella no esperaría un minuto más. Perfecto, porque así se libraría de tener que verle de nuevo. Primera vez que agradecía la impuntualidad de alguien.

–Además de ciega estás sorda. –dijo una voz familiar a sus espaldas.

Draco Malfoy se sacudía elegantemente la arenilla del pantalón tras levantarse de la escalera de piedra. ¿Y cómo lo iba a reconocer? Si iba vestido como…

–¿Tú con ropa muggle? ¿Los planetas se han alineado? –preguntó mientras contemplaba atónita la americana azul y la sencilla bufanda de cachemira que llevaba colgando del cuello con un estilo refinadamente casual.

–Podría desempolvar mi mejor capa de terciopelo bordada a mano con hilo de plata, pero entonces quizá te negarías a andar conmigo por la calle y no quiero darte la excusa.

Ella hizo un mohín. Odiaba reconocer que se camuflaba a la perfección. En su fuero interno había deseado verle haciendo el ridículo.

Draco la siguió por cinco calles hasta que ella se detuvo frente a la puerta de un pequeño café con un letrero verde claro. Nada más entrar, Hermione fue directa a un par de sillones situados al fondo con una mesita en mitad. No estaba ni muy lleno ni muy vacío y era un lugar acogedor, con calefacción, lámparas antiguas y suelo de madera envejecida.

Hermione se quitó su abrigo y bufanda y los dejó colgados en el respaldo. Se sentó y examinó la carta de cafés, aunque seguro que acaba pidiendo lo de siempre. Por su parte, Draco solo se quitó la bufanda y alcanzó otra carta de una mesa cercana.

La camarera, una chica con pelo muy largo y brillante recogido en una cola alta, se acercó a tomarles nota.

–Un mocca para mí, por favor.

La camarera asintió y se dirigió a Draco.

–¿Y para el caballero?

–Que sea un irlandés. –dijo al tiempo que tiraba con gesto indiferente la carta sobre la mesa.

Hermione lo miró con una ceja alzada y esperó a que la camarera se retirase.

–En serio, tú tienes un problema con el alcohol.

Él dejó escapar una risa desganada.

Ya no. Además, no sé qué te imaginas, solo es un café con un chorro de whisky, no un Long Island. Tampoco hay nada más que me guste, en las bebidas muggle no hay apenas variedad.

Hermione frunció los labios esperando algún comentario sobre la inferioridad de los muggles, pero Malfoy no añadió nada.

–Bueno, dímelo de una vez, ¿qué es eso de los elfos?

Draco se recostó en el cómodo sillón exhalando un suspiro.

–¿No puede esperar al café? –sugirió mirando al techo.

–No, no puede. –contestó la chica, inflexible.

Draco rodó los ojos y se incorporó de nuevo.

–Bien, ya que insistes. Parece que el Ministerio no obtiene suficiente financiación con la expropiación de bienes de los mortífagos que se pudren en Azkaban… también quieren las del resto. Mi madre se ha enterado hace unos meses de que Malfoy Manor ya no es nuestra, ni lo son sus elfos.

–¿Cómo es posible que eso sea legal? –preguntó, confusa.

–Declarando nuestra casa abandonada. La cuestión es que la mansión no estaba vacía, había tres elfos domésticos. La elfina de mi madre se comunicaba con ellos cada trimestre, hasta que desaparecieron este mes. Si no fuera por eso, ni nos habríamos enterado. Con el testimonio de esos elfos, se podría anular la expropiación por abandono, y ahí es donde entra tu plataforma.

–¿Qué crees que les han hecho?

–Llevarlos a servir a otro lugar. Quizá a Hogwarts, o al propio Ministerio. Muy astuto.

La castaña echó el cuerpo hacia delante y juntó las manos sobre las rodillas.

–Sospecho que en cualquier parte estarían mejor que en tu mansión. No creas que he olvidado cómo tratábais a Dobby.

Malfoy apretó levemente la mandíbula.

–Yo no soy mi padre. Además, eran los elfos de mi tía Bellatrix, y anteriormente de mi abuela Druella. Jamás abandonarían la familia por voluntad propia.

Un dulzón olor como a Baileys anticipó la llegada de la camarera. La castaña cogió su café y lo revolvió con la cucharilla como si fuera un Cola Cao, delatando su nerviosismo.

–Si te ayudo es solo porque el Ministerio está vulnerando los derechos de los elfos –aclaró, bebiendo un primer sorbo, y quemándose.

–No esperaba otra cosa. –dijo complacido.

–Hay algo que no entiendo. Aunque la casa fuese expropiada, los elfos sirven a tu familia, no al Ministerio….

El rubio asintió lentamente.

–Los elfos sirven a la familia Malfoy–Black… Se me ocurre quién les puede haber entregado la prenda.

–Tonks… Claro, también son su herencia después de todo. –se rascó la cabeza con las uñas mientras reflexionaba. –Harry es auror, es probable que sepa algo. Le preguntaré.

Draco hizo una mueca de disgusto al oír el nombre, pero fue lo suficientemente prudente como para no hacer ningún comentario. Hermione tampoco parecía por la labor de iniciar conversación, así que calleron en un pesado silencio durante varios minutos.

–¿Volviste a Hogwarts a hacer los EXTASIS? –preguntó al fin. Nunca había tenido demasiada paciencia.

–Sí. Acabé el último curso y luego me fui tres meses a Australia, con mis padres. Acabo de volver. –hizo una pausa. –Si consigo la información, ¿cómo puedo avisarte?

Draco medió su café antes de hablar.

–Podemos reunirnos de nuevo la semana que viene, si te parece. Estaré aquí durante dos semanas más.

Ella se revolvió en su asiento.

–Lo cierto es que preferiría mandarte lo que sea por carta.

Draco tensó los labios en una sonrisa desganada.

–¿Tan insoportable te resulta mi presencia?

Hermione rodó los ojos y acto seguido miró el reloj de pared.

–Mira por dónde, son las 7. Es tarde. –dijo al tiempo que bebía a toda prisa la bebida que le restaba.

Draco fijó su intensa mirada gris en ella mientras se enrrollaba la bufanda alrededor del cuello. Sin decir palabra, se adelantó al mostrador y Hermione vio cómo sacaba un billete de diez libras y pagaba ambos cafés.

–No quiero que me invites, Malfoy –susurró a sus espaldas con una voz que traslucía enfado.

Él la ignoró. Irritada, sacó tres libras de su propia cartera y se las tendió.

–Mi parte. –susurró, buscando su mirada.

Draco dejó la vuelta como propina, cerró la cartera negra y la deslizó nuevamente en su bolsillo completamente indolente. Hermione le agarró del brazo casi con agresividad.

–No quiero deberte nada, así que coge el dinero.

La camarera los miraba sorprendida, así como algunos clientes de alrededor.

–No pierdas los papeles Granger, estás montando un espectáculo.

Se deshizo de ella con un sutil tirón y salió a la calle.

–Ya que fui yo quien te presionó para tomar un café, lo lógico es que sea yo también el que pague. Así te compenso un poco por el mal rato.–explicó con sequedad una vez fuera.

Se escuchaban truenos y las nubes se cernían sobre ellos, cada vez más oscuras. El rubio tenía la mirada perdida en ellas y se mordía el interior de la mejilla. Carraspeó antes de volver a hablar.

–¿Es porque me fui sin despedirme? ¿O porque no me puse en contacto contigo después?

La chica sintió una punzada en el pecho, pero no tenía las fuerzas ni la voluntad para abordar la cuestión. Apretó los labios y meneó la cabeza de un lado a otro, incapaz de pronunciar palabra.

–¿Y bien? –su voz quedó solapada por un nuevo trueno que anunciaba el comienzo de un aguacero.

Hermione sentía su insistente mirada clavada en ella, esperando una respuesta que no llegaría. ¿Qué pretendía desenterrando lo que ya no tenía vuelta atrás?, pensó mientras la lluvia le empapaba las pestañas, ¿acaso era un entretenimiento para él observar sus reacciones? No le hubiera extrañado, en el fondo nunca había dejado de ser un malcriado.

Un largo suspiro la sacó de sus pensamientos.

–Está bien, ya has probado un punto. ¿Podemos mantener ahora una conversación como niños grandes que somos?

El tono condescenciente y cínico en su voz es lo que acabó de convencerla de que no merecía que le dedicara más pensamientos.

–No veo de qué podríamos hablar. Ya te he dicho que accedo a ayudarte por los elfos, pero tampoco me hagas perder el tiempo. No te guardo rencor, pero el pasado no me interesa, y tú perteneces a él.

La expresión de Malfoy mudó a una de desconcierto para pasar a algo similar a un enfado terriblemente mal disimulado. Emitió una carcajada sarcástica y entrecerró inconscientemente los ojos.

–De niña llorona a témpano de hielo, sí que has cambiado.

Hermione le observó por unos instantes. Por fin había salido a la superficie el verdadero Malfoy, frío e irascible, tal y como le recordaba. Bastaba contrariarle para que sobreviniera la rabieta, como buen niño mimado. Su pelo, poco antes peinado hacia atrás, caía ahora lacio sobre la alta frente. En sus ojos había reproche y arrogancia a partes iguales. Lo cierto es que podía entender cómo se había dejado llevar en el pasado por su personalidad complicada y su mirada enigmática, pero también había aprendido la lección.

–Voy a irme a casa. Puedes darme una dirección para que te mande una carta si averigüo algo. Tú eres el interesado.

El rubio le sostuvo la mirada con una de sus feas muecas que se asemejaban a una sonrisa mal formada.

–Todavía no me he buscado un lugar donde dormir. Seré yo quien me ponga en contacto contigo. –respondió con sequedad antes de despedirse con un ademán y alejarse. Estaba segura de que se había marchado tan abruptamente solo para quedar por encima.


Jueves, 2 de septiembre

Hacía años que no entraba en Florean Fortescue. Claro que ya no se llamaba así. Los mortífagos habían asesinado al dueño y destruido el local, pero una chica joven había iniciado un negocio similar allí. Al parecer era una Hufflepuff de la promoción de Percy.

Ahora el local era blanco y los muebles de colores pastel. En el techo había suspendidas hojas de árbol y mariposas de colores, que flotaban de un lado a otro eternamente. Demasiado cursi para su gusto, pero lo del mostrador parecía delicioso, salvo el helado de grajeas Bertie Bott. Al parecer cada cucharada sabía a algo distinto. Personalmente, no pagaría por un helado que pudiera saber a vómito o a hígado por momentos.

Sus amigos le hicieron señas desde una de las mesas del fondo.

–Mione, siéntate. –invitó Ginny, corriéndose a un lado para dejarle sitio en el banco. –Pide lo que quieras, nosotros ya lo hemos hecho. Conoces a mi hermano, no podía esperar.

–Sí, no importa. –ojeó la carta y escogió casi lo primero que vio. Estaba desganada y no tenía hambre, pero no quería que ellos lo notasen. –Pediré una bola de helado de pudding de calabaza.

–¿Puedes creer que Orla pretende enserio hacerle una visita a Fred en la tienda? –Ginny estaba casi indignada.

–¿Por qué Fred siempre tiene éxito entre las mujeres? –preguntó Harry. –Liga el triple que George, y eso que son… bueno, prácticamente iguales.

Hermione reflexionó en alto.

–Fred es más extrovertido y algo más caradura. Eso ayuda a que se fijen en él antes que en George. Es lo que le ocurrió a Angelina. Achís. Aachís.

–No deberías comer helado estando resfriada. –comentó Ron. –cuando no quieras más, yo me encargo.

Ginny la miró con desconfianza.

–Conoces a mis hermanos mejor que yo.

La chica se encogió de hombros. Siempre había sido bastante observadora.

–Por cierto, ¿qué tal ha ido la entrevista? –preguntó el moreno con vivo interés. –Esperaba que te pasases por la oficina de aurores cuando salieras…

Las miradas expectantes dificultaban el decir la verdad. Que la entrevista había sido un desastre, que preferiría contar las verrugas de Merlín a trabajar en esa sección del Ministerio, que lo que realmente quería era irse lejos y empezar en un lugar nuevo.

–Pues supongo que ya se verá. No tengo muchas esperanzas puestas.

–No digas eso, si cogen a alguien tiene que ser a ti, sabes de sobra que eres fastidiosamente brillante. –dijo su amiga con convicción.

–No sé, no he visto al hombre muy entusiasmado… y para ser sincera, yo tampoco lo estoy mucho. Quizá no sea mi trabajo ideal después de todo.

–¿Pero de qué hablas? Sería la oportunidad perfecta para luchar por los derechos de los elfos. –intervino Harry –Te lo digo en calidad de secretario de la P.E.D.D.O.

Los hermanos Weasley presentes disimularon la risa concentrándose en su comida. Hermione suspiró. Tan solo pensar en dar más explicaciones le producía una pereza insoportable.

–No he vuelto a conocer a ningún elfo interesado en su liberación.–dijo con voz cansada, enterrando la cabeza entre las manos. Entonces recordó algo que le hizo alzar la vista de nuevo. –Lo había olvidado. Esta semana ha llegado… un mensaje anónimo para la plataforma. –improvisó.

–¿Cómo? ¿Pero es que la conoce alguien más que nosotros y Neville? –preguntó Ron, atónito.

Hermione se encogió de hombros.

–Todavía hay panfletos en tablones de anuncios del Ministerio y en las Tres Escobas. En cualquier caso, la carta denuncia el desalojo forzoso de los elfos de… –vaciló un instante –Malfoy Manor.

–Espera, ¿qué? ¿No habrá sido el propio Malfoy el que ha mandado el mensaje? ¿O su madre? Eso explicaría el anonimato… –dijo Ginny, roja de rabia solo de pensarlo.

–¿Crees que los Malfoy se tomarían tantas molestias por un par de elfos? –apuntó el pelirrojo, para alivio de Hermione.

–Claro que no han sido ellos, ni siquiera se habrán enterado. –descartó la castaña, procurando sonar indiferente. –Mi teoría es que han sido los propios elfos, pero es lo de menos. Si pudierais averiguar algo al respecto os lo agradecería.

Harry, que no había intervenido hasta entonces, la miraba con el ceño fruncido. Aunque la ponía nerviosa, trató de adoptar expresión distraída e inocente. Al fin, el moreno asintió y la conversación cambió de rumbo.

––

Viernes, 3 se septiembre

Se sonó la irritada nariz por endésima vez y volvió la vista a sus apuntes, que, junto con los libros de gramática, lecturas y diccionarios ocultaban por completo el mantel de hule de la mesa de la cocina. Estudiar francés de forma autodidacta no se le estaba dando mal.

Aquella misma mañana había enseñado la casa a una pareja con un niño pequeño. Un diablo, por cierto. Mientras les enseñaba a sus padres el baño grande, el pequeño tiró de la cola a Crooshanks y se llevó un buen arañazo en la mejilla. Ella se disculpó, claro, pero en su cabeza pensó que le estaba bien empleado.

Aparte del incidente, los había visto bastante contentos. No quería darse falsas esperanzas, pero había altas probabilidades de que consiguiese venderles la casa. Y si lo hacía… Bonjour, France.

Toc

Toc Toc Toc

Levantó la cabeza del libro. Hacía tiempo que las velas eran insuficientes, había anochecido por completo. Se levantó y notó un hormigueo en las piernas. ¿Cuántas horas llevaba sentada? Encendió la lámpara y se acercó a la ventana. Algo se movía al otro lado, pero con el reflejo de la luz no podía distinguirlo con claridad.

Una ráfaga de aire frío hizo que se estremeciera cuando dejó pasar a la lechuza gris azulada que traía una carta del Ministerio. Con nervios en el estómago, rompió el sello y desplegó el pergamino. Sus ojos se movían en zigzag al leer con avidez el contenido. Había sido aceptada y tenía cinco días laborables para aceptar o rechazar finalmente el puesto.

Oh no, de nuevo el cosquilleo nasal. Dejó todo sobre la encimera y corrió al baño a por papel. Una larga cadena de estornudos la obligó a enfrentar la realidad de su resfriado. De acuerdo, muchos líquidos y a acostarse temprano. Aunque quizá hubiera una solución más rápida…

En su habitación encontró el baúl de Hogwarts con los libros todavía dentro, pues no le cabían en la estantería. Pociones… por la P, ahí estaba, poción pimentónica. Oh, pero solo mitigaba los síntomas, no curaba el resfriado. Una lástima. De todas formas, no pensaba a ir al callejón a esas horas expresamente para comprar hojas de junípero.

Volvió abajo para darle de cenar a Crooshanks y apagó las velas. Sí que sentía un cierto malestar corporal, pero nada que un sueño reparador no solucionase. Ordenó sus libros en una pila y se fue a la cama con un pequeño manual de viaje.

Sábado, 4 de septiembre

¿Sueño repador? Si tan solo no se hubiera levantado ocho veces en busca de más pañuelos, agua, paracetamol del botiquín familiar y para ir al baño…Eran las diez y el malestar no la dejaba dormir más. Mierda, había quedado con Ginny para comer. En ese estado no le apetecía lo más mínimo salir de casa, así que que le envió una lechuza con una disculpa. Aún encima no paraba de toser. Incluso sentía una extraña presión en el pecho cada vez que respiraba.

Sus libros seguían donde los había dejado, preparados para reanudar las lecciones, pero no se sentía precisamente con ánimos de ser productiva. Eso que era un signo de enfermedad. Cogió una manta del cajón del arcón y se echó en el sofá a ver una película. En francés con subtítulos, claro.

Después de las más de dos horas de metraje de Juana de Arco, estaba lo suficientemente agotada como para echarse a dormir allí mismo. No había desayunado ni tenía nada de hambre. Le daba lo mismo no comer en todo el día, solo quería descansar.

Y de veras lo intentó, pero no había forma. Ni sentada, ni tumbada, ni en el suelo… le costaba respirar. Algo le oprimía la caja torácica y el aire pasaba con dificultad. Además, hacía como una hora que sibilaba con cada exhalación. Quizá debería ir a San Mungo. Aunque ir al hospital por simple catarro era una estupidez, se le acabaría pasando si se quedaba en casa abrigada, seguro.

Volvió a tenderse, de lado, luchando por cada bocanada de aire. Crooshanks subió al sofá y tras dar unas cincuenta vueltas sobre sí mismo, se acomodó sobre los pies de la castaña y ronroneó. Había leído en alguna parte que el ronroneo era terapéutico, no solo para el gato, sino para las personas cercanas. Desde luego en sus pulmones no parecía funcionar.

Ding Dong

La puerta de entrada. Merlín, dime que es Ginny y no un vendedor de aspiradoras. En la carta le había dicho que tenía un pequeño resfriado sin importancia, pero si su amiga se parecía a Molly en algo, vendría a cuidarla. Lo cierto es que lo agradecería. Se levantó con dificultad y envolvió su dolorido cuerpo con la manta. Se calzó las zapatillas del revés y fue arrastrando los pies hasta la entrada.

Después de la Reina de Inglaterra, él era la última persona a la que esperaba ver en su rellano. Iba enfundado en un traje negro que resaltaba su tez pálida y pareció quedarse sin palabras en cuanto la vio. Al fin preguntó algo. Pero, ¿el qué? Le costaba un poco enfocar, aquello parecía un sueño.

–Granger, ¿me oyes?

–¿Eh? –respondió con un respingo.–¿qué?

Él la miraba como si le hubiera brotado un tercer ojo.

–¿Por qué haces eso?

–¿El qué? –respondió, desconcertada.

–El ruido. Al respirar.

Pasaron varios segundos hasta que su cabeza procesó las palabras.

–¿Lo oyes desde ahí? –se llevó una mano al pecho, preocupándose.

La ansiedad solo hizo que le faltara más aire y respirara con más rapidez. Se apoyó contra la pared, empleando toda sus fuerzas en coger aire. ¿Debería pedirle a Malfoy que la llevara a San Mungo? Abrió los ojos. Él la sostenía por el brazo.

–Vamos adentro. ¿Te duele el pecho?

Ella afirmó enérgicamente con la cabeza mientras entraban en el salón.

–Tienes que calmarte, Granger.–dijo mientras la ayudaba –No, no te acuestes, siéntate. Eso es. Echa los hombros hacia atrás, te ayudará a coger más aire.

Hermione aspiró todo lo fuerte que pudo, casi sin resultado. Empezó a toser violentamente.

–Tampoco te pases, cierra los ojos y respira normal. –indicó, algo nervioso.

Como si pudiera, imbécil, le hubiera gustado espetarle. Escuchó como él recitaba algo en voz muy baja. Pasó tiempo así, no tenía idea de cuanto. Estaba en un estado de ensoñación, siempre con sus murmullos de fondo.

–¿Mejor?

Ábrió los ojos de nuevo con mucha pereza. Él la escrutaba con lo que parecía inquietud. Se dio cuenta de que respiraba mejor. La presión en el pecho se había aflojado y ya no hacía aquellos sonidos silbantes.

–Mucho. –confesó, sorprendida.

Malfoy dejó escapar un suspiro de alivio.

–¿Cómo lo has hecho? ¿Qué me pasa? Llévame a San Mungo… –resolvió, intentado incorporarse.

–Para el carro, no te muevas de ahí. –puso la mano con firmeza sobre su hombro –De momento no hace falta que vayas al hospital, es mejor que reposes.

–¿Qué sabrás tú? Voy a levantarme…

El resopló con impaciencia.

–Soy sanador, algo de idea tendré. Ahora sí que puedes tumbarte, te he dilatado un poco los bronquios, por eso respiras mejor. Aunque el hechizo no durará demasiado. –la cogió por los hombros e hizo que se acostara.

El cambio de posición le nubló la vista por varios segundos. ¿Sanador? ¿Él? ¿Sanador? Tenía que ser una broma pesada. Escuchó las puertas de la alacena abrirse y cerrarse.

–¿Qué buscas? –preguntó en un débil murmullo ininteligible. Tan débil que no debió escucharla, porque la respuesta nunca llegó.


Había perdido la noción del tiempo. ¿Había dormido cinco minutos o cinco horas? Se agarró al respaldo del sofá y tiró de su propio cuerpo para incorporarse. Volvía a respirar con cierta dificultad, aunque no tanta como antes y tenía la boca pastosa.

Todo estaba en silencio. No era de noche todavía, pero la luz había disminuido considerablemente. El año había pasado volando y el inverno estaba a la vuelta de la esquina. De pronto, los recuerdos acudieron a su memoria.

–¿Malfoy? –preguntó con cautela. Caminó hasta la cocina. –¿Malfoy, estás ahí?

Ni rastro. ¿Lo habría soñado? Se golpeó la frente, frustrada. Estaba muy desorientada y no sabía qué hacer para despejarse. Entonces se dio cuenta de que la puerta de entrada no tenía echado el cerrojo: la prueba de que no se lo había imaginado todo.

Hermione, calma. Vas a cerrar la puerta y sentarte en sillón con un té caliente recitando runas numéricas hasta que recuperes tus capacidades cognitivas.

–¿Cómo te encuentras? –irrumpió Malfoy en el recibidor.

Hermione se llevó una mano al corazón, desbocado por el susto. El rubio dejó la bolsa de papel que llevaba en la mano lentamente sobre el mueble, temiendo alterarla de nuevo.

–¿Qué es eso? Y, ¿dónde estabas? O mejor dicho, ¿por qué has vuelto? –de pronto pareció darse cuenta de algo importante y se quedó boquiabierta. –¿Cómo has sabido dónde vivo?

El esbozó una media sonrisa mientras sacaba tres frascos, uno con líquido y los otros dos con hierbas y los llevaba a la cocina.

–¿No eras tan lista? Adivina.

–¿Has ido al Ministerio solo para consultar mi dirección?

–Diez puntos para Gryffindor, te dije que sería yo el que se pondría en contacto contigo, aunque confieso que esperaba un recibimiento menos decadente, ¿dónde hay un caldero?

–Ni siquiera tengo novedades aún, han pasado tres días.

Draco se cruzó de brazos y exhaló un suspiro.

–No es para lo único que he venido.

–¿Pues? –instó, alzando las cejas.

Él miró a otro lado, sintiéndose atrapado. Chasqueó la lengua. Pasar por estas cosas le seguía resultando de lo más bochornoso.

–He venido a disculparme. –musitó.

Hermione torció el gesto. Acto seguido, se cruzó de brazos y le alentó a hablar con un gesto.

–Esto será cuanto menos entretenido.

Él respiró hondo, buscando por dónde empezar. No era así como había planeado las cosas. Se aclaró la garganta para retrasar un par de segundos su momento de hablar, pero un resuello de Hermione le puso todavía más nervioso.

–Sé que estás disfrutando con esto, pero podrías disimular un poco, Granger. –Se mordió el labio, nada de lo que pasaba por su cabeza le sonaba bien. Lo mejor sería decir claramente lo que había venido a decir, sin rodeos.–Deberías saber que al no establecer contacto contigo todo este tiempo, solo intentaba hacerte un favor.

Ella sacudió la cabeza ante su desfachatez.

–Oh, muchas gracias Malfoy. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Con lo altruista que tú has sido siempre…

Espresar sentimientos no era plato de su gusto, pero sabía que era un mal necesario de vez en cuando. Aquello, sin embargo, era mucho peor: tenía que convencerla de que decía la verdad. La situación resultaba incluso más penosa de lo que había calculado.

–Yo no quería irme, Granger. Si utilizas esa mente privilegiada tuya recordarás que no me quedó más remedio. Tampoco sabíamos cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera volver a Inglaterra. Aclarado esto, me pareció razonable hacerme a un lado y dejarte el camino libre de obstáculos. Creí que era lo mejor y lo más fácil.

–Sí, especialmente para ti. –comentó sin darle apenas crédito. –Pudiste haber actuado de muchas formas y elegiste la que más te convenía, se acabó.

Un brillo de impotencia se reflejó en la mirada del rubio.

–Si eso fuera cierto no estaría aquí arrastrándome. Y no, no fue fácil para mí tampoco. Si supieras las decenas de veces que estuve a punto de escribirte y que deseché la idea por no poder ofrecerte nada más que amistad por correspondencia...

Parecía sincero, pero estaba demasiado resentida con él como para perdonarle sin más.

– Ya te he dicho el otro día que para mí todo eso ha quedado atrás. –mintió –Si lo que quieres es sentirte mejor, te perdono. –mintió de nuevo–Y agradezco la ayuda, pero ya me encuentro mejor, puedes marcharte tranquilo.

–Todavía no te he dicho cómo preparar la poción –terció, descartando una rendición fácil. Había llegado muy lejos como para resignarse a la primera de cambio. –En realidad, lo ideal sería que la preparase yo, lo he hecho cientos de veces, mientras que si tú te equivocas en algo te quedarás sin malva y sin mandrágora.

–¿Me estás llamando incompetente? –preguntó, cruzándose de brazos de nuevo.

Malfoy se humedeció los labios mientras trataba de no perder los nervios. Casi había olvidado lo quisquillosa que era. Casi.

–Sería fantástico que dejases de ponerte a la defensiva, pero supongo que es mucho pedir. Escucha, puedo quedarme y hacerlo en cinco minutos, o puedes pelearte con una poción que no has preparado nunca. La que no va a pegar ojo si sale mal serás tú…

Ella le sostuvo la mirada en sepulcral silencio. Tras largos segundos, caminó hasta las escaleras sin quitarle la vista de encima. Le hizo esperar abajo mientras buscaba el caldero y aprovechó para calzarse las zapatillas. No pudo evitar mirarse al espejo antes de salir de la habitación.. Tenía una cara francamente horrible, amarillenta y ojerosa.

Volvió y le tendió el caldero de mala gana. Él lo tomó y dirigió una doble mirada a sus pies.

–¿Es alguna moda muggle lo de las ratas disecadas?

Hermione tuvo un pequeño ataque de tos antes de poder contestar.

–Son conejos de peluche, idiota.

Estaban bastante viejas, raídas y grisáceas. Pero no le había dejado entrar para que criticase sus zapatillas.

A pesar de la tensión ambiental, Draco resultó ser bastante profesional. Cortaba la mandrágora con precisión y rapidez, pero removía la pócima con cadencia lenta y constante, casi con delicadeza. Estaba tan concentrado que no sintió la escrutadora mirada de Hermione sobre sus manos y, en última instancia, su rostro.

–Esto casi está.

La castaña dio un respingo cuando él levantó la cabeza y la sorprendió observándolo. Asintió con frenesí y fingió limpiar la mesa de restos de hojas.

–Granger… no quiero dejar la conversación a medias.

Ella suspiró, pero no dijo nada.

–¿De verdad crees que lo fingí todo? –cuadró la mandíbula ante la impasibilidad de la chica. –Mírame. –exigió, atrapando su mano para que dejase de simular indiferencia. Consiguió lo que quería. Hermione se estremeció al tacto y le miró de soslayo, en guardia. –Estaba loco por ti. –dijo en un ronco susurro.

Las palabras se deslizaron por sus oídos como música y se quedó paralizada un instante.

–¿Cuántas veces tengo que repetirte que no me importa? –dijo, zafándose de su agarre.

Draco no pudo ocultar su pasmo. Fue como recibir un jarronazo de agua fría. Demasiado indignado como para replicar, optó por el silencio y le indicó con un gesto que podía empezar a aspirar el reguero de vapor humeante que despedía la poción.

Ella se echó la melena a la un lado y la sujetó con una mano. Se inclinó sobre el caldero mientras él paseaba sin rumbo alrededor de la cocina.

–¿Cuánto tengo que estar así?

–Hasta que se acabe. Durará unos cuantos minutos. –contestó con aridez al tiempo que se cruzaba de brazos y se apoyaba en el dintel de la puerta. Sin poder evitarlo, echaba miradas clandestinas al largo y elegante cuello de la chica. Se obligó a sí mismo a mirar al suelo.

Cuando ya no hubo más poción, limpió el caldero y lo guardó en un mueble de la cocina.

El rubio no se había movido un ápice en todo aquel tiempo. La observaba en silencio y los nervios le atenazaron la garganta cuando Hermione posó su mirada por fin en él.

–Sinceramente, no entiendo qué pretendes con todo esto.

Él se dio un cabezazo contra la pared, hastiado con el tema.

–Solo quiero hablar contigo.

–Estoy bastante segura de que si esta situación se diera a la inversa, tú no me darías ni la hora. –dijo mientras caminaba hacia el recibidor.

–Es una suerte que no seas yo, en eso estamos todos de acuerdo. –gruñó, cada vez más impacientado. –Entiendo que desconfíes, pero estoy dispuesto a tomar veritaserum si eso te despeja las dudas. –se ofreció.

–No es infalible, y, si no recuerdo mal, tú eras excepcionalmente bueno en oclumancia. –replicó, mirándolo por encima del hombro.

–Pues dime qué es lo que quieres y lo haré.

Difícilmente podía esconder su rabia. Empezó a tamborilear nerviosamente con los dedos en el marco de la puerta contra la que estaba inexorablemente apoyado. De todas formas, estaba teniendo más paciencia de la que cabía esperar en él. El Malfoy que ella conocía hubiera preferido perder tres mansiones antes que rebajarse de esa forma.

–Está bien. –cedió. –Estoy cansada de discutir contigo.

–¿Qué significa eso exactamente? – preguntó el rubio con suspicacia.

Hermione se encogió de hombros como toda respuesta..

– Necesito tiempo para pensar –Un fulgor sagaz asomó a sus ojos oscuros –Si me has hecho esperar dos años, imagino que yo tampoco tendré que darme demasiada prisa.

Draco rodó los ojos. Era evidente que trataba de deshacerse de él. ¿Cuántos desplantes más se obligaría a sí mismo a resistir? Se incorporó y se alisó la ropa.

–Por hoy te libras de mí –declaró, fracasando miserablemente en aparentar que estaba conforme. –Pero no creas que esto va a quedar así. Volveré pasado mañana por la tarde –concluyó con tono determinado, reimponiendo las cláusulas.

Ella ni se molestó en fingir que lo sentía: pocas cosas le gustaban más que desmontar los planes despóticos de Malfoy.

–Precisamente ese día no voy a estar. Hay una inauguración de un club nocturno en el Callejón. Van a ir mis amigos y no puedo faltar.

Al contrario de lo que cabía esperar, Draco no se mostró excesivamente contrariado.

–¿Te has vuelto sociable? Otra sorpresa. En fin, entonces me pasaré directamente por allí. –resolvió.

La castaña dejó de respirar por un momento.

–¿Qué? No, ni se te ocurra, no pueden verme contigo. –exclamó, horrorizada. ¿Que Harry, Ginny y Ron la vieran con él tan campante? Ni en broma. Eso exigiría muchas explicaciones que, por el momento, no pensaba dar.

–A mí también me han invitado. Tus amigos no son los únicos que van a estar allí, ¿sabes? –respondió con jactancia –No te hablaré en público, descuida.

Por supuesto que no estaba tranquila, pero por mucho que lo intentó, no consiguió disuadirlo de que se presentara en la dichosa fiesta, reviviendo la irritante sensación de toparse con alguien igual de obstinado que ella.

Después de asegurarse de que la poción le había despejado realmente las vías respiratorias, el chico la instó a que se acostase lo antes posible. Se puso la americana en el umbral y se despidió con un breve asentimiento de cabeza, recuperando su compostura distante. Solo le delató el brillo de suficiencia en sus ojos grises antes de salir a la fría calle.


Lunes, 5 de septiembre

A la mañana siguiente recibió una lechuza de Ginny preguntándole cómo se encontraba. A buenas horas, pensó mientras daba un sorbo al zumo.

Aquella mañana no había hecho el menor caso al despertador. Crooshanks había maullado incansable y hambriento, hasta que ella había conseguido reunir las fuerzas para incorporarse. Con su bata de invierno había bajado las escaleras, aún adormilada y con aliento de dragón. Había preferido no verse al espejo e ir directa a la cocina a por el vaso de zumo. El reloj marcaba la una de la tarde: había dormido sus quince horas.

Al menos ya respiraba bien y el resfriado había mitigado como efecto colateral de la importunación de Malfoy, aunque todavía se sentía débil. Arrastró un taburete hacia la estrecha franja de luz solar que penetraba por las cortinas y se sentó con el vaso en mano. ¿Por qué siempre acababa metida en problemas que le daban quebraderos de cabeza? Si aún tuviera a quién pedir consejo objetivo… pero el bando Harry–Ron–Ginny estaba fuertemente posicionado contra Malfoy.

Descansó la frente en una mano y cerró los ojos. No podía negar que seguía teniendo sentimientos por él, pero huelga decir que su confianza estaba bajo mínimos.

El resto de la tarde la pasó releyendo el folleto del laboratorio y escribiendo una larga y formalísima carta en la que le relataba al departamento de recursos humanos sus expectativas de trabajar allí, así como sus dudas en cuanto al proceso de admisión y una copia de su expediente. Como no quería que hubiera errores, redactó en primer lugar un borrador, y lo pasó a limpio tres veces hasta que quedó satisfecha con el resultado final.

Sorprendentemente, volvió a acostarse temprano y a dormir como un lirón hasta el mediodía siguiente.


Lunes, 6 de septiembre

–¿Estás segura de que le has dicho bien el sitio? –preguntó el pelirrojo con tono condescendiente.

Su hermana pequeña rodó los ojos, exasperada.

–¿Cuándo vas a dejar de preguntarme eso? Tampoco es que sea muy difícil encontrar el único local nuevo y a rebosar de gente. No seas plasta, llegará de un momento a otro. –acto seguido, se volvió hacia su novio, que saludaba con la mano a un montón de gente que ni siquiera conocía.

Poco después, Ron divisó a Luna, un poco perdida entre la muchedumbre. Llevaba un vestido que parecía hecho de hula–hoops semi flotantes que atraía las miradas burlescas de la gente, pero que no sorprendía en absoluto a ninguno de los componentes del grupo. Ya estaban curados de espantos.

Se levantó y fue a buscarla para guiarla a la esquina con dos sofás que habían conseguido ocupar.

–¡Luna! Estás muy guapa. –Ginny la abrazó como pudo a pesar de los aros de su vestido. –Dime, ¿cómo os fue a ti y a tu padre en la expedición?

–Bueno… todavía es un secreto, pero diría que ha sido un éxito. –declaró con una sonrisa amplia y orgullosa.

–¡Genial, enhorabuena! –la felicitó Ron, antes de volverse a su hermana. –¿Qué era otra vez lo que buscaban?

Ginny le dedicó una mirada reprobatoria.

–Dodos, ¿no? –miró a Luna para cerciorarse.

–Ah, sí, pero de eso no encontramos nada. –Luna le quitó importancia con un gesto y se inclinó hacia delante en tono confidencial –Pero estoy esperando a que el Ministerio acepte mi petición para investigar a una criatura mágica que aún no consta en ningún tratado. –susurró, temerosa de que alguien le robara el secreto. –La he descubierto yo. Encontré a una pegada a un coco que recogí del suelo. Me mordió y salio corriendo. ¿Ves?–Les mostró una pequeña marca en el dorso de la mano, apenas visible.

Harry y Ginny se intercambiaron una mirada incierta, pero sonrieron y asintieron.

Hermione tardó un cuarto de hora más en llegar. No le sorprendió ver que solo había gente joven. Sin embargo, sí le sorprendió que el lugar fuera agradable, pese a las luces de neón y la marabunda de magos y brujas.

A la izquierda se encontraba la barra, en forma de "S" y con lámparas suspendidas que le concedían a esa zona la iluminación más potente de todo el local. Era también el área más tranquila, la gente se arremolinaba sobre todo en el centro, en la pista de baile. Por el largo de la pared se prolongaba un sofá adosado, además de sillones independientes.

Fue directamente al fondo, donde Ginny le había dicho que estarían, y se dirigió allá donde vio una nube de cabezas pelirrojas. Distinguió a Ron relatándole a Neville alguna historia aparentemente emocionante, aunque solo para él, pues su interlocutor no dejaba de mirar a los lados. El otro grupo lo componían Harry, Ginny, Luna y los gemelos.

–¡Herms! Sí que te has hecho de rogar… –la saludó Ginny con una sonrisa que rápido se convirtió en mueca recriminatoria.

–Lo siento… Siendo sincera no me apetecía mucho venir, aún estoy algo resfriada…Pero en fin, aquí me tenéis. –dijo con resignación.

Harry le hizo un sitio a su lado mientras Hermione se quitaba el abrigo, el gorro, la bufanda, los guantes y la gruesa chaqueta que llevaba debajo.

–Te sienta bien. –Comentó Fred sobre su vestido de escote recto, tirantes finos y color burdeos.

–Gr–gracias –farfulló Hermione, sorprendida por el cumplido. –Lo compré en Australia para el cumpleaños de un amigo.

–¿Por qué no has dejado todo eso en consigna? –ante la expresión desorientada de Hermione, Harry aclaró –en la entrada, a la izquierda…

–Te acompaño, yo sé donde está. –se ofreció Luna, cogiéndola de la muñera y guiándola de nuevo hacia la puerta.

En efecto, la consigna estaba en una esquina, pero al entrar la había pasado completamente por alto. Entregó toda su ropa y quince sickles, y a cambio le dieron una pulserita fina y negra con un número grabado en una placa metálica. Así al menos no la perdería.

Cuando se dio la vuelta, Luna ya había avanzado varios pasos, aunque no en la dirección correcta. Como pudo, se abrió camino entre varias espaldas y alcanzó a tirarle del vestido. Si no fuera su extravagancia, ya la habría perdido.

–Luna, creo que es por el otro lado.

–Lo sé. ¿Has visto el espejo? Es muy bonito.

–¿Eh? –alzó la vista y vio un gran espejo antiguo colgando de la pared. Su marco era rojo y plata, con subtonos muy brillantes que recordaban a la sangre. –Me resulta familiar…

–El anuncio de la inauguración en El Profeta decía que era el espejo de Blancanieves, pero es publicidad engañosa. No es más que una réplica.

Se acercaron un poco más a observarlo de cerca y leer sus inscripciones. Era una imitación lograda, desde luego. Quería tocarlo, pero no sabía hasta qué punto estaba permitido. De pronto, descubrió una cara pálida de ojos oscuros a sus espaldas, observándola. No pudo disimular el sobresalto.

–Gracias, Pans. –dijo un chico moreno sentado de espaldas a Hermione, cogiendo una copa que Parkinson le tendía.

Pansy seguía con su sempiterno flequillo recto, pero se había dejado crecer el pelo hasta la mitad de la espalda. Llevaba un maquillaje de ojos bastante cargado que resaltaba su piel blanca, y un vestido verde oscuro, por no perder las viejas costumbres. La morena tenía una expresión socarrona tras haberla asustado, pero no tardó en interrumpir el contacto visual y sentarse junto al que, si no se equivocaba, era Theodore Nott. Lo último que había sabido de él era que estaba en Azkaban.

–¿Ves por qué no me gustan estos sitios? Dejan entrar a todo tipo de calaña. –dijo el chico de piel oscura sentado frente a Pansy, lo suficientemente alto como para que Hermione lo oyera. Alzó su copa hacia ella con una sonrisa displicente.

–Cierra la boca, Blaise. –le espetó Parkinson. –No busques problemas.

Zabinni la fulminó con la mirada.

–Cálmate, ¿quieres? Era solo un comentario al aire. –replicó con frialdad.

Hermione tiró del brazo de Luna, todavía petrificada. ¿Se estaba volviendo loca o Parkinson acababa de echar por tierra la oportunidad de humillarla?

Cuando menos se lo esperaba, se topó de frente con él. Llevaba una camisa negra, entallada, con los dos primeros botones sin abrochar. Parecía que iba a reunirse con los Slytherin y eso le extrañó, ya que no recordaba que hubiesen acabado en buenos términos. Malfoy también pareció sorprenderse un poco de verla. Escudriñó subrepticiamente su vestido y la saludó con una inclinación de cabeza, que ella devolvió.

Pensaba seguir a Luna, pero sintió el agarre del rubio en su antebrazo.

–Aquí no. –siseó ella, con expresión tajante.

Draco se inclinó sobre su oreja. –Acompáñame a una esquina, entre toda esta gente nadie se fijará.

Ella se negó en rotundo y se alejó. Estaba loco si creía que iba a correr ese riesgo, aunque cada vez le costaba más ignorarle. Sacudió la cabeza, intentando olvidar la cautivadora mirada gris.

Se sentó junto a Neville esta vez. Al parecer trabajaba como ayudante para la profesora Sprout en Hogwarts y además era su sustituto oficial. Como la profesora tenía una salud de hierro, todavía no había ejercido como tal, pero el simple cargo elevaba su estatus.

Harry los interrumpió. Ginny había ido a bailar con Fred, así que él iba a pedir algo de beber. Neville declinó la oferta, pero Ron y Hermione le siguieron hasta la barra y tomaron asiento en los taburetes.

–¿Qué os pongo chicos? –una camarera bajita de espesa melena negra y nariz respingona se asomó desde el otro lado del contador.

–Whisky de fuego por favor.

–Una cerveza de mantequilla. –pidió la castaña.

–¿Cerveza de mantequilla? ¿Enserio? –exclamó Ron con desaprobación. –Para eso pide un vaso de agua, que es gratis.

Hermione frunció el gesto y la camarera rió. Tenía la piel tirando a oscura, los dientes muy blancos y una sonrisa bonita.

–Un licor de saúco entonces. –dijo la castaña de mala gana.

–¿Y para el pelirrojo?

–Otro whisky de fuego. –respondió, haciendo todo el esfuerzo del mundo por reprimir una sonrisa y hacerse el interesante.

–Marchando. –La camarera le guiñó un ojo antes de darse la vuelta.

Harry y Hermione se volvieron hacia Ron con una ceja alzada. Su pelo parecía rubio al compararlo con el color que había tomado su cara.

A pesar de que un rato después Hermione era la única casi sobria entre sus amigos, porque ambos repitieron con más whisky de fuego y licor de regaliz, lo estaba pasando genial. No tardó mucho en notar el calorcillo subiéndo por su cuerpo hasta las mejillas y la cabeza. Llegado el momento incluso permitió que Harry la arrastrara a bailar mientras Ron esperaba la oportunidad de entablar charla con la camarera, con tan mala suerte que ésta tuvo que ir a atender el extremo opuesto y su lugar lo ocupó un compañero suyo, no tan apuesto.

Todo iba perfectamente hasta que una pareja se cansó de bailar y, desde el hueco que dejaron, pudo divisar al grupo de Slytherin. Pansy bailaba con Nott y Zabinni charlaba con Draco y otro chico a unos metros a la derecha.

Un momento dado le pareció que habían cruzado miradas, pero el rubio disimuló tan bien ante sus acompañantes que ella dudó incluso de que la hubiera visto. Se sintió como si alguien hubiera pinchado su burbuja de felicidad y se puso de un –explicable– mal humor, incluso a pesar de haber intercambiado plazas con Harry para evitar verles. Poco después se disculpó con su amigo para ir al baño. Esta vez le fue más fácil abrirse paso entre la gente, muchos se habían cansado de bailar y la zona más concurrida había pasado a ser la de los sillones.

También implicó que Draco pudiera seguirla con la mirada un buen trecho. Apuró lo que quedaba en su copa y, comprobando que nadie reparaba en él, entró con toda naturalidad en el aseo de señoras, justo detrás de la castaña. Ella ya estaba a punto de cerrar la puerta de uno de los tres cubículos cuando le reconoció.

Sin mediar palabra, Draco se metió dentro y cerró la puerta a su espalda.

–¿Qué crees que estás haciendo? –protestó ella en cuanto recuperó el habla.

–El trato era no hablarte en público, ¿no? –replicó. –Una condición difícil en una discoteca, tendrás que disculpar que sea tan poco ortodoxo.

Ella se frotó los ojos.

–Está bien. –accedió, incómoda por la falta de una distancia que los separara –¿Qué quieres?

Él sonrió, no con una sonrisa cualquiera, sino con esa sonrisa. Ladeada, juguetona, intrigante.

–Hablar. Pero confieso que la decoración no me convence. Estaba pensando más bien en mi apartamento. –volvió a clavar sus despiertos ojos en ella –Reúnete conmigo en el callejón entre la tienda de Madam Malkin y Flourish y Blotts.

Merlín bendito. Tenía la boca seca y el intenso aroma de Malfoy mandaba calambres a todo su cuerpo. Tuvo que reprimir un escalofrío.

–No estoy tan borracha, ¿sabes?–se opuso.

Él rodó los ojos.

–Solo quiero hablar en un lugar tranquilo y alejado de miradas indiscretas, eso es todo.

Ella emitió un profundo suspiro.

–Mira, no creo que sea buena idea. Además, ¿qué voy a decirles a ellos? –con un gesto señaló hacia afuera.

–Sigues estando algo resfriada, es la excusa perfecta para irte temprano. No tienes mucho que perder.–perserveró en voz baja y deliciosamente grave—Por favor, Granger. Tenemos un asunto pendiente. Cuanto antes lo hablemos, antes te dejaré en paz.

Dudó.

–Está bien, pero ahora fuera de aquí. Necesito… –echó una significativa mirada al retrete.

Draco tardó un momento en reaccionar y ella le apremió chiscando los dedos.

–Te espero donde te he dicho.

Se asomó al baño para comprobar que estaba vacío y miró atrás una última vez.

–Bonito vestido, por cierto.

Ella apretó los labios con firmeza, pero las piernas le temblaron como un flan. Solo confió en que él no lo hubiera notado.


Era una noche más bien gélida, pero iba acorazada. Pasar del alboroto del club al silencio mortecino del callejón dormido le produjo una sensación de mareo. Echó un vistazo hacia atrás para asegurarse de que ningún conocido la seguía, no estaba de más extremar precauciones.

Con pasos rápidos y cortos se fue internando en la oscuridad, intentando no resbalar en las losas cubiertas por una fina pátina de rocío helado. Pasó por delante del escaparate de Madame Malkin. La noche confería un efecto siniestro a los pálidos maniquíes. Giró a la izquierda en la esquina, con el corazón en la garganta.

Una sombra se incorporó del muro.

–¿Vamos? –le tendió una mano enguantada.

Aparecieron en una calle larga frente a una sastrería. Detrás se erigía un clásico edificio residencial de fachada beige y molduras blancas en puertas y ventanas. También eran blancas las columnas que presidían la puerta principal.

–¿Dónde estamos?

–Lowndes Square. Hacia el norte está Knightsbridge. –dijo, señalando con un ademán hacia su derecha, donde se veía un parque de altos árboles.

Acto seguido, subió las escaleras del portal y abrió la verja de hierro con un hechizo. Una vez dentro, le siguió por unas escaleras, hasta el segundo piso, y se detuvieron ante la única puerta a la izquierda.

–No es muy grande, pero para unas semanas no está mal. –advirtió antes de entrar.

No había recibidor, sino que la entrada daba directamente a un amplio salón alrededor del que se estructuraba el apartamento, claramente muggle. Había una mesa de comedor, de cristal, y grandes cuadros abstractos en la pared. En el centro, sobre el suelo de parquet, había un largo sofá con muchos cojines en colores tierra.

El rubio se desvistió el abrigo, bufanda y guantes y los dejó sobre el respaldo de un sillón. Hermione, sintiendo la incomodad propia de un extraño en casa ajena, le imitó no sin cierta reserva. Sentía un fuerte impulso de salir corriendo en ese preciso instante.

Draco, ajeno a sus pensamientos, recogió el abrigo antes de que ella pudiera dejarlo en el sillón, y desapareció por una puerta entreabierta que, deducía, pertenecía al dormitorio. Escuchó una puerta abrirse y luego cerrarse mientras esperaba plantada en mitad del salón.

–He colgado tus cosas en el armario. –dijo a modo informativo. –¿Puedo ofrecerte algo de beber?

Ella negó con la cabeza.

–No, gracias. –respondió, tajante. Necesitaba estar lúcida por lo que pudiera pasar.

–¿Ni siquiera agua? –insistió él, mirando de hito en hito a la cocina.

Esta vez asintió.

–De acuerdo.

Mientras él cogía un vaso y lo llenaba a golpe de varita, examinó la cocina. No era grande, pero estaba muy bien equipada y era completamente nueva. El blanco de los muebles brillaba más al contraste con el negro de la encimera. Se preguntó si Malfoy tendría alguna idea de lo que eran la vitrocerámica o el microondas. Nerviosa, inició conversación.

–Nunca te hubiera imaginado como sanador.

–¿Por qué no? –preguntó él, distraído, volviendo al salón a tomar asiento. –Soy bueno en pociones.

–Cierto. Pero desde niños siempre había creído que te comprarías un puesto de importancia en el Ministerio y aparecerías de vez en cuando a hacernos la vida imposible. Como en los viejos tiempos –comentó con una sonrisa cínica.

Draco no reía.

–¿No creías que me haría mortífago? No era como si lo escondiese.–dijo con irónica amargura.

Le sorprendió que abordara ese tema con tanta franqueza.

–Precisamente. Siempre creí que era una fachada, una fanfarronada de niño mimado. Evidentemente me equivoqué.

–Era un juego para mí, uno al que quería ganar. Cuando el mundo dejó de estar en blanco y negro ya era demasiado tarde para volver atrás, estaba de mierda hasta el cuello. –explicó con la mirada perdida. –Pero no estamos aquí para hablar de eso, ¿no?

Ella se encogió de hombros.

–Dímelo tú. Ya no me atrevo a aventurar lo que se te pasa por la cabeza.

Él se mordió el labio y apoyó los codos en las rodillas.

–Mi forma de ser sigue siendo la misma en muchos aspectos, pero puedo asegurarte que…

–Si tú mismo reconoces que no has cambiado, ¿cómo pretendes que crea nada de lo que tengas que decir? –interrumpió sin rodeos.

Draco frotaba el pulgar de una mano nerviosamente contra la palma de la otra, sabiendo que aquella era su última oportunidad y que no le quedaba otra que decir la verdad.

–Hacerme mortífago, con todo lo que acarreó, fue el mayor error de mi vida y el que más consecuencias me ha traído. –Sujetó su antebrazo por encima de la camisa. –Todo fue en picado desde entonces. Estaba convencido de que convertirme en un mago oscuro, cruel y calculador era a lo que debía aspirar. Lo más alto. Después estabas tú. Reconozco haber sentido atracción por ti, pero tampoco voy a engañarte: en aquella vida no había lugar para nada más. Apenas empatía, ni consideración ni mucho menos amor.

Hermione le miró con dureza, poco impresionada.

–Nada que no tuviera ya claro.

–Con el tiempo dejé de desear hacerte daño, más bien lo contrario.–prosiguió– A pesar de todo lo que me nublaba el juicio, dudé repetidas veces, aunque mi lógica dictara lo contrario. Por ti.

–Te hice dudar, vaya, ahora me siento mejor por arriesgarme tantas veces para salvarte el culo.–le recordó ella, sin conmoverse.

–Lo que quiero decirte es que ahora estoy lejos de todo aquello, de los mortífagos, del Lo… de Voldemort –se corrigió –Por fin puedo pensar por mí mismo. El haberte buscado, el hecho de que estés ahora aquí, no es fruto de un impulso.

Ella se levantó y le dio la espalda. Si le hubiera dicho eso hace un par de años, lo hubiera aceptado y habría caído rendida a sus pies. Ahora, en cambio, era incapaz de fiarse. Él, al sentir su reticencia, continuó hablando con más aplomo.

–Puedo asegurarte que de ninguna de las maneras volvería a cometer los errores del pasado. Sé que no puedo cambiar nada de lo que ocurrió, pero me si he hecho sanador es precisamente para intentar compensar al menos una parte del daño.

Y era cierto. Era la única forma que había encontrado de pegar ojo por las noches. Merlín sabía lo que le estaba costando mostrarse vulnerable ante ella y desenterrar sus recuerdos más desagradables.

La castaña tragó saliva y preguntó:

–¿Y qué es lo que pretendes que haya entre nosotros exactamente? Porque imagino que no te estarás tomando tantas molestias para ganarte mi sincera amistad.

Se hizo el silencio. La chica escuchó el ruido de los pasos por el parquet, acercándose más y más. Hasta que cesaron y se restauró el pesado silencio que no hacía más que intensificar la tensión.

–¿Tienes frío? –preguntó él al ver la carne de gallina de los brazos de Hermione.

Ella negó con la cabeza, demasiado nerviosa al sentir su aliento en la espalda como para preocuparse por la temperatura. De pronto, un par de manos cálidas le cubrieron los hombros. Su cuerpo se tensó de forma automática.

–Quiero que estemos juntos. Me da igual la etiqueta que le pongas.

–No vives aquí. –objetó rápidamente. –Por Merlín, ni siquiera sé en qué país vives. Además, tú y yo… no. La experiencia habla por sí sola.–se apresuró a añadir, intentando convencerse a sí misma de que rechazarle era lo que debía hacer.

Draco dejó escapar un suspiro.

–Excusas, Granger. Lo de la distancia no tendría por qué suponer un problema: si estuviéramos juntos mi imagen pública se limpiaría y me beneficiaría si solicito la repatriación.

Hermione sintió un dolor sordo recorrer su garganta hasta el estómago. Así que eso era, obtener una buena imagen para volver del exilio. No debería estar sorprendida, pero hasta el momento incluso le había parecido sincero el muy rastrero.

–Sí que tengo frío. ¿Puedes traerme mi abrigo? –solo quería que dejase de tocarla.

Si no estuviera de espaldas hubiera visto los ojos grises entrecerrarse con recelo antes de desaparecer en la habitación. Volvió con la prenda entre las manos y se posicionó frente a ella mientras volvía a ponerse el abrigo. No le faltaban ganas de espetarle que no tenía intención de quedarse en Inglaterra, solo para ver su reacción. Pero no valía la pena enfrentarse a él, prefería salvaguardar sus sentimientos y aparentar que, sencillamente, lo había superado.

–No puedes volver después de dos años como si nada y pretender que siga interesada en ti –explicó con frialdad.

Él cuadró la mandíbula. Evidentemente, aquello no era lo que esperaba oír.

–¿Eso es todo lo que tienes que decir? –preguntó él con tono acerado.

Ella se llevó las manos al pelo y ahogó un gemido de exasperación, alejándose más. Era obvio desde el principio que la invitación no era más que una encerrona, pero ella se había dejado conducir hasta allí igualmente, como un corderito.

–No tienes ningún derecho a presionarme. –murmuró, agotada.

La expresión de él no varió un ápice.

–Lamento que te sientas así, pero a mí tampoco me gusta perder el tiempo. –se limitó a comentar.

Hermione se apoyó en el respaldo del sofá. Sentía la sangre agolpándose en sus oídos y la cabeza iba a estallarle. Desde el principio había desconfiado de él y con razón. La tomaba por tonta. Si al menos lo hiciera abiertamente podría sacar su varita y desquitarse con él, pero el muy cobarde siempre había sabido guardarse las espaldas.

–Tienes razón, no daré más rodeos. He estado sopesándolo pero lo cierto es que no siento nada por ti ni creo que pueda sentirlo en ningún punto del futuro. Lo siento.

Herir su orgullo le produjo cierto placer, aunque sostenerle la mirada no fue tan sencillo. Tras un instante de asimilación, el rubio asintió en silencio, mordiéndose el interior de la mejilla.

–No te robo más tiempo. Que te vaya bien, Malfoy.

Hermione se puso en pie y empezó a abrochar los botones del abrigo. Los dedos le temblaban incontrolablemente, dificultando la tarea.

–Conoces la salida. –espetó él con indiferencia antes de darse la vuelta y desaparecer por la puerta del balcón.

¿La estaba dejando marchar sin más?¿No era tan importante para él conseguir el permiso de residencia? Quizá se había dado cuenta de que le costaría menos esfuerzo sobornar a unos cuantos funcionarios. Alégrate, has hecho lo correcto, se dijo como consuelo.

Aferrado a la baranda de hierro, estoico ante el frío, escuchó cómo ella abandonaba el apartamento dando un portazo. Había estado tan seguro de percibir interés por su parte que no se explicaba semejante rechazo. Deseaba poder volver atrás en el tiempo para retractarse, para asegurarle que la había utilizado todo el tiempo. Temblaba de rabia y tenía las mejillas encendidas de pura vergüenza. La silueta de Hermione se alejaba recortada en el cuadro nocturno, el sonido de sus pasos era lo único que rompía el silencio.

Resultaba casi hipnótico, hasta que, en un momento determinado, le pareció que aminoraba el paso. El rubio no pudo frenar la sangre galopándole por las venas ni la respiración acelerada y la realidad volvió a golpearle el pecho cuando ella dobló la esquina sin mirar atrás.


La parte II vendrá pronto, un beso a todas :)