Disclaimer: Todos los personajes de Twilight pertenecen a la genial Stephanie Meyer. Yo solo trato de crear una historia...


¡Chicas! Buenas tardes desde aquí, ¿cómo están? Aquí, subiéndoles el capítulo antes de ir a recoger a mi tío al aeropuerto =) Esta semana la tuve larga porque era necesario arreglar la casa para él u.u En fin...

No las quiero demorar pero les advierto que el capítulo inicia con escenas fuertes, ustedes ya saben xDDD así que prepárense mentalmente... (6)

Capítulo dedicado a Terewee y KalitaCullen. ¡Ánimo chicas!


Canciones recomendadas:
"Solo para ti" - Camila
"Stick with you" - Pussy cat dolls


.:: Construyendo Fantasias ::.

Capítulo 31


Bella –

Mmmm… era delicioso.

Mucho mejor de lo que había imaginado.

Estaba embriagada y estimulada al cien por ciento, no solo por lo que sabía era sabroso sino por el irresistible aroma que acariciaba mi olfato y llenaba mis sentidos: el de Edward mezclado con chocolate puro, la sustancia más afrodisíaca que había probado en mi vida… Así, invadida por el placer, volví a chupar todo el largo con mi lengua como si fuera una paleta y lo degusté a mi antojo con los ojos cerrados, reconociendo también un leve sabor a vainilla en él. Cuando los abrí, su miembro me miraba imponente, grande e indomable; me seducía para que volviera a rodearlo con mi boca pero esta vez decidí hacerlo sufrir.

Edward gimió cuando le di una última probadita y movió sus caderas, agonizando por poseerme.

Pero… lo tenía que hacer sufrir.

Y mucho.

Volví a coger el frasco de fugde –Hersheys- y lo eché por todo su pecho, formando la letra "E" y "B" unidas por un pequeño corazón. Sí, en plena acción con los sentidos nublados y la consciencia pervertida, estaba toda romántica.

Diablita en acción.

Lo miré lascivamente, avisándole lo que vendría a continuación bajo un brillo audaz y me lancé a su abdomen para lamer lentamente y con delicadeza su piel con sabor a chocolate. Recorrí con mi lengua el camino sinuoso que llevaba hacia su "v" perfecta y me entretuve ahí mientras mis manos arañaban y acariciaban sus abdominales torneados y duros. Mmmm, bajé más… su miembro seguía erguido, apuntando hacía mi boca, pero aun no era el momento, no, me había propuesto hacerlo sufrir, pedir por más, vengarme, recompensarle… todo condensado en una caricia profunda. Entonces, lo rodeé con mi mano, embarrándola con chocolate líquido y facilitando así el movimiento de arriba abajo con la velocidad y el ritmo que a Edward le encantaba y que lo tenía sumido en un descontrol delicioso y delirante, lo que no hacía otra cosa que encender mis sentidos a un nivel inexplicable.

Mi ego aumentó considerablemente.

Intensifiqué mis caricias sintiendo como su miembro se hinchaba y palpitaba en mi mano… estaba grande, grueso y yo moría por sentirlo dentro, invadiéndome nuevamente con aquella fricción maravillosa que existía entre nosotros. Mientras seguía en mi faena, fantaseé con mil formas de cómo podía abrirse paso en mi interior y penetrarme con intensidad, duro y rápido… Ohhh, me relamí los labios de placer anticipado y para sofocar mis ansias por él, mi excitación, la humedad y el calor íntimo que todo esto me producía, empecé a contraer con fuerza los músculos de mi entrepierna mientras Edward se retorcía en su sitio con el rostro rojo y contraído, dejándose llevar por el poder de mis manos y tan desesperado por tocarme… Oh, pobre niño con brazo enyesado…

- Bella… no sigas… -Edward abría la boca jadeante-, sino voy a terminar antes de tiempo…

La recompensa al estilo Isabella Swan está surtiendo efecto.

No le hice caso y evité que me detuviera agarrándole la muñeca libre –incapacitándolo y dejándolo indefenso- mientras que con mi otra mano seguía deleitándome de la textura suave y a la vez rugosa de su miembro embarrado con chocolate…

Los labios me hormiguearon, se me hizo agua la boca, estaba tan cerca…

- Espera –murmuró, acaparando mi mirada. Observé su expresión, vi sus ojos brillar y el color rojo expandirse por su cuello y su pecho-. ¿Esto es lo que querías, verdad?

Me acerqué a sus labios para morderlos. Su mirada ardiente me recorrió cada rasgo.

- Es… -fingí una sonrisa tímida-. Hicimos una apuesta, bueno, yo te reté y tú ganaste. Pero ahora es mi turno de divertirme.

Ignoré lo que él murmuró después y envié a mi mano hacia su pubis ante sus ojos que resplandecieron como llamas verdes cuando deslicé mis dedos entre sus muslos, bajando gradualmente hasta volver a rodear su erección con ellos.

- Ah Bella… Dame un momento o terminaré antes de que empecemos –jadeó.

- Oh, yo ya empecé, mi amor…

Edward se estremeció y trató de zafarse de mi agarre para actuar deliberadamente sobre mí pero no pudo; solo movió los labios en silencio con rapidez, lo cual llamó considerablemente mi atención–: Shhhhh… no continuaré si no te callas –le reprendí.

- Tengo que aguantar… –aclaró él sin abrir los ojos-. Estilos arquitectónicos –pasó saliva con dificultad-, neoclásico, gótico… barroco del cual se desprendió el Rococó… con decoración más recargada y después…

¿Qué?

- Edward… -le interrumpí, dibujando el contorno de su pecho y bajando hacia su estómago-, tenemos toda la noche y todo el día de mañana para hablar de arquitectura si así lo deseas… pero ahora quiero que disfrutes -me monté sobre él y sentí su rígida virilidad contra mi entrepierna pero él seguía murmurando estilos de arquitectura. Iba a probar algo nuevo esta noche, algo que nunca antes jamás lo había hecho… Con lentitud, cada vez más complacida, fui deslizándome hacia abajo y solo me detuve cuando capturé su excitación entre mis senos, compartiendo el chocolate. Edward estaba inmóvil hasta sus labios habían dejado de moverse. Su rostro tenía una expresión voraz, depravada y sumamente placentera; y se le habían tensado los tendones del cuello. Me encantaba esto, ver su cara de asombro, de expectación, de seducción y demora antes de la primera vez, el inevitable cataclismo de consumación. Me balanceé despacio, hacia adelante y hacia atrás haciendo que él danzara entre mis senos desnudos. Se sentía tan suave como el satén contra la piel.

- ¿Qué… qué haces? –gimió él entre dientes, apretando los puños.

- Algo que debí hacer desde hace mucho tiempo… -musité-. Mírame.

Edward abrió los ojos y levantó la cabeza. Su expresión fue indescriptible.

- Yo también sé jugar sin usar las manos.

Edward iba a abrir la boca para hablar pero la pregunta se diluyó en un gemido cuando acaricié su glande con mi lengua mientras mis senos seguían apretándole. ¡Oh maldición! ¡Qué bien se sentía! Cogí con una de mis manos el fugde y lo coroné, manchando mi cuerpo y mis sábanas pero no me importó en lo absoluto cuando advertí que Edward no dejaba de mirarme con rasgos extasiados y perversos, se notaba el furor mezclado con el éxtasis en sus impresionante ojos verdes. Sin poder resistirme más, lo tomé con la boca, llevándolo hacia mi paladar y cerrando fuertemente los labios para comenzar a chupar de forma vigorosa, con lamidas largas y prolongadas. Nunca antes había disfrutado tanto el dar placer con mi boca pero aquí, el que hacía la magia era el chocolate… Mmmm… Edward y chocolate…

Descubría mi oscura pasión hacia ese nuevo sabor.

- Bella –gimió, mientras que yo me sentía poderosa al ver su expresión de asombro, observándome haciéndole el amor con la boca-. No… Oh, Dios mío…no… espera –levanté mis ojos solo para mirarlo con deseo y sonreírle lo suficiente para después empezar a lamerlo despacio, rascando gradualmente su piel suave con mis dientes…. Succioné su glande, dándole pequeños mordisquitos como si estuviera comiendo un malvavisco. Era tan suave… Mmmm… no demoré ni un segundo para introducírmelo completamente a mi boca.

Abruptamente, él se retorció de placer y jadeó, aumentando mi ego de diosa sensual y diabólica… excelente combinación. Yo no paré, me excitaba verlo excitado, absorto, lanzando ahogados gruñidos de satisfacción.

No dejé ni un rastro de chocolate, el fantástico sabor que desprendía de él y del cacao lo había saboreado en todo su esplendor y se había convertido en el más rico que había probado en mi vida. Ahora entendía el porqué de tanta locura con el vino… los sabores que salían de aquellas almizclas eran diferentes, inigualables y muy excitantes. Siempre querías más, morías por más y nunca podrías saciarte.

Era una adicción.

Creo que el café pasaría a segundo plano, ahora mi adicción sería el chocolate marca registrada de Edward Cullen…

Nada de Hersheys… No, ahora era Edward Cullen.

- No aguantaré mucho más… –oh no, sabía que él estaba cerca del orgasmo y no tendría ningún problema en recibirlo pero yo era muy egoísta y ya no podía aguantar más sin tenerlo dentro.

Lo tenía bajo mi poder. Ahora era él a quien debía de domar como una fiera. Me monté sobre su regazo y me lo introduje despacio. Edward ronroneó y gimió ferozmente y yo casi pierdo el equilibrio al sentirlo por fin dentro. Lo tomé de la muñeca y con la otra mano me impulsé en su pecho para empezar a cabalgarlo con ímpetu, sin darle tregua, sintiendo como llenaba mi interior y crecía cada vez más. Qué deliciosa sensación… Me sentía una diosa del sexo, una femme fatal dándole placer a su hombre, adueñándome de cada respiro y cada sensación que él emitía.

- Necesito tus pechos -me dijo con voz de súplica y mi ego subió notablemente-, por favor…

Sonreí y acepté gustosa. Solo yo era la dueña de sus movimientos, intensidades y de su orgasmo.

Lo tiré hacia atrás e incliné mi cuerpo hacia el suyo para facilitarle la tarea. Rodeó un pezón con la lengua y luego el otro saboreando el chocolate que los cubría y luego… Ohhh, no duraría ni un minuto más… El vínculo que tenía entre los pezones y el clítoris era tan directo que se me aflojaron las rodillas y casi exploto al verlo succionar con tal deleite, prendiéndose de mis pezones ya de por sí doloridos, jalándolos mientras seguía penetrándome con fuerza. Dolor, ardor y placer… Ohhh… De aquí, perdí toda estabilidad, todo raciocinio y el poco pudor que me quedaba y dejé que mi cuerpo se estremeciera y vibrara al compás de las oleadas de calor poderosas que me azotaban de una manera inigualable. Sentí como me contraía en torno a él mientras Edward gruñía a cada golpe de caderas hasta hundir su rostro en mi cuello, mordiéndolo y acallando un grito de triunfo al alcanzar su propio orgasmo.

Me desestabilicé completamente, ardiendo en llamas y me dejé caer sobre su pecho sudoroso hasta ir recuperando la respiración.

Después de pasado un rato, tendido a mi lado y apoyándose sobre su brazo, los dos sudorosos y con los pulmones tragando aire como locos, dijo con gesto de gran satisfacción:

- Creo que nunca podré… saciarme de ti.

- Eres insaciable –le dije y él sonrió.

- Somos…

- Sí, somos y me encanta.

Edward me apartó mis largos rizos del cuello y en su lugar posó sus labios. Unas gotitas de sudor le perlaban la frente. Así, susurró:

- Te amo –su corazón latía desaforadamente–. Te amo Isabella Swan -. Repitió.

Mi corazón estalló de felicidad. ¡Awwww! Así era estar con un hombre que me amaba, un hombre que no huía en la mitad de la noche ni me trataba como un pasatiempo. Así era estar con un verdadero hombre a quien yo también amaba… Había llegado la hora.

- Yo también… -hice una pausa totalmente nerviosa hasta que reuní valor-: Te amo Edward Cullen -abrió los ojos desorbitados, era la primera vez que me escuchaba decir algo así. Poco a poco Isabella se va soltando. Y se sentía muy bien.

En mi mundo no existía nadie más que Edward.

- Dilo de nuevo –pidió. Mi corazón alzó un puño de triunfo. Había ganado esta vez, ya no más se escondería en las oscuras y gruesas celdas del infortunio.

- Te amo, Edward.

- ¿De nuevo?

Reí entre dientes. Él realmente amaba este momento.

- Te amo… ¡Te amo! ¡¿Cómo no podría hacerlo?!

Sonrió levantándose de la cama y posicionándome sobre mí.

- Son las palabras más hermosas que has dicho hoy.

- ¿Seguro? ¿No cuenta lo de quiero más, eres insaciable o más duro? –Le dije en son de broma.

Me besó divertido.

- No. Esto está en mayor escala.

Me mordí los labios y él volvió a besarme, pero esta vez con más calma, saboreando mis labios y eternizando el momento.

- ¿Cuanto me amas?

- Mucho –respondí.

- ¿De aquí a Miami? –Tentó.

- No... Mucho más que eso.

- ¿A Italia?

- Mmmm... No lo había pensado pero quizá me quede en Inglaterra –bromeé y los músculos de su rostro se tensaron.

- ¡Es broma tonto! –Me posicioné sobre él y tiernamente lo miré a los ojos-. Te amo hasta el infinito.

- Y yo te amo como el pingüino a la pingüina.

- ¿Soy una pingüina?

- Eres mi pingüina. Yo te busqué por mucho tiempo sin encontrarte; sin embargo te encontré sin estar buscándote. Fue el destino, al igual que los pingüinos que caminan cientos de millas en el hielo y soportan bajísimas temperaturas para encontrar a su pareja. Yo lo hice y encontrarte fue el mejor regalo que haya podido recibir y sé que somos capaces de afrontar una serie de responsabilidades y emociones que nos llevarán a tener una relación más allá de todo.

Edward no pestañeó ni un segundo, cada palabra que dijo me conmovió a tal punto que me sentí culpable de todo lo que me había sucedido y había hecho con anterioridad; si pudiese borrar el pasado lo haría sin pensarlo pero era imposible, solo me quedaba la esperanza de volver a empezar a su lado y vivir como los pingüinos.

- Amo todo de ti, Bella. Amo tu cabello y tus ojos chocolate, amo tu carita de ángel, tu naricita y tu culito respingón… Amo tu aspecto de locura y abandono cuando tienes un orgasmo… sabes maravillosamente; pero sobre todo, amo lo que tienes aquí, en tu corazón y en tu alma. Y eso es suficiente y todo para mí.

¡Awwww! Una lágrima empezó a resbalarse por mi mejilla.

- ¡Te amo!

- No más que yo.

- ¡Te amo Edward Cullen! ¡Ven aquí!

Las reconciliaciones eran lo mejor del mundo… sí, y no importaba si era con chocolate, vino, uvas o crema batida. Aquí lo que realmente importaba era el condimento esencial para que una relación funcionara a pesar de todo: el amor. Edward y yo compartíamos tanto una química pasional explosiva como un pasado que nos había marcado la vida pero eso no sería motivo para que nuestra existencia y felicidad se viera limitada…

Para eso contábamos con el amor, ¿cierto?

Sí…

Esto era el comienzo de una aventura en la cual cada uno era y sería fundamental para el otro.

.

.

- ¡Vamos! Despierta dormilona.

¿Qué?

- ¡Mi niña bonita a levantarse! –Insistió-. Es hora de salir a correr.

¿A correr? Abrí un ojo.

- ¿A correr? –Le refuté somnolienta.

Pensé que no lo había tomado en serio.

- Sí. Tienes que hacer mucho ejercicio, Bella –me explicó.

Abrí el otro ojo y lo vi con claridad. Edward me miraba entusiasmadamente vestido con un conjunto Nike -pantalón, camiseta y chaleco- de color blanco y franjas aguamarinas que hacían resaltar sus ojos verdes y combinar perfectamente con su indomable cabello castaño. Hermoso y sexy. Apetecible… "¿en qué momento se trajo esta ropa a mi casa?" Ah sí… ayer, cuando yo andaba soñando en su cama de sábanas de quinientos hilos…

Lo que me hacía recordar algo.

- Ponte un pantalón y una casaca, algo simple. No iremos muy lejos.

- Edward me duele el cuerpo… –me quejé-, y tú sabes muy bien por qué.

- Claro que sé por qué –sonrió divertido y orgulloso. Anoche me despertó cada dos horas para volver a la marcha. Decirle que lo amaba por primera vez le había inyectado de una adrenalina abrasadora, incapaz de calmarla de un momento a otro con artífices comunes y aunque sentía a mi corazón saltar de felicidad por ello, yo no engañaba, no estaba acostumbrada al ejercicio y mis muslos los tenía doloridos. Correr no sería una buena opción-. Pero tengo que ir a hablar con Sam de negocios a las diez. Así que mueve ese lindo culito saltarín que tienes y ¡vámonos!

- Mi culo no salta -objeté.

- No lo has visto por detrás cuando caminas.

- Muy perspicaz.

Sentí que sonreía.

- ¿Nunca te has dado la vuelta para ver cómo se les cae baba a los hombres?

No le iba a decir que cuando salía con Leah y Alice para nuestra noche de cacería, nos vestíamos muy provocativas y los hombres se nos acercaban siempre para decirnos lo bien que estábamos, sino se moriría de celos. Aunque podría ponerlo celoso… a mí me encantaba y así me dejaría dormir un poco más, o quizá no…

- No lo he notado.

- Mejor –apuntó-. Se mueve arriba y abajo, como dos pelotas botando. Me gusta.

Edward tenía esa cara de "me está tentando la idea de volver a cogerte".

- No me vas a convencer diciéndome que tengo un lindo culo –puse los ojos en blanco-. Detesto correr Edward, para eso prefiero ir al gimnasio de Leah… Al menos ahí tendría un personal trainner con quien recrearía mi vista mientras hago ejercicio –bostecé y volteé mi cara hacia el otro lado para seguir soñando con chocolate... Mmmm… lamentablemente mi fantasía no duró mucho tiempo porque de la nada sentí una violenta ráfaga de aire pasmar mi piel con rudeza y una mancha blanca volar hacia el suelo… ¿Qué demonios? De pronto, y sin darme tregua, sentí una nalgada en mi trasero y en un abrir y cerrar de ojos me vi recostada contra el colchón, totalmente desnuda y con los brazos estirados hacia arriba, aprisionada bajo su cuerpo. Excitante y audaz, ese era mi hombre.

- Parece que no has aprendido la lección, Bella… Quizá quieres que vuelva a atarte…

Lo miré sugestivamente, sintiendo en mi interior una oleada de furor por sus palabras. Claro que quería estar atada nuevamente, claro que quería tener el control y someterlo a mi antojo y claro que quería demostrarle que conmigo tampoco se jugaba.

- ¿Te gusta la idea no? -Asentí y él sonrió perversamente-. Eso podría enseñarte a no insinuar que quieres a otro hombre.

- No dije eso.

- Sí, lo hiciste -me gruñó acusadoramente, awwww ahí estaba mi Edward, hermoso manipulador de sentimientos, todo enojado como un chiquito-. Eres mi mujer y lo que es mío es solo mío y de nadie más... Creí que ya lo sabías -añadió mientras se iba acercando poco a poco con la cabeza hasta mordisquearme con delicadeza los pezones.

- Lo sé... -aguanté la respiración-. Solo bromeaba.

- Una broma que le puede salir muy cara, señorita Swan -movió su cadera contra la mía-. Por supuesto que yo me llevaría la mejor parte... -jaló mi pezón y gemí-, me encanta cuando te corres. Toda húmeda, cálida, chorreante y riquísima.

- ¡Edward!

- Lo que quieres es provocarme, manipular mis sentimientos... Mala.

¿Yo? ¡El gran manipulador era él! ¡Con ese tierno pucherito se aprovechaba de mí! Sin embargo tenía aspecto de niño pequeño que despertaba mis instintos, quería cuidar de él, quería que cada uno de nosotros cuidara del otro.

- Debemos hacer ejercicio –dije firme, antes de que me tocara y minara mis defensas.

- ¿No comprendes verdad? No debes retarme porque siempre gano –murmuró apoyando el labio justo por debajo de mi oreja y fue bajando por el lateral, dejándome un reguero de pequeños besos en el cuello. Me retorcí. Tenía dos opciones: dejar que la pasión estuviera por encima del sentido común, cosa que desde el inicio de nuestra relación sucedía siempre, o hacer imperar la sensatez y la poca cordura que me quedaba sin importar el número de orgasmos que hubiera tenido.

Edward… orgasmo… chocolate…

¡Al diablo la sensatez!

Se acercó a mis labios y me besó apasionadamente, haciéndome sentir la química explosiva que existía entre los dos. Me inundó una ola de calor y aunque abrí la boca para decir "no" o algo que se le pareciera, solo escapó un gemido. Cuando volvió a montarse encima yo ya había ido demasiado lejos como para hacer otra cosa que cogerlo y prepararme para la cabalgata.

- Ahora sí vamos a correr –me dijo minutos después con gesto de gran satisfacción, dándome otra nalgada mientras me dirigía al baño.

- ¡Eso no ha sido justo! –Gruñí. Delicioso pero no justo-. ¡Ha sido un ataque vil!

Mientras se estaba riendo, cerré de un portazo.

Debería decir que no sabía cómo había caído nuevamente rendida a su magnetismo sensual; pero en realidad sí sabía, Edward había empezado a alimentarse de mis senos y yo había desfallecido. Se aprovechaba de mi sensibilidad.

¿Así que Edward se había encaprichado en correr? Pues veríamos quien reiría al final. En mi armario tenía bien escondido un conjunto deportivo muy bonito y sugestivo que solo usaba con Alice cuando íbamos de visita al gimnasio de Leah… Ustedes ya se imaginan por qué.

Sonreí.

Edward lo vería hoy… y veríamos quien era el vulnerable.

.

.

.•.•.•.

Salimos con dirección al parque -que se encontraba a unas seis cuadras- bajo un cielo grisáceo de ambiente otoñal y una ligera ventisca. Habían pronosticado lluvia para los próximos días y eso había influenciado para que todos se levantaran temprano y salieran de sus casas a hacer deporte antes de que la tormenta empezara. Yo me negaba a correr claro está, pero sentir ya la humedad y el olor a lluvia en la calle me animaron y me hicieron recordar que mi naturaleza estaba ahí. Había crecido en Forks bajo la lluvia, había visitado Roma en pleno otoño así que valía la pena ir a correr al parque y sufrir con el fin de transportarme hacia aquellos maravillosos días.

Lo del sacrificio contaba tomar en ayunas un vaso de zumo de naranja sin azúcar y comer un plátano. Según Edward, el plátano poseía una combinación de energía, minerales y vitaminas que ayudaría a nuestra actividad deportiva del día. Y bueno, con toda la actividad física que habíamos tenido en las últimas veinticuatro horas creo que me sentaría muy bien.

En el camino nos encontramos con personas de todo tipo, desde vendedores de periódicos preparando su puesto, policías de serenazgo, una pareja de ancianitos que caminaban despacito hasta un señor que paseaba a un perrito de mirada traviesa. El cachorro tenía un pelaje marrón con pequeñas manchas negras y unos ojitos negros que, puedo jurarlo, me insinuaban a que lo cargara y cuidara. Me fundí como hielo al sol y Edward se dio cuenta porque casi me fui encima de los viejitos para arrebatárselo al hombre.

- No me culpes, pero siempre he querido tener un perrito como mascota –le expliqué encogiéndome de hombros-. Cuando veo un cachorrito así, simplemente me derrito.

- ¿Por qué no lo tuviste? Tenías una casa grande –recalcó.

- No creas que todo fue color de rosa en mi casa ni mis padres eran los reyes de Inglaterra que me permitieran hacer lo que quisiera. Mi mamá nunca me dejó tener uno a pesar que yo moría por una cachorrita blanca.

- ¿Blanca? –Preguntó con interés-. Yo tuve una Golden retriever blanca, ¿recuerdas que te conté? –Me dijo con un dejo de nostalgia.

- Sí, vi la foto en Capri… quien como tú –suspiré y preferí desviar mi mirada hacia otras parejas deportistas que corrían con sus audífonos puestos.

- ¿Por qué no quiso?

- No lo sé. Creo que pensaba que no podía cuidarlo –rodé los ojos-. De todos modos, en cada uno de mis cumpleaños hasta que cumplí los trece pedía un perrito o dos pero de esos pequeñitos nomás. Rachel y Jenny tenían cuatro cachorros labrador de color negro y siempre que iba a visitarlas a la Push, los veía juguetear entre ellos bajo la atenta mirada de su mamá. ¡Si los vieras te mueres! Eran tan tiernos, dulces y me daban una miradita que me compraban inmediatamente.

- Me imagino. Mi Golden era muy tranquila pero le encantaba perseguirse la cola... cosa que aun no comprendo… –me contó mirando al cielo-. ¿Sabes? Yo soy de la idea que todos los niños deben de tener mascotas, así podrían desarrollar el sentido de solidaridad, independencia y responsabilidad desde muy temprana edad. Así mismo, cuando interactúan, pueden potenciar su capacidad de lenguaje no verbal y eso es muy bueno –le di la razón de inmediato, nuestro hijo tendría un cachorro, ¡estaba dicho!

"Nuestro hijo…" Ohhh.

- Bella, ya que nosotros vamos a… Bueno, digámoslo así mejor… -hizo una pausa que me puso inquieta, se aclaró la garganta-: ¿No te gustaría tener un cachorro? Podríamos comprar uno en cuanto se termine el problema del juicio, ¿qué dices?

¿Ah?

- ¡¿Qué?! –Pegué un grito-. ¿¡Lo dices en serio?!

- Muy en serio –y yo empecé a brincar de alegría como chiquita, bueno literalmente, pero lo que sí hice fue abrazarlo y llenarlo de besos por todo su rostro.

Y así, seguimos conversando sobre los labradores de Rachel y la posible raza que escogeríamos para nuestro primer bebé. Yo quería algo pequeño y bonito y de color blanco mientras que Edward me insinuaba -nada discreto- que una Golden retriever hembra sería lo ideal. Cuando llegamos a la esquina del parque me quedé sorprendida. Lo tenía a tan pocas cuadras y nunca me había detenido a observarlo. Era inmenso con dos hileras de árboles a los costados de cada acera lo que lo hacía ver como una alameda muy bonita y vistosa. Tenía el piso adoquinado, unas bancas de madera y fierro de dibujos caprichosos y al centro una gran estatua de mármol que le daba cierto prestigio por ser de Roosevelt. Nada que envidiar al Central Park de Friends.

- Lindo parque.

Bueno, llegó la hora de empezar la venganza.

Esperé a que Edward se comportara como personal trainner y me hiciera hacer elongaciones de piernas y brazos -y todo tipo de calentamiento para predisponer los músculos al ejercicio-, y…

- ¡El que llega último es una rana! –Y salí corriendo desesperada.

- ¡Bella! –Lo escuché gritar aturdido pero no me detuve a mirarlo. Corrí con toda la fuerza posible hasta llegar al otro extremo del parque. De algo me caracterizaba: era muy competitiva y aunque Edward fuera mi novio, yo quería ganar y demostrarle a la vez que no era de cristal. Creo que este complejo provenía de lo independiente que había sido desde que perdí a Renée y tuve que cuidar de Charlie y claro, del terror que tenía ante la idea de mostrarme débil y vulnerable frente a los hombres, ¿para qué darles el poder sobre ti? Bueno, pero eso ya no estaba dentro del radar de la nueva Bella.

Cuando llegué a mi meta, volteé y vi a Edward correr muy despacio ya que tenía que agarrarse el yeso. Oh, pobre niño del brazo enyesado. Ante mi inminente triunfo empecé a dar saltitos sobre mi sitio al estilo Jenny. Por poco y bailaba el meneíto.

- ¡Hey eso es trampa Bella! ¡Corriste antes de tiempo! –Se quejó como un niño malcriado cuando se paró frente a mí-. No es justo –dejé de bailar ante lo adorable que se veía; y las pequeñas gotitas de sudor solo hacían que su sex appeal aumentara y lo hiciera ver provocativamente sexy. Aquel conjunto Nike le quedaba perfecto.

- ¿Y quién dijo que sería justo? –Arqueé una ceja, recordándole sutilmente sus palabras de anoche.

- Oh señorita Swan, es usted una tramposa.

- He aprendido del mejor –sonreí y lo cogí de su chaleco para acercármelo a los labios y depositar un suave beso en ellos.

- Pero quiero la revancha –objetó con puchero.

- Ok –pero primero sería la hora de mi revancha.

Una venganza estilo Isabella Swan. Ayer fue la reconciliación y la recompensa…

Bajo su abrasador contacto, logré bajarme el cierre de la casaca y proseguí a quitármela despacio, regocijándome de las expresiones de Edward que iban primero desde la sorpresa a la lujuria y finalmente al fastidio; el cual predominó en un cien por ciento. Apretó los puños con mucha fuerza. Sus ojos estaban desorbitados ante lo que tenía al frente: su mujer toda provocativa con un mini-top azulino y un legging del mismo color que se ceñía cruelmente a sus piernas. Femme fatale.

- ¿Hacemos una carrera? -Dije trotando.

- ¿Tenías puesto eso? –Hizo énfasis en la última palabra. Asentí y se descontroló aun más cuando una ráfaga de viento chocó contra mi piel desnuda, produciéndome un ligero escalofrío y haciendo que mis pezones se endurecieran al instante, traspasando la tela de algodón. No era mi culpa que estos mini tops se usaran sin sostén, pensé toda inocente-. ¡Oh por favor Isabella! ¡Cúbrete!

Mi chico celoso.

- Tengo calor –dije aparentando ingenuidad.

Mis pezones se irguieron aun más. Tenía la piel de gallina.

¿Así que querías salir a correr, no? ¡Toma esa!

- ¿Qué pretendes Isabella? ¿Qué te coja aquí mismo?

- Ohhh…

- Ya veo -dijo con suficiencia-. Sé que te gustaría hacerlo aquí… -aseguró, acercándose y mirando alrededor, había a nuestra izquierda una banqueta cubierta con arbustos grandes y frondosos, perfecta para lo que él insinuaba-. Yo no tengo ningún inconveniente. Solo basta que los toque o te los chupe –señaló mis pezones-, y caes rendida.

Lo miré perspicaz.

- ¿Desde cuándo lo sabes? –Me puso una mano grande y cálida en la nuca y me abrazó sutilmente para cubrirme con su cuerpo.

- Cariño, lo sé desde la primera vez. Solo tuve que prestar atención. Si te besaba el cuello apenas te dabas cuenta pero si te acariciaba los pezones así –los jaló sobre la tela, ¡Awwww!-, o mejor aún, si te los mordía simplemente perdías la noción y estabas a punto de correrte… y a mí me encanta poseerte mientras me divierto con ellos.

Esbozó una media sonrisa caprichosa y triunfadora.

Hiperventilando…

- ¡Eres un malvado! –Exclamé a pesar de haber sufrido un orgasmo mental a causa de la forma sensual con la que habló.

- No tanto como tú. Me estás provocando y de la peor manera… -volvió a acariciar mis pezones-. Te aprovechas de la debilidad que tengo por esos dos… ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Llevarte a casa y hacerte el amor o reclamar mi revancha?

Sería tonta si escogiera la segunda opción pero debía mantenerme firme pues ya había demostrado tener un lamentable descontrol de mi misma cuando se trataba de él.

- Tú querías revancha y eso tendrás. ¡Ahora mantén las manos y la boca lejos de mis pechos! –Le dije y me solté para lanzarle una mirada retadora.

- Podría ser -dijo él ahogando una risilla.

Torcí el gesto.

- A la una… a las dos y… -salí despavorida-, ¡Tres!

- ¡Bella!

Volví a correr hacia el otro extremo del parque sin darle tregua y preparando mentalmente el baile del meneíto; sin embargo, acercándome a la esquina, me tropecé con un adoquín fuera de sitio y casi me fui de bruces sobre otra pareja. Eso le dio ventaja y cuando menos lo esperaba, ya tenía a Edward rodeándome la cintura con un solo brazo y alzándome en el aire.

- ¡Tramposa!

Ok. Sí, pero de todas maneras le enseñé quien era la que mandaba.

- ¡No! ¡Cosquillas no! –Grité sin poder aguantar la risa al tanto Edward se aprovechaba de mí y me atacaba desde atrás con cosquillas por todo mi estómago.

- Ahora sí tendré que castigarte, Bella –más cosquillas y risas.

- ¡Ya suéltame! –Me carcajeé.

- No… - se detuvo, me acercó a él y me besó en la oreja-. Esa malla es demasiado estrecha. Todos te vieron correr con ese hermoso culito saltarín que tienes y no lo niegues porque desde atrás lo vi rebotar.

- ¡Edward! –y ya comenzaba a hacerme más cosquillas cuando…

- Míralos John. ¡Qué linda pareja hacen! Así éramos nosotros a su edad - escuchamos decir a la ancianita que habíamos visto anteriormente. A su lado caminaba su esposo con bastón. Antes no lo había notado.

- Sí mujer... Pero tus pechos eran más grandes -abrí los ojos y Edward disimuló su risa-. No necesitabas relleno ni nada de esas cosas que ahora usan las niñas.

- ¡John! ¿Cómo dices esas cosas? –La ancianita nos sonrió apenada para luego seguir caminando muy despacito.

Estallamos en risas, sin poder creer lo que acabábamos de escuchar. En un momento me sensibilicé y morí de ternura al escucharlos hablar despacito, todos canositos, caminando lentamente pero con la misma solidez de su relación de antaño.

¿Llegaríamos Edward y yo a caminar por el parque todos arrugaditos y viejitos? ¿Nuestra relación sería así, con un para siempre?

Esperaba que sí. Existía algo en la atmósfera, en su mirada o en su risa que me decía que no dudara de ello porque si el destino nos había unido de una manera peculiar, sería por una buena razón. No solo para compenetrarnos y sanar mutuamente nuestros corazones, sino para descubrir lo maravilloso del amor. Volvía a preguntarme ante la mirada extasiada de él: ¿podríamos ser Edward y Bella para siempre?

Sí. Creo que sí porque de las decisiones ciertas o inciertas que hemos tomado en el pasado; de las tristezas, alegrías y obstáculos del presente, estábamos construyendo una maravillosa relación. Era cierto entonces que gracias a las malas y buenas decisiones nacían las mejores historias de la vida...

"Tú has llegado a encender
Cada parte de mi alma
Cada espacio de mi serYa no tengo corazón
Ni ojos para nadie
Solo para ti"
(Camila)
.

.

Era una buena cosa que yo tuviera la esperanza de que Edward diera por terminado nuestro entrenamiento del día, porque eso fue exactamente lo que hizo. Después de dar siete vueltas al parque -caminando-, Edward se fijó en la hora y se dio cuenta que faltaba poco para las nueve y que iba tarde para su platica con Sam, el contable. Cuando llegamos a mi piso se fue derechito a la ducha y yo a poner la ropa sucia en la lavadora. Como hoy me quedaría en casa, trataría de hacer todas las labores del hogar, entre ellas cocinarle su plato favorito. Sí, sé que se sorprenden ya que mis ineptas habilidades hacia esas tareas son efectivamente ineptas pero ahora tenían al frente a la nueva Isabella, enamorada, sensible y a punto de ser ama de casa para su hombre, solo para él.

¡Wow! ¡Qué tal cambio! Mi corazón pedía aplausos. Ya no quería huir, aunque en realidad nunca huyó, siempre estuvo ahí escondido, a la espera de un gran amor... el único obstáculo había sido yo misma con mis tontas convicciones.

Sacudí mi cabeza. Ya no quería pensar en el pasado.

Dejé la ropa de color programada en la lavadora y sin perder tiempo me dirigí a la cocina para preparar el desayuno. Correr había activado células y endorfinas en mi cuerpo que habían permanecido dormidas y ahora me tenían con las "pilas bien puestas". Decidí hacer sándwiches de pollo, queso y durazno. Los triples me salían muy bien -sobre todo los de atún- y tenía que alimentar a mi hombre antes de su cita de negocios...

Lo que me hizo recordar y rebobinar la idea cruel que tenía Edward de vender su departamento. ¡Todavía lo no podía creer! Menos que empezara a buscar uno más grande para que yo lo decorara a mi gusto… ¡Ohhh! Me detuve en seco.

Y el carrusel de recuerdos volvió…

"Necesitaremos algo más cómodo y que esté ubicado en los pisos más bajos"
"Con vista al lago si así lo deseas"
"¿No te gustaría decorarlo a tu gusto? Podríamos conseguir muebles exclusivos de Le Corbusier."

¡Y compraríamos un perro!

Ayer estaba tan aturdida que no había entendido bien su juego de palabras. ¡Dios santo! Eso solo significaba una cosa: su propuesta de vivir juntos seguía en pie... ¡Madre mía! ¿Nos mudaríamos juntos? Sí, respondí mentalmente y luego reí: ¡Viviría con Edward!

¿Quien lo creería?

- ¿Qué puedo hacer para ayudarte, mi amor? –Me abrazó por detrás y su aroma fresco y varonil me sobresaltó.

- Edward, tienes que dejar de hacer eso.

- ¿Qué?

- Atacarme por la espalda.

- Solo te abrazo como los pingüinos.

Me hizo reír. Volteé.

- Señor Cullen, es usted un pingüino muy guapo –dibujó una sonrisa ladina-… y elegante -añadí al ver el atuendo de empresario que llevaba colgando en el brazo sano.

- Gracias mamá pingüino -y ahí si que reí con fuerza.

- Te amo -que bien se sentía decir "te amo" a la persona que realmente te amaba.

- Y yo a ti -besito en los labios-, como los pingüinos –otro besito-. Vamos, ¿dime en que puedo ayudarte?

- Con ese brazo, no gran cosa.

Se le iluminó el rostro con suficiencia. El muy malvado sabía de lo que era capaz en la cocina y... en la cama.

Se paró junto a mí, dejando en la silla su saco gris oscuro y corbata borgoña y antes de empezar me dio un besito tierno en la frente. Le sonreí y continúe con mi labor de hacer triples. De tanto en tanto lo miraba de reojo. Edward desnudo de la cintura para arriba, era una distracción infernal. Cuando se volteó hacia el refrigerador para sacar huevos, me quedé mirando su espalda fibrosa y sus brazos musculosos, la profunda marca de la columna y la ligera hendidura en ambos lados, justo por encima de la cintura de sus pantalones de lino… que anhelaba volver a sacar para degustar con chocolate…

El corazón volvió a darme un vuelco.

Isabella enamorada hasta los huesos.

- Después de hablar con Sam –me dijo mientras ponía el tocino a calentar en el microondas y yo cortaba el durazno almíbar en trozos pequeños-, poco más de las doce, iré a comprar un tensiómetro. Tu doctor favorito –añadió con sorna- me dio la dirección de un local que se dedica exclusivamente a vender esos aparatos.

- No me digas que sigues celoso de él.

- Sí.

- ¡Pero su trabajo es ponerme el estetoscopio en las tetas Edward!

Me miró ceñudo, luego bajó a mis senos y los contempló. Era el primer chico que conocía que tenia una extraña fijación por los pechos. Y me gustaba.

- Quizá, ¡pero no tenía ninguna necesidad de pretender hacer mi labor de novio mientras estuve en peligro! Se quiso aprovechar de lo vulnerable que estabas.

- Pero...

- Lo sé porque cuando hablamos a solas, noté el brillo ese que tienen los hombres que te conocen cuando quedan idiotizados...

- Él no está idiotizado, Edward. Solo que mi caso es muy peculiar y nunca lo había visto antes.

- Sí, claro –rodó los ojos–. Eso lo creeré cuando los cerdos vuelen.

- Edward -le reprendí enfurruñada-. Sabes muy bien la función de un doctor y lo profesionales que son aquí.

Dejó caer los hombros.

- Lo que pasa es que, sea cual sea el razonamiento, yo seguiré pensando mal de ese doctor. Soy celoso y tú deberías respetar eso -se enfadó. Con el ceño fruncido, se irguió para servirnos más café.

Entrar en razón con él era en vano. Lo conocía. ¿Para qué ir contra la corriente? Edward sabía que lo amaba y que no quería a otro hombre en mi vida, pero esa había sido su naturaleza desde muy pequeño y yo no podía hacer otra cosa que brindarle siempre confianza y cariño, lo que nunca tuvo. Aquella era su herida abierta y yo quería sanarla. Además, una buena dosis de celos siempre sube la autoestima a cualquier chica, ¿o no?

- Bueno, pero entonces, aparte de ser mi pingüino emperador, serás mi doctor personal y me cuidarás.

Ahí sí sonrió radiante.

- Lo que tú quieras.

Terminé de decorar los sándwiches al tiempo que el olor del café me incitaba a girar hacia la mesa del desayuno. Al cabo de nada, mi novio había preparado huevo revuelto y tocino, además de dos sendas tazas de café bien cargado. Luego abrió el frasco de pastillas y dejó dos cápsulas junto a mí con un vaso con agua. No me perdió de vista hasta que no me las había tomado.

¡Mi chico rebelde era también un excelente doctor! Me cuidaba de las mil maravillas.

Observé hacia aquel pequeño rincón en donde él se encontraba sentado esperándome para desayunar y me detuve a pensar en los grandes cambios que había sufrido en mi vida. Primero, ya no tenía miedo de vivir en pareja; segundo, ya no sentía pánico al decirle "te amo"; tercero, me invadían sensaciones diferentes y nuevas, haciéndome sentir por primera vez amada y completa.

Para entrar al cielo no es preciso morir si tienes amor. Cierto.

Pero aun faltaba dos cosas: Charlie y Jessica.

- ¿Qué sucede, Bella? He notado un cambio en tus facciones –me dijo cogiendo uno de los triples que había hecho, después de beber un sorbo de café.

Lo miré por un largo rato con cierta tristeza. No era nada halagador recordar que Charlie estaba postrado en una cama y yo sin poder viajar y estar con él. Me sentí impotente otra vez.

- No lo sé… acabo de recordar a mi papá. Si te soy sincera, no creo que pueda recuperar la casa. He perdido mi trabajo, estoy a punto de ser enjuiciada y mis ahorros no me alcanzan para más. No podré cumplir la promesa que le hice... –suspiré-. Tampoco sabré como decírselo, ya de por sí está enfermo; con la noticia que le daré, temo que sufra de un infarto fulminante.

- No te pongas así mi amor para todo hay solución menos para la muerte -en sus ojos divisé nostalgia y preocupación. Me levantó de la silla, se sentó él y me depositó sobre sus rodillas-. Justamente hoy hablaré con Sam para ver si es posible hacer una contraoferta al banco, abalado por la empresa, claro.

- ¿Es eso posible?

- Supongo, no lo sé. Prometí ayudarte y lo iniciaré hoy mismo, sin perder tiempo.

- Muchas gracias Edward –él era lo bastante alto para que nuestras caras quedaran a la misma altura. Me dio un beso. Sentir su brazo alrededor de mi cintura era muy agradable. Bebí un sorbo de mi café sin azúcar y volví a expresarme-: ¿Sabes? Me resulta difícil digerir el hecho de que alguien en quien yo confiaba plenamente me haya traicionado de tal manera e incluso haya intentado matarme. Es imposible. Cosas como esa sencillamente no suceden. Yo vivía una vida tranquila y agradable y en unos pocos días todo se ha vuelto patas arriba... Quiero recuperar mi vida tranquila y agradable. Quiero cerrar los ojos y despertarme un mes después, sabiendo que todo se solucionó... Solo quiero eso.

- Y eso haré. Jasper y yo nos ocuparemos de echarles el guante a todos esos.

- Hoy en la noche quiero hablar con él. Quiero estar lo más involucrada posible en los alegatos para mi contrademanda; es más, si el contable te dice que es imposible hacer algo y que perderé mi casa de Forks, con el dolor de mi corazón tendré que asumir las consecuencias, pero quiero la verdad Edward –se puso dubitativo-. Y no quiero excusas como que estoy débil o enferma o cualquier otra cosa porque ya te demostré lo contrario –apunté en su pecho con mi dedo, él no me dijo nada, solo asintió y volvió a besarme en la comisura de los labios.

Me abrazó con más fuerza y yo me cobijé en su pecho para sentirme protegida.

Una enfermedad no podría derrumbarme, menos si de ello dependía la felicidad de mi padre.

- ¿Hola? –Acurrucada sobre sus rodillas, escuché una vocecita melodiosa desde la salita-. ¿Bella? Por favor si están desnudos y haciendo cochinadas en la cocina hablen ahora o callen para siempre.

Era Alice que había entrado a mi piso con el duplicado de la llave. Leah tenía otra igual por si fuese necesario.

- ¿Ya puedo abrir los ojos?

- Pasa Ali. Todo está bien –me sequé una lagrimilla. Cuando entró, su carita de duende retraído cambió y nos miró con dulzura. Éramos dos pingüinos abrazados.

- Eres una exagerada, ¿lo sabías?

- Conociéndolos, mi exageración es a su descontrol como la cantidad de esculturas que tengo en mi casa y las que hay en el Museo de Arte Contemporáneo. Ó sea casi nula.

- Busca otro pretexto –le dijo Edward.

Al tanto que discutían, me dispuse a servir otra taza de café caliente con dos cucharadas de azúcar para ella. Sirvió mi atención porque cuando la vi, ya tenía las dos manos bien puestas en su cintura y miraba a mi novio con cara de pocos amigos.

- Igual, me parece muy arriesgado, Alice –le dijo él.

- ¿Arriesgado? –Chilló-. ¡Desde que Bella está contigo, no he podido estar a solas con ella como Dios manda! O la tenías en el mar, en el cielo o en Forks, pero nunca aquí. ¿Sabes que ha faltado cuatro veces a nuestras reuniones sagradas de los sábados? –Él no se inmuto lo que provocó más su enojo-. Lo que pasa es que tú quieres acaparar todo como siempre. Pero hoy me la llevo. Sí señor. Alístate Bella, ¡vamos a salir con Leah!

.

.

.

- Iremos a un lugar nuevo. ¡Les encantará!

- Eso dijo la última vez –Leah me susurró al oído-, ¿y te acuerdas a dónde nos llevó?

- Sí. Al "Red lounge" –las dos torcimos los labios recordando aquel temible lugar.

Pero Alice ni se inmutó; siguió manejando con mirada al frente hacia una de las zonas más comerciales de Chicago. Leah había aceptado porque tenía el día libre en el gimnasio y Seth seguía en la escuela hasta las cuatro. Yo estuve a punto de quedarme en casa, pero logró convencerme. En cuanto se refería a Alice Brandon Cullen, decirle "no" siempre había sido una tarea difícil. Tenía una forma especial de persuadir y endulzar con sus encantos que caía a sus pies hasta el más déspota. O díganmelo a mí que tuve que soportar a un novio suyo que era de lo mas frio y cínico con todas nosotras pero cuando se trataba de dar una buena imagen frente a ella para congraciarse, lo hacía. Ya saben lo típico hasta que un día la careta se le cayó, se hartó de su optimismo y su premura en la relación y la abandonó sin más, dejándola sumida en la depresión. El maldito cabrón solo la había soportado por su dinero. Con casos como estos, y no es que quiera justificar a la antigua Isabella, pero ¿quien querría enamorarse? ¿Por qué uno debería confiar en un hombre?

Felizmente, Edward nos demostró lo honesto y fiel que es.

Salir de mi piso tampoco fue una tarea fácil. Cuando Edward se marchó, Alice siguió y siguió insistiéndome para salir y por más que le expliqué que me encontraba anímicamente mal e inestable por la angustia que sentí al recordar a Charlie enfermo, no le valió: "estoy segura que encontraran una salida para todo esto. Anímate Bella. Confía en Edward." Claro que confiaba pero él no era Dios que todo lo podía y siempre, pero siempre suceden en esta vida, cosas impredecibles, incapaces de resolver.

Edward por su parte se mostró muy reacio con nuestra salida femenina y mientras Alice se acababa los sándwiches de pollo y durazno, él no dejaba de quejarse en la habitación al tanto que le ayudaba a vestirse. Le hice el nudo de la corbata muy prolijamente tal como se lo hacía a Charlie y le acomodé el cuello de la camisa. A mi novio le encantó el detalle pero no le cambió la cara. "No me gusta que te lleven sabrá Dios a dónde. Prométeme que si te sientes mal o estás cansada me vas a llamar de inmediato para ir a recogerte", me dijo en la puerta al despedirse con un beso. No podía llamarlo exagerado por cuidarme pero lo que realmente había estado impidiendo que me moviera había sido la angustia que empecé a sentir por la respuesta que Sam daría sobre la casa de mi papá. Manejaba un presentimiento muy alto de que hoy sería un día decisivo para mi futuro y presentía que si me movía de la casa, sucedería algo.

Sin embargo, todo fue en vano. Alice logró convencerme con la idea de que necesitaba aire fresco porque si me ponía en plan psicótico no llegaría a nada bueno más que alterar mi sistema nervioso y por tanto aumentar mi presión arterial. Maldita hipertensión.

Alice, a su fiel estilo, manejó su Audi rojo durante veinte minutos sin dejar de hablar. El descapotable iba contra el viento y atravesó con rapidez los barrios polacos y alemanes del centro hasta llegar al Green Town, una especie de vecindario de cultura peculiar y poseedor de muchos comercios importantes, sobre todo étnicos. A pesar de que esta zona comercial de Chicago era muy concurrida, nunca había estado en ella y para mí era una grata sorpresa estar ahí. Nos llevó hasta el final de la avenida principal y dobló unos trescientos metros a la izquierda hasta ubicarse frente a unas pequeñas galerías fotográficas. A su alrededor existía -y a lo largo de las dos calles-, un sinfín de tiendas y galpones con fachadas multicolores y letreros encantadores que te invitaban a echar un vistazo. Wow, no era por exagerar pero ¡teníamos delante de nosotros a la mayor exposición artística de Chicago! Mobiliario antiguo confundido entre lo moderno; obras de arte en óleos y acuarelas; esculturas de yeso, mármol y arcilla; y cientos de fotografías en blanco y negro y a color que retrataban el paso del tiempo y la naturaleza.

Algo muy similar al paraíso de Bernardi.

- ¿Cómo conseguiste este lugar?

- Tengo mis contactos, ¿no es maravilloso?

- ¡Es estupendo Ali! –Exclamé entusiasmada, admirando los muebles de la primera galería que habíamos entrado-. Creo que aquí podría encontrar todo lo que necesito para decorar el nuevo departamento de Edward.

Leah tosió con disimulo. Vi una multitud de expresiones, curiosidad, diversión y morboso interés.

- ¿Nuevo? Mmmm… Entonces es cierto lo que dicen por ahí.

- ¿Qué cosa? –Quise saber. Al fondo del local, un juego de muebles al estilo Frank Lloyd Wright me miraban con encanto. Eran blancos y quedarían perfectos en la salita del nuevo depa sobre una alfombra oscura y con un color rojo pasión de fondo.

- Bueno, ya sabes… Oí que te irás a vivir con Edward –añadió Alice, logrando que Leah transformara la tos en algo más grave y las vendedoras voltearan a mirarnos asustadas.

No había recordado lo susceptible que era Leah con este tema.

Tome impulso y lo solté:

- Sí, Ali. Es cierto.

- ¡Lo sabía! –Dio brinquitos-. Sabía que terminarían comprometidos. Ahora cuéntamelo todo y exagera -me miró con ojitos vidriosos.

Tras las miradas divertidas de Alice, les conté al detalle todo lo que habíamos conversado en las últimas cuarenta y ocho horas. Les pareció supertierno el detalle de la elefantita Rosie –sí, porque así la habíamos llamado- y el hecho que me cuidara de las mil maravillas, haciéndome jugo de naranja en ayunas, cocinándome huevos revueltos, obligándome a hacer ejercicio y dándome mis pastillas a la hora. Todo un profesional de la salud. Doctor sexy.

- Ya habíamos acordado vivir juntos desde nuestro viaje a Italia, solo que las circunstancias nos hicieron retrasar nuestro plan.

- No lo puedo creer. ¡Serás toda una señora!

Rodé los ojos.

- ¡Carajo! –Gritó Leah con su peculiaridad-. Tú, Isabella Swan, ¿te irás a vivir con un hombre? ¿En qué mundo estoy? No pensé vivir tanto para ver eso.

- Chicas, ¡ya! Tranquilas, no es el fin del mundo, ¿o sí?

- Oh, claro que no. Es mucho mejor que eso –Alice respondió de inmediato, pidiendo con su mirada de corderito, más información; lo cual logré satisfacer. Leah tuvo que salir de la tienda para atender una llamada por celular y cuando regresó la noté incómoda. No quise entrar en detalles, ni Alice tampoco. Ella merecía su espacio y nosotras, como sus amigas, no podíamos exigirle que nos contara sus secretos, solamente cuando ella lo decidiera, estaríamos para apoyarla siempre.

- Y lo mejor de todo es que… ¡adoptaremos un cachorro! ¿Lo puedes creer? Edward está cumpliendo cada uno de mis sueños y fantasías de niña.

- ¿Qué puedo decirte que no sepas ya? Mi primo es lo máximo –se hinchó de orgullo-. Bueno, por algo tenía que ser el primo de Alice Brandon, ¿no?

Le arrancamos una sonrisa hasta a la dueña del local con nuestras ocurrencias quien además nos miraba expectante, a la espera que eligiéramos lo que queríamos llevar. Los precios eran cómodos pero no tenía lo suficiente para comprar aquí. Tendría que volver otro día, es más podría regresar con Edward después de solucionado el juicio y la hipoteca.

- ¿Comprarás algo?

- Sí. Necesito con urgencia una mesa de centro de caoba para mi abuelita. Anda con la moda anti vanguardista y no me dejará tranquila hasta que no le consiga un mueble de estilo Luis XVI o XIV (*) –Alice se encogió de hombros-, y lo peor del caso es que no combinará con nada que tenga en mi sala.

Leah protestó:

- Siempre te he dicho que me hables en idioma de humanos –Alice la miró adormecida.

- Explícale tú.

- Lo que Alice quiere decir es que toda su casa está decorada con estilo vanguardista, lo que supone modernidad, tecnología y espacios grandes como habrás podido ver -Leah me puso cara de "no te hagas la arquitecta ahora", entonces proseguí-: y su abuelita está contra eso porque ahora quiere mobiliario antiguo de los años 1800, que obviamente no combina con nada.

- ¡Sí eso mismo! No debí dejar que viera "The Tudors" -hizo un pucherito y siguió buscando.

Al cabo de un rato, nos despedimos y nos dirigimos a las galerías fotográficas. Alice se compró dos fotos de una fantástica New York de noche para su atelier mientras que Leah prefirió los retratos de animales para Seth, yo solo compré un mosaico blanco y negro de Andy Warhol (*). A ellas les encantaba estar entre tanta foto pero a mí no me llamaba mucho la atención. En cambio cuando entramos a una de las exposiciones de pinturas, ahí sí caí eternamente enamorada de la preciosidad, asimetría y buen gusto de matices que tenían los cuadros.

- ¡Qué hermosos paisajes!

Había de todo tipo y con mucha diversidad de motivos y escenarios; algunos de pinceladas cortas como los retratos de animales y bodegones realistas; así como otras llenas de árboles y caminos repletos de hojas verdes con texturas creíbles y perspectivas adecuadas; lo que transformaba al pintor en un verdadero artista.

- A mi parecer, quedarían perfectos en la sala. La imagen del cielo azul y el águila, volando hacia él, da una sensación de amplitud que no tienes idea. Harás que la sala se vea más grande y te transmitirá momentos de paz y abandono total -me sugirió Alice como experta decoradora que era.

- Edward me dijo que podría encargarme de la decoración pero tampoco quiero exagerar en gastos... pero… ¡estas pinturas están bellísimas!

- A él no le importará eso con tal que estés feliz -aunque yo sabía que era verdad, no quería parecer aprovechadora ni derrochar el dinero, mas aun si él estaba haciendo lo posible para solucionar mis problemas.

Seguí recorriendo la galería con Leah mientras que Alice hablaba sobre cotizaciones con una de las vendedoras que tenía muy buen aspecto y parecía estar muy a la moda al igual que mi amiga: cabello negro y sedoso, vestido entallado verde pino y pantys largas de color ceniza, las dos manejaban tacos muy altos. Todo iba bien, pero de pronto sentí una punzada en la barriga y la extraña sensación que estaba siendo vigilada. ¿Sería mi imaginación?

- ¡Bells! –Irrumpió Alice casi danzando por el gran salón-. Dice la señorita Tanner que podrías solicitar una cita con la pintora y sugerirle las medidas que requieras para instalar un cuadro suyo en tu sala.

- Eso sería perfecto... -dije tímidamente al recordar que Edward debía aprobar primero el presupuesto. Si los cuadros de treinta y nueve pulgadas me parecían absurdamente caros, ¿qué seria un cuadro que abarcara toda la pared?-. Hablaré con mi novio señorita Tanner...

- Llámeme Bree.

- Listo. Y dime Bree, ¿a quién pertenecen estas maravillosas obras?

- Tenemos variedad de autores, pero los retratos que se encuentran en la zona que a usted le ha gustado son de Caroline y los paisajes de Rose Esmerald... Son hermanas -nos contó, sacando tres folletos que hablaban de exposiciones del año pasado, en ellos aparecían dos mujeres muy guapas de ojos claros y que no pasaban de los treinta y cinco años, promedio. Me fijé en Caroline por sus ojos risueños y leí su pequeña biografía en la que reflejaba un perfil autónomo de mujer. Ahora daba la razón a Alice cuando me decía que trabajar de manera independiente era lo mejor-. La próxima semana Rose estará por aquí, en Chicago. Radica en Phoenix, pero viene siempre a fin de mes para realizar el inventario de esta galería y otras sucursales. Le enviaré un correo confirmándole la reunión.

- Es fantástico Bella. Ahí podrás conversar con ella y ¡le pedirás el cuadro que quieras!

Volví a sonreír tímidamente. Siete días de plazo era muy poco para pensar en comprar cuadros para el nuevo depa si aun no teníamos solucionado el juicio. Parecería una frívola.

- Volveré entonces.

Nos montamos en el Audi y terminamos almorzando en el Friday's de la calle Erie, en pleno centro de Chicago. Tuvimos suerte de encontrar una mesa con una espectacular vista a la calle, a los shopping centers verticales, donde la gente no dejaba de transitar. Todas pedimos quesadillas rellenas de tomate en trozos, tocino ahumado y pequeños medallones de pavo… Mmmm todo derretido con queso cheddar y mozzarella. Delicioso. Y para tomar, unos daiquiris de durazno.

Conversamos, nos reímos y disfrutamos el momento. Hacía mucho tiempo que no salía con mis amigas y aunque no pareciera las había extrañado. Así mismo, su compañía y su buen humor me daban energías suficientes para pensar que no todo estaba perdido. Como dijo Edward: había solución para todo menos para la muerte.

- No me terminaste de contar sobre Jasper –nos sorprendió Leah de improviso. Alice dejó de comer y adoptó una pose muy seria.

- Esperaba que estuviéramos las tres juntas para hacerlo. Sabes que Bella es un poco retardada en entender mis problemas, así que ¿para qué contárselo por separado?

- ¡Oye! ¡Pórtate bonito! –Reclamé.

Alice me sacó la lengua como niñita.

- Creo que necesitaré otro trago. Lo que les diré es muy delicado –bebió un sorbo largo de vodka-. Al inicio pensé que Jasper sería el hombre ideal, el señor perfecto que conocía siempre y que después de dos noches me dejaría sola. Pero no, fue lo contrario. Desde nuestra primera cita fue muy gentil y caballero ¡hasta me abrió la puerta del carro! Y no pretendió nada más que una próxima cita. No supe cómo debía de sentirme ni cómo actuar. No estaba acostumbrada a ese tipo de trato tan educado. Así que decidí ir despacio y ver hasta dónde estaba dispuesto a avanzar.

- Pero te lo tiraste en la segunda cita, ¿no?

- ¡Claro que no! ¿Qué me crees Bella? –Alzó la voz pretendiendo ofensa, Leah rio-. Solo nos besamos y fue tan dulce. Soñé con aquel beso por una semana hasta que volvimos a salir y desde ahí nunca más dejamos de vernos. Es como si estuviésemos unidos por una fuerza magnética… ah, no sé como explicarlo. Pero es muy intenso lo que sentimos y por ello soy capaz de aguantar a la antipática y egocéntrica de su hermana; sin embargo eso no lo sabe él y he hecho que Jasper me prometa que hablará con su familia para que respeten sus decisiones. Sobre todo Elisa que no deja de meter a Marianne, su ex enamorada por los ojos de mi hombre.

- Entonces, ¿regresaste con él?

- Sí y no. Sí porque lo amo y sé que cumplirá su promesa; y no porque primero tiene que demostrarme el esfuerzo que ha hecho para tenerme a su lado. No hay que ser fáciles y a la primera perdonar, sino se acostumbran mal y lo vuelven a hacer –explicó.

Muy buen punto señorita sabelotodo.

- ¿Y si lo que sienten es lujuria pero no amor? Podrías estar encaprichada por él…

- Puedes tener razón Bella, pero estoy segura que nos amamos; y si no fuese así, estamos muy cerca y confío, como en muchos casos, que la pasión se transforma en amor.

- La pasión no lo es todo Alice.

- ¿Perdón? –me reviró gritando-. Pero si Edward y tú se aman gracias a la lujuria que sintieron la primera vez que se vieron. ¿Por qué yo no podría hacer lo mismo?

- Ustedes empezaron diferente, Ali. Fueron poco a poco sin saltarse ningún paso no como yo que primero me acosté con Edward y luego empezamos a salir... A no ser que alguien -la miré- le hubiese dicho que yo era fácil.

Alice rio tímida.

- No, ¡aunch! ¡No! Yo solo le di luz verde para que te cortejara y empezaran desde cero... No niego que le di algunos tips y le comenté algo... –rodó los ojos-. Mmmm, bueno dejémoslo ahí. La cuestión aquí es que si tú dejaste que te cogiera antes de ir por un café, es culpa tuya. Yo sí tomé café antes.

- ¡Oye! ¡Eso dolió!

No me hizo caso y sorbió lo poco que le quedaba de alcohol.

- Alice debes reconsiderar tus palabras. Bella no es fácil solo es chica de cascos ligeros.

¡Ah no!

- ¿Tú también Leah? -Se encogió de hombros.

- ¿Y quién hablaba de pasión aquí? -Hizo una trompa con su boca y movió las cejas sugerentemente, aclamando triunfo.

Fue mi turno de sacarle la lengua.

Al rato ya nos habíamos comido otra ronda de quesadillas y daiquiris, los cuales, por su composición no contenían mucho alcohol, sin embargo hicieron que Leah mostrara de un momento a otro su lado más vulnerable y el que había guardado por mucho tiempo, bajando la mirada y manteniéndose callada. Era cuestión de tiempo.

Y así fue, a los pocos minutos nos estábamos carcajeando de las coqueterías de Alice cuando Leah reventó y casi en llanto empezó a soltar la lengua.

- Chicas, ya no puedo más.

- ¿Es sobre el padre de Seth? –Pregunté sin rodeos. Ella asintió.

- ¿Estás lista para contarnos todo?

Frente a la música que sonaba de fondo y la cálida iluminación del local, su silencio predominó con gravedad y se estancó como el sonido de una sólida navaja afilada.

Ella sabía lo que significaba la palabra "todo" dentro de su planificada vida como madre soltera, por eso el profundo silencio matizado de agonía que se cernía entre nosotras. Con la verdad, no solo Seth sufriría las consecuencias de la decisión que había tomado hacía siete años, sino también ella misma. Pero "todo" también tenía un doble significado dentro de su desgastado y silencioso espíritu romántico.

- Les diré la verdad –finalmente dijo-. Pero prométanme que no se lo contaran a nadie.

Sí, nos llegó a contar todo y como la promesa que le hicimos, guardaríamos su verdad. Solo ella tenía el derecho de contarlo a no ser que los imprevistos de la vida aparecieran, obligándonos a actuar y desempolvar hasta los más profundos secretos.

.

.


Alice nos dejó en el depa poco más de las cuatro, tiempo más que suficiente para arreglarme y ponerme linda para la cena de Jasper. Iría nuevamente a Il Valentino y tenía que estar a la altura.

Mientras más me acercaba a mi casa, los nervios me apremiaban. Suponía que el alcohol había hecho su efecto porque a estas horas, a pocos minutos de saber el resultado de la conversación de Edward y Sam, ya debería estar psicótica, al borde del colapso.

Edward ya estaba ahí, apuesto como siempre con aquella sonrisa arrebatadora que me conquistó. Entonces, cambié mis prioridades y recordé lo que Alice me había dicho y fui directo a él con los ojos furiosos clavados en su brazo.

Él esperaba un beso de bienvenida, yo venganza.

- Hola –lo pellizqué.

- ¡Aunch! ¿A qué ha venido eso?

- Por no haberme ni siquiera cortejado antes de haberme llevado a la cama la primera vez -le dije, indignada-. Me haces sentir como si fuera una mujer fácil.

- Querida, no hay nada fácil en ti –escuché un dejo ¿de sorna?-, puedes confiar en mí.

- Sí que lo hay. Alice me lo ha dado entender hoy con respecto a su relación con Jasper.

- Alice se está convirtiendo en una mala influencia…

- Pero fue de gran ayuda para ti -instigué-. ¿O no?

- Sí, es cierto –y me guiñó el ojo mientras me dirigía al cuarto para darme una ducha y vestirme.

No era que estuviera molesta ni nada por el estilo o que hubiera olvidado preguntarle por el juicio, pero tenía que hacer respetar aquella memoria. Como Alice dijo: "acostumbrarse a lo fácil es dejar de esforzarse". Y bueno, si no me comportaba como niña ahora que tenía cientos de problemas y estuve a punto de la muerte, entonces ¿cuándo lo haría?

No tuvimos tiempo de entrar en detalles. Edward solo me dijo que Sam estudiaría el caso y que en la cena podríamos tener una respuesta. Así mismo y malhumorado tuvo que adelantarse e ir a su departamento para hablar con Emmett lo que me dejaba sola en el depa. Ellos irían juntos. Me vestí con un ceñido vestido y sandalias de taco alto y cuando dieron las siete en punto salí con dirección a la casa de Alice para recogerla y llegar juntas al restaurante.

Pero cual fue mi sorpresa cuando me encontré en el área de estacionamiento del edificio a una mujer de cabello rubio. La había visto dos veces y había hablado con ella una sola vez pero había bastado para que su imagen y su voz quedaran grabadas en mi subconsciente. Llevaba puesto un jersey rojo y una mini falda que exponía sus largas y contorneadas piernas. Azucé mi vista ante su rostro blanco y perfectamente cínico que tenía al frente, todas sus facciones estudiadas, el mismo rencor clavado en sus ojos azules que no dejaban de escrutar mi apariencia con asco, como si fuera la peor cosa. Le sostuve la mirada de arriba abajo.

Ella no podía acobardarme.

Avancé hacia ella y noté como sonreía malévolamente. En su rostro reflejaba sus intenciones que iban mucho más allá de una simple amenaza, tal como la última vez.

- ¿Quién diría que volveríamos a vernos?

- Me están esperando Irina –le dije cuando impidió que avanzara hacia mi auto.

- Nadie se dará cuenta de tu retraso. No creo que se fijen que falta una escoria.

Maldita desgraciada. ¿Quién mierda se creía? Si pensaba que iba amedrentarme, se equivocaba. Ni Chang, ni Mike ni mucho menos ella podría hacerlo. Yo tenía mucha pasta para tratar con personas como esas.

- Lo que quieras decirme, dilo ya; o te callas y me dejas tranquila –le dije con tono amenazador. Esa tipa no me iba a cohibir con su apariencia burocrática y voluptuosas curvas.

- ¿No te han enseñado a respetar a tus superiores?

- ¿Superiores? –Le pregunté con irascible tono de voz.

- Mira –respondió circunspecta-, yo prefiero actuar directamente, sin rodeos y sin intermediarios, por eso me tienes aquí. No quiero ser la bruja cliché del cuento, la que te da una manzana envenenada y espera con paciencia a que el veneno actúe. No. Tampoco quiero ser la típica antagonista de novela ni tú querrás ser la ingenua e inocente pueblerina que acepta amenazas y opta por callarse y alejarse del dueño de casa. Eso sería aburrido y obvio… muy obvio.

- ¿Y se puede saber por qué tú siempre decides por los demás? ¿Acaso tienes telepatía o una bola de cristal que te prediga el futuro? ¡Hazme el favor! –Avancé hacia mi auto y ella volvió a impedirme el paso.

- Las tipas de tu clase siempre se hacen las víctimas y se largan a su pueblo en silencio después de recibir ciertos favores económicos… pero, como te dije, eso sería demasiado fácil; además que, si te largas o te callas la boca no perjudicaría en nada a Edward y no es lo que busco – ¿qué me insinuaba? ¿Qué quería perjudicar a Edward? ¿Al hombre que ella supuestamente amaba?-. Estoy segura que tú no querrás perder una batalla así. ¿Por qué lo harías? Tú querrás luchar y yo no me rendiré. ¿O me equivoco?

- No, no lo haces. Por una simple amenaza no dejaré a Edward –respondí con serenidad y seguridad.

- Lo sabía –se me acercó con la mirada perfilada. Acarreaba odio y rencor y a cada paso que daba, emanaba de su ser corroído un aura negativa de venganza.

- ¿Por qué haces esto Irina? ¿Por dinero? ¿Por un pedazo de tierra? –En alusión a los viñedos y Capri.

Pareció que le hubiese tirado una bofetada.

- ¿Te estas oyendo hablar estúpida? ¡¿Cómo puedes decir eso?!

- Es la verdad. No entiendo por qué querrías a Edward si no lo amas de verdad. Solo eres una aprovechadora y arribista.

- ¡Eres una cualquiera! –Pretendió lanzarme una cachetada pero mis reflejos fueron más rápidos que ella y la evadí bruscamente con mi mano–. Para hablar de mí, deberías lavarte la boca primero. ¿Quién te crees que eres? ¿Ah?

Ninguna retiró la mirada. Oía su respiración agitada y descontrolada.

La guerra estaba declarada y no me dejaría vencer ni sabotear.

Me acerqué totalmente indignada.

- Claro... Claro, estás fingiendo no saber nada. Una artimaña clásica… aparentas ser la novia perfecta para ganarte a Edward pero no lo conseguirás -dijo para sí-. O quizá no sepas realmente a que te estas enfrentando –me miró-. Yo sé cosas, te lo advertí una vez. Estar con Edward requiere de una fuerza, un aplomo y un carácter del que tú, pueblerina de Forks, careces y que, por obvias razones, nunca tendrás. Me resultaría muy sencillo desenmascararte delante de todos, ver lo insignificante y vulgar que eres, contarles a todos que estás a punto de ir a la cárcel, que eres una pobre diabla que no tiene donde caerse muerta. ¿Sabes el desprestigio que ocasionarías a una de las familias más reconocidas de California y Miami? O peor, ¿sabes que con una noticia así podrías matar al abuelo de Edward? Para él, su abuelo es su héroe y quien sea una amenaza a su inestable salud, es también una amenaza para él –sentía que le encantaba el daño que podría causar, saboreaba el dolor y la muerte que sus declaraciones podrían provocar. Era una perra maldita que no tenía sentimientos-. Además que todo lo que William dice, es ley. ¿Podrás luchas contra eso?

Contuve la respiración y con el maldito dolor en mi sien, respondí con mesura:

- No te tengo miedo, ni a ti ni a nadie.

Rio entre dientes.

- Pobre estúpida –escupió-. Tú te lo buscaste –dicho esto se abalanzó sobre mí y me asió del brazo.

- ¡Suéltame! ¿A dónde crees que me llevas?

- Eso no importa. Conocerás lo que te espera. Sufrirás el mismo destino que la madre de Edward. Ambas de clase media, artistas y sin aspiraciones. La madre, una mediocre pintora; y la otra, tú, una estafadora... ¿Sabes? Dicen que los hijos tienden a cometer los mismos errores que los padres y vaya que es cierto. No lo creía hasta que Edward fue tan estúpido de caer en lo mismo…

- ¡Déjame! –mascullé con la piel escarapelada de miedo por la forma en que se expresó de la mamá de Edward, ¿le habían hecho algo malo? ¿Qué había pasado?

- Pero no se lo vayas a mencionar a Carlisle…

.

.

.


(*) Luis XVI: Rey de Francia que hizo grandes reformas en el estado, pero por su debil caracter y la traición en su corte, no logró hacerlas. Como político fue mejor. En cuanto al estilo arquitectónico y de diseño Luis XVI se le reconocer como el más representativo de neoclásico y abarca aproximadamente desde 1760 y 1789.

(*) Andy Warhol: fue un artista estadounidense que desempeñó un papel crucial en el nacimiento y desarrollo del Pop art (una corriente muy interesante, vean en el grupo de FB o en el blog! A mí me gusta)


*NOTAS* -y acepto tomates y lechugas u.u-

- Ok. Primero que nada ¿qué les pareció el capítulo? ¿Les gustó el chocolate marca ? Superior al Hersheys y Snickers, claro que sí! ^^ jajaja

- y ahora ¿qué creen que pasará? :O ¿A dónde se la llevará Irina? ¿Por qué habló así de la mamá de Edward? ¿Quién es el papá de Seth? (Es culpa de Leah que hizo prometer que nadie debería enterarse... y eso me incluye a mí u.u)... ¿Apuestas? ¿Hipótesis, teorías? ¡Me gustaría leerlas! Me encanta leer sus puntos de vista, incluso a pedido del público decidí hacer la escena del chocolate porque no estaba prevista ;)

Besos a todas, las quiero! y gracias Rosa larosaderosas por betearme el cap! ;)

- Pasen a leer "Hermosa", ya está terminado y con epílogo: www. fanfiction s/8826930/1/Hermosa (junto)
^^


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