Disclaimer: Todos los personajes de Twilight pertenecen a la genial Stephanie Meyer. Yo solo trato de crear una historia...


Esta vez, fue un poco más rápido ;)!

Un gracias enorme para mi beta larosaderosas.


.:: Construyendo Fantasias ::.

Capítulo 33


33

Treinta y tres

-Parte 1-

11:33 de la mañana, señalaba el reloj.

Treinta minutos que me separaban del medio día. Treinta y tres minutos que quizá pudo durar mi última pesadilla.

Había dormido muy mal, despertándome sobresaltada a cada rato. El cuarto, la cama, y el abrazo de Edward eran suficientemente cómodos pero me había visto acosada por extraños sueños, de esos que persisten al despertar pero que se escabullen de la memoria cuando intentas recordarlos. Quizá, cuando afuera se pronunciaban los primeros rayos del alba, reconcilié el sueño de manera inusual. Por un instante, el timbre del despertador hizo que abriera los ojos, pero con total pesadumbre y sin percatarme que no era la medianoche, volví a sumergirme en otro sueño que no parecía tener fin. Muy diferente a los paisajes de esplendorosas flores que me habían abordado otras noches.

Cuando finalmente desperté del agotamiento del desfase, en plena lucha por salir de aquella maldita oscuridad, me hallé a solas en mi diminuto departamento con el tic tac del reloj como único sonido de fondo. Me llevó un momento recordar donde estaba y comprender que el sujeto robusto que me perseguía con un sobre blanco había sido producto de mi insensata imaginación.

El sol del mediodía, filtrándose por las cortinas de mi habitación y depositando finos rayos sobre mi tocador finalmente llamó mi atención y esclareció todo. Edward no estaba. Sentí frío. Estaba sola bajo la sombra de un refrescante e inusual día en Chicago pero para mí, estaba bajo una tormenta. En unas horas más, el cielo se cubriría de espesas nubes negras, dejando atrás el frescor otoñal y me sentiría en casa, tal como mi alma en ascuas e inquieta estaba.

Decidí levantarme y tomar un baño tibio para despejar mi mente del caos. Me calcé las sandalias pero una ráfaga sopló disimuladamente, abriéndose paso entre las cortinas y agitando un papel, donde una mota de polvo caía con finura hasta casi desaparecer sobre el pequeño taburete al lado de mi tocador. Ahí, había una nota con la peculiar y redonda caligrafía de Edward.

"Mi amor, regreso a la una y media, si es que el tráfico me lo permite.
Te amo.
P.D. Cuida de mi corazón, que lo he dejado contigo.

Siempre tuyo, Edward."

El corazón me arrebató una sonrisa.

Edward y su faceta de chico romántico de los años veinte.

Solo él, de un modo que todavía desconocía, podía sacarme una sonrisa a través de un papel. Solo él tenía la capacidad de sobreponerse a cualquier obstáculo sin olvidar como actuaba su previsor y noble corazón. Rondaba por mi cabeza la razón o el motivo por el cual luchó y pudo dejar de lado a ese niño arrinconado en el armario, que, estaba segura, muchas veces trataba de emerger y apoderarse de él.

Anoche en Il Valentino, luego de nuestra charla, había quedado muy en claro que no podíamos vivir el uno sin el otro. Nuestro mutuo apoyo sería nuestra mejor y poderosa arma frente al basto camino que aun nos faltaba por recorrer.

Y hoy para sellar aquella promesa de afecto y comprensión mutua, hablaríamos de todos y cada uno de sus problemas. Edward estaba listo para hablar de su madre y hermana así como de sus apuestas en New York y los problemas de dinero que según Richard lo hacían acreedor de su fortuna, sobre todo de una en especial, llamada "Amaretto". Por fin hoy conocería su real significado después de numerosas veces en que el tema se nos había escurrido entre las manos. Por supuesto que estaba ansiosa por escuchar cada detalle pero también era consciente que no estaba en el derecho de juzgarlo. Cada persona actúa de la mejor manera posible y todo tiene un porqué; así como yo necesitada de dinero, acepté trabajar en una empresa turbia, de las peores.

Respiré profundamente y me dirigí al baño no sin antes dejar la notita sobre la mesa. Ansiaba relajarme y repasar con más calma lo que anoche había sucedido antes, durante y después de la cena en Il Valentino. Todo había sido rarísimo, inesperado.

Anoche también se habían conjurado y alineado muchísimos momentos cruciales. Lo ideal hubiese sido que al llegar a casa hubiésemos hablado y le hubiésemos dado pronta solución a todo pero me encontraba tan cansada, incapaz de soportar más impresiones que decidí descansar. Hasta entonces, bastaba con las impertinencias de Richard e Irina y el solvente plan para recuperar mi casa de Forks. El plan reflejaba un proceso meticuloso y bien cimentado que me daba la esperanza de recuperar la más valiosa propiedad de mi padre. Empero, lamentablemente no podía decir lo mismo de mi situación legal, tal como dijo Jasper al momento en que Edward se reintegró -tras recibir una llamada- a la conversación.

"Si no actuamos pronto, Bella podría terminar en la cárcel. Para evitar esto, podríamos ganar tiempo plantando una contrademanda. Eso sí que no pase de este lunes, Edward", el sonido de su voz había alcanzado un grado diferente, parecido al sermón, que me hizo temblar. "Sin embargo, y espero que no sea así, pero existe la posibilidad de que Chang ya haya interpuesto una orden de detención contra ella, por ello, vimos a su secretaria la señorita Stanley encararla en el hospital"

"¿Es posible?", había dicho Edward. Alice y Emmett me miraron aterrados.

"Sí, claro. Todo es posible, pero...", miró a Edward con detenimiento y prosiguió: "si durante las averiguaciones preliminares ellos no consiguen pruebas que incriminen a Bella, en el último de los casos, podrías pagar la fianza y sacarla de la cárcel."

"Sacarla de la cárcel…", todavía sonaba con eco, aturdiéndome.

Fianza.

Cárcel.

Dinero.

Juicios...

Cárcel… se me escarapelaba todo el cuerpo de solo pensar… Todo era un conglomerado de situaciones fuertes e intensas que jamás pensé vivir. Edward había aceptado encantado pagar la fianza pero ciertamente yo me sentía mal al recibir tanta ayuda económica sin retribuirle nada a cambio. Por la premura, yo había accedido pero lo más probable era que le devolviese el dinero por partes a largo plazo y mediante mi trabajo aunque él dijese que no.

¿Saldría todo bien? No lo sé. Las enfermedades de mi padre seguirían ahí, acosándolo como un buitre a su presa débil e indefensa, pero, al menos, su felicidad estaría intacta: el motor de su vida. Y eso significaba el mundo para mí. ¡Qué nervios! ¡El lunes empezaría la guerra entre David y Goliat por la verdad! Aunque debía reconocer que esta vez, David traía consigo un as bajo la manga.

Luego de ello, mi novio prosiguió a contarnos lo que había sucedido a muchos kilómetros de ahí, motivo de la llamada hasta ese entonces misteriosa. Debo reconocer que ese también había sido otro inconveniente. No había sido motivo para dar por terminada la reunión antes de las diez pero sí había influido para que Edward amaneciera tempranísimo en el hospital del condado de Du Page, preocupado por la salud de Tom, uno de sus amigos.

Una tal Sol había hecho la llamada. Esperaba que eso también me lo contara.

Por lo pronto, salí de la ducha velozmente, me puse un buzo y me dirigí a la cocina para preparar algo ligero. Pechugas de pollo marinadas me parecía una opción perfecta ya que no me quedaba mucho tiempo y si le añadía una ensalada de pepinillos, tomate y zanahoria sería un buen acompañamiento, no muy elaborado claro, pero que encantaría su paladar y le haría olvidar el tormentoso día de ayer y hoy. ¡Quién viera a Isabella Swan cocinando asado y preparando pasteles para su hombre, no lo creería! Decían que la vida sin amor, no era vida. Ahora lo confirmaba y con voz temblorosa podía gritarle al mundo que no me imaginaba una vida -como la que tenía- sin Edward a mi lado.

"… porque para entrar al cielo no es necesario morir"

Con una nueva sonrisa en el rostro, después de colocar a cocer el cazo con la marinada a fuego medio, me dispuse a arreglar las facturas. Tenía que calcular obligatoriamente las cuentas del mes para poder hablar con la señora Jones. Era una mujer muy especial, gordita de ojos verdes y siempre con un pañuelo alrededor del cuello que por su color y textura la hacía ver como una señora extravagante. Pero lo que la hacía especial era su manera de negociar. No existía quien la detuviera. Era muy buena negociadora, de aquellas que no compraba pan para vender pan, sino budines o tortas.

Calcularía el dinero exacto para pagar la luz, el agua y el teléfono y le diría que en menos de un mes, dejaría de ser mi casera. Esperaba que lo tomara bien ya que no tenía opción: o me quedaba a vivir ahí, bajo la sigilosa vigilancia de Richard e Irina, o me mudaba a vivir con Edward al departamento que estaba por comprar.

Mi elección era obvia. Ya la había tomado mucho tiempo atrás. Dictada por el corazón. Así que el hecho que Richard atentara contra Edward y contra mí solo había servido para acelerar la búsqueda de un nuevo hogar. Un hogar que compartiría con Edward… ¡Qué tal cambio Isabella! Gracias.

Listo. El sonido del horno me dio la señal. El pollo había quedado a punto y perfecto para la marinada. El puré también quedó rico y justo a tiempo para ver entrar a Edward con su laptop bajo el brazo y su arrebatadora sonrisa. De inmediato, tiré todo y me lancé a sus brazos. Más tarde seguiría revisando los sobres y facturas.

- ¡Eddddd-warrrrd!

Sí, ahí estaba yo en plan de niña de seis años.

- ¡Hey, me extrañaste! –exclamó alegre.

- ¿Y todavía lo dudas? No me gusta despertar sola.

Arrugó la frente.

- No me gusta dejarte sola. Lo siento.

- Olvídalo –me empiné y lo besé-. Aproveché para hacer muchas cosas, entre ellas te cociné algo rico.

- Con razón ese aroma… No... Espera -cerró los ojos un instante, luego llevó sus labios a la parte baja de mi cuello-. Ese olor cautivador es tuyo.

- Eres un maravilloso manipulador de sentimientos, ¿sabes? –me acerqué a su rostro, tanteando sus cálidos labios. Como un simple juego, logró abrazarme sin importarle su brazo enyesado.

- ¿Es eso un cumplido o una queja?

- Tiene de ambos -sonreí y lo besé en el cuello, todo tierno, todo dulce. Mmmm... Tenía el olor más cautivador del mundo, el de Edward Cullen. Me miró divertido con otra arrebatadora sonrisa, muy luminosa, que me hizo perder la cabeza y sumergirme en la inverosímil preciosidad de sus ojos verdes-. Por cierto señor cautivador, vi su nota.

- ¿Y qué le pareció, mamá pingüino?

- Decente –me encogí de hombros, jugando.

- ¿Solo eso?

- Mmmm... Sí.

Torció los labios.

- ¿Cuándo aprenderás a no jugar conmigo, Isabella? –Lentamente, fue arrimándome hacia la pared de la sala; yo seguía cautivada por su mirada y sus labios provocadores cada vez más cerca de mi boca–. Así que a la señorita le ha parecido "decente", solo eso… –asentí atrevida, grogui por su aroma varonil-. Pues… ¡tú te lo has buscado! –Sin avisarme, desvió sus manos por mis costados... Y... ¡Ay no! ¡Cosquillas no! Comenzó a hacerme cosquillas por toda mi cintura y estómago y ¡yo no paraba de reír! ¡Edward se estaba aprovechando de mí! Traté de zafarme mas fue imposible: estaba arrimada contra la pared, sin escapatoria, victoriosamente apresada por su corpulenta anatomía y embriagada por su mirada, aquella maravillosa mirada de pasión...

- ¡Ya! –Risas– ¡Edward! –Risas– ¡Para!

- No -dijo caprichoso-. No quiero.

- ¡Para ya!

- Decente... -repitió en mi oído-. Mmmm… indecente señorita.

- Perdóname -risas- Hago lo que... quieras... -la malicia se implantó en su sonrisa.

- ¿Si? –suavizó su toque.

- Lo que quieras… –pronuncié con toda la dulzura que me fue posible-. Te amo.

¡Palabras mágicas!

Al segundo, detuvo sus cosquillas para arrimarme aun más a la pared e inclinarse seductoramente y acariciarme con sus labios… quiso besarme… no lo hizo. Me provocó, jaló mi labio inferior con poca delicadeza… probó con su lengua y volvió a morderme el labio, tanteándome la espalda, acariciándome los muslos, cautivándome con su magistral sonrisa…

Siguió así, todo dulce, tierno, hasta que por fin me besó tal cual imagen de película romántica… Así estuvimos, besándonos, lamiéndonos, devorándonos con los labios entre abiertos hasta que… la tetera se apagó por si sola con su triunfal clic y detuvo el momento que anhelaba se prolongara para siempre.

- Edward… -le dije, llevándomelo a la cocina.

- ¿Me amas?

- Ya te lo dije.

- Pero es lindo escuchártelo decir –me rodeó con su brazo-. No sabes lo que generas en mí.

- Deja de ser tan adulador y…

- ¿Me amas?

- ¡Sí mi niño caprichoso! ¡Te amo! –Le dije con voz viva ante su pucherito tierno de chiquito encantador.

- Lo sé –su rostro cobro más vida-. Yo también te amo.

Dibujé una sonrisa y lo besé, dulcemente. "De pedacitos en pedacitos se forma la ternura". Y nosotros, entre beso y beso, terminamos jugando en el sofá. Yo encima de él haciéndole cosquillas, las que había descubierto un día mientras nos duchábamos.

- ¡Tramposa!

- Aprendo del mejor –le lancé un besito.

- Mi niña bonita…

- Ahora sí señor adulador -le respondí tocando sus labios-, cuénteme que tal le fue en el hospital.

- Bien, dentro de lo que podría llamarse así –declaró, formando con sus labios una apretada sonrisa. Esto no estaba bien.

- ¿Que sucedió con Tom?

- Está mal. Tuve que trasladarlo del centro médico al hospital Saint Anthony.

- ¿Pero qué le pasó? –Quise saber, muy preocupada. El Saint Anthony se caracteriza por contar con el mejor staff de médicos traumatólogos así como numerosos programas de ayuda médica en casos extremos.

- Aquí lo tengo –un filo metálico le envolvió la voz-, léelo.

Dejé mi postura bromista atrás y me enfoqué en el retazo de papel que Edward me extendió.

Derribarán "refugios" de pandilleros en Chicago

Oh. El titulo lo decía todo. No demoré mucho, unos treinta y tres microsegundos para comprender lo que había sucedido en aquel condado, una de la zona más turbulenta de Chicago. Por esta razón, Charlie no había querido dejarme partir de Forks ya que por sus contactos policiales, tenía conocimiento que Chicago tenía la población de pandillas más grande de Estados Unidos, siendo estas la causa mayoritaria de los homicidios. Combatir el pandillaje se había vuelto una inverosímil tarea. Proseguí con mi lectura del artículo:

"Chicago. EFE .- Las autoridades de la ciudad de Chicago anunciaron hoy que no darán tregua a la hora de implementar la nueva iniciativa para demoler edificios abandonados, que han sido usados por los pandilleros en sus actividades criminales.

Según un comunicado oficial, la Operación Escudo Comunitario que se realiza en todo Estados Unidos de los pandilleros que tienen en custodia desde la semana pasada, 25 son de origen mexicano, uno es hondureño y dos salvadoreños.

Los detenidos tienen antecedentes criminales graves y pertenecen a las pandillas Latin Kings, Maniac Latin Disciples, Sureño 13, Insane Deuces, Norteño 14, Spanish Cobras…"

.

Me detuve un segundo para mirarlo. El artículo hablaba de pandilleros… del destino que ellos mismos habían forjado, pero ¿qué tenía que ver Tom en todo esto?

- Hace buen tiempo salió esto en los diarios –dijo Edward como respuesta a mi inquietud mental-. En el edificio antiguo y abandonado donde viven existen varios artículos como estos. Ellos sabían que en cualquier momento podía pasar pero no podían hacer nada. No tienen a donde ir y los policías son implacables, lo comprobé yo mismo cuando estuve con ellos.

- ¿No hay forma en que entiendan que no son pandilleros?

- No lo sé. Viven como tales pero son chicos de la calle que trabajan hasta altas horas de la madrugada para ganar unos cuantos dólares. No es su culpa ser confundidos.

- Oh.

Reanudé la lectura hasta detenerme en la parte subrayada, la más crítica a mi parecer.

"El alcalde Rahm Emanuel informó que el Departamento de Edificios de la Ciudad gastará $4 millones, para hacer imposible que miembros de las pandillas usen las estructuras abandonadas como su base de operaciones. La oficina del Alcalde indicó hoy que las demoliciones comenzarán de inmediato en 12 edificaciones desocupadas. Las autoridades tienen identificados unos 200 edificios vacíos en toda la ciudad.

Emanuel dijo que están trabajando rápidamente para mandarle a estos grupos criminales un claro mensaje, de que ellos no tendrán un "hogar" en Chicago. El Alcalde dijo, además, que estos edificios fueron identificados gracias al trabajo conjunto de la Ciudad, los residentes y la Policía."

Esto era peor…

- Edward… No me digas… ¡¿les derrumbaron el edificio estando ellos dentro?! –Grité asustada, temiendo lo peor. No conocía a ninguno de los chicos pero sentía un extraño aprecio por ellos ya que habían salvado a Edward de morir en aquel callejón.

- No –se apresuró en decir-, hubo un tiroteo en toda la zona. Los policías empezaron a atacar los edificios viejos. Habían llevado grúas y remolques para iniciar la demolición en los edificios aledaños. No pensaron que dentro estaba una de las bandas más peligrosas de Chicago, quienes hicieron estallar una lucha con armas de fuego, ilícitas por supuesto. Tom y los chicos se dirigían a su edificio, no era su ruta habitual, es más no era su horario habitual de trabajo, pero ahí estaban, caminando hacia lo que había podido ser su muerte. Al estallar el tiroteo, no importó de qué bando eras o si tenías una placa policial, los asesinos lanzaron balas por doquier, y ellos, naturalmente al no poseer, no les quedó otra que correr para refugiarse. Murió una chica de quince años que no tenía nada que ver con las pandillas y otra de dieciocho que dicen es la novia del cabecilla, eso no podría asegurártelo –se me escarapeló el cuerpo-. Entre las balas que lanzaron, le cayó dos a Tom. Una en el brazo y otra en el estómago. Kali, su novia logró salir libre de esta, pero está muy asustada, nunca había visto tanta sangre en su vida. Y bueno… en los estudios que le hicieron, se percataron que estaba embarazada de cinco semanas.

- ¡Oh Dios! El bebé pudo haber muerto –chillé, desesperada.

- Sí… -dijo muy apenado-. No sé si Tom sabía de esto, pero el balazo que recibió fue por defenderla.

- Debe estar aterrorizada. Con miles de preguntas rondando su cabeza.

- Lo está, pero es fuerte. Lo que más me preocupa es el bebé… ¿Cómo va a crecer en un lugar así de peligroso? Sin dinero, sin cuidados…

No supe que contestar. Un estremecimiento de pena y temor ajeno me recorrió el cuerpo. Mi instinto de mujer luchaba por traer a esa niña a mi departamento y darle un hogar, así como una vez hicieron conmigo; pero la razón, pérfida, me recordaba que no podía disponer de un lugar que no era mío.

Ambos quedamos en silencio por unos minutos, perdidos en nuestros pensamientos.

- En el taxi, estuve pensando algo que no sé si será factible –finalmente anunció contingente-. ¿Recuerdas el proyecto que te comenté, aquel que pienso construir en el terreno vacío que Riley ha comprado en Seattle? –Asentí, recordando la noche en que muy entusiasta me contó que durante años había tentado la posibilidad de ayudar a niños sin casa, padres o recursos ya que le hacía recordar su niñez desvalida y huérfana. Me había parecido un gesto muy lindo y solidario, pero él jamás pensó concretar-… Bueno, creo que podría servir no solo como refugio de niños, sino de jóvenes que quieren superarse y salir adelante, como Tom, Kali y los demás. Sería un nuevo comienzo en sus vidas, y el trabajo que Tom realizara allí, podría servirle para ahorrar dinero y utilizarlo en su bebé, ¿no lo crees? ¿O piensas que es una locura?

- No, mi amor… es un gesto muy humano –le dije con dulzura-. Habla bien de tu buen corazón. Cuando en Roma nos encontramos con ese niño, triste y solo, pidiendo limosnas, se me partió el corazón, pero lo que más me tocó, fue la forma en que vi como vivías su sufrimiento, haciéndote evocar recuerdos de tu pasado.

Me miró con los ojos profundamente tristes.

- Sé como te sientes… -contesté tomando su mano que acariciaba mi abdomen y entrelazándola-. A falta de tus propios sueños, piensas construir los de ellos a base de fantasías.

- Tengo una debilidad por esos chicos –murmuró con compasión-. En los días que conviví con ellos, me di cuenta de la alta calidad humana que tienen, son pobres, pero luchadores y trabajadores que no se darán por vencidos tan fácilmente frente a las adversidades que les ha tocado vivir. Ellos merecen otra oportunidad pero al haber sido arrestados en algún momento de su vida, culpables o no, han hecho que pasen a ser ex convictos. Y las cosas tampoco son así –me acerqué a él para abrazarlo. Acomodó su mentón sobre mi pecho y siguió hablando-. Kali es una niña que tuvo que madurar a la fuerza. Ahora esa niña, lleva en su vientre a otra niña… Puedo ver a Lizzy ahí… -suspiró-, dime que estoy loco…

- No… no -respondí, alzándole la cara-. Te entiendo. Después de todo lo que te sucedió de pequeño, no es sorprenderte que estés tan interesado en darles un hogar a los niños que lo necesiten. Me parece bastante lógico: perdiste a tu hermana siendo una criatura y te perdiste a ti mismo. Ahora ansías devolverles la niñez a otros, encontrarles el rumbo de su alma inocente y a la vez liberarte para dejar atrás, por fin, al niño triste escondido en un armario.

Al finalizar, la voz se me quebró. Edward también se mostraba sensible.

- Gracias -respondió segundos después con un movimiento de labios, parecido a una sonrisa.

El brillo de su mirada indicaba que comprendía y necesitaba lograr ese cambio en su vida, de borrar el registro fotográfico de aquel tiempo cruel.

Ojalá que su sueño pueda cumplirse pronto para que sane su corazón... Yo lo ayudaría.

- Te amo –me sujetó el rostro-. Te amo muchísimo Bella, más de lo que puedas imaginar…

- Yo también –dibujó una sonrisa y me besó.

- Me siento identificado con ellos. Ninguno hemos tenido infancia, nos ha faltado cariño, el verdadero significado del amor de un padre o una madre y solo hemos recibido discriminación. La única diferencia es que por muchos años me mostré rebelde y derroché tiempo y dinero en cosas estúpidas como el juego y las apuestas que nada productivo han hecho en mi vida –al pronunciar esta frase, la sensación de que estás a punto de ser testigo de una historia fantástica o de terror, se apoderó de mí y del lugar como una manta silenciosa de oscuridad. Pronosticar el momento de la confesión, es sencillo. O lo sientes en ese instante o no…- Ahí, me parezco más a Richard. Ambos ambiciosos por ganar y nunca perder, enfrascados en batallas que nunca llegan a tener fin.

- Edward –lo llamé seria-. Nunca más vuelvas a compararte con Richard.

- Difícil…

- Él y tú son muy diferentes... Ahora, sobre las apuestas… -ladeé la cabeza- no… -no sé nada sobre ello, dije para mí.

Un simple expresión, entre delatora y apenada, y supe que vendría una larga historia.

Respiró profundamente y finalmente empezó a narrar a detalle un aspecto que conocía a medias:

- Bella, tú sabes ya muchas cosas de mi vida y siempre te agradeceré que estés a mi lado a pesar de todo.

- ¿Quieres contarme algo más que no sé?

- Me ayudará... Mira, después que William me sacó del internado de Roma, regresé a Los Angeles para vivir en la que había sido mi casa. Esme la cuidaba muy bien y Emmett y Jacob eran inseparables en la preparatoria, creí que no existiría un lugar para mí. No me importaba mucho en realidad, ni tampoco ver a Carlisle esporádicamente. Supongo que al estar en un internado contra mi voluntad por tantos años luego de perder a mi madre y hermana, me hizo un chico rebelde. Al regresar a Italia para estudiar arquitectura, gracias a las buenas relaciones que William mantenía con grandes empresarios, sentí que por fin tendría la libertad que quería. Vivir aventuras, sentir la adrenalina correr por mis venas al saber que todo lo que hacía era arriesgado, como en el colegio que me escapaba para recorrer la ciudad o apostar contra los otros chicos del barrio. Volver a los diecinueve a los mismos escenarios, me trastornó por completo, hizo que buscara más peligro, más aventuras… Y así fue como llegué a apostar.

- ¿Tu abuelo lo sabía?

- ¿Qué cada fin de mes me gastaba su dinero en apuestas? –Hice un gesto perturbada-. No, no lo sabía. Tampoco fui desagradecido. Me portaba bien en la universidad, sacaba buenas notas e hice que varios de mis proyectos fueron escogidos entre cientos para participar en los congresos estudiantiles. Terminé la carrera con muy buen puntaje, lo que enorgulleció a William. Me gustaba la carrera, diseñar, construir, ser de ayuda al resto ya que me hacía pensar en algo más que no fuese yo. Pero los fines de semana con Emmett y Jacob en Roma… fue caótico.

- Sí, me lo contaste durante nuestro viaje.

- También te dije que era muy bueno apostando.

- Sí –contesté, meditando-. Por eso eres el gran apostador de Manhattan.

- Aunque suene absurdo, lo fui. El problema aquí es que al regresar a Estados Unidos, renuncié legalmente al dinero de Carlisle y me mudé a Chicago. Una ciudad que no me conocía, que me trataría como un chico cualquiera, con ganas de construir un futuro, anhelante de sueños. Pensé que si invertía conscientemente en el juego, podía recuperar triplicado el monto invertido, lo que en una primera instancia, resultó muy positivo para los negocios. Con un capital más grande, Jacob decidió invertir su herencia en la formación de la empresa y se convirtió en accionista mayoritario. Riley siempre me saca en cara eso; ya que si no fuera por Jacob, con la cantidad de dinero que hubiere recibido de Carlisle, yo hubiese sido el accionista mayoritario y las decisiones hubiesen sido mejor, pero... -hizo una muerca

- Más vale tu felicidad… –que deberle algo a tu padre que nunca te quiso, pensé.

- Que tener a Carlisle detrás mío... Sí, lo sé –me acarició el mentón, con el placer de tenerme cerca-. Como toda inversión al vacío, existe un riesgo; y yo terminé perdiendo más del dinero que tenía inicialmente. A todos les sucede. En fin, una noche, en setiembre, sucedió algo imprevisto que me dejó trastornado y muy desconectado del juego. Tuve mi cabeza en otro lado y no logré ganar. Casi pierdo el yate del abuelo. Por fortuna tenía a Richard en mi mismo círculo de apuestas. Él lidiaba con los Vulturis y yo, prefería la individualidad, pero Amayo que siempre era buen aliado para desarrollar tácticas esa noche tampoco lo fue. Desde entonces, Richard no dejó de amenazarme con soltar la verdad al abuelo. Carlisle se enteró por supuesto pero su opinión vale muy poco para mí…

Edward siguió hablando sin que yo le prestara atención. La pregunta estaba ahí... él lo había mencionado, el villano había estado en su círculo de apuestas, entones, ¿qué había pasado? La duda lista para salir, no podía dejarla pasar…

- ¿Quieres decir que Richard no te odiaba por aquella época?

- No como ahora. Te hablo de cuatro o cinco años atrás. Richard se sentía el dueño de las empresas, soberbio, altanero, con el mismo temperamento de chiquillo. Solo después del problema del yate, él cambió de manera abrupta. Se volvió arisco y calculador. Parecía más hijo de mi padre que yo.

- Debió de haberle pasado algo -no dudé en decirlo, todo era tan extraño-. Estoy segura que su conducta tiene un motivo.

- Tal vez.

- ¿No habrá sido porque tu abuelo te cedió las tierras de Napa?

- No. Esa transacción fue después de su cambio.

- Emmett también lo dijo, ¿recuerdas? –Me miró de manera extraña-. Anoche dijo que Richard ya no era el mismo de antes desde hace cuatro o cinco años. Que era más peligroso –entrecerró sus ojos como estudiando mis palabras, un dejo de misterio le cubrió parcialmente el rostro-. Yo puedo constatártelo. No es normal que él codicie todo lo que tú tienes.

- Creo que ni sabiendo qué sucedió años atrás, Richard cambiará su manera de ser.

- Puede que tengas razón…

- Ahora debemos enfocarnos en el presente -asentí.

Richard Cullen, la bestia, el tóxico fulminante era un tema para discusión. Era un personaje siniestro, un villano de novela literaria.

Y hace cuatro años sucedió algo... ¿será por...?

- ¿Y el Amaretto? ¿No fue por aquella época?

- No –dudó un segundo-. No, el Amaretto fue después. Mucho después.

La completa naturalidad del nuevo rumbo que la charla había tomado solo significaba lo que tanto había esperado durante la mañana. Era saber la verdad, sacar la espina de la curiosidad, darle sentido a todo lo que estaba sucediendo.

- El Amaretto –volví a decir. Mi corazón martillaba con fuerza.

Edward entreabrió los labios-: Es una historia larga que contar.

Tan larga que su intención duró los treinta y tres segundos que demoró el timbre del teléfono en sonar, con su anticuada y chillona melodía. Demoré en contestar, sopesando las probabilidades que tenía acerca de abandonar la charla, ya que el momento exacto de la confesión -de algo inconfesable- podía diluirse. Parecía un juego de palabras, pero las oportunidades se tienen o no. Se toman o se dejan pasar; salvo casos excepcionales.

El sonido me tenía harta.

- ¿Aló?

- ¡Bella! –Era Alice-. En diez minutos estoy llegando a tu casa. He hablado con gente de la empresa y tengo noticias interesantes que nos podrían dar cierta tranquilidad tal como Jasper me ha dicho… Además, estuve pensando y… ¡oh policía! –Hizo una pausa larga que me desesperó, en ella variedad de sonidos y voces-. Ya… Te estoy llevando el folder que dejaste ayer en mi auto. Creo que es importante que Edward y tú vean su contenido y sepan a qué se tienen que enfrentar.

- El folder… -la mirada de Edward se fundió con la mía.

Eso no estaba en mi radar. El folder me había dejado de preocupar desde que Edward me había estrechado entre sus brazos la noche anterior. ¿Para qué lo querría de vuelta? ¿Para martirizarme?

- ¿Aló? ¿Bella sigues ahí? –repitió. Tomé aire.

- Sí… Tendrás que estacionarte en el parque de la vuelta. Edward ha dado la orden que ningún coche, salvo el mío, pueda entrar al estacionamiento.

- ¡Demonios! – y me colgó.

- ¿Quién era? –Me preguntó Edward confundido.

- Alice. Está en camino –señalé.

- Perfecto. A ella también le interesará saber la historia del Amaretto.

- Viene con el folder –lo corté, aturdida-. Quiere que ambos le demos una mirada.

Una señal de incertidumbre se apoderó de su mirada, exactamente igual a como debía estar la mía. Es perceptible cuando el miedo te acecha, o cuando tus propios temores se hacen evidentes y se materializan frente tuyo; el mínimo gesto, un exiguo ademán, una mueca y el hielo recorriendo tu columna… Cuando no hay nada a que temer, la consciencia está tranquila. Pero, cuando ves un barco asomarse entre la niebla de la madrugada, sabes que en cualquier momento, llegará a puerto.

¿Ver el contenido del folder? El cincuenta por ciento o más, se refería a mí, el resto a Edward… ¿pero que información guardaba? ¿Sería relevante? ¿O puras mentiras?

- Bella –me llamó-. El conocimiento es poder. Creo que Alice tiene razón, salvo que tú no quieras.

Tenía tiempo para pensarlo.

Claro, tiempo, si el reloj dejara de marcar y Alice no estuviera tocando el portón de entrada.

- Todo saldrá bien.

- Lo sé –le dije, sonriéndole a medias.

Acomodé los cojines, la mesa de centro y guardé mi franela.

Tiempo exacto para que ella subiera por el ascensor.

- ¡Bells! –Se me lanzó encima, tan efusiva.

- Ali, pasa –su sonrisa se vio ensombrecida por la tamaña silueta que apareció a su lado haciendo que abriera los ojos totalmente sorprendida-. ¡Oh Emmett! No… Pasa… -me hice a un lado y otra pequeña criatura apareció-: ¡Rosalie! –Parpadeé sorprendida. ¡Wow! Ansiosamente esperaba a una del clan Cullen y aparecieron tres de golpe.

- Bella, espero no te moleste –se disculpó el grandulón-, pero Rosalie no conoce la ciudad y no podía dejarla sola en el hotel.

- No –cerré mi boca-, no es ningún problema. Pasen.

- Cool –sus adorables hoyuelos se pronunciaron conforme sonreía-. ¡Hermano! Tienes una novia muy simpática.

- ¿Recién te das cuenta?

Emmett alzó las manos en defensa mientras Alice los veía abrazarse, contemplándolos con cierta añoranza. De niña sufrió desolación al ver su familia quebrarse. Edward lejos en un internado, Emmett en Los Angeles y ella en Chicago soportando las peleas continúas de sus padres. Cuando la conocí, me contó su niñez y la tranquilidad que le dio al ver a su madre partir.

- Gracias señorita Swan –la voz delicada de Rosalie me hizo regresar al presente. Me había estado observando.

- Dime Bella, Rosalie –ella sonrió y caminó cabizbaja hacia el extremo opuesto. Emmett cargaba entre sus piernas a Alice, se le veía tan pequeñita-. Bueno chicos, no pensé tenerlos como invitados, pero pónganse cómodos mientras voy a la cocina y les preparo algo para almorzar, ¿sí? –A Emmett se le iluminó el rostro. Alice se puso de pie como un duende y Rosalie seguía inspeccionando, con delicadeza, el aspecto de mi casa; pasó inadvertido para el resto. De por sí, mi departamento era chico, pero al tener a la figura grandullona de Emmett en el centro, lo hacía ver más pequeño de lo habitual.

- No es necesario.

Alice saltó.

- ¡Yo te ayudo a cocinar!

- ¡No! –Gritamos todos al unísono y a viva voz cuando Alice dio a conocer sus intenciones.

- ¡Hey! Yo sé cocinar. ¿Cómo creen que mantengo a mi chico feliz?

- Primero enana, no sabes cocinar, nunca lo has hecho –apuntó Emmett- y segundo, sobre Jasper, creo que lo mantienes feliz con otra cosa –le guiñó el ojo, sugerentemente.

- ¡Emmett! –Le gritó.

- ¿Ya van a empezar? –Preguntó Ed. Su hermano rodó los ojos.

- Eres una chillona.

- Idiota grandullón

- Minnie Mouse con epilepsia –chistó y tanto Edward como yo estallamos en carcajadas. No había mejor descripción que esa para la pequeña Alice.

- ¡Oso Pooh sin bolas!

- El oso Pooh nunca tuvo bolas, Alice.

- Eso mismo –lo retó.

Al final, después del intercambio de adjetivos, sustantivos y demás, Edward me convenció de pedir comida china. Claro que él primero comió mi pollo marinado y luego una porción de Chi Jau Kay. Emmett barrió con el resto. Yo me enloquecí con la comida china y repetí dos veces. Supuse que las nuevas píldoras habían cambiado mi sistema. Y hablando de píldoras, recordé que hoy debía de tomar dos juntas ya que la otra noche se me olvidaron.

La conversación fluyó normalmente. No tenía el aderezo de ayer, en la que todos estaban en alerta por si me ocurría algo o por si Richard regresaba. Ayer, estuve paranoica y con pocas de ganas de mantener un diálogo que no hablara de mi padre o mi seguridad. Hoy, la calma me había invadido, me sentía más cómoda, porfiadamente feliz con mis amigos riendo, bromeando o jugando como una gran familia.

Edward y yo llevamos los platos a la cocina. Cuando ya estaba a punto de partir el pastel de mocca y chocolate, sentí sus manos por detrás de mi espalda, al estilo "pinguino", como él decía.

- Muy rica tu sazón –le observé sonreír, inclinándome sobre la mesada de la cocina. Acarició un mechón de mi cabello y hundió su rostro en él, oliendo profundamente-. Amo este aroma… a fresia y lavanda.

- Gracias señor adulador. ¿Me ayudarás a llevar el postre?

- Claro –respondió-. El último se queda con la mejor parte.

- Te amo.

Regresamos al comedor entre risas y bajo la atenta mirada de los presentes que habían interrumpido su charla por nosotros.

Aquella sensación de vuelta. Algo había pasado... todo estaba muy tenso.

- Hora del postre.

- Espera –dijo Alice, luego de mirar su celular.

- ¿Qué pasa? –Edward frunció el ceño.

- Emmett tiene noticias –indicó. Todos nos volvimos al aludido.

- Sí y son el motivo de mi visita –declaró-. Por supuesto que no pensé en quedarme a almorzar pero a tanta insistencia suya… ¿quién no quiere a Emmett Cullen en su mesa y en cualquier otro lado? Soy irresistible –me guiñó el ojo, sonriendo de lado. Rosalie se ruborizó, su aspecto catequista se dislocó.

- ¿Le puedo pegar ya? –pidió Al. A mí me causaba mucha risa, sobre todo por la forma en que él lo decía.

- Suéltalo, Em de una vez. Quiero comer el pastel de mocca de Bella –le acaricié sus mejillas rosadas con la yema de mis dedos. Él me dio un beso en la unión de mi mano con la suya.

Puedo jurar que Rosalie suspiró.

Edward y yo echábamos corazoncitos por todo el departamento.

- Bien –se aclaró la garganta y empleó una voz más austera-: Hoy en la mañana me enteré que Richard ha sufrido un altercado. Fue anoche después de visitar a Bella.

- ¡No te lo puedo creer!

- ¿Estás seguro?

- Por supuesto. Las noticias en nuestro cír… -tosió-. Las noticias en general, sobre todo las malas, corren como fuego en pólvora –nadie dijo nada, nos limitamos a mirarnos entre nosotros-. Dicen que apareció anoche en el casino mundano ese, al norte de Shore. Supongo que todo iba bien, siempre le va bien, pero el problema surgió cuando se montó al coche horas después. Tres camionetas le cerraron la Hummer y dispararon a quemarropa –escuché gritos–. El gordo FK no pudo hacer nada. Recibió un balazo en el estómago y está grave. Otro murió.

- ¿Y Richard? –Alice tomó la iniciativa.

- Se llevó el susto de su vida, el chofer logró escapar cuando se deshacían del cadáver de uno de sus secuaces. Dicen que estaba borracho.

- ¿Tienen idea de quién pudo ser?

- No –se lamentó-. Richard tiene muchos enemigos. No de ahora, sino de toda la vida. Además, llevar las riendas de una empresa multinacional no es cosa de juegos y sabrá Dios qué idioteces habrá estado haciendo con el dinero del abuelo, que ahora, quieren cobrarle con la vida. Te lo dije Edward, él es peligroso, no podemos confiarnos.

- No sé porque pero tengo el extraño presentimiento que esta persecución ha sido por el Amaretto –inspiró rápidamente y su voz se volvió un oscuro susurro–: Claro, si es que existió tal persecución y no fue otro de los planes de Richard para sacarse de encima a FK.

- ¿Tan importante es esa cosa? –articuló Alice después de tomar agua.

- En realidad no… Bueno sí.

- ¡Déjate de cosas Edward y dinos ahora mismo que mierda es eso! Si están persiguiendo a Richard, pueden venir por ti. ¡Y yo no estoy para aguantar otra pérdida más! – señalé, sollozante.

- Vale, vale.

Todos lo miramos. Yo molesta, no dejé que me tocara.

- El Amaretto vale millones de dólares -abrí los labios-. Cada año que pasa, su valor aumenta en veinte por ciento. Pero eso no lo sabía el gordo FK cuando lo apostó en representación de mi primo. Quizá Amayo lo supo luego y por eso quiso cambiármelo como condición de salvar a Bella. Pero yo no soy tan estúpido para dejar pasar algo como eso. Estuve investigando. A simple vista tiene un brillo único, transparente, y un tallado perfecto como el diamante Regente. Por el color, su dispersión refractiva es alta, es decir, tiene la habilidad de dispersar luz de diferentes colores, sobre todo el coral; lo que fácilmente podría valer la cantidad que se apostó, diez mil dólares.

- Eso ya es mucho.

Así que era un diamante, una joya preciosa.

Alice movió los labios.

- Para un diamante, no lo es. El tallado es perfecto, en forma de lágrima y su color muy raro de conseguir. Pero como les dije, investigué, y en uno de mis viajes a Europa lo pude corroborar. Recibe el nombre de Amaretto porque hace alarde de la actual bebida, única como él, pero inicialmente era llamado de distinta manera. Perteneció a una ostentosa familia italiana, los Pizzarello, cuyo rastro data desde 1819. Pocos conocen las leyendas que se jactan de generación en generación alrededor de esa familia. La joya fue la parte más importante de su inmensa fortuna; y su reconocimiento vendría después, al estar ligada a Mussolini cuando este fue primer ministro del gobierno italiano en 1922.

La expresión de Alice vaciló entre el interés y la preocupación.

- Entonces… estamos hablando de una reliquia. ¡Vale millones! – ahogó un grito.

- Sí. Todavía no sé cual fue su verdadero nombre, pero todos lo conocemos como Amaretto.

- ¿Cómo pudo caer en las manos de FK? ¡Ese gordo no sabe ni manejar y se hizo de tremenda fortuna!

- A eso voy. Cuando FK se dio cuenta de lo que había perdido, trató de recuperarlo. Richard no creo que le haya perdonado tal desliz con facilidad, por eso, ¿no les parece mucha casualidad que solamente FK saliera lastimado de la persecución de anoche?

- Oh. Quieres decir… -tanteó su hermano, apagando su celular.

- Claro, uno menos en el camino –dijo seriamente. ¿Podría el dinero manipular de esa manera los sentimientos de la gente? ¿Estábamos en un mundo donde una joya vale mucho más que una vida?

- El que a hierro mata, a hierro muere.

- ¿Por qué Richard lo querría? –Pronunció Alice, todos voltearon a mirarla anonadados–. O sea chicos, él creía que no tenía mucho valor, de lo contrario no lo hubiese apostado, pero... para que él luche por poseer la pieza, debe de conocer toda la historia que tiene detrás. Él debe de haberlo averiguado… pero ¿para qué? ¿Qué lo incitó a investigar el verdadero significado de una piedra? ¿Se habrá vuelto coleccionador de objetos antiguos como el abuelo?

- Imposible… -dijo con duda.

- ¿Se lo habrá pedido William? –Probé.

- Imposible –repitió–. El abuelo no tiene la más mínima idea de lo que hacemos con nuestro tiempo libre. Su afán de coleccionar antigüedades murió hace unos diez años, o un poco más.

Así que el misterio resuelto... se convertía en otro sin resolver. ¿Cuál sería el real significado de esa joya para Richard? ¿Sería algo especial por ello mandaba matar a todos los que se interponían en su camino? No quise pensar en lo que pudiera hacerle a Edward.

-(...) Simplemente él cambió.

- La hierba mala… nunca muere.

- Aquí lo importante es evitar algún enfrentamiento con Richard, no sin antes, planear. El conocimiento es poder; así que ustedes dos –señaló a su primo y luego a mí-, lean el contenido del folder, discutan, peléense, hagan lo que quieran pero dentro de estas cuatro paredes. Mientras más juntos estén, será mejor, así Richard no tendrá motivo para amenazarlos ni chantajearlos con idioteces, ¿entendieron? Y Edward, si tu vida depende de una joya, deshazte de ella ya.

Hice un mohín, pequeñísimo pero que no pasó desapercibido por mi novio.

- Tranquila –asentí y él suspiró abrazándome en respuesta. Me sostuvo con firmeza.

Lo miré fijamente, concentrada en sus gestos y en el suave movimiento de labios y subí hasta que nuestras frentes se unieran. Éramos él y yo contra el mundo.

- Te amo –me informó con una sonrisa.

Cuando batí mis alas plateadas que me habían llevado a volar como un cometa por todo Chicago al instante que Edward me besó, me percaté que no estábamos solos en la habitación y que tres personitas, muy inquisitivas nos miraban con profunda atención… Hubiesen seguido así, si es que un sonido de parsimonioso hubiese invadido el lugar, pinchando los corazoncitos de jabón.

- Señor Cullen –pronunció la voz dulce de Rosalie-. Lo llama su madre.

Emmett sopesó lo que acaba de escuchar mientras apretaba el puño.

- Voy –dijo finalmente. Antes de salir y contestar el teléfono, volteó hacia Edward y lo sermoneó-: No olvides llamar a Esme. No seguiré cubriéndote.

Su hermano solo lo vio marcharse.

.

.

El reloj marcó las 5:33 de la tarde cuando ingresamos por la gran puerta giratoria, olvidándonos de la intensa lluvia que azotaba Chicago y sus rascacielos.

La recepción del hospital Saint Anthony estaba repleta. Enfermeras y doctores que iban y venían en direcciones opuestas, apresurando su paso para llegar a tiempo a la sala de emergencia o alguna reunión de colegas o simplemente atender a su paciente; personas ancianas en silla de ruedas, algunas con sonda, otras con oxígeno; mujeres embarazadas que gritaban de dolor mientras las conducían a la sala de parto; y niños llorando porque les dolía alguna parte de su frágil cuerpo… Lo típico, enfermedades, motivos que hacían tétrico el lugar, etristeciéndome.

La última vez que estuve aquí no vi tanta gente, o probablemente, no me había fijado con detenimiento ya que solo quería llegar a casa. Cuando nos montamos en el ascensor –dirigiéndonos al piso donde Tom estaba internado-, vagas imágenes de mi estadía aquí regresaron, pensé en el doctor Hedlung. El hombre había llamado una vez para saber como estaba, un proceso ambulatorio que realizaba periódicamente entre sus paciente –seguro-, pero que a Edward había incomodado. Era muy factible que me encontrara con él por estos mismos pasillos, hecho que suponía no había pasado desapercibido por mi novio; sin embargo en momentos como estos, era irrelevante. Fuera lo que fuera, me sentía aliviada de que Edward me trajera al hospital a ver a sus amigos; y agradecida por no tener que estar en mi casa constantemente pensando en lo que debía decir, pensar o tramar para estar fuera de peligro.

Piso cinco. El numerito rojo en la pantalla parpadeaba.

Cuarto trescientos tres.

Una muchacha de cabello corto y azabache saltó en dirección a Edward en cuanto nos vio entrar a la sala. Sus ojos estaban rojos, señal que había llorado por horas.

- El doc llevará a Tom a sala de operaciones –dijo abruptamente-. Le sacaran la segunda bala. ¡Tengo miedo Ed!

- Vamos tranquilízate, ¿sí? Ayer Tom salió airoso de la operación y no demoraron nada, ¿recuerdas?

- Pero ayer fue más fácil, Ed.

- Las operaciones nunca son fáciles. Pero tenemos una ventaja, o dos. Tom es muy fuerte y luchará para salir de esta, ¿ok? Y segundo, tenemos a los mejores médicos, así que no hay nada de que preocuparse –la muchacha se enjuagó las lagrimas y se rascó los ojos con desesperación. Edward la miró con ternura y me llamó a su lado para presentarme-. Kali, hoy he venido con alguien especial. Quiero que la conozcas.

La tal Kali abrió los ojos y me examinó.

- Bella, ella es Kali, la novia de Tom –lo observé sonreír-. Kali, ella es mi novia Bella Swan.

- ¡Oh! Mucho gusto.

- Edward me ha hablado mucho de ustedes. Es un gusto por fin conocerlos.

- El gusto es mío -me dio una media sonrisa.

Más tarde, uno de los doctores que atendía a Tom, salió a darnos un informe mucho más detallado. Por lo pronto, no había riesgo, o eso pensaba ya que una intervención quirúrgica no era cosa de juegos. Tom iba a ser operado esta misma noche para extraerle la bala que se había implantado entre el músculo y los ligamentos del brazo. Era una herida interna y el daño tisular que había causado el proyectil sobre el tejido había transferido la energía cinética a los tejidos adyacentes. Si no lo hacían bien, podría dañarle el músculo y eso tenía aterrada a Kali y sus amigos.

- Harás lo correcto, Edward -le susurré en el oído mientras acariciaba mi espalda con sus dedos.

- ¿Lo crees así? – perfiló mi mejilla con la yema de sus dedos.

- Por supuesto. Ayudar a estos chicos te retornará cierta paz. Olvidarás el despilfarro de dinero de años atrás y les darás vida a personitas inocentes.

Eso solo le hizo sonreír más ampliamente.

- Iré por café, ¿quieres algo más?

- Un jugo de naranja.

La sala del hospital nunca la sentí tan fría como cuando Edward se retiró a la cafetería, dejándome sola, sumida en mis pensamientos, tal como estaba el resto de chicos. Kali echa un ovillo en el sofá, vestía con ropa holgada, muy cómoda, pero que en ciertas ocasiones me había dejado sugerir una figura de hermosas curvas. Todo lo contrario a la carita tierna e infantil que mostraba en aquel rincón del hospital. Una palomita herida. Sol, de cabello largo y ojos marrones, muy parecidos a los míos se mantenía abrazada a Marcus, un muchacho de complexión robusta y apariencia conservadora.

Lentamente, aparté la mirada de ellos y eché una ojeada por el recinto. Los tonos predominantes eran el celeste cielo en las paredes y el blanco en el techo. Los muebles eran marrones. Pequeñas mesas con revistas de medicina y nutrición y el televisor gigante de plasma colocado a lado derecho. Los hospitales podían variar de aspecto y de utilería pero lo que nunca cambiaría serían los sentimientos y sensaciones que hacían aflorar en mí. Los odiaba. Odiaba los hospitales porque fueron el último santuario de mis abuelitos y de mi madre. Siempre querían arrebatarme las cosas más importantes de mi vida…

Siempre…

Edward regresó con café para todos y un estremecimiento enérgico, como un relámpago de fuego me atacó el corazón. Me lo apretó, quiso herirlo hasta verlo sangrar de la misma manera que hizo cuando todos murieron.

Tragué en seco.

- ¿En qué piensas? –Me preguntó Edward visiblemente preocupado. No me había percatado que también estaba encogida.

- En lo de siempre… -logré decir- en la tragedia que rodea mi familia.

- Ven aquí, mi niña bonita –dejó los cafés en la mesita y me acurruqué en sus brazos. Él sonrió y me besó la frente-. Estoy contigo y nada malo volverá a pasarte, te lo prometo. Luego de presentar la demanda, viajaré a Forks para traer a tu padre y someterlo a los mejores especialistas. Él no sufrirá más, lo cuidaremos.

- ¡No! –algo íntimo me hizo gritar-. No quiero que viajes. Podría pedirle a Rachel o a Billy que hablen con él, pero tú no vayas.

- ¿Qué sucede Bella? Desde la casa te noto muy distante, ¿en qué estás pensando realmente?

Di un suspiro profundo mientras el corazón me martillaba con fuerza.

- ¿No te das cuenta? –Negó inseguro-. Richard es capaz de todo. Su blanco eres tú, no yo, ¿crees que no perdería la oportunidad de asesinarte durante un vuelo privado así como hizo con su colega? Los accidentes ocurren, he visto cientos de películas; y es la muerte más violenta y eventual que si hiciesen investigaciones, podrían decir que fue un accidente o negligencia.

- No había pensado en eso… -murmuró mientras se pasaba la mano por su cabello.

- No sería capaz de perderte a ti también. No Edward… prométeme –mi voz perdió su tono natural y adquirió un dejo diferente, casi de súplica y dolor-, prométeme que dejarás esa estupidez de las apuestas. Dime que lo harás.

Tenía los nervios en tensión.

- Júramelo.

- Te lo prometo.

- Y el Amaretto… -susurré.

- También. Me desharé de él. Te lo juro.

.

.

.


*Nota*

Muchas gracias por leer hasta aquí!

Como habrán visto es la primera parte del capítulo 33. En la próxima verán porqué... y porqué usé los números ;)

Espero *se esconde mientras lo dice* que les haya gustado el capitulo y antes de matarme, diganme que les pareció! ^^ No olviden comentar con sus sugerencias, teorías y/o hipótesis ;)!

Un besote grande para todas, las chicas del twitter, FB, BBmsn y mis anónimas... Gracias por estar siempre ahí, lqm *corazón*


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