Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.


1.

No sé qué me poseyó, la verdad. Toda mi vida he sido la niña, la chica, la mujer que todos esperaban, la hija, la hermana, la nieta, la amiga, la novia ideal. Nunca me atreví a levantar la voz, a expresar lo que pensaba, a disentir en lo más mínimo.

Mis padres decidieron que era el momento de volver a sus raíces en el sur, que la gran ciudad no era el lugar más indicado para criar a sus hijos, sobre todo, después de que Jason se metiera en problemas con los amigos que tenía. Así que nos mudamos a lo que yo pensaba que era el culo del mundo. Dejé mi vida, a mis amigos, mis ilusiones y mis esperanzas de tener un futuro con mi noviete de entonces. Sí, ya, muy estúpido pensar que tu amor del instituto te va a durar, pero era romántica, tenía la edad, la vida aún no me había vapuleado y pensaba que el amor era para siempre y esas cosas. Menuda tontería, lo sé, pero bueno, nada que el tiempo no curara y acabara sacándome de mi error. Gracias a mi hermano Jason, yo acabé en la otra punta del país, con nuestra abuela. En su día me pareció lo peor que me podía pasar, había perdido mi vida tal y como la conocía. Lloré amargamente durante días pero no me atreví a oponerme a la mudanza. Mamá insistía que todo sería maravilloso en un lugar donde yo sería la novedad, donde sería la chica más guapa y sofisticada. Papá, el pobre, me miraba sin saber qué decir, total, eran cosas de mujeres. Un misterio cómo consiguió casarse, si me preguntáis, supongo que mi madre hizo todo el trabajo. Jason intentaba consolarme haciéndome ver que él lo tenía peor y la abuela hacía lo que podía siendo comprensiva y cariñosa, pero aquel fue el verano más amargo que se podía tener. Es una obviedad, lo sé, pero todo pasa. La pena se fue diluyendo, llegó septiembre y con él la vuelta a las clases y con ellas, Tara y Lafayette.

Pensé que eran mis amigos, después de tantos años, tantas experiencias juntos, instituto, universidad, trabajos, ¡por el amor de Dios, si eran mis socios!. Inocentemente pensé que me pararían si hiciera algo estúpido inducida por el consumo abusivo de margaritas. El tequila, esa bebida del demonio, tuvo la culpa y ellos por no frenarme, también. Y ahí estaba yo, en el cuarto de baño de un hotel, escondiéndome de alguien. Avergonzada y maldiciendo el momento en que ir a celebrar mi despedida de soltera a Nueva Orleans me pareció una buena idea.

Ahora es cuando debería hablar de Bill, mi prometido, ese hombre con el que me iba a casar y tener hijos y una casa y no sé cuántas cosas más que se supone quieren los recién casados. Ya he dicho que el tiempo me curó del romanticismo, así que no esperaba gran cosa de mi vida en pareja, sólo tranquilidad, estabilidad, compañerismo y buen sexo. Lafayette siempre decía que, exceptuando lo del sexo, todo lo demás ya lo tenía con él , que porqué casarme, y jamás se me hubiese ocurrido confesar que lo del buen sexo..., pues, no, normal, escaso y misionero. El caso era que Bill siempre había sido una constante en mi nueva vida. Era nuestro vecino, alguien amable y estable. Un puerto seguro al que volver cuando terminé con Alcide, por ejemplo, mi novio durante los años de universidad. Nunca había querido a nadie como a él, lo que tampoco era decir mucho, si tenía en cuenta que no había tenido más que cuatro novios. A saber:

Felipe, al que me dejé en la ciudad cuando nos mudamos. Moreno, guapo y apasionado, aay... (léase con la debida entonación, como un suspiro largo acompañado de mirada soñadora y sonrisa bobalicona, que mi chico se lo merecía).

Quinn, el capitán del equipo de fútbol, qué previsible, sí, y tan estereotipado que hasta a mí me daría nauseas. No es que lo fuese a confesar en voz alta, yo no hago esas cosas. No. Nunca.

Alcide, amarle era como estar continuamente subida en una montaña rusa, cuando le veía mi estómago daba un vuelco, no había lugar para el aburrimiento con él porque siempre tenía alguna idea en mente para sorprenderme y porque siendo tan alto, tan moreno, tan guapo, tan amable y considerado, tan apasionado, era un sueño, de verdad, y era el mío y el de todas las demás, siempre tenía una cohorte de... admiradoras alrededor, intentando meterse en su cama. Pero el amor nace con fecha de caducidad y llegó el día en el que ya no fuimos suficiente el uno para el otro. Cuando decidió irse a Europa después de terminar en la universidad nos miramos y, simplemente, nos dijimos adiós.

Y luego, Bill. Estable, serio, responsable, sereno, discreto, normal, previsible. Seguro... Nuestra relación había sido lenta pero segura, vaya, esa palabra otra vez, encaminada a un futuro común, durante años nos dedicamos a afianzarla, así que cuando me pidió que me casara con él un año atrás no lo pensé dos veces, le dije que sí, que sería su mujer, que sería la madre de sus hijos y viviríamos en la casa al lado de la mi abuela que estaba acondicionando. Debería haberme tomado como una señal que fuese precisamente la empresa de la familia de Alcide la que se encargaba de la reforma. La primera de todas ellas. En el año que había transcurrido desde entonces tuve que convencer a todos los que me querían de que Bill era el hombre con el que quería pasar mis días. En lo que iba de año había tenido más pretendientes de los que había tenido en los quince años anteriores, que serían los que llevaba teniendo citas. Y, entonces, cuando la fecha se acercaba, Tara vino con Lafayette y su maravilloso regalo, cuatro días en Nueva Orleans, para que me diese cuenta lo que me iba a dejar atrás una vez le diese el sí quiero a Bill y me convirtiese irremediablemente en la esposa de Sosoman Compton. Sus palabras, no las mías.

Los días pasaron volando y llegamos a Nueva Orleans, nos registramos en el hotel y nos dispusimos a quemar la ciudad. Durante dos días fuimos de fiesta en fiesta, de local en local, bailando y bebiendo más de lo que estábamos acostumbrados, que ya teníamos una edad. La tercera noche nos lo tomamos más tranquilamente, comimos algo y nos fuimos a tomarnos una copa. El local estaba bastante abarrotado y nos costó llegar hasta la barra y hacernos un hueco. Pedimos tres margaritas y, al rato, otros tres. Íbamos ya por la tercera ronda cuando Tara me hizo un comentario.

_ No te vuelvas – hice amago de volverme y ella me paró-, ¡que no te vuelvas!. Hay detrás de ti un tío al que le han entrado casi todas las mujeres del bar y algún hombre también...

_ ¿Y por qué no quieres que vea a semejante monumento? - las palabras comenzaban a ser un pequeño desafío para mí.

_ No me interrumpas – me recriminó-. No quiero que te vuelvas porque él sólo mira a una – me miró como si fuese obvio lo que quería decir y puso los ojos en blanco ante mi mirada de incomprensión-. A ti.

_ ¿Y por qué me mira a mí? – volví a hacer amago de volverme y esta vez fue Laf quién me paró.

_ Porque eres la única que no le ha mirado ni una sola vez, cacho perra – se rió.

Esa vez si me volví. A mi espalda un hombre alto, muy alto, rubio y con unos impresionantes ojos azules me sonrió y agitó su botella de cerveza a modo de saludo. Le devolví la sonrisa y volví a la conversación con mis amigos.

_ Si que es guapo, sí – dije sin darle mayor importancia-. Bueno, ¿qué queréis que hagamos ahora después? Podemos ir a bailar, ¿no?

Tara y Laf me miraron con fastidio, ¿qué esperaban, que me tirase a los brazos del primer guaperas que me tirara los tejos? Bueno, técnicamente, el no era el primero, ni siquiera el quinto o el décimo que lo había hecho desde que llegáramos a Nueva Orleans, pero tenía que reconocer que sí era el que no sólo estaba de mejor ver, sino también el único al que había encontrado interesante. Pero tenía novio, me casaba en una semana, ¿qué sentido tendría? Pasamos los siguientes minutos hablando de tonterías y entonces decidimos irnos a otro lado. Nos estábamos preparando para dejar el local cuando noté una mano en mi hombro. Me volví y el rubio, alto y guapo me miraba bastante confundido.

_ ¿Os vais ya? - me preguntó.

_ Eh..., sí – sonreí extrañada por su pregunta.

_ ¿No os queréis quedar un poco más...?

_ Bueno, después de tres margaritas, me parece que necesitamos un poco de aire fresco – me reí y él sonrió apesadumbrado-. Nos vamos a tener que ir. Diviértete. Hasta luego – me despedí.

Estábamos a medio camino de la puerta cuando me paré en seco, murmuré un "no puedo hacerlo". Tara me miró extrañada. Giré sobre mis Jimmy Choo y me fui hacia él que miraba su cerveza con aspecto serio.

_ He pensado que no te puedo dejar aquí solo, rodeado de tanta loba, te puede pasar algo y acabará cayendo sobre mi conciencia. Necesitas de mi protección para que no te hagan nada. Venga, termínate tu cerveza, te vienes con nosotros.

La cara se le iluminó, se bebió lo que le quedaba de un trago y me hizo un gesto para que pasara delante de él. A nuestro paso, las lobas que habían estado acechando a su alrededor me miraban con envidia.

Una vez en la calle, nos encaminamos hacia nuestro siguiente destino. La noche era joven y había que quemar las últimas horas en la ciudad antes de Bill. De vez en cuando lanzaba una mirada de reojo al hombre que caminaba entre Lafayette y yo, que sonreía ante las bromas -no tan bromas- de mi amigo en su intento por hacerle pasar al lado oscuro. Me descubrí soltando un suspiro de alivio al oír su risa y como declinaba educadamente su ofrecimiento. No estaba interesado en Laf, bueno, eso era un principio. Por más que le mirara no se me ocurría qué había podido ver un hombre como ése en mí, ni idea. No es que fuese fea, para nada, al contrario, rubia y bastante guapa, y también bastante alejada del prototipo de Barbie Malibú esmirriada que se empeñaban en imponernos.

En las siguientes horas descubrí que se llamaba Eric, que era sueco, que era antropólogo, que vivía en España y que había venido de vacaciones para ver a un amigo. Descubrí que no sólo era guapo e inteligente, sino divertido y encantador. Conforme iban pasando los minutos me preguntaba cada vez más cómo sería besar sus labios. Miraba sus grandes manos y las imaginaba abarcando perfectamente mis pechos y más de una vez me sorprendió sacudiéndome la idea de la cabeza con un gesto.

Varias copas y varios bailes después, acabé sabiéndolo. Y una cosa nos llevó a otra y cuando quise acordar, estaba en una cama enorme, en la habitación de un hotel de la calle Bourbon, comprobando que no sólo sus labios y sus manos se ajustaban a mis generosas formas como si fueran la pieza del puzzle que encajara en mí.

Y también que el misionero no sería nunca más aceptable o suficiente.

Por cierto, me llamo Suzanna, Suzanna Stackhouse, pero si usáis ese nombre tendré que mataros. Llamadme Sookie.


Gracias a anira22 y a lucerita por sus ánimos y su apoyo con ésta y alguna otra historia ;)