N/A: He aquí el capítulo final. Mi testamento con lágrimas, agradecimientos y despedida obviamente irán después, ya que no quiero postergar la conclusión del fic.

Espero que sea de su agrado y que disfruten de… la sorpresa de este capítulo. Tan sólo puedo decir: ¡Por fin!


XVII: Convergencia

La mano recorría el espacio de sus pechos, moviéndose lentamente hacia su estómago. El aire comenzó a sentirlo pesado, dificultándole la respiración. No la miraba, pero notó el efecto que tenía en ella su caricia y una sonrisa apareció en su boca. Su palma se detuvo en la parte baja del estómago y de repente quiso gritar. Era como si lo estuviera haciendo a propósito. Había dejado su maldita mano reposando en aquel lugar con la finalidad de atormentarla.

Se obligó a seguir respirando y con ayuda de los codos, se sentó. Él la miró un poco descolocado por el movimiento y antes de poder hacer o decir algo, ella atrapó sus labios con los suyos.

-Para que veas cuán genial soy –dijo mientras sus labios se movían por su cuello, depositando un largo beso en su manzana de Adán. Lo sintió gemir-, no te haré esperar, ¿vale?

-Sólo… estaba jugando un poco –tomó su mentón con una mano y la detuvo. Ella se enderezó, encontrándose con sus ojos a pocos centímetros de distancia. Con la leve iluminación de la habitación era difícil de saberlo, pero el iris de sus ojos tenía finísimas líneas de color celeste oscuro que se perdían en la monocromía del gris. Todavía recordaba cuando había visto aquel destello de color en su mirada. Por primera vez pensó que quizás no se trataba de un imbécil sin vida, sin personalidad, y sin sueños. No era la persona que los demás decían que era-. Ya no jugaré más. Lo prometo –dijo con voz infantil.

Ella soltó una risita mientras colocaba sus brazos encima de sus hombros, para así acariciar su cabello más fácilmente.

-¿Sí? –enredó sus dedos en la cabellera rubia-. Demuéstramelo.

La besó mientras repetía su nombre en un tono juguetón. Nunca lo admitiría, pero cuando él la llamaba Rosie se sentía feliz. Cuando lo escuchaba en otras personas sentía que era un diminutivo molesto y soso, sin embargo él lo decía con tanta dulzura y cariño que la hacía sentirse especial.

Sus pensamientos quedaron olvidados cuando sintió que su espalda caía con cuidado sobre el colchón de la cama y una de las manos del rubio bajaban hasta la parte trasera de sus muslos, en una invitación para mover las piernas que ella claramente aceptó.

Cerró fuertemente los ojos, conteniendo las ganas de gemir y de… llorar.

-Rose, es hora de despertar.

Lo sabía desde que se encontró en la habitación circular con Scorpius. Su cerebro parecía nunca descansar y esta vez lo había sido la excepción, recordándole con abismal seriedad que la situación era irreal. Era una combinación de sus recuerdos con sus deseos. Tal como ocurría cada noche, durante las pocas horas que dormía, siempre se encontraba con él en sus sueños. A veces estaban en la Sala de los Requerimientos, haciendo el amor o hablando; en otras estaban estudiando en la biblioteca, robándose miradas; y en otras simplemente lo veía a la lejanía mientras ella estaba dando un examen o caminando por los pasillos de la escuela. Había olvidado hacía cuánto tiempo no soñaba sin que él estuviera presente o cuándo fue la última vez que su subconsciente la hizo imaginar una situación extraordinaria e ilógica, como supuestamente ocurría con los sueños.

En ellos siempre había un momento donde se sentía tan feliz que su cuerpo explotaría. Sabía que era una mentira, pero nadie más que ella tenía que saberlo. Estaría bien que disfrutara, ¿cierto? El sueño seguía hasta el momento en que recordaba que ella no merecía sentirse así. ¿Cuán patético era imaginar todo esto cuando no era nada más que algo imposible? Se mentía a sí misma diciendo era eran sueños, cuando no eran más que pesadillas que su propia mente creaba para mofarse de su ingenuidad.

Cada vez que despertaba se sentía con la misma sensación de cansancio de quien no había podido conciliar el sueño. En un principio pensó que debería dejar de estudiar un poco menos para al menos tener seis horas de descanso. Lo intentó, pero no funcionó. Se sentía igual o peor, ya que las pesadillas eran más largas. Finalmente optó por utilizar una poción para no tener sueños. Dejando de lado el agotamiento natural de quien se prepara para rendir los exámenes más importantes de su educación escolar, amanecía muchísimo mejor y con ganas de levantarse. Todo fue perfecto hasta que los ÉXTASIS se acabaron junto con la poción que la enfermera le había dado. Ya no tenía una excusa para pedir más... No una que pudiera contar a Madame Pomfrey.

Él volvió a aparecer en las noches, y con él regresó el cansancio, los recuerdos y el odio que tenía por sí misma.

-Lo sé –murmuró con voz soñolienta la pelirroja. Abrió lentamente los ojos mientras se repetía que debía actuar normal-. ¿No hay nadie en el baño?

-No. El resto ya se duchó –se sentó lentamente y levantó la mirada, encontrándose con su amiga de pie junto a la cama. Hacía poco debía de haber desocupado el baño, ya que Kate apenas vestía su ropa interior mientras se secaba el cabello con una toalla celeste-. Creí que era mejor dejarte dormir un poco más.

Si supieras que dormir me hace peor.

Con una rápida sonrisa le agradeció su preocupación y se puso de pie para buscar ropa limpia.

-Estoy muy nerviosa –escuchó a la chica a sus espaldas mientras sacaba sus artículos de aseo personal del baúl-. Es como si toda nuestra vida dependiera de un maldito trozo de papel.

-Sabes que nos fue bien en los ÉXTASIS, Kate.

-Lo sé –Rose sonrió por la respuesta segura de su amiga. Le sorprendía cuán honesta podía llegar a ser sin sonar petulante. No tenía el aire de sabelotodo exasperante de alguien perteneciente a la casa de Ravenclaw-. Es lo que significa. El fin está aquí.

-No puedo creer que nos graduaremos dentro de un par de días –cerró el baúl y sus ojos se pasearon por la habitación. De pronto recordó su primera noche en el castillo hacía siete años atrás y pensó en cuán raro sería la idea que el dormitorio en la casa de sus padres fuera su habitación, y no ésta. Su hogar había sido Hogwarts-. Ahora que lo pienso, será extraño no tener que compartir el cuarto con más personas. Las largas rutinas de belleza antes de dormir de Miranda, las agradables idas al baño de Lucy a mitad de la noche, tus ronquidos…

-¡Hey! –Kate la lanzó la toalla y Rose la esquivó, sacándole la lengua-. Weasley, tú roncas más que nadie, así que no me ataques, ¿vale?

-Admite que me extrañarás a mí y a mis ronquidos.

-Sí, claro. Extrañaré no dormir en silencio –comentó rodando los ojos al mismo tiempo que caminaba hacia una esquina del cuarto donde había un espejo de cuerpo completo. Se colocó una blusa-. Debería estar loca para sentirme mal por no tener tus ronquidos de fondo en mis sueños.

Rose se rió y le dijo que sabía que mentía. A pesar de estar ansiosa por largarse de la escuela, conocía bastante bien a su amiga como para saber que le causaba miedo el cambio. Las reglas, el ambiente y la etapa de lo que significaba Hogwarts la tenían aburrida. "Es como cuando sabes que ya no quieres que tu mamá te elija la ropa porque ya estás lo suficiente grande para seleccionar tu estilo" solía decir cuando hablaban del tema (algo muy recurrente este último año) y estaba de acuerdo con ella. Habían crecido, no sólo de tamaño y edad, sino de mentalidad y de un día para otro la sensación de que el castillo las aprisionaba se hizo constante. Necesitaban terminar esta etapa. Y a pesar de por fin de estar tan cerca de obtener que lo querían, había nacido el miedo a lo desconocido. Tendrían que enfrentar esta nueva vida fuera de Hogwarts sin la presencia omnipresente de la otra: Kate se iría de vacaciones con su familia a Estados Unidos hasta septiembre para luego comenzar un trabajo en el ministerio de magia, y Rose analizaba la posibilidad de hacer una pasantía en el ministerio o en el banco o en 'Sortilegios Weasley' antes de iniciar cursos de contabilidad y finanzas. Ya no estarían todo el día juntas, y aunque quizás podrían irse a vivir juntas, eso no ocurriría hasta que ambas tuvieran un salario decente como para volar desde los nidos familiares. Lo que habían sido las vacaciones, el ver a la familia y compartir con ella, se convertiría en lo cotidiano. Y sinceramente, la pelirroja no estaba muy feliz de aquello.

En los últimos días Rose se había convencido que le daba más miedo vivir en el seno familiar que estar lejos de Kate, ya que de algún modo u otro conseguiría verla todos los días (debían reservar al menos un día a la semana para reunirse). Tener que enfrentarlos todos los días sería duro.

Con un largo suspiro, la chica tomó el pequeño montón de ropa que vestiría aquel día y el minúsculo bolso con sus artículos de aseo personal, y caminó hacia el baño.

-Rose –se detuvo y vio en el reflejo del espejo que los ojos de su amiga estaban fijos en ella-. ¿Sabes que te quiero, verdad?

¿Tan mal estoy que debes repetírmelo todos los días?

-Yo también, Kate –dijo sonriendo.

Entró al baño y cerró la puerta tras de sí, sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas.

No podía engañar a su amiga. Probablemente notaba que seguía tan cansada como si estuvieran estudiando para los exámenes y que forzaba su buen humor para no preocuparla. Después de unos días, la chica había dejado de preguntarle cómo estaba y de darle palabras de ánimo, y había optado por no tocar el tema porque había notado que nada de eso funcionaba. Ahora hablaban como siempre, lanzándose bromas que para cualquier otra persona podrían resultar hirientes. Pero de algún modo u otro, Kate le hacía ver que se preocupaba por ella. A veces le decía que la quería, otras la abrazaba largamente y en otras ocasiones simplemente le daba su ración de tarta de calabaza durante el desayuno. Ella era así: no podía fingir que algo no ocurría sólo porque no comentaba de aquello.

-¿Estás así por él o por algo más? –le había preguntado una vez, con la voz temblorosa y los ojos rojos. Kate hacía todos los esfuerzos por no alzar la voz-. Si es por él, lo entiendo. Créeme que comprendo que te sientas mal, pero… Pero estoy segura que es algo peor. ¿Qué te ocurre? –al ver que como respuesta sólo obtenía silencio, la abrazó-. Estoy aquí, Rose. Eres mi mejor amiga y estoy aquí para ti.

¿Qué le iba a decir? ¿La verdad?

Dejó la ropa en el mueble junto al lavabo y el neceser junto a la ducha. Se movía lento, como si el cuerpo le pesara toneladas. Estaba segura que no era sólo por las pocas horas de sueño, sino que era posible que hubiera subido de peso. Siempre comía demasiado y quizás ahora con el estrés su cuerpo absorbía más calorías de lo usual.

Se preguntó si de verdad estaba subida de kilos y se aproximó al lavabo, donde había un espejo empañado de vapor por la anterior ocupante del baño. Lo limpió con la palma de la mano y se observó en él.

Entre las gotas de agua condensada estaba la misma chica en un cuerpo que parecía ser de mujer. Seguía tan alta, pelirroja, pálida y ojerosa como siempre. Quizás más de lo normal, ya que por las pesadillas en la noche junto a las venas que se asomaban bajo sus ojos se veía un tinte azulino, haciéndola ver cansada.

Demacrada.

Sus ojos se desviaron al atributo que más llamaba la atención luego de su cabello: un busto y caderas más prominentes que el resto de las chicas de lo normal se asomaba bajo la camiseta del pijama. Se veía… grande. Giró varias veces, observando el espacio que ocupaba su anatomía en el reflejo y determinó que casi ocupaba todo el espejo.

Gorda.

Debía de ser culpa del pijama. Solía ocupar ropa holgada porque le resultaba más cómodo que sentir las telas pegadas al cuerpo. Se quitó la camiseta y el pantalón rápidamente.

Desnuda frente al espejo parecía verse igual o aún más enorme.

Enfermiza.

Cerró fuertemente los ojos mientras respiraba profundamente. Esto iba sucediendo cada vez menos y debía alegrarse por ello. Tan sólo durante las mañanas se sentía así, cuando se miraba detenidamente al espejo. Si seguía forzándose a hacerlo, eventualmente las ganas de romperlo desaparecerían. Los deseos de ser otra persona; de tener la figura pequeña y menuda de alguna de sus compañeras, el cabello liso y negro de la mayoría de chicas en la escuela, y piel más morena que pudiera ocultar sus pecas y ojeras, todos eso se diluiría hasta no ser más que un mal recuerdo. Pronto podría encontrarse bonita sin maquillaje, tal como su madre, su padre, sus primos, su amiga y casi todos le decían cuando hablaban de su apariencia.

Fue hasta la ducha, y giró el grifo agua caliente y fría. Una vez que la temperatura le resultó agradable, se introdujo bajo la lluvia. Sacó uno de sus brazos para sacar dentro del neceser su jabón. Mientras se lo aplicaba en la espalda, sintió un escozor en los ojos y se dio cuenta que estaba llorando. No se detuvo. Este era el único momento donde podía permitirse el lujo de llorar sin que nadie la juzgara ni le hiciera preguntas que no podía responder.

Me odio, Kate. Me gustaría ser cualquier otra persona menos yo.


Roger Petersen el más idiota, exasperante, y molesto ser posiblemente en todo el mundo mágico. Durante siete años Rose había tenido que presenciar cómo su compañero de curso y casa se ganaba el odio de todos los habitantes del castillo. Era el típico niño que tenía sólo Extraordinarios y haría lo que fuera para siguiera siendo así: había tomado todas las asignaturas electivas posibles, se había inscrito en tres clubs, y se ofrecía a ayudar a los profesores en todo (lo que obviamente causaba risas en sus compañeros). Su obsesión con tener un expediente perfecto era casi tolerable porque casi todos los Ravenclaw eran así, pero cuando ambos fueron nominados como prefectos en quinto año todo cambió. El muy imbécil se sentía en la cima del mundo, le daba órdenes hasta el mismo Premio Anual y terminó cerrando su grupo de estudio porque nadie se tomaba en serio el futuro académico a excepción de él. Su tiranía y obsesión por ser el más importante entre todos habían terminado por hacer que la directora lo nombrara Premio Anual este año. A los ojos de los profesores se debía ver como el estudiante perfecto, pero no era más que un dolor en el trasero. Nadie lo felicitó por el honor, y los prefectos se lamentaron por ahora tenerlo como jefe oficial. McGonagall asignó a Zach McDonald como prefecto de Ravenclaw y aunque eso hizo sentir un poco mejor a Rose, eso no quitaba el hecho que Petersen los haría sufrir otro año más. Por más simpático y agradable que fuera Zach, el Premio Anual era una mierda y debían seguir aceptando las órdenes del idiota.

-Bueno, y como ya saben, todo debe ser perfecto para cuando me llamen al escenario –dijo Petersen con una sonrisita de orgullo descarada.

Habían transcurrido más de una hora y la reunión para organizar los informes que debían entregarle a la directora y jefes de casa sobre los números de detenciones durante el último año, se había transformado en un monólogo sobre cuán genial sería la ceremonia de graduación porque Petersen podría ascender al escenario para recibir un trofeo por su nombramiento como Premio Anual y todos le aplaudirían.

-Si vuelve a decir la palabra "perfecto", saco mi varita y dejo inconsciente al muy hijo de puta –musitó por lo bajo Scabior, la prefecta de Slytherin.

Rose jamás pensó que estaría de acuerdo con Scabior, pero aparentemente las ganas de callar a un imbécil lograban maravillas.

Escuchó a Zach gemir de exasperación por milésima vez en menos de cinco minutos y la pelirroja volvió a ver el reloj colgado sobre la puerta de la habitación. ¿Acaso alguien había encantado el maldito minutero para que se moviera más lento de lo usual? ¿Por qué rayos esto se estaba haciendo en la tortura más larga del mundo?

-… entonces, la idea es que nosotros podamos ayudar a los profesores. Nada puede salir mal en la ceremonia, ¿vale, chicos? –los ojos del larguirucho joven de pie frente a ellos se pasearon por sus caras, sin siquiera notar las expresiones de agobio que había en ellos-. Todo debe ser perfecto.

-Perdón, Petersen. ¿Cuándo vamos a hablar del informe?

Todos se movieron y miraron a la persona que había hablado. Rose no pudo evitar abrir la boca de asombro: el prefecto menos participativo, el que evidentemente estaba en el lugar para tener el título en su currículum y al que le importaba un bledo que se cumplieran las reglas, había interrumpido al Premio Anual. Diez pares de ojos, incluidos los de Petersen, observaban a Nathaniel Bulstrode como si fuera una persona que tomó poción multijugos para verse como él.

-¿Perdón? –preguntó Petersen, con los labios temblorosos.

-No creo que necesites que te repita la pregunta –Bulstrode se puso de pie y colocó las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones-. Ya no tengo ninguna razón para sentarme a escuchar tus vanidades. Ninguno de los que vamos en séptimo necesitamos someternos a esta tortura porque ya nos graduamos –ante la mirada atónita de todos los presentes, se giró para mirar a Scabior-. Como sé que no vas a hacer nada con o sin órdenes, te digo desde ya que yo me encargaré de elaborar el informe de nuestra casa, así que dedícate a hacer lo que sea que hagas en la vida. Se lo daré a Slughorn y McGonagall al final del día –hizo un movimiento de cabeza a modo de despedida-. Así que como ya no tengo nada más que hacer aquí, me voy. Hasta luego, gente.

Luego de algunos pasos del moreno, el silencio se rompió cuando una de las chicas de Gryffindor se colocó de pie y aplaudió. Casi enseguida su compañera se le unió, y poco después todos los prefectos estaban aplaudiendo y vitoreando la salida triunfal de Bulstrode.

-No puedo creer que diga esto, pero estoy enamorada de Bulstrode –dijo Scabior.

-Rose –Zach le pegó en un brazo-, mira a Petersen.

El Premio Anual estaba paralizado en medio de la habitación, con la mirada fija en el lugar donde Bulstrode había estado sentado y las manos cerradas en puños. Estaba obviamente procesando lo ocurrido.

Sin poder soportarlo más, la chica comenzó a reírse al igual que todos los demás prefectos y hubo un extraño lapsus donde por primera vez este grupo de personas que no se llevaba bien (Scabior era una maldita gruñona, a Bulstrode le importaba un pimiento compartir, una de las prefectas de Gryffindor era pesadísima) se unió bajo un sentimiento: la alegría de ver a Petersen destruido. Por fin alguien se había atrevido a decirle que no les gustaba tener que escucharlo, y que la única razón que lo hacía era porque seguirían en el cargo durante el siguiente año.

Después de acordar rápidamente qué parte haría cada uno del informe, la pelirroja se despidió de su compañero y salió del aula.

Caminó rápidamente hacia el sector de las escaleras, y cuando vio una cabellera oscura y con leves ondas, aceleró el paso hasta levantar el brazo:

-Bulstrode –le tocó el hombro, haciendo que se detuviera. El chico movió la cabeza y le ofreció una mirada divertida-. ¿Qué ocurre?

-Me siento tan bien por haberle dicho eso –dijo en un tono tan honesto que Rose no pudo evitar reír.

-Te convertiste en el héroe de todos.

-Ya conseguí graduarme, así que no tengo por qué oír otro discurso de Petersen alabando su persona –se alzó de hombros mientras empezó a caminar hacia la escalera. Rose lo acompañó-. Me parece casi una broma que un tipo así exista.

-Lo bueno es que se irá a estudiar a Francia, así que no tendremos que verlo durante un buen tiempo.

A pesar de ser callado y con un aire de presunción, Bulstrode le caía bien. Era parte de su personalidad no tener interés en compartir con sus compañeros, puesto que se notaba que tenía intereses diferentes. Muchos lo odiaban por ello, ya que solía verse como un idiota que se regocijaba viendo al resto como seres inferiores a él, pero no por ello era algo realmente molesto. Nunca lo demostraba públicamente. Al menos era lo suficientemente respetuoso e inteligente como para guardarse su opinión y como resultado, le ponía atención a sus propios planes para el futuro y actuaba cuando era necesario. A veces se preguntaba por qué le caía bien, ya que de todos modos debería quedar como un arrogante y clasista (aunque no discriminaba por clase social ni económica, sino por inteligencia). Debería. En teoría lo sería, pero no era así.

Comenzaron a hablar a finales de quinto año. Rose llegó a la reunión de prefectos de fin de año y al ver que Bulstrode también estaba en el salón, ella se le acercó a saludarlo como excusa para escapar de la compañía de Petersen. Al chico no le causaba simpatía el Slytherin (y ahora mucho menos con su pequeño arrebato de honestidad). Con evidente molestia le devolvió el saludo y volvió a poner atención a su libro. Ignorando su amable actitud, la chica leyó el nombre de la portada y el resto fue historia. Jugaron ajedrez luego de la reunión y Bulstrode le confesó que era la primera vez que alguien le ganaba. Luego de aquel día, se saludaban en los pasillos, se sentaban juntos en las reuniones, luego de algunas clases compartían apuntes y cuando tenían oportunidad de jugar, lo hacían.

Mi primer "amigo" Slytherin.

Amigo entre comillas, puesto que no salían a Hogsmeade, no se reunían en las fiestas, no se escribían cartas durante vacaciones ni tampoco tenían conversaciones más profundas que deberían reformular los contenidos de Runas Antiguas y Aritmancia porque sentían que podían aprender más del libro que de los profesores.

-Supongo que no viniste exclusivamente a felicitarme, Weasley –no la miraba, pero supuso que había visto la expresión de culpabilidad en su rostro, ya que esbozó una pequeña sonrisa-. ¿Quieres saber cómo está?

-A veces me pregunto si alguien podría engañarte –comentó con una voz casi ahogada. Estaba nerviosa.

Se permitía verlo durante las clases. Compartían sólo dos, y las últimas semanas de Encantamientos y Herbología las había ocupado en observarlo fijamente. Se sentaba adelante, junto a la puerta, listo para saltar como un resorte cuando la campana sonaba y desaparecía en cuestión de segundos. Quizás lo hacía para no tener que verla. Habían caído en un extraño juego de las escondidas donde se evadían y si se encontraban, ninguno anunciaba que lo había pillado. Simplemente no cruzaban miradas y el juego continuaba. Por eso valoraba esas asignaturas porque le daban la excusa perfecta para mirarlo sin tener miedo o pudor, de todos modos, debía tener la mirada adelante donde estaba el profesor.

Cuando le daba una rápida ojeada en los pasillos o el Gran Comedor, se preocupaba por lo exhausto que lucía. Se preguntaba si comía, si dormía y descansaba lo suficiente. La peor época había sido las primeras semanas luego que habían terminado, ya que de verdad parecía un cadáver andante.

Le arruinas la vida. Te mereces sufrir. Te mereces sufrir porque no eres más que un estorbo en este mundo.

La segunda semana después de la salida a Hogsmeade no soportó más y terminó encerrándose en uno de los compartimientos del baño del segundo piso. Lloró hasta que los ojos le ardían y las lágrimas secas le hacían doler las mejillas. Esperó varios minutos, forzándose a calmarse, y salió, ignorando las miradas curiosas de unas niñas de tercer año. Kate le preguntó si estaba bien y a pesar de no seguir preguntando más, supo que no le convenció su sonrisa conciliadora.

Con el pasar de los días, vio que Scorpius hablaba con Bulstrode y de repente se reían en clases, obviamente ocupando al profesor o a otro compañero del curso como centro de sus burlas. Eso la tranquilizó.

Las clases y los exámenes habían terminado, por lo que ya no podía verlo entre la multitud, a escondidas de su consciencia e inseguridades.

-Eres demasiado obvia. En tres días nos largaremos de aquí para siempre y estás preocupada –comentó reduciendo la velocidad de sus pasos, esperando a que la siguiente escalera se posicionara frente a ellos-. Está bien. Este tiempo le ha hecho muy bien a Malfoy.

-Eso es bueno –dijo con alivio.

-Sí, pero no significa que está feliz –la miró con una expresión bastante suave. Rose, parpadeó, sintiéndose extrañamente descolocada por darse cuenta que hasta parecía estar siendo amable-. Es evidente a quién necesita para serlo.

¿Quién pensaría que Bulstrode sería la conexión que tendría con Scorpius? Era tan extraño pensar en él como el amigo, el buen samaritano. Sin embargo, si lo analizaba bien, lo era. No había manera que no lo fuera. Tan importantes eran las conexiones para el joven que cuando encontrara a alguien que realmente valía la pena conservar dentro de su círculo cercano, entonces sería capaz de hacer mucho por ellos. Como ayudarlos con su vida amorosa, por ejemplo.

-No sé si sea la persona idónea para traer felicidad.

Las palabras salieron de sus labios antes siquiera pensarlas. Rose bajó la mirada, sintiéndose patética. ¿Acaso alguna vez se vería a sí misma como alguien con talentos, alguien capaz de recibir sentimientos buenos y darlos? Si lo analizaba fríamente, la imagen que tenía de ella misma era asquerosa. Se valoraba menos que un pedazo de mierda de Voldemort.

Bulstrode negó con la cabeza:

-No seas tan dura contigo misma –dejaron que un grupo de chicos de Hufflepuff subieran y cuando ya estaban lejos, continuó:-. Eres de las pocas personas que conozco con la que vale la pena relacionarse.

¿Le estaba tratando de subir los ánimos?

Soltó una risita y se alzó de hombros:

-Gracias, creo.

-Es un cumplido –le aseguró. Caminaron un poco más hasta que el moreno se detuvo-. ¿Te das cuenta hacia dónde me dirijo, verdad? –habían llegado al vestíbulo. Si lo seguía acompañando llegaría a la sala común de Slytherin, lo cual no sólo sería raro por el simple hecho de ir a ése lugar, sino que se encontraría con Scorpius. Rose asintió, suspirando-. Suerte con el informe.

-¿De verdad lo entregarás hoy?

-Sí. Mejor salir antes del problema que aplazarlo hasta el último día.

-Por tu culpa Zach y yo tendremos que también hacerlo ahora –rodó los ojos. No le apetecía para nada estar toda la tarde haciendo análisis estadísticos de los tipos de faltas que habían hecho los compañeros de su casa-. Muchas gracias, Bulstrode.

-Oh, vamos. Puse en su lugar a Petersen. No puedes tratar así al salvador de los prefectos –lanzó una risita y movió la mano-. Nos vemos luego, Weasley.

Mientras miraba su espalda dirigirse hacia las profundidades de las mazmorras, no pudo evitar sentirse aliviada por saber que Scorpius estaba bien.

Aunque eso no significa que sea feliz.

Ambos estaban infelices.

Por tu culpa. Nunca harás a nadie feliz.


La graduación era una corta ceremonia que se llevaba a cabo el día anterior al último día del año escolar. Tomaba lugar antes de la cena y consistía en que la directora daba un pequeño discurso, los jefes de casa entregaban los diplomas que acreditaban que cada estudiante había completado su educación en Hogwarts y las nunca antes vistas personas del comité escolar daban las distinciones a los estudiantes destacados.

Cuando llamaron al Premio Anual, se escucharon tímidos aplausos. La noticia de que uno de los prefectos había puesto en su lugar a Petersen ya era conocida, y muchas cabezas buscaron a Bulstrode. El joven trataba de reprimir un bostezo. Rose tosió para controlar la risa.

-Y ahora nos complace llamar a los estudiantes que se destacaron en… Señor, Petersen, puede retirarse –la presidenta del comité escolar prácticamente fulminó con la mirada al chico. Rose escuchó a Zach McDonald ahogarse de las carcajadas a su lado-. Bien. Hacemos este reconocimiento a los dos estudiantes que se destacaron durante los siete años de su educación: Albus Severus Potter y Rose Ginebra Weasley.

-¡Felicidades! –Kate le tomó el brazo-. Vamos, anda.

Sintiéndose extremadamente nerviosa por tener la atención de todos los presentes, la pelirroja se colocó de pie y avanzó hasta uno de los pasillos que había entre las sillas para poder dirigirse al lugar donde cenaban los profesores que estaba habilitado como escenario.

Su primo sonreía ante los gritos de felicitaciones de sus compañeros y le dio un rápido abrazo. Aparentemente le había dicho algo, y Rose se encontró agradeciéndole mientras le deseaba lo mismo. Quizás la había felicitado. No estaba segura. Su corazón había comenzado a latir más rápido, retumbando en sus oídos y haciéndole doler la cabeza.

Notando su nerviosismo, el joven la tomó por el brazo para ayudarla a subir y se colocaron junto a la mujer, enfrentando a sus compañeros.

-Ambos se han destacado como estudiantes modelo de Hogwarts, la Escuela de Magia y Hechicería –apenas escuchó la voz de la presidenta del comité escolar. Era como si estuviera hablándole desde el otro extremo del Gran Salón-. La señorita Weasley recibe el Premio al Honor Académico y el señor Potter al Honor Deportivo. Estamos muy felices por tener el placer de tener a personas tan dedicadas y…

El profesor Flitwick se puso frente a ella y le entregó el diploma, mientras le decía algunas palabras con profundo orgullo. Los demás jefes de casa también se le acercaron, estrechándole la mano y felicitándola por el reconocimiento.

-Muchas gracias –dijo con dificultad la pelirroja, recordando que debía inspirar y espirar si no quería desmayarse.

-Gracias, tío Neville –escuchó decir a Albus a su lado. Parecía estar tan contento que había olvidado que en la escuela trataban de profesor al amigo de sus padres-. De verdad no puedo creer esto. Siento que estoy soñando.

Sí, debía estar soñando… Debía tener una pesadilla, concluyó Rose. Estar obligada a ser el centro de atención la enfermaba. Contó mentalmente hasta el número cincuenta y dos cuando la voz de la mujer les dijo que podían regresar a sus asientos.

No supo cómo, pero de pronto se encontró sentada nuevamente con Kate. Las manos le temblaban y la frente le sudaba. El diploma sobre sus piernas era la evidencia que le demostraba que no había sido parte de su imaginación, que todo aquel circo fue real. Vio su nombre escrito con tinta dorada bajo el escudo de Hogwarts y las palabras "Diploma al Honor Académico". En cierto modo no era una sorpresa porque siempre tenía Extraordinarios y entregaba todas las redacciones con puntualidad, pero igual le sorprendía porque no podía ser cierto. Es decir, había decenas de estudiantes tan dedicados e inteligentes como ella. Todos sus compañeros de casa se habían esforzado igual o más que ella para tener calificaciones perfectas. Miró el pie del papel: la firma y el sello de la directora Minerva McGonagall acreditaban que era así, que ella era la estudiante con el mejor rendimiento académico de su generación.

Su madre había recibido el mismo diploma cuando se graduó. Siempre que le preguntaban sobre su último año de escuela, decía que había sido difícil porque estaba lejos de su padre, pero que la compañía de tía Ginny y su pasión por los estudios la habían ayudado a terminar séptimo año. La respuesta terminaba con una mención al honor de haber sido la mejor estudiantes de su generación (la de ella, no de la siguiente, ya que una chica de Ravenclaw subió con ella para recibir el diploma por el de su generación).

El estómago se le apretó y le dieron ganas de vomitar.

-Siempre supe que te lo ganarías –comentó una compañera de casa una vez que la ceremonia había terminado.

Rose sonrió educadamente a todas las palabras y abrazos de la gente.

-Yo creo que esto amerita una celebración –Albus se acercó a ella y le sonrió-. ¿Qué dices? Sólo quedan dos noches más y no volveremos más a este lugar. Hay que tener nuestra ceremonia de graduación.

La idea sacó aprobación de todos, y pronto se organizaron comisiones para ir a comprar comida y bebidas al pueblo, preparar la música, y decorar el lugar donde sería la fiesta.

-¡Nos vemos en la sala común de Gryffindor! –anunció una amiga de su primo-. ¡Corran la voz!

-Buena idea, Albus –comentó Kate. La sonrisa del chico creció ante sus palabras-. Ya me parecía raro que no hiciéramos nada para celebrar nuestra graduación.

-Supongo que era por pereza, pero esto cambió todo –movió el diploma que tenía en una de sus manos-. No me importa que Slughorn venga a retarnos y a quitarnos puntos por estar ebrios. Hay que terminar esta etapa con una merecida fiesta –rió-. Hasta me gustaría que mis padres estuvieran aquí. Sé que estarían orgullosos por este honor.

Rose no pudo evitar respingar, repitiendo con incredulidad el pequeño discurso victorioso de su primo.

El gesto fue evidentemente percibido por Albus y Kate, y ambos la miraban sorprendidos. Bueno, Kate no realmente. Lucía más bien preocupada.

-¿Puedo hablar a solas contigo, Rosie?

-Chicos, ¿por qué no ayudamos al resto? –Kate señaló la salida del Gran Comedor, donde todavía se veían algunos de sus compañeros conversando-. Estoy segura que necesitan-

-Por supuesto –intercambió una larga mirada con el joven antes de colocar sus ojos sobre la chica-. Nos vemos después, Kate.

Las cosas no habían estado bien con su primo. Durante este año habían peleado cada vez más seguido hasta el grado donde ya no hacían tiempo para estudiar juntos, Rose comenzó a ir con menos frecuencia a almorzar con sus primos a la mesa de Gryffindor hasta que eso se convirtió en algo del pasado, Albus no le pidió volver a ser pareja de trabajo en Herbología y apenas se saludaban cuando se veían. La razón era que ya no soportaba más el supuesto honor familiar, el orgullo de ser un Potter o una Weasley que salía a cada rato de la boca de su primo. Todo lo que ellos hacían era perfecto, tanto que nadie se les compraba y por lo mismo debían ayudar al resto del mundo cuando estuvieran pregonando auxilio. Eran una familia de héroes y debían actuar como tal. No sólo Albus, sino que se había dado cuenta que casi todos sus primos actuaban bajo el apellido de sus padres: cada uno era el líder de su grupo de amigos, eran los que aconsejaban, los que ayudaban, los que determinaban qué harían o dejarían de hacer, los que aprobaban una idea y los que eran reconocidos por una iniciativa ajena.

Todo eran una versión de sus padres: Lucy era la perfecta combinación de la rigidez del tío Percy y la candidez de tía Audrey; la opinión de Roxanne sobre lo que estaba de moda era casi ley, marcando tendencias como hacía tío George con sus locas ideas; Albus decía que no le interesaba la opinión del mundo, pero qué bien se reía cuando lo alababan por ser el mejor y se alegraba cuando alguien decía que quizás seguiría los pasos de su padre. Ella tenía la obsesión de llenar los zapatos de su madre y Hugo quería ser tan buen guardián como su padre, a pesar que jugaba mejor en la posición de cazador. Todos menos James y Lily tenían esta enfermiza necesidad de ser los nuevos y mejorados Weasley y Potter del mundo mágico.

-Estoy harto de tu actitud –dijo Albus una vez que estaban solos. Su voz resonó en el enorme salón-. No sé qué rayos te ocurre. ¿Acaso no estás feliz?

Estoy harta de ser una Weasley. Estoy harta de ser yo.

¿Por qué no podía haber nacido en otra familia? ¿Por qué mierda debía ser hija de dos héroes, de dos personajes importantes del mundo mágico? Era hija de personajes, no de personas. Siempre sería la hija de alguien, la chica que debía ser igual o mejor que alguien, la mujer que tenía que sonreír ante las cámaras y agradecer títulos que probablemente no tendrían el mismo valor si se tratara de una Smith, McDonald o una Wenlock. Antes de ser pelirroja, antes de ser inteligente, antes de ser hija de Ron y Hermione, y muchísimo antes de ser Rose; era Weasley. Era Weasley.

-¿Crees que esto es un honor? –mostró el diploma, apretándolo sin importarle que lo rompiera. En ese preciso instante supo que algo se había abierto en su pecho y no se cerraría hasta que se vaciara-. ¿De verdad crees que somos los mejores?

-Rose, ¿qué mierda te ocurre? –Albus abrió la boca varias veces, sin emitir sonido alguno-. ¿De nuevo estás con esta loca idea que nuestra familia es horrible? –movió la cabeza negativamente-. Realmente no te entiendo. No sé por qué odias a la familia.

-No me refiero a que odio a nuestra familia –corrigió atropelladamente. Ojalá todo fuera tan simple como odiar a sus padres, pero no era así-. No te mentiré que muchas veces he deseado no haber nacido en ella. Llevar el peso de la vida y obra de nuestros padres es agotador, pero también es un honor –respiró profundamente, recuperando el aliento-. Me siento orgullosa que hayan salvado el mundo mágico, Albus –se preguntó si podría comprender lo que sentía. Él seguía transitando aquel camino, sin dudar que su meta en la vida era tener un rol importante en la sociedad, tan noble como el de sus padres. ¿Alguna vez su primo se había cuestionado cómo viviría el resto de su vida? ¿Realmente quería seguir siendo el hijo de Harry Potter y Ginny Weasley?-. Me refiero a que hemos vivido creyendo que debemos vivir bajo sus sombras cuando también somos personas con una vida aparte del legado de nuestros padres.

Con decepción Rose notó que la intranquilidad en la mirada del joven fue reemplazada por confusión.

-No tiene sentido lo que dices –arrugó el ceño.

-Sí lo tiene –espetó subiendo la voz-. Todos te tratan mejor por ser un Potter y a mí por ser Weasley. Y como tales siempre actuamos acorde a nuestros apellidos.

-¿Y qué? Es lo que somos, Rose –se alzó de hombros, ofreciéndole una genuina expresión de confusión ante sus palabras-. Tenemos que vivir con ello.

Si meses atrás uno de sus primos viniera a decirle esto, lo mismo que ella trataba de transmitirle a Albus, habría reaccionado igual. ¿De qué rayos hablaba? ¿Por qué cuestionaba el status quo de sus vidas? ¿No era mejor trabajar con lo que ya tenían y eran? Conociéndose, habría reaccionado peor y daría un discurso lleno de razones y explicaciones de por qué lo que expresaba la otra persona no tenía fundamentos, era errado y estaba lleno de falacias. Al menos Albus no le gustaba regodearse de sus conocimientos y sólo la miraba como si estuviera bajo un Imperio.

Quizás desde que nacimos estuvimos bajo los efectos de un Imperio.

-Albus, no te estoy exigiendo que pienses las cosas como yo –no sacaba nada con seguir discutiendo este tema. No llegarían a ninguna conclusión si ambos estaban empecinados en ver su posición como la correcta-. Me preguntaste y te respondí. Eso es todo.

-Es que… No creo lo que me dices. ¿Por qué el odio repentino? –preguntó casi sin aliento. Se notaba descolocado y enojado. La paciencia se le estaba agotando-. Creo que necesitamos hablar esto y solucionarlo. No puede ser que-

No sólo la de Albus, sino que la de Rose también se había terminado. Ya estaba harta de tener que ser amable, racional y respetuosa cuando el muy idiota de su primo jugaba el papel del niño perfecto de la familia.

Con una potente mezcla de rabia y honestidad, la pelirroja lo interrumpió diciendo:

-Mira, esto te lo voy a decir con todo el cariño del mundo: deja de ser un maldito dolor de culo –si iba a meter la pata, entonces lo haría a fondo. Luego podría arrepentirse por no haberse expresado mejor y por no ocupar un argumento lógico. Ahora simplemente le diría lo que realmente pensaba a su primo-. No te he dicho nada incorrecto. Lily es una niñata malcriada y engreída con aires de grandeza; James es un idiota que no le importa más que irse de juerga y probablemente será padre antes de los veinte años; Hugo tan sólo quiere que mis padres se sientan orgullosos de él y yo sé que soy demasiado idiota por preocuparme de la opinión que los demás tengan de mí –la cara del chico se iba desfigurando con cada palabra que pronunciaba-. Cada uno sabe quién es y que sin nuestros apellidos, no seríamos más que unos simples adolescentes con simples problemas en el simple mundo. Todos los aceptamos, ¿por qué tú no? –tomó una bocanada de aire antes de continuar:-. No tienes que tratar de arreglar todo, Albus. Nadie te dio el rol del conciliador en la familia. ¿No estás cansado de hacer siempre lo que deberías, en cambio de hacer lo que quieres?

Lo hice. Por fin lo hice.

Después de años de soportar la presión que todos ejercían sobre ella por ser buena estudiante, por tener impecables calificaciones y comportamiento en clases, por calzar con el rol de la inteligente de la familia, por sonreír a los halagos de los demás y por aceptar el papel que interpretaba cada uno de sus primos; por fin se había revelado.

Y se sentía tremendamente feliz.

-No iré a la fiesta –apretó el diploma-. Buenas noches, Albus.

Antes siquiera de darle tiempo a Albus de contestar o de darle espacio a sus inseguridades para robar la alegría al momento, la pelirroja caminó hacia la puerta sintiendo que dejaba algo más que a su primo y el recuerdo de sus siete años de desayunos, almuerzos, cenas y celebraciones en el Gran Comedor: una parte del apellido Weasley se quedaba en el lugar.


Hizo el recorrido que usualmente hacía en las rondas. No era de noche ni los pasillos estaban iluminados por el fuego de las antorchas como cuando recorrían el castillo, pero todo estaba tan silencioso y vacío como siempre a esas horas. La mayoría de estudiantes estaba reponiéndose de la resaca de la fiesta de la noche anterior en sus dormitorios o en la sala común, y los de cursos menores estaban en los jardines disfrutando del agradable día soleado. A la luz del día, el camino se veía mucho menos largo y tenebroso de lo normal. Tal vez era porque ya no debía estar atenta a encontrar estudiantes besuqueándose tras una escultura, otros entrando sin permiso a la biblioteca, y otros regresando desde el pueblo a través de uno de los caminos secretos. Ahora realmente podía disfrutar de las antiguas piedras que construían el edificio, las hermosas y variadas pinturas que decoraban sus paredes, las antiquísimas armaduras y esculturas, las singulares y desesperantes escaleras movedizas, la extraña gata del celador, los paisajes de los vitrales de vidrios de colores que tenían las puertas de algunas salas, el susurro de los chicos que corrían y conversaban en los jardines, y el suave olor a cenizas que desprendían las antorchas y se mezclaba con el aroma a naturaleza que entraba por las ventanas.

A pesar que deseaba comenzar un nuevo capítulo de su vida, Rose no podía negar que extrañaría este lugar.

Su viaje concluyó en la Torre de Astronomía. Resultaba casi gracioso el hecho que la mayoría de ocasiones que había puesto pie en el lugar, no había sido con motivos académicos. Astronomía era una asignatura bonita e interesante, pero fue una de las primeras que eliminó cuando eligió las clases que tomaría a partir de sexto año. Requería mucho tiempo y noches en vela, y como se impartía al mismo tiempo que Runas Antiguas, optó por no seguir con ella.

Se sentó en la parte abierta de la torre, en aquella extraña especie de balcón que apenas tenía un conjunto de fierros de bronce para impedir que alguien se cayera si estaba cerca del lugar. Miró sus pies balancearse lentamente con la inmensidad de los jardines extenderse bajo ellos y sonrió, pensando que seguramente desde aquí se tenía la vista más linda de toda la escuela.

Una suave brisa la golpeó, haciéndola cerrar los ojos. Hacía calor, por lo que agradecía el viento momentáneo. Y mientras disfrutaba de éste, algo se movió en sus orejas, llamando su atención.

Con una mano en cada oreja, Rose tocó los pequeños pendientes que Lily le había regalado. Eran perlas, como las que una vez había comentado que le gustaría tener luego de ver a una de las modelos de las revistas que su prima leía usarlas.

Después del almuerzo, la fantasma de Rowena Ravenclaw le informó que alguien le había dejado un regalo en su dormitorio. Como no podía contestar la pregunta para abrir la puerta, la mujer le permitió entrar con la condición de irse lo más pronto posible. Aparentemente Lily había sido muy amable con ella, porque Rose no pudo evitar reírse ante los halagos que recitaba la fantasma sobre la chica.

No supo qué pensar cuando vio una pequeña cajita de color morado en su mesita de noche. ¿Acaso Lily le debía su regalo de navidad o qué? Junto a ella, había un pergamino doblado.

Sacó la carta de uno de los bolsillos delanteros de sus pantalones y la releyó:

"Rose:

Te compré algo en la última visita al pueblo como regalo por haberte graduado. Ayer supe que ganaste la condecoración como mejor estudiante de la generación, así que digamos que también es por ello. Muchas felicidades. No viniste a la fiesta, por lo que no te lo pude entregar en persona… Bueno, no es por eso. La verdad es que no sé cómo te lo daría en persona. No somos muy cercanas ni los llevamos bien, así que pensé que quizás de este modo sería más cómodo.

¿Sabes? Cuando pequeña solía pensar que James y yo éramos los más afortunados de nosotros cinco (entre yo, James, Albus, Hugo, y tú). Por nuestros nombres nadie sabía si nos pareceríamos al abuelo James o la abuela Lily. Nadie los conoció personalmente, así que si hay semejanzas, las son con las historias que las personas les contaban. A veces mamá comenta que me parezco a ella cuando joven, aunque creo que sólo lo dice para hacerme sentir incluida cuando sale a relucir el tema de cuán parecidos son todos ustedes a alguien de la familia. En cambio, Hugo, Albus y tú tuvieron personalidades afines a ellos y con el tiempo cada uno estaba llenando los zapatos de alguien. Hugo se parece muchísimo a tío Ron, mi hermano tiene esta necesidad patológica de ser perfecto como papá y tú eres tan inteligente como tía Hermione. No sé si sentir pena o reírme de estas casualidades.

Sé que odias que te pida que me hagas los deberes, que cuando menciono un grupo de personas siempre empiece y no termine por el "yo", y que me guste que cantemos villancicos de navidad antes de abrir los regalos de navidad. Pero soy así y me gusta ser así (quizás deba cambiar las primeras dos, pero por ningún motivo dejaré de exigir villancicos). Me gusta como soy.

Y con esta carta lo que quiero decir es que también me gusta tu forma de ser. Aunque seas estirada, aburrida, y a veces desesperante; me gustaría tener argumentos para defenderme en una discusión, recordar números y estupideces leídas en el periódico para no quedar como una idiota con los periodistas, cambiar las recetas de la abuela para hacerlas más deliciosas (y con menos grasas, jeje), y ponerme metas para tener un futuro lleno de posibilidades. Eres de cierta forma genial y quiero que sepas que (casi) te admiro.

Perdón si alguna vez te hice enojar mucho. Lamentablemente tengo ese impacto en las personas. No sé si pueda prometerte que no lo haré, pero al menos trataré de cambiar para ser más agradable… Y veámosle el lado positivo: ya no estarás en Hogwarts, así que no tendrás que soportarme todo el año.

Espero que tengas un fin de curso increíble, que tus padres no te molesten mucho en las vacaciones, que tengas un novio al que quieras mucho y él te quiera a ti, y que recuerdes mi tratado de paz para cuando compres mi regalo de cumpleaños.

Saludos,

Lily L.

P.D.1: Finge que esta carta nunca existió y sólo llevémonos bien cuando nos veamos, ¿vale? No quiero que el mundo sepa que tengo corazón.

P.D.2: Mi cumpleaños es el 10 de noviembre, jeje."

Lily era una de sus personas menos favoritas. Tenía demasiados defectos y era de esas personas que demandaban tanta atención hasta agotar. A veces se preguntaba cómo rayos sus padres la habían dejado ser tan malcriada. Su afán por ser el centro de atención del mundo parecía incluso haber crecido en la escuela, alimentado por el interés que causaba la fama de sus padres. Y durante el último tiempo había terminado de convencerse que jamás se daría cuenta de cuán desagradable era su existencia si seguía actuando de la misma manera de siempre, ya que cuando saliera de Hogwarts buscaría rodearse de personas que les gustara ser amigos de la hija de Harry y Ginny Potter.

Al releer la carta, se daba cuenta que quizás había estado demasiado enfocada en sus problemas y en encasillar a sus primos en sus roles preestablecidos, que había olvidado que la gente crecía, conocía sus errores, y cambiaba. Lily parecía haber madurado. O tal vez siempre había sido así, pero nunca habían tenido la posibilidad de hablar y conocerse de verdad.

La chica que le había escrito estas palabras era alguien que estaba consciente de quién era e inclusive había elegido ser así. No deseaba ser la sombra de nadie ni tampoco vivir huyendo de sus raíces. Las aceptaba, las quería y las respetaba, pero sería la persona que ella quería ser. Si le quitaban su apellido y familia, ella seguiría siendo especial porque reconocía sus defectos y no se escondería tras excusas para negarlos.

Rió, doblando el papel. Aparentemente la niñata malcriada con aires de grandeza resultaba ser más inteligente que ella.

Cuando tuviera oportunidad de compartir con su prima, trataría de conocerla mejor. La niña que le había escrito aquella carta y dado esos hermosos pendientes no debía ser una mala persona.

-Oh, hola.

Mierda.

Con toda la calma posible, Rose levantó la cabeza y miró al nuevo comensal del lugar.

-Hola –dijo con una voz tan aguda, que se maldijo mentalmente por sonar como una idiota.

-¿Dándole una última mirada al castillo? –Scorpius vestía ropa muggle: una camisa azul, pantalones vaqueros y zapatillas. Ya no tenía las grandes ojeras bajo los ojos que portaba los días previos a los exámenes y hasta tenía un pequeño color rosáceo en las mejillas que lo hacía ver sano. Y se ve extremadamente guapo-. ¿Puedes creer que estuvimos siete años aquí? A veces me siento como el mismo niño de once años preguntándome a cuál casa me enviaría el Sombrero Seleccionador.

¿Qué mierda le digo?

A pesar de tener un aire nostálgico mientras hablaba, era evidente que estaba tratando de presentar un tema de conversación para hacer el momento menos incómodo. Debía estar igual de nervioso que ella. Su despedida personal a Hogwarts se había visto interrumpida por la persona a la que menos quería ver. Bueno, no era tan así. Lo extrañaba, lo necesitaba. ¿Cómo no iba a desear ver al chico que amaba cuando ni siquiera habían estado el uno frente al otro en más de un mes?

-Será… -la garganta se le oprimió y Scorpius sonrió. Sintiendo sus mejillas enrojecerse, la pelirroja bajó la mirada y volvió a intentar contestarle-. Será muy raro regresar al mundo real.

Hubo un silencio largo que la obligó a mirarlo y fue en ése preciso instante cuando supo que vivir sin él sería difícil. No haber estado juntos durante el último tiempo había sido una tortura, pero estaba el consuelo que podían verse en clases, preguntarle a Bulstrode si estaba bien, y el hecho que sabía que su relación no tendría buen futuro si seguía teniendo una imagen tan podrida y mala de ella misma. Pero el día siguiente tomarían el tren para nunca más volver al castillo y probablemente nunca se sentiría la persona más genial del mundo. Estaba segura que mejoraría, que muchos días se levantaría y no se encontraría horrible, que podrá sentirse cómoda siendo feliz y que finalmente aprendería a quererse; pero también habrían ocasiones donde le daría asco estar en su propio cuerpo.

Podría pasar una eternidad, y cuando decidiera que por fin estaba lista, uno de los dos viviría en el extranjero, o Scorpius estaría casado y con hijos, y con una vida construida.

¿Pero podían estar juntos ahora? Los periodistas se harían millonarios con el escándalo más grande del siglo.

-Felicidades.

Le sonrió, como siempre hacía cuando sus pensamientos se tornaban pesimistas y trataba de animarla.

-Gracias –respondió de modo automático.

-Supongo que estás aburrida de escuchar ésa palabra, ¿verdad? –lanzó una corta risa.

-Un poco –admitió, imitándolo. ¿Hacía cuánto tiempo no compartían un momento así? Tiempo. El muy maldito parecía ser la respuesta a sus problemas-. Las verdaderas felicitaciones deberían venir cuando tengamos los resultados de los ÉXTASIS.

-Ya queda poco para saberlos. ¿La próxima semana los recibiremos, no?

Era una pregunta un tanto estúpida. Antes y luego de cada examen, les habían repetido una y otra vez que el primer martes de junio les llegarían lechuzas del ministerio con los resultados. Luego del tercer día, unos chicos de Hufflepuff habían inventado una canción con las palabras del examinador, cantándola cada vez que salían del Gran Comedor.

-El martes en la mañana –asintió, tarareando la melodía de la canción.

-Genial…

Scorpius iba a añadir algo más, pero simplemente se limitó a colocar sus manos en los bolsillos traseros de los vaqueros y balanceó su peso en los pies. No sabía qué hacer o decir. Obviamente no se atrevía a nada, ya que todo dependía si ella quería continuar o terminar.

¿Y qué decidiría? ¿Lo correcto o lo que deseaba? ¿O realmente ambas eran excluyentes? Tal vez esta fantasía se terminaría cuando la fase del enamoramiento se extinguiera, probablemente él se aburriría de sus inseguridades, o ella tendría otro ataque de pánico y saldría huyendo. Y la mínima posibilidad de ver un resultado positivo sólo contenía la extenuante idea de vivir años fingiendo ser simples amigos a los ojos del mundo para que se hicieran una idea a que Scorpius Malfoy y Rose Weasley estaban juntos.

De repente, algo en sus ojos cambió y Rose se dio cuenta que él se había dado por vencido.

-Bueno, tengo algo que hacer, así que… -giró el cuerpo, ocultando rápidamente su rostro-. Adiós, Rose.

-¡Espera! –con la emoción, su cuerpo se abalanzó hacia adelante y si no fuera por los fierros metálicos habría sido la primera persona en cometer suicidio en la Torre de Astronomía. Respiró profundamente, repitiéndose que todavía estaba viva-. ¿Tienes tiempo?

-Eh, ¿sí? –rió como un niño pequeño, emocionado por su regalo de navidad. Rose arqueó una ceja, divertida por la incredulidad de su respuesta-. Sí –corrigió.

Si la posibilidad se veía mínima, entonces caminaría a ella para verla de mayor tamaño.

-Voy a quedarme a ver el atardecer y sería aburrido estar sola –golpeó el lugar junto a ella, invitándolo a sentarse-. ¿Te importaría acompañarme?

El rubio caminó hasta llegar a su lado y se dejó caer en el suelo. Estaba segura que se había golpeado por no haber tenido cuidado, pero el chico siguió sonriéndole como si nada hubiera ocurrido.

-¿Y ahora qué? –preguntó, sin quitarle los ojos de encima.

-Podríamos ponernos al corriente –propuso.

-¿Estás segura? –ladeó la cabeza y enarcó las cejas, dándole esa maldita mirada traviesa que tenía cuando se le ocurría una idea poco decorosa-. Tengo historias tan sucias e impresionantes, que no sé si tus oídos serán capaces de soportarlas. Son muchas.

Sí, tomé la decisión correcta.

-Estoy ejercitándome para ser más valiente. Creo que tus historias calzan en mi entrenamiento –alzó los brazos y los movió pausadamente, como hacían los muggles antes de comenzar el ejercicio. Él rió-. Vamos, Scorpius, soy toda oídos. Tengo todo el tiempo del mundo para ti.

El círculo que habían trazado meses antes, en aquel mismo lugar una fría noche de octubre, por fin había llegado a su fin. El ciclo se había roto. Ahora ambos transitaban en un camino recto que tenía principio y el final se perdía entre los amplios jardines, el inmenso Bosque Prohibido y el eterno cielo que se erguía ante ellos.

FIN


Notas de la autora: Y luego de años esta historia por fin ha llegado a su fin. La escena final siempre fue planeada de este modo: abierto, pero con seguridad. No sé si me explico. No tiene un "y vivieron juntos y felices para siempre" ni ninguna reconciliación con música, flores y fuegos artificiales, porque la esencia de su relación no es de ese estilo. Ambos son personas con muchísimos miedos y problemas que aprendieron a quererse, y que en esta unión sacan lo mejor de cada uno: son felices. Como todo el fic fue contado desde el punto de vista de Scorpius, sabemos que él maduró y está dispuesto a luchar por sacar adelante esta relación. Por primera vez tuvimos una pincelada del mundo de Rose, que es mucho más triste y hasta me atrevo a decir que es más oscuro que el de Scorpius. Ella realmente tiene problemas de inseguridad graves que no ha enfrentado hasta ahora y nunca va a poder estar lista para acompañar al rubio en la pelea si no puede ganarle a sus propios demonios. No hablan de cómo enfrentaran a sus familias y al mundo una vez que pongan pies fuera de Hogwarts, pero algo quedó claro: lo intentarán. Intentarán estar juntos a como de lugar.

Sobre el capítulo: Siempre quise escribir el capítulo final desde el punto de vista de Rose xD. Por eso nunca decía que sí a sus peticiones en los reviews, porque quería que fuera una sorpresa... Y, bueno, debo decir que fue muy emocional escribirlo porque creo que todas hemos tenido momento donde nos sentimos feas, gordas, que no merecemos amor ni felicidad y deseamos ser alguien más. Requirió hacer uso de todas mis malas emociones para llevar a cabo lo que imaginaba que era la mentalidad de Rose. Pero creo que el mensaje es: todo va a mejorar. Habrán días buenos, otros malos, pero nunca hay que olvidarse quererse :). Y de mis escenas favoritas, creo que este es el primer capítulo donde amo cada una de ellas. La interacción de Rose con cada personaje es muy valiosa y da cuenta del significado que éstas tienen en su vida, y de cómo nuestra chica decide cometer un acto de valentía.

Mis palabras finales las quiero dedicar a ustedes, lectores. Sin ustedes, esta historia habría sido mucho más aburrida y probablemente no tendría fin. Sus impresiones, opiniones, teorías y palabras de apoyo fueron increíblemente poderosas. Si ven cuánto tiempo llevo por aquí en mi perfil, sabrán que soy de las dinosaurios de Fanfiction(punto)net y aunque no lo crean, la felicidad y el cariño que se tiene por cada persona que da su opinión sobre un capítulo sigue siendo igual de grande que al principio. Muchísimas gracias, sobretodo por apoyarme en este proyecto que tiene un tinte diferente a mis usuales comedias románticas. Gracias por darme la oportunidad de escribir algo mucho más maduro y reflexivo, y de seguir amando la escritura.

Les doy un abrazo de oso, un enorme besote, y nos vemos en el siguiente fic.

Cariños,

Sirenita.