Otoño de 1914

Algún lugar de Estados Unidos.

Albert,

Desearía poder presumir mi fuerza y poderío, pero en realidad no soy ni fuerte ni poderoso como cualquiera podría pensar. He de confesar que llevo años intentando controlar mis demonios y, mi orgullo me ha ayudado un poco, pero cuando estoy sólo, en esta inmensa casa, sin nadie que me vea, la desesperación y la tristeza se hacen presentes en mi entorno. Se burlan de mí y me recuerdan lo insignificante que soy. Un "pelele" dice una, un "cobarde" responde la otra. Segundo a segundo susurran palabras desalentadoras a mis oídos, intercalándose, jugando conmigo, primero la voz ansiosa de la desesperación y luego el sollozo lúgubre de la tristeza.

Me hablan de mi pasado, trayendo a mi mente cada uno de los momentos en los que la vida me derrotó a mí, el poderoso heredero de una familia invencible. Traen consigo recuerdos de momentos felices para después acompañarlos de retratos de mi rostro bañado en lágrimas después de separaciones imposibles de reparar. "¡Mamá!" –, grita una voz en mi interior – "¡Papá!" –, susurra de nuevo – "¡Hermana, lo lamento no pude cuidar de ti!"… "¡Anthony!" –, termina diciendo.

Desesperación y Tristeza continúan riendo, y yo, ¿qué puedo hacer yo en contra de ellas? Yo que no soy más que un cobarde que no se atreve a enfrentarlas. Yo que entre sollozos les he implorado que me dejen en paz, pero nunca he tenido la determinación para ordenarles que se vayan lejos y me dejen ser quien soy.

Me hablan ahora de mi presente. Mencionan a aquellos amigos míos que no saben en realidad quién soy. "¿Acaso crees que seguirán a tu lado cuando sepan la verdad? ¿Sabes todo lo que pensarán de ti?".

Hablan de mi hermano y su desconsuelo. "Pudiste ayudarlo, pudiste darle una mano, pero qué hiciste ¡nada! Te quedaste viendo su sufrimiento. ¡Vaya hombre que resultaste ser!". Y luego, luego la mencionan a ella y a mi futuro… "¡Que desgraciado serás recibiendo sólo las migajas de un amor que no te pertenece! ¿De verdad crees que ella te querrá sabiendo que fuiste tú quién de alguna manera la alejó de él? ¡Pobre, estúpido y cobarde, callando un amor que sabes que jamás florecerá!".

Vuelvo a rogarles, a suplicarles que no hablen más, que me dejen sólo, con mi soledad y mi aflicción, pero ellas siguen hablando sin parar. Revoloteando alrededor mío con sus risas y sus burlas. Contra ellas no soy nada, contra ellas no soy nadie. Las manos me tiemblan, siento una horrible opresión en el pecho, ¡estoy solo!, siempre rodeado de gente, pero infinitamente solo.

Mi protector me ha visto así en un par de ocasiones, abatido por voces que están sólo en mi cabeza. "No estás hecho de piedra" me dijo él una vez "deberías intentar curarte" y me tendió la mano abierta, y en ella un pequeño frasco naranja con pequeñas pastillas adentro. "Está bien deprimirse y sentirse ansioso, pero debes tratarte. No eres de piedra".

Corro a mi escritorio. Abro una de sus gavetas y ahí está el frasco, intacto, después de tanto tiempo. "¿Qué debo hacer?" grito angustiado y sólo escucho el silencio y las risas de esos demonios míos. Pero de pronto una voz que se asemeja mucho a la tuya se escucha en el aire, acallando poco a poco a esas otras dos que me torturan "Haz lo que es mejor para ti. Quienes te quieren seguirán queriéndote. Si buscas ayuda yo seguiré queriéndote, si no lo haces te querré de todas maneras. Pero haz algo. Si no quieres medicarte, entonces haz frente a esa parte de ti que quiere destruirte, pero recuerda que aun cuando creas no tener a nadie, me tienes a mí, y yo siempre estaré aquí para cuidarte, ayudarte y protegerte. Haz lo que sea mejor, pero por favor haz algo".

"¡Cobarde!" me grita Desesperación, "¡estúpido!" casi aúlla Tristeza y yo… yo… abro el frasco, tomo una de las pastillas y me la trago sin miramientos. Después tiro el resto al suelo y con todas mis fuerzas grito "¡Basta!, han sido ya demasiados los años que me han lastimado, ahora no se los permitiré más, ¡Basta!, ya no las quiero a mi lado, ¡Lárguense!"… "volveremos" contestan encogiéndose de hombros pero un poco asustadas, "las estaré esperando, pero ya no con temor, ya no con dolor. Aquí estaré, listo para enfrentarles. Ustedes saben dónde encontrarme".

Me sonríen y en silencio se van. "Vez, no era tan difícil", vuelve a hablar tu voz que nace dentro de mí, "si regresan llámame, tú sabes cómo hacerlo. Haz algo y yo estaré a tu lado, porque no hay quien te quiera más que yo. Recuérdalo, Adiós".

Desearía presumir mi fuerza y mi poderío, pero no soy más que un hombre, con pesares y sufrimientos, un hombre como cualquier otro y aunque mi apellido me precede, creo que incluso yo tengo derecho a quebrarme y caer en el desconsuelo. ¿Qué quién soy yo? Creo que ya lo has descubierto, pero si no lo sabes aún sólo bastará que leas la firma al final de esta carta.

Espero puedas entenderme y, si es necesario, perdonarme. Recuerda que no soy un súper hombre y si alguien alguna vez así lo ha considerado está seriamente equivocado. Porque aunque suene increíble yo soy simplemente yo.

Tu siempre Amigo.

William Albert Andrew