Segundo registro. –

Un enorme y colosal martillo… ¿Martillo? Sí, había dicho martillo, porque era –por muy absurdo y ridículo que sonara- un martillo gigante el que había aplastado a los cinco monstruos con un solo impulso. Harry se acercó apresurado a mirar por la ventana hacia abajo, intentando encontrar al responsable de la destrucción de los monstruos con semejante método tan particular. Como era obvio, no vio absolutamente nada a causa de la profunda oscuridad.

Sintió los dedos de Dumbledore aferrarse a su brazo izquierdo.

- Ten cuidado, pueden haber más. – advirtió, cogiendo con firmeza la varita.

Un nuevo silbido atravesó el aire; Harry levantó la vista hacia el frente para ver a tiempo, justo al otro de la ventana, a la figura oscura con la que había chocado, afirmándose de un palo. Aterrizó limpiamente en el alféizar. Hizo una seña, y con un movimiento de la varita de Dumbledore, la ventana se abrió permitiéndole la entrada. Esperó unos segundos sosteniendo el palo, y asombrado y también incrédulo, Harry vio que en realidad ese palo era el mango del martillo, que ahora regresaba a un tamaño que no podía sobrepasar la palma de la mano de un hombre adulto. La snitch descansaba sobre su hombro.

- Timcanpy me avisó lo que sucedía. – anunció, dando un salto ágil hacia el interior. Harry y Dumbledore le hicieron espacio, el primero demasiado impactado para decir algo. – Eso confirma mis sospechas.

- Representan una grave amenaza para nosotros si pueden entrar a los terrenos del colegio sin verse afectados por las barreras mágicas. – a pesar del terror que habían impuesto esos monstruos, Dumbledore no perdía su aire calmado y apacible. – Es una suerte que estuvieras aquí, Bookman. -

- Y representan un problema grave si no pueden derrotarlos. – rebatió él, bajándose la capucha. Se detuvo al ver a Harry, y también ocurrió a la inversa. – Hola, chico distraído. -

El hombre que estaba de pie ante él era joven, muy joven, no podía ser mucho más viejo que Harry mismo, aunque sí era mucho más alto. Estaba cubierto por una capa negra, que ahora que lo veía bien, sólo le llegaba hasta la cintura, y continuaba hasta el suelo por su espalda, revelando pantalones negros y un par de botas altas con varios broches, un tanto descuidadas por el uso. Pero lo que realmente llamaba la atención de Harry era su rostro, y la combinación de características; la piel clara, y algo maltratada, los rasgos afilados y firmes, que no lo delataban de una nacionalidad en particular, el cabello pelirrojo, liso y medianamente largo que le caía por encima de los ojos, uno parchado y el otro de un verde intenso, muy parecido a sus propios ojos.

- Éste es Harry, Bookman. Harry Potter. – presentó Dumbledore, agarrando a Harry de un hombro.

- El Chico que Vivió, ¿eh? – se guardó el martillo que parecía un juguete inofensivo enganchándolo en una rejilla en la pierna. – Has de estar harto que te reconozcan todo el tiempo, pero ése es mi trabajo. – se apoyó en el marco de la ventana, cruzando los brazos. – Registrar la historia.

La idea le quedó dando vueltas en la cabeza al muchacho con anteojos. ¿Bookman, se llamaba? Podía asociar su nombre con lo que acababa de decirle, "Book – Man" = Hombre – Libro, registrar la historia. Jamás había oído hablar de ese tal Bookman antes, quizá Hermione supiera algo al respecto, (y sobre esos monstruos también).

- Tenemos que hablar sobre esto, ¿cómo podría el Conde del Milenio seguir mandando a sus secuaces? – la voz de Dumbledore fue el cable que lo devolvió a la tierra. Se oía algo más serio y preocupado. Y quién no, después de ver a esos monstruos que al parecer los magos no tenían la capacidad de destruir.

- Oh, no creo que haya sido él, Dumbledore. – lo atajó el joven hombre, aparentando una sincera tranquilidad. – Deberíamos empezar a pensar en qué es lo que hay en Hogwarts que sea de interés para el 14vo. -

- ¿Es poco probable que haya hecho una alianza con Voldemort? – preguntó Dumbledore un tanto esperanzado. Bookman suspiró.

- Me temo que es cosa de tiempo, si es que ya no sucedió. -


Tony Lee y Roy Wenham podrían no compartir la misma sangre, ni el apellido, ni siquiera sus orígenes, pero ambos sabían que dos personas más unidas que ellos dos no existía.

Tony Lee vivía junto a sus padres, Komui y Bridget Lee (de soltera, Fay), y Reever y Emilia Wenham (de soltera, Galmar), los padres de Roy, en una amplia casa estilo victoriano en el centro de Londres. Desde que tenían memoria que Tony y Roy vivían juntos y en el mismo lugar. Komui Lee y Reever Wenham eran científicos que trabajaban para unas importantes empresas farmacéuticas, Bridget era secretaria en una firma de abogados, y Emilia era institutriz, y quien los había educado a ambos hasta los once años.

Durante su niñez, Tony y Roy habían demostrado tener unas habilidades "especiales" que ponían a Emilia con los nervios de punta; a veces, y de la nada, aparecían con el cabello de otro color, o se escondían en lugares impensados, o abrían cerrojos que estaban con llave. Todos esos sucesos extraños fueron finalmente explicados cuando, al haber cumplido once años, los dos recibieron una carta indicándoles que habían sido aceptados en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tony y Roy eran magos.

Aunque en un principio tanto Komui como Reever estuvieron más que escépticos en dejarlos marchar, tras la primera visita al callejón Diagon ya no hubo más objeciones. Komui se había vuelto demente inspeccionando tienda por tienda, cachivache por cachivache mágico, desde los simples pergaminos y plumas, hasta las escobas voladoras. Desde ese día, Komui Lee se volvió aficionado a la cultura mágica. Siempre lograba hacerse de un caramelo de Honeydukes, o de los ojos de sapos para las pociones, o de un libro, o de cualquier artilugio mágico para observarlo por horas e intentar descifrar su funcionamiento –cosa que era inútil, ya que estaba encantado, y toda explicación escapaba de lógica- actitud que a Bridget no le gustaba en lo más mínimo.

Y así, con un científico hiperventilado, una institutriz cándida pero severa cuando tenía que serlo, otro científico que por alguna razón siempre daba la impresión de estar exhausto, y una secretaria tan o más dura que la institutriz, Tony y Roy vivían felices, satisfechos con la familia que les había tocado. Sin embargo, habían veces en las que se preguntaban cómo cuatro personas de nacionalidades tan diferentes y dispersas (china, británica, francesa, australiana) habían logrado conocerse y hacerse tan buenos amigos y tratarse de familia. En esas ocasiones, los adultos cambiaban el tema y se hacían los desentendidos. O en esas veces en que Reever llamaba a Komui "Supervisor", o Komui a Reever "Jefe de División Científica", cuando ninguno de los dos poseía un cargo por encima del otro. O cuando Roy encontraba a su madre llorando con una fotografía en la mano, de un niño de cabellos parados que tenía una especie de tercer ojo en la frente. Los señores Lee y los señores Wenham guardaban secretos, secretos que Tony y Roy esperaban que les fueran revelados algún día.

Tony no había heredado muchos rasgos orientales, sólo el color de los ojos y el cabello lacio, castaño como el de su madre. (solían molestar a Komui diciéndole que los genes de Bridget eran dominantes, en todos los aspectos). Por el otro lado, Roy era una versión más pequeña de Reever, tenía los mismos cabellos rubios hacia arriba, y los ojos claros, sólo que Roy no tenía esa cara de cansancio permanente de su padre.

Los dos cursaban cuarto año en Hogwarts, Roy en Ravenclaw –como era de esperarse, teniendo un padre científico- y Tony en Gryffindor, algo que no había afectado su relación en lo absoluto; se turnaban para comer en la mesa del otro. Esa mañana, estaban desayunando en la mesa de Gryffindor, junto a los amigos de Tony. No muy lejos de ellos, Harry, Ron, y Hermione hablaban sobre lo ocurrido la noche anterior.

- Espera, ¿un martillo gigante? – lo atajó Ron, sin creer una sola palabra.

- ¡Eso es lo que vi, Ron! – rebatió Harry. Hermione no lucía tan escéptica como Ron.

- ¿Qué fue lo que dijo? – volvió a preguntarle a Harry. – Cuando atacó a esas "cosas", ¿qué fue lo que dijo?

- "¡Martillo de Tamaño Variable, Crece, Crece, Crece! ¡Inocencia, Actívate!" – repitió Harry textualmente. Hermione tenía una expresión algo ida.

- Inocencia… - murmuró. Harry y Ron la miraron. - ¿Por qué dijo "Inocencia, Actívate"? -

- Sí. – se sumó Ron. - ¿Qué clase de Inocencia pudo haber activado? Porque por lo que tú dijiste, no es posible que haya activado "esa" inocencia. – comentó pícaramente. Era una suerte que Hermione estuviera tan ensimismada para no oír la conversación.

- ¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes? – no podía tener menos sentido lo que estaban hablando.

- El martillo funcionaba de acuerdo a sus órdenes… - musitó Hermione, ignorando por completo los inútiles y malintencionados comentarios de sus amigos. – Tengo que ir a la Biblioteca; los encuentro en el aula de Encantamientos, ¡Nos vemos! – cogió su mochila y salió corriendo. Los chicos no hicieron mucho alarde de ello, aunque siempre era increíble esa súbita necesidad de Hermione por encerrarse con polvorientos y pesados volúmenes a horas tan tempranas del día, era una costumbre a la que le estaban agarrando aceptación.

- ¿Por qué hay un chico de Ravenclaw aquí? – quiso saber Ron, lanzando una ojeada al rubio sentado en Gryffindor que llevaba una corbata gris y azul.

- Es amigo de Tony. – se limitó a decir Harry, bebiendo de su copa de jugo de calabaza.

- ¿Quién diablos es Tony? – espetó.

- Me sorprende que no lo conozcas, y eso que eres prefecto. – observó Harry. – Suelo jugar cartas con él cuando tú haces tus guardias con Hermione: es hijo de muggles. Es un buen chico. – Ron aún no estaba por completo convencido.

- ¿Cuál es su apellido? -

- Lee. -

- ¿Lee? -

- Creo que su padre es chino. Si quieres saber más, pregúntale a él… - cerró la boca, porque en ese momento iba entrando al Gran Salón la alta figura encapuchada que Harry identificaba como Bookman. Pero el resto del alumnado tenía razón para desconfiar de un personaje tan misterioso.

Roy Wenham y Tony Lee estaban sentados más cerca de la puerta que ellos, aunque eso no justificara por qué Bookman se detenía a hablarles.

- Tony. Roy. – ambos se voltearon. Fue Tony quien se levantó con una enorme sonrisa.

- ¡Bookman! – exclamó. Roy también cayó en la cuenta.

- ¡Hace mucho tiempo que no te veíamos, Bookman! – anunció el rubio, compartiendo esa sonrisa auténtica con su amigo. Él les dirigió una sonrisa a cada uno, ciertamente más frío. Pero lo comprendían al saber la condición de su amigo Bookman.

- ¿Cómo están Komui y Reever? ¿La señorita Fay? ¿Emilia? – Roy acentuó su sonrisa, pero Tony se amargó.

- Ya deja de llamar a mi madre así. Eres un pesado. – sopló el flequillo castaño que cubría su frente. A Bookman le hacía gracia.

- ¿Todavía no se da cuenta del loco inadaptado que es Komui? – confidenció el pelirrojo a Roy. El rubio se encogió de hombros.

- Creo que cada día lo tiene más claro. La tía Bridget suele regañarlo la mitad del tiempo. – explicó.

- Dejando de lado las extravagancias de mi papá, ¿qué haces aquí, Bookman? No sabía que el clan Bookmen podía escribir la historia mágica. – le preguntó Tony.

- Vamos a decir que sí podemos, Tony. – y se volteó justo a tiempo para ver a un chico de cabello negro y que usaba anteojos que se dirigía hacia él. – Hey, hola chico distraído, ¿cómo te va?

- ¿Conoces a Harry Potter? – le preguntó Roy a Bookman, anonadado.

- Yo conozco a todo el mundo, Roy. – y le guiñó el ojo. La gente alrededor empezaba a mirarlos, centrando la atención en ellos.

- ¿Qué estás haciendo aquí, Bookman? – preguntó Harry.

- Buscándote. Dumbledore nos llama a su despacho. Ahora. -