Las diez y media no es precisamente por la tarde, vale. Pero las "pocas" tareas de que me mandaron esta mañana se volvieron bastantes cuando me puse con ellas esta tarde, así que aunque en el LJ ya está publicado me faltaba .

Pero aquí estoy, cumpliendo con lo prometido.

Espero cumplir vuestras espectativas más o menos, el capítulo me costó escribirlo e intenté que quedara lo mejor posible.

Disfrutad del último capítulo.


Disclaimer. Los personajes de Bones son propiedad de Kathy Reichs, Hart Hanson, Stepehn Nathan, la FOX, etc. No me pertenecen y no obtengo beneficio económico por escribir ni publicar esto.


-III-

—¡Huesos! —Su voz sonó aliviada, al fin y al cabo, su compañera seguía viva.

—Booth, hubo una riada de agua, arrastró al coche…

—Ya lo sé, Huesos. Ahora tengo que encontrarte, pero no sé cómo —comentó el agente, apenado. No sabía cómo salvar a su amiga.

—Usa el servicio GMS de mi móvil. Hodgins sabrá cómo se hace —se apresuró a contar—. ¡Y hazlo rápido, el agua está sub…!

—¡Huesos! —Escuchó el pitido rítmico de la línea que comunica—. ¡Mierda!

—¿Qué ocurre? —Ángela temía que algo le hubiera sucedido a su mejor amiga.

—Se ha cortado… —informó el agente—. Y tenemos que usar el servicio GS… M, o algo así. ¿Alguien sabe qué es?

—Es una aplicación que tienen los móviles y que los hace compatibles hasta con doscientos doce países. Pero, la verdad, eso es que ahora a nosotros nos importa poco —fue Hodgins quien habló. A continuación, se dirigió a la plataforma, subió los escalones de dos en dos y tomó asiento en su silla—. Podemos localizar a Brennan a través del GSM.

Después, Jack empezó a teclear una serie de dígitos en el ordenador y comenzaron a aparecer una serie de pantallas que Booth no supo descifrar.

—Primero, necesitamos el número de móvil de la doctora —Pulsó un conjunto de números—. Como el móvil desde el que te han llamado tiene el Servicio Global para Móviles… Sólo hace falta ubicar el teléfono mediante los satélites.

—¡Calla y trabaja! —le metió prisa el ex francotirador.

—Jack… Es más rápido si no hablas y buscas los dichosos satélites —añadió la artista.

—Hodgins, la vida de tu amiga, compañera de trabajo y jefa está en juego —Cam se sumó a la conversación—: Hazlo lo más rápido que puedas.

Fue entonces cuando todos —a excepción de Hodgins, éste por ser la víctima en aquella ocasión— sufrieron una especie de déjà vu, pues la situación les recordó, irremediablemente, a las eternas horas que emplearon en buscar al entomólogo y a la antropóloga cuando fueron secuestrados y enterrados bajo tierra en un coche, quedándose poco a poco sin oxígeno: Booth diciéndole a Zack que se diese prisa, Addy con su explicación de la reflectancia en los minerales, la cantera…

Aquella ocasión era prácticamente igual, pero sin mina ni minerales y tierra de por medio.

—¿Por qué se ha cortado la llamada? —inquirió la forense, distrayendo así al agente, que centraba toda su atención en las acciones del botánico.

—Se escuchaba mal, así que era o la cobertura o la batería del móvil —contestó Seeley.

—¿Sigue sirviendo el servicio raro ese? —preguntó Ángela.

—Sí —habló Hodgins desde el otro lado de la plataforma—. No os preocupéis, no tardaré mucho en tener los resultados.


Desde que Brennan estaba consciente, el agua había subido notablemente, ya le llegaba por la cintura, y seguía subiendo, ya que las puertas seguían filtrando, cada vez con más rapidez.

Lo peor era que la doctora empezaba a experimentar los efectos de estar tanto tiempo con el cuerpo mojado, y algún tiempo después de que la llamada se hubiera cortado debido a la mala cobertura del coche y poco después de que el teléfono se apagara (ya que se había quedado sin batería), comenzaba a tener dificultades para razonar, estaba confusa y, de cerca, estaba todo bastante borroso, pues tenía las pupilas dilatadas. A buen seguro que su temperatura corporal estaba por debajo de los 30 ºC .

Y, pese a las dificultades que tenía para usar su preciosa razón, en su interior resurgía su particular fe en Booth, la misma de la que no había dudado ni un instante —aunque hubiera negado tenerla— cuando la enterraron con vida junto con Jack.


—¡Lo tengo! —gritó el entomólogo, aún sentando en su asiento.

Tras escuchar las palabras de la boca del científico, el agente especial sacó su móvil y llamó al Hoover para solicitar un equipo de rescate, con un helicóptero amplío en el que entrasen más de cuatro personas y que dispusiera al menos de servicio de primeros auxilios.

—Nos vamos —anunció Seeley—. Hodgins, ya puedes estar introduciendo las coordenadas en un GPS.

—¿Y nos vamos en coche, con la corriente? —interrogó Cam.

—He pedido un helicóptero —comentó Booth—. Y de los grandes.


Las aspas del helicóptero impedían escuchar medianamente bien cualquier palabra que saliese de la boca de los allí presentes.

Poco a poco, todo el equipo del instituto Jeffersonian y el agente del FBI subieron al interior del vehículo donde se acomodaron. Allí, Hodgins le indicó al piloto las coordenadas exactas a las que debía dirigirse.

—¿Qué vamos a hacer para sacarla del coche, Booth? —preguntó Jack, mirando la cara de preocupación que tenía Ángela.

—No lo sé —confesó Seeley.

—¿Se ha detenido a pensar en que puede descolgarse por el exterior del helicóptero? —comentó el piloto.

—¿Y no será eso demasiado peligroso? —preguntó Ángela.

—Ya le digo que no van a poder llegar con una lancha, la corriente es demasiado fuerte. Y desde más lejos también es imposible —dijo el agente que había solicitado Booth—. No me queda otra.

Así, continuaron el camino, no demasiado largo, que les separaba de la ubicación que señalaban los satélites y que correspondía a una parte del río Potomac, en Alexandria, estado de Virginia.

Por lo que no tardaron mucho en llegar al área que señalaba un pequeño banderín en la pantalla del GPS de Hodgins.

El helicóptero se mantenía elevado justo encima de un gran río de agua y lodo, con varios troncos caídos entre medias y otros estancados a los lados. La altitud, sumado al hecho de que era totalmente de noche, hacía sumamente complicado el hecho de encontrar un coche con carrocería oscura en mitad de una riada de barro.

Uno de los especialistas en rescates que estaba en el aparato se ató un arnés y comenzó a descender por un resistente cable de acero hasta estar bastante más cerca de lo deseado de la corriente.

—¡No se ve! —exclamó el especialista, colgado del cable.

Así, siguiendo la orden, el piloto accionó uno de los botones y, de pronto, un gran foco iluminó una amplía zona, facilitando en parte la tarea del hombre del arnés.

Tras examinar exhaustivamente todo el área, por fin se divisó el coche, varado en uno de los laterales de la riada, entre troncos y ramas. Estancado, a fin de cuentas, lo que, sin duda, había salvado a la antropóloga.

—¡Lo tengo! —gritó el experto.

Así, bajo las instrucciones del hombre del arnés, el piloto de helicóptero condujo el aparato hasta la posición adecuada, justo encima de un coche de color azul que se encontraba atascado entre los troncos de unos árboles cruzados en mitad de lo que, antes de las inundaciones, había sido, probablemente, un camino transitable.

Entonces, el técnico del FBI soltó un poco más de cable, hasta quedar a la altura del automóvil, dispuesto a sacar de allí a la antropóloga.

Se acercó a la puerta del conductor, e indicó a la mujer que se encontraba en el interior que se alejara lo máximo posible de la ventana. Brennan le hizo caso y se desplazó, como pudo, hasta el asiento del copiloto. Mientras, el especialista en rescates había roto la ventana del vehículo y estaba retirando los cristales para poder sacar a la doctora sin que sufriera daño alguno. Después de quitar los vidrios de la luna volvió a dirigirse a la científica para que se ésta se acercara hacia donde estaba el hombre. Temperance volvió a obedecer a pesar de no estar tan lúcida como de costumbre y, justo cuando el experto iba a comenzar a sacarla del coche, sucedió algo que imposibilitó la tarea de rescate: a Brennan se le había quedado un pie atascado con uno de los pedales del vehículo y le era imposible salir.

El rescatador maldijo y no le quedó otra que volver a subir por el cable para recoger del interior del helicóptero una herramienta que le ayudara a salvar a la antropóloga de allí.

—¿Qué ha pasado? —preguntó un alarmado Booth al ver que el hombre subía solo (y empapado).

—Tenemos un problema —comunicó mientras rebuscaba en la parte posterior de un asiento todo lo rápido que sus manos le permitían—. Su compañera se ha atrancado con el acelerador del automóvil.

—¿Y qué va a hacer para sacarla de ahí? —inquirió Ángela.

—No lo sé, pero necesito la ayuda de uno de ustedes —dijo el especialista a la vez que sacaba otro arnés—. Sólo han mandado a un hombre por el peligro de la situación, yo.

—Yo le ayudo —el agente se levantó de su asiento y se colocó las medidas de protección obligatorias. Después, enganchó el mosquetón al cable y comenzó el descenso mientras notaba que las gotas de agua le golpeaban la superficie del casco y la cara.

Los dos varones iban bajando cada vez más y más hasta que sus pies casi rozaron la superficie del agua.

Fue entonces cuando Booth se asomó a la ventanilla del coche y le dijo a Brennan:

—Venga Huesos, un último esfuerzo.

Su compañera asintió y esperó las maniobras de los dos hombres.

Seeley y el rescatador se pusieron de acuerdo en que éste último, al ser el menos corpulento y más menudo de los dos, se introdujera parcialmente por la luna rota del vehículo para así ayudar a la antropóloga a sacar el pie de debajo del acelerador.

Mientras que el experto entraba en el vehículo, Booth sostenía los alicates que poco había cogido el otro hombre del aparato para usarlos en caso de ser necesarios.

Y fueron de utilidad, ya que era imposible retirar el pedal de su sitio y dejar libre a la científica. Así que, una vez cortaron el acelerador, el resto de la tarea no fue sumamente complicada, por lo que los dos hombres sacaron a la antropóloga del coche sin mayores dificultades y justo a tiempo, porque el agua había subido alarmantemente en los últimos minutos.

—Huesos… —murmuró el agente cuando tuvo a su amiga agarrada y abrazada a él.

—Sabía que me encontrarías… —respondió Brennan—. Otra vez.

Tras eso, mientras ascendían hasta el helicóptero, la antropóloga se desmayó a causa del cansancio. Así pues, el resto de sus amigos y compañeros no pudieron darle la bienvenida, tan sólo sonreír cuando vieron a Booth subir al interior del helicóptero acompañado de Temperance.

Después, un médico que también se encontraba a bordo, examinó el estado de la antropóloga, determinando que tenía una hipotermia bastante importante y que tenían que atenderla en un hospital. Por lo que abrigaron a la doctora con mantas y calor artificial hasta que llegaron al hospital.


Booth tragó una bocanada de chocolate caliente, recién comprado por Hodgins en la cafetería, y miró a través del cristal de la habitación.

En la estancia, durmiendo, estaba su compañera, cuyos signos vitales, ritmo cardíaco, etc. eran monitoreados por una máquina próxima a la cama. Asimismo, estaba siéndole suministrado oxígeno humidificado mediante una mascarilla normal. Y, al lado de la cama, sentada en un sillón, estaba Ángela.

Habían decidido organizarse por turnos, ya que querían que, cuando Brennan despertara, no estuviera sola. Irían en el siguiente orden: Ángela, Booth, Hodgins, Cam y vuelta a empezar.

De momento le tocaba a la artista quedarse, entre otras cosas porque Seeley tenía que cambiarse de ropa, ya que, al bajar a rescatar a la antropóloga, se había empapado de pies a cabeza. Y, aunque no tenían porqué estar allí, pensaban que era lo correcto. Al fin y al cabo eran un equipo de lo más parecido a una familia.

Booth, mientras que Jack había ido a comprar algo de comer y bebidas calientes para todos, y Camille fue a comprar tulipanes, se encargó de llamar a Max y Russ, el padre y el hermano de Brennan respectivamente; pero éstos no llegarían hasta el día siguiente porque estaban de viaje.

Observando a la artista, que acababa de quedarse dormida, a la vez que comía un donut, el agente se apoyó en el marco de la puerta, sosteniendo el vaso de plástico que contenía el líquido humeante.

Fue entonces cuando vio que la mano de su compañera comenzaba a efectuar pequeños movimientos, arrugando la sábana blanca de la cama. A Seeley le faltó tiempo para dejar la comida sobre una mesa que había en la habitación, justo al lado del teléfono.

—Eh, ¿qué tal? —le preguntó el agente a su compañera que acababa de abrir los ojos.

—Un poco mejor que cuando me sacaste del coche —confesó la doctora, retirándose la mascarilla de la boca para poder hablar.

—El médico nos contó que tenías una hipotermia de caballo, 29'7 ºC. Teniendo en cuenta que al bajar de los 26 ºC se entra en coma… —explicó Booth—. Pero no te preocupes, tu ritmo cardiaco es normal, así que de aquí unos días estarás en tu casa. Cam se negará a que vuelvas hasta que no te hayas recuperado del todo.

—Estoy bien —se quejó ella.

—No nos vas a engañar, Huesos.

—¿Nos? —inquirió Brennan.

—Sí, nos. Mira a Ángela que está en ese sillón, Cam y Hodgins están fuera ahora mismo pero no tardarán el volver. Están deseando de verte.

—¿Qué pasa? —murmuró la artista, que acababa de levantarse—. Cielo, ¡estás despierta!

Así, durante unos minutos, la dibujante y su amiga hablaron de algunas pequeñas cosas, y, cuando aparecieron el entomólogo y la forense , que se unieron también a la conversación. Ésta no duró mucho tiempo, ya que todos coincidían en que Brennan debía descansar, así que abandonaron la habitación, dejando allí a la persona a la que le correspondía el turno: Booth.

Tras despedirse, los dos compañeros se quedaron solos en la estancia.

—¿Por qué bajaste tú a salvarme? —preguntó la doctora.

—Sólo había un especialista y necesitaba ayuda —dijo el agente.

—Gracias por salvarme la vida de nuevo —agradeció Temperance.

—Como ya te dije en su día en la iglesia, tras haberos rescatado del coche enterrado a Hodgins y a ti, fuimos todos y cada uno de nosotros.

—Lo sé, Booth —afirmó la antropóloga—. Pero eres tú el que estás ahora aquí y no los demás, así que sólo puedo darte las gracias a ti, al resto le tocará mañana.

A continuación, tanto Seeley como Brennan cayeron en un profundo sueño del que despertarían a la mañana siguiente.


Y como todo tenía que llegar a su fin...

La historia no da para más.

Como decía arriba, espero que al menos haya entretenido durante unos minutos.

Que sé que partes de la historia son imposibles de que sucedan, pero bueno, mi intención es disimularlo y que parezca creíble.

Así que nada, no sé cuando volveré a aparecer por aquí, así que me despido de momento.

Hasta pronto.