Heme aquí, en uno de esos fics que surgen de la duda y el insomnio. No es el primero de esta serie que me hipnotizó durante mis años de escuela, pero es el primero que verá la luz.

Este fic se llama relatos de un detective y se trata de una serie de capítulos donde intento relatar los homicidios que Ryu resolvió antes de ingresar a la DDS. En estre fic, habrán por lo menos dos OC's que comparten el protagonismo con Ryu, pero intentaré que no le roben la pantalla al que fue y es mi personaje Bishonen favorito.

Espero que les guste y veamos que pasa.


Relatos de un detective


Capítulo I

Casualidad

A veces se preguntaba porqué había escogido ese camino. La gente pasaba de él mirándolo con reproche cada vez que no cumplía con las expectativas, pero si las superaba, como casi siempre sucedía, entonces nadie se volteaba a siquiera sonreírle agradecido. No que lo necesitara, pero la reafirmación de que hacía eso por alguien más que sí mismo, le venía bien.

Por eso a veces se sentaba en aquel bar a beber hasta que las ideas y el equilibrio lo abandonaban. Porque en realidad quería escapar de sus cuestionamientos, de sus auto reproches, del fantasma del pasado y las malas decisiones; aunque a veces lo hacía también para divertirse. Aunque no es mucho el placer que emana de caerte de borracho o vomitar hasta desmayarse, pero él podía encontrarlo en esa pequeña parte de sí mismo que le decía que lo hacía porque quería, no porque fuera alcohólico.

Pasaba lo mismo con el cigarrillo y su manía de guardar restos de comida en el asiento trasero de su auto, que en verdad olvidaba descartar cuando ya no tenía hambre o las hamburguesas le hastiaban, que solía pasar, también.

Siempre se consideró a sí mismo extraño, casi raro, o un poco maniático: solía dar vueltas en la calle hasta altas horas sólo porque no quería llegar a su casa vacía; guardaba restos de comida putrefacta en el refrigerador sólo para imaginar qué diría alguien si lo viera; escogía siempre la ropa que usaría al día siguiente y solía dejarla sobre una silla; escribía y dibujaba con cuchillos mal afilados en los individuales de su mesa. Pero jamás llamaba a su casa. Jamás llamó a su madre para decirle que extrañaba su comida, o a su padre para preguntar por un buen analgésico para el dolor de cabeza, o siquiera para preguntar como estaban: siempre era él quien esperaba las llamadas y se justificaba con lo caras que son las llamadas internacionales.

En realidad no quería admitir que extrañaba su hogar. Eso habría sido admitir que todavía era un niño.

En medio de su diálogo interno siguió con su escudriño a la habitación, era pequeña, muy pequeña, dudaba como cabían dos camas, un closet y una mesita en ella, y aún se cuestionaba como era que dormían cinco personas ahí. Ciertamente, la pobreza no fue algo que experimentó hasta que llegó a esos barrios donde el hacinamiento, las privaciones y la promiscuidad eran pan de cada día. Y eso sólo por que la delincuencia en esa parte de la cuidad parecía superar incluso la media nacional.

Su visión le llevó hasta un pequeño baño, continuo al dormitorio donde sólo se limitó a mirar, sin llegar más allá. El agua estaba corriendo en la ducha, estaba averiada, se notaba por las salpicaduras desde la conexión de la ducha. Las gotas de sangre pegadas a la pared, se deslizaban con suavidad hasta llegar al piso y diluirse en el agua. Uno de los peritos cortó el agua, evitando que siguiera desperdiciándose y mermando el sonido que poco a poco irritaba a todos los presentes. Llevó su mirada hasta el lavamanos donde mechones de cabello oscuro y rubio se confundían: dos tipos de cabello, tomó una muestra y luego se fijó en el espejo, quebrado. Un ruido a sus pies lo hizo reaccionar sólo para ver con asco a la rata que se escabullía, por el piso de madera.

Las otras habitaciones, es decir, el dormitorio más grande donde dormían los otros miembros de la familia, otras cinco personas más, contó él, la cocina y el comedor, tenían los mismos rastros del forcejeo que hubo entre el dueño de casa y el agresor: cosas rotas, sangre por todas partes y rastros de disparos por todos lados.

- Encontramos esto en el entretecho – un perito traía entre sus manos un rifle, estaba sin carga y era bastante antiguo.

- Ponlo por ahí, hay que revisar la inscripción –dijo sin soltar un par de trozos de madera suelta donde encontró huellas digitales.

Una vez más, entre su exhaustiva revisión volvió a su fuero interno, cuestionándose cómo podía haber preferido eso a un prometedor futuro como arquitecto. Se rió de su subconsciente al recordarle (de manera muy irónica) cómo habían desechado la arquitectura sólo por el problema de la cartografía. Volvió a fijar la vista esta vez en un retrato familiar, donde aparecía la victima, sus cinco hijos, su esposa y un par de desconocidos, ahora su mirada tenía un brillo divertido fruto del caso tan poco común de doble personalidad que juraba tenía.

Tendría que dejar la cafeína.

O los programas de misterios.

Él y su equipo abandonaron la pequeña construcción casi al amanecer. Había sido cerca de las nueve el homicidio, y pasaron horas recogiendo evidencia, captando testigos e interrogando. Aún venía lo más difícil: dar con el culpable, y con las pocas horas de sueño que le esperaban, sabía no podría cumplir el primero de sus objetivos: abandonar la cafeína. Y lo peor es que se suponía que ese sería su fin de semana libre.

-O-

El sonido del motor arrancando le indicó que su abuelo se había ido, y que no llegaría hasta muy tarde. Y aunque pudiera ser que ese fuera un buen augurio, no significaba que pudiera vagar: al contrario, al terminar su desayuno, comenzaría su lección de esgrima, y luego tendría que pasar horas resolviendo ecuaciones algebraicas. Si terminaba temprano con su práctica de tenis, entonces talvez le dejaran salir a dar una vuelta. Después de todo era sábado.

Subió con la calma acostumbrada las escaleras y siguió por el pasillo hasta su cuarto. Para ser un chico de catorce años, era bastante singular, pero no tanto si se consideraba toda su vida, entonces se volvía un chico normal. O eso creía él.

Su nombre era Ryu Amakusa, tenía catorce años, era delgado y alto, y (había oído alguna vez) apuesto. No tenía padres: habían muerto en un accidente hacía años y no los recordaba. Tenía, sí, una "madre": Yuri, pero era algo así como su ama de llaves. Tenía varios sirvientes, algunos más allegados que otros a su abuelo, con quien vivía desde que podía recordar. Era japonés de nacimiento, también su abuelo y algunos de sus sirvientes y colaboradores, los otros tenían distintas nacionalidades, pero no por eso, dejaban de ser todos muy parecidos.

Su abuelo, era presidente de una compañía o algo así, él no estaba muy informado al respecto, pero sabía que algún día sería el sucesor de su abuelo, así que esperaba que tarde o temprano le instruyeran al respecto.

Vivían en el barrio alto de New York, en una casa de color amarillo, rodeada por altas cercas y muros, con jardines y estacionamientos, para cada auto de su abuelo. Y aunque sabía que era bastante más adinerado que la mayoría, se consideraba un chico normal.

Pero no lo era. Ryu era más listo que el promedio, de hecho era brillante, tanto que todos sus profesores habían insistido en que requería tratamiento especial, razón por la que no iba a la escuela, sino que tenía profesores en casa. Sabía idiomas. Practicaba deportes, y sus habilidades en defensa personal y esgrima eran francamente sobresalientes.

Ryu no era especial. Especial era poco para describirlo: Ryu era un genio.

-O-

Estaba demasiado interesado en su hamburguesa con queso como para prestar real atención a aquella canción; cuando su hermano mayor había viajado por el amazonas, y llegado a Ecuador e ido por todo el cono sur, le había llevado tanto como una cuñada muchas cosas de esas latitudes, entre ellas libros, que aunque sus intereses no tenían nada que ver con ellos, había leído en noches de lluvia o en tardes a la sombra de un árbol, por lo que cuando Macondo comenzó a sonar en esa calle latina donde estaba, se acomodó mejor en su auto para comer y escucharla, aunque no entendía muy bien el español.

Pero su mente, más allá de la canción estaba en lo que había ido a hacer a esa hora a ese barrio. Había pasado toda la noche del viernes y parte de la madrugada del sábado recogiendo pistas y evidencia de un homicidio, precisamente en el mismo barrio donde ahora estaba y que era también lugar de trabajo de la victima. Diariamente se mata a una decena de personas en New York, por muchas razones distintas, entre ellas como parte de los asaltos, que eran casi tan frecuentes como la basura en las calles. Pero, ¿por qué ese hombre? O más bien ¿para qué? Si era tan pobre. Vivía hacinado en una casa con nueve personas más, no tenía dinero, ni joyas o posesiones: era simplemente un paramédico de un hospital pobre de un barrio de New York.

-O-

Volvió a repasar el resultado de la ecuación antes de dar por terminado el ejercicio. Un hombre de aspecto severo, con cabello corto y negro, de ojos oscuros, le miraba mientras Ryu cerraba el libro y guardaba todo, para ponerse en pie y salir de la habitación sin mediar palabra. Sólo era un sirviente, y aunque su trabajo era vigilarlo, de sobra sabía que cuestionarlo no era en realidad necesario.

Ryu no solía hacer gala de malos modos. Siempre era muy correcto, y a veces, demasiado estoico, pero nunca salía de los estándares y era siempre bastante obediente, así que Phillip no tenía nada de que estar preocupado.

Antes de salir, Yuri volvió a repetirle su horario y el de su abuelo e insistió con ser ella quien lo llevara, pero Ryu repitió su negativa argumentando que un pequeño paseo sólo no iba a dañar a nadie. Finalmente, Ryu ganó en la pequeña discusión, llegando a salir sólo por primera vez en varias semanas.

Rápidamente dejó las elegantes calles del barrio alto de la ciudad, no le gustaba en lo más mínimo el aire de opulencia que emanaba de cada casa, ni mucho menos las personas que salían de cada una. Aún con sólo catorce años, Ryu era consciente de muchas cosas, seguramente por su intelecto, pero más que nada por su educación. Comprendía que, todos los adolescentes tienen ciertas tendencias y siguen patrones designados de acuerdo a su condición socioeconómica y cultural: razón por la que no se llevaba con los demás jóvenes, aunque en realidad jamás había tenido amigos ni creía necesitarlos.

Por eso abandonó las calles del barrio que lo albergaba para pasar a una parte de la ciudad que vivía en el tercio medio; algo poco desfavorable, según su punto de vista.

Mientras veía sin demasiada atención hacía una vitrina, por el reflejo en el vidrio pudo notar como un hombre era arrastrado sin mucha contemplación por otro. Rápidamente se giró para ver al agresor asestarle un golpe en el rostro al otro hombre, que alegaba inocencia.

Junto a otros transeúntes comenzó a acercarse con la intención de intervenir, pero no fue hasta que un hombre de estatura mediana, vestido con una chaqueta azul marino y con su cabeza cubierta por una gorra de visera, desde la que escapaban mechones de cabello rojo.

- ¡Basta! –mientras sujetaba la mano del hombre más alto, incluso que él, y la bajaba hasta llevarla detrás de su espalda en una llave.

- ¡Me robó! –gritó intentado safarse.

- ¡No es cierto! –el otro hombre intentó ponerse de pie, pero uno de los observadores se adelantó para inmovilizarlo de modo similar al otro hombre. - ¡Suélteme! ¡Le digo que no he hecho nada!

- ¡Me robast…!

- ¡Suficiente! –gritó con autoridad mientras aumentaba la fuerza de su agarre. – Necesito que me diga, con exactitud, qué fue lo que pasó.

- Él me robó trescientos dólares –dijo sin pensar, antes de ver como el hombre que lo sostenía lo miraba a punto de perder la paciencia – en mi restaurante, yo estaba poniendo el dinero en la caja y me di la vuelta y él me sacó el dinero…

- ¿Lo vio?

- Pues no, me di la vuelta, pero el dinero no estaba y él salió corriendo.

- ¿Qué tiene que decir? –inquirió al otro hombre que negaba con la mirada.

- Yo no lo hice… recibí una llamada urgente, trabajo en el hospital de aquí junto, conduzco la ambulancia, y salí corriendo porque me necesitaban, pero él me persiguió y asegura que le robé.

Nadie podía objetar nada. El hombre de la gorra, pidió el teléfono o radio por la que recibió el llamado, a lo que el hombre no se negó, pero una frase del hombre no salía de su cabeza, ni tampoco de la de Ryu.

- ¿Qué hacía en el restaurante?

- Almorzaba, es mi hora de colación.

- No quiero cuestionar sus acciones, pero ¿puede prestarme su credencial de funcionario del hospital?

- ¿Usted es policía? –preguntó con dureza el acusado.

- No. –el hombre se preparaba para gritarle cuando volvió a hablar: - Soy detective. Ahora ¿puede o no, prestarme su credencial de funcionario?

- Aquí está –y se la entregó. La examinó con detención, iba a devolvérsela cuando está cayó de sus manos y Ryu la alcanzó. – Dásela, muchacho.

- Es falsa. –dijo arrugando el entrecejo casi imperceptiblemente.

El detective se sorprendió ante la declaración. Él mismo iba a entregársela para arrestarlo y llevárselo. Lo había notado. Pero ese chico ¿cuántos años tenía, catorce? Lo había notado también.

- ¿Cómo sabes eso? –preguntó con escepticismo. El hombre no daba crédito a lo que oía e intentaba safarse para salir de ahí.

- Es raro que un funcionario de un hospital, que debe permanecer dentro de su lugar de trabajo, especialmente cuando tiene un trabajo como ese, salga sólo para comer. –Ryu daba su explicación sin siquiera inmutarse, parecía encontrar eso realmente interesante y le gustaba sentirse más inteligente que el resto de las personas, así que continuó: - además, el hospital no está aquí junto –señaló a la calle – sino a cuatro calles de aquí, a menos que la comida de su restaurante sea realmente exquisita –dijo mirando al hombre que había sido liberado por el detective y se hallaba escuchando la explicación -, no veo razón para caminar cuatro calles fuera de su lugar de trabajo sólo para comer.

- ¿Y tú que sabes, mocoso entrometido? –espetó el inculpado. - ¿Cómo sabes que es falsa? ¿Acaso has visto alguna real?

- Si. –el hombre mantuvo su mirada de odio sobre el chico.

- Es falsa –repitió el detective –señor, debe acompañarme, y usted, debe poner la denuncia en la comisaría.

Ryu no quiso seguir al detective, lo encontró un hombre interesante, pero no para ir tras él a ver que opinaba, así que pensó en dejarlo así. Iba a continuar su caminata cuando el detective se acercó hasta él.

- No se encarcela a un hombre por robar trescientos dólares –dijo con una extraña expresión de su rostro -, pero no se lo deja ir así como así.

- Lo sé. –respondió sin más, sólo por ser cortés, aunque no era algo que le quitara el sueño.

- Lo imaginaba. ¿Cuál es tu nombre?

- Amakusa Ryu.

- Te gustan las respuestas directas ¿Eh? –rió de manera infantil, como si le irritara un poco – Soy Tetsuya Kirisaki, puedes decirme Tetsu –extendió su mano, a lo que Ryu respondió estrechándola.


¡Bien! Un escueto primer capítulo, realmente no soy de las que dejan demasiadas cosas sueltas, este primer encuentro es sólo un inicio.

Tetsu es un detective japonés que vive en New York desde hace un tiempo, tiene extrañas manías, como las que se vieron y otras que están por verse. Es un hombre extraño, casi como si fuera esquizofrénico, pero es bastante normal cuando se lo propone (finge bien, supongo).

El homicidio que dio inicio en este capítulo se resolverá en el segundo capítulo, donde veremos más de de este hombre y me esforzaré por crear un auténtico misterio, similar a los que nos acostumbró esta serie.

Muchas gracias por leer, nos veremos más adelante...