Mil disculpas por el retraso… Espero que disfruten del nuevo capítulo, gracias por su paciencia…

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"Sufre, madre mía, y sopórtalo todo aunque estés afligida; que a ti, tan querida, no te vean mis ojos apaleada, sin que pueda socorrerte, porque es difícil contrarrestar al Olímpico."

Homera, Ilíada I, 560 ss

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Escena 04: Declaración de Guerra

Cualquier mortal que diera una simple mirada al Olimpo pensaría que está soñando. La magnificencia de sus edificaciones, jardines y fuentes decorativas parecían sacadas de un mito. La morada sagrada de los dioses estaba custodiada por unos enormes portones dorados, que despedían un brillo cegador.

Flanqueando los portones del Olimpo estaba una hermosa mujer. Su esbelto cuerpo iba vestido con una túnica blanca que le quedaba por encima de las rodillas. Calzaba unas sandalias de oro, a juego con su gargantilla y pendientes con forma de relámpagos. Sus largos cabellos rubios, ondulados en las puntas, los llevaba peinados en una cola alta. De ojos celestes, la mujer, que cargaba un pergamino de oro, era la mensajera personal de Zeus, Iris.

– Impresionante – dijo Aioria, cuando se encontraban ya en frente de la entrada principal del complejo olímpico.

Atena caminó delante. La diosa de la sabiduría vestía una túnica larga, blanca, de mangas anchas, que dejaba los hombros al descubierto. Lucía un ancho cinturón de oro, con incrustaciones de joyas preciosas. En su mano derecha cargaba el báculo de Niké, la diosa de la victoria. Sus tres caballeros guardianes vestían sus armaduras de oro.

– Bienvenidos sean – saludó Iris, con una leve inclinación de cabeza – Señorita Atena, es un honor tenerla de regreso en el Olimpo. Disculpe mi atrevimiento, pero creo que debería pasar menos tiempo en la Tierra, no sabe lo mucho que la extraña su Honorable Padre.

Milo rodó los ojos. La palabra "honorable" era la menos adecuada para dirigirse al Señor de los Cielos.

– La Tierra está bajo mi cuidado, por eso no puedo abandonar mi puesto – respondió la diosa – Si he venido es porque es mi más grande deseo evitar un enfrentamiento innecesario.

– Tal y como se esperaría de la Señora de las estrategias.

– Iris, suficiente, será mejor que no retrases más a la Señorita Atena.

Aioria se sobresaltó. Ante ellos apareció un hombre de cabello castaño algo desordenado. Llevaba una túnica corta, con pliegues simétricos de plata que servían como protección. Además llevaba el peto y el espaldar, protección para las piernas y también para los antebrazos. Todas las piezas eran de plata, tan resplandeciente que los caballeros de Atena podían ver sus rostros reflejados en ella. Tenía un cinturón de oro, con el símbolo de la constelación de Sagitario grabado. Su rostro iba cubierto por una máscara blanca.

– Lo siento, Kaus, ahora los dejo en tus manos.

– El Señor Poseidón está en camino, así que no lo hagas perder su tiempo.

La voz de ese extraño sujeto se le hacía inmensamente familiar al Caballero de Leo. Inquieto, el joven miró de reojo a sus compañeros, pero no parecían haberse inmutado con la presencia del hombre, ni siquiera Atena. ¿Acaso estaba enloqueciendo? No, ese sujeto jamás podría ser quien él pensaba. Aquel a quien Iris había llamado Kaus, volvió a hablar, sacando a Aioria de su ensimismamiento.

– Síganme, por favor. Los guiaré al salón Xenios.

– Disculpa – habló Atena – ¿Será posible que vea a mi padre Zeus a solas antes de la reunión?

– Lo lamento mucho, señorita Atena, – respondió Kaus – pero mi señor Zeus no concederá audiencias a nadie hoy. Ni siquiera a su hija favorita – añadió con desdén.

Milo frunció el ceño, dispuesto a poner en su lugar al sujeto. ¿Quién se creía para usar ese tono desdeñoso con una diosa? Ese hombre jamás podría ser quien él pensaba, no, era demasiado frívolo y arrogante.

Mantén la calma, Milo – le dijo Shaka, telepáticamente.

El caballero de oro de Escorpio se cruzó de brazos, no muy contento. Sin embargo, tenía que admitir que el de Virgo tenía razón. No era prudente hacer ningún movimiento extraño, al menos no hasta saber qué planeaban los dioses.

Caminaron por los esplendorosos jardines del Olimpo, rodeado por árboles tan magníficos que parecían irreales. Las estatuas de los dioses también estaban alrededor del recinto. Pronto llegaron a las afueras de una sala amplia, más específicamente un kiosco, coronado por una cúpula de oro resplandeciente. Una larga alfombra roja se extendió hasta llegar a los pies de Saori, que se sorprendió con la ostentosidad del lugar.

Se podía escuchar el murmullo de voces desde el interior del templete. Kaus se hizo a un lado para que Atena pudiera pasar.

– Adelante, señorita Atena – cuando los caballeros de oro hicieron ademán de seguirla, Kaus los detuvo – Lo lamento, pero ustedes deberán esperar fuera. Esta reunión es exclusiva para los dioses.

Aioria bufó.

– Ustedes, insignificantes mortales, deberían considerarse afortunados de haber pisado este territorio sagrado.

– ¿Qué dijiste? – replicó Aioria, enfadado, levantando sus puños de forma amenazadora – ¡Eres un…!

– Cálmate, Aioria – dijo Shaka, en tono autoritario – No hemos venido aquí para iniciar una pelea. Compórtate como el caballero de oro que eres.

– Deberías escuchar a tu compañero, mocoso impulsivo – agregó Kaus, antes de desaparecer envuelto en un remolino de plumas.

– ¡Maldito! – gritó el león – ¡Qué equivocado estaba! ¡Ese maldito no puede ser mi hermano!

– Esa es una conclusión muy precipitada – dijo Shaka.

– ¿Qué quieres decir? – preguntó Milo, atónito – ¿No estarás pensando que ese sujeto es en realidad...?

– Seamos pacientes – espetó el caballero de Virgo.

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En el salón Xenios…

En el interior de la sala había una inmensa mesa de fina madera, con forma redondeada. Estaba rodeada por doce elegantes sillas de respaldo alto, todas de madera recubierta por oro. En el respaldo de cada silla estaba grabado el nombre de cada dios olímpico, en idioma griego. Atena sintió un poderoso cosmos a sus espaldas, lo conocía.

– Volvemos a encontrarnos, Atena.

La diosa de cabellos púrpura se volteó, sobresaltada, al escuchar una voz realmente familiar a sus espaldas. Allí estaba, luciendo su gallardía y elegante porte…

– ¡Julián!

– Creo que no es prudente que me llame de esa manera aquí, Srta. Kido – dijo en voz baja el joven de cabellos azulados.

– Pero… ¿Cómo es que tú…? – Julián sonrió tenuemente.

– Ya habrá tiempo para hablar sobre eso después.

– Por favor, no se queden platicando allí.

Luciendo esplendorosa, la madre de los dioses salió para recibir a los recién llegados. La gran Hera vestía una hermosa túnica de color rosa pálido que se ajustaba perfectamente a su escultural cuerpo. Era de mangas cortas y pronunciado escote. También, tenía una abertura en la pierna izquierda. Llevaba varias pulseras alrededor de sus muñecas y una gargantilla dorada en su cuello. Su cabello lo llevaba suelto, decorado con su tradicional polos.

– Atena – salió para abrazarla y depositó un beso en su frente, mientras le susurraba – recuerda lo que te dije en Asgard. Adelante, por favor.

Atena asintió, pasando al lado de Hera, que se dirigió a su hermano, Poseidón.

– Vaya, debo decir que esta vez elegiste un cuerpo muy atractivo, hermano – Hera lo miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa – Espero que tu llegada traiga buenas noticias.

– Pues, eso depende – tomó la mano de Hera y la besó – de lo que entiendas tú por "buenas noticias", querida Hera.

Poseidón dejó que Hera ingresara primero, para entrar él mismo instantes después.

Los Olímpicos esperaban la llegada de su emperador. Poseidón tomó su lugar, al lado de Atena, que era saludada por los demás dioses, algunos de los cuales parecían encontrar divertido el hecho de que la reacia Atena finalmente decidiera aceptar una invitación al que era en verdad su hogar.

– Pensé que te habías olvidado de nosotros, querida Atena – intervino Dionisio.

El dios del vino era trigueño, de cabello rojo intenso y ojos violeta. Vestía una llamativa túnica de color rosa encendido, corta y con el hombro derecho descubierto, de manera que se apreciaba parte de su trabajado pecho y sus fuertes brazos.

– Dionisio, tú bien sabes que Atena renace cuando la Tierra la necesita – intervino Deméter – Tiene un deber que cumplir, no es como tú.

Deméter, diosa de la agricultura, era una mujer de cabello arena, rizado, que llevaba peinado en un elegante moño, dejando unos cuantos mechones a ambos lados de su rostro. Vestía una túnica conservadora, de color azul pálido. Sus ojos color avellana miraban con desdén al dios del vino.

– ¿Qué estás insinuando, Deméter? – preguntó Dionisio, con un dejo amenazante en su voz – No quieras pasarte de lista.

– Creo que esta es una discusión sin sentido – intervino Hermes, bostezando.

– ¿Pero qué dices, Hermes? – había un dios que estaba emocionado al sentir la forma en que Dionisio y Deméter se amenazaban con su cosmos, sí, Ares, el dios de la guerra.

Ares vestía una túnica color vino tinto, similar a la de Poseidón. Su cabello era negro intenso, lacio y bastante largo, pero a él le gustaba llevarlo suelto. Sus ojos ambarinos brillaban con la emoción de una inminente batalla.

– ¿Acaso no te das cuenta de que una batalla entre dioses quizás no acabaría jamás? – dijo Ares – ¡Siento que mi alma vibra con la emoción!

– Será mejor que mantengas la calma, hijo – intervino Hera, que se divertía con el rumbo que había tomado la conversación – Estás haciendo que suba la temperatura aquí.

Y era cierto. El cosmos de un emocionado Ares despedía un intenso calor, casi como si su alma estuviera en llamas. El dios de la guerra y los tumultos decidió entonces que lo mejor era controlarse. Si su madre estaba en lo cierto, él pronto disfrutaría de los placeres que la guerra le producía. Si lo único que tenía que hacer para conseguirlo era prestarle su poder a su madre, eso haría, sin dudarlo.

– Te he notado muy callado y distante, Poseidón, tú… – observó Deméter.

– Por cierto, aún no me explico cómo es que estás aquí, Poseidón – la interrumpió Dionisio, que disfruta el fastidiar a la diosa de la agricultura – Si mal no recuerdo, al final de la última batalla, tu alma fue sellada en el Ánfora de Atena, de la cual no tenías por qué escapar hasta dentro de unos 200 años.

– Creo que los medios que utilizara para llegar carecen de importancia – respondió el señor de los mares – Y la verdad es que estaba pensando ¿dónde están Apolo y Artemisa? Pensé que estarían aquí.

– Mi Señor Apolo no podrá venir hoy.

Los dioses se voltearon hacia el recién llegado. Se trataba de un joven de hermoso rostro, con rasgos delicados. Su cabello era violeta y lo llevaba corto y algo desordenado. Sus ojos azul marino tenía un brillo travieso. Vestía una túnica corta, de color rojo, con una armadura dorada.

– Imagino que eres quien ha venido en representación de Apolo – dijo Hera.

– En efecto, Mi Señora – el joven le dedicó una reverencia a los olímpicos – Mi nombre es Asclepio de Serpens Caput, soy uno de los guerreros del Señor Apolo.

– No puedo creer que Zeus permita que un simple guerrero venga a ocupar el lugar de un dios olímpico – observó Ares – ¿Qué maldito futuro nos depara si seguimos bajo su mando?

– Ares – Hera le dedicó una mirada reprobatoria – Disculpa sus modales, por favor, ocupa el lugar de tu señor.

El guerrero de Serpens Caput asintió y se sentó en el sitio que correspondía a Apolo, al lado de Dionisio.

Instantes después, se presentó en la sala una joven de largo cabello rosa intenso, algo desordenado. Vestía una túnica corta de color blanco, sujeta con un delgado cinturón de oro. Sus sandalias griegas eran doradas, así como la diadema que decoraba su cabello. Sus ojos azul eléctrico se dirigieron a la diosa madre.

– Salve, gran Hera – dijo la recién llegada – Mi nombre es Aura de Corona Australis, soy una de las cazadoras de la señora Artemisa. Mi Señora le envió una nota al dios supremo, Zeus, comunicándole el motivo de su ausencia a esta reunión – miró de reojo a Ares – Sólo espero que al señor de la guerra no le moleste que una simple guerrera como yo esté presente en lugar de la gran Artemisa.

Ares y Dionisio se miraron con complicidad. El primero se acercó para susurrarle al dios de vino:

– Una mujer ruda.

– Justo como te gustan.

Aura tomó el lugar que le correspondía y entonces una imponente presencia se hizo sentir en el salón. Desde la parte trasera del salón, el dios supremo, Zeus, hizo su aparición. Su cabello platinado ondeó con el viento boreal, mientras de la nube que lo transportaba. En cuanto puso un pie en el salón, la nube desapareció y Zeus ingresó. Abrió sus brazos, dándole la bienvenida a los presentes.

Saori se sintió abrumada por el cosmos de su padre. No era como el que recordaba haber sentido en Asgard. Era como si los poderes de Zeus se liberaran cuando estaba en su hogar, en el Olimpo.

– Bienvenidos sean, hermanos míos, queridos hijos – Zeus se acercó a Atena y le dio un beso en la frente – Te extrañé, hija mía.

Atena se quedó sorprendida. Sabía que era el centro de atención, ya que había sido la única con la que Zeus se mostró afectivo. El dios padre tomó su lugar a la cabeza de la mesa, con su esposa Hera a su derecha y su hija Atena a su izquierda.

– Mi Señor, pensé que quería que fuéramos puntuales – puntualizó Hera – Sin embargo, usted se ha retrasado mucho.

– Tenía algunos asuntos que atender con Hefestos.

– Hablando de Hefestos – añadió Hera, esta vez con un dejo de enojo en la voz – ¿En dónde se metió ese herrero? ¿Y Afrodita? Es increíble la impuntualidad de esos dos, llegan incluso más tarde que usted, mi Señor.

– Deberías tenerle un poco más de respeto a tu hijo – miró hacia la entrada del templete – Y hablado de él…

Zeus señaló la entrada de la sala. Una pareja estaba entrando. Se trataba de nada más y nada menos que Afrodita, haciendo gala de su belleza con una túnica blanca, larga, con aberturas a ambos lados de las piernas. La túnica tenía unos delicados pliegues en el cuello y caía en forma de capa sobre su espalda. Lucía un hermoso cinturón de oro con joyas incrustadas, el más impresionante que su hubiera forjado en el Olimpo. Su cabello rubio lo llevaba impecablemente peinado en una cola alta, con el flequillo cayendo hacia la derecha y una bella corona dorada. Sus ojos color ámbar miraban con amor a su acompañante.

El hombre que acompañaba a Afrodita era muy atractivo. De cuerpo atlético y piel morena, vestía una túnica blanca, larga, que se sostenía sólo en el hombro izquierdo, dejando ver parte de su bien trabajado torso. Su cabello azulado era largo y lo llevaba peinado en una estilizada trenza. Sus ojos eran de color verde jade.

Hera miró embelesada al hombre. Estaba segura de que sus ojos no habían visto hombre más atractivo que ese en muchísimo tiempo. Se preguntó quién podría ser el nuevo amante de Afrodita, pues no recordaba haberlo visto antes en el Olimpo. Entonces, la voz de Zeus la devolvió a la realidad.

– Hefestos, creo que deberías saludar a tu madre.

El atractivo acompañante de Afrodita asintió, inclinando levemente la cabeza antes Zeus. Se acercó hasta donde una atónita Hera estaba sentada y se inclinó ante ella, diciendo:

– Ha pasado mucho tiempo, honorable madre.

Hera estaba confundida. ¿Ese era Hefestos? ¿Su hijo Hefestos? ¿El mismo que ella se había encargado de expulsar del Olimpo por su fealdad? ¡Imposible! Pero ella no era la única sorprendida, pues también lo estaban los demás dioses e incluso los guerreros de Apolo y Artemisa.

– Hefestos, no puede ser… tú…

– Sé que es difícil de creer, madre, pero este es mi verdadero yo.

Hefestos tomó la mano de Afrodita y ambos ocuparon sus respectivos lugares. De esa manera, finalmente los Olímpicos estaban reunidos. Zeus tomó la palabra, dispuesto a dar comienzo a la tan esperada reunión.

– Hablaré claro desde el inicio – dijo – He decidido convocar a una reunión debido a las recientes acciones de mi esposa, la diosa Hera. Ella parece estar disconforme con la forma en que rijo el mundo, sin embargo, en lugar de discutirlo conmigo, ha decidido tomar acciones por su cuenta.

– Creo, querido esposo – Hera dijo esto último con sarcasmo – que difiero en su opinión. Muchas veces me he quejado de su manera de hacer las cosas. Díganme, compañeros olímpicos – se puso de pie – ¿Acaso no es cierto que, como esposa del todopoderoso, merezca su fidelidad absoluta? Ah, pero ese no es el punto más importante, pues ¿están ustedes enterados de todos los hijos que Zeus ha tenido fuera de nuestro matrimonio? ¿No es acaso peligroso que alguno de sus hijos ilegítimos quieran en algún momento derrocarlo?

– Eso sin duda sería un problema – opinó Poseidón – Podría sumir al Olimpo en un profundo caos y con ello al mundo entero. Sin embargo, creo que la mayoría de sus hijos están demasiado ocupados en sus asuntos como para preocuparse por eso, Hera.

– Lo mejor sería que vayas al grano, Hera – intervino Zeus – ¿Por qué no le cuentas a todo el concejo cuáles son tus verdaderas intenciones?

Hera guardó silencio. Las cosas no estaban saliendo como las había planeado. Pensaba exponer primero los argumentos que pusieran a Zeus en evidencia, mostrar ante todos al gobernante mediocre, según ella, que regía las vidas de dioses y mortales. Pero no contaba con que Zeus quisiera que expusiera sus intenciones. Sí, el todopoderoso estaba jugando sus cartas de manera arriesgada.

– Madre, no hay nada como la sinceridad – le dijo Ares. Ella le sonrió.

– Bien, si así es como el todopoderoso lo desea. Ya una vez existió en la historia un intento para remover a Zeus de su puesto como regente supremo, pero obviamente fracasó. El motivo de tal hazaña fue el descontento general para con las acciones del gran Zeus. Creo que una serie de injusticias se han repetido, una y otra vez, bajo el gobierno de mi marido.

– ¿Hablas de sus infidelidades? – preguntó Dionisio – He escuchado que ahora te has fijado en una mortal, más específicamente en una sacerdotisa de un tal Odín.

– ¿Una sacerdotisa? – Deméter estaba indignada – Qué bajo has caído, Zeus.

– Eso lo dice una de las amantes del gran Zeus – observó Hermes – Es bastante contradictorio que tú seas quien critique sus infidelidades, Deméter. ¿Tú qué opinas, Atena?

– Me gustaría conocer, como dice el gran Zeus, las verdaderas intenciones de mi Señora Hera. Por lo que sucedió en Asgard tengo una idea bastante clara, pero parece que no todos están enterados.

– Atena, estoy segura que recibiste la visita de Artemisa – dijo Hera – Pero aún no me has dado una respuesta. Pero dejando eso de lado, simplemente hablaré con la verdad. Iniciaré una rebelión, mi objetivo es derrocar a mi marido y forjar un nuevo gobierno en el Olimpo.

Los olímpicos permanecieron en silencio, analizando las palabras de Hera. Era increíble que, pasado tanto tiempo desde su anterior intento por derrocar a Zeus fallara, Hera se atreviera a intentarlo de nuevo, más aún, hacerlo de conocimiento público.

– Protegeré a Hilda de Polaris de las manos de Zeus – continuó Hera – y guiaré a los dioses a una era próspera, sin engaños ni mentiras. Una era donde se acaben finalmente los conflictos entre nosotros. Deseo que este conflicto sea el último que se desarrolle entre dioses, así como sucedió entre Atena y Poseidón.

Ambos dioses se miraron. Una cosa estaba clara, Hera estaba más que decidida a iniciar una nueva batalla, donde no sólo estaría en juego el trono olímpico, sino también la vida de miles de personas inocentes en la Tierra. Y eso era algo que ninguno de los dos podía permitir.

– Me sorprende que defiendas a esta chica, Hilda de Polaris – habló finalmente Afrodita – Normalmente buscabas vengarte de todas las amantes de tu marido. No puedo creer que ahora, de repente, quieras protegerla de las garras del gran Zeus.

– Eso es porque he olvidado la venganza. No estoy planeando esta revuelta por venganza, sino más bien en procura de un futuro mejor para dioses y hombres, Afrodita. Deseo que se den cuenta de qué es lo más conveniente para el progreso del mundo.

– Gran Hera, no creo que una guerra sea la verdadera solución – intervino Atena – Creo que un conflicto como este sólo traería más infelicidad y desunión al Olimpo. Quizás si conversaran y…

– Me he cansado de intentar razonar con mi marido, Atena – la cortó Hera – Estoy decidida a luchar por lo que creo que es correcto, así como tú lo haces. No importa si no tengo el apoyo de ninguno de mis hermanos – bajó el rostro, fingiendo tristeza – porque yo lucharé, mis guardianes no me defraudarán.

– Ya me estoy aburriendo, ¿podemos llegar a una conclusión de una vez por todas?

– Como todos han escuchado, Hera me ha declarado públicamente la guerra – dijo Zeus – Y no huiré a su desafío, aunque me parezca una tontería. Está claro que defenderé mi lugar como regente ¿cierto? No me importa quiénes estén de mi o quiénes estén del lado de Hera, pero es algo que quiero saber ahora mismo. Sin importar el bando que elijan, no hay marcha atrás, ¿estás de acuerdo, Hera?

– Creo que por fin concordamos en algo, Zeus.

– Bien – Zeus se puso de pie – los que estén del lado de Hera pueden decirlo de una vez.

– Por el bien de mi amada Perséfone, – dijo Deméter – estaré de parte de Hera.

– Yo apoyo a mi madre – agregó Ares.

– Mi señora Artemisa ha manifestado su apoyo a la gran Hera – dijo la cazadora, Aura.

– Creo que mi vida será más interesante si me quedo del lado de Zeus – dijo Dionisio – No te lo tomes a mal, Hera, pero tus argumentos me parecen estúpidos.

– Hera, has hecho sufrir a mi amado Hefestos, así que me quedo del lado de Zeus – dijo Afrodita.

Hera frunció el ceño. ¿Su amado Hefestos había dicho? ¡Vaya tontería! La misma Afrodita había engañado a Hefestos con Ares y aún así ¿se atrevía a criticarla? Sin embargo, antes de que Hera pudiera exponer su argumento, Deméter intervino:

– Hefestos ¿acaso vas a traicionar a tu madre?

– Creo que la gran Hera no puede hablar de traición – dijo Hefestos – Jamás podré olvidar mi resentimiento hacia ella. Y si esta batalla la ayuda a recapacitar, entonces lucharé contra sus ejércitos sin dudarlo.

– Ni siquiera tengo que pensarlo, está claro que me quedo del lado de mi padre, Zeus – agregó Hermes.

– ¿Qué es lo que piensa el mensajero de Apolo? – preguntó Hera al guerrero Asclepio.

– Mi señor opina que no tiene sentido intentar oponerse al gran Zeus, cree que esta guerra sólo ocasionará más caos y alteraré el orden del mundo como lo conocemos – dijo el guerrero de Serpens Caput – así que le dará su apoyo a Zeus.

– Atena, Poseidón, estamos esperando – dijo Ares – Han estado demasiado callados durante toda la reunión, pero creo que llegó la hora de la verdad – pero ambos permanecieron en silencio – ¡Hablen! No tengo todo el día.

– Como dije antes, creo que una guerra no traerá nada bueno – habló Atena – Mi deber como diosa guardiana de la Tierra es protegerla, aún a costa de mi vida y si para hacerlo debo oponerme a los dioses más poderosos, que así sea, porque sé que mis caballeros estarán a mi lado. Escojo proteger la Tierra.

– Yo no estoy del lado de nadie – dijo Poseidón – Sólo busco la justicia. Ni Hera ni Zeus son la justicia. No permitiré que, por sus absurdas disputas de pareja, personas inocentes salgan lastimadas.

– Eso lo dice el dios que intentó dominar a la Tierra y convencer a Atena de que hiciera lo mismo – opinó Ares – Eres un sujeto bastante contradictorio. No, espera, por poco lo olvido – hizo una pausa – Fuiste engañado. ¿Pueden creerlo? Un dios engañado por un insignificante mortal.

Ares rió socarronamente, al tiempo que Poseidón apretaba los puños. Entonces, Zeus tomó la palabra:

– No seas imbécil, Ares. Si desatas la ira de Poseidón, lo lamentarás. No tienes idea de la magnitud de sus poderes, quizás ni él mismo lo sepa.

El joven dios de los mares simplemente sonrió. Zeus estaba muy equivocada si pensaba que era simplemente una marioneta de la voluntad de su alma. Julián Solo había asimilado completamente los poderes de Poseidón y ahora eran uno mismo, así como Atena, Julián guardaba los recuerdos de su identidad como heredero de la familia Solo y sus recuerdos como uno de los grandiosos olímpicos.

– Creo que habiendo expuesto mi opinión, no tengo nada más que hacer aquí – dijo Poseidón. El dios se levantó, galante y caminó hasta la salida – Si me disculpan, tengo que restaurar mi palacio submarino.

– Espera Poseidón – lo detuvo Zeus – Aún no he dado el veredicto final de esta reunión.

– Lo que tengas que decir no me interesa, hermano.

– Poseidón, por favor quédate a escuchar cuál será la decisión que tomará el señor del Cielo para esta batalla – dijo Atena – Recuerda que su decisión fijará el rumbo de la próxima guerra.

Poseidón suspiró y volvió a ocupar su lugar. Dionisio se acercó a Ares, para susurrarle:

– ¿Has visto eso? Poseidón ha obedecido a la pequeña Atena sin chistar.

– Patético. Por cierto, no seas idiota, recuerda que somos enemigos en esta guerra, no te andas con tantas confianzas.

La misteriosa actitud de Dionisio y Ares llamó la atención de Atena. No consideraba normal que dos enemigos se trataran con tanta familiaridad. Y este era un detalle que Poseidón también había notado. Definitivamente ambos dioses, Dionisio y Ares, se traían algo entre manos. Y no precisamente algo bueno.

– Creo que está de más continuar con esta reunión, Zeus – dijo Hera – Es momento de comunicar la conclusión a la que ha llegado el padre del cielo.

– Bien. Desde hoy el Olimpo estará dividido – dijo – entre aquellos que apoyan a Hera y aquellos que me apoyan a mí. Sin embargo, aquellos que están en mi contra serán considerados desde ahora como traidores y tendrán que abandonar el Olimpo. ¿Algún problema con eso, "querida"?

Hera sonrió.

– Ninguno en absoluto. Construiré mi palacio en los cielos helados de Asgard – Zeus hizo una mueca de desagrado – Espero que no haya ningún problema, "cariño".

– En absoluto – maldita Hera, pensó Zeus, así que tu plan es alejarme de Hilda de Polaris y hacerte con sus poderes. Pero no te saldrás con la tuya, no lo permitiré – Atena, Poseidón, en cuanto a ustedes, quizás está noticia los tomara por sorpresa, por lo que les daré una semana para pensar a quién desean unirse, si a Hera, mi esposa la traidora o a mí, el legítimo gobernante del Olimpo.

– Ya hemos dicho que no nos uniremos a nadie – espetó Poseidón, empezando a perder la paciencia – ¿Es que acaso no lo comprendes?

– He dicho que tienen una semana – Zeus encendió su cosmos de manera amenazante, pero Poseidón no se dejó intimidar e hizo lo mismo – Después de que se cumpla el plazo, enviarán un mensajero a Hera y a mí, comunicando su resolución, sea cual sea.

– Bueno, entonces sólo queda que cada bando prepare sus fuerzas para la batalla – dijo Ares – Estoy ansioso.

– Con respecto a eso, y para considerar esta campaña como legítima y justa – intervino Aura – considero prudente que el gran Zeus y la gran Hera decidan una fecha prudente para el combate final.

Los dioses se miraron entre ellos. Sin duda Hera tenía talento para la estrategia y sabía ejercer la influencia adecuada en sus seguidores. Ninguno dijo nada, hasta que, después de unos instantes, Zeus y Hera se miraron. Habían llegado a un acuerdo.

– ¿Qué dices, Hera? – preguntó el dios supremo – ¿Crees que un mes sean suficiente para ti?

– Estaremos listos con tiempo de sobra, pero creo que es lo más prudente considerando que tú no eres el mejor fijando prioridades – Hera se retiró – No tengo nada más que hacer aquí, con su permiso.

Al pie de las escaleras, un hombre de porte imponente. Él le tendió la mano a Hera, para ayudarla a bajar. La diosa se volteó para echar un último vistazo a su esposo.

– Vámonos, su Excelencia, Odín, es hora de iniciar la construcción de nuestra fortaleza.

– ¡Espera un momento, madre! – exclamó Ares – ¿Odín? ¿Dijiste Odín? ¿"Ese Odín"? – se levantó de su asiento para seguir a Hera – ¿Qué tiene que ver este dios con todo esto? ¡Él no es uno de nosotros!

– Ya cálmate, Ares, ven con nosotros y te lo explicaré todo.

Sin pensarlo dos veces, Ares siguió a su madre, entre indignado y sorprendido. Deméter y la mensajera de Artemisa le dedicaron una leve inclinación de cabeza a Zeus, antes de retirarse también.

– Yo también me retiro – dijo Hermes – Tengo que comunicar la resolución a todos en el Olimpo.

Hermes salió por la entrada trasera, volando a gran velocidad hasta desaparecer.

– Gran Zeus, me marcharé para comunicarle la resolución de la reunión a mi señor Apolo – dijo Asclepio de Serpens Caput. El guerrero salió del kiosco y desapareció en un remolino de fuego.

De igual manera, Dionisio dejó el salón, seguido por Hefestos y Afrodita, que extrañamente parecían muy enamorados. Aún era un misterio el radical cambio del dios herrero, pero nadie se atrevió a preguntar.

– Es hora de partir. ¿Vienes, Atena? – preguntó Poseidón. La diosa asintió, pero entonces Zeus habló:

– Querida Atena, espera un momento, necesito hablar contigo en privado – sin dudarlo, la diosa asintió. Era la oportunidad perfecta para hacer recapacitar a su padre y no iba a desaprovecharla – Poseidón, pensé que me harías el honor de ser mi invitado hoy. ¿Qué te parece si te quedas y bebemos algo, como en los viejos tiempos?

– ¿Qué es esto? ¿Desde cuándo eres tan amable con tu hermano mayor? – preguntó el emperador del mar, con una media sonrisa – Lo pensaré mientras recorro los hermosos jardines del Olimpo.

Y dicho esto, Poseidón se retiró. Ahora, sólo quedaban Zeus y Atena. El dios supremo le ofreció su brazo a su hija, quien, extrañada, sólo acató a aceptarlo. Zeus la guió fuera del reciente, hasta uno de los palacios principales que conformaban sus dominios.

La fachada principal era esplendorosa, con sus enormes columnas recubiertas de oro y las estatuas de dioses y diosas decorando sus alrededores. El interior era aún más impresionante. Los pisos estaban recubiertos de cerámica azulada, con incrustaciones de zafiros. Las paredes estaba recubiertas con incrustaciones de finos diamantes y las esculturas de los héroes griegos complementaban la decoración.

Zeus caminaba por los amplios pasillos, guiando a su atónita hija, que no daba crédito a la ostentosidad de aquella edificación, mientras en la tierra muchas personas vivían en la miseria.

– Este es mi observatorio privado – dijo – Desde aquí soy capaz de observar la tierra y el universo. Ahora… – usando el poder de su cosmos, las puertas de oro que yacían ante ellos se abrieron de par en par.

– ¿Pero qué…?

Las puertas se cerraron tras ellos. Atena parpadeó varias veces, atónica, pues ahora se encontraba rodeada por los planetas del Sistema Solar y una infinidad de estrellas. Miró hacia el suelo y allí había muchas más estrellas.

– No entiendo por qué diablos nos trajeron aquí – Atena escuchó claramente la voz de su caballero de Escorpio.

– ¿Milo? ¿Estás ahí?

– ¿Atena? – interrogó la voz de Shaka – Así que también la han traído aquí.

– Tus caballeros también están aquí – dijo Zeus – porque quiero mostrarles algo – chasqueó los dedos – Espero que con esto, comprendan que apoyarme es su mejor opción.

Se encontraban ahora en una habitación ordinaria, donde no había más que un trono dorado. Era la habitación donde Zeus otorgaba audiencias a los dioses menores.

Inmediatamente Milo, Aioria y Shaka se colocaron al lado de su diosa, observando recelosos a Zeus. No les había agradado para nada sus palabras. Zeus simplemente sonrió y se acercó para acariciar suavemente el cabello de su hija.

– Te extrañé mucho, hija mía – le dijo – Por eso quiero que permanezcas a mi lado – Atena lo miró, recelosa – Nunca habías aceptado las invitaciones para venir al Olimpo hasta hoy, lo cual me llenó de alegría. Eres mi hija predilecta, puedo decirlo sin dudar y es por eso que quiero mostrarte esto… ¡Aparezcan, Arcángeles!

De inmediato, tres figuras aparecieron ante él, reverenciándolo. Atena y sus caballeros se sorprendieron con la fuerza del cosmos de los tres recién llegados. Esos tres… había algo en verdad familiar con ellos, esos cosmos que no pensaron volver a sentir jamás, parecían brillar con más fuerza que en el pasado. Sólo había un detalle: las máscaras que cubrían sus rostros.

Los tres vestían de la misma manera: una túnica corta, con pliegues simétricos de plata que servían como protección. El peto, espaldar y la protección de piernas y brazos eran de plata. Y un cinturón de oro complementaba su indumentaria.

– ¿Qué…?

– Atena, hija mía, permíteme presentarte a mis Arcángeles... Camus de Sadalsuud.

El primero de los guerreros, el que tenía el símbolo de Acuario grabado en su cinturón, se quitó la máscara. No había duda, era el mismísimo Camus de Acuario.

– Ca-Camus... No… no puede ser… – balbuceó Milo, que era quien se mostraba más sorprendido.

– Aioros de Kaus Australis.

El ahora arcángel retiró su máscara. Era el mismísimo Aioros, sólo que de su cálida mirada ya no quedaba rastro alguno. Ahora exhibía una mirada prepotente, como si se creyera superior a todos los demás.

– Her-Hermano…

– Y Saga de Pólux.

Llegados a ese punto, incluso Shaka no podía ocultar su sorpresa. Sus ojos se abrieron de par en par. Milo y Aioria se miraron mutuamente, para luego mirar a su diosa, como tratando de encontrar una respuesta a lo que acababan de presenciar. Era demasiado impactante y Zeus no pudo evitar sonreír: había logrado el efecto que deseaba.

– ¿Qué… qué significa esto? – Shaka no podía ocultar la sorpresa en su voz – ¿En verdad son…?

– ¡Imposible! – gritó Leo – ¡Ese sujeto puede ser mi hermano!

– Pero lo es – dijo Shaka. Aioria lo miró como si hubiera enloquecido.

– ¿Insinúas que en verdad son ellos, Shaka? – preguntó un atónito Escorpio.

– Milo, ¿no eres capaz de reconocer a tu mejor amigo? – lo interrogó Camus – Bueno, supongo que es lógico, eres un ser inferior.

Indignado, Milo arremetió con su Aguja Escarlata contra Camus. El ex caballero de Acuario se preparó para contraatacar, pero…

– Detente, Sadalsuud – ordenó Saga – Es inútil enfrentarnos contra ellos, nosotros ya hemos superado el nivel de un caballero dorado. No debemos manchar este recinto sagrado con la sangre vulgar de estos hombres.

– ¡Eres un…! ¡Plasma…!

– ¡Alto, Aioria! – ordenó Atena – No hemos venido aquí a combatir. Dios Zeus, le pido una explicación. ¿Cómo es que…?

– ¿Cómo es que reviví a tus caballeros caídos? – Zeus sonrió – Te presentaré a aquellos gracias a los cuales este milagro fue posible.

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.

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¿Qué tal? A que no se esperaban la aparición de los tres ex caballeros dorados de Atena… Bueno, finalmente Hera ha hecho la declaración de guerra, la rebelión comienza y la diosa madre no está dispuesta a ceder. ¿Qué rumbo tomarán los hechos? ¿Quiénes fueron los responsables de la resurrección de Saga, Camus y Aioros?

Mientras piensan en las respuestas a estas preguntas, les dejo algunas referencias:

Xenios, proveniente del griego "Xenos", que significa "hospitalidad". Xenios era uno de los epítetos de Zeus, que era considerado el patrón de la hospitalidad y los invitados, protector de los extraños.

Polos era una alta corona cilíndrica que utilizaban las Grandes Diosas.

Asclepio fue el dios de la Medicina y la curación, hijo de Apolo. En esta historia, su constelación, Serpens Caput es la parte de la constelación Serpens que se divide en dos, Caput regresenta la cabeza de la serpiente.

Aura era la diosa griega de las brisas y el aire frío. Era una de las cazadoras de Artemisa. Su constelación en esta historia, Corona Australis, es una constelación pequeña prácticamente integrada a Sagitario.

Con respecto al añadido en los nombres de Saga, Camus y Aioros, respectivamente, Pólux, Sadalsuud y Kaus Australis, son las estrellas más brillantes de la constelación de Géminis, Acuario y Sagitario.

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