Hola a todas.

Lamento la tardanza con este capítulo, pero se dio la oportunidad de que una escritora y psicóloga del fandom de Naruto leyera mi fic y tuve que esperar a que ella leyera y me diera su veredicto para poder continuar. Por suerte, a ella le gustó mucho el fic y lo encontró casi perfecto (salvo por un error insignificante), y me dio muchas ideas para continuar y explicar algunas situaciones.

Bueno, espero que les guste y dejen comentarios =)


Madness: Capítulo XXIII

Obtener la atención y cooperación de su hijo había sido más fácil de lo que esperaba. Eso era lo que pensaba Tohma Seguchi al contemplar a su único retoño, su primogénito, el hijo que le había dado la heredera de los Shindou: esa estúpida mujer con la cual se había casado para escalar socialmente. Aquel bello niño que tenía enfrente era su más preciado tesoro, una muñeca de porcelana que él había procurado cuidar de cualquier rasguño y que, sin embargo, no lo había logrado: todos los días de su vida se recriminaba por ello, pues él mismo era quien más le había hecho daño. Si fuera por él, retrocedería el tiempo para evitar cometer todos esos errores, para cuidar de Shuichi de todo y todos o, por último, para pedir perdón, porque ya era demasiado tarde para hacerlo.

—¿Qué sucede, papá? —preguntó al ver que el mayor había enmudecido.

—No es nada, cariño, sólo me quedé pensando… ¿Sabes?, supe que Ryuichi vino a verte. —Los ojos de Shuichi se abrieron de par en par, mostrando sorpresa y miedo. Sin embargo, se repuso rápidamente—. ¿No te hizo daño?

—No, sólo hablamos: el doctor Yuki cuidó de mí —dijo en un tono infantil, balanceándose de izquierda a derecha, suavemente.

—Comprendo. —Su tono pensativo le dio a entender a Shuichi que no le había creído y eso no le importó: no tenía ganas de dar explicaciones ni menos de contarle a su padre detalladamente todo lo que había sucedido, pues sabía que podía ser peligroso.

—Dijiste que venías a contarme algo…

—Así es, Shu. Tu amado primo vendrá a Japón por unos días.

—Yuki… —susurró sorprendido—. ¿Lo presentarás a tu nueva familia como tu hijo? —preguntó con cierto dejo de tristeza.

—No, lo presentaré por lo que es: mi sobrino. Por eso vine a hablar contigo. —Sonrío—. Necesito que me ayudes con Yuki para evitar que haga travesuras.

—¿Por qué? ¿Qué tienes en mente, papá?

—Tranquilo, no es nada malo. Pero si todo sale bien papá te sacará de aquí, ¿de acuerdo?

—Claro, pero quiero pedirte algo a cambio. En realidad, son dos cosas.

—Por supuesto, hijo, pide lo que quieras. —Shuichi sonrió con cierta maldad: sabía que su padre no podría negarse a su pedido.

—No quiero salir de aquí aún y quiero que el Doctor Yuki vuelva al hospital.

—¿Y eso? ¿Qué planeas, cariño?—preguntó manteniendo una sonrisa conciliadora, orgulloso de que su hijo fuera similar a él.

—Nada, sólo quiero que el doctor vuelva porque fue despedido injustamente. Además, quiero divertirme un poco más: las cosas comienzan a ponerse interesantes.

—¡Ay, hijo mío! Haré lo que me pidas, sólo procura no hacer maldades —dijo riendo sonoramente.

—Pero si yo me porto bien —exclamó infantilmente, inflando sus mejillas.

—Lo sé. Ahora escucha mi plan.

Shuichi asintió entusiasmado, sonriendo abiertamente mientras sus ojitos brillaban. Sabía que lo que su padre le propondría sería entretenido, así que se sentía feliz de poder ayudarlo, aunque su mayor motivación era la idea de tener a su médico de regreso para terminar de arruinarle la vida o, mejor dicho, para terminar de enamorarlo y salir del hospital con novio. Igual no era mala idea arruinarle la vida y la carrera médica, pero él no era tan malo como su padre. En realidad, sí lo era, pero su amor por Eiri era un poco más fuerte que su maldad intrínseca. Sonrió emocionado ante cada palabra pronunciada por su padre, y hasta se imaginó cada escena y cada movimiento. Sin duda, sería entretenido encontrarse con Yuki después de tantos años y, de paso, conocer a la nueva familia de su padre. Moría de ganas por poner en marcha el plan.

En cierto penthouse, cierto médico retozaba sobre el lujoso sillón de la sala mientras ojeaba la televisión, aún lamentándose por ser un estúpido cesante. Bueno, en realidad, lo que más lamentaba era que el pobre Shuichi siguiera encerrado en ese inmundo hospital sin que él pudiera hacer algo para sacarlo. Se sentía tan impotente por estar con las manos atadas que hasta le daban ganas de dejar la profesión e irse al campo a criar gallinas, aun cuando odiara el aire campestre. Cualquier cosa era mejor que estar ahí en ese sillón lamentándose por lo no hecho ni dicho.

Yoshiki se había ido a meter a su departamento el día anterior y estuvo horas y horas parloteando sobre cosas que a él no le interesaban, además de regañarlo por su estupidez unas cuantas horas más. Tuvo que morderse los labios para no terminar ahorcándola o amordazándola, después de escucharla por tanto rato; y terminó mareado y con un horrible dolor de cabeza que no se le quitó ni con el centenar de pastillas que ingirió.

En fin. Ahí estaba en su día libre, echando humo como chimenea, viendo una aburrida película que ni siquiera entendía de qué se trataba por no estar poniéndole atención, y lamentándose por no tener a Shuichi en sus brazos. Resumiendo, era un día como cualquier otro: de eso intentaba convencerse.

Cuando el teléfono comenzó a sonar de repente, dio un brinco por el susto y se quedó mirando el aparato como si esperara que con ello dejara de sonar. No se inmutó y dejó que el teléfono sonara y sonara para vengarse de quien le estaba llamando, por el susto que se llevó. Al poco rato, la contestadora hizo lo suyo y la voz afligida de Tatsuha se escuchó del otro lado, viéndose obligado a contestarle por curiosidad y preocupación. ¿Qué había pasado?

—¿Qué rayos te pasa? —preguntó a modo de saludo, con su humor habitual.

—Eiri…, ha pasado algo terrible. —Trató de explicar entre sollozos, los cuales resonaron en la sala gracias al altavoz.

—¿Qué cosa? —preguntó sin inmutarse.

—Es Ryuichi… Eiri, Ryuichi tuvo un accidente…

—¡¿Qué?! —Tatsuha intentó decir algo más, pero no pudo y rompió en llanto. Eiri se quedó mudo. Pero ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? ¡Maldición! Todas las preguntas se agolparon en su garganta y murieron en ella al mismo tiempo.

—Las noticias… —articuló.

A penas escuchó aquello, Eiri tomó el control del televisor y buscó rápidamente en los canales de noticias. Ninguno de ellos estaba hablando del dichoso accidente, pero en el resumen de noticias que aparecía debajo del noticiero alcanzó a leer: «Ídolo juvenil, Ryuichi Sakuma, se encuentra internado tras grave accidente automovilístico». Su rostro palideció. ¿Era en serio? ¡Es que no podía creer lo que acababa de leer! Se llevó la mano a la boca para dar un quejido ahogado, atónito.

—No puede ser… —susurró.

—¿Ahora me crees? —sollozó—. Pero… ¿sabes qué es lo peor? Ryuichi… Ryuichi tenía miedo. Él me dijo que alguien quería hacerle daño.

—¿Qué insinúas, Tatsuha? ¿Crees que el accidente fue intencional?

—Él dijo que corría peligro… —remató en un débil susurro.

—A mi me dijo algo similar… —reflexionó, sintiéndose algo culpable por no haber indagado más en ese asunto, aun cuando, según él, no era su problema—. Quédate tranquilo, Tatsuha. Iré por ti ahora y luego, iremos al hospital.

—Bien…, te espero.

Eiri cortó la llamada. Suspiró apesadumbrado e, inmediatamente, pasó su mano por su frente y cabellos, apartándolos, ejerciendo presión en su cabeza con los dedos. Aún estaba algo sorprendido por la noticia y no tenía idea de cómo reaccionar, sobre todo porque a su mente habían llegado una serie de recuerdos y pensamientos arremolinados que se amontonaban unos sobre otros de forma caótica, y en donde Ryuichi era el principal protagonista. Pero no el único. Shuichi también aparecía entremedio como un fantasma, una figura imperceptible, casi transparente, que parecía no estar pero que sí estaba. ¿Tendrían alguna relación? ¡Claro que la había! Aun cuando no quisiera admitirlo, su mente ya había ideado una hipótesis a raíz de las palabras de Tatsuha, y dentro de ella Shuichi estaba involucrado. ¿Y si la familia de Shuichi había provocado el accidente? Oh, sí, ese pensamiento fugaz había aparecido en su cabeza, produciéndole un ruido desagradable. Era cierto que ese tipo de accidentes podían deberse a una y mil causas fortuitas, pero también podían ser intencionales.

Sacudió su cabeza igual que un perro para dejar de pensar en cosas absurdas, más que nada porque sentía que su cerebro se derretiría a ese ritmo. Así, salió con pasos apresurados en busca de su auto, no porque tuviera prisa, sino que le esperaba un viaje largo, y entre menos se demorara sería mejor para él. Lo único que le detenía era la desagradable idea de ver a sus padres, así que rezaba para no tener que topárselos: su plan era entrar a casa, agarrar a Tatsuha y largarse al hospital.

Tras dejar el hospital psiquiátrico, Tohma volvió a casa con una sonrisa en sus labios. Estaba feliz, no sólo por haber visto a su amado hijo después de tanto tiempo, sino que lo estaba porque todo iba marchando a la perfección, tal y como él quería. La vida comenzaba a sonreírle después de años con una profunda tristeza. Mika salió a su encuentro, preocupada por su inesperada salida.

—Bienvenido, querido —le saludó—. ¿Dónde andabas tan temprano?

—Mika, lamento haber salido de improviso, pero andaba viendo un lugar para que mis hijos se queden.

—¿Qué? ¿Qué hijos?

—Yuki y Shuichi, ¿no te lo dije?

—Dijiste que vendría tu hijo —aclaró remarcando la última palabra con cierta molestia.

—Pues sí, pero Yuki también vendrá, mi sobrino.

—Oh, comprendo, pero deberías dejar que se queden aquí.

—Yo les dije lo mismo, pero ellos insistieron en que deseaban quedarse en otro lugar. Así que renté una habitación de hotel para los dos.

—Bueno, pero yo les insistiré en que se queden. —Tohma sólo sonrió complaciente, mientras anotaba mentalmente el tener que instruir a sus «hijos» para que se negaran rotundamente al pedido de Mika—. Por cierto, Ark te está esperando.

—Oh, iré a verle enseguida.

Sin decir nada más se encaminó hacia su despacho, preguntándose qué querría su asesor. Su mente, debido a las preocupaciones que le aquejaban, no logró recordar haberle dado alguna orden a Ark que requiriera un informe en un día de descanso. ¿Habrá pasado algo? Si quería saberlo, mejor tendría que preguntarle directamente a aquel hombre que se hallaba sentado frente a su escritorio, moviendo una pierna impacientemente.

—Qué sorpresa tenerte aquí, Ark —dijo a modo de saludo, sonriendo amablemente. El hombre, al escucharle, se puso de pie para hacerle una reverencia.

—Lamento venir un día domingo, Señor, pero tengo noticias para usted.

—Comprendo. Siéntate, por favor. —Tohma rodeó la mesa para sentarse del otro lado mientras Ark le imitaba—. ¿Y bien? ¿Qué es eso tan urgente?

—Pues… ¿recuerda que me pidió eliminar a la paloma?

—Sí, ¿qué con eso? —El senador cruzó los dedos de sus manos bajo su barbilla.

—Misteriosamente, tuvo un accidente en automóvil. Ya no tendrá que preocuparse por él. —Tohma sonrió ampliamente. Cerró sus ojos y, por unos instantes, se imaginó el momento.

—¿Está muerto?

—Lamentablemente, no. Sé que está internado grave en un hospital —informó con algo de temor por la reacción de su jefe—. Disculpe mi ineptitud, Señor.

—Descuida.

—¿Eh? —Ark le miró desconcertado, pues esperaba que el rubio se exaltara, le gritara y le arrojara las cosas que estaban sobre el escritorio.

—Con eso será suficiente, por ahora. Además, si está grave, aún puede morir —dijo en tono reflexivo, recordando que tenía otras prioridades—. Con esto estará fuera del juego por una larga temporada, así que no me preocupa. Tengo cosas más importantes de qué preocuparme.

—Comprendo, Señor Seguchi.

—¿Algo más?

—No, Señor, sólo era eso.

—Entonces, ya puedes retirarte.

Ark hizo una pronunciada reverencia y se retiró rápidamente, dejando a Tohma con una sonrisa satisfactoria. El desafortunado accidente de Ryuichi era la mejor noticia que le habían dado, aunque lamentaba que el cantante siguiera vivo. Su vida —y la de su hijo— sería mucho mejor si ese cantante marica desapareciera definitivamente de sus vidas…, porque si no fuera por él, quizás, sólo quizás, su amado hijo no habría terminado en un hospital psiquiátrico y él no habría tenido que casarse con Mika… Suspiró, recargando su espalda en el respaldar de su sillón. No era momento de estar pensando en el pasado, ni menos de andar preocupándose por los «qué hubiera pasado si…». Tenía cosas más importantes a las que ponerle atención: Shuichi, Yuki… y Eiri.

Luego de un largo viaje, Eiri llegó a la casa de sus padres. Para su suerte, su hermano menor se encontraba solo, así que no tuvo el infortunio de encontrarse con sus progenitores. Lo mejor de todo es que su hermano estaba listo para irse cuando él llegó, por lo que se encaminaron rápidamente hacia el hospital. No tenían tiempo que perder. Además, Tatsuha se había encargado de averiguar a qué lugar habían trasladado a Ryuichi, por tanto no tenía sentido seguir retrasando la ida al hospital. ¡Menos mal que su familia era amiga de los Sakuma!

Una vez en el centro hospitalario, se encontraron con los padres de Ryuichi, quienes aún no tenían información sobre su estado. Sin embargo, todo parecía indicar que se recuperaría. No había de qué preocuparse.

—Tatsuha —le llamó Eiri, apartándolo de los familiares de Ryuichi—. Sobre lo que me dijiste por teléfono… —Su voz suave sonó dudosa. No sabía cómo abordar el tema y tampoco creía que era el momento adecuado. De todas maneras, tenía que arriesgarse—. ¿De verdad crees que alguien quiere hacerle daño a Ryuichi?

—Sí, estoy seguro.

—¿Por qué? —preguntó decidido. Tatsuha, afligido, arrugó la frente.

—Porque… —titubeó— han pasado muchas cosas extrañas. No sabría decirte.

—¿Sabes?, he estado pensando y, si mal no recuerdo, Ryuichi me dijo que su vida estaría en peligro si me decía algo sobre Shuichi.

—¿Qué?

—Él dijo que la familia de Shuichi era peligrosa, que su padre era un peligro. —Suspiró como si se sacara un peso de encima—. Aunque no quiera, no puedo evitar pensar que los Shindou estén detrás de su accidente. Sólo son suposiciones mías, pero… no sé.

Tatsuha quiso decir algo, pero el médico que atendía a Ryuichi había aparecido para dar información sobre su estado. Eso fue suficiente para que el menor olvidara todas y cada una de las cosas que tenía atoradas en la garganta y que creía que su hermano tenía que saber, pues la ansiedad que sentía por no tener noticias sobre el estado de su amado, era capaz de borrar incluso sus necesidades básicas.

Así, con el alma en un hilo, se acercó a escuchar el diagnóstico, y cuando el médico dijo que el cantante se encontraba fuera de peligro el alma le volvió al cuerpo. A pesar de lo grave que había sido el accidente, Ryuichi presentaba una fractura en la pierna derecha y un esguince en un brazo, además de varios hematomas y otras lesiones menores. Es más, estaba consciente y podrían entrar a visitarlo.

—¿Entrarás, Eiri? —le preguntó a su hermano.

—No, ve tú —respondió cortante. Era cierto que se moría de ganas por entrar y sonsacarle al cantante todo lo que sabía sobre Shuichi y su familia, pero ése no era ni el momento ni el lugar. Mejor esperaba.

Tatsuha se encogió de hombros y se fue sin decir nada más, pero, a los minutos, tuvo que volver por Eiri: Ryuichi quería hablar con él. Parecía ser urgente, o mejor dicho, Ryuichi tenía cierta urgencia por hablar con él. La curiosidad se apoderó de ambos hermanos, sobre todo de Eiri, quien tenía vagas ideas de qué podía ser.

Ingresaron a la habitación y se encontraron con Ryuichi hablando con sus padres. Inmediatamente, el cantante posó su mirada sobre el rubio, pero luego se volvió hacia sus padres y les pidió que le dejaran a solas con los Uesugi. No dio más explicaciones, aunque su madre lo exigió. Por su parte, Tatsuha también abandonó la habitación, pues su hermano mayor se lo ordenó, alegando que el asunto que debían tratar era delicado.

—Te lo dije, ¿no? —dijo una vez que estuvieron solos, para romper la pesada atmósfera que se ceñía sobre ellos. Su voz sonó rasposa, al tiempo que sus ojos afligidos se posaban sobre Eiri—. Te dije que esto pasaría… Yo lo sabía…—agregó, haciendo pausa para respirar hondo y así no sollozar.

—Ryuichi, yo…

—No es tu culpa —dijo rápidamente, interrumpiendo el intento de disculpa del rubio—, es mía por haber querido saber de Shuichi… —Sonrió tristemente al recodar su encuentro con Shu—. Yo sólo quería verlo una vez más… Aun sabiendo lo que me podía pasar, yo quería verle… —Su voz, a ratos, titubeante, terminó por quebrarse en un angustioso quejido. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas y una de ellas escapó traviesamente, rodando por su mejilla.

Eiri le vio consternado, sintiéndose culpable por el actual estado del cantante, aun cuando no fuese directamente su culpa. Ese mismo sentimiento le hacía querer consolarlo y decirle que todo iba a salir bien, pero él no era quien para hacer algo así. Por un momento recordó a Shuichi y lo vio reflejado en Sakuma: el cantante se veía tan desprotegido y abandonado como su pequeño paciente.

Por su lado, Ryuichi sentía impotencia, impotencia por no poder hacer nada, por tener que permanecer de brazos cruzados y como mero espectador; y todo porque tenía miedo, porque ahora sí temía por su vida. Pero ¿qué más daba? Si ya había sobrevivido a un «accidente», podía sobrevivir a otro, además, siempre podía reforzar su seguridad, o bien, pedirle a su representante que lo hiciera. No podía seguir haciéndose a un lado en esa situación, sobre todo porque ya estaba metido en ella y sabía que Eiri no descansaría hasta saber todo. No es que él tuviera mucha información sobre Shuichi, es más, creía haberle dicho a Eiri todo lo que sabía, aunque había algo que había mantenido en secreto por su propia seguridad.

—Su nombre es Tohma —dijo de pronto, tras limpiarse las lágrimas con los puños y sorber su nariz.

—¿Qué? —Eiri le vio sin comprender a qué se refería.

—El padre de Shuichi se llama Tohma, Tohma Shindou —explicó.

Eiri asintió automáticamente, sin estar del todo consciente del movimiento de su cabeza. Fue algo que hizo más por inercia que por otra cosa, porque en aquel momento no supo dilucidar el alcance que tenía esa sencilla confesión. Es más, sólo lo tomó como una mera información cuya importancia le pareció relativa. Es decir, sabía que saber el nombre del padre de Shuichi le servía de mucho, pero con saber sólo eso no conseguiría nada. Él necesitaba más información, sin mencionar que estaba con las manos atadas al no haber recuperado su trabajo. Entonces, ¿de qué le servía saber el nombre de su padre?

La escasa reacción de Eiri sorprendió a Ryuichi, pues no se esperaba tanta calma.

—Tú le conoces… —agregó con un débil susurro y algo de temor. Eiri abrió los ojos de par en par, sorprendido, apenas esas palabras llegaron a sus oídos. Su corazón dio un brinco y comenzó a latir rápidamente. ¿Había escuchado bien?

Sin dar crédito a lo que había escuchado, intentó formular una pregunta para invitar a Ryuichi a explicarse. Mas no pudo hacerlo, porque justo en ese momento entró una enfermera para decirle que debía retirarse, que el tiempo de visita había acabado. El cantante sólo le sonrió, sintiéndose satisfecho por haber creado en el rubio el bichito de la duda. Con eso, era cosa de tiempo para que Eiri se diera cuenta de que su cuñado y el padre de Shuichi eran la misma persona. Eso era lo que pensaba Ryuichi.

Eiri, aún atónito, sólo atinó a cumplir la orden de la mujer, quedándose con la pregunta atorada en la garganta. ¿Era posible que él conociera al padre de Shuichi y ni siquiera se diera por enterado? Sacudió la cabeza una vez que salió de la habitación. Se sintió mareado de tanto pensar y no hallar la respuesta. ¿Quién rayos era Tohma Shindou?

«¡Maldición!», se dijo mentalmente mientras caminaba por el pasillo, rumbo a la sala de espera en donde estarían su hermano y los demás. «¿Yo conozco a Tohma Shindou…? Eso no puede ser, no conozco a nadie con ese nombre, a menos que…». Sus pensamientos terminaron bruscamente al llegar a una conclusión descabellada. Y es que él sólo conocía a una persona con ese nombre, y aun cuando pudiera idear una teoría al respecto, no había nada que conectara a ese hombre con su Shuichi. Nada. Nada de lo que él sabía… Su cuñado no podía ser el padre de Shuichi, ¡no tenía sentido! Ryuichi debía estar equivocado si esa era la conclusión a la que esperaba hacerle llegar.

Bufó fastidiado. Cruzó la sala de espera rápidamente, y no hizo caso a los constantes llamados de su hermano. Simplemente, quería salir de ese hospital y hundirse en la desesperación por no saber la verdad, por haber sido capaz de preguntarle a Ryuichi a qué rayos se refería. De todos modos, algo en su interior le decía que el cantante no hablaría más. Era obvio si se consideraba que había estado a punto de morir en un accidente que seguramente había sido provocado por los Shindou. Aun cuando Eiri tratara de sacarle más información, Ryuichi no diría nada…

Con una ansiedad evidente —que hasta Maiko comenzaba a asustarse—, Shuichi contó los días que faltaban para su tan anhelada salida del hospital. Estaba feliz, más que feliz. De hecho, no había palabra en el diccionario ni en ningún idioma del mundo que pudiera describir lo que sentía: cualquier palabra se quedaba corta al lado de su inmensa felicidad. ¿Cómo podía no estarlo si su papá lo sacaría de allí después de tres años? Estaría loco si sintiera lo contrario, ¿no?, aunque eso no era impedimento para sentir nostalgia. Sí, nostalgia. Mal que mal ese hospital de mala muerte había sido su hogar durante tres años: algo de cariño debía sentir por él después de tanto tiempo. Eso sí, estaba seguro que durante su estadía en la «calle» ni siquiera extrañaría su amada habitación acolchaba, a pesar que lamentaba un poco el hecho de no poder azotarse en las paredes ni arrojarse al suelo simulando desmayos, sin hacerse daño.

En fin. El día que tanto había esperado ya estaba ahí, y Shuichi sólo era capaz de dar vueltas en su habitación debido a los nervios. ¿Cuánto más tenía que esperar? Desesperado, se jaló los cabellos y dio un grito silencioso. Comenzaba a sentirse como un gato enjaulado.

Afortunadamente, Maiko hizo aparición en su habitación para llevárselo al baño, pues Tohma había dejado instrucciones para que Shuichi se bañara y se cambiara ropa: por nada del mundo, un renombrado parlamentario como él, se dejaría ver con un niño todo desarreglado. Shuichi debía estar a la altura de la situación y, para eso, debía verse impecable, como el niño de alcurnia que era.

Rápidamente y mientras tarareaba una melodía que recién había inventado, se quitó su ropa de hospital, se bañó y se vistió con el atuendo que su papá le había enviado: unos jeans azules ajustados, una camisa blanca a rayas negras, zapatillas, calcetines y ropa interior; todo de marca y con su respectiva etiqueta. Shuichi agradeció con una sonrisa que su padre se hubiera preocupado de comprarle ropa, aun cuando sabía bien que lo más probable era que hubiera enviado a su asistente de compras. Siempre hacía lo mismo. Siempre su asistente hacía el trabajo «sucio», incluso las cosas importantes y familiares, por eso se había sorprendido tanto cuando vio a su padre cruzar el umbral de su habitación acolchada.

Cuando estuvo listo, tomó asiento en la cama. No estaba en su habitación, sino que Maiko le había llevado a otra. Suspiró con pesadez y agachó la cabeza, pensativo. ¿En qué se había metido? Por primera vez, desde que su padre apareció con esa turbia propuesta, Shuichi se cuestionó su decisión. ¿Por qué había aceptado? ¿Acaso su irrefrenable deseo de agradar a papá había hecho de las suyas otra vez? Sacudió la cabeza para deshacerse de esas preguntas que le molestaban, porque eran verdad: había aceptado para agradar a papá. Pero ¿por qué? ¿Por qué siempre terminaba haciendo lo que él quería sólo para agradarle? Si Eiri supiera por lo que estaba pasando en ese momento, seguramente le saldría con alguna teoría freudiana que a él no le interesaba, o le diría que tenía un Complejo de Edipo no superado, o quizás qué otras cosas más.

Sonrió con ternura y su semblante pareció iluminarse. Todas las preguntas molestas habían desaparecido al pensar en Eiri. ¡Cómo lo extrañaba! Habían pasado exactamente cinco días, siete horas, dieciséis minutos y cuatro segundos desde la última vez que lo vio. Y no. No había estado contando los minutos, horas y todo eso, porque ni siquiera tenía cómo saberlo, es decir, ¡no tenía reloj! Como sea, lo importante es que habían pasado muchísimos días desde que vio a su rubio médico y no hallaba la hora de verlo otra vez. Cómo será que hasta había soñado con él. Ni mencionar lo culpable que se sentía por haber sido el causante de su despido, pero él no tenía la culpa de que su pasatiempo favorito fuera buscar la manera de que despidieran a sus médicos: ¡era su venganza!, su capricho.

Estaba tan sumido en sus pensamientos que no notó cuando Maiko apareció para llevárselo, pues Ark estaba en la recepción esperando por él. La ansiedad volvió a apoderarse de sus entrañas, pero ahora que estaba ad portas de salir del hospital —aunque sólo era por unos días— estaba siendo invadido por un sentimiento de pánico. Sí, tenía pánico de salir al exterior y no entendía por qué. Tenía miedo de salir de su esfera protectora y descubrir lo cruel que podía ser el mundo de allá afuera. ¿Qué tanto habría cambiado la sociedad en esos tres años? ¿Seguiría siendo como él lo recordaba? ¿Con qué cosas nuevas se encontraría? Y, si por esas cosas de la vida se encontraba con Eiri, ¿qué haría?

Su cuerpo se tensó. Fue incapaz de moverse y empezó a sudar frío. Tenía miedo. Temblaba.

—¿Shuichi? —Maiko le llamó preocupada, al ver que el menor aún permanecía sentado en la cama, totalmente inmóvil.

—Ya voy… —murmuró, pero, por más esfuerzo que hizo, sus músculos no se movieron. Estaba de piedra.

—¿Te encuentras bien? —preguntó mientras se acercaba para constatar su estado. Shuichi estaba cabizbajo y sus cabellos le tapaban el rostro, por lo que Maiko tuvo que agacharse para poder mirarle.

—Yo…estoy bien —mintió.

—Shu, no me mientas, estás temblando.

—Es que aquí hace frío. —Maiko rió bajito al darse cuenta de su nueva mentira: se le hacía tierno. ¿Cómo era posible que un chico de su edad pudiera verse tan frágil como un niño pequeño?

Maiko comenzó a animarlo para que perdiera el miedo, hablándole de las cosas maravillosas que podría encontrar allá afuera. Pero Shuichi no estaba escuchándola. Él estaba ensimismado, dándole vueltas a su situación. Respiró hondo y trató de calmarse. Tenía que salir del hospital como fuera, lo sabía bien, pero tenía miedo. Tenía miedo de enfrentar la realidad.

«Es tu oportunidad para salir de este mugroso hospital», dijo esa voz que tanto odiaba. «No la desperdicies».

Aunque no quisiera admitirlo, esa molesta voz tenía razón. Era una oportunidad que no podía desperdiciar, porque, si todo salía bien, su papá le sacaría de ese hospital para siempre. ¡Qué más podía pedir! Es más, su padre le había prometido que Eiri volvería al hospital, así que con mayor razón debía cumplir con su parte del trato. Sin duda, era lo mejor que podía haberle pasado. Era el primer paso para terminar con todo ese teatrito del niño rico demente. Además, ¿qué tan malo podía ser? Quizás hasta podría recuperar todo el tiempo perdido durante su largo encierro. ¡Qué ganas tenía de terminar sus estudios!

—¿Y bien? ¿Ya te sientes mejor? —preguntó la mujer luego de haber agotado todas sus armas de convencimiento.

—Sí, ya podemos irnos.

Shuichi sonrió abiertamente, ya más calmado y con la seguridad de que nada malo podría pasar allá afuera; es más, le esperaba un mundo fascinante y una aventura que no volvería a repetirse. Así, se puso de pie y siguió a Maiko, mientras pensaba en el fuerte abrazo que le daría a su padre a penas lo viera. Grande fue su decepción cuando en la recepción del hospital se encontró con ese estúpido asistente que tanto odiaba: Ark. Su rostro juvenil hizo gala de una mueca de desagrado a penas sus ojos se toparon con el semblante de ese sujeto. Tal vez, Ark no se acordaba de él, pero Shuichi tenía su rostro grabado en su mente.

—Le estaba esperando, Joven Shuichi —saludó inclinando su cuerpo levemente. El menor se quedó en silencio y le ignoró. Cómo odiaba a ese sujeto. No quería estar cerca de él, y menos a solas.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó cortante, luego de haber quedado solos, pues Maiko había ido a buscar unos papeles que eran necesarios para su salida—. ¿Dónde está mi padre?

—El Señor Seguchi me envió por usted, él le está esperando en el aeropuerto —explicó someramente. Shuichi dio un bufido y desvió la mirada.

Al poco rato, Maiko volvió con unos papeles en las manos. Le pidió a Ark que firmara uno de ellos y luego, le hizo entrega de una copia y una receta médica, explicándole los medicamentos que Shuichi debía tomar y sus respectivas dosis. Lástima que Shuichi no estaba pendiente de la conversación, porque de haber escuchado que tendría que tomar fármacos —a pesar de no necesitarlos— habría salido disparado a buscar a Eiri, para que él les dijera que no necesitaba más medicamentos. ¡Él no estaba loco! Pero bueno, siempre cabía la posibilidad de no tomarlos, total, eso había estado haciendo desde antes que cierto médico apareciera en su vida.

Cuando Maiko terminó de dar las indicaciones, Shuichi se despidió de ella y siguió a Ark.

Por fin. Por fin había salido del hospital. Era cierto que sólo estaría un par de días afuera, pero era más que suficiente para él luego de estar tres años encerrado.

«Adiós, querido hospital.» Una sonrisa sarcástica se formó en sus labios, mientras veía —a través de la ventana del automóvil— cómo el hospital se alejaba.

«No me extrañes. Me voy, pero volveré».

Continuará…


Hudgens77: Jajaja Es una lástima que no haya recuperado su trabajo, pero ya lo hará. Sí, eso fue lo mejor del capi anterior, Yuki es muy lindo *-* Waaa, qué bien, me alegra que Yoshiki te guste. Es un personaje poco explorado en el manga y en el fandom, a mí me gusta mucha y por eso le quise dar un rol así en este fic. No odies a Tohma, todo tiene una explicación, digo, todo lo que hace tiene un porqué que sabremos tarde o temprano. Gracias por seguir leyendo ^^ Espero que te guste este capi. Besotes y saluditos =)

Mandy: ¡Mandy! Por fin jejeje Sí, las cosas se están poniendo turbias, sólo un poquito jejeje Me alegra que te haya gustado el capítulo. Las cosas se pondrán un poco complicadas, pero ya nos acercamos al momento en el que se sabrá todo :3 Jajajaja Gracias por leer, Mandy. Cuídate, te mando hartos abrazos ^^ Bye!

Sakura-Undomiel: Qué alegría, debo dar gracias a tu curiosidad, entonces jejeje ^^ Me alegra que te haya gustado. Es cierto que los fics de Gravitation se están volviendo muy parecidos, pero yo siempre trato de buscar nuevas ideas para jugar con esta parejita: eso es lo bueno de escribir AU - Mi idea es terminar el fic, ojalá pronto, pero como publico varias historias me voy turnando. Además, como dices, el tema del fic requiere mucha investigación y, por suerte, me asesoro con dos personas expertas en esto =) Cuídate y gracias por leer. Espero que este capi te guste. Saluditos =)

00Katari-Hikari-chan00: Katari-chan ^^ Qué bueno que te gustó. Sí, ya era hora de que le dieran una lección a Maiko, pero ¿será suficiente? Jajajaja Espero que te guste este capi. Saluditos =D

LiesxDissapointments14: Muchas gracias por leer. Me alegra saber que te ha gustado. ¡Saludos!

Kaho – Kazuki: Hola, muchísimas gracias. Me alegra mucho saber que te ha gustado tanto ^^ No les hago caso, no te preocupes, pero son algo molestos y, bueno, son gajes del oficio jejeje. Gracias. Espero que este capi te guste. Saludos =)