Ella había muerto. Kamio Misuzu, la chica más tierna e inocente del mundo. Justo cuando estaba alcanzando la felicidad, tuvo que enfrentarse a su cruel destino: Lo que le sucede a un humano al tener dentro suyo el alma de un ser alado.

El hecho de que el alma de una de estas criaturas, tomara el cuerpo de un humano normal, es demasiado para el cuerpo de este. Un frágil cuerpo humano conteniendo a uno de los seres más poderosos, es como querer vaciar el océano dentro de un cuenco. Tarde o temprano se romperá.

Eso fue precisamente lo que paso con ella.

El día del funeral había llegado. Estaban ahí presentes, no muchas personas, pero entre ellas se encontraban: Kano Kirishima con su hermana mayor, Minagi Tohno y Haruko Kamio… La tristeza de esta última era palpable, pero aun a si, hacia su mejor esfuerzo sonreír, pensando en que Misuzu no querría verla triste. Y más atrás, estaba el lugar ausente de Kunisaki Yukito.

El estaba lejos de ahí, en una estación de autobuses, a pesar de estar enterado de la muerte de Misuzu. El dolor se veía claramente en sus ojos. Tenía la mirada perdida. Sumido en sus pensamientos. En Misuzu. Recordó la vez que ella se detuvo camino a casa para jugar en el agua de un pequeño rio. El la observó durante un rato, y antes de que se diera cuenta, ya estaba metido dentro del agua. También pensó en su inocencia. Su torpeza. Su curiosa expresión, "Gaou" cada vez que algo le salía mal. Eso que al principio era fastidioso, le empezó a parecer algo realmente adorable. Hubiera dado cualquier cosa con tal de evitar que ella muriera. Lo que fuera con tal de ver su sonrisa de nuevo.

Pero Misuzu ya tenía su tumba. Su lugar de descanso final. En ese momento estaban colocando su delicado cuerpo dentro del ataúd.

Por eso ya no era posible ver su sonrisa. Ella se había ido al lugar donde tanto quería ir. Yukito cerró los ojos con fuerza, tratando de ocultar su dolor.

Muy lejos de ahí, en el funeral, se escucho gritar:

-¡Deténganse!

Haruko aparto con violencia a los hombres que estaban metiendo a Misuzu dentro del ataúd. Tenía los ojos desorbitados y estaba casi temblando de los nervios.

-¡Misuzu…! –Tragó saliva- ¡se… movió!

Todos le dedicaron a Haruko una mirada de entre compasión y sorpresa. Kano se acerco con cautela al ataúd.

La mano de Misuzu se movía con tanta lentitud, que ni siquiera era seguro que realmente se estuviera moviendo. Hasta que, más bien por un espasmo, su mano se agito con fuerza.