Capítulo 24: Pan de calabaza

La cena aquella noche había sido, a ojos de Harry, totalmente surrealista.

Durante la larga hora y media que Draco, Teddy y él habían compartido en la mesa de la cocina, sólo se había escuchado la voz de Ted balbuceando y quejándose del calor abrumador con palabras inventadas que sólo sus dos improvisados tutores entenderían. Mientras, furtivamente, miradas llenas de un significado gigante habían volado a través del mantel, y pequeñas sonrisas incipientes se tatuaban muy de vez en cuando. Harry había pensado que eran como dos adolescentes, nerviosos y expectantes; tal vez, había pensado, realmente lo fueran.

Cuando finalmente habían logrado que el pequeño Lupin se quedara dormido, ambos se habían retirado a sus cuartos, sin más, como si aquel día hubiese sido como otro cualquiera. Harry se había tumbado boca arriba en su cama, sin ni siquiera quitarse los zapatos, intentando curar con su horizontalidad el desalmado nudo que apretaba la boca de su estómago desde hacía horas.

Exhaló profusamente, relajándose. La situación había cambiado.

Unos golpes en la puerta le despertaron de su ensimismamiento. Se incorporó para ver la rubia cabeza de Draco asomarse con cautela. Le sonrió.

-Hola.

-Hola.

Harry ladeó la cabeza, alineándola con la de Draco.

-¿Quieres pasar?

Malfoy asintió y entró en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Caminó hacia la cama y se sentó en el borde, al lado de Harry, mirando al frente.

-Estaba pensando en la primera noche que pasé aquí. ¿La recuerdas?

Él rió.-Por supuesto que la recuerdo. Me despertaste con un puñetazo.

Draco puso cara de dentera.- Te colaste en mi cama.- entrelazó las manos.- Hace tiempo que no tengo pesadillas. No sé qué habría pasado conmigo… si no hubiera venido.

Harry le colocó una mano en el pelo, acariciándole la nuca. -Qué más da. Lo importante es que estás aquí.

-¿No te da miedo?

Se encogió de hombros.- La verdad es que no. Ya he pasado todo el miedo por el camino.

Draco le miró en ese instante, sonriendo levemente. -Has hecho cosas inesperadas, Harry Potter. Desde el día en que mandaste a tu elfo en mi caza, pasando por cuando decidiste que ver una película muggle contigo sería buena idea - Harry soltó una carcajada-, o cuando recuperaste el regalo de mi madre. Tengo la sensación de que en pocos meses he vivido años aquí.

El moreno volvió a encogerse de hombros.- Soy ese tipo de persona que primero actúa y no llega a pensar nunca.

Malfoy dudó unos segundos, y luego volvió a clavar sus ojos en los de Harry. -¿Puedo quedarme aquí?

Harry intentó permanecer sereno, pero los nervios atacaron su estómago sin piedad de nuevo. Buscó algún mantra u oración de serenidad en su cabeza, pero sólo se le ocurrió recitar "Weasley es nuestro rey", así que lo descartó de inmediato.

-Me encantaría que te quedaras aquí, Draco. De hecho, me encantaría que te mudaras a este cuarto, pero eso sería pasarse de la raya así que haz como si no hubiese dicho nada…- Malfoy rió mientras acunaba la mejilla de Harry en su mano.-...Aunque si quisieras sabes que me parece perfecto…

-Cállate, Potter. - interrumpió, besándole despacio. Se acercó más al moreno hasta que sus pechos quedaron totalmente pegados, como dos imanes de excesiva fuerza. Le besó una y otra vez, y Harry creyó que la subía la fiebre.

Llevó las manos a la cadera del rubio y la sujetó con fuerza mientras lo empujaba contra su colchón, sin dejar de besarlo. El contacto con la cama hizo tensarse a Draco, que probablemente comenzaba a notar las implicaciones de aquel momento de desconocida intimidad. Harry se separó un poco, acariciando el vientre de Draco desde su afianzada posición sobre él. Sin querer, recordó un beso concreto en el pasillo de esa misma planta, y una corriente de excitación le recorrió de la cabeza a los pies, instalándose luego en su baja espalda.

Volvió a besarle, brevemente esta vez, y luego mordió con suavidad su mandíbula, adorando el tacto de su piel por todas sus partes. Draco se agarró a su camisa y tiró de ella, levantándola hasta quitársela por la espalda, para luego pasar sus estilizados dedos por entre los huecos entre los omóplatos de Harry. Éste suspiró. Cada vez hacía más calor.

Cuando la camisa de Draco se fundió con las arrugadas sábanas, Harry se tomó un momento para observarle. Su pelo caía por su cuello con una gracia sobrehumana, y su piel estaba bañada por pequeñas gotas de luz que se filtraban de la farola de la calle por la persiana. Besó la primera de aquellas gotas, hipnotizado, que descansaba en su clavícula. Besó la siguiente y la siguiente, y cuando besó la de su ombligo, Draco suspiró más alto. Sintió la mano del rubio agarrarse a su pelo, de nuevo, como si fuera a caerse de una gran altura, y las negras hebras de su cabeza fueran su única soga.

Harry había imaginado aquella situación en la cabeza, y la había temido casi tanto como la había deseado. Sin embargo, mientras descubría más piel todavía de Draco, supo que aquel momento se asemejaba mucho a un buen libro. Era algo nuevo y desconocido, un mar de sensaciones grabándose en tinta indeleble, que se escribiría solo, como la mejor de las historias.

Los ojos de Harry se velaron cuando oyó el primer gemido de Draco. Quedo, suave, tímido y nervioso. Le miró a los ojos, tratando de enseñarle lo que le hacía sentir, el volcán que se mantenía en erupción continua que se había formado en su pecho. Él pareció ver más allá de las pupilas dilatadas de Harry, porque le sonrió abiertamente, exhalando agitado.

La sábana terminó de caer junto al resto de su ropa. Harry tuvo un escalofrío, y volvió a besar al cuerpo que aún aprisionaba bajo el suyo. Draco agarraba la almohada con tanta fuerza que se notaban las venas de sus brazos, y Harry las besó también. Besó después su frente adornada de pequeñas perlas de sudor, y por último, besó de nuevo sus labios, ahogando la melodía in crescendo de su antiguo compañero del colegio.


-Sssh, Ted. Calla o te oirá.

Teddy miró a su padrino con cara de no entender nada.

-Pan.

Harry le miró interrogativo.- ¿Pan? ¿Quieres pan?

El niño señaló contento al paquete que Harry llevaba en las manos mientras ambos subían la escalera.

-¡Pan!

El mayor rió.- No, hombre, no es pan. Es pastel.

Teddy frunció el ceño en respuesta. Cuando llegaron al rellano, Harry abrió la puerta de su propio cuarto con excesivo cuidado. Vislumbró entre la oscuridad, y encontró el cuerpo de Draco Malfoy tumbado a lo largo de su cama, justo donde le había dejado. Entró despacio, pidiéndole silencio al pequeño, que aún no se enteraba de por qué había que estar callados si era de día, y corrió las cortinas.

El rubio se desperezó, levantando la cabeza con los ojos entreabiertos por la nueva intromisión de luz.

-¡Buenos días!- Harry se sentó en la cama, y acercó su boca al oído del pobre Draco, cuyo cerebro aún no estaba despierto del todo.- Te traemos el desayuno a la cama. ¡Como si fueras un Malfoy!

Notó que se reía entre las sábanas.- Eres idiota, Potter.

Teddy trepó a la cama, aburrido de ser ignorado. Al fin y al cabo, el primer buenos días de Draco siempre era suyo, y esa mañana no iba a ser diferente. Se colocó entre los dos con esfuerzo, mientras Harry le tiraba de un pie hacia atrás, poniéndoselo mucho más difícil. Finalmente lo consiguió, y miró hacia Draco mientras levantaba las dos manos.

-¡Pan!

Harry volvió a reír. -¡Ted, que es pastel! ¡Pastel!- comenzó a desenvolver el paquete que llevaba consigo, ganándose un interesado escrutinio por parte de ambos intrusos de su cama.

Una vez estuvo descubierto, Ted frunció el ceño.

-¡Pan!

-¿Es de calabaza, Potter?

-Es pastel. Y claro que es de calabaza.

Teddy se cabreó.

-¡PAN!

-¿Hay café?

-Claro que hay café. ¡Kreacher! ¡Vale, Teddy, pues es pan!¡Pan de calabaza!

El pequeño sonrió conforme.

Kreacher apareció con el café, y Draco dio por iniciado el desayuno mordiendo el primero un pedazo del pan de calabaza. Harry apoyó la espalda contra el cabecero de la cama con un café en la mano, y pronto el rubio apoyó la suya sobre él, mientras intentaba que Teddy no causara excesivos estragos por desayunar en la cama.

Les observó a ambos, en aquella mañana soleada. Ya no había tranquilidad, ni silencio, ni horas de soledad. Había risas y bullicio, prisas, juegos y gritos. Besó la frente de Draco y éste le devolvió una sonrisa cómplice.

Todo iba bien.