No sé qué mierda hago aquí. Se supone que yo, Isabella Swan, solamente soy una buena amiga de Alice y de Edward, bueno, realmente soy su mejor amiga, de ambos, y se supone que pues ya tendría que ser casi como la hija perdida de Esme, que sólo va los fines de semana a casa, pero no. Ese privilegio todavía no me la gano, desgraciadamente, así que si me encuentro ahora, este sábado, veintiocho de marzo —fecha súper importante en la casa Cullen, porque es el aniversario de boda de Esme y Carlisle— es porque fui por vez primera halagada con una invitación de parte de Alice, y eso es mucho pedir y por lo mismo no pude denegar.

Esto es exactamente lo que no sé. ¿Me entienden? Oh, vamos, no es muy difícil de comprender. Está bien, lo explico de nuevo. Soy la mejor amiga de Edward y Alice desde hace muchos años (con muchas "u", por favor) y siempre de que celebran alguna ocasión importante, generalmente se reúne pura gente exclusiva, vamos, algo así como la crema y nata de Phoenix y la región. Los plebeyos como yo, por más allegados que seamos, no entramos en la lista de invitados. No es que los señores Cullen sean malas personas, no en absoluto. Y es que es por eso por lo que acepté la invitación. Por puro morbo, curiosidad, digamos que para "culturalizarme" de alguna manera, porque no todos los días convivo con la hija del gobernado del estado. Eso es lo que mis pobres neuronas no alcanzan a hacer sinapsis. Yo no soy así, no soy interesada, ni mucho menos superficial y odio todas esas fanfarronadas, propias de la gente nice, en palabras de Jessica.

Puede que haya aceptado porque no va a estar presente la ex-barbie de Edward, puede que por primera vez me sienta como Cenicienta y hasta pueda bailar aunque sea una sola canción con él, puede que hasta mis labios vuelvan a estrellar…

—¡Bella! ¡Bella! ¡Isabella! Vuelve.

¡Oh! Maldición. Me volví a ir a vagar por las nubes, como suelo hacer cuando estoy sola, y ahora tengo enfrente al duende brincando y haciéndome muecas.

— ¿Qué sucede, Alice?

—Que E.T. secuestró tu cerebro—. Pongo los ojos en blanco, no lo puedo evitar. Yo seré la distraída, pero Alice es la reina del drama. — Ven, acompáñame—. Me toma de la mano y me arrastra por todo el lugar, sin que antes yo pueda defenderme de semejante ataque.

— ¿A dónde me llevas?

—Al cuarto de huéspedes.

—¿Para?

—Cambiar-me—. Bien. Aquí vamos de nuevo. Es el tercer vestido con el Alice se vestirá. Sé que es mi mejor amiga y no la debo criticar, sé que ya la conozco lo suficiente, como para saber su obsesión por la ropa y esas cosas, pero no puedo dejar de asombrarme por la cantidad de ostentosidad que se destila en estos eventos. ¿Tercer vestido? ¿Alice necesita de un tercer vestido para lucir espléndida? Ni que estuviéramos en la final de American Idol.

Y resulta que la que terminó enfundada en un vestido color coral de Marchesa, no fue Alice, sino yo. ¿Cómo lo logró? Haciéndole prometer que no iríamos, —sí, las dos— no iríamos de compras lo que resta del año, lo que significa perderse las rebajas de verano, de otoño y por supuesto las nuevas colecciones, lo que se traduce en una muerte lenta y dolorosa para la duende.

Al salir me encuentro con todo el mundo haciendo una media luna en el centro de la sala. Se logra escuchar la voz de Carlisle agradeciendo la presencia de los invitados y bla bla blá, pura mierda de ese estilo. Alice en un momento la tengo a mi lado deseándome suerte y al siguiente está sonriéndole alegremente a la concurrencia. Yo no entiendo porqué me desea suerte, si con que no me pase nada en los viernes trece me basta.

Es divertido después de todo. Venir y observar a todos los humanos dentro de esta casa, comportándose como bichos raros. Allá en una esquina hay varios que están demasiado tomados como para recordar que son senadores del congreso y no han pasado ni dos horas del inicio de la recepción. Más allá dos mujeres se pelean por un tal Roger Darcy, el amante de alguna de las dos, lo más probable. Y por aquí donde estoy yo tenemos a… la idiota Jane.

¡Maldita sea! ¿Qué no tendría ella que estar revolcándose con Marco o algo por el estilo? No. La muy zorra está colgada del brazo de su abuelo, mirando orgullosa por encima del hombro a todas las mujeres que le hacen sombra a Edward. Já. La muy imbécil todavía se siente con el derecho de llamarlo de su propiedad cuando ya no son nada.

—Buenas noches a todos los presentes—. Esa dulce voz de terciopelo me eriza la espina dorsal, otra vez. No es necesario alzar los ojos para darme cuenta de que la atención de todos recae en la presencia de Edward. Mi mejor amigo, el cual el muy maldito no se ha dignado a dirigirme la palabra desde aquella noche de tormenta del mes pasado. Un mes. Un mes con todos sus días y noches que no he lograda estar cerca de él. No me interesa lo que dice, puro protocolo, me basta con saber que las palabras siguen raspando su garganta para saber que existimos. —… y por lo consiguiente me alegra anunciarles mi compromiso con…— ¡Arg! Dicen que estos momentos se derraman lágrimas, porque es cuando te das cuenta de que el hombre que es tu mejor amigo y del cual llevas enamorada toda una vida, te da una puñalada por la espalda para decirte enfrente de más de cien personas que prefiere ser un cornudo con dinero que un hombre libre, pero lo cierto es que en mí no funcionan y lo que brincan son chispas de puro coraje. —… con la señorita Isabella Swan.

¿QUÉ? ¿Está de broma el muy pedazo de idiota? ¿Desde cuando el día de los inocentes se celebra el veintiocho de marzo? Porque esto es una broma, de muy mal gusto, pero buena. Así que espero a que se disculpe y diga que Jane es la futura madre de sus adorables hijos, que por supuesto no tendrá conmigo.

Y sigo esperando. Y nada sucede. La disculpa no llega. De pronto me pongo nerviosa.

—Isabella—. Se dirige a mí, me está hablando. Oh, vamos ¿cuánto tiempo piensa seguir sosteniendo esta farsa? — Acércate.

Más de cien pares de ojos me comen y los azules de cierta rubia me taladran.

— ¿Yo? ¿Me hablas a mí? —. Me señalo con el dedo y en mi cara se refleja la duda.

—Sí. Te hablo a ti—. Su voz suena más alto de lo normal. — Ven—. Su mano pálida me espera al otro lado del lugar, extendida.

No me queda de otra más que caminar. Cuando llego hasta donde se encuentra parado, me coge la mía y con una rodilla apoyada sobre el piso, habla.

— ¿Te gustaría ser mi novia? —. Lo dice tan fuerte que el perro de los Hamilton se pone a ladrar.

—Edward, esto no es el teatro escolar, ya puedes levantarte—. Le digo en voz baja.

—No, Bella. Aquí es cuando dices sí—.

—Ya déjate de bromas tontas, cabeza de alcornoque—. Si lo que el estúpido quiere es humillarme, pues bastante bochorno me está haciendo pasar con semejante espectáculo. Nadie nos quita la mirada, hasta las mujeres que se peleaban por el tal Roger me gritan "dile que sí". ¡Bah!, si supieran que es puro teatro.

—Isabella, vamos, contesta, que estoy haciendo el ridículo y el piso no es tan suave como parece.

— ¿Estás hablándome en serio?

—Con todo el corazón—. Y es algo en su mirada que me hace perder la razón, dándole paso al amor. Las larvas que se retorcían minutos antes por el coraje, han madurado convirtiéndose en mariposas que vuelan del sur hacia el norte, queriendo salir por mi boca.

—Sí.

— ¿Qué dijiste? —. Me pregunta, ahora siendo el incrédulo él.

—Que si.

—Más fuerte. Dilo más fuerte—. Ya no importan las personas que se encuentran alrededor, ni que minutos antes creyese que estaba siendo objeto de alguna de sus bromas, ahora sólo existe él, Edward y esa mirada que me congela el aliento y desliza chispas de fuego por todo mi sistema nervioso central.

Se ha levantado y sus manos se posan sobre mi cintura. ¡Oh, no! Esa mirada, ese fulgor verde… Espero que no sea la anticipación a…

—Que si, si quiero ser tu novia. — Hacerme despegar mis pies del suelo, para girar por todo el lugar, es un juego que jugábamos de pequeños y que no lo hemos vuelto a hacer desde entonces, hasta ahora.

Sus labios se hallan posados sobre los míos, como aquel primer beso que me dio en una noche de lluvia, pero ahora se mueven con más cercanía y con más rapidez. La sala rompe en aplausos y vitores. Los berridos de Jane acompañan a la banda sonora y se diluyen entre el eco de los gritos.

Carlisle y Esme, como es tradición según me explicó Edward, abren la pista de baile y Edward me guía hasta el centro, a un lado de sus padres. Esme me sonríe con ternura y Carlisle también. Si esto realmente está sucediendo, me da gusto saber que mi nombre no figura en la lista negra de mi suegro —que bien se siente llamarlo así—, por haberle echado a perder el negocio.

— ¿Esto sucede de verdad o es mi alocada imaginación? —. Le pregunto mientras me desliza por todo el lugar.

—Si, pequeña, esto sucede realmente.

—Ah.

Es mi inteligente respuesta. No nos volvemos a decir nada más lo que dura el resto de la pieza. Y yo me logro sumergir en mis pensamientos, logrando asimilar que ya no soy sólo la mejor amiga de Edward, sino que ahora es mi mano la que cuelga de su brazo y no la de Jane.

— ¿Oye?

—Mmm.

— ¿Y cómo sabías que te iba a contestar que sí?

—Pues verás, ¿sabes que hablas dormida? —. Oh no, señor. Por favor, díganme que Edward no ha escuchado los diálogos que mantengo con él en mis salvajes sueños de casi todas las noches. —el "Edward, eres tan sexy" bien lo puedo interpretar como "Edward, cuánto te amo"

—Oh, por cierto. Para no romper la tradición…— En ese momento se va la electricidad, pero por los ventanales se logra colar una buena cantidad de luz de la noche estrellada, y extrañamente lo único que puedo ver, son los hermosos ojos verdes de Edward acercándose más y más a mi cara, hasta sentir sus labios acariciando los míos, justo como la vez pasada, sin luz, dejando todo a la adivinación. Pero con la certeza de que en esta oscuridad tengo la más hermosa de todas las luces, su amor.


Tachán. A petición de todas ustedes, les traigo la continuación. Pensaba dejar cerrado el fic con el anterior, pero me dije"Anel, no seas tan bitch y haz feliz a la gentecita linda que te lo pidió". So...

Madame. 03/09/11