Disclaimer: La última vez que me miré al espejo no vi el trasunto de Hidekaz Himaruya, por lo tanto doy por hecho que no soy él, así que Axis Powers Hetalia no me pertenece.

Advertencias: Uso de nombres humanos (Govert para Holanda y Emma para Bélgica) y palabras feas que los niños buenos no deberían decir. Ah, Universo Alterno.


Capítulo 1: Una buena oportunidad


¿Qué podría hacer un joven sin estudios ni trabajo en un país devorado por la crisis? Había varias opciones, entre las que destacaban joderse, resignarse, aguantarse, fastidiarse, conformarse, intentar estudiar algo o buscarse la vida de la forma más digna posible. Dado que las cinco primeras ideas eran prácticamente idénticas, lo más inteligente sería decantarse por una de las dos últimas. Lovino Vargas se consideraba a sí mismo inteligente, así que decidió intentar volver a las aulas y sobrevivir fuese como fuese. ¿Pero cómo lo haría? Él no tenía dinero suficiente como para permitirse alquilar un piso y, desde luego, tenía muy claro que no iba a acoplarse en la casa de su hermano recién casado. ¿Qué pintaría él en la vida de un matrimonio inexperto? Y la gota que colmaba el vaso es que no podía ver a su cuñado Ludwig ni en pintura. Era un ser desagradable, más seco que una piedra y con un sentido del deber que en ocasiones rozaba lo ridículo.

Pero la vida estaba llena de injusticias, así que Lovino no tuvo más remedio que pasar un par de semanas en casa de su hermano, ya que sus padres lo acababan de echar de casa. Viejos desgraciados, ¿acaso no se daban cuenta de que estaban pidiendo a gritos que los metiera en una residencia de ancianos? Ya llegaría el día de la vendetta, ya. Sumido en pensamientos vengativos, Lovino no se percató de la presencia de Ludwig, quien lo miraba fija y perturbadoramente. No fue hasta que su cuñado se sentó a su lado en el sofá cuando Lovino dio un brinco, sobresaltado, y clavó su mirada inyectada en sangre en la fuente de sus desdichas.

—¡Me has dado un susto, desgraciado! —gritó enfadado, tocándose el pecho para asegurarse de que su corazón no se le saliera de un momento a otro.

—Perdón —se disculpó con una expresión cansada—. Mira, Lovino, sé que estás pasando un momento delicado, pero… no puedes seguir en esta casa así.

—¿A qué te refieres con así? —sus ojos ámbar se mostraban desdeñosos.

—Pues mira, te niegas a colaborar con las tareas del hogar, te niegas a comer la comida que preparo, ensucias mucho, nos insultas, pones la televisión muy alta y esto… —se ruborizó y esquivó la mirada indignada del hermano de su ya marido— Siempre gritas y molestas cuando Feliciano y yo intentamos intimar.

Lovino no se lo podía creer. ¡Aquel maldito armatoste alemán se estaba quejando con la intención de echarlo de casa! Se cruzó de brazos y en su rostro apareció un mohín desbordante de repulsión. «Pues ahora le voy a cantar yo las cuarenta al rubiales. ¡Que se joda!», pensó.

—Cuatro cosas te voy a decir yo a ti, Ludwig —pronunció su nombre con cierta sorna—. Quien lleve el mandilón rosa es el que se encarga de la casa y resulta que lo llevas tú, así que apechuga con tu cargo. En segundo lugar, sólo preparas platos con patatas. La mierda te la comerás tú, pero yo no. Tercero, yo ensucio, pero me lavo; no como tú. Cuarto, os insulto porque os lo merecéis, cabrones. Quinto, si no os estuvieseis metiendo mano siempre, yo no subiría tanto el volumen de la tele —se levantó y le apuntó de manera acusativa—, y por último, ¡no pienso consentir que se la metas a mi hermano cuando yo esté presente! ¡¿Algo que objetar?

—Que no has dicho cuatro cosas, sino seis y…

—¡Cállate! —se apresuró a vociferar— ¡Si me vas a echar de tu puñetera casa, hazlo ya!

Ludwig suspiró agotado. Intentar hablar con su cuñado podía resultar muy complicado. Era increíble que Feliciano y su hermano fueran tan parecidos físicamente y tan distintos en todo lo demás. Para mayor inri, dijera lo que dijera, Lovino lo ignoraría olímpicamente.

—No he venido a hablar contigo para echarte, sino para proponerte un lugar mejor.

—No lo adornes con palabras, patatero.

—Antes vi a mi antiguo vecino y me comentó que está buscando compañero de piso —explicó Ludwig despacio, haciéndose el sueco ante el insulto de su cuñado—. Cuando le comenté tu situación financiera, dijo que no le importaría que te fueras a vivir con él siempre y cuando no hicieras ruido y le preparases la comida.

Lovino ya había abierto la boca para quejarse y decirle a aquella patata gigantesca lo estúpida que era su propuesta; sin embargo, no pudo evitar sentirse interesado. ¿Un apartamento a cambio de ser silencioso y cocinar? Pues no sonaba mal, no.

—¿Dónde vive? —preguntó Lovino, intentando ocultar su más que evidente curiosidad.

—Su apartamento está a cinco minutos del centro.

Ya ni sabía para qué le preguntaba a Ludwig, si total él respondería lo que le saliese de dentro. ¿Acaso no hablaban el mismo idioma o qué? Dado que le había preguntado una dirección, quería obtener una dirección, no un dato casi anecdótico.

Ludwig debió de interpretar los pensamientos de Lovino a través de su expresión facial, así que con la máxima velocidad que pudo sacó una notita del bolsillo de los pantalones y, antes de que pudiera darse cuenta, su cuñado ya se la había arrebatado de las manos y la estaba inspeccionando detenidamente. Figuraba tanto una dirección como un número de teléfono.

—Deberías llamar primero —aconsejó Ludwig.

—¡A callar! ¡Nadie ha pedido tu opinión! —aunque gruñía, una sonrisilla inundaba su rostro.

Por fin podría librarse de aquel macho patatero. Por fin podría comenzar una nueva vida como estudiante. ¡Por fin podría intentar ser alguien en la vida! Por un momento se le apareció en la mente la idea de darle las gracias a Ludwig por preocuparse por él, pero de todos es sabido que todo el mundo —hasta alguien como Lovino— puede ser invadido por la estupidez durante unos breves segundos. Esos breves segundos le bastaron para tener aquel pensamiento tan absurdo. ¿Él? ¿Mostrándole gratitud al marido de su hermano? ¡Ni de coña! Además, si se estaba involucrando tanto en la mudanza de Lovino era, nada más y nada menos, porque tampoco lo tragaba. El odio era mutuo.

Como la pereza se negó a marcharse del cuerpo de Lovino, tuvo que aguardar al día siguiente para llamar al que esperaba que fuese su futuro compañero de piso. El hombre en cuestión tenía una voz grave y potente, tan dulce como un limón. No le parecía trigo limpio, desde luego, pero a esas alturas sería inútil vacilar. Acordaron quedar aquella misma tarde en casa del tipo aquel para que Lovino pudiese ver si el apartamento era de su agrado y, en tal caso, acordar un par de cosillas.

Lovino, con la mirada de alguien decidido a mudarse, le echó un último vistazo a la casa y a Feliciano. Sabía que tendría que volver a por las maletas, pero quería despedirse de aquella morada de todas formas. Ni un recuerdo bueno le había brindado, la muy puñetera. Se esperaba que Feliciano le cogiese el brazo y le suplicara entre lágrimas que no se marchara, que él era su hermano mayor y que lo adoraba con toda su alma y que no podría vivir ni un segundo sin su presencia.

—Feliciano, ¿no tienes nada que decirme? —preguntó expectante.

—¡Sí, buena suerte! —exclamó con una sonrisilla— Espero que el señor ese te acoja.

—¡Maldito seas, traidor! —gritó enfadado y dio un portazo, abandonando el apartamento de aquel maldito matrimonio.

¡Ni siquiera su propio hermano lo quería! Era normal, pues al fin y al cabo Lovino era una persona malhumorada y torpe que no tenía nada bueno que aportar a la sociedad. ¿Y qué podía hacer al respecto? ¿Fingir una sonrisa y esperar a que la gente lo adorase por lo que no era? Pues claro que no. Prefería mantenerse fiel a sí mismo y estar solo lo que hiciese falta, más que nada porque ya era demasiado tarde para cambiar, demasiado tarde para que alguien viese aquellas pequeñas virtudes que estaban ocultas en alguna parte de su ser… o eso creía él en aquel momento. La fortuna, tan caprichosa como era, decidió compadecerse de aquel pobre italiano gruñón y brindarle la felicidad en bandeja de plata.

Pero para llegar a aquella bandeja, primero tendría que llegar al nuevo apartamento y charlar tranquilamente con el propietario y, a ser posible, caerle medianamente bien (lo cual era ciertamente complicado). Nervioso, Lovino llamó a la puerta del que esperaba que fuera su futuro hogar, a la espera de que alguien abriese. Tras unos cuantos segundos de inquietante expectación, un hombre joven alto, de cabellos rubios y puntiagudos y mirada desdeñosa abrió la puerta con parsimonia. Lovino no sabía dónde meterse. ¡Pero si aquel tipo daba peor espina que Ludwig, que ya era decir! ¿Qué había hecho él para merecerse eso? Rezó para sus adentros y le suplicó a Dios, a la Virgen, a san Genaro y a todos los angelitos que saliese vivo aquella tarde.

—¿Tú eres Lovino Vargas? —preguntó el mastodonte sin ningún interés. Caray, mal empezaban.

—S-sí, señor —mierda, ¡había empezado a temblar! No sabía si añadir un «pero no me pegue» por lo bajinis, porque de veras parecía que aquel hombre iba a acabar con su existencia ahí mismo.

—Pasa.

¿Pasa? ¡¿Pasa? ¿Le estaba llamando cara de pasa o le estaba indicando que entrase en la casa? ¡Mierda, los nervios no le dejaban pensar con claridad! Como el hombre entró en su casa y dejó la puerta abierta, Lovino dio por hecho que se trataba de la segunda opción. Suspiró para sosegarse.

El hombre, que por el camino comentó que se llamaba Govert (y un apellido muy raro), le indicó a Lovino que se sentase en una silla, tal y como hizo él segundos después. Ambos se miraron en silencio durante unos instantes, sin saber bien qué decir. Mientras que el tal Govert parecía estar más tranquilo que un grano de arena en el desierto, Lovino era la descripción gráfica del término temblar como un flan.

—Conque no tienes trabajo… —susurró Govert mientras apagaba su cigarro.

—No, señor —contestó rápidamente, dándolo todo para no trabucarse al hablar—, estoy intentando estudiar algo para completar mi currículum. No tengo más que el bachillerato.

—¿Cuántos años tienes? —alzó una ceja. Aquel chico no parecía ser un adolescente, desde luego.

—¡Veintitrés, señor! —exclamó al borde del llanto. Joder, se sentía como aquel letón que tuvo como compañero de clase y que no paraba de temblar y llorar.

—¿Y qué has hecho desde que terminaste el instituto?

—Vivir con mis padres —musitó con un hilito de voz.

El silencio regresó a aquella habitación. Lovino estaba seguro de que de un modo u otro, Govert se estaba riendo de él para sus adentros. ¡Se le notaba en la cara! No podía decir en qué, pero se estaba descojonando vivo y de forma cruel y altanera. El rostro del propietario del apartamento permanecía impasible; no obstante, a veces le temblaba una ceja o el labio, tal y como le sucedía a la gente que intentaba reprimir una carcajada.

O quizás tenía tics nerviosos, esa sería otra opción. Pero a Lovino no le pareció muy convincente aquella posibilidad.

—¿Y en qué se supone que pretendes trabajar?

¿A qué venía aquella falta de confianza que emanaban las palabras y el tono del tío aquel? No conocía a Lovino de nada, pero ya lo estaba despreciando de mala manera. Ante aquello, el italiano se sintió un poco menos nervioso, puesto que le habían entrado ganas de insultar a Govert y maldecir su apellido impronunciable hasta el fin de sus días, aunque aún no lo haría. No hasta que estuviese acomodado en su apartamento.

—De camarero, tendero… Me vale cualquier cosa.

—No busques trabajo si no tienes estudios. Como vivimos en una ciudad turística, debes aprender idiomas si quieres hacerte un hueco en el mundo laboral —dijo el hombre con un tono seco y algo mandón.

—Ya veo, ya… —susurró Lovino por no mandar a la mierda a Govert. Lo que le faltaba, que ahora viniera el mendrugo aquel a decirle cómo debía encaminar su vida.

—Ya hablaremos de eso después —cogió un cigarro y se lo llevó a la boca, aunque sin encenderlo—. Me dijo Ludwig que estás sin blanca.

—Cierto.

—Puedes quedarte en mi piso por el módico precio de veinte euros al mes —aclaró y dirigió una mirada amenazadora al italiano—, eso sí, debes cocinar para mí y, ante todo, no molestarme mientras trabajo.

¿Veinte euros? ¿Pero aquel hombre estaba en sus cabales? Eso era prácticamente dejarle el piso de forma gratuita. Hasta un pobretón como Lovino podía permitirse pagar veinte euros al mes. Su opinión sobre Govert cambió una pizca: quizás no era tan malo como aparentaba.

Después de continuar con un listado de normas básicas de convivencia, Govert le preguntó a aquel joven tembloroso si aún seguía queriendo ser su inquilino. Asintió débilmente. Le extendió la mano al muchacho como símbolo de su acuerdo y, pudo jurar que en el rostro de Lovino se esbozó una pequeña sonrisa cargada de esperanza. Ahora su vida iba a dar un giro de ciento ochenta grados.


Notas: Aunque no lo parezca, este fic va a convertirse dentro de unos capítulos en un (Bélgica/)España/Romano, sip~ La historia será lenta y tortuosa (¿?) y ya puedo ir advirtiendo que la relación de Antonio y Lovino no se basará en un flechazo. Como digo siempre: quien avisa no es traidor.

Se supone que la historia está ambientada en un país ficticio, posiblemente uno que sea la mezcla entre España, Grecia, Italia y Portugal, al menos desde un punto de vista económico :3

Contador de palabrotas: ¡11! (me hace ilusión contarlas, leñe)

Pues eso es todo, supongo~ ¡Hasta el próximo capítulo~!