Advertencias: saltos temporales muy bestias (?). Capítulo seriote, largo de Dios, denso y condensado.

Reflexión del día: si Govert se hubiera conformado con el vino, nada de esto habría sucedido.


Capítulo extra: El primer clavel


Escuchaba la aguda voz de su hermana mientras se cepillaba el cabello. Ella parloteaba sobre temas irrelevantes, como lo divertidas que eran sus compañeras de carrera y lo mucho que adoraba aquella ciudad. Govert van Heemskerck dejó de prestarle atención cuando comenzó a hablar de la comida de la cafetería. Su hermana pequeña, Emma, había comenzado sus clases en la universidad aquella misma semana y estaba bastante emocionada con ello.

Evidentemente, a Govert le daba igual. Él ya sabía cómo era la dichosa universidad, al fin y al cabo, estuvo estudiando Derecho durante largos años en aquel infierno de hormigón. Los peores años de su vida, sin duda.

—¿Y sabes qué es lo mejor de todo? —Emma se sentó en el sofá.

—No —respondió casi sin pensar, más centrado en fijar la raya de su cabello.

—¡Las fiestas universitarias! —Govert se detuvo horrorizado al escuchar aquello— ¿Sabes Eli, la chica a la que conocí por Internet cuando estaba en secundaria? Bueno, pues vive aquí y su novio siempre está metido en todas las fiestas habidas y por haber.

Dejó tanto el peine como el cepillo abruptamente, yendo derechito al salón y sacándose las gafas que acababa de comprar para intensificar su mirada asesina. Emma no podía comprender a qué venía aquella ira tan repentina.

—Eres una niña. Nada de fiestas.

—¡No soy una niña! —protestó con el pecho inflado— Tengo dieciocho años, ¿recuerdas?

—Eres una niña, por eso mamá te envió a la ciudad donde yo vivo para que yo te cuidase —contestó lentamente, clavando sus ojos en los de Emma.

Si él tuviera la melena sedosa de Emma, no tendría problema y nadie se metería con él por aquel cabello tan endemoniadamente rebelde que había heredado de su padre. Entre eso y los ojos de rata impertérrita, casi se podría asegurar que era un clon de su progenitor. Un clon más alto y robusto, pero un clon al fin y al cabo. ¿Pero qué importaba? Había una persona que le había dicho que su cabello no era un desastre, sino divertido; y que sus ojos no eran amedrentadores, sino carismáticos. No es que le importase mucho lo que los demás opinasen sobre él, pero aquellas palabras tan amables le resultaron bastante agradables. Esbozó una sonrisa casi imperceptible al recordar a aquella persona.

—Me voy —Govert salió del cuarto de baño—. Más te vale estar aquí cuando vuelva.

—Sí, sargento —encendió el televisor, molesta.

—No me hables con ese tono, que lo hago por ti —volvió a colocarse las gafas.

Govert quería a su hermana, pero no podía evitar pensar que se trataba de una personita bastante molesta. Supuso que se debía a aquella maldita época por la que toda persona tenía que pasar: la adolescencia. Él tampoco fue un santo en la edad del pavo, pero al menos no tenía aquel afán casi enfermizo por emborracharse e ir de jarana.

Caminó por las calles recordando cómo era él cuando era más joven. Desde luego era mucho más introvertido y serio, rozando de vez en cuando la definición de cascarrabias. Antes de darse cuenta, ya estaba ante el pub inglés, el Ziggy Pop. Lo regentaban dos chicos bastante extraños y, que a pesar de tener acentos completamente distintos, afirmaban ser hermanos.

Entró lentamente, suspirando relajado al ver que la persona a la que esperaba estaba sentada ante la barra y charlando animadamente con el camarero, que no le prestaba ni un poco de atención. Se sentó a su vera y procuró evitar cualquier contacto visual con él. No podía actuar feliz por verle, ya que parecería un desesperado cualquiera, cosa que no era.

—Y no te lo pierdas, pero entonces lo empujé a la piscina y… —se detuvo al ver a la persona que se había sentado en el taburete más próximo— ¡Ah, buenos ojos te vean! Qué casualidad, tú y yo siempre coincidimos, ¿eh?

—Sí, mera coincidencia —respondió quedamente. «Coincidencia mi pie», pensó Govert sin mirar a ningún sitio en concreto.

Notó la mirada del chico fija en él. Govert pidió una cerveza para evitar aquel silencio tan incómodo, pero los ojos verdes del muchacho seguían pegados a él como una lapa.

—¿Qué pasa? —preguntó ligeramente molesto.

—¿Gafas nuevas? —señaló las lentes— El otro día la montura era marrón, hoy es negra.

¡Se había fijado! El chico risueño se había fijado hasta en las gafas. No conocían ni sus nombres, pero solían conversar siempre en aquel pub a aquella hora. Govert recordaba que una vez, acompañando a su amigo Ludwig, fue a parar a aquel establecimiento y se topó con aquel joven —le apodó Sonrisas para abreviar—. Al principio no le prestó mucha atención. Otro día, también en compañía de Ludwig, volvió a verle. Ahí ya comenzó a parecerle algo más interesante. Decidió ir todos los días a la misma hora para tantear el terreno y, tal y como se había imaginado, Sonrisas era una persona extrovertida, simpática y solía ofrecer temas de conversación bastante amenos.

Pero tenía tres problemas con Sonrisas: primero, el chico era más hetero que el viejo de Playboy; segundo, ni siquiera sabía su dichoso nombre y tenía bien claro que no se lo iba a preguntar; tercero, y quizás el peor de todos, que al poco tiempo de que Govert llegara aparecían los amigotes de Sonrisas —unos cretinos— y se iban a una mesa a charlar de sus estupideces. En ese momento Govert abandonaba el bar y esperaba ansiosamente a que el próximo día llegase para mantener su breve conversación diaria con Sonrisas. Encima sus amigos eran lo peor de la sociedad. Lo peor. A uno de ellos lo conocía relativamente bien, puesto que era el hermano de Ludwig: Gilbert. El tipo de escoria que nadie querría cerca. El otro, un francés relamido, tampoco parecía trigo limpio.

—Ey, eres amigo de Ludwig, ¿no? —preguntó con un semblante curioso.

—Así es.

—¿Os conocisteis en el gimnasio o algo? —toqueteó el bíceps de Govert, como si fuera normal hacerle aquello a un desconocido— Los dos estáis cuadrados.

—Casualidad —al notar que se estaba fijando en el cuerpo de Sonrisas, apartó la mirada. El chico tampoco era un enclenque, precisamente.

—No he tratado mucho con Ludwig, pero parece un buen tío —sorbió su refresco de cola—. ¿Sabes? Es el hermanito de mi mejor amigo. ¿Conoces a Gilbert?

—Sí —respondió con asco. Él era uno de los que siempre se metía con su peinado. Ni que Gilbert, con su cabello teñido y ojos con lentillas, fuera el ser más hermoso del mundo—. Lo conozco.

—Pues mira, te cuento lo que le estaba contando a Kirkland —le mostró una de aquellas sonrisas fulgentes que tanto le caracterizaban—. El otro día fuimos a la piscina Gilbert, su novia, un par de chicas y yo. ¡Lo empujé a la piscina y casi muere ahogado! Cómo me reí cuando su novia tuvo que hacerle el boca a boca. Aunque claro, ella se enfadó conmigo por casi asesinar a su churri. Lo curioso es que Gil no me guarda rencor, ni nada. Es el mejor.

Quizás Sonrisas era un poco psicópata, ¿pero acaso no todo el mundo tenía una pequeña dosis de locura danzando por la mente?

—Pues ojalá lo hubieras matado —intervino el camarero—. Es un pesado de mierda.

—Mira quién habló, que la casa honró —sonrió con malicia y volvió a beber—. Oye, Ludwig es muy niño, ¿no?

—¿En qué sentido?

—Pues que es joven, no sé —miró el techo—. Parece maduro, pero no debe de tener ni dieciocho años, ¿no? Lo curioso es que Gilbert es como un crío, pero es el mayor.

Iba a realizar un comentario al respecto, pero el rey de Roma y su lacayo gabacho tuvieron que asomar sus cabezotas. El chico moreno inmediatamente se levantó y fue a recibirles con una cálida sonrisa plasmada en su rostro. Dado que su tiempo con Sonrisas había terminado, optó por abandonar aquel antro. Se colocó bien la bufanda, pagó su cerveza y salió por la puerta sin captar la atención de nadie. O eso creía él.

—¡Ey, Govert! —exclamó Sonrisas, guiñando un ojo y moviendo el brazo frenéticamente— ¡Nos vemos!

Govert enmudeció al escuchar su nombre pronunciado por aquel chico. Gilbert sonreía con malicia, por lo que dedujo que aquel había sido el chivato que le había revelado su nombre. Se limitó a asentir con la cabeza y realizar un gesto tímido con la mano. Ahora sólo tenía que descubrir él el nombre del chico.


Emma estaba harta de su hermano. Ya llevaba tres meses viviendo con él y no paraba de imponerle órdenes y tratarla como a una niña pequeña. ¿Qué tenía que hacer para demostrarle que no lo era? ¿Pasearse desnuda por casa y mostrarle sus atributos femeninos? «No salgas. No quedes con hombres. No beses a otras chicas. Conserva la virginidad. No tomes comida rápida», le repetía una y otra vez. En el fondo le parecía adorable que su hermano se preocupase tanto por ella, pero todo tenía un límite y Govert lo había sobrepasado considerablemente.

—¿Qué tal las clases? —preguntó él a la par que leía el periódico en el sofá.

—Muy bien —dejó la cartera en el suelo—. Estuve tomando un café con Eli y, Dios, no sabes lo bien que me lo pasé. Me divertí tanto que olvidé lo de Basch.

Basch y Emma habían estado saliendo juntos durante un mes, ni más ni menos. Govert no tardó en averiguarlo, pero tampoco le dio mayor importancia al asunto al comprobar que el tal Basch, un suizo bastante adinerado, era un muchacho decente y comprometido con la sociedad. Su hermana, tan tonta como era, lo dejó porque era muy «mandón y gruñón» como novio, pero un encanto como amigo.

—¡Eli me da tanta envidia! —se sentó en el sofá para aferrarse cariñosamente al brazo de su hermano— Es tan guapa y simpática… ¡Y tiene pareja estable! El chico es bastante tonto, pero se nota que la quiere con locura.

Fijo que el novio de la tal Eli era un imbécil —seguramente alguien como Gilbert— que en realidad le ponía los cuernos con media ciudad. O quizás al revés. Las mujeres, a excepción de su hermana pequeña, eran todas unas guarras vendidas.

—Hermanito, ¿tú no tienes pareja? ¿No hay nadie en esa revista rara donde trabajas que te guste?

—No.

El instinto femenino de Emma se activó más que nunca al escuchar aquella respuesta tan veloz. ¡Era obvio que le estaba ocultando algo!

—Tus ojillos dicen lo contrario, hermanito —rió como la adolescente descarriada que era—. Aunque seas un borde, puedes llegar a ser muy mono.

—Aun así no te dejaré salir esta noche.

—¿Por qué no? —posó su cabeza sobre el regazo de su hermano, haciéndole ojitos— Eli y su novio van. Y Eli siempre me dice sus amigos son guapísimos.

—Los hombres guapos son unos babosos.

—Tú no eres un baboso.

Se sonrojó un poco al escuchar aquel comentario tan adorable y sincero. Pero eso no implicaba que dejara a su pequeña Emma libre como el viento en un mundo repleto de lobos sedientos de muchachas bonitas. ¿Qué sucedería si algún mequetrefe se la llevase al huerto y la alejara de él? Volvería a estar solo en casa, sin nadie que lo recibiera cada día. Sabía a ciencia cierta que podía contar con sus amigos Ludwig y Kiku para cualquier cosa, pero simplemente la compañía de aquellos dos no era comparable a la de Emma.

—Te digo que no vas. Fin de la discusión.

—¡Pero…!

—Ni pero ni mierdas. Es mi casa, te doy de comer y te costeo los estudios. Obedéceme.

—¡Siempre te quejas de papá, pero tú eres mil veces más estricto!

—Cállate —espetó mirándola con asco.

Mentiría si dijera que no se le rompió el corazón al ver el semblante triste de su hermana pequeña. ¿Por qué no veía que lo hacía por su bien?


Una de las aficiones de Govert van Heemskerck eran los peluches y los muñecos. Si Emma se llegase a enterar algún día, lo más probable era que se riera de él hasta el fin de sus días. Él sabía bien que era mejor ser un aficionado a los juguetes que a las borracheras, como ella.

Quién le diría que en una juguetería encontró a quien menos se esperaba. Allí, con una sonrisa de oreja a oreja, unos ojos verdes deslumbrantes y con una apariencia tan poco cuidada como de costumbre, estaba Sonrisas.

—¡Hala, pero si es Gov! —anunció contento— No sé si es casualidad o te dedicas a espiarme —bromeó con tono jocoso.

—Casualidad.

—En fin, aquí no somos colegas, sino vendedor y cliente. Aunque si compras algo, sabes que te haré un precio de amigo, ¿no? —intentó analizar sus propias palabras y soltó una risotada— Ni yo mismo sé lo que digo. Pero vamos, ¿has venido a comprar algo concreto?

—Un conejo de peluche —notó la mirada curiosa del juguetero sobre él—. No es para mí.

El chico se limitó a responderle con otra sonrisa encandiladora y abandonó el mostrador para enseñarle el lugar donde estaban los conejos de peluche. Era una juguetería pequeña y no muy barata, pero tenía cierta fama en la ciudad por los juguetes raros que allí se vendían.

—¡Aquí están! —señaló unos cuantos— La pena es que están muy arriba —los observó meditabundo, rascándose la nuca—. ¡Ya sé! Voy a por las escaleras.

—No hace falta —lo interrumpió Govert al apoyar una mano en su hombro—. Creo que yo llego.

—¡Genial! Eso de ser alto es un chollo —rió e hizo un gesto con la mano para comparar sus alturas—. ¿Ya le has echado el ojo a alguno en concreto?

—No.

—Si quieres un consejo, a mí me gusta mucho ese —señaló uno de orejas extremadamente largas—. No sé por qué a la gente no le suele gustar.

—Porque es horrendo —respondió francamente.

El conejo era de un color rosado bastante extraño y tenía los ojos —unos botones— muy separados. Encima estaba recubierto de una fina capa de polvo.

—Eso dicen, pero a mí me parece un peluche muy majo. Tiene cara de llamarse Fluflú.

Volvió a mirarlo una vez más. Quizás no era tan feo como se había pensado en un principio. Lo cierto es que era un conejo bastante gracioso. Parecía suave.

—Me lo llevo —dijo tras pensarlo. Sonrisas hizo gala a su apodo y soltó un «así me gusta» muy animado.

Dado que era el más alto de los dos, extendió el brazo para coger el peluche, pero no llegaba. Se puso de puntillas y la situación no cambió ni un ápice.

—Las escaleras… —murmuró para que el juguetero fuera a buscarlas.

—Espera, creo que no es necesario —puso los brazos en jarra—. ¿Por qué no me coges y me elevas?

—No —se cruzó de brazos y lo miró fijamente con una expresión notoriamente seria.

—Pero así tardamos menos. Además, tú estás fuertote y yo soy delgado.

—Y un pesado —añadió, ceñudo.

Acabó resignándose y agarró al juguetero por la cintura y elevándolo tal y como había sugerido previamente. El joven extendió los brazos y cogió al conejo como si fuera el mayor de los trofeos. Govert frunció el ceño. No es que el chico fuera obeso, precisamente, pero tenerlo sujeto de aquella manera durante tanto tiempo le cansaba.

—¡Me siento como Casillas en el Mundial! —gritó sonriente y a carcajada limpia.

Aquel comentario provocó que Govert diera un paso en falso y tropezara. No supo cómo, pero en pocos segundos tenía la cabeza dolorida y a Sonrisas a su lado, también protestando y con el conejo aún en mano.

—Qué daño… —comentó entre risas.

—¿Eres español? —preguntó incómodo. Siempre había sospechado que el chico era o español o italiano, ya que su acento, su rostro y su comportamiento no eran demasiado germánicos.

—¡Claro que sí! —respondió orgulloso— Por eso dije lo de Casillas. Aquel fue un gran día, ¿eh? ¿Viste el partido? Malditos holandeses trogloditas.

—Soy neerlandés —entrecerró los ojos, con el ceño arrugado.

El español lo miró incrédulo con una sonrisa a medio esbozar en su rostro. Quería reírse por haber metido la pata hasta el fondo, pues la situación le pareció graciosa hasta cierto punto.

—Corramos un tupido velo, anda —se levantó y le tendió una mano a Govert—. Vamos.

Govert se levantó sin ayuda, ya que no quería tocar las manos repletas de polvo de aquel muchacho. El conejo estaba bastante más sucio de lo que se figuró. Volvió a fruncir el ceño al notar que una de las manos del otro joven estaba tocando la suya al entregarle el peluche. Sucio, torpe y español. ¿Cómo podía estar interesado en tal engendro?

—¡Hostia! ¡Tienes un chichón en la frente! —apartó el flequillo desordenado de Govert para avistar mejor la herida— ¿Voy a por una tirita?

—No es nada —apartó la mano. Le incomodaba el contacto físico con las demás personas.

—Ahora que me fijo —volvió a apartarle el flequillo, provocando un gruñido molesto por parte de su cliente—. Tus ojos destacarían más si no tuvieras el flequillo así. ¿El otro día no me habías comentado que te llamaban ojos de rata en el colegio? He aquí la solución —agrupó unos cuantos mechones y los levantó.

—¿El pelo para arriba? —se mostró escéptico.

—Te digo que te quedaría bien —le sonrió—. Tengo buen ojo para esas cosas.

Asintió débilmente con la cabeza y apartó una vez más la mano cálida y suave del español. Se quedó mirándolo fijamente y, antes de darse cuenta, estaba ladeando la cabeza y acercándose demasiado a su rostro.

—¿Te he dicho lo mucho que me gustan los conejos? —Sonrisas apartó la cabeza, algo incómodo con la situación— El pepino con el conejo es una gran combinación. Ya sabes a qué me refiero.

—Ya veo —se giró para evitar el rostro ligeramente sonrojado del otro muchacho. «Mierda, la he cagado», pensó agarrando con fuerza al conejo. Le acababan de lanzar la indirecta menos sutil del mundo.

—Oye, Gov —posó la mano en su hombro, sobresaltándolo. Govert se volvió y vio una sonrisa tímida plasmada en la cara del juguetero—, deberías plantearte lo de cambiar de peinado. Piénsatelo.

Volvieron a intercambiar miradas y, poco después, Govert se marchó con su conejo de peluche, al que llamaría Conejito Fluflú, siguiendo el consejo del juguetero. Al menos se lo había llevado a mitad de precio, como precio de amigo.


Se miró al espejo una vez más. Luego al bote de gomina. Otra vez al espejo. No es que estuviera ridículo con el cabello hacia arriba, pero sí parecía un tanto extraño. Guardó la gomina y volvió al salón, anticipando ya la carcajada de su hermana pequeña.

—¿Pero qué te has hecho? —se secó una lágrima de la risa. Le dolía la barriga de tanto reírse— ¡Si pareces un tulipán!

—Cállate —frunció el ceño—, lechuguina.

—Fijo que la chica que te gusta te recomendó ese peinado —siguió secándose las lágrimas que seguían empañando sus ojos—. Sólo los hombres hacéis tales tonterías por amor, ¿me equivoco?

—Sí, te equivocas —cogió el mando a distancia y apagó la tele—. No tengo tan poca personalidad.

Lo que Emma ignoraba era que el día que tanto había anhelado su hermano había llegado: tomaría unas copas a solas con Sonrisas en su propia casa. El mismo chico había sido el que lo había invitado, ya que según él, que se vieran con tanta frecuencia en el mismo pub y luego en la juguetería era una señal de que la vida les había brindado una oportunidad perfecta en bandeja de plata para ser amigos. Más que en bandeja de plata, se la puso en una bandeja de cartón que Govert pintó de gris.

Volvió a su cuarto y le dedicó una sonrisa a Conejito Fluflú. Se preguntó si a Antonio le gustaría su nuevo peinado. Luego se golpeó la cabeza contra la pared al notar que tenía una conducta más propia de adolescente que la propia Emma. Se sentía estúpido. ¿Quién llegaba tan lejos por un triste polvo?

Sonrisas —¿cómo era posible que siguiera sin saber su nombre?— le había indicado dónde vivía con precisión, así que era imposible que se perdiera. Dado que el método más barato para llegar era ir a pie, optó por dar una caminata hasta aquel bloque de apartamentos.

En media hora ya estaba timbrando ante la puerta. Cuando iba a hacer algo inteligente y mirar el nombre que figuraba en la placa, el chico abrió con una sonrisa en su faz morena.

—¡Qué puntual! Vamos, pasa.

—Aprecio la puntualidad —entró en una casa que exclamaba «mi dueño está soltero» por doquier.

Era un dato positivo que la presa estuviera soltera. Si tuviera novio —o peor, novia—, tendría que ir abandonando las pocas esperanzas que le quedaban. Esperó algún comentario respecto al nuevo peinado y, obviamente, lo obtuvo casi al instante.

—¡Oye, me has hecho caso y te has subido el pelo! —se puso de puntillas para tocar la punta— Tío, pareces un tulipán.

—Lo sé.

—Deberías quitarte las gafas también —se las retiró y asintió, satisfecho—. Sí, así fijo que ligas más. ¿Estás muy cegato?

—Media dioptría en cada ojo.

—¡Pero si eso no es nada! —le volvió a colocar las gafas— Tú hazme caso a mí, que soy un conquistador nato. ¡Por donde paso, arraso!

Govert dio por hecho que aquel pobre inconsciente estaba hablando de sus dotes de donjuán y no de asesino. Se sentaron en el sofá y pudo comprobar que en la mesilla había unas copas y una botella de vino preparadas para él. Bebieron durante un rato, charlando sobre temas bastante baladíes y olvidables.

—¿Te puedo hacer una pregunta, Gov?

—Depende.

—¿Por qué nunca me llamas por mi nombre? —lo miró mientras bebía vino— Hace varios meses que nos conocemos, pero o me llamas español u oye… o cosas así, ya sabes.

—No sé cómo cojones te llamas —respondió molesto, pero aparentemente calmado—. Nunca te has presentado.

—¡Soy Antonio! —se señaló a sí mismo, guiñando un ojo— Puedes llamarme Toño o Toni, como prefieras. Nada de formalidades.

—Antonio —repitió, saboreando aquel nombre junto al vino.

—Gov, ¿por qué nunca sonríes? Eres buen tío, pero eres más seco que una nuez.

—¿Por qué tendría que sonreír? —dejó la copa en la mesa.

—¿Y por qué no? —posó sus dedos sobre las comisuras de los labios de Govert— ¡Esa es la pregunta!

—Porque uiero cerveza —apartó aquellas manos de un manotazo.

—Qué carácter —se levantó riéndose, como si estuviera ante algo gracioso—. Voy a mirar si tengo. No soy mucho de cerveza.

Vale, quizás Antonio fuese español, sucio, torpe, desordenado y un poco gilipollas, pero eso no quitaba que también fuera simpático, gracioso y bastante amable. Y qué diablos, estaba bueno. Esa última característica ya tenía más peso que todos los contras juntos.

—¡Gov, no tengo cerveza! —gritó desde la cocina— Ahora mismo voy a comprar un poco, ¿eh? Hay un supermercado a la vuelta de la esquina.

—No te molestes.

—No es una molestia, es más, ¡todo sea por mi invitado! Ahora vuelvo, ¿eh?

Como una bala, se marchó. Govert aprovechó la situación, cogió su teléfono móvil y llamó a su hermana pequeña. Se imaginaba que, una vez más, le había desobedecido y había salido de casa a pesar de habérselo prohibido terminantemente.

—¿Dónde estás?

¡Hermanito! —exclamó nerviosa— No te enfades, pero quedé con Bea y Eli, ¡pero es sólo un café! ¡Te lo prometo!

—Me enfado —su voz demostró que no estaba mintiendo—. Mira, te lo he dicho por las buenas varias veces. Si no obedeces por las buenas, obedeces por las malas. Vete ahora a casa o le digo a mamá que vas zorreando todas las noches.

¡Yo no zorreo! —protestó, también bastante enojada— ¡Y lo sabes bien!

—Pero mamá no. ¿Creerán al licenciado en Derecho o a la adolescente? Piensa —cruzó las piernas, sintiendo ya la victoria cerca de él—. Ve a casa.

¡¿Por qué eres así? ¿Qué te he hecho para que me odies tanto?

—No te odio, por eso quiero que vuelvas a casa —cerró los ojos y masajeó la sien con la mano sobrante—. Así que mueve el culo y vuelve. El mundo es peligroso y la noche está llena de pervertidos. Dentro de cuarenta y cinco minutos llamaré a casa. Más te vale contestar.

¡Imbécil!

Emma colgó, furiosa. Se disculpó con sus amigas y se marchó de la cafetería, pero pronto notó que la vista se le empañaba. Tantas lágrimas estaban conteniendo sus ojos que ni podía ver con claridad. ¿Por qué tenía que convivir con alguien que la detestaba tanto? ¿Por qué no pudo quedarse en Flandes, como el resto de sus amigas belgas?

Se sentó en un banco cualquiera para desahogarse. Luego, cuando ya estuviera más calmada, llamaría a algún taxi y volvería a su odiado hogar. Le daba igual que la gente la viera llorando como una magdalena, al fin y al cabo, nadie la conocía.

Sería absurdo que en aquel mar de gente hubiera alguien lo suficientemente estúpido como para fijarse en aquella chica sollozante y olvidada.

Olvidada también estaba la moneda de dos euros en el bolsillo de Antonio. Tenía que pagar el pack de cervezas y tuvo que entregar un billete ya que no encontraba el importe exacto. Se despidió de la cajera con una sonrisa. No comprendía cómo alguien podía preferir el sabor de la cerveza antes que el del vino. Supuso que en los países mediterráneos era más frecuente el consumo del vino y no se hizo más preguntas al respecto.

Silbó una melodía improvisada y, sin proponérselo, su mirada se posó en una chica que lloraba desconsoladamente en un banco. Sola, completamente sola. Siempre había tenido la dichosa costumbre de ir a tranquilizar a la gente que lloraba en la calle ya que, si se degradaban a llorar en un lugar público, significaba que la persona en cuestión debía de estar verdaderamente triste. Cruzó la acera con la bolsa con las cervezas en mano y entró en una floristería. Francis, uno de sus mejores amigos, solía ir allí a comprar rosas para sus ligues, por lo que ya conocía aquel establecimiento vagamente.

Miró las distintas flores maravillado y se decantó por un clavel, su flor favorita. El florista le preguntó si de veras iba a llevarse solamente una flor. Antonio tendría un corazón bondadoso, pero no una cartera llena. Además, sería demasiado extraño entregarle un ramo de claveles a una perfecta desconocida.

Tras pagar la flor, salió del local y se acercó al banco donde lloraba la chica. Se sentó a su lado, mirándola fijamente.

—Oye, ¿te pasa algo? —Antonio preguntó lo obvio.

—Déjame —contestó la muchacha, limpiándose las lágrimas torpemente con la manga de la chaqueta.

—Ay, no hagas eso, que te vas a lastimar —apartó los bracitos de la chica para limpiar sus lágrimas con sus propios dedos. Le sonrió tiernamente—. ¿Ves? Así estás mejor.

—¿Quién eres tú…? —preguntó recelosa, aún zollipando.

—Tu ángel de la guarda —bromeó—. Soy Antonio, pero ahora eso no importa. ¿Por qué lloras?

—No quiero amargar a un desconocido tan simpático con mis problemas de niña tonta —clavó la vista en el suelo—. No le importo a nadie…

—A veces está bien desahogarse con los desconocidos —le acarició la cabeza y le entregó el clavel—. Toma. Te vi llorando y lo fui a comprar para ti. Eso quiere decir que me importas, ¿no?

—Gracias —tomó el clavel colorada, sin creerse bien lo que estaba sucediendo—. ¿Es para cortejarme?

—Qué va —soltó una carcajada—. No te ofendas, pero te vi de lejos y no pude apreciar si eras guapa o fea. Y las chicas que lloran siempre están feísimas —le siguió secando las lágrimas—. ¿Por qué no sonríes? Seguro que estarías preciosa.

—No me apetece sonreír…

Antonio le dio la mano para tranquilizarla. La pobre chica temblaba como un flan. Quitó una cerveza del pack y se la ofreció.

—Toma, clavel y cerveza —dejó la lata a su lado—. Dime que eres mayor de edad, que si no me estoy metiendo en un problema.

—Lo soy…

—Bien, ¿y me vas a contar tu problema? Si no te apetece, no lo hagas, ¿eh? Sólo te digo que deberías desahogarte.

—Vine a estudiar aquí y vivo con mi hermano mayor, pero me trata como si fuera una cría —zollipó de nuevo al recordar la voz enfadada y autoritaria de Govert—. Ya ves, me llamó para que fuera a casa ahora. ¡Si es tempranísimo! Pero él, don Sermones, ya me quiere en casa.

—Hasta yo veo que eres una mujer —se frotó la nuca con el brazo—. Tienes que dejarle claro que eres mayorcita. Que vivas con él no quiere decir que sea tu propietario, tenlo claro. Además, ¿eres buena estudiante?

—La verdad es que sí…

—¡Pues ya está! —la muchacha se sorprendió ante tanta efusividad— Si eres una chica aplicada, ¿qué problema hay en que salgas? Eres joven, ¡disfruta! Si no disfrutas ahora, no disfrutarás nunca. ¿Acaso tu hermano quiere que te conviertas en la típica vieja loca de los gatos? —sonrió con malicia— Aunque sería buena idea, porque así al menos podrías lanzarle un gato enfermo a la cara.

Ante el asombro de Antonio, la chica comenzó a reírse a carcajada limpia. No entendió bien de qué se reía, pero era innegable que tenía una risa bastante contagiosa. La contempló feliz, satisfecho por haber alcanzado el éxito al arrancarle una sonrisa a la joven.

—Qué tonto eres —se secó una lágrima, aquella vez ocasionada por la risa.

—Y tú qué mona eres —le sonrió con picardía—. ¿Ves? Ahora que sonríes estás mucho más preciosa que antes. Ahora sí que te quiero cortejar.

Se quedó perpleja durante unos cuantos segundos, insegura sobre qué decir o hacer. Lo cierto era que aquel comentario le había pillado demasiado desprevenida.

—Lo reitero: qué tonto eres —rió una vez más—, Toni.

—¿Toni? ¿Y esas confianzas? —intentó mostrarse ofendido— Yo ni sé tu nombre.

—Tú fuiste el que vino para darme una flor y emborracharme con cerveza —replicó con una sonrisa felina en el rostro—. Me llamo Emma.

—Me gusta tu nombre: corto y carismático —asintió con la cabeza—. Va, ¿te encuentras mejor?

—La verdad es que sí —se secó las últimas lágrimas que le quedaban—. Qué tonta soy, un desconocido cualquiera viene y me alegra el día —le sonrió con dulzura—. Muchas gracias, en serio.

A pesar de que Antonio estaba más que acostumbrado a contemplar los rostros sonrientes de las chicas, aquella sonrisa en particular le resultó adorable. Quizás aquella cara sonrosada y llorosa sonriendo le hubiera cautivado de algún modo extraño. Le devolvió una sonrisa, sus mejillas ya también algo coloradas.

—De nada —le acarició la mejilla, todavía sujetando su mano—. Ha sido todo un placer.

—Me has dado una cerveza y un clavel precioso, pero no lo más importante de todo.

—¿Lo más importante? —alzó una ceja.

—Tu número de teléfono —respondió con un tono ladino.

—¡Me gusta tu estilo! —soltó una risotada— ¿Tienes algún papel?

Emma sacó su bloc de notas y un bolígrafo de su bolsito. Antonio cogió ambos objetos torpemente y apuntó su teléfono con una letra más o menos legible.

—Falta algo —apuntó Emma.

—¿Qué falta?

Le quitó el bolígrafo de la mano y dibujó un corazoncito al lado del nombre del joven risueño que le había alegrado el día. Él la miró asombrado para luego esbozar una sonrisa fulgente.

—¡Pero qué mona eres, niña! —juntó sus cabezas— Como no me llames, te buscaré por toda la ciudad hasta dar contigo.

—No hará falta: te llamaré —guardó el bloc y el bolígrafo en el bolso—. Me has caído muy bien.

—Eso espero —le dio un beso en la mejilla—. Y espero que sonrías así durante mucho tiempo, ¿eh?

—Si tú me lo pides… —se tocó la mejilla, colorada.

Ambos se levantaron del banco y ella, rápidamente, se lanzó a los brazos de Antonio para agradecerle todo. Él sonrió y correspondió cariñosamente el abrazo.

—Creo que me voy a enamorar de los claveles por tu culpa —dijo Emma nada más soltarse de Antonio, aún contemplando sus ojos verdes fijamente.

—¡Ni se te ocurra! ¿Quieres que me ponga celoso? —ella se sorprendió con aquella reacción— Enamórate de mí: soy mejor que un clavel.

Volvieron a reír y se despidieron, con todo el dolor en el corazón que le supuso a Emma. No todos los días tenía la dicha de encontrarse con un chico tan peculiar y adorable. A pesar de que él ya se estaba marchando, ella no pudo evitar volverse durante unos instantes para contemplar su figura una vez más. Deseó con todas sus fuerzas volverle a ver de nuevo.

Antonio, por su parte, volvió a su casa más pobre y con una cerveza menos que ofrecerle a Govert, quien no pareció nada contento con la tardanza de su anfitrión.

—¿Dónde has estado? —preguntó irritado, casi con un tono asesino.

—¡No te lo vas a creer, Gov! —exclamó ilusionado a la vez que sacaba las cervezas de la bolsa— Acabo de conocer a una chica maravillosa. ¡La mujer perfecta! Tenías que haberla visto, tío, ¡tenías que haberla visto! —rió nervioso y colorado— Bueno, mejor no. Si la vieras, me la acabarías quitando y no quiero que eso pase.

Govert no se podía creer lo que acababa de escuchar. No se lo quería creer. ¿En un pispás Antonio se había enamorado de una pelandrusca? ¿Así de rápido se tenía que olvidar del hombre al que estuvo persiguiendo como un vil acosador durante tantos putos meses?

—Fijo que es una puta cualquiera.

—¡No es una puta, Govert! —colocó una cerveza con bastante enfado— Estaba llorando por culpa del desaprensivo de su hermano. Como ese capullo la siga haciendo llorar, le parto la cara.

—¿A ella, por llorica?

—No, hombre —carcajeó de nuevo y se sentó al lado de su amigo—. Al hermano, por imbécil.

Las ganas de beber cerveza se esfumaron de golpe. De todas las noticias malas que podía haber escuchado, aquella había sido la peor. Deja a Antonio suelto para que vaya a comprar cervezas y ya va una tipa a robárselo.


Emma terminó su café ante la mirada expectante de Elizaveta, su mejor amiga, y Gilbert, el novio. Parecían ansiosos por seguir escuchando aquella historia.

—¡Es que ese chico era genial, os lo juro! —evitó patalear como un niño que ve un juguete que quiere por la televisión— Súper simpático, buena persona y muy guapo. ¡Qué guapo era! ¡Un morenazo de ojos verdes y cuerpo diez!

—¡Y qué romántico! —comentó Elizaveta, maravillada.

Gilbert las contemplaba con un semblante aburrido. Las mujeres eran así: si aparecía un tiparraco con una sonrisa y un poco de amabilidad falsa, ellas ya caían rendidas a sus pies como si estuvieran ante el dios del amor. ¡Por eso él nunca fingía cuando intentaba ligar! Era él mismo y si la chica en cuestión no parecía care en sus redes, era sencillamente porque ella tendría alguna tara mental.

—O más bien mariquita —se ganó una mirada furiosa por parte de las dos chicas—. ¿Qué? ¿Qué tipo de retrasado va gastándose el dinero en… claveles? ¿Cómo decías que se llamaba el chico?

—Antonio —pronunció el nombre lentamente, extasiada. Gilbert evitó reírse.

—¡No me jodas! ¡Fijo que era mi buen amigo Toño!

—Ahora que lo dices… La descripción sí que cuadra con Antonio —respondió Elizaveta, sonriente—. Emma, pues ya te digo que Antonio es encantador. ¡Mucho mejor que este pesado!

—¿Pesado? ¡Ya quisiera Toño ser la mitad de asombroso que yo! —se rió solo, como de costumbre— Emma, bonita: si es Toño del que estamos hablando, está soltero. Aprovecha antes de que alguna putilla del tres al cuarto te lo quite.

—¿Y si es gay? —preguntó Elizaveta con un tono que era de todo salvo inocente.

Lo que faltaba por oír. Era imposible que Antonio se pudiera excitar con un miembro viril. ¡Si una vez vio a Gilbert como Dios lo trajo al mundo y ni se inmutó! Era una clara señal de que le iba única y exclusivamente el pescado.

—¿Y si nos aplasta una ballena? —Gilbert hizo un gesto melodramático— ¿Qué tipo de pregunta de mierda es esa? ¡Qué gay ni qué niño muerto!

—Oye, tú a mí no me hables así —le tiró de las orejas.

Emma sonrió al ver aquella escena tan cotidiana en la vida de Elizaveta y Gilbert. Ojalá ella pudiera bromear del mismo modo con Antonio algún día.


Miró a su mejor amigo con desgana. Siempre supo que Ludwig no era la alegría de la huerta, pero verlo tan deprimido tampoco era usual. Govert acabó la cerveza y miró fijamente a la botella, preguntándose cómo era posible que acabase tan rápido de beber todo.

—¿Y esa cara? —preguntó al fin.

—Hoy he conocido al hermano de Feliciano —suspiró pesadamente al recordar por enésima vez todos los sucesos.

—¿Y?

—Me odia —dio otro sorbo a su cerveza—. Me insulta, me arroja tomates y encima hace llorar a Feliciano.

—¿Homófobo?

—Quizás —le vino a la mente el rostro iracundo de su cuñado—. Me llama sodomita constantemente.

Ludwig sintió como si su acompañante estuviera a punto de recitar las palabras más trascendentales para la vida de ambos.

—Aunque sea un niño, pégale.

O quizás no.

—Es mayor que yo —notó la cara asombrada de Govert—. Tiene veinte años, me parece.

—Pégale, a ver si se le quita la gilipollez —apoyó el mentón en la mano.

—La violencia no es la solución, además, Feliciano me odiaría.

Intentó buscar otra opción que lograse que Ludwig acabase de una vez por todas con aquellos problemas tan estúpidos que tenía, pero fue incapaz de hallar algo mínimamente aceptable.

—Pégale de todos modos.

A Govert no le entraba en la cabeza cómo un hombre de tal edad podía comportarse como un niño. Y, peor aún, oponerse a la felicidad de su propio hermano pequeño. ¿Qué tipo de escoria era aquella?


El peor día del año había llegado: Emma iba a traer a su novio a casa. Ya le había comentado lo «maravilloso» y «risueño» que era y que Govert tenía que conocerlo le gustase la idea o no. Lo único que sabía él de aquel mequetrefe era que desde que se estaba tirando a su hermana pequeña —porque nunca llevaba condones en el bolso hasta que empezó a salir con él—, Emma se mostraba más rebelde y parecía que se había aprendido algún tipo de discurso absurdo de memoria. También parecía más feliz, pero eso daba igual.

Govert apretó los nudillos. Más le valía al mequetrefe aquel llevar una pistola encima, porque de lo contrario lo asesinaría con sus mismísimas manos.

Escuchó unas carcajadas en el rellano. Al parecer, el momento se acercaba.

—Ven aquí, cabrón rompevirginidades, rompefamilias y rompehuevos —masculló con asco.

La puerta se abrió y se escuchaba la carcajada de un hombre y la voz de su hermana contando algo completamente irrelevante.

—¡Hermanito! ¿Estás en casa? —preguntó ella con la voz más adorable del mundo. Tic en la ceja.

Govert gruñó a modo de respuesta, concienciándose mentalmente de que lo tenía que matar de la forma más vil y sanguinaria posible. Avistó la cabecita rubia de Emma, luego sus manos agarrando unas algo más morenas. Alzó la vista para toparse con el rostro sonriente de aquel cretino que…

No podía ser.

Imposible.

—¡Hermanito, te presento a mi novio! —anunció más deslumbrante que nunca— ¡Se llama…!

La cara de Emma, la preciosa carita de su hermana pequeña, rezumaba felicidad por los cuatro costados. Jamás la había visto tan radiante. Tan feliz. Una mirada embelesada y una sonrisa boba de oreja a oreja adornaban su rostro. A su lado estaba una cara sonriente y jocosa, una que ya había visto en múltiples ocasiones. Aquellos ojos verdes, aquel cabello desordenado, aquel aire enigmático...

—Antonio —continuó Govert, inexpresivo.

—¡Vaya! ¡No me digas que ya os conocíais! —Emma sonrió aún más al notar cómo Antonio la abrazaba por la espalda.

—¡Oh, Dios, Gov! ¡Esto sí que no me lo esperaba! —soltó una carcajada mientras se pegaba más al cuerpo de Emma— Qué pequeño es el mundo.

Y abrazado a su hermana, estaba él: Antonio, también más alegre y dichoso que de costumbre. Incluso parecía enamorado. ¿Enamorado de Emma? ¿Antonio?

Lo que más le costó asimilar fue que aquel al que tanto quería fuera, precisamente, quien le arrebató a Emma. Tan afectado estuvo por la noticia que ni energías tuvo para enfadarse. Permaneció estático, con la mirada perdida. Antonio y Emma seguían parloteando como cotorras, ambos risueños y casi eufóricos. Cada risa suya era una puñalada en el corazón para Govert.

—¡Ey, Gov! ¿No te parece genial que seamos cuñados? —Antonio alzó la mano, como si quisiera que Govert la chocara.

—No me llames Gov —cruzó los brazos—. Y sí, genial.

—Pero si siempre te llamé así —comentó extrañado, sentándose a su lado—. En fin, ¡es extraordinario salir con la hermana de un amigo! —soltó una risita y tocó la punta del cabello de Govert— ¿Sabes? Estaba asustado porque me pensaba que mi cuñado sería una mala bestia que me odiaría. Pero menos mal que somos amigos, ¿eh?

Así comenzó su calvario.


Govert había estado meses soportando al pesado de Antonio y sus malditos abrazos cariñosos con tal de complacer a Emma. Pero él había llegado demasiado lejos, demasiado. Había cosas con las que no se podía jugar y entre ellas estaba Conejito Fluflú. ¡El muy maldito le había vomitado encima! Y también le había lanzado un zapato que le dejó una cicatriz, pero eso aún podría perdonarse.

Lo del Conejito Fluflú no tenía perdón de Dios.

Le resultó curioso que Antonio fuera precisamente quien había escogido y bautizado al Conejito Fluflú, de ahí a que fuera el peluche favorito de Govert. Dormía todas las noches abrazado a él y lo mimaba porque era su bien más preciado. Y va Antonio y le vomita encima. Para Govert aquel vómito fue la puñalada trapera que le demostró que él no era nada para Antonio. Ya no había nada que el español no hubiera mancillado, ¡nada!

—¿No estás exagerando demasiado? —Emma siguió comiendo una manzana.

—Mira, he estado soportando a tu mierda de novio por ti, pero él no colabora. No sabe ni comportarse.

—¡Estaba borracho!

—No tenía por qué emborracharse —gruñó. Intentó no alzar demasiado la voz y conservar la calma.

—¡Govert, no lo hizo con mala intención! Además, estuvo una semana suplicándote perdón y haciéndote todo tipo de regalos. ¿Qué más quieres?

—Que se muera.

A la mierda la paciencia. Llevaba demasiado tiempo siendo un santurrón y soportando a Antonio. Ya no iba a permitir que aquel pelanas alfeñique se acercara a él porque cada abrazo era su perdición. Si tenía que insultarle cada vez que le tocara, le insultaría. Si tenía que darle la paliza de su vida cada vez que osara acercarse a Conejito Fluflú, se la daría.

La guerra había comenzado.


Tenía que buscar inspiración por alguna parte. Le habían ordenado hacer un cómic, ya que el maldito tipo que se encargaba de las viñetas en la revista se había muerto. Como consecuencia, le dijeron al del horóscopo que se pusiera a dibujar. Imbéciles. Emma podría ser una fuente de inspiración. No paraba de hablar y eso podría darle ideas, sobre todo cuando estaban viendo la televisión.

Aunque aquel documental sobre el anarquismo no era muy revelador.

—Ese Bakunin decía cosas interesantes, ¿eh? —Emma señaló el televisor.

—No.

—¡Yo tuve un muñeco que se llamaba Bacunín! —exclamó Antonio desde la cocina, como si aquella estupidez fuera interesante.

—Cállate.

Ignorando la orden de Govert, Antonio entró en el salón haciendo malabares con tomates. Emma le vitoreaba por ser tan buen malabarista, mientras que Govert aumentó el volumen de la televisión para no escuchar las risas de aquel cerebro de mosquito.

Entonces, Bakunin y su esposa, Antonia…

—¿Antonia? —se empezó a reír y perdió el control de los tomates.

Como consecuencia, los tomates cayeron al suelo y mancharon por completo la alfombra. Govert habría montado en cólera si aquel fuera su apartamento, pero como estaba en la casa de Antonio y de Emma no le dio mayor importancia. Simplemente bufó y lo miró con odio.

—¡Toni, lo has manchado todo!

—Será imbécil.

Antonio, cabizbajo, miró a los tomates como si los hubiera matado. De pronto, se dio cuenta de que uno de los tomates no se había aplastado, incluso podría aventurarse a decir que estaba completamente intacto. Lo señaló como si fuera el elegido.

—¡Mirad qué rebelde es ese tomate! ¡No se aplastó!

—Los tomates no son rebeldes —puso un mohín de desagrado.

Volvió a prestar atención al documental, que al parecer había dejado de hablar del anarquismo para centrarse en el comunismo. A los que hicieron el documental les debía de parecer muy gracioso insertar el color rojo cada dos segundos. Govert no sabía si la pantalla era más roja que los tomates que adornaban el suelo.

Miró una vez más al tomate que había sobrevivido la catástrofe. Podría crear un cómic a partir de esa estupidez. Sólo necesitaba un empujoncito más para idear una genialidad.

Pinocho fue a pescar al río Guadalquivir —canturreó Antonio mientras limpiaba el suelo—. Se le cayó la caña y pescó con la nariz.

«Pinocho, el tomate comunista», pensó Govert tras acariciarse cuidadosamente su mentón. No. No sonaba del todo bien.

—Ey, ¿el italiano no os parece un idioma precioso? —preguntó Antonio de repente— He oído que al tomate lo llaman pomodoro. Lo malo es que no pueden hacer el chiste de tómate el tomate.

—Ese chiste sólo lo entendéis los hispanohablantes —Govert frunció el ceño. Antonio se debía de pensar que todo el mundo entendía su maldito idioma—. Cállate ya.

—Y luego algunos nombres, que son muy raros —Antonio se pasó la orden de su cuñado a la torera—. Por ejemplo, Tomás de Aquino es Tommaso D'Aquino —soltó una risita infantil—. Tommaso. Qué nombre. Si conociera a alguien llamado Tommaso, le seguiría Tommasoca.

Govert, ya harto de tanta charla estúpida, le quitó una zapatilla a Emma y se la arrojó al pesado de Antonio. Le importaba un pepino cómo llamasen a Tomás de Aquino en Italia. Aunque Tomás y tomate empezaban del mismo modo... Entonces vio la luz.

Tomás, el Tomate Rebelde… —musitó Govert.

Intentaría apuntarlo. Tampoco sería demasiado complicado dibujar las historias de un tomate rebelde, ¿no? Al menos así sus malditos jefes dejarían de molestarle.


Emma timbró por enésima vez, pero nadie le respondía. Oía algunos ruidos al otro lado de la puerta. Parecía que alguien estaba conteniendo mal las lágrimas. Dejó el timbre y aporreó la puerta, ya preocupándose cada vez más.

—¡Gilbert, abre! Entiendo que estés enfadado conmigo, pero tienes que escuchar mi versión de los hechos…

Para su sorpresa, la puerta se abrió. Si bien los ojos de Gilbert estaban rojos, no había ni rastro alguno de lágrimas. Emma retrocedió un par de pasos al vislumbrar el rostro iracundo de su amigo. Tragó saliva.

—Mira, yo no tengo que escuchar nada —la mirada cargada de odio de Gilbert casi la hizo llorar—. Tengo claro quiénes son mis amigos y quiénes mis enemigos. Lo he tenido que aprender por las malas, pero al menos ahora ya puedo asegurar que eres una puta.

—No me eches la culpa a mí de tus problemas —ella frunció el ceño, dolida por aquellas palabras envenenadas—. Sólo aconsejé a Eli porque no era feliz. En el fondo también te hice un favor a ti.

—Sí, mi novia me puso los cuernos. ¡Gran favor el tuyo! —se mordió el labio, conteniendo las lágrimas— Mira, sólo te digo una cosa —la señaló amenazadoramente—: ojalá que algún día te pase esto a ti. Que Toño abra los ojos y vea lo bicho que eres y te abandone por otra. Ese día estaré ahí para reírme de ti y escupirte en la cara, zorra.

—No sabes ni lo que dices…

—¿Qué no lo sé? ¡Ja! —soltó una risa sarcástica— Dicen que la historia está escrita para que no repitamos los errores del pasado. Mi relación se fue a la mierda, vale. Pero, ¿sabes? Toño también es un ñoño que quiere casarse y tener una familia feliz. ¿Tú quieres eso? No, ¿verdad? Pues ya está. La historia se va a repetir y te lo mereces.

—¿No te das cuenta de que Eli te dejó por tu bien? ¡Lo vuestro era una mentira! Yo… —se secó una lagrimilla— yo sólo le di mi opinión como amiga.

—Se suponía que también eras amiga mía —hizo ademán de cerrar la puerta—. Se suponía.

Acabó dando un portazo. Cogió a su pequeña Julchen, su pollita querida del alma, y le dio un beso. Ella jamás le traicionaría y siempre estaría a su lado. Si es que todas las mujeres eran unas falsas, sobre todo Emma.


Antonio notaba que su novia lo miraba demasiado, como si quisiera comunicarle algo y no se atreviera. Él sonrió levemente y posó su cabeza en el regazo de Emma, mirándola fijamente.

—¿Te pasa algo?

—Ah, nada, sólo estaba pensando —le acarició los cabellos—. ¿Sabes Lovino, el chico al que le doy clases?

—Me has hablado de él —cerró los ojos para concentrarse mejor en las caricias—. Es él quien me quita a mi niña, ¿no? Yo también quiero que mi Emma me enseñe francés.

Emma no pudo evitar sonreír ante el tono cariñoso que inundaba casi siempre las palabras de su chico. ¿Y qué si en ocasiones eran una pareja demasiado empalagosa? Ellos eran felices a su manera y no cambiarían jamás, pasase lo que pasase.

—Tú ya sabes francés —le tiró un poco del pelo como broma y rió de nuevo.

—En fin, ¿y qué le pasa al tal Lovino?

—Pues que siempre está muy solo… No sé. Creo que soy la única amiga que tiene y me siento mal por él.

—¿Cómo no va a tener amigos? A juzgar por lo que me cuentas de él, parece un buen tío.

Si bien el rostro de la joven estaba plomizo, Antonio sólo pudo sonreír ante tanta preocupación. Una de las cosas que más adoraba de Emma era lo bondadosa y comprensiva que era con todo el mundo. ¡Ojalá hubiera más gente como ella en el mundo! No obstante, la realidad era cruel y sólo había una Emma. Tenía que asegurarse de no soltarla jamás.

—Ya… Pero es muy introvertido, ¿sabes? —suspiró— Pero es un chico estupendo.

—¡No digas más! —Antonio se incorporó con una sonrisa radiante— ¡No voy a consentir que un amigo de mi Emma esté solo!

Era cierto que a Antonio le dio pena que el tal Lovino estuviera solo y falto de cariño —¡nadie se merecía la soledad!—, pero en parte la motivación que le llevaba a conocer a aquel chico no era otro salvo contentar a Emma. Al fin y al cabo, la felicidad de su niña era también su felicidad.

—¿De veras? ¡Estupendo! —le besó en la mejilla con cariño— Eres un cielo.

—Lo sé —le dedicó una sonrisa refulgente y optimista—. Sólo espero que Lovino y yo podamos llevarnos bien.

—Lo haréis, estoy segura. ¡Me lo dice mi instinto femenino!

Al día siguiente, Antonio fue a conocer a aquel amigo de su novia que tan solo estaba siempre. Lo que no se imaginaba en aquel momento era que estaba a punto de ver al que un día sería su marido.


Notas: quien avisa no es traidor, ¿eh? Lo advertí: capítulo denso, serio y con saltos temporales bestias. Mientras escribí este capítulo pensé varias veces: oh, dulce ironía~ Y Tommaso il pomodoro ribelle suena terrible xD


EDIT: He decidido terminar el fic en este capítulo y no subir el segundo capítulo extra. ¿Motivo? Creo que este capítulo ha cumplido bien su función de explicar cómo comenzó todo y cómo va a terminar (en serio, ¿nadie se esperaba que se iban a casar? Llevo desde los primeros capítulos insinuándolo xD). A mayores, he corregido las erratas —desde el capítulo uno. Aj, qué tocho— y añadido el contador de palabrotas a final de cada capítulo. Sé que nadie que haya leído ya este capítulo cuando lo publiqué leerá ahora estas palabras, pero yo aclaro esto de todos modos porque... porque sí. Dicho esto, ¡espero que hayáis disfrutado de la historia! Lo siento por no haberme aclarado con lo del segundo capítulo antes :/


Contador de palabrotas: ¡18! (cómo se nota que Lovino no aparece)

Contador de palabras definitivo (¡tachán~!): ¡584 tacosss! Qué obscenidad (?)

En cuanto a los reviews, ¡muchísimas gracias a todos! Me temo que tardaré bastante en responder a vuestros reviews porque estoy muy ocupada ;A; Así que perdonadme, ¿eh?

Nayo: No eran amigos, sino compañeros de clase (?) Y Toño no era cani, por el amor de Dios y los serafines D: Pero Gilbert sí que lo era. Ahora que me doy cuenta, es el segundo fic donde hago que Holanda le dé una patada en los huevos a España... Soy malvada xD

Iggi: Oh, cielos, pues eso casi es la Biblia xD O el Corán. Te aconsejo que gastes tu dinero en algo mejor xD Pero si vienes, yo te firmo lo que sea (?)

La ardilla de Romano: No me ofendes, es más, en cierto modo me halaga que leas el fic a pesar de no gustarte el Spamano :3 Eso sí, discrepo contigo en lo de las parejas. ¿Que Toño tiene poco donde elegir? Hay personajes que sólo tienen uno o dos personajes, mientras que España tiene a Francia e Inglaterra (parejas más o menos famosas), y luego parejas algo más minoritarias serían Bélgica, Holanda, Austria, Prusia y en el fandom hispano, Rusia. Tiene ahí un harén magnífico (?)

Sakura: ¡Bien! ^^ En cuanto pueda, te los envío todos (probablemente te los envíe mañana, si no te molesta ;u;). Pff, yo no tengo facebook, lo siento~

Fuu: No lo imprimas, que destrozarás el Amazonas D: Gracias a ti por leerlo y comentarlo ;) Emma es súper adorable~

Andiee: Malditos resfriados D: Una vez iba a escribir a Gov hablándole de eso a Lovi, pero me resultó tan extraño y perturbador que lo borré xD Gracias a ti por comentar~

Haruna: ¿Pero qué haces levantada a semejantes horas? D: Que no te disculpes, leñe, que no has hecho nada malo ó.òU Sus sobrinas son femAmérica y femCanadá porque lo digo yo xD Tengo un fic donde Rumanía secuestra a Romano, si te sirve de consuelo xD Pon un Gov en tu vida (¿?) Lo invita porque Lovino es todavía más pobre, que ese ni siquiera tiene trabajo xD Harunita, las parejas "alteran el orden", cariño~ Un día la mete uno, el otro día la mete el otro. Así se consigue el equilibrio sexual perfecto (¿?) ¿A qué te meto con el mechero, cacho ñordo? `3´/ Que te vaya atún~

Aizawa Yuu: Totalmente de acuerdo contigo~ Donde esté la imaginación de una fangirl, que se quite todo lo demás~

¡Espero volver a leeros de nuevo! ¡Muchísimas gracias a todos por vuestro apoyo! ;D