Disclaimer: Hetalia le pertenece a su creador, Hidekaz Himaruya.

Título: ¡Que viene el coco!

Personajes/Parejas: Romano, España, Holanda

Advertencias: Ninguna (¡increíble!)


Las ganas de coger a aquel niñato revoltoso y mandarlo callar por las malas iban aumentando progresivamente en la mente de Holanda. Nunca le habían gustado los críos, pero aquel gordito italiano se estaba llevando ya la palma. Se pasaba todo el día pidiendo de comer, intentando "seducir" a su hermana y fracasando estrepitosamente y, lo peor de todo, llorando cada dos por tres. Lo único que le perdonaba era que insultaba y agredía a España con bastante frecuencia. Al fin y al cabo, eso era lo único que Holanda y Romano tenían en común. No obstante, en aquel momento el holandés deseaba que Italia del sur mantuviese su boquita cerrada. Y si no la abría nunca más, mejor.

— Oye, niño – Llamó Holanda con un tono serio, sentado en una mecedora -, ven aquí.

— N-no quiero…

— Que vengas.

— ¡No!

Enfadado, el mayor se irguió de su asiento y agarró al niño de sus ropajes, llevándolo consigo de vuelta hasta la mecedora. Allí lo dejó caer violentamente en el suelo y, mientras Romano refunfuñaba y gimoteaba por el dolor que le había producido el golpe, Holanda volvía a sentarse. Clavó su mirada en el pequeño para asegurarse de que no se escapara.

— ¿Sabes lo que les pasa a los culos de mal asiento como tú, mequetrefe? – Preguntó el rubio con aspecto amenazador.

— No… ¿Qué les pasa?

El italiano no pudo reprimir su curiosidad. Holanda casi nunca le dirigía la palabra, así que era extraño que ahora se mostrase tan interesado en mantener una conversación con él.

— Pues que de noche viene el coco y los come. O los rapta. O peor… - Hizo una pausa para aumentar el ambiente misterioso – Les devora el alma.

— ¿¡En serio! – Romano miró al mayor con desconfianza, aunque se notaba a leguas que estaba amedrentado - ¡Yo no quiero que el coco ese me coma el alma!

— Pues ya sabes, pórtate bien.

Y tras decir eso, el holandés se levantó y se marchó del cuarto, dejando a Romano más solo que la una y, lo peor de todo, ¡al alcance del coco!


Aquella noche, Romano pudo hacer de todo, salvo dormir. Estaba en su cama - ¿desde cuándo era tan enorme? – dando vueltas sin parar, cubriéndose con las sábanas para ocultarse del coco. Escuchaba tantos ruidos misteriosos procedentes del exterior que no pudo evitar pensar que el coco estaba ahí fuera, acechando entre las tinieblas. Antes de poder darse cuenta, ya estaba sollozando. Estaba aterrado e iba a quedarse sin alma, ¡y todo por ser un niño malo! ¿Era por negarse a comer la comida de España? ¿Por insultarle, pegarle y hacerle todo tipo de gamberradas? ¡Debía de ser eso!

Presa del pánico y la angustia, el italiano cogió su almohada a modo de escudo protector y saltó de la cama. Salió del cuarto como un rayo y se quedó vacilando en medio del pasillo. Era tan largo… tan oscuro. ¿Dónde estaba la habitación de España? ¡Los nervios no le dejaban pensar! Rendido, se cayó de culo en el suelo y empezó a llorar a lágrima viva, convencido de que el coco lo iba a raptar de un momento a otro. Su llanto se intensificó aún más cuando escuchó unos pasos… y una puerta abriéndose.

— ¿Romano…? – Preguntó España entre bostezos - ¿Qué te pasa?

— ¡Españaaaa! – Chilló el niño, dejando la almohada en el suelo y aferrándose a la pierna de su guardián - ¡El coco ha venido y quiere comerse mi alma!

— ¿Qué?

— ¡Que sí! ¡Que me lo ha dicho Holanda, tontaina!

España suspiró, dando por hecho que aquella noche no pegaría ojo. Se agachó para estar a la misma altura del niño y acarició la cabellera con una sonrisa en el rostro.

— No dejaré que el coco se lleve a mi secuaz más preciado, ¿eh? – Cogió al pequeño en brazos, llevándoselo consigo hasta la cama – Yo te protegeré, Roma. Pase lo que pase.

España se metió en cama, tapando cuidadosamente a su italiano y depositando un beso en su frente. Romano, por su parte, empezó a sentirse seguro. Sabía que si el coco osaba acercarse a él, allí estaría el idiota de su jefe para impedir que se zampase su alma. De pronto le llegó una idea a la cabeza: si dejaba de ser un niño malo, el coco ya no tendría que perseguirle, ¿no? A lo mejor la solución era una simple disculpa.

— España – Le dio golpecitos en el brazo al moreno -, y-yo siempre te insulto y eso… pero es de broma… Bueno, no siempre, porque un poco tonto sí que eres, pero yo… yo no te odio… Y… Lo siento…

No recibió respuesta alguna. Volvió a darle otro golpecito a España, esta vez obteniendo sólo un gruñido por parte del mayor. ¡Increíble! ¡Se había quedado frito! ¿Y si venía el coco qué?

— ¡Maldito español inútil! – Bufó.

Segundos después se vio abrazado por un español dormido. Qué calentito estaba entre los brazos de su protector. Quizás, al final, no era tan malo que el coco quisiera comerle el alma. Al menos podría pasar las noches junto a España, sintiéndose más cómodo y feliz que nunca.


Muchos, muchísimos años después, Romano ya era una nación independiente. Quizás no era el país más próspero, seguro y rico de Europa, pero al menos ya no tenía que ser el secuaz de nadie. ¡Era libre! Eso sí, pasaba la mayor parte de su tiempo libre al lado de España, su antiguo guardián, hasta el punto de ir con él al supermercado.

Qué triste era su vida, desde luego.

— ¡Romano, Romano! ¡Mira! – Exclamó España, ilusionado - ¡El coco está a mitad de precio! ¿Compramos uno? La leche de coco está muy rica.

— Nada de coco.

— Pero, Romano…

— ¡He dicho que nada de coco!

Cada vez que Romano pronunciaba la palabra coco, un escalofrío realmente desagradable recorría su espina dorsal. España se limitaba a reír, recordando viejos tiempos. Al fin y al cabo, había cosas que nunca cambiarían.


Notas: Hace un rato me puse a beber leche de coco y se me ocurrió esto. No tengo imaginación xD En fin, he decidido hacer una serie de one-shots y/o drabbles sobre España y Romano. Se supone que en cada historia se presentará un hecho y cómo éste repercute en el futuro de los personajes. En este caso, por ejemplo, Romanito tiene miedo del coco y de mayor se niega a comer cocos (?).

Tanto en Romano, por su parte, empezó a sentirse seguro como en Al menos podría pasar las noches junto a España, sintiéndose más cómodo y feliz que nunca me faltó poco para hacer un chiste sobre compresas. Al final no lo hice porque lo consideré improcedente (?)

Y cada vez estoy más convencida de que FF tiene algo en contra de los signos de interrogación y exclamación ಠ_ಠ

¡Hasta la próxima~!