Antes de nada, muchísimas gracias a las personas que siguen esta historia y, especialmente, a aquellos que dejan reviews. Es una gran motivación ^_^ Por favor, disfrutad de este nuevo capítulo.

26. Un día tranquilo

Una suave música llenaba la atmósfera como un arrullo, al igual que el fresco olor del abeto. Entreabrió los ojos. Volvió a cerrarlos y se estiró en la cama. En seguida tuvo la incómoda sensación de que faltaba algo. Miró a su izquierda y comprobó que Kai no estaba a su lado, como solía. Se incorporó con rapidez, pero entonces se dio cuenta de que la música provenía de muy cerca y, poco a poco, se dio cuenta de que conocía la melodía.

Con una sonrisa se calzó las zapatillas, salió de la habitación y cruzó el salón hasta la puerta entreabierta de la pequeña sala de música.

Allí estaba Kai, sentado frente al piano con Aldebarán sentado a su lado en la banqueta, tocando la alegre canción que había compuesto para el recital. Se mantuvo en silencio, escuchándola hasta el final, y viendo la expresión dulce y absorta del bicolor.

Las últimas notas se difuminaron en el aire y las pálidas manos del pianista abandonaron el teclado para posarse en sus rodillas. Alzó la mirada hacia el oriental y le regaló una ligera sonrisa mientras rascaba la cabeza del minino.

-Buenos días, Ray.

-Hola, ¿llevas mucho despierto?

-No demasiado. Es que me llamaron hace un rato –señaló su teléfono, que estaba sobre el piano-, y no volví a la cama para no despertarte.

-¿Quién llama tan temprano?-preguntó mientras estiraba los brazos y arqueaba ligeramente la espalda para desperezarse.

-¿Temprano?-repitió Kai con cierta diversión.

-¿Hmm?-detuvo sus estiramientos.-¿Qué hora es?-el bicolor le mostró la pantalla del móvil. ¡Las once y media! –Oh, diablos...

-Me llamó Sveta, de parte de su madre -explicó.- Al parecer se siente un poco incómoda por las invitaciones y se niega a aceptarlas –suspiró con aire desdichado.-Así que tengo que ir a hablar con mi padre.

-¿Y no sería mejor que hablasen cara a cara?

-Para mí desde luego, pero... ¿crees que Petrova aceptará?

-Bueno, por preguntar... –el ruso asintió. Ray se acercó y lo abrazó por la espalda. Kai se reclinó contra él y cerró los ojos, dejando que le peinase el cabello con los dedos. Sonrió al notar sus labios sobre su frente y entreabrió los párpados para mirarlo. No hacía falta hablar. No cuando se miraban de aquella forma.-Voy a la ducha.

-Vale.

Lo siguió con la vista hasta que desapareció dentro del dormitorio. Pasó las páginas de las partituras hacia atrás y comenzó a tocar la melodía desde el principio. Adoraba aquella canción, que se había convertido en su favorita desde antes incluso de acabar de componerla. Pero apenas hubo vuelto la segunda hoja se vio interrumpido por un raro sonido metálico. Se irguió, sorprendido. Al poco volvió a repetirse, y reconoció aquel eco vibrante como el sonido de un gong.

Se levantó y fue hasta el salón. El sonido parecía provenir de la cocina.

-Es mi móvil –oyó la voz apagada del oriental desde la otra habitación, con el sonido del agua de fondo.-Kai, ¿puedes cogerlo?

-Claro.

Encontró el teléfono en la encimera, donde Ray había cogido la costumbre de dejarlo. Sintió una especie de vacío al pensar que pudiese ser Mariah, pero al mirar la pantalla vio con alivio el nombre de Lee.

-Hola –dijo, hablando en chino.

-Buenos dí... –comenzó a responder una voz, pero el bicolor interrumpió.

-Ray no pude ponerse ahora mismo, está en la ducha.

Se produjo un silencio desconcertado al otro lado de la línea. A miles de kilómetros de distancia, Lee se preguntaba quién era el extraño que le hablaba en su propio idioma, aunque con un leve acento que no acertaba a reconocer.

-¿Quién eres?-preguntó al fin.

-Kai –respondió simplemente, tras una breve vacilación. ¿Le había hablado Ray acerca de su relación?

-Oh, así que tú eres... Vaya... Ray me ha... hablado de ti –vale, de acuerdo con aquel tartamudeo, estaba claro que Ray se lo había contado. Sonrió.-Yo soy Lee.

-Encantado.

-Sí... lo mismo digo... Ahm...

-¿Incómodo?

-Sí... digo, no, no es eso... –rio con cierto nerviosismo.-Es que estoy un poco sorprendido. No esperaba que tú... que cogieses, ahm... –se esforzaba por encontrar un modo de expresarse que no sugiriese ningún tipo de descontento con que hubiese sido él y no Ray quien respondió su llamada.

-Obviamente esperabas hablar con Ray.

-Bueno, en resumen... sí –se rio a su pesar de aquella conversación tan tonta.-¿Qué tal, está todo bien?

-Sí.

-¿Ray se ha portado bien, no ha vuelto a meterse en líos?-inquirió burlón.

-No que yo sepa –repuso con cierta diversión.-Yuri ha estado con él todo el tiempo, así que...

-¿Yuri? ¿El mismo que fue tan borde con Mariah?

-Me temo que sí –dijo con resignación.

-Jajaja, echaba chispas cuando me lo contó –Kai sonrió perversamente, pero comentó nada.-Hmm... también dijo que quería contactar con Ray, ¿lo consiguió?

-Sí... –la puerta de la habitación se abrió y apareció el pelinegro, que lo miró con curiosidad.-Bueno, te paso con Ray –dijo, y tendió el teléfono a su dueño.

-Gracias –le sonrió el chino.-Hola Lee, ¿cómo va todo?

-Muy bien. Quería agradecerte por los regalos.

-De nada.

-¿Te llegó el paquete que te enviamos?

-No, aún no, ¿qué es?

-Ah, no, es una sorpresa... Por cierto... no le caigo muy bien a él...

-¿Por qué crees eso?

-No sé, parece un poco... seco.

-No suele hablar demasiado, no te lo tomes como algo personal.

Kai entró en el baño y dejó de oír la voz del oriental, eclipsada por el agua que caía sobre él. Se sentía extraño después de haber hablado con aquel chico. Quizás porque ahora era más que nunca consciente de que la vida de Ray, su familia, sus amigos, no estaban allí, sino en China. Si lo suyo duraba, como era su intención, uno de los dos tendría que mudarse al país del otro. Evidentemente sería mucho más fácil para él que para Ray... pero no sabía qué acogida tendría por parte de la familia del oriental.

Bueno, suspiró, nadie dijo que aquello fuese a ser fácil.

Sin embargo había otra cosa que lo incomodaba aún más. Sabía que no era correcto, pero el sólo nombre de Mariah lo enervaba. ¿Por qué? Ni siquiera Masefield lo había molestado tanto en su momento. Tal vez porque la relación entre Ray y aquella chica era mucho más realista que la que mantenía con él.

Terminó de aclararse el pelo, cerró el grifo y se envolvió con una toalla. Pocos minutos después salió de la habitación. Ray estaba sentado a la mesa de la cocina, con una taza de té entre las manos. Había otra más lista para él.

-Gracias –dijo.

El pelinegro tardó un segundo en reaccionar.

-Ah, de nada –sonrió.

-¿Algo va mal?-inquirió, preocupado. ¿Había dicho algo que no debía a Lee?

-Madres... –suspiró, encogiéndose de hombros.-Lee trabaja en el restaurante de mi familia, y cuando oyó que él había hablado contigo empezó a interrogarlo, sin importar que yo estuviese escuchando.

-Presiento que el veredicto no es muy bueno –masculló.

-No te conocen, Kai.

-No estoy seguro de que eso mejorase las cosas –repuso, bromeando sólo a medias.

-¿Y?-preguntó. Le dio un sorbo a su taza y mordisqueó una galleta antes de proseguir.-Soy yo quien está saliendo contigo. Tal vez tenga en cuenta su opinión, pero al final la que cuenta es la mía –le ofreció una tierna sonrisa que el bicolor no tardó en corresponder.

-¿Qué tal les va?

-Bien, trabajando duro. Ah, por cierto, Lee dijo que me habían enviado un paquete. ¿Te importa que me pase por mi piso a ver si ha llegado?

-No, podemos pasarnos antes de ir a ver a Sveta.


Hacía mucho que no tenía una mañana tan relajada. Pasaban de las doce y aún estaba en bata y con su taza de café de media mañana en la mano. Sveta estaba sentada al otro lado de la encimera, más pendiente de uno de sus adorados libros que de su tentempié. De vez en cuando levantaba la vista, con la cabeza perdida en su propio mundo, hasta que se daba cuenta de que la miraba. Entonces esbozaba el principio de una sonrisa y volvía a zambullirse en aquellas páginas.

Sí, su hija menor era una compañía de lo más silenciosa, pero realmente lo agradecía. Estando con ella no se sentía culpable por no ser una persona habladora.

Y, en el extremo diametralmente opuesto, se encontraba su hija Valeria. Su voz, alegre y vivaracha, le llegaba desde el salón, donde veía la tele con su novia. Estaban conviviendo las cuatro por una temporada en aquel piso que, el resto del año, era el refugio de Sveta. Y lo cierto era que no se les estaba dando mal.

Al principio Ekaterina había sentido cierto recelo respecto a convivir con una perfecta desconocida. No había sabido de la existencia de Julia hasta su divorcio. El recuerdo que tenía de ella era su imagen fugaz ayudando a Valeria a colocar sus maletas en el maletero de un taxi tras una catastrófica discusión entre la rusa y su padre que había terminado con un portazo y ella llorando a moco tendido en su cuarto. Entonces había llamado a su novia, de la que su familia no sabía nada, y se marchó con ella. Su despedida fue muy breve, llena de hipidos y lágrimas, tanto por parte de Valeria como de su madre y su hermana pequeña, que no acababa de entender qué estaba ocurriendo.

Desde aquel día habían sido muy contadas las ocasiones en que había visto a la mayor de sus hijas, y no podía evitar echarle algo de culpa a aquella misteriosa extranjera. Sin embargo también reconocía que había sido el gran apoyo de Valeria y que aquella decisión de fugarse, aunque precipitada, fue acertada.

Ahora que la conocía empezaba incluso a tenerle afecto. Julia era de origen español, por eso al principio la habían sorprendido su piel tan blanca, su cabello mitad rubio y mitad castaño claro y sus ojos de un intenso color verde. Siempre había relacionado la imagen de los españoles con gente de piel tostada y ojos y cabello oscuros. Cuando se lo comentó, la muchacha rio a carcajadas y le explicó que en su tierra identificaban a los nórdicos con gigantes rubios de ojos azules. También le reveló, divertida, que no le gustaban los toros y que no sabía bailar flamenco. Ekaterina confesó que detestaba el vodka y que no sabía patinar sobre el hielo. Las cuatro habían reído mucho aquella tarde.

Sonó el timbre de la puerta, haciendo que Sveta se desconcentrase de su lectura.

-Voy yo –murmuró mientras colocaba el marcapáginas. Caminó con cierta pesadez y abrió. Tenía la cabeza un poco espesa, y por eso tardó un poco en reaccionar.-Oh, hola chicos.

-Buenos días, Sveta, ¿te... hemos despertado?-preguntó Ray con una sonrisa culpable al verla frotarse un ojo.

-No, qué va. Adelante, pasad –dijo haciéndose a un lado.-¿A qué debo el honor?

-Traigo un recado para tu madre –explicó el bicolor.

-Pues estás de suerte porque... –señaló a su espalda.

Los chicos se giraron y se encontraron frente a frente con su profesora... despeinada y en bata. Ray parpadeó un par de veces. En su cabeza aquella imagen chocaba frontalmente con la que estaba acostumbrado a ver en clase.

-Buenos días, chicos, ¿qué tal?

-Bien, esperamos no molestar, si estuvieron en pie hasta tarde...

Madre e hija se miraron, desconcertadas.

-¿Cómo lo sabes?

-Ah, pues... –el pelinegro no supo qué decir. ¿No se suponía que en Navidad se reunían las familias?

-Verás, Ray, en Rusia no es común celebrar el veinticinco de diciembre –explicó Kai.-Luego te explico.

-Nosotras tenemos una invitada española, por eso anoche estuvimos celebrando –sonrió Ekaterina.-¿Por qué no os acomodáis en el salón? ¿Os apetece tomar algo?

Declinaron la oferta y la siguieron hasta la sala. Sveta desapareció un momento y regresó con un libro en la mano. Las dos chicas que ocupaban el sofá se levantaron al verlos.

-¡Hooola! –saludó con voz cantarina la hermana de Sveta.-Ray y Kai, ¿cierto?-sonrió satisfecha cuando el oriental asintió.-¡Estupendo! Es que normalmente soy fatal para los nombres.

-Doy fe –afirmó la muchacha a su lado. Era muy guapa, con el cabello castaño y rubio, hermosos ojos verdes y sonrisa fácil. Valeria hizo un puchero y le dio un suave codazo.-¡Es cierto! Me has puesto tantos nombres que a veces ya no sabía ni cómo me llamaba –su risa era contagiosa, e incluso el bicolor sonrió divertido.

-Pero ahora ya me lo sé.

-Tendría su guasa que no pudieses recordar el nombre de tu propia novia –señaló su hermana pequeña. Como respuesta Valeria simplemente le sacó la lengua.

La española se rio.

-Con todo esto creo que aún no me he presentado. Soy Julia, encantada.

-Un placer –respondió Ray.

De forma automática la chica se acercó para besarle la mejilla, pero al ver el desconcierto del oriental por su repentina proximidad se detuvo.

-Oh, perdona, la costumbre –se disculpó.-No me doy quitado lo de saludar con dos besos.

-No pasa nada.

-Bueno, Kai –habló la profesora Petrova mientras se sentaba. Los jóvenes la imitaron-, ¿qué era lo que querías decirme?

-Es acerca de las invitaciones para la gala del museo Pushkin –la expresión de la mujer se fue tornando seria a medida que lo escuchaba.-Tengo entendido que hay algún problema.

-No es exactamente un problema –puntualizó.-Simplemente pienso que es un obsequio exagerado, sobre todo viniendo de alguien a quien apenas conozco, y querría que se las devolvieses.

-Mamá... –protestó Valeria.

-No, no creo que sea correcto aceptarlas.

El bicolor asintió con la cabeza.

-Si le digo tal cosa a mi padre, me enviará de vuelta para que trate de persuadirla. Para acabar antes creo que debería hablar directamente con él. Puedo llevarla ahora.

Ekaterina tardó un poco en responder, sorprendida por la propuesta.

-Yo no... quisiera molestarle...

Kai miró su reloj.

-Ya debe de estar en casa.

La mujer tamborileó los dedos sobre sus rodillas. Sentía cierto reparo respecto a hablar directamente con Andrey Hiwatari. Sólo había estado con él unas horas, pero en ese breve lapso había visto tanto su lado áspero y duro como su faceta más vulnerable. Nunca había sentido que conocía a alguien en tan poco tiempo, y eso la asustaba un poco.

Respiró hondo. No tenía edad para comportarse como una quinceañera. Y no tenía derecho a mandar a Kai de un lado para otro.

-De acuerdo, si no es molestia... –el joven asintió.-Tardo un minuto.


Apenas se fijó en el camino que tomaban. Simplemente trató de relajarse en el asiento de atrás –Ray le había ofrecido amablemente el lugar del copiloto, pero ella lo rechazó- y no pensar en las palabras de Valeria. Su hija había protestado un poco por no poder ir también. Quería conocer al novio de su madre, decía. Sabía de sobra que era una broma, pero aquellas palabras se le habían atragantado, y era incapaz de tomárselas como tal. ¿Era posible que aún no hubiese acabado de asumir su divorcio?

-Ya hemos llegado –anunció Kai.

Ella volvió a la realidad. Sintió un poco de aprensión al ver lo enorme de la mansión a la que se acercaban y la amplitud de los perfectamente cuidados jardines. Otra vez, como en el restaurante, sentía que aquel no era su lugar.

Entre todas sus preocupaciones una parte de su mente se formuló la pregunta de ¿por qué siempre hay una fuente frente a la puerta principal de las mansiones? Se sintió un poco tonta por haber hecho semejante apreciación, y se habría reído de sí misma si no hubiese estado tan tensa.

El coche se detuvo. Kai salió enseguida del vehículo, pero Ray se demoró un poco. Fue un pequeño consuelo ver que no era la única a la que no le apetecía estar allí. El propio oriental le abrió la puerta y le brindó una sonrisa de apoyo.

El mayordomo salió a recibirlos y, a petición del joven ruso, los guió hasta una sala en el primer piso, en la que Andrey solía pasar el rato. Sin embargo en aquel momento era otra persona la que estaba allí, mirando indolentemente por el ventanal.

-Disculpe, señor Ivanov –el mayordomo carraspeó-, ¿ya se ha marchado el señor Hiwatari?

-No, ha ido un momento a buscar unos papeles, volverá enseguida. Hola chicos –saludó poniéndose en pie-, señora.

-Bien –dijo Kai.-Gracias, Mijaíl, puedes retirarte.

-¿Bryan y Yuri aún duermen?-inquirió Ray.

-No. Acaban de irse a dar una vuelta por la ciudad. Por cierto, soy Dimitri Ivanov –dijo extendiendo su mano hacia la mujer.

-Ekaterina Petrova, es un placer –correspondió al saludo.

-Dígame, ¿fue usted quien le envió la flor?

-Sí.

El hombre sonrió afablemente y asintió para sí. Ella quiso preguntarle por qué sonreía, pero entonces se abrió la puerta.

-Lo siento, no daba encontrado mi... –Andrey pareció descolocado por un segundo al ver a tanta gente allí.-Vaya, qué visita tan inesperada.

-Espero no molestar –dijo la profesora.

-En absoluto –el señor Hiwatari esbozó una sonrisa. Tenía ojeras bajo los ojos, pero no mostraba ningún otro signo de cansancio.-Me alegro de verla.

Aquella respuesta hizo que su hijo sonriese con cierta sorna.

-He venido simplemente por lo de... las invitaciones para... –explicó mientras buscaba en su bolso hasta que al fin extrajo un sobre.-Verá, no puedo aceptar...

-¿Por qué no?-dijo, con una expresión totalmente consternada.

-Es un regalo excesivo.

-Bobadas... –negó con la cabeza.

-¡Apenas me conoce! Debería dárselas a un buen amigo, no a mí.

-Él es el único amigo que tengo –dijo señalando a Dimitri-, y ya está invitado, igual que mi hijo. Si no acepta se desperdiciarán, así que...

-Pero...

-Por favor, Ekaterina... –suplicó.

Kai se habría reído de pura estupefacción. Su padre estaba comportándose de un modo tan jovial, tan cercano... le recordaba al Andrey que jugaba con él y le leía cuentos de niño.

Ekaterina, por su parte, estaba comenzando a sonrojarse. No sabía muy bien qué debía hacer.

-¿Quiere ir a tomar un café?-preguntó de pronto el señor Hiwatari.

-¿Dis... disculpe?

-Dice que apenas nos conocemos, que regale las entradas a un amigo. Bueno, pues conozcámonos –se dio cuenta de que aquello sonaba demasiado osado, incluso para él, así que añadió-: No me refiero a una cita, simplemente acompáñenos a Dimitri y a mí. Y así se repiensa la invitación.


-Bueno, al final se van a llevar bien y todo –sonrió Ray mientras se ajustaba el cinturón.

-Eso parece.

Kai se veía de bastante buen humor por la perspectiva. La profesora Petrova era una persona agradable y con la cabeza bien amueblada, un buen cambio respecto a las mujeres de las que solía rodearse su padre.

-Por cierto, aún tienes que explicarme lo de celebrar o no la Navidad –le recordó el pelinegro.

-Verás, en Rusia la fiesta más importante es Fin de Año, y la Navidad se celebra el seis y el siete de enero. Lo que ocurre es que tanto mi padre como mi madre vivieron algunos años fuera cuando eran niños, en... escuelas de prestigio. Y luego siempre viajaron mucho, y muchos de sus inversores son extranjeros. Por este motivo celebraban el veinticinco de diciembre.

-Ya veo.

-¿En China celebráis este día?-inquirió extrañado.

-Es una fecha conocida, y en algunas familias colocan un abeto y se hacen regalos. A los comerciantes les interesa promover el consumo y a la gente le gusta la fiesta, así que... –se encogió de hombros.

-Dinero, dinero, dinero... –canturreó el ruso.-Ese sí que es un gran incentivo. Supongo que casi nadie conoce la verdadera historia del veinticinco de diciembre.

-¿Te refieres al nacimiento de Jesucristo?-Kai asintió.-No, casi nadie lo conoce. La cultura occidental no es tan conocida allí, del mismo modo que aquí apenas se sabe mucho de la oriental.

-¿Como que las galletitas de la suerte son un invento de los estadounidenses?

-Vaya, no esperaba que lo supieses –admitió Ray.

-No estoy seguro de dónde lo oí, o leí, pero me pareció curioso, por eso lo recuerdo.

Kai giró a la derecha, hacia una zona en la que el chino no había estado, al sureste.

-¿Adónde vamos?

-Hacia la Facultad de Administración. Necesito un libro sobre finanzas internacionales. Es una asignatura optativa que estoy cursando.

-Suena... –Kai lo miró con un deje burlón-, a algo que no me gustaría, francamente.

-La carrera entera es algo que yo no haría por propia voluntad.

-Pero es tu último año, ¿no?

-Afortunadamente.

Estacionó frente a una librería de aspecto antiguo. Al entrar tintinearon las campanillas. El sonido trajo muchos recuerdos a Ray. Miró hacia arriba, al grupo de tubitos metálicos que se agitaban sobre su cabeza, iguales a los que su madre había puesto en la puerta del restaurante.

Se apresuró a seguir al bicolor entre las atestadas estanterías que llegaban hasta el techo. En un rincón había apoyada una escalera para poder alcanzar los volúmenes que había más arriba. El ruso se detuvo en una estantería bajo el rótulo de "Administración y dirección de empresas". Recorrió las baldas con la mirada hasta dar con lo que buscaba, un libro no muy grueso con un mapa del mundo impreso en las tapas.

-¿Quieres que busquemos a Yuri y a Bryan?-le preguntó tras haber pagado, mientras salían del establecimiento.

-Claro. Por cierto, ¿sabes si estarán para Fin de Año?

Kai rio alegremente, lo atrajo hacia sí y le dio un beso en la frente. Agradecía tener un día tan tranquilo como aquel.