Debido a un error personal, los capítulos de ésta primera parte de Nuevos Caminos, han sido borrados casi en su totalidad. Siento si hay alguien que estuviese en plena lectura del mismo. Iré re ubicando los capítulos poco a poco de nuevo, para que vuelva a estar completa. De todas formas, indico que me he tomado la libertad de corregir ésta historia y organizar de una manera más lógica y leíble la narración de la misma, sin alterar en ningún momento la trama de la misma.

Pido disculpas de nuevo por el error.


Prologo

El día amaneció nublado, sin embargo, aquello no fue motivo suficiente para que Rachel se sintiera mal. Era su día.

Estaba a punto de despedirse de su infancia y emprender un nuevo camino lejos de allí. Y por supuesto no lo iba a hacer sin antes despedirse de sus vecinos, esos que estaban acostumbrados a verla cantar frente a un público imaginario en el jardín trasero de su casa. Aquellos que durante años, tuvieron que soportar la insatisfecha curiosidad de la pequeña y sus impertinentes preguntas, y que incluso en aquel último día, iban a recibir la más especial de las ocurrencias de la pequeña de los Berry.

Sra. Fairbanks, he venido a despedirme… nos marchamos esta misma tarde y quería decirle que ha sido un placer para mi compartir mis primeros 15 años de vida con usted y su familia, guardare un grato recuerdo y prometo dedicarle algún premio cuando viva en Nueva York. Gracias por todo.

No, estaba loca. Rachel ya era toda una adolescente, pero esa inocencia de la que hacía gala en la mayoría de sus acciones, seguía otorgándole ese aire infantil de alguien que aún se sentía niña, y que la llevaba a hacer cosas como aquella, a pesar del empeño de sus padres por evitarlo. Aunque lo cierto es que sus padres tenían mucho que ver en la nerviosa y especial personalidad de Rachel. Eran ellos los que siempre terminaban por cumplir los deseos que su hija se proponía cumplir, costase lo que costase.

Dicen que cumplir 15 años es el paso definitivo hacia una nueva época, hacia una madurez latente que empieza a dar sus primeros pasos poco a poco, pero que aún te permite seguir guardando esa actitud infantil en algunas ocasiones.

Para Rachel, cumplir los 15 no fue menos que un simple paso hacia la adolescencia. Era algo por lo que llevaba mucho tiempo esperando, y que terminó consiguiendo a base de esfuerzo. No, no se trata de un cumpleaños más. No se trata de sobrevivir 14 años para poder cumplir 15. Para Rachel, lo verdaderamente importante de aquel día, fue lograr el primero de sus sueños, y conseguirlo gracias a su tenacidad y perseverancia.

Todo un año repleto de sobresalientes y notas de felicitación por su capacidad en el colegio, le sirvieron para conseguir que el jardín de su casa se llenase de globos, de papelillos, de focos y hasta un escenario, en el día de su cumpleaños. Todo un año de mofas por parte de algunos de sus compañeros, e ignorancia del resto que se esfumó gracias a varias mesas repletas de refrescos, sándwiches, patatas y una gran fuente de golosinas. Sin olvidar la enorme tarta coronada con una estrella de chocolate.

Rachel nunca fue popular entre sus compañeros. Ser hija de dos padres gays, Leroy e Hiram, y vivir terriblemente obsesionada por los musicales y su empeño en demostrar que no había nadie más con su talento en Fairbrooks, provocaba cierta reacción de desagrado en los demás chicos, llegando incluso a recibir las quejas de algunos de ellos por su fanatismo desmesurado. Sin embargo, si tuvo la oportunidad de congeniar con alguien que sí recibía la admiración del resto. Spencer fue la única chica que la recibió con una sonrisa cuando llegó por primera vez al colegio, a la tierna edad de 10 años. Bueno, lo cierto es que no solo Spencer fue su amiga en aquel colegio y fuera de él. Por aquel entonces en su vida había otra persona más. Una chica que llegó a conquistar su corazón por la timidez y la dulzura que desprendía. Una chica que sufría de grandes complejos y que se escudaba en una enorme imaginación para ignorar el horror que sufría por culpa de los otros chicos, y de su propia familia. Una chica que desaparecía por semanas cuando su abuela la reclamaba en Columbia, y que a pesar de su amistad, le falló cuando menos lo esperaba. Ni siquiera se dignó a acudir a su fiesta de cumpleaños, a pesar de la insistencia de su invitación, y el deseo de poder tenerla a su lado en un momento tan especial.

Rachel nunca volvió a saber nada más de ella. Lucy desapareció de su vida, y de la de Spencer sin un adiós o un por qué. Desde aquel día, Rachel solo encontró el apoyo y la amistad en Spencer, hasta que un trabajo imposible de rechazar para su madre, la obligó a marcharse hacia California, junto al resto de su familia. La ciudad de Los Ángeles iba a ser el nuevo hogar de Spencer. Demasiado lejos para Rachel, que aún tenía que conformarse con seguir deslumbrando a los paupérrimos habitantes de Lima, antes de que su talento la llevase a dar el salto definitivo al estrellato; Broadway. Y ese mismo objetivo fue el que la llevó a pedirles a sus padres, que la fiesta de cumpleaños se convirtiese en su primera presentación en público. Fueron tantas las canciones que cantó y tanto el talento que desprendió, que no hubo nadie que no terminase cayendo en su hechizo, y le regalase una ovación al final de cada interpretación, dando así por satisfechas las últimas pretensiones de Rachel antes de dar por concluida su estancia en el colegio.

A partir de aquel día, en el que cielo se teñía de nubes y el verano parecía tener contados sus horas, Rachel debía empezar a convertirse en toda una mujer. Y lo iba a hacer empezando a tomar sus clases en el Instituto Mckinley, donde no tuvo más remedio que solicitar acceso por culpa de aquel repentino cambio de residencia al que se vieron obligados sus padres.

Un cambio de residencia que llegó por la cercanía del trabajo que por aquel entonces mantenía Hiram, y que benefició sin dudas a Rachel, que veía como se presentaba ante ella una nueva oportunidad de empezar desde cero. De conocer a chicos nuevos y ganarse su confianza, y por qué no, la admiración de todos ellos. De empezar con buen pie y dejar atrás el suplicio en el que llegó a convertirse el colegio, y ser alguien más que la pequeña judía de los Berry, que soñaba con ser una estrella.

¡Papá!— gritó nada más regresar su casa, después de haberse despedido de todos los vecinos que vivían en su calle. Estaban en plena mudanza, y el jardín era un completo caos repleto de cajas, de trastos que no iban a volver a utilizar y que entorpecían el paso hacia el interior de la casa. Y fue uno de esos trastos el que llamó la atención de Rachel¿¡Qué le ha pasado al buzón!?

Tu padre lo arrolló con el cortacésped. Es para el montón de la basura. No sirve más.— Fue Leroy quien le respondió mientras se esmeraba en recoger algunas piezas de la parte trasera del jardín.

¿¡Puedo llevármelo!?—volvió a preguntar—No quiero que lo tiréis a la basura.

Ni hablar… es basura y la casa nueva ya tiene un buzón mucho más bonito.—Respondió dejando sin opción alguna a Rachel, bueno tal vez sí que la tuvo. Como era de esperar en ella, no se iba a quedar de brazos cruzados viendo como algo por lo que sentía aprecio, terminaba hecho trizas en la planta de reciclaje de Lima, aunque fuese un simple buzón de madera ennegrecida y cantos de metal mohoso.

¿Cuántas cartas había recibido ese buzón? No importaba que fuesen buenas o malas las noticias que llegaban a él, un buzón siempre era parte importante de un hogar para Rachel.

Aún recordaba la primera vez que tuvo permiso de sus padres para poder recoger el correo de su interior, ganándose así el respeto y confianza de ellos como para encargarse de un menester tan importante. Bueno, tal vez no fuese algo tan especial para ella ahora, pero sí lo fue cuando apenas tenía 11 años y quería sentirse importante en su familia. Aquel viejo buzón había formado parte de su vida, de aquel paso en el que una niña necesita sentirse responsable, y ahora yacía casi destrozado en el suelo de su jardín, permitiendo que la humedad del césped comenzara a invadir su madera y acabase poco a poco con él, antes de su destrucción completa en la planta de reciclaje.

No lo iba a permitir, y aun sabiendo que se estaba saltando una orden explicita de su padre, al que siempre obedecía, no tardó en hacerse con la parte superior del buzón, y arrastrarla con ella hasta el interior del garaje, donde otro alud de cajas se amontonaba por cada esquina. Cajas que guardaban las herramientas que ella buscaba con ahínco para llevar a cabo el último de sus planes antes de partir hacia su nueva vida. Un martillo fue el elegido para el mismo.

—¡Rachel! ¿Estás bien?—cuestionó su padre al oír el tremendo golpe que atinó a darle a la caja de madera.

Sí papá, solo estoy…estoy guardando algunas herramientas—se excusó recogiendo rápidamente los restos de tablas en los que había convertido al buzón. Si no podía llevárselo entero, al menos podría guardar una parte de él que no supusiese ningún problema para la casa nueva. La imaginación ante todo, pensó tras decidir cuál de las tablillas era la que mejor iba a quedar enmarcada en la pared de su nueva habitación. Pero lo que no supo es que aquella caja de buzón, contaba con algo más que unas simples maderas apuntilladas. Junto a una de ellas, la que servía como base, había una pequeña trampilla que permitía el cierre de la misma, y que en ese instante tras el golpe, mostraba el borde de un papel rosado que sobresalía de la misma.

Pensó en algún tipo de panfleto publicitario al verlo, pero aquella idea se esfumó cuando consiguió sacarlo. Era un pequeño sobre y no lo dudó. Rachel lo abrió sin pensar, asegurándose de que su padre seguía ajeno a su genial idea de despiezar el buzón, y se dispuso a averiguar que guardaba en su interior.

Se descompuso al descubrirlo. De sus dedos ya colgaba una pequeña y delicada cadena de oro, o al menos eso parecía, con una estrella engarzada a la misma que se balanceaba ante su atónita mirada, y junto a ella en el interior del sobre, una nota que decía lo siguiente:

Querida Rach.

Estoy mal. Mis padres me trasladan a Columbus. Me quieren ingresar en un centro de reeducación o algo así, y estoy realmente asustada. Antes de marcharme me gustaría que vinieses a verme a la casita del árbol de Spencer, estaré esperándote mañana por la tarde. Necesito verte. Hay algo muy importante que tengo que decirte y no sé cómo hacerlo, pero tengo que hacerlo. No me falles, te estaré esperando.

Te extraño.

Lucy.

¿Lucy?— balbuceó Rachel confusa—¿Desde cuándo está esta nota aquí?