PRÓLOGO

Hoy sería un día como cualquier otro, o, al menos, eso esperaba. Era patético ver como me aferraba a mi rutina como si fuese un salvavidas. Tenía claro que esta era la vida que yo quería, ajena a todo menos a mis responsabilidades básicas: la escuela, mi casa...

Mamá estaba como siempre furiosa e histérica. Al menos hoy su furia no estaba dirigida a mí. Claro que el enfoque de su ira creaba en mí el deseo estúpido de que fuera a mí a quién gritara.

Detestaba cada vez que ella se enfadaba con Nessie, mi hermana menor. Ambas eran tan similares que asustaba. Tenían los mismos ojos de un verde oscuro cálido e intimidante, la furia era el sentimiento que se distinguía mejor en ellos. El cariño, la dicha, la tristeza y la soledad eran casi indistinguibles mientras fueran concientes de que las estaban mirando.

Si bien Renee, mi madre, era un acertijo para mí, mi hermanita era un cristal transparente. Sabía todo sobre ella, cada una de las cosas que pasaban por su mente ya que le era imposible no decírmelo. De alguna forma, ella necesitaba que yo lo supiera, que la mirara sin inmutarme y le dijera lo que realmente pensaba.

Sabía que ella necesitaba un guía y que mi madre, Renee, carecía de talento para serlo. Así que, a pesar de ser solo dos años mayor que ella, yo había adoptado ese papel.

Vanessa tenía serios problemas con el tino. Era directa mas no siempre sincera y carecía de tacto y sensibilidad. Tenía un ecuánime fijación con ser malvada, tanto con la gente que quería como con la que odiaba. A sus 14 años odiaba a más gente de la que yo conocía.

Siempre quise que ella fuera una señorita elegante y dulce pero su naturaleza salvaje y rebelde la convirtió en una criatura desconfiada y algo violenta.

Renee decía que, a diferencia de mí, ella sabía defenderse y tenía razón, ahora lo sé.

Ahora que veía a sus ojos no titubear ante la mirada enfebrecida de mi madre, ahora que veía su obstinada barbilla alzada desafiante sin muestra alguna de temor, ella era valiente a diferencia de mí.

Sabía que mi naturaleza me jugaría en contra. Cuando uno es niño el ser amable, educada y sentimental son cualidades excelentes pero, al comenzar el colegio se convierten en una debilidad y yo, a todo ello, le tenía miedo. Miedo a estar sola.

Creía que sí me mostraba tal y cual era, un ser egoísta y ambicioso, ellos me odiarían, lo que es cierto; pero jamás pensé que por ser "buena" también lo harían.

Quién sin duda me odiaba más era mi misma hermana. Casi podía sentir su desprecio cuando me hablaba sin necesitar un concejo. Casi podía percibir las oleadas de odio que brotaban desde su cuerpo y lo merecía. Merecía cada una de las cosas que ella deseaba para mí.

¿Por qué? por ser llorona y mojigata. Por estar siempre preocupada del que dirán, de las notas en la escuela, de que mis profesores me quieran, de que mis compañeros me acepten. Siendo exactamente lo que ellos querían que fuera. Hasta hace poco no sabía quién era yo.