Los personajes pertenecen a Meyer la historia a otra gran escritora. Yo solo se las doy a conocer por este medio. Espero que la disfruten al igual que yo.


Argumento:

Isabella Marie Swan Dwyer tenía que trabajar un mes sin que nadie supiese quién era en realidad. A cambio, su padre dejaría de buscarle pretendientes. Quería encontrar un hombre que la quisiera por ella misma, no por el dinero que tenía. Pero a Edward Cullen, el primer hombre que se encontró al comenzar su nueva vida, lo único que le interesaba era el dinero.


EL DESEO DE UN AMOR

Capítulo Uno

Los ojos de Isabella Marie Swan Dwyer eran cafés, como los de su padre, pero en aquel momento los de Charlie Swan tenían un brillo malicioso. Isabella estaba enfadada con él, y le miraba con el ceño fruncido desde el sofá.

-Tú tienes la culpa de todo -le reprochó.

-¿De qué?-contesto de manera despreocupada Charlie.

-Alec.

Charlie suspiró y se metió las manos en los bolsillos.

-Ya sé a lo que te refieres -confesó-. Yo lo hice con buena intención.

-No, no me refiero a tus intentos de buscarme novio. De lo que me quejo es de que seas tan rico.

-Muchas veces he pensado en entregar toda mi fortuna a los pobres y vivir de la caridad.-

Su hija le miró fijamente.

-Nunca sé si los hombres me quieren por mí misma o por tu dinero. Daba la impresión de que Alec estaba locamente enamo rado de mí, y yo... le iba cogiendo cariño. ¡Y luego averiguo que sólo quería comprometerse conmigo para poder llegar a ser tu socio en los negocios! ¿Cómo se le pudo ocurrir tal cosa? ¡Además, tra bajando en una empresa de computadoras que te hace la competencia!

Su padre se acercó a la ventana.

-Mira qué sol. Fíjate, ¡ya estamos en primavera!

-No cambies de conversación.- Él se encogió de hombros.

-Bueno, cariño, tú no eres nada fea.

-Tampoco soy pobre, y ése es el problema.

-Alec no parecía un mal partido.

Así que había sido cosa suya, pensó Bella, como le gustaba que le llamaran. Su padre le había presentado a Alec Vulturi en una fiesta. Charlie Swan pensaba que, a los veintiséis años, su única hija ya estaba preparada para el ma trimonio. Así, sin ningún disimulo, se había pasado todo el año pre sentándole posibles pretendientes para que ella eligiera. Quizás, si su madre no hubiera muerto, su padre no se habría molestado tanto. Pero de hecho, estaba dispuesto a casarla como fuera, y no iba a atender a razonamientos.

Alec Vulturi parecía un buen partido. Se trataba de un joven ejecutivo de una empresa de computadoras, y Charlie se había fijado en él en una conferencia de informática. Su padre le había llevado a casa para que le conociera Bella, con el mismo orgullo con el que un perro de caza muestra su presa.

Alec, por su parte, había cortejado a Bella con notable entusiasmo, pero ella había reaccionado fríamente entre sus brazos. Ningún hombre había conseguido excitarla nunca. Bella era virgen, pero estaba segura de que podía ser muy apasionada. Le encantaban la velocidad, las emociones fuertes, y muchas cosas que su padre aseguraba que serían su perdición.

Después de romper su compromiso con Alec, no había vuelto a verle. De eso hacía ya un mes. Se había marchado un par de se manas a Francia, y había vuelto muy morena, un tanto amargada y llena de rencor hacia su padre. Ahora volvía a aburrirse, y sus discusiones con él se habían convertido en una manera como cual quier otra de romper el tedio.

-Quiero que me quieran por mí misma -murmuró.

-Yo te quiero -replicó su padre.

-Entonces, demuéstralo. ¡Deja de presentarme buenos partidos!

-¡Dios mío! Lo único que quiero es ver crecer a mis nietos.

-Entonces, adóptalos.

Charlie la miró enfadado.

-Deberías avergonzarte, quejándote por ser rica. A muchas mujeres les gustaría estar en tu lugar.

-¡Pues a mí me gustaría ser pobre para variar! -gritó Bella poniéndose de pie-. Y tener la oportunidad de que alguien me ame sin tener en cuenta mi dinero.

-Pues adelante -replicó Charlie-. Te desafío. Si crees que es tan maravilloso ser pobre, pruébalo. Yo empecé sin nada, pero tú has crecido rodeada de comodidades. Veamos si eres capaz de de senvolverte sin ellas durante un mes. Vive sin dinero, trabaja para mantenerte. Y si puedes arreglártelas un mes entero sin decirle a nadie quién eres o lo que vales, te dejaré tranquila en la cuestión del matrimonio, no lo volveré a mencionar. Te doy mi palabra. Bella se mordió los labios. Los ojos le brillaban con malicia.

-Un mes, ¿no?

-Un mes.

-¿En qué podría trabajar?

-Eres licenciada en Historia.

-Hay muchos licenciados en Historia.

Charlie se quedó pensativo.

-Sí, pero creo que podrías hacer algo. Conozco a una señora encantadora que se dedica a escribir relatos de amor históricos. Vive en el norte, cerca del lago Lanier.

-¿En Gainesville? -preguntó ella. Su padre asintió, y Bella le miró fijamente.

-¿Y qué tendría que hacer yo?

-Ayudarle a buscar documentación para su próximo libro. Harry Black me habló de ello ayer mientras estábamos en la reunión del comité del colegio. Él conoce a Edward Cullen, el banquero de Charleston. La escritora es la madre de Cullen. Ella vive sola, con una criada.

A Bella la idea le parecía cada vez mejor. Conocía el lago Lanier. Era un lago artificial, el más grande de Georgia. Muchos de sus amigos corrían en los Rallies que se celebraban en el circuito de Atlanta, muy cerca de allí, y Jacob Black tenía una casa enorme en el lago, donde ella había estado varias veces.

-¿Es una escritora? ¿Escribe bajo seudónimo?

-Sí. Su verdadero nombre es Esme Cullen, pero escribe como Anne Platt.

Bella exclamó:

-¡Pero si yo he leído libros suyos! ¡Es una de mis autoras preferidas!

-Razón de más para que aceptes el trabajo -dijo su padre alegremente-. ¿Quieres que llame a Harry Black para ver si tiene su número de teléfono? Y no te preocupes, no revelaré tu secreto, solamente diré que conozco una persona que está cualificada para el puesto.

-Me parece bien. Te demostraré que no soy una frívola muchacha de la alta sociedad.

Charlie la miró sonriente, con orgullo.

-Pero tienes clase, como tu madre.

-Ella era guapísima.

Su padre asintió.

-La criatura más hermosa del mundo. Todavía la echo de menos, tú lo sabes. Pero bueno, vamos a poner esto en marcha. Diciendo esto, descolgó el teléfono.


Tres días después, un viernes lluvioso, Bella conducía hacia la gran residencia del Esme Cullen. Era una casa hecha de piedra y madera, tan bonita como su maravilloso entorno natural,. Más allá se extendía el lago, con un embarcadero y una cala privados. Lo demás era todo campo abierto, colinas y bosques de pinos. Llevó la maleta al porche y llamó al timbre. Le abrió la puerta una mujer menuda y delgada.

-Soy Milly -dijo presentándose-. La señora Cullen está en el salón. ¿Quiere seguirme?

Bella oyó un ruido en el pasillo. Miró, y vio a una muchachita de unos diez años, de pelo rubio y ojos verdes, que la observaba a cierta distancia.

-Hola -la saludó Bella con una sonrisa-. Soy Marie Dwyer.

No dijo el apellido de su padre, «Swan».

La niña, que parecía muy tímida, la miró muy seria.

-Hola -dijo después de un momento.

-Ésta es una casa preciosa -dijo Bella-. ¿Vives aquí con la señora Cullen?

-Es mi abuela.

Aquella niña era demasiado seria, demasiado formal. ¿Por qué viviría con su abuela? ¿Dónde estarían sus padres? ¿Sería hija de Edward Cullen, el hombre que su padre había mencionado?

-Por aquí, señorita.

Bella se despidió de la niña y siguió a la sirvienta.

Esme Cullen era una mujer de pelo gris, alta y delgada, de mirada viva, Estrechó la mano de Bella con afabilidad.

-Tú debes ser Marie -dijo sonriente-. ¡Me alegro mucho de que hayas venido! Sencillamente, no puedo escribir y buscar documentación al mismo tiempo, y en estos momentos estoy trabajando con la realeza inglesa. ¿Qué información tienes sobre los Plantagenet y los Tudor?

Bella sonrió entusiasmada.

-De hecho, sólo unas nociones, aunque los reyes ingleses siempre me han fascinado. Pero he traído mis libros de historia, buscaré lo que necesite. ¿Qué le parece?

-¡Perfecto!

-¿Va a quedarse a vivir aquí? -preguntó la muchachita des de la puerta.

Bella se volvió. Allí estaba la niña. Sus modales eran propios de alguien mayor de lo que ella era, y en sus ojos no había ninguna expresión de alegría.

-Sí -respondió Esme afectuosamente-. Pasa, Amanda, ésta es Marie Dwyer. Va a ayudarme con las investigaciones para mi nuevo libro.

-Ya me ha dicho cómo se llamaba en el vestíbulo -murmuró Amanda.

-Sí, pero tú no me dijiste el tuyo. ¿Sabes que Amanda significa «merecedora de amor»? Era el segundo nombre de mi madre. La niña abrió sus grandes ojos desmesuradamente.

-¿De verdad? Mi madre está muerta.

-También la mía -dijo Bella-. Te sientes muy sola sin tu madre, ¿verdad?, pero por lo menos tienes a tu abuela.

Amanda inclinó la cabeza, estudiando atentamente a la recién llegada. Bella iba vestida con unos vaqueros y un jersey. Había procurado buscar la ropa apropiada, y decidió no llevar ningún vestido caro, sólo prendas corrientes que no hicieran sospechar a nadie. Pero con su habitual estilo personal, se había puesto un poncho mexicano como abrigo.

-Es precioso -exclamó Amanda señalando el poncho-. Parece un arcoiris.

-Una amiga me lo trajo de México. Puedes ponértelo cuando quieras si te gusta.

A Amanda se le iluminó la carita. Pero luego bajó la cabeza.

-Papá no me dejará -murmuró-. Ni siquiera me deja que me ponga pantalones vaqueros. Dice que no quiere que me convierta en un marimacho.

«Tu padre debe ser un poco raro», pensó Bella; pero naturalmente, no dijo nada.

-Mi hijo es banquero -le confió Esme-. Es mi único hijo vivo. Hubo otro chico, pero nació muerto. Edd es lo único que tengo ahora. Su esposa murió hace algunos años.

Milly apareció llevando una bandeja con café y un pastel. Era muy raro que Esme no hubiese llamado a su fallecida nuera por su nombre. Pero aquello no era asunto suyo, y a ella no le gustaba meterse en la vida de nadie. El hijo debía ser abominable. Se alegraba de que no viviese en la casa del lago. Por un momento, había temido que su padre estuviese intentando buscarle pareja otra vez, pero rápidamente rechazó la idea.

Bella y Esme pasaron una tarde muy agradable, conociéndose la una a la otra. Sorprendentemente, Amanda se quedó con ellas; parecía sentirse atraída por Bella. Bella, a su vez, sentía un cierto afecto por la niña, porque había experimentado su misma soledad cuando murió su madre y su padre se encerró en su traba jo sin dedicarle nada de su tiempo. Quizás aquél era el problema de Amanda también.

A la hora de dormir, Bella ya tenía una cierta idea sobre el plan de trabajo de Esme. Hojeo sus libros antes de meterse en la cama, y extrajo algunas notas para enseñárselas a Esme a la mañana siguiente.

Le gustaba su habitación. Las ventanas daban al lago y estaba amueblada en estilo provenzal. Ya se sentía como en casa. Iba a demostrarle a su padre de una vez por todas que podía arreglárse las perfectamente sin su dinero. Después de lo de Alec, no quería más compromisos arreglados.

Ni siquiera lloró cuando él le dijo claramente que el matrimonio no se celebraría si no se asociaba con su padre. Su orgullo le había dolido mucho más que su corazón.

Suspiró y alejó a Alec de sus pensamientos. Aquella noche no estaba tranquila, no podía conciliar el sueño. Debía ser el ambiente nuevo, las cosas nuevas que la rodeaban, o quizás era por la tormenta que se había desatado fuera. Decidió ir a la cocina y prepararse una taza de chocolate. Quizá algo caliente la ayudara a dormir.

El pasillo estaba completamente a oscuras. Debía ser ya cerca de la medianoche. El resto de la casa estaba en silencio, todo el mundo dormía. La oscuridad era rasgada de vez en cuando por el resplandor de los relámpagos. Orientándose por la claridad de uno de los relámpagos, corrió hasta el vestíbulo, continuó por el pasillo... y chocó directamente con una enorme barrera que le hizo caer al suelo.

Bella le empezó a odiar en ese mismo instante. Desde luego, lo último que él habría esperado sería encontrarse a una mujer en el pasillo a las doce de la noche. Por otra parte, ella tampoco esperaba encontrarse con un desconocido que parecía haber surgido de la tormenta.

-Por todos los... -exclamó una voz tan profunda y tenebrosa como un trueno-. ¿Quién demonios eres tú?

Bella se apartó de la cara sus largos mechones castaños. El rostro que iluminó un relámpago era propio de la novela Jane Eyre. Era alto y fuerte. El hombre más grande que había visto en toda su vida. En la mano llevaba un maletín y un paraguas negros. No llevaba sombrero, su pelo era cobrizo único, nunca había visto un color asi, y lo tenía muy alborotado. Vestía un traje azul mil rayas, y los ojos, que apenas podía ver bajo unas cejas pobladísimas, brillaban por la furia.

-¿Es que no sabes mirar por dónde vas? -replicó Bella, de masiado temblorosa para levantarse-. ¡Ibas andando como un tren de carga! Pensándolo bien, hasta pareces uno.

-Levántese de ahí.

-¡Sí señor! -respondió ella en tono fingidamente cortés, poniéndose de pie.

No le gustaba cómo la miraba aquel hombre, así que se abrochó mejor la bata. Estaba descalza.

-¿Y bien? -estalló él.

-Eso -replicó ella con una cándida sonrisa- es un tema demasiado profundo. Y tú pareces un hombre bastante frívolo. ¿Eres un invitado o un ladrón?

Le miró de arriba a abajo. Daba la impresión duque estaba a punto de explotar.

-Serías un ladrón mastodóntico. Muchacho, me encantaría verte intentando escabullirte de alguien. Su sonrisa no pareció impresionarle demasiado. Dejó el maletín en el suelo.

-¿Me puede decir quién es usted?

-La señorita Jane Eyre*, señor -dijo haciendo una pequeña reverencia-. He venido para ser la institutriz de la niña y para intentar conquistarle.

-Oh, Dios mío, no puedo creerlo -murmuró él acariciando su barba sin afeitar-. Seis horas viajando en avión, después dos reclamando el equipaje... Señorita, si no quiere pasar el resto de la noche en la comisaría más próxima, será mejor que me conteste inmediatamente.

-Hay un teléfono en el salón -sugirió ella-. Te buscaré el número.

Él avanzó hacia ella y Bella retrocedió.

-¡Vamos a ver! -dijo ella tropezando-. Mucha calma. Te vas a hacer daño.

-No, maldita sea-dijo él hoscamente, y continuó avanzando.

-¡Señora Cullen! -gritó Bella, corriendo hacia la habita ción de la señora.

-¿Qué?

Esme salió al pasillo, con expresión sobresaltada y somnolienta. Miró a Bella, que se refugiaba contra la pared, y luego a aquel hombre enorme y desagradable, que estaba a punto de abalanzarse sobre ella.

-¡Edward! -exclamó sonriendo-. Qué sorpresa tan agradable en una noche tan espantosa como ésta. ¡Ven aquí para que te vea, querido! Ya veo que has conocido a Marie Dweyer -continuó sonriendo a Bella, que seguía apoyada en la pared-. Marie, éste es mi hijo, Edward.

-¿Su hijo? ¿Éste es su hijo?

Resultaba dificil creer que fueran madre e hijo, tan distintos como eran.

-¿Quién es ella? -le preguntó a su madre fríamente.

-Bueno, querido... -empezó Esme.

-¿Quién?

-Marie Dweyer -dijo Esme con exasperación-. ¿No te acuerdas de que estaba buscando a una persona que se encargara por mí de la documentación de mi próximo libro?

Se quedó mirando fijamente a Bella.

-¿Y cómo la encontraste?

-En las Páginas Amarillas -murmuró Bella-. En la sección de «Asociaciones de investigadores brillantes».

Él le dirigió una mirada desagradable. Insistió. ¿Madre?

Esme suspiró.

-Fue gracias a un amigo tuyo, Harry Black. Conocía a una persona que conocía a alguien...

-¿Y tiene credenciales?

-Soy licenciada en Historia -dijo Bella dulcemente-. Ya no te va a servir de nada fingir hostilidad hacia mí. Es evidente que estamos hechos el uno para el otro, aunque no lo quieras admitir. Cuando nuestras miradas se encontraron fue como una especie de chispazo...

Él dijo algo entre dientes que Bella se alegró de no haber en tendido. Cogió el maletín y el paraguas.

Esme trataba de no sonreír.

-Edward, no te atrevas a espantar a mi nueva ayudante -dijo después de un momento-. No puedo escribir este libro yo sola, y la necesitaré aquí durante un mes por lo menos.

-¿Un mes?

-Nos hará compañía a Amanda y a mí. A Amanda le cae muy bien.

Así que aquél era el padre de la niña, pensó Bella. Edward Sin Corazón. Daba la imagen del típico hombre de negocios que sólo se dedica a ellos. No era extraño que la niña pareciese tan in trovertida. Con un padre así, no tenía otra salida.

-Yo suponía que los niños eran intuitivos -murmuró él.

-Me alegro mucho de gustarte -dijo con dramatismo-. A mí también me gustas. Los hombres sombríos siempre han tenido un especial atractivo para mí.

Una vez más, pareció que iba a estallar. Su madre, tratando de suavizar la situación, se puso rápidamente delante de Bella.

-Bueno, cariño -le dijo a Edward suavemente-, es muy tarde y debes estar cansado. ¿Por qué no te vas a la cama? ¿Puedes quedarte todo el fin de semana?

-Sí -dijo él-. ¿Y podrías, por favor, mantener a Jane Eyre fuera de la vista mientras mis invitados estén aquí?

-¿Invitados? -preguntó Esme.

-Carmen y Tanya Denali. Llegan mañana de Atlanta. Esme suspiró, sin mostrar mucho entusiasmo.

-Tus amigos son siempre bienvenidos.

-Te acostumbrarás a ellos -le prometió él.

-Tendré que acostumbrarme -respondió con resignación.

-Me imagino que una de ellas es tu novia. Está bien, quiero que sepas que me acabas de destrozar el corazón. Yo, que me había enamorado de ti a primera vista... Por cierto, ¿cómo te llamas? – Comento Bella, moviendo las pestañas de una manera coqueta.

Él fue a hablar, luego hizo un violento ademán y se marchó. Esme no pudo reprimir ni un momento más la risa y soltó una gran carcajada.

-Oh, Bella, eres tan graciosa... Nunca le he visto ponerse así.

-No creo que nadie le haya visto. Dios mío, me dio un susto de muerte cuando me lo encontré. Yo recordaba que tenía un hijo, pero no me dijo que llegaría esta noche.

-Se me olvidó con la emoción de tu llegada. Me insinuó que quizás invitaría a Tanya y a su madre a pasar un fin de semana aprovechando que estaban viendo a unos parientes de Atlanta. Ya sabes que está muy cerca.

Por un momento pareció preocupada. Suspiró.

-Carmen Denali, aquí. No me puedo creer que haya estado tanto tiempo al aire libre arriesgándose a que se le estropee su blanco cutis.

-¿Quién es su novia? -preguntó Bella.

-Tanya. Es una niña de mamá. Oh, Dios mío, las Denali aquí. Y yo que quería empezar a trabajar mañana... No importa. Vámonos a dormir, querida. Quizás podamos hacer algo aunque estén aquí.

-Esta noche he estado tomando unas notas -dijo Bella mientras se encaminaban a las habitaciones-. Me parece que he encontrado un período muy interesante en la formación de la dinastía de los Tudor. ¿Le serviría eso?

Los ojos de Esme se iluminaron.

-¡Perfecto! Puedo dedicarle un libro posteriormente a los Plantagenet. Naturalmente, empezaremos por ahí. Por la mañana podemos hacer un primer esquema. Va a resultar muy interesante.

-Eso espero -dijo Bella, mirando inquieta hacia atrás.

-No te preocupes, somos dos contra él -prometió Esme-. Lo único que desearía yo es que alguna vez viniera sólo para dedi ar algo de su tiempo a Amanda. Edward sólo viene los fines de semana, y Amanda ha vivido toda su vida conmigo. Edward se divorció de su madre hace años, y él consiguió la custodia, pero vive en Charleston, y no tiene a nadie con quien dejarla... Su madre ha muerto, ya lo sabes.

-¿Y por qué no se encarga Tanya de ella? -preguntó Bella. Esme pareció horrorizada.

-¿Tanya? ¿Cuidar de un niño?

Bella empezaba a formarse una idea de las llamadas «amigas» de Edward.

-Siento que Edward te haya molestado -dijo Esme, dejan do el tema de Tanya, como si le molestara.

-Desde luego, hay que reconocer que lo que menos se podía esperar era encontrarme a mí deambulando por el pasillo. Iba a prepararme una taza de chocolate, pero después de todo este jaleo, estoy tan cansada que creo que me quedaré dormida sin tomar nada.

-Te encantará este lugar cuando deje de llover. Hace cuatro años que vivo en el lago, y ahora no lo cambiaría por nada. Es muy tranquilo, y cuando llega el buen tiempo, que será pronto, el lago se llena de barcos.

-He visto el lago desde la carretera muchas veces.

Bella dijo aquello por no mencionar la enorme casa de su amigo Jacob, que estaba justo en el lago.

-Provee de agua potable a Atlanta y la zona urbana, al mismo tiempo que es un centro de recreo maravilloso. ¿He acertado? Esme sonrió.

-Dios mío, parece que ya tienes muchos conocimientos sobre esta región. Que duermas bien, querida.

-Usted también.

Bella echó una rápida ojeada al vestíbulo antes de meterse en su habitación. Edward Cullen le iba a causar problemas y tenía el presentimiento de que aquellas amigas iban a complicar las cosas también. Su seguridad acerca de no descubrir su verdadera identidad empezaba a debilitarse. Tendría que estar alerta en todo momento, o sería descubierta. Empezaba a darle la impresión de que aquel trabajo no iba a ser tan bueno como esperaba.

¡Bueno!, pensó con un suspiro ya acostada, quizás al día siguiente las cosas mejorarian.


Pero no fue así. El día amaneció cálido y luminoso, y Edward Cullen y su madre estaban tomando el desayuno en el patio cuando Bella llegó. La mirada que le dirigió fue paralizante.

La miró de arriba a abajo con sus profundos ojos verdes. Ella iba vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey de algodón en el que se leía: «¡Bésame, soy un sapo!» La oscura melena le caía por la espalda. Aunque Bella no era tan guapa como su madre, poseía unas facciones muy delicadas y un cuerpo perfecto. Normal mente vestía con elegancia, pero aquel día, sin embargo, se había puesto su camiseta más desenfadada con la esperanza de sacar de quicio al señor Don Perfecto. Y así ocurrió.

-¿Sueles vestirte siempre de esa manera? -preguntó Edward.

-Bueno, sí, cuando no estoy desnuda.

Le miró. Llevaba un traje oscuro, con camisa blanca y corbata negra. Bella habría apostado cualquier cosa a que tenía sus armarios llenos de trajes similares.

-¿Quieres otro huevo, Edward? -preguntó Esme apresuradamente.

Marie se sentó y se sirvió un café y tostadas.

-No, gracias -dijo sin dejar de mirar a Bella.

-¿Intentas averiguar mi talla? -preguntó Bella-. Uso la treinta y ocho en pantalones y la mediana en camisas. Y no llevo nada debajo.

Edward se puso colorado.

-Tu manera de comportarte no tiene nada de divertido -dijo secamente-. Y no quiero exponer a mi hija a escuchar comentarios como ése.

-Amanda todavía no ha bajado -dijo Bella-. Y tú no eres más que un crío. Por cierto, la señora Cullen me ha dicho que eres banquero.

-Sí -dijo él, como si le repugnase hablar con ella.

-¡Qué emocionante! -murmuró Bella reprimiendo un bos tezo.

-¿Dónde estudiaste la carrera? -preguntó Edward cambiando de conversación.

-En la Universidad de Georgia.

-¿Te especializaste en algo?

-En realidad no. Me gusta la historia en general.

-¿Estás preparada entonces para ser una ayudante de documentación? ¿Tienes referencias?

-¿Pero qué es esto? ¿Un interrogatorio? Mira, mi cualificación es satisfactoria para tu madre.

-Claro que sí -le apoyó Esme-. Edward, nunca te he visto comportarte así con un invitado.

-Nunca hemos tenido una invitada como ésta -dijo él, mirándola de arriba a abajo.

-Lo siento por ti. Pero por fin, aquí me tienes.

-Tengo que hacer una llamada -murmuró Edward-. Si tengo que soportar cinco minutos más a Jane Eyre, creo que me voy a volver loco y voy a utilizar algún instrumento cortante.

-¡Qué pervertido! -exclamó Bella-. Los hombres que llegan a eso suelen estar salvajemente excitados. ¿Es que por casualidad intentabas seducirme mientras te terminabas de comer los huevos fritos?

Esme se tuvo que dar la vuelta, ocultando la risa con una servilleta.

-Tengo los mismos deseos de seducirte que tendría un viejo de ochenta años moribundo.

-No sabes lo que te pierdes, ya te dolerá cuando te des cuenta -le gritó Bella.

Edward salió dando un portazo, y Esme soltó una carcajada.

-Pobre Edward -dijo finalmente-. Es tan dominante con las mujeres...

-Pero no conmigo. Me considero un espíritu libre. De hecho, odio a los hombres.

-¿Tienes alguna razón?- Bella sonrió.

-Sí, un prometido que se convirtió en Lobo. Rompí con él, y ahora estoy intentando recuperarme.

-Lo siento.

-Yo también. Me había hecho a la idea de sentar la cabeza. Al fin y al cabo, tengo veintiséis años, no me vendría mal una familia, un marido, hijos...Pero voy a necesitar bastante tiempo para olvidar lo que ocurrió.

-Todavía eres joven, querida -dijo Esme con una sonrisa.

-Sí, es verdad -asintió Bella-. ¿Dónde vamos a trabajar? ¿Dentro?-Diciendo esto miró con picardía hacia la casa.

-Eso no sería una medida inteligente, ¿verdad? -dijo Esme riendo-. No quiero que Edward y tú terminen tirándose los trastos a la cabeza.

-Sólo algunas piezas del mobiliario -protestó Bella-. Bueno, no se preocupe señora Cullen, terminaré por acostumbrarme a él. Uno se acostumbra a cualquier cosa.

Esme rió alegremente.

-No me llames de usted, tutéame. Y sí, creo que te acostumbrarás a mi hijo, y él a ti, con un poco de tiempo. Le vendrá bien darse cuenta de que no todas las mujeres están dispuestas a obedecer su palabra. Ya que hace tan buen día voy a coger mi cuaderno. Mientras, puedes ir por los libros que has traído.

-Ahora mismo voy por ellos.


Unos minutos más tarde bajaba por la escalera cargada de libros. Afortunadamente, no se encontró con el señor de la casa

-Amanda está tardando bastante en aparecer- comentó Bella mientras se sentaba.

-Sí, es normal -contestó Esme-. Tiene vacaciones en el colegio, las vacaciones de primavera. No suele levantarse hasta las once.

Suspiró.

-Pobre niña, se siente muy sola. Edward tiene tan poco tiempo...

-Podría dedicarle tiempo si quisiera. Mi infancia también fue muy solitaria. Mi madre murió cuando yo tenía la edad de Amanda. Para mi padre fue un golpe horrible. En vez de refugiarse en mí, se refugió en su trabajo. Hasta que yo tenía casi veinte años, no cayó en la cuenta de que debía atender a su hija. Ahora estamos más unidos, pero hubo un gran espacio en blanco entre nosotros cuando murió mamá.

-Me temo que la vida de Edward se limita a su trabajo. Su mujer no era el tipo de persona que él necesitaba. Lauren era una mujer amante de las emociones, no la más adecuada para formar un hogar. Odiaba a los niños. Si Edward no la hubiera amenazado con publicarlo en la prensa, habría abortado. Le abandonó en cuanto nació Amanda. Se mató años más tarde en un accidente de coche.

-¿Amanda llegó a conocerla?

-No. Lauren consideraba a Amanda como una carga. No es una niña guapa, pero es muy dulce y tiene buenos sentimientos. Lauren nunca habría llegado a quererla, no tenía ningún instinto maternal.

-Qué triste -murmuró Bella-. Pero es todavía más triste que su padre le muestre tan poco cariño. Algún día se arrepentirá.

-Es lo más seguro. Pero él no escucha los consejos de nadie, querida.

-Ya me he dado cuenta.

-Sigue intentando picarle, Bella. Quizá le venga bien.

-Oh, eso no me cuesta nada de trabajo. Creo que le irrita hasta mi misma existencia.


Estaban sumidas en su trabajo, discutiendo las posibilidades de personajes literarios durante el reinado de Enrique VII, cuando Amanda bajó. Bella pensó que Esme tenía razón. La niña no tenía nada de guapa. Era larguirucha, delgada, tímida, a excepción de unos enormes ojos color verde que le comían la cara. Probablemente, cuando creciera, sorprendería a todo el mundo convirtiéndose en una belleza. Muchas veces los patitos más feos se convertían en los más hermosos cisnes.

-Buenos días -saludó Bella alegremente. Amanda le sonrió.

-Buenos días, señorita Marie. Buenos días, abuela.

-¿Has desayunado ya? -preguntó Esme.

-No, abuela -murmuró la pequeña. Se sentó. Iba perfectamente peinada con dos trenzas, y su blusa estaba inmaculada.

-¿Y por qué no has tomado nada? -insistió Esme.

-No quería molestar a Milly para que hiciera sólo para mí -dijo Amanda tímidamente.

-Es una tontería. A Milly no le importa en absoluto. Para eso la pagamos. Anda, Amanda, ve y pídele lo que quieras.

-Pero si no tengo hambre -insistió la niña. Esme suspiró profundamente.

-Oh, Amanda, estás en los huesos.

-Es verdad -intervino Edward uniéndose a ellas. Observó a su hija con mirada seria.

-Entra en casa y come -dijo brevemente.

-Sí, papá -murmuró Amanda.

Se levantó y se fue sin levantar los ojos.

-¡Cielo santo! ¡Qué manera de tratar a un niño! -dijo Bella dulcemente-. Te comportas con la diplomacia de un lanzacohetes.

-No es asunto tuyo -contestó él fríamente mirándola con dureza. Bella se puso de pie.

-Entérate de una cosa -dijo—, puedes darle órdenes a Amanda, pero yo soy mayorcita y no soy tu hija. Estoy aquí para trabajar, no para...

-¿Entonces por qué no trabaja, señorita Dwyer, y me deja a mí la educación de mi hija?

-Señor Cullen...

-Supongo que su trabajo incluye la investigación, no la psicología infantil -continuó Edward, sin dejar intervenir a su madre.

Bella le dirigió una mirada centelleante.

-Mi padre era como tú. Todo trabajo, todo hielo. Me eduqué gracias a la amabilidad de los vecinos. Me pregunto cómo te sentirás cuando Amanda sea lo suficientemente mayor como para marcharse de casa y si, te dirá las mismas cosas que yo le dije a mi padre. Y creeme no querras saber exactamente cuales fueron mis palabras. Edward la miró y se fue dando un portazo.

-Oh, Dios mío -murmuró Esme.

-Lo siento. Me hace perder los estribos. Una vez tuve que decirle unas cuantas verdades a mi padre. Ahora nos llevamos bien, pero las cosas no han sido siempre así. Tu hijo es como él.

-Sí, bueno, siento todo esto -dijo Esme-. Aunque sea mi hijo reconozco que no se puede trabajar muy a gusto teniéndole cerca.

-La verdad es que no tengo ningún derecho a decirle todas esas cosas. Si te parece conveniente, me disculparé.

-¡Para alimentar más su orgullo! ¡Ni se te ocurra!- Bella rió.

-De acuerdo, de acuerdo.


Amanda volvió un poco después, un tanto avergonzada, aunque contenta.

-Papá se ha sentado conmigo mientras desayunaba. Hacía mucho tiempo que no desayunaba con él. Hasta ha estado hablando conmigo.

Bella y Esme intercambiaron una mirada burlona antes de volver al trabajo.


No que no? Le calaron las palabritas de Bella, a este Edward Snob, en fin, esta es la segunda historia que subo, y no la actualizare diario, gracias a todas aquellas chicas que continuen conmigo en esta magnifica historia, creanme estos, daran mucho de que hablar...

Como saben El Baile de cenicienta termina mañana, y queria dejarles una probadita de la nueva historia, espero y les atraiga.

Los dias de actualizacion seran Martes y Sabados, espero sus comentarios al respecto.. Nos leemos pronto... ª.ª