Mayo 2, 1998

-Mírame...-
Los ojos verdes encontraron los negros, pero después de un segundo algo en las profundidades de la oscuridad pareció desvanecerse dejándolos fijos, blancos y vacíos. La mano que sostenía a Harry cayó al piso y Snape no se movió más…

Mientras en el mundo mágico la batalla más importante entre las fuerzas del bien y la maldad de Lord Voldemort se desarrollaba con la balanza del destino cambiando de un lado a otro a cada los muggles continuaban con sus vidas y con sus propios problemas.

En el ala de urgencias del hospital de Kingston los médicos intentaban desesperadamente ayudar a una joven madre que había llegado en estado crítico, desafortunadamente la mujer presentaba un cuadro de hemorragia obstétrica que no lograban detener, el sangrado había aumentado durante el parto y los doctores hacían todo lo humanamente posible para salvar tanto a la madre como a la bebé...

El ala de maternidad del hospital Kingston tenía un nuevo pequeño en los cuneros.

Pobre pequeño- musitó una enfermera después de revisar al recién nacido.

Sí, pobrecito-le contestó otra compañera llevando en brazos a otro bebé- tan pequeñito…

La madre del bebé de quién hablaban había muerto durante el parto consecuencia de una terrible hemorragia que no pudieron detener. La joven había llegado sola al hospital sin ningún papel que acreditara su identidad, ahora el bebé estaría al cuidado del Estado si no aparecía algún familiar, las enfermeras sabían que no había mucha posibilidad de que la familia de ese pequeño le encontrara, ahora estaba solo en el mundo.

Y como si el caso no fuera suficientemente triste al ser un bebé prematuro era muy probable que no lograra sobrevivir a las horas críticas, al menos así lo indicaban los estudios que se le habían practicado…

Once años después…

-¡Pagarás por esto! ¡Regresa aquí, cobarde!

Los gritos infantiles rompieron el silencio de esa mañana en el Orfanato Saint Joseph. La banda de Oswald perseguía sin éxito alguno a un chico delgado de tez pálida y cabello negro que les había sacado suficiente ventaja.

Oswald era el típico abusador de los más pequeños y todos en el Orfanato, al menos los que estaban entre ocho a once años tenían que obedecerles si no querían que sus cosas desaparecieran o que terminaran con un buen golpe, todos parecían tenerle miedo hasta que el chico nuevo había llegado.

El chico pálido y delgado había llegado del Orfanato Saint Michel donde según se contaba "habían pasado cosas extrañas durante su estancia" ¿Cosas extrañas? Bueno sí, tal vez había algo de verdad en eso pero el pobre chico ni siquiera sabía cómo las había causado si es que en verdad habían sido su culpa.

Ahora escapaba de Oswald y otros cuatro chicos que le doblarían tanto en tamaño como en complexión después de que sin explicación alguna éste les hubiera hecho caer un balde de agua helada a esas tempranas horas cuando ellos –claro que no lo dirían- lo habían despertado tratando de aplicarle la broma de "mojar su cabeza con el agua fría de la fuente del Orfanato"

La vida del pequeño no había sido nada sencilla, primero su madre había muerto –o eso le habían dicho- cuando él nació y nunca se presentó ningún familiar para reclamar al pequeño infante, las autoridades lo pusieron en un Orfanato esperando alguien le adoptara pero pasaron los años y él nunca contó con una familia, además a causa de haber nacido muy pronto tenía como consecuencia un grave problema cardiaco.

Ahora lo más importante era escapar de Oswald no pensar en que si seguía corriendo por más tiempo terminaría por sentir uno de esos fuertes dolores en el pecho que siempre sentía cuando se sobrepasaba de sus propias fuerzas.

Estaba a punto de llegar al ala oeste del corredor en que dormían los niños de seis años cuando sintió una fuerte punzada en el pecho, era el primer aviso de que no lograría llegar más lejos, justo en ese momento escuchó como Oswald le gritaba "cobarde". Se detuvo en seco.

¡No me llames cobarde!- gritó con todas sus fuerzas.

Oswald y sus amigos se quedaron clavados en el piso, no, no era que los hubiera sorprendido o aterrorizado el grito del niño que perseguían sino que literalmente se habían quedado clavados en el piso ¡No podían mover los pies!

El cabello negro del chico se le metía un poco en la cara al girar para encarar a sus perseguidores ¡Odiaba que lo llamaran cobarde! Oswald pese a ser más grande no pudo evitar tragar un poco de saliva, el niño aunque más delgado y pequeño imponía en ese momento.

Como siempre que pasaba algo "extraño" el chico comenzó a sentir como su corazón golpeaba cada vez más rápido y fuerte contra su pequeño, hasta respirar dolía mientras gotas de sudor perlaban su frente, sino se calmaba terminaría por ponerse enfermo.

¡Niños!- gritaron de pronto.

Ese grito rompió lo tenso del momento, fue como un ¡Puf! Ya que Oswald y sus amigos cayeron de sentón al suelo y el chico de cabello negro cayó de rodillas respirando con dificultad.

¡Niños! ¿Tan temprano y ya peleando? ¡Oswald! ¿por qué no me sorprende? ¡A tu habitación!- ordenaron enérgicamente.

Se trataba de una de las religiosas que cuidaban de los niños. Oswald y sus cómplices escaparan al momento del regaño y del castigo dejando a su presa cargar con toda la culpa.

¿Estás bien?- preguntó la religiosa acercándose al pequeño.

Éste no contesto, solo pensaba en respirar y en tratar de hacerle entender a su corazón que dejara de lastimarle de esa forma…

¿Otra vez el niño de Saint Michel?- preguntó la madre superiora.

Sí, madre- contestó la religiosa que había detenido la persecución.

La madre superiora dio un largo suspiro.

Mientras las religiosas hablan sobre el "jovencito problema" éste escuchaba todo sentado en la banca del corredor frente a la puerta entreabierta de la oficina de la directora y madre superiora. Estaba cansado de esa vida, estaba cansado de ser siempre "el niño problema" estaba cansado de esto y era hora de ponerle un alto, estaba a muy poco de cumplir once años ¡Era momento de hacer algo!

Cuando las religiosas salieron para hablar con él no lo encontraron, le buscaron por todas partes pero nadie podía encontrarle, había desaparecido, no, había escapado…

Caminar por las calles de Londres solo y sin conocerlas no es lo más inteligente que se te puede ocurrir; pero, si siempre has estado solo y siempre te las has tenido que ver por ti mismo tal vez no pinte tan mal (en primera instancia)

Nuestro amigo del Orfanato caminaba entre los turistas que visitan Londres, entre las personas que van al trabajo, los que van a casa y todos aquellos que puedes encontrar después de la hora del almuerzo en las calles.

Su estomago gruñía de hambre, no había comido nada desde el día anterior y ahora su cuerpo no dejaba de "recordarle" que si no lo "alimentaba" haría "huelga" se dejó caer en una banca del jardín al que había llegado. Tenía que encontrar de alguna forma algo que comer…

-¿Tienes hambre, Sam?

Un hombre joven estaba sentado en la banca del jardín Hyde Park, junto a él había estaba sentada una pequeña niña de cinco años con una enorme pelota roja entre sus manos.

¡Chip!- gritó la pequeña con esa nota angelical que tienen por voz a esa edad- ¡Mucha!

Su padre se sonrió mientras le alborotaba el cabello.

Está bien, te traeré algo de comer- le dijo mientras miraba en derredor algún vendedor ambulante.

Encontró un carrito de helados empujado por una mujer regordeta.

Espera un momento- le ordenó- no te vayas a mover.

Era un ligero descuido que podía permitirse ¿no? Además el jardín estaba lleno de niños y de madres, nanas y padres que habían decidido pasar la mañana con sus pequeños. No había ningún peligro, su pequeña Sam no lograría alejarse mucho y no había ningún riesgo para ella.

Se levantó de la banca y caminó al carrito de helados mientras la pequeña movía sus piecitos al par de una canción imaginaria, todo iba bien cuando la pelota se le escapó de las manos y ella contra la costumbre de portarse bien la comenzó a seguir pero al encontrarse en una ligera pendiente tanto la pelota como ella comenzaron a ganar velocidad.

La pequeñita dio un grito de miedo cuando comenzó a rodar en el pasto sin poder controlar los tumbos que daban. Su padre escuchó la voz de su niña y hasta los helados tiro al darse cuenta de que Sam iba directamente al filo donde terminaba el jardín y corría una calle que si no era muy transitada si representaba peligro para su hija.

-¡Sam!

Nuestro chico pálido aun no tenía idea de cómo iba a conseguir algo de comer cuando vio pasar por debajo de la banca y de sus pies una pelota roja ¿Y eso que significaba? Como toda respuesta el grito de una niña se dejo escuchar. Ese grito –nunca supo por qué- le recordó algún grito que tal vez había escuchado hacia mucho tiempo, tal vez solo lo había imaginado, lo cierto es que sin saber el por qué de sus acciones se puso de pie y corrió para detenerla.

Apenas se había levantado vio como un camión de basura pasaba por la calle, no iba muy rápido pero si la pequeña no se detenía iba a estar a mitad del camino del camión y eso sería muy peligroso.

Sam terminó de rodar llegando al asfalto, se había lastimado una rodilla y el miedo de no saber qué pasaba no le hacía darse cuenta de que el camión se acercaba y le hacía sonar el claxon para que se moviera. En ese momento sintió como la empujaban de nuevo y rodaba al lado contrario de la calle justo en el mismo instante que un fuerte chirrido y los gritos de los espectadores del accidente llenaban el antaño tranquilo jardín.

-¡Sam!

Su padre había llegado una fracción de segundo después y lo único que veía era al camión de basura tapando toda la calle, las personas se habían acercado a ayudar y él no dejaba de pensar en lo idiota que había sido al dejar sola a su hija.

-¡Papi!

Un hombre de traje tenía a Sam entre sus brazos, el padre de la niña corrió hasta ella para tomarla en un rápido movimiento, no dejaba de agradecer al cielo que su hija estuviera bien.

¡Llamen una ambulancia!- gritó el conductor del camión- ¡Hay un niño herido!

El padre de Sam solamente alcanzaba a ver a un niño de cara al suelo justo frente a la llanta delantera del camión. Al momento reconstruyó la escena, le debía la vida de su hija a ese niño.

Sosténgala por favor- pidió el padre de Sam al hombre de traje que seguía junto a él y su hija.

Los curiosos y las personas que intentaban ayudar se habían acercado más al camión y al niño.

¡A un lado por favor!- ordenó el papá de Sam- ¡Soy doctor, a un lado!

Mientras su padre revisaba al niño que la había salvado, Sam ponía más atención como todo niño a esa edad a los detalles, no entendía que había pasado o por qué el niño tenía en su frente pero lo que sí vio la pequeña Sam fue que el niño tenía un par de marquitas en el cuello…

Continuara…