Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regalo un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.

NOTA: El viaje ha llegado a su fin, mis pequeñas lectoras. Una mariposa emprende vuelo y este es su capítulo final. Muchas gracias por haber estado a mi lado en esta travesía. No las molesto más, les recomiendo la canción de este capítulo porque la tomé de una película que yo adoro. Espero disfruten este final tanto como yo.


Capítulo 41: El inmenso poder del amor

Canción recomendada para el capítulo: Stuff we did – Michael Giacchino

"Lo que sea que hagas, hazlo siempre con el corazón"

Confucio.

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En alguna ocasión escuché que la vida de cada persona es como un libro, que al nacer se nos fue otorgado. Páginas y páginas en blanco en las cuales nuestros altos y bajos, nuestras caídas, nuestros triunfos, los cambios, las pérdidas, cada sonrisa y también las lágrimas se escribirán con una tinta indeleble que la ligera pluma del tiempo irá dejando como memorial. Dicen que cada persona es un mundo, que cada vida es un libro archivado en la biblioteca del destino, y que cada historia merece por tanto, ser narrada alguna vez.

La vida de Isabella es una de esas historias que merecen ser contadas. Con ella podrías llorar, reír, y a lo mejor, te inspire a salir adelante. La vida de Isabella Marie Cullen Swan tiene también sus altos y bajos, pero junto a ella, podrías conocer algo que va más allá de una limitación. Con ella podrías conocer el inmenso poder del amor.

El amor, aquella fuerza invisible que en la debilidad se fortalece. Que en la oscuridad da luz, el que todo espera, que todo soporta, y que es el motor que da a cada latido del corazón su sentido, es aquel sentimiento con el que Isabella Swan ha escrito su historia. Ha sido de Bella su más viejo amigo, quien de la mano junto al silencio la ha acompañado en sus más grandes aventuras. Lo conoció cuando apenas era una niña y de él jamás pudo separarse. Vivió al ritmo de su silente canción y se amparó bajo su sombra tomada de la mano del otro pedacito de su alma, de su Edward. De su mejor amigo, de su novio, de su esposo y padre de su pequeño milagro.

La historia de Isabella y Edward, es una historia de amor, de fuerza, coraje y valor. Es a lo mejor, muy parecida a la mía, o a la tuya, y que debido a que están ocultas en el silencio, nadie se ha atrevido a contar. Hasta ahora.

Mi nombre es Hope Cullen Swan. Y esta es la historia de mi madre…

Isabella Swan nació hace algunos años atrás en el mundo del silencio. Desde niña luchó para conseguir un pequeño lugar en la sociedad que se empeñaba en rechazarla. Hizo amigos, se enamoró y consiguió ser feliz. Por años fue ganando miles de batallas, desde aprender a hablar con sus manos hasta lograr tener una familia. Cada reto impuesto era una nueva victoria, una que bajo sus circunstancias resultaban ser doblemente gratificantes. Como por ejemplo, conseguir su titulo de Máster en Artes y Diseño…

Tenía yo diez años cuando mamá se impuso ese reto. Durante su vida, ella había recibido muchas negativas. Le habían dicho que no podría terminar el preescolar, luego la escuela, después el colegio y finalmente la universidad. Que no podría encontrar el amor, que no podía tener hijos. ¿Saben cuantas veces mamá se rindió ante las negativas?

Ni una sola vez…

– Hope… ¿Tú crees en mamá? – me preguntó mi madre en cuanto salimos de esa oficina de maestrías de la Universidad de California. Yo asentí despacio a sus señas –. Pues mamá va a ser que te sientas orgullosa de ella, mamá va a demostrar que puede lograr lo que algunos ni siquiera se atreven a intentar – susurró aquella última parte con su voz casi quebrada. Yo únicamente me abalancé a sus brazos y con fuerza la apreté a mí.

– Papá dice que tú siempre fuiste su pequeña mariposa. Su pequeño y frágil amor al que él se aferraba para volar. Para mí, eres más que eso. Tú no eres frágil, ni eres pequeña. Eres grande, eres fuerte y eres valiente. Eres mi mamá… – le dije en señas unos minutos después. Ella únicamente limpió sus lágrimas y dejó un pequeño beso en mi frente. Escuché la voz de papá a lo lejos y sonreí mientras le decía en señas a mamá que alguien nos estaba buscando. Ella se incorporó rápidamente y tomándome de la mano comenzamos a caminar por el pasillo.

– Allí están – susurró papá en cuanto nos vio al final del corredor. De inmediato se tensó en cuanto vio el rostro de mamá y corrió hasta donde estábamos nosotras –. ¿Qué pasó, Isabella? – le preguntó en señas. Mamá se encogió de hombros por lo que papá se arrodilló y enseguida me preguntó que estaba ocurriendo.

– Ella solo está emocionada, papi – le dije mientras tocaba sus mejillas –. Mamá está emocionada de demostrarle una vez más al mundo de lo que ella es capaz de lograr – papá me miró desconcertado por lo tuve que relatarle el desagradable acontecimiento. Los ojos de mi padre se llenaron de rabia y sus puños se crisparon con fuerza. Quiso ponerse de pie e ir hasta aquella oficina pero mi madre lo detuvo.

– No lo hagas. Ese tipo de personas han existido siempre, y mientras vivamos en una sociedad tan egoísta y ciega como esta, seguirán existiendo. Déjame demostrarle con acontecimientos que yo si puedo hacerlo – le dijo convencida mamá. Mi padre asintió y acercándose a ella dejó un dulce beso.

– Llevamos once años y medio de matrimonio y casi treinta años conociéndonos, y aún no logro comprender de donde viene tu fuerza, Isabella. – mamá únicamente sonrió, y tomando la mano de papá la acercó a su pecho y la situó en el centro, justo sobre su corazón.

– Mi fuerza viene de aquí, mi amor. De donde radica todo lo que soy, y donde los guardo a ustedes dos. Aquí, del corazón – me acerqué a mamá y la abracé con fuerza. Papá imitó mi gesto y mamá únicamente sollozó mientras nos abrazaba.

Salimos tomados de la mano del edificio de maestrías en aquella fresca tarde de Octubre en California. Con férrea determinación mamá subió al auto, y comentó animada a papá con suave voz todos los requisitos para inscribirse. Papá la animaba con sonrisas y suaves golpecitos en sus manos y ella a cambio solo sonreía.

– ¿Entonces este es el inicio de la aventura? – le preguntó con señas cuando terminó de hablar. Mamá asintió despacio y acarició su mejilla.

– Una aventura que viviré únicamente si ustedes están a mi lado – susurró ella. Yo toqué su cabello desde el asiento trasero y asentí con fuerza cuando ella volteó a verme.

– Somos un equipo, mi amor. Y aquí estaremos para ti – respondió papá. Mamá nuevamente sollozó y yo desde el asiento posterior prácticamente salté a su regazo. Ella me abrazó con fuerza y suavemente empezó a tararearme una canción. Los ojos de papá se llenaron de lágrimas sin querer cuando se percató que la canción era Manuelita La Tortuga, aquella que papá le cantó a mamá, la misma con la cual mamá se enamoró de él.

– No puedo creer que aún recuerdes exactamente como sonaba – susurró papá tocando mi cabello. Ella asintió y únicamente siguió tarareando. Mis ojos pronto empezaron a sentirse pesados y caí en un profundo letargo. Uno que me llevó a soñar en que algún día yo también tendría un amor tan fuerte como el de papá y mamá.

Sentí que unos brazos me sacaron del auto y me llevaron al interior de mi cama varias horas después. Recuerdo que el día siguiente en el desayuno, papá mencionó la idea que todos nos mudáramos a California durante los dos años que duraba la escuela de mamá, pero ella dijo que no era buena idea. Se negó a abandonar Forks de manera permanente y sabía que en el fondo ninguno de nosotros quería hacerlo. Así que entre todos tomamos la decisión más sabia. Ir todos en viaje de auto una vez al mes, y acompañarla en la travesía.

Dicha travesía empezó un frío noviembre. Con algo de nerviosismo la vimos alejarse por los pasillos del lugar mientras papá y yo la despedíamos desde la puerta. Regresó con una sonrisa en su rostro diez largas horas después y con sus manos y su voz nos relató lo emocionada que estaba con sus clases.

– He descubierto algo importante, Hope – me dijo un cálido día de Abril, seis meses después de haber empezado sus clases, mientras ella pintaba en la sala y yo leía un libro a su lado. Yo le respondí en señas que era aquello y ella sonrió –. He descubierto que quiero llevar el arte a quienes más lo necesitan.

– Pero los que necesitan de tus cuadros los compran en tu galería, mami – le respondí mientras fruncía el ceño. Ella negó con una sonrisa.

– No me refería a eso, bebé. Quienes compran mis cuadros lo hacen porque les gusta lo que yo hago, no porque necesiten en sus vidas el arte que hay en ellos. Me refiero a que allí afuera hay muchísimas personas que viven lo que mamá vivió cuando era pequeña. Personas que viven a diario el dolor del rechazo únicamente por ser diferentes. Y lo que mamá quiere es llevarles a través del arte, un poquito de esperanza a sus corazones – me dijo con sus manos llenas de pintura. Yo sonreí, y dejando mi libro a un lado me acerqué y la abracé.

– Esperanza… eso es lo único que jamás se pierde. ¿Cierto, mamá? – le pregunté en señas. Ella asintió y tocando mi cabello me susurró.

– Eso y la fe, bebé. Ni la esperanza, ni la fe – dijo con su suave voz. Papá llegó varios minutos después del hospital y se acercó a nosotras. Mamá le contó de su idea y él sonrió complacido.

– Es hora de que al fin ese dinero tenga un buen uso – dijo mamá. Yo fruncí el ceño al no entender lo que ella decía por lo que papá únicamente sonrió y besó mi cabeza.

– Pronto lo sabrás, Hope. Pronto también lo verás – me susurró. Yo sonreí al verlo sonreír y me puse de pie para ayudar a mamá a recoger sus materiales de pintura.

Catorce meses transcurrieron desde ese día. Catorce visitas a California, catorce triunfos más de mamá. Apenas le faltaba un mes para terminar sus clases y su sueño de construir una Escuela de Arte en Forks estaba a punto de culminar. Con esfuerzo y mucha dedicación, los tres ayudamos a diseñar, decorar y alistar la pequeña escuela. Era la primera de su tipo en toda el área de la península Olímpica, y aun sin inaugurarse ya había mucha gente interesada en ella. Madres de todos lados llegaban al lugar y preguntaban constantemente sobre los costos de la misma.

– Será gratis – respondió una tarde de domingo mi padre a una señora que se le acercó, mientras él estaba recibiendo un cargamento de caballetes y lienzos para los nuevos pequeños artistas. La mujer abrió sus ojos de manera desmesurada y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su pequeño hijo Albert era autista y desde su nacimiento toda su vida había sido un constante no, al igual que la vida de mamá. Hasta que hubo alguien que le dijo sí…

En silencio la mujer se retiró del lugar a la vez que mamá salía para ayudar a papá. Los dos nos quedamos viéndola alejarse por la calle, por lo que mamá frunció el ceño, confundida por nuestra reacción.

– No es nada, mi amor. Solo que, a veces el pequeño esfuerzo de una persona puede resultar en un gran aliento para otra. Vamos adentro, hay que terminar con esto hoy mismo.

Y así fue como sucedió. Después de muchas horas de trabajo, papá, mamá y yo, nos sentamos en la mitad del salón principal de la Escuela de Arte de mamá. Estábamos exhaustos, pero no habíamos hecho todo el trabajo solo nosotros. Toda la familia se dedicó a ayudarnos, todos pusieron su granito de arena. Mis primos, mis tíos, mi abuelito Charlie, incluso Irina, la hermana de mi maestra Kate, quien sufría de hipoacusia congénita también. Ella junto a mamá estarían a cargo del enorme proyecto que solo con tenacidad pondrían sacar adelante. Pintar una sonrisa en los rostros de aquellos que perdieron la esperanza, de todos los que perdieron la fe.

No habíamos escogido ningún nombre, por lo que el lugar aún no tenía un letrero que lo identificara. Mamá decía que el nombre saldría solo y que solo necesitaba unos días para pensarlo. Unos días… que sin duda lo cambiaron todo.

Era el martes de aquella semana, cuando un evento puso de cabeza nuestras vidas. Mamá pasó por mí a la escuela y me llevó al hospital a visitar a papá. Era su aniversario de bodas y quería sorprenderlo allí. Y así fue, al vernos papá corrió de emoción hasta nosotros y con un fuerte abrazo nos recibió.

– Mis princesas ¡Esto sí es una sorpresa! – susurró mientras besaba los labios de mamá. Yo aparté la mirada para evitar el vergonzoso momento.

– Vinimos a secuestrarte un momento para salir a comer. No todos los días celebramos una fecha como esta – respondió mamá en señas.

– Sí, claro. ¿Les parece si comemos algo italiano la mia bella principessa? – le preguntó en aquel idioma. Mamá sonrió al leer los labios de papá y notar su extraño hablar y asintió.

Papá tomó de la mano a mamá para luego darme la otra mano a mí y sonriente salir de su consultorio. Estábamos cerca de llegar a la puerta cuando escuchamos que alguien llamaba a papá.

– Dr. Cullen por favor, lo necesitamos. Esta mañana muy temprano el Dr. O'Conner atendió un parto y la madre está teniendo una crisis – papá de inmediato se volteó y frunció el ceño a causa de la confusión.

– ¿La paciente está teniendo una crisis? ¿Qué tipo de crisis, Susan? – preguntó intrigado papá mientras se acercaba a la enfermera con la que estaba hablando. Nosotras nos quedamos un poco más atrás para no interrumpirlo.

– Necesito que venga conmigo. Usted es el único que puede hacerla entrar en razón – le respondió la enfermera tomándolo de la mano. Papá únicamente asintió y estiró su mano para invitar a mamá y a mí a que lo acompañemos.

Caminamos rápidamente por el largo pasillo, hasta llegar al elevador. Subimos al tercer piso, al área de maternidad y en cuanto las puertas del mismo se abrieron unos gritos se escucharon de inmediato.

– ¡Aléjela de mi! ¡No quiero saber de ella! – era el grito desesperado de una mujer que provenía del final del pasillo.

– ¿Qué está pasando, Susan? – preguntó nuevamente papá. La mujer se volteó y rápidamente le habló.

– La muchacha se llama April, tiene dieciséis años y es una joven que llegó esta mañana con dolores de parto. No es su primer ingreso en este hospital. El primero fue un intento de suicidio hace cinco meses atrás, cuando se enteró que estaba embarazada. Intentó abortar a su hija golpeándose el vientre, pero al parecer su intentó falló y ella quiso matarse. Dio a luz esta mañana, y después que el neonatologo recibiera a la niña y le realizaran las pruebas de rutina, descubrimos que la bebé nació con hipoacusia – dijo Susan en apenas un susurro audible. Yo llevé mis manos a mi boca y los ojos de papá se abrieron asustados. Mamá retrocedió un par de pasos al leer los labios de la enfermera y sollozó llevando sus manos a su pecho.

– La bebé necesita alimentarse, y la muchacha no quiere amamantarla. Ella dice que la niña es un monstruo y lo único que quiere es que el Dr. O'Conner le dé el alta para poderse ir. Hemos tratado de hablarle de mil maneras pero la muchacha no entiende. Ya no sabemos qué hacer Dr. Cullen, ese pequeño angelito no tiene la culpa y ella no…– la voz de la mujer se quebró en ese momento. Yo me acerqué a mamá y la abracé con fuerza. Por un momento me puse en su sitio, y en el de la pequeña bebé. Ella no merecía algo así, ser diferente no es malo. Es solo ser único, ser especial…

– Susan, lo primero que necesito que hagas es pedirle a las enfermeras que no insistan más. Suminístrale a la pequeña leche de fórmula según su peso y da la instrucción que la leche se le sea dada en los brazos y no en el cunero. Voy a hablar con ella en este momento, ni siquiera tiene idea de lo que está haciendo, de la bendición que se está perdiendo – masculló molesto papá. De inmediato se volteó y nuevamente estiró su mano para invitarnos a acompañarlo. Estuvimos con él hasta llegar a la puerta de la habitación, en donde nos dejó un beso en la cabeza y entró. La puerta se mantuvo abierta, por lo que nosotras desde afuera pudimos ver todo lo que al interior ocurría.

– Hola, April. Mi nombre es Edward, soy el Dr. Edward Cullen, médico pediatra de este hospital. ¿Puedo hablar contigo un minuto? – la joven miró a papá con rabia y con sus puños apretados le respondió.

– ¿Y qué me va a decir? ¿Qué la niña que ni siquiera debió nacer es para variar sorda? Si viene a eso ya lo sabía. El otro médico que estuvo más temprano ya me lo dijo – espetó la muchacha. Papá negó y con cuidado se acercó a su cama.

– No vine para eso, April. Vine para contarte algo, es una historia que me ocurrió a mí, muchos años atrás – la joven no pareció prestarle atención pero papá siguió hablando mientras alzaba su mano y se la mostraba –. ¿Ves este anillo? Hoy hace trece años me casé con mi mejor amiga. La conocí cuando tenía cuatro años y desde ese día no pude separarme de ella – un suave sollozo se escuchó en la habitación, la joven había empezado a llorar y cubría su rostro.

– Yo lo conocí cuando tenía seis años. Michael era mi mejor amigo, el papá de… y ahora… solo… huyó – su cuerpo temblaba con fuerza al referirse al padre de su hija.

– Él pudo haber huido, April. Pero allí afuera, en un cunero está un pequeño pedacito de ti. Uno que te va a dar fuerzas para salir adelante, para luchar y vencer todo obstáculo que se te ponga en el camino. No lo desprecies por ser diferente, yo no lo hice. Mi esposa también sufre de hipoacusia. ¿Qué hubiese pasado si yo la hubiese rechazado cuando era un niño? No tendría la familia que tengo. Una esposa que cada día lucha y es valiente, y una hija que me recuerda que los milagros son posibles.

– No puedo hacerlo, Dr. Cullen. No puedo cargar con la cruz de una niña así y sin el apoyo que él me juró dar. No puedo hacerlo. A lo mejor usted es un buen ser humano, yo no lo soy – sollozó ella.

– No se trata de ser un buen ser humano, April. Es solo de aceptar las cosas como nos son dadas. Porque detrás de cada hecho hay un por qué. A lo mejor esa bebé puede cambiar tu vida, hacerte ver las cosas de una manera distinta. Yo lo sé, Isabella hizo eso conmigo – dijo papá tomando sus manos. La joven las retiró rápidamente para luego llevarlas a su rostro y limpiar sus lágrimas

– No quiero verla, no quiero estar aquí. Solo déjeme ir y olvidaré que todo esto pasó.

– Está bien, digamos que yo firmo tu alta. Tú te vas… ¿Y ella qué? ¿La vas a dejar aquí? ¿Sola? – preguntó él. La joven únicamente asintió.

– No va a estar sola, ella los tiene a ustedes. Si quieren pueden quedársela, yo no la quiero – papá se levantó molesto de la cama y llevó sus manos a su cabello.

– ¿No la quieres? No sabes lo que estás diciendo, April – papá alzó su voz. Mamá se tensó al ver su reacción por lo que yo tuve que interpretarle en señas todo lo que estaban diciendo. Varias lágrimas empezaron a bañar su rostro al enterarse del rechazo de la joven hacia su bebé – Un bebé es una bendición, con mi esposa hemos intentado tener otro por años April… ¡por años! y no lo hemos logrado. Y ahora vienes tú y solo descartas a tu hija como si fuese mercadería en mal estado.

– Ya no lo intente, Dr. Cullen. Puede quedarse con ella, sé que usted y su esposa la van a cuidar como si fuese su propia hija. Firmaré todos los papeles de adopción que necesiten, esa niña es ahora su niña. Llévesela, yo no volveré por ella. Esa pequeña es su familia, su hija. Ahora, si me disculpa, necesito estar sola – dijo ella antes de voltearse y darle la espalda a papá. Papá salió de aquella habitación y negó mientras se acercaba a nosotras.

– ¿Cómo es posible que ella haga esto, Isabella? ¿Es que no sabe que esa pequeña no tiene la culpa de nada? – preguntó papá con un susurro de voz. Mamá empezó a llorar con fuerza y se aferró al pecho de mi padre mientras le hablaba en hipidos entrecortados.

– Llévame a verla, por favor. Si ella rechaza una bendición, yo no lo haré. No cuando es alguien que necesita ayuda, que necesita amor – papá separó a mamá de su pecho y le habló despacio.

– ¿En serio quieres esa bebé, Isabella? ¿En realidad quieres adoptarla? – mamá únicamente asintió.

– Sí, Edward. Déjame ser la mamá de esa bebé, sé también su papá, por favor. Si la vida nos ha negado otro hijo, no rechacemos este ángel que nos necesita – papá nuevamente acercó a mamá a su pecho.

– Vamos por esa bebé, mi amor. Vamos a conocer a la nueva Cullen, a nuestra pequeña hija – papá me sonrió despacio y tomó mi mano para apretarla. Yo sonreí emocionada porque mi deseo se había cumplido. En el cumpleaños del año anterior, cuando soplé mis velas, le pedí al ángel del prado, a mi hermanito que me diera una hermana, que me diese una mejor amiga. Y él lo logró, ya que ese día, en un frio cunero estaba esperándonos ella, la que desde ese momento sería mi mejor amiga, mi pequeña hermanita, mi pedacito de fe y a quien pusimos de nombre: Faith Cullen Swan.

Papás dicen que jamás se imaginaron que recibirían un regalo como ese para su aniversario, pero como ellos siempre dicen, su vida fue siempre una verdadera aventura. Y la llegada de Faith a nuestras vidas no fue la excepción. La muchacha cumplió su promesa al día siguiente, y después de firmar todos los papeles que debía y los que no debía también, se marchó del hospital sin siquiera voltear a mirar a Faith. Mi hermana, quien desde el momento en que mamá la cargó por primera vez no logró apartarse de su calor, tampoco sintió su ausencia. No hubo despedida entre ellas… porque ni siquiera existió la bienvenida, a lo mejor porque ella siempre estuvo destinada a ser una Cullen. Fuerte, luchadora y valiente, como mamá… y como yo.

El proceso de llevar a Faith a casa no fue nada fácil. Papá y mamá igual tuvieron que pasar por todo el engorroso papeleo legal que conllevaba una adopción. El trámite se realizó con relativa rapidez ya que los documentos de adopción fueron firmados por la madre directamente y el análisis de los adoptantes por parte de Servicios Sociales fue ágil ya que en Forks todos conocían a papá y a mamá, no solo como el médico y artista que eran, sino por las especiales almas que llevaban dentro. Una vez firmado el último papel y que todo fuese legal, Faith llegó a casa, el mismo día que nosotros debíamos salir a California para la última clase de mamá.

Con su corazón apretadito de tristeza, mamá se despidió de Faith, de papá y de mi para su última conquista, la numero veinticuatro. Quiso faltar para quedarse con nosotros, pero ni papá ni yo se lo permitimos. Así que mientras ella iba por esa última batalla, nosotros aprovechamos para pasear en la playa con papá. Sentados bajo la sombra de una palmera y disfrutando de la brisa marina, papá nos contó una hermosa historia de amor mientras yo sostenía a Faith en mis brazos.

– Tu hermana la ha escuchado muchas veces, Faith. Pero es hora que tú la sepas, la historia de mamá y papá. Y te la voy a contar con señas, con las que vas a aprender a contarnos todo lo que pasa aquí en tu mente y en tu corazón. Con las señas que mamá enamoró a papá. Ponme atención mi pequeña, esta es la historia del amor en silencio.

Y fue así como papá empezó a contarle a Faith, de tres semanas de nacida, su historia con mamá. La pequeña apenas logró mantener sus hermosos ojos azules abiertos durante diez minutos antes que cayera en un profundo sueño. Papá sonrió al verla quedarse dormida y me extendió los brazos para ponerla en su porta bebé. Una vez que la dejó allí, me sonrió y acomodó mi cabello alborotado por la brisa.

– ¿Cómo te sientes con todo esto, mi Hope? No hemos hablado mucho sobre la llegada de Faith a casa. ¿Qué opinas? – me preguntó con un susurro. Yo solo sonreí.

– Que no hay mejor regalo de cumpleaños que él me pudo haber dado. Le pedí un bebé al ángel del prado y me lo dio. Ahora tengo una hermanita, y ella me tiene a mi – papá me dio una mirada conmovida y sonrió.

– Y yo las tengo a ustedes. Mis preciosas mariposas de luz – me dijo antes de abrazarme. Estuvimos algún rato más en la playa, él me contaba sobre los niños con los que trabajaba y con los que estaba seguro que serían candidatos principales para la Escuela de Arte de mamá, cuya inauguración era en apenas dos semanas más.

– Aún no tiene nombre la escuela, papá. ¿Cómo le van a llamar? – papá se encogió de hombros y únicamente palmeó mi cabeza.

– De seguro a mamá se le ocurrirá algo pronto. Lo sé – me dijo antes de invitarme a ponerme de pie y cargar el porta bebé con Faith en su interior. Fuimos a comer algo, y luego de algunas horas más, fuimos por mamá.

Salió con una enorme sonrisa y un pequeño cuadro en sus manos. Papá la recibió con un beso y ella a cambio le entregó el cuadro.

– Lo logré, tortugo – le susurró con su voz. Papá le sonrió y miró el cuadro. Era de un símbolo, unas manos pintadas de café, verde y azul que abrazaban un corazón rojo.

– Si, amor, lo lograste. Has terminado la maestría – respondió papá. Ella negó mientras tomaba el cuadro en sus manos y se lo enseñaba nuevamente.

– No, Edward. Eso no fue lo que logré. Durante la clase de hoy diseñé el logo que llevarla la imagen de nuestra Escuela de Arte. Las manos de mi familia con los colores de ojos de cada uno, cafés como los de Hope, azules como los de Faith y verdes como los tuyos, y están tocando mi corazón. Y también le encontré un nombre, el nombre de mis hijas… "Hope and Faith for hearts"

Papá esbozó una sonrisa ladeada y muy despacio volteó a vernos a Faith y a mí. Yo sonreí al recordar sus palabras de esa mañana y supe que su sonrisa se debía a lo mismo. Ella siempre encontraba la manera de lograr lo que se proponía, y terminar sus clases y encontrar el nombre de la escuela el mismo día no era la excepción.

– Me parece un nombre perfecto. "Esperanza y Fe para los corazones", exactamente lo que tú vas a llevarles a estos pequeños. Te amo, Isabella, eres más que mi esposa, eres mi pequeño ángel de vida – le dijo antes de besar sus labios. La escena se controló a tiempo debido a la presencia de menores en el lugar, pero se prometieron celebrar en privado el acontecimiento de aquel día. Una vez que volvimos a casa, mamá preparó la cena y después de hacer dormir a Faith, celebramos su nueva conquista.

– Por los que nunca se rinden – alzó mamá su copa de vino.

– Por los que aman – brindo papá.

– Por los que sueñan y luchan hasta el final – dije yo alzando mi vaso de Coca Cola. Mamá sonrió y chocó su copa con la mía.

Ese mismo chocar de copas fue el que se escuchó la mañana del 20 de diciembre de aquel año cuando la Escuela de Arte Especial "Hope and Faith for hearts" fue oficialmente inaugurada. Pequeños de todos lados fueron invitados a la inauguración y muchos de ellos estaban ya inscritos para las primeras clases. El abuelo Charlie como jefe de policía honorario de Forks dedicó unas palabras al trabajo de Isabella Cullen Swan, a quien se refirió como una guerrera, como una mariposa libre, como la fuente de su mayor orgullo, la pequeña que jamás aceptó un no por respuesta. Mamá conmovida se acercó a él y con un fuerte abrazo le dedicó esa nueva conquista al abuelo. Por ser quien era con ella, por sacarla adelante cuando todos decían que él no sería capaz.

– Fue de ti que aprendí a salir adelante, papá. Gracias por enseñarme la mejor lección de todas, te amo – le dijo con su voz casi quebrantada. El abuelo sonrió y besó las mejillas de mamá para luego retirarse despacio hasta un extremo del salón. El resto de nuestra familia también estuvo allí. Mi tía Alice con mis primas y el tío Jasper, el tío Emmett con Steven y mi muy embarazada tía Rosalie. Mis abuelos Carlisle y Esme y todos los amigos de mamá, quienes prometieron preparar para ella una pequeña fiesta de graduación de su maestría que sería en un mes en California. Papá me contó que cuando ella terminó la universidad apenas pudo asistir a su graduación, en ese tiempo estaba embarazada de mí y aquello le representaba estar todo el día en cama. Una razón más para agradecer a mamá por todo lo que hizo para tenerme. Sacrificio sobre satisfacción…

Aquellas cuatro semanas pasaron volando, entre el éxito de la Escuela de Arte y su nueva tarea de ser mamá, mi madre no tenía un momento de descanso. Faith exigía mucha atención, pero entre papá, mamá y yo lográbamos sacar adelante a la bebé. Entré a la escuela secundaria ese año, y ser novata no era nada fácil pero éramos un equipo, siempre lo fuimos y entre todos siempre nos dimos apoyo.

El día de la graduación de mamá, ella usó un hermoso vestido celeste. El abuelo decía que le recordaba mucho a Jackie Kennedy por su elegancia, papá decía en cambio que parecida por su belleza. Yo en cambio decía que era ella Isabella, mi mamá… mi heroína.

Llegamos a California cerca del medio día, justo a la hora de la graduación. Visiblemente emocionada recogió su titulo y sus maestros la felicitaron por la Escuela de Arte. Sonrió mientras alzaba el papel en sus manos y nosotros, su familia la aplaudíamos en aquel pequeño salón. De regreso en Forks una pequeña celebración en casa de mis abuelos nos esperaba. Mamá, con Faith en brazos, recibía la felicitación de cada uno y sonreía emocionada cada vez que alguien le decía lo hermosa y grande que estaba mi hermana. Antes del brindis, mamá dejó a Faith en brazos de mi abuela Esme y decidió decir unas pocas palabras.

– Esta mañana, cuando íbamos camino a California, casi al llegar leí un enorme grafiti que me sacó una sonrisa. Decía: La vida es como una montaña, difícil de escalar, pero en cuanto estás en la cima la vista es hermosa – empezó diciendo con su delicada voz. Papá se acercó a ella y acarició su mejilla despacio. Mamá le sonrió y él se alejó para dejarla hablar –. Creo que puedo decir, con total certera que mi vida ha sido una montaña. Una muy empinada y rocosa montaña a la cual muchos no se atreverían a escalar. Ha tenido tantas curvas, unas más peligrosas que otras. Ha tenido también abismos, unos oscuros agujeros que pensé jamás lograría superar. Ha tenido también obstáculos, unos grandes, otros no tanto. Pero luego de escalarla cada día, de luchar, de detenerme solo para dormir, puedo decirles que la vista aquí arriba es maravillosa. Desde aquí arriba puedo ver lo que escalando no podía ver. Puedo ver que tengo una familia que jamás me dejó sola, ni siquiera en aquellos oscuros agujeros. Que tengo un padre que me ayudó a saltar cada obstáculo, y unos amigos que me empujaron cuando la cima se veía cada vez más lejos – mamá hizo una pequeña pausa y tomó un fuerte respiro. Luego siguió hablando.

– Pero en todo este viaje de aventura en la montaña de mi vida, hubo alguien que estuvo conmigo, escalando a mi lado. Me daba fuerza, me alentaba a dar lo mejor de mi cada vez – mamá se volteó y miró a papá para luego hablarle en señas –. Me enseñó a amar la vida, a ser fuerte. Se casó conmigo, y en nuestra pequeña montaña tuvimos dos hijas. La primera de mi vientre, y la segunda de mi corazón. Gracias, Edward, por todos estos años de amor que me has brindado. Por ser mi tortugo, tanto en el silencio como en el sonido, tanto en la luz como en la oscuridad. Te amo de una forma que a lo mejor jamás comprenderás, te amo en la quietud de mi alma, en aquella que conquistaste con tus manos. Gracias por estar a mi lado en cada aventura, te amo Edward… simplemente te amo.

Papá no dejó terminar a mamá antes de abalanzarse a sus brazos y apretarla con fuerza. Todos en el lugar alzamos las manos y empezamos a aplaudir como lo hacen en el lenguaje de mamá, agitando las manos en el aire y sonriendo en su dirección. Mamá empezó a sollozar y ella también alzó sus manos y las agitó en el aire, símbolo de celebración de su triunfo, de su vida…

La celebración terminó algo temprano aquel día. Faith necesitaba su baño y su biberón y nosotros necesitábamos descansar ya que al día siguiente todo debía volver a la rutina. Y así ocurrió, mamá volvió a su Escuela de Arte, yo a la secundaria y papá al hospital. Faith empezó a crecer muy rápido al igual que yo, y sin darnos cuenta el tiempo empezó a volar frente a nosotros. Ella tuvo su primer diente, yo tuve mi primer sujetador. Ella hizo sus primeras señas, yo tuve mi primer novio. Ella entró a la escuela, yo a la universidad. Pero aunque entre Faith y yo había una diferencia marcada de edad, eso no nos impidió ser las mejores amigas. Nos contábamos todo cada fin de semana que yo volvía a casa mientras papá y mamá daban sus tradicionales paseos por su prado.

– Hay un niño en mi clase, se llama Brian. Me regaló una flor y dice que cuando sea mayor se va a casar conmigo – me dijo mi hermanita, ya de nueve años una de aquellas tardes. Yo sonreí al recordar la similitud de su historia con la de nuestros padres y me acerqué a ella, estábamos las dos sentadas en el piano de papá.

– ¿Te puedo preguntar algo, Faith? – le pregunté en señas. Ella asintió y me miró con sus preciosos ojos azules –. ¿Cuál es la historia que papá te cuenta antes de dormir?

– ¡La de la Tortuga Manuelita! – me respondió con una gran sonrisa mientras hacía la seña de la tortuga.

– ¿Quieres que te cuente de dónde nace la historia de la tortuga manuelita? – ella asintió emocionada y yo la tomé de la mano. Nos sentamos en el porche y a lo lejos vimos a nuestros padres caminando tomados de la mano por el sendero que conduce a su prado. Una lágrima escapó de mis ojos y mi hermana se asustó al verla.

– ¿Qué pasó, Hope? ¿Qué te duele? – me preguntó mientras limpiaba mi mejilla. Yo negué con una sonrisa.

– No pasa nada, bebé. No pasa nada. Es solo que… soy feliz con la familia que tengo. Eso es todo – mi hermana me miró confundida por lo que yo solo besé su cabeza.

– ¿Me cuentas entonces la historia, Hope? – preguntó curiosa. Yo asentí y corrí hasta mi habitación para buscar mi cuaderno. Regresé y coloqué el cuaderno donde tenía escrita toda la historia y empecé a relatársela con mis manos.

"A la escasa edad de tres años, son pocos los recuerdos que pueden almacenar los niños en su pequeña memoria. Quizás recuerden con claridad lugares que frecuentan, los nombres de padres y hermanos incluso el lugar donde dejaron su juguete favorito o el sabor del mantecado que más les gusta. La mayoría de infantes tiene recuerdos más claros a los cuatro o cinco años…

Pero ese no es el caso de Edward Cullen, él recuerda muy claro aquel suceso que cambió su vida una mañana de Abril, cuando apenas tenía tres años.

Edward… – le habló su madre Esme, una hermosa mujer de cabello color caramelo y de tez muy blanca –. Edward, nos están esperando para irnos.

No me voy – gruñó el pequeño Edward, dueño de un rebelde cabello cobrizo, de unas penetrantes esmeraldas brillantes en sus ojos y a pesar de su corta edad, poseedor de unas manos con deditos muy largos y agiles. Manos que en ese momento se movían haciendo unos gestos que su madre no comprendía.

Cielo, pero mañana puedes intentarlo otra vez. Papá nos está esperando – tocó su brazo y el pequeño se removió incomodo.

Mami – el pequeño Edward tocó su mejilla y su madre sonrió –. Solo una vez más – su madre asintió y Edward se volteó para encontrarse nuevamente con un par de ojos chocolates que lo veían intrigado. El pequeño le sonrío y suspiró. Colocó sus manos como le había enseñado su profesora esa mañana y trató de recordar cada movimiento.

Yo…– se señaló a sí mismo –. Te quiero – puso sus brazos sobre su pecho y los dejó en forma de cruz – A ti Isabella Swan – y señaló a una hermosa niña de cabello y ojos del color del chocolate, de labios rellenitos y de piel tan blanca como la leche que estaba frente a él. La pequeña sonrió y una lágrima rodó por su mejilla. No solo porque a sus 3 años de edad alguien le había dicho que la quería por primera vez, sino que además lo había hecho en señas… en su lenguaje, el único que conocía..."

Al terminar la primera hoja, el prólogo de la historia que durante más de un año me había tomado en escribir, y que fue armada con cada relato que mi padre me hacía cuando era niña, mi hermana tenía sus ojos llenos de lágrimas y mis padres que me veían a lo lejos me miraban orgullosos. Yo corrí hasta donde estaba mamá y la abracé con fuerza.

– Es su historia, yo la escribí… Se llamará "Silent Love". La historia del amor en silencio – le dije a mamá en señas. Ella solo sollozó y me abrazó también mientras besaba mi cabello. Papá únicamente nos abrazó a las tres y sonrió.

– Una historia que aún tiene algunos capítulos por escribir, pero que desde ya tendrá un final feliz – sentenció él. Faith se acercó a nosotros con cautela y papá, se agachó para hablarle en señas –. Y usted, mi pequeña Faith, es también parte de ese final feliz. Te amo, bebé, te amo – ella se aferró a papá y con su voz, aquella que mamá le enseñó a modular le respondió.

– Yo también te amo, papá – papá abrazó con fuerza a mi hermana mientras mamá y yo contemplamos la escena. En ese momento supe que a la larga, papá tendría razón.

Aún faltaba por escribir más capítulos en ese libro, como decir que mamá dedicó su vida a enseñar arte a sus niños especiales de su escuela. Que llegaba exhausta pero contenta de ver a sus pequeños divertirse y llenar sus vidas de alegría. Que era admirada por muchos, y querida por miles más. Que a pesar de toda su limitación jamás se dio por vencida. Que fue feliz, incluso cuando todos esperaban lo contrario.

Que papá llegó a ser director del hospital de Forks y que bajo su dirección logró tener una pequeña sucursal de la Escuela de Arte de mamá en el hospital para los niños que se trataban del cáncer en ese lugar. Que logró que Faith aprendiera, aun en su condición, a tocar piano y le enseñó la pieza que compuso para mamá. Que era feliz incluso cuando un par de canas prematuras querían pintar de gris su rebelde cabello.

Que Faith tuvo también de maestra a Kate y bajo su enseñanza aprendió que ser diferente no era malo. Que su primer beso a los once con su primer amor, Brian, el niño de la flor. Que era hermosa, fuerte y muy arriesgada. Que aunque siempre supo que sus ojos azules eran diferentes a los ojos de todos nosotros, era feliz sabiendo que estaba en la familia que la supo amar y aceptar como era.

Y que yo, la que durante todo este tiempo he contado esta historia… que yo también he sido feliz.

Porque la felicidad no radica en lo que uno tiene, sino en lo que uno es. Que no viene en cajitas etiquetadas con un precio, o están colgadas en una percha esperando ser compradas. La felicidad es ser libre, de mente y espíritu. Y eso es lo que somos, Isabella, Faith, yo… incluso tú, mujeres guerreras que se atreven a decirle al mundo que no aceptamos un NO por respuesta.

Atrévete a ser feliz, escala esa montaña… y verás que la vista al final es maravillosa.

*FIN*


Tres pequeñas letras y todo llega a su final…

Mis pequeñas tortugas, aquí me tienen, con un poco de retraso pero aquí estoy. El final llegó y con ello mis lágrimas de emoción y tristeza por terminar esta aventura. Cuando la empezamos, con mi beta un año atrás, jamás pensé que tendría esta acogida. Trabajamos juntas en muchas cosas, y aunque pasamos por tantas cosas más, tampoco nos rendimos. Es por eso que este capítulo final va dedicado a Isita María, mi beta, mi amiga.

Quiero dar las gracias a todas las lectoras que me acompañaron desde el inicio, otras que se fueron añadiendo y otras que hasta hace poco estuvieron a mi lado. Su apoyo incondicional fue lo máximo para sobrevivir a esta aventura y no hay palabras para agradecerles todo lo que hicieron por esta historia. Sus reviews, sus nominaciones, sus Teams, sus comentarios, sus amenazas, pero sobre todo su enorme cariño. Recuerdo cada nombre, cada país, cada detalle que todas y cada una de ustedes ha tenido conmigo. Todas saben quiénes son y lo importante que son para mí. Mi corazón está con ustedes. Gracias por creer en esta historia, en su mensaje. Porque todas son guerreras de mil maneras distintas, heroínas de la vida real y cuyas historias también merecen ser contadas.

Como ya es una pequeña costumbre en esta pequeña escritora, con este final les tengo también una noticia. En los próximos dos meses estaré trabajando en una historia original que participará en un concurso local. Aquello necesita mi enfoque, imaginación y atención al 100% por lo que deberé tomar unas pequeñas vacaciones de FF. Han sido dos años de escritura ininterrumpida en este fandom por lo que debo hacer una pausa para concentrarme en la historia original. Pero… hey… ¿Quién dijo que en las vacaciones las dejaría solas?

Durante los últimos cuatro meses he empezado a desarrollar mi nueva historia, y es por eso que me enorgullece presentarles mi nuevo fic: "Más allá del destino." Es una historia donde la vida y la muerte juegan con el destino. En pocos minutos la subiré aquí en FF por lo que si no me tienen en alerta de autora… ¿qué esperan? Jejeje. Las vacaciones terminarán al finalizar agosto, cuando retomemos la historia, hasta eso espero que su prologo las deje con la intriga.

No me queda más que agradecer una vez más por todo. Silent Love, el tortugo y su mariposa serán para mí un bello recuerdo. Me gustaría invitarlas a dejar un último review sobre esta historia… ¿se imaginaron que era Hope quien la contó todo el tiempo? ¿Qué mensaje les ha dejado todo el fic? Anímense a contarme su experiencia, yo estaré aquí en el silencio leyéndolas…

Ha sido un placer dedicarles esta historia pero debemos decir hasta luego, así que como dijo mi amiga E. L. James un tiempo atrás: "La última en salir, por favor apague la luz"

Nos veremos pronto.