Disclaimer: Ya lo dije, lo repito por las dudas: mis derechos sobre Glee son proporcionales a mis habilidades vocales. Me han querido echar de mi propio cumpleaños por cantar, así que sacad vuestras propias conclusiones.

Damage Points

Introducción:

«Todos los hombres recomiendan paciencia, aunque pocos están dispuestos a practicarla». Thomas de Kempis.

Kurt Hummel suspiró, mirando al ordenador como si éste tuviera la culpa de su falta de concentración. Con desgano, echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos, apoyando la espalda contra la parte trasera de la silla y meciéndose sobre las patas traseras de la misma. Otro profundo suspiro nació de sus labios, mientras dejaba su cabeza en blanco, colapsando ante los cientos de soluciones inútiles que llegaban a su mente, tan sólo para irse con la misma velocidad.

No podía pensar en terminar su ensayo de historia cuando había tanto sucediendo dentro de su casa.

Justo una semana atrás, el sábado anterior, su padre había sufrido un infarto. Por supuesto, el muchacho sabía que Burt Hummel sufría del corazón, pero jamás había tenido que lidiar con una situación como aquella. Los nervios, la desesperación, el rápido traslado al hospital, el miedo a perder a la única persona que le quedaba… Todo había sido demasiado. El diagnóstico había estado relacionado con estrés laboral; las cosas en el taller marchaban normalmente, pero los tiempos habían cambiado y los ingresos ya no parecían ser lo que eran unos años atrás. Incluso cuando su padre vivía trabajando y se desesperaba por complacer a su hijo, las cuentas no se pagaban solas y el dinero cada vez parecía más ajustado. Kurt no había sido demasiado consciente de ello durante su vida; pero, con casi diecisiete años, había ciertas cosas que su padre ya no podía ocultarle.

El joven se estiró hacia adelante hasta tomar su teléfono móvil. Pasando rápidamente los contactos, tocó el buscado y aguardó pacientemente, volviendo a recostarse sobre la silla.

¿Kurtie?

—Sí, Mercedes —respondió él, sin poder contener el cansancio en sus palabras—. ¿Crees que tendrás un rato para tomar un café?

¿Lima Bean? —preguntó ella, una sonrisa filtrándose en el tono de su voz.

—Por favor. Te veo en… ¿media hora?

Vale, bebé —aceptó la muchacha—. Nos vemos.

El joven Hummel se dirigió a su armario, pasándose una bufanda por el cuello y calzándose un saco largo. El frío de noviembre comenzaba a llenar las calles de Lima, dónde las primeras nevadas amenazaban con mostrar sus blancas fauces de un momento a otro. Tomando su bolso, salió de la habitación, dando el ensayo por olvidado, por lo menos por aquella tarde. Había asuntos más importantes que atender y realmente necesitaba a una amiga a su lado en aquel momento.

Kurt bajó las escaleras rápidamente. Su padre se encontraba sentado en el sofá de la sala, aún sin someterse a mucho trabajo. Afortunadamente tenía gente de confianza en el taller, que lo ayudaba y tenía ya todo cubierto. El joven Hummel había intentado en más de una oportunidad trabajar con él, pero, la mayoría de las veces, aquéllo sólo había terminado en desastre. Lamentablemente, tanto para el padre como para el hijo, los genes no habían favorecido a Kurt. Él y Burt, si bien se llevaban de maravilla, tenían intereses muy distintos, comenzando por algo tan fuerte como la preferencia sexual, hasta cosas sencillas como partidos de futbol u obras de Broadway.

—Papá, voy a salir un rato con Mercedes —informó el joven—, ¿necesitas algo?

El hombre giró suavemente desde su posición en el sofá, dándole una pequeña sonrisa.

—No te preocupes, hijo, estoy bien —aseguró—. Diviértete.

El muchacho forzó una sonrisa, antes de encaminarse hacia la salida. El frío de la inminente llegada del invierno abrazó su cuerpo delgado, mientras hacía el camino hasta el automóvil de su padre.

Unos veinte minutos después, él y Mercedes se encontraban haciendo la pequeña fila para ordenar sus bebidas. La muchacha no dejaba de darle miradas fugaces a Kurt, que sabía que la expresión en su rostro resultaba ligeramente delatora. Le dio una pequeña sonrisa, mientras se encargaba de ordenar por los dos. Afortunadamente, la espera no fue demasiado larga y pronto ambos se encontraban en la búsqueda de una mesa que les permitiera hablar con calma.

—Ahora, por favor, dime qué te sucede, Kurtie —pidió Mercedes, una expresión suave en su rostro—. ¿Tu padre está bien?

Él suspiró y asintió, tomándose su tiempo y bebiendo un poco de café.

—Necesito conseguir un trabajo, Mercedes —comentó él—. Estoy preocupado por mi padre, ¿sabes?

—¿Un trabajo? —preguntó la muchacha, torciendo el gesto levemente.

Kurt sabía que era ligeramente absurdo. Ya había tenido aquella conversación consigo mismo, pensando en las opciones más realistas. Honestamente, sabía que él no era el tipo de chico que conseguiría trabajar en un café o un local de comida rápida. Dejando de lado el horrendo uniforme —que iba en contra de todos sus principios de la moda—, sabía que su carácter irritable no era exactamente el adecuado para tener que lidiar todo el día con clientes apurados, muchos de los cuales eran exaltados y molestos adolescentes. Kurt había pasado suficiente tiempo en Lima Bean como para saber exactamente de qué iba el trabajo. Estaba seguro que, por más que lo intentara, aquéllo sería un fracaso aún mayor que sus deseos de ayudar a su padre en el taller.

—Lo sé, no sé hacer absolutamente nada y tengo dieciséis años —murmuró Kurt desanimado—; pero realmente necesito un trabajo, Cedes. Quiero ayudar a mi padre, aunque sea un poco.

La joven le sonrió tiernamente.

—Estoy segura que podremos encontrar algo —animó—. Pensemos… pensemos… —hizo silencio por unos minutos—. Tú eres bueno cantando. Y bailando. Y actuando.

El muchacho alzó las comisuras de sus labios, aunque la expresión era levemente desanimada.

—Vivimos en Ohio, Cedes —comentó—. No creo que mi capacidad actoral me sirva mucho aquí.

La joven Jones hizo una mueca y se tomó un momento para beber un poco de café, sin decir nada. Después de todo, ambos sabían que Kurt tenía razón: si bien era un gran cantante, un buen bailarín y toda una reina del drama, en Ohio aquello era tan irrelevante como saber hacer malabares o figuras con palillos de helado. Y el joven Hummel había crecido siendo consciente de ello y ya no le molestaba; pero sabía que, en esa ocasión, era un problema. No había nada más que se le diera bien. Nada en lo que destacara.

—Ya se nos ocurrirá algo, Kurtie —comentó ella, tomando su mano por sobre la mesa.

El muchacho soltó una buena cantidad de aire de golpe, frunciendo un poco sus labios antes de susurrar con pesar:

—Espero que sea pronto.

Una casi una semana después de aquella conversación, Kurt ya parecía ligeramente desesperado. Su padre ya se encontraba mejor —ya había vuelto a trabajar regularmente—, pero el joven Hummel seguía sin contarle sus planes. Aunque sabía que no era una noticia trágica, el muchacho estaba seguro que su padre no estaría de acuerdo, y prefería ahorrarle noticias que pudieran disgustarlo. Además, no era como si hubiese conseguido un trabajo, por lo que, de momento, no había nada que contar.

Con aquellos desalentadores pensamientos dentro de su mente, Kurt ingresó aquel viernes a la sala del club de coro, donde, para variar, había una disputa con gritos, drama y todos los posibles ornamentos que cualquier director de telenovela hubiese deseado. Si había algo que no faltaba en aquel pequeño club de preparatoria, eran, sin dudas, los aires de fatalidad que tenían todos sus miembros. Reinas dramáticas, muchachos defendiendo su orgullo, problemas personales puestos a la luz en canciones… Kurt muchas veces se preguntaba si aquello era un coro o un circo, aunque no podía negar que era bastante divertido. Cuando él no se encontraba en el centro de las peleas, ser oyente a veces podía resultar interesante, incluso inspirador.

—A ver, déjame repetírtelo, Fabray —siseaba Santana. Kurt se delizó discretamente hasta alcanzar una de las sillas del fondo del salón—: yo-no-bese-al-idiota-de-tu-novio.

—Santana está diciendo la verdad, Quinn —decía Sam, quien había estado saliendo con la aludida hacía unos dos meses… o algo así. Las parejas en el club habían sido de lo más variadas y cambiantes, por lo que las fechas se habían vuelto ya una nimiedad.

—Además, yo ya tengo a alguien en mente, así que puedes quedarte con tu chico de boca grande —comentó, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—¿Quién es la pobre víctima esta vez? —preguntó Noah Puckerman, que se encontraba afinando su guitarra en un rincón de la sala.

La muchacha caminó tranquilamente hasta una de las sillas, generando aquella expectativa tan típica de ella. Se sentó con tranquilidad, dándole a Puck una mirada llena de satisfacción.

—Uno de estos niños ricos de Dalton —dijo, muy pagada de sí misma—. El tío es… ¡uff! —hizo un gesto con la mano para abanicarse, mientras Kurt le daba una rápida mirada a Mercedes que, por impulso, rodó los ojos junto con él. Ambos sonrieron suavemente. Aquello era tan Santana López.

—¡Estás fraternizando con el enemigo! —chilló Rachel, que no podría mantener jamás una conversación privada de drama—. ¡Él es de la escuela que competirá contra nosotros en las Regionales!

Santana le dio a Rachel una mirada aburrida.

—Sí, ¿y qué? —dijo amenazantemente—. Créeme, lo que menos hacemos es hablar, Berry.

—Ugh, ahórrate los detalles, por favor —pidió Tina en voz alta, siendo rápidamente secundada por su novio, Mike Chang.

Afortunadamente el profesor a cargo del coro, William Schuester, ingresó en la sala, interrumpiendo otra de las tantas peleas sin sentido a las que se encontraba tan acostumbrado como cada uno de los miembros del club. En la pizarra puso la tarea de la semana, que, en ese caso, se trataba de poner las emociones en una canción. Elegir alguna pieza, sin importar cual, que expresara exactamente cómo se sentían los muchachos en aquel momento.

—He visto que hay demasiada… hostilidad en el club —comentó—. Quiero que se enfoquen en eso: en cómo se sienten, en lo que quieren decir, en cómo mejorar.

La práctica fue bien; además de la tarea, dedicaron algo de tiempo a pensar en posibles canciones para las Regionales. Cuando estaba por cumplirse la hora de salida, Mercedes se inclinó sobre Kurt para que sólo él la escuchara preguntar:

—Oye, ¿no crees que sería bueno contarles a los chicos que estás buscando trabajo? —hizo una pausa, sin estar del todo segura de la reacción de Kurt—. Quiero decir, ya sabes, podrían ayudar…

Kurt se mordió el labio, pero asintió. No le hacía mucha gracia, pero Mercedes tenía razón. Aunque era lo suficientemente orgulloso para no querer contarlo, era consciente que sus progresos con la búsqueda en el último tiempo habían sido nulos y que necesitaba ese trabajo. Como todo joven de su edad, además de deseos de ayudar a su padre, tenía necesidades: ropa, salidas, pequeñeces. No quería que su padre tuviese que desperdiciar horas de trabajo y dinero en sus caprichos. En todo caso, si iba a darse un gusto, quería que ese dinero fuese justamente ganado con su propio esfuerzo.

—¡Hey, hey, muchachos! —llamó Mercedes, intentando detener el bullicio en la sala—. ¡Kurt tiene algo que comentaros!

El aludido miró a sus compañeros ligeramente azorado, pasando luego a contarles sobre sus deseos de encontrar un trabajo de medio tiempo. Todo en el club sabía sobre el accidente de su padre; después de todo, a pesar de las peleas y los malentendidos, el grupo se había hecho muy unido a partir de aquellas reuniones después de clases. Era como una segunda familia para Kurt.

—¿Sabes hacer algo? —preguntó Santana, que jamás tendría problemas en decir en voz alta aquellas cosas que todo el mundo pensaba, pero no decía por educación.

—No —fue la honesta respuesta de Kurt—. Supongo que el haber crecido con mi padre no me hace un gran experto en nada más que en… no sé, ¿hacer la colada?

Mercedes le sonrió un poquito ante la broma.

Todos los muchachos del coro le dieron su apoyo, asegurándole que le avisarían en caso de saber sobre algo. Sam trabajaba en un café, pero supo al instante, por la mirada de Kurt, que aquello estaba completamente descartado —aún no estaba tan desesperado como para ponerse uno de esos uniformes color… granate, ugh. Puck cortaba el cesped en las casas vecinas, pero aquello tampoco les pareció una opción. ¿Kurt y una máquina tan grande? Eso era, sin dudas, darle armas para una catástrofe segura.

No fue hasta el lunes que Kurt tuvo novedades. Estaba guardando sus libros de geografía en el casillero, cambiándolos por los de francés, cuando Santana López se apoyó contra el frío metal junto a él, una sonrisa ladina en sus labios y los brazos cruzados sobre su pecho. Kurt alzó una ceja en su dirección, mientras cerraba la puerta con suavidad.

—Hummel, tengo un trabajo para ti —aseguró.

—¿Por qué tu sonrisa me da miedo? —apuntó el muchacho, sin estar del todo seguro si quería saber de qué se trataba lo que la latina tenía para decir.

—Deberías tener miedo, porque es un desafío —respondió ella, sin dejar de sonreír enigmáticamente—; pero vale la pena, créeme, porque la paga es excelente.

Kurt tragó pesado, siendo consciente de su propia desesperación antes de pedir, no sin cierta inseguridad:

—Escúpelo.

N/A: Hello, there! Tengo cientos de longfics Klaine para publicar y, sin embargo, este lo comencé hoy, escribí bastante (incluso por la calle, así de creepy) y hoy mismo lo publico. Tenía la idea dándome vueltas en la cabeza hace demasiado, pero no había tenido el tiempo ni las ganas de hacerlo. Sólo déjeme decirles que los personajes (bah, Blaine principalmente) serán un poco OoC, porque... bueno, simplemente la historia salió así. El rating es T, por lo menos de momento, aunque realmente no sé cómo encararé esta historia. Tengo todo en mi cabeza, pero de ahí al papel —o la pantalla, en este caso— siempre hay cambios. Sólo espero que honestamente lo disfruten y que me digan qué tal la idea, si vale la pena seguirla o no. Yo estoy bastante entusiasmada, pero bueno... todos saben que soy como los niños, todo me entusiasma.

Dejaré en mi perfil una playlist como siempre, que me encargaré de armar a medida que avancen los capítulos. Por Twitter y Facebook (ambos en mi perfil) seguiré informando sobre las novedades de esta historia y, en caso de tardarme con los capítulos (que espero, realmente, sea algo que no suceda), subiré también algunos adelantitos y cosas así.

En fin, espero ansiosamente sus comentarios y que les guste. Demás está decir que en el capítulo que viene conoceremos un poco la historia de Blaine y qué pinta en esta historia (aunque creo que ya tienen una ligera idea, ¿cierto?).

Gracias a todos los que le dan siempre una oportunidad a las locuras que escribo. Nos leemos prontito.

MrsV.