El Pergamino Secreto

Isabela Camino

Esas lanzas de luz entre planetas,

Qué batalla se libra en el espacio

Qué cometa sanguinario no quiere ceder el paso,

En dónde estás

Triste, nostálgica, dadora de infinito que pasea en el bosques de los sueños

Canto Primero de Altazor. Vicente Huidobro, chileno.

Primera Parte "El Niño De la Tierra"

Prefacio

El Alfarero concluyó su trabajo justo la noche en que las siete lunas se alinearon en el primer cielo, bañando con sus translúcidos rayos los tres horizontes del mundo.

Según cuenta la leyenda escrita en el pergamino secreto, muchos milagros ocurrieron entonces, en muchos lugares del Todo, en el transcurso de los siglos, de las eras eternas, o de las edades de los astros lejanos (como sea que cada mundo comprenda su permanencia en el Todo). Y saber eso, (el asunto de los milagros) aunque ignoremos exactamente lo ocurrido, siempre nos ha ofrecido una sensación deliciosa y muy esperanzadora aquí en Luzsinfin, y seguramente así continuará ocurriendo hasta que se cesen las estrellas más antiguas.

En ciertas ocasiones -es cierto- nos hemos informado sin querer: cierta vez, gracias a Maggi en uno de sus viajes, supimos que cuando la amada Emperatriz Roma lloró por primera vez, el mundo de Maggi se inundó por completo. Y fue Afna Madre, la gran Maga de nuestra Era, quien nos confidenció que la inundación ocurrió en dos mil mundos en forma simultánea. Supimos también que en el mundo de Iván, el líder de los exploradores, cuando a la amada Emperatriz y a Altaír se les concedió un instante de contemplación mutua, en el mundo del Joven Iván apareció el primer arcoiris. Por supuesto, los humanos saben muy poco a cerca de la raza de los Arcos Iris, y de su naturaleza acariciadora y parlanchina.

Pero, todo esto puede resultar muy abrupto si no comienzo a contar sobre uno de ustedes, y desde su propia comprensión de los secretos, de los misterios ocultos en la luz. Por eso comenzaré a hablar de Iván, que en aquel tiempo era llamado simplemente "el niño de la tierra", y que llegó a Luzsinfin por lo que él mismo denominó "una abducción extraterrestre", y -después de todo- es probable que en su mundo lo haya sido realmente, claro está, aquí en Luzsinfin no fue sino un accidente fortuito y muy venturoso.

Algenib, el joven guerrero, Príncipe de las Tierras Claras del noreste, regresaba de pasar una temporada con el Alfarero, y como es lógico, se envolvió a su llegada en una danza estelar finita, pero con aspiraciones serias de eternidad. Todos los intérpretes de música acudieron al llamado, y eso es algo que no puedo explicar con exactitud, dado que nuestros instrumentos musicales no corresponden cabalmente a los instrumentos humanos, por lo demás contamos con numerosas flores terrestres y acuáticas grandes productoras de música.

Sucedió que la prodigiosa cadencia que invadía los valles, los océanos, los horizontes sinfinios, impulsó a Algenib a iniciar su danza con enormes saltos rítmicos más allá de las nubes, giros múltiples en el primer horizonte, pasos gráciles sobre el océano, haciendo brillar sus diversos tonos rosa. Hasta que ¡sas!, en un giro mortal perdió su sombrero, el mismo que había usado su padre, Algenib Centurión II, segundo en línea desde Algenib Máximo, el padre de los grandes guerreros del mundo, y que él mismo había obtenido en la batalla por nuestra Séptima Luna. Lógicamente Algenib se sobresaltó, detuvo su danza sin que la música hubiera cesado, y partió más raudo que el cometa que huye en busca de su sombrero que se deslizaba de cúmulo en cúmulo, de galaxia en galaxia, de astro en astro, hasta detenerse en un pequeño planeta azul del Sistema Solar, un planeta muy bello, semejante a una joya: "un agua marina legítimamente esculpida por las manos del Alfarero", pensó Algenib. En una colina intensamente verde divisó su sombrero lleno de esplendor: "un trozo de cielo derramado sobre el campo", pensó para sí mismo, y mientras lo decía volteó para observar el viento invisible entre los inmensos nogales empinados a su espalda. "Curioso, pero es un muy buen aire", pensó muy complacido, con su sombrero ya en las manos, sintiendo su textura de polvo de astros jóvenes matizado con brillo de estrellas que nunca se apagan. (En última instancia todos los elementos y los seres surgimos a partir de eso, del polvo de estrellas.) Distraído, observando la brisa entre los frondosos árboles, leyendo los diseños del viento puro -que lograba ver con perfecta claridad- sujetó con firmeza su sombrero desde uno de sus extremos, y en mucho menos de un haz de luz efectuó el camino de regreso a Luzsinfin, la Ciudad Amada, donde la música de su alegre danzar, que aún le parecía oír, continuaba llamándolo. Más veloz que los destellos de los cometas fugaces avanzó los centenares de mundos, los millones de astros que indicaban su Línea Única (o camino de regreso), sin percatarse de que en aquella colina intensamente verde, muy lejos allá en la Tierra, justo del otro extremo de su sombrero -que tomó distraído antes de partir- estaban las manos de un niño.

Capítulo 1

Perdido

"Yo, Iván del Pilar Garcés Becerra, soy nacido en el hospital de Temuco, al sur de Chile, en América del Sur, un 21 de febrero de hace justo 11 años atrás. Nací a los ocho meses y medio con parto normal, a las 12:30 del día. Si era mujer, me iban a poner Iván del Pilar igual, pero fui hombre y me llamaron así, total, el nombre servía más para hombre que para mujer.

Mi familia la componen cinco personas:

Mi papá Omar Garcés, mi mamá Ivett Becerra, mi hermana María Griselda, el abuelo que se llamaba Doroteo del Pilar Garcés, y que murió a finales de la primavera, y yo, que soy el hermano mayor. Mi familia me quiere mucho, y yo también a ellos.

Cuando sea grande quiero ser profesor de algo fácil o médico forense, porque me gustan mucho los muertos, son tan bellos.

Mi mayor sueño es que me ocurran cosas interesantes, algo así como peligros desconocidos o conquistar un mundo no descubierto".

Cuando escribí mi minibiografía en el colegio no podía imaginar que faltaba tan poco para mi "abducción", como primero se me ocurrió pensar. Era fin de semana y estábamos en la parcela del tío Andrés, caía la tarde cuando salí a probar el volantín que había hecho para mi hermana. Estaba en la colina, elevándolo, cuando divisé el ovni -se veía mejor con el catalejo que me había obsequiado mi abuelo un poco antes de morir- y que según mis primeros pensamientos venía del espacio a buscar el pedazo de cometa que brillaba sobre la colina. Cuando me acerqué, descubrí con sorpresa que el cometa tenía aspecto de sombrero, y que el material del que estaba hecho, era algo increíble, algo que definitivamente no era de este mundo. Sentí miedo, pero me di valor y lo toqué, cuando lo hice, la sensación fue supersónica. Completamente trémulo alcancé a levantar los ojos y lo vi apenas, casi enceguecido por el resplandor el altísimo marciano. Se me soltó el volantín de las manos de la impresión, no obstante, procuraba observarlo, creo que me parecía similar a los héroes de las historias que me contaba el abuelo Doroteo del Pilar, al menos a como yo desde muy niño los había imaginado. Percibí, que tomó su sombrero, y lo demás fue simplemente pestañar sintiendo que un rayo de luz muy blanca se metía dentro de mis ojos cerrados, y así, sin más, cuando terminé de pestañar y los abrí, estaba en "otra parte". El muchacho alto con su sombrero en las manos me miró con ojos llenos de asombro:

-¡He traído un visitante!-. Exclamó con una voz que no estaba hecha de palabras.

-Señor marciano, por favor no me mate ni me haga una autopsia estando vivo, soy un ser de paz, y puedo darle la información que requiera, sólo permítame regresar a mi casa, debo tomarme la leche y alimentar a mis aves, por lo demás, si no regreso, mi mamá lloraría mucho y no soporto verla llorar.

Pero, la música inexplicable me hizo callar de asombro, y el parloteo incesante de los arcoiris sobre mi cabeza, me dejaron sin palabras, y casi sin pensamientos para poder pensar.

El "marciano", me miraba con sereno asombro, mientras los arcoiris gritaban:

-¡Un niño!, ¡un niño del sistema solar!, ¡un humano en estado contaminado!, ¡un niño de la Tierra se vino en el sombrero de Algenib!, ¡niño extraviado!, ¡niño perdido en el espacio! Y al instante vino la segunda aparición: un señor viejo vestido con túnica blanca que lucía una barba cana perfecta y reluciente y que venía acompañado de una chiquilla extremadamente hermosa, de cabellera azul clara, ojos amarillos, tibios, de un sencillo esplendor, y al mirarlos era como si estallaran de alegría, iluminando una faz violeta perfecta que concentraba toda la belleza que alguna vez pude soñar.

-Daba la bienvenida a Maggi, cuando me enteré -dijo el anciano- los arcos iris dijeron que se vino un muchacho en tu sombrero.

Algenib, simplemente me miró como toda respuesta. El anciano me dirigió una mirada llena de alegría, se inclinó haciendo una reverencia, y dijo con tono solemne:

-¡Cómo va!, pequeño Iván del Pilar Garcés del planeta Tierra. Luzsinfin, la amada ciudad, se honra en recibir tus pasos. Y su voz era sabia y segura, y yo comprendí que pese a su salud y buen ánimo, era el hombre más viejo que había visto, tanto, que su edad sería impensable en el mundo desde el cual yo procedía.

Sé que debí estar muy asustado, y aunque de hecho, estaba muy perdido, comprendí la solemnidad conque estaba siendo recibido en este extraño mundo. Me incliné y agradecí.

-Esta es Maggi de Isbaniam, un universo tan lejano como el tuyo. Y éste es Algenib, Príncipe y Señor del reino de Tierras Claras, y tercero en línea desde Algenib Máximo, el gran guerrero.

-Bienvenido a Luzsinfin, joven Iván, y desde luego, te ofrezco mis disculpas por haberte traído a Nuestro Mundo sin consultarte.

-Bienvenido Iván, dijo Maggi de Isbaniam-. Me costó mucho sintonizar tu idioma, pero ya lo he incorporado. Te gustará mucho este universo, yo también soy visitante, y te aseguro que te resultará muy divertido estar aquí.

-Y bien, joven Iván, ahora es mi turno, yo soy...

-¿Alguno de los apóstoles?-. Interrumpí, muy perdido, mientras todos reían.

-¿Dónde crees que estás, joven Iván?

-¿En el túnel blanco?

-No, pequeño muchacho -dijo el anciano sonriendo-, esta experiencia no corresponde al trance de la muerte. Tampoco estás en Marte, ni en algún otro planeta del Sistema Solar, estás en Luzsinfin, una destellante, lejana, y antiquísima concentración de siete universos, a la que solemos llamar "Ciudad Amada", o simplemente "Nuestro Mundo", y yo soy Yamael IV, el anfitrión. Y ahora me parece que sería propio permitir que Algenib prosiga con su alegre danzar.

-Por cierto, amados compañeros -respondió el Príncipe-, les ruego me excusen.

-Debemos retirarnos -aclaró Maggi-, ésta música podría herir tus tímpanos, muchacho de huesos y de carne.

-Yamael, con vuestros respetos, me ofrezco para ser la guía del muchacho-. Agregó la hermosísima chica.

-Es de hecho nuestra usanza que así sea, por ser tú la primera en solicitarlo, pero, de todos modos, y dado que ello podría determinar su destino aquí en Luzsinfin, deberá decidirlo Iván por sí mismo.

-Acepto-. Dije fascinado por la gran belleza de mi guía, sin comprender que eso significaría que aquí, en este nuevo mundo, debería ser explorador, tal como Maggi que me acogería en su vida.

Avanzamos un buen trecho, caminando con toda normalidad, y con esto quiero decir que tal como se camina en la Tierra, sobre un suelo sólido, que era una suerte de arena color calipso, que contrastaba maravillosamente con el océano rosado, cuyas olas terminaban convertidas en una espuma muy blanca, desde donde nacían miles y miles de burbujas de colores que en la Tierra no existen -colores nuevos para mis ojos humanos- las que se elevaban por la atmósfera lila, muy clara, hasta detenerse en las nubes que eran densas, quietas, e intensamente blancas, desde donde nacían cientos y cientos de arcos iris que jamás dejaban de hablar y hablar.

-Necesitas descansar y comer algo antes de conocer a los demás -dijo Maggi-, mientras yo caminaba apenas conteniendo el llanto ante tan prodigiosa hermosura. Por lo mismo, supuse, no advertí cuando Yamael desapareció.

-Estimó que no era propio interrumpir tus pensamientos -dijo Maggi-, sin embargo, volverá a ti en el momento indicado -agregó.

Maggi habitaba un castillo de cristales amarillos, cuya imponente torre se perdía entre las nubes, y que era el "hogar" de los exploradores durante su permanencia en Luzsinfin. En su interior, el ambiente era muy claro y apacible, había un aroma deliciosa y feliz. No logro explicarlo de otra manera. Anaís apareció entonces:

*Bienvenido Iván. Los arcos iris han dicho que has venido de la Tierra en el sombrero del Príncipe Algenib.

Observé sorprendido que Anaís cuando hablaba no movía los labios, tardé un poco en comprender que los habitantes de Luzsinfin pueden emplear únicamente sus pensamientos para comunicarse, lo que les resulta tan propio como las palabras, salvo, cuando deben concentrarse al máximo en alguna tarea, y que "hablaban mi lengua" por un principio de empatía, que es algo muy primordial en ellos. Digamos, en otras palabras, que lo hacían para que yo no me sintiera tan extrañado. Su lengua natural, es la lengua sinfinia, que yo adopté un par de días después, y sin darme cuenta -en lo absoluto- del cambio.

-No digas nada -dijo Anaís- y ven a degustar algunos alimentos, niño de la tierra.

El banquete fue exuberante. Gusté bocados deliciosos: frutos asados de extrañísimos sabores, gigantescas y aromáticas naranjas, aceitunas multicolores, y otras delicias extraterrestres. Y ni hablar del licor de burbujas con azúcar de rosas, tostado con rayos de soles lejanos, fabuloso. Dejaba el cuerpo entero, desde la boca hasta los pies, pletórico de diversas dichas.

-Ahora duerme, joven Iván de la Tierra-, dijo Anaís. Y fui conducido, semidormido y flotando (por el efecto del licor de burbujas), a un magnífico lecho, que no era si no un colchón enorme de frescos pétalos de rosa, donde sin saber si estaba despierto o perdido en el corazón de mi mejor ensueño, me dormí.