─¿Qué te parece, Candy? ─la pregunta le llegó desde muy lejos, y tardó algunos segundos en comprender que Eleanor Baker se estaba dirigiendo a ella. Parpadeó, sorprendida, intentando enfocar el rostro de la amiga de Madame Aloy, dejando para después la remembranza de la tarde más extraña de su existencia.

─Er... Pues yo digo que es muy buena idea ─replicó, con una sonrisa entusiasta que esperaba disfrazara su falta de atención. Eleanor asintió, en silencio, correspondiendo a su sonrisa; mientras que Terruce, quien estaba al lado de su madre, le dedicó una mueca retorcida llena de ironía: ¡el muy granuja se había dado cuenta de su estado de ensoñación!

─Creí que había dicho que no le gustaba bailar, señorita White ─replicó entonces, Terruce Grandchester, sin poder disimular su diversión. Ella pudo darse cuenta entonces que había caído en una trampa ¡Por todos los diablos! ¡Ese día no se había levantado con buen pie!

─Bueno, no es que no me guste; sino que en realidad nunca he bailado, pero... ─Candy se exprimió el cerebro intentando encontrar alguna salida airosa; sin embargo, ni siquiera sabía a qué se estaban refiriendo Terruce y su madre. Con disimulo lanzó una mirada a Madame Aloy; no obstante, la anciana parecía fatigada y mantenía los ojos bajos, así que no se dio cuenta de su silenciosa petición de ayuda.

─¡Tonterías, señorita White! Si ese es el problema le aseguro que le tomará solamente un par de minutos aprender. Es más sencillo de lo que parece ─aseguró el hijo de la actriz. Algo en su voz hizo que ella lo mirara disimuladamente desde atrás de la humeante taza de té. Él sonreía, con una expresión dulce y un aire inocente que, difícilmente, ella podía considerar como auténtico.

Hacía poco tiempo desde que lo conocía; de hecho, apenas desde la hora del desayuno; más ella sabía a la perfección que Terruce Grandchester era un tipo peligroso, pagado de sí mismo y con un ego del tamaño de Inglaterra. No podía ser menos tratándose del hijo mayor de un prestigiado noble.

Según le había explicado Madame Aloy en susurros, mientras que ella la ayudaba a meterse en la cama la noche anterior, el hijo de Eleanor, debido a su condición de bastardo, no tenía derecho alguno a heredar el título de su padre; ni siquiera a ser considerado dentro del árbol genealógico familiar. Sin embargo, debido a que la amaba profundamente, el duque le había concedido al único hijo que procreara con Eleanor, llevar como apellido no el suyo propio, sino el relacionado al ducado y, amparado en sus amplias influencias y su poder económico, lo había hecho educar en los colegios más prestigiados, reservados solamente a la nobleza, causando con ello uno de los mayores escándalos de que se hubiera tenido noticia en Inglaterra.

─¡Anda Candy! ─la animó Eleanor─. Será divertido que acompañes a Terruce al castillo Ardley.

─¡Castillo! ─la voz de Candy chilló sin que ella pudiese evitarlo. No era un buen momento para escuchar precisamente esa palabra: una que le recordaba cierto, peculiar, encuentro con un chiflado de faldas a cuadros.

─Es un castillo medieval, situado en lo alto de la montaña, al otro lado del pequeño bosque de abetos donde sueles pasear todas las tardes. Dudo mucho que lo hayas visto porque está muy arriba, y la entrada principal viene desde el pueblo, rodeando gran parte de la montaña y el lago. Podríamos decir que los Ardley son nuestros vecinos, porque la propiedad Ardley y la Mansión Blanca comparten límites. Pero, aunque parezca increíble, en los casi treinta años que llevo viviendo aquí nunca he tenido ocasión de conocer a ningún miembro de la familia.

─Pero... ¿Cómo es posible? ─preguntó Candy, sin poder evitarlo; aunque, enseguida, se quiso dar una patada porque quizás, la razón fuera que Eleanor no pertenecía al mismo nivel social que sus vecinos.

─Ellos muy rara vez ofrecen recepciones ─declaró entonces su bella anfitriona y Candy supo que decía la verdad─; de hecho, visitan muy poco el castillo, ya que poseen otras residencias de descanso en diferentes partes del mundo, como Italia, Francia, España, Suiza e incluso Norte y Sudamérica. Te aseguro que es el primer baile del que he tenido noticia en las casi tres décadas que llevo viviendo aquí. ¡Eres muy afortunada! Será tu única oportunidad para conocer el interior de la residencia oficial del jefe del clan Ardley: dicen que es muy lujosa y llena de antigüedades por cada rincón.

─Pero... entonces... ¿No irá con nosotros? ─preguntó Candy y, al ver cómo Eleanor rehuía su mirada y negaba en silencio, se sintió avergonzada por haber olvidado los detalles relativos a su posición. La mirada penetrante de Madame Aloy, cuya atención había vuelto a enfocarse en la conversación, la alcanzó, y la voz ligeramente áspera de la anciana flotó en la estancia.

─Los Ardley difícilmente incluyen en sus reuniones a personas que no estén relacionadas a ellos por parentesco, Candy. Son un clan bastante numeroso y conservador, apegado a tradiciones centenarias y muy celoso de las jerarquías, incluso entre las familias que lo conforman. En esta ocasión han tenido la deferencia de invitar al señor Grandchester porque el patriarca admira profundamente su talento como actor; sin embargo, es de sobra conocido por todos que rara vez alguien que no pertenece al círculo familiar puede participar en recepciones en las que se presenta el patriarca.

Así que era eso. Candy contuvo el deseo de suspirar; aunque no pudo evitar sonrojarse porque, sin querer, había insultado a su amable anfitriona. Eleanor pareció tomarlo con toda la calma del mundo y le dedicó una sonrisa tranquilizadora que la mortificó todavía más. Indecisa sobre qué hacer o decir, Candy echó mano de lo primero que había llamado su atención:

─¿El... Patriarca? ─inquirió, genuinamente intrigada. La cosa se le antojaba media anticuada, aunque interesante en extremo. Habiendo crecido en Norteamérica no estaba acostumbrada a protocolos y a niveles de nobleza y encontraba entretenido todo lo relativo al tema.

─Los Ardley le llaman así al jefe del clan, Candy ─explicó una sonriente Eleanor─. En Escocia la sociedad está organizada en base a clanes que se originan en un lugar geográfico determinado. Puedes pensar en cada clan como una familia muy grande que comparte apellido u orígenes. Los miembros de un clan se protegen y ayudan entre sí y guardan un profundo respeto al líder del mismo. El jefe de un clan es una especie de gobernante con autoridad sobre los miembros de su familia; es a él a quien se le otorga la facultad de tomar decisiones en bien de todos: controla asuntos financieros tales como dispendios y administración de bienes e, incluso, otorga permisos para contraer matrimonio o mudar de residencia; también cuida de las viudas y los huérfanos y, en suma, siempre debe vigilar que todos las personas bajo su cargo vivan de la mejor manera posible. En el caso de los Ardley, el patriarca además, es barón: un título nobiliario menor que comenzó a utilizarse en el siglo XVI por estos lares. Los Ardley son un clan muy añejo y de gran riqueza, y hasta se rumora que, por sus venas, corre la sangre de los antiguos reyes de Escocia.

─¡Cielos! ─exclamó Candy, con sinceridad. Más claro imposible. Todo indicaba que los Ardley eran poco menos que reyes y poco más que príncipes; y ella se había comprometido, debido a su distracción, a acompañar a Terruce a un baile ofrecido por el mismísimo patriarca quien, al parecer, concedía sólo a unos cuantos elegidos el privilegio de verlo de cerca.

Candy suspiró, sin poder evitarlo, entre agobiada y disgustada por lo que se le venía encima. Ya se veía siendo el hazmerreír de un montón de aristócratas estirados y aburridos que no tenían nada mejor qué hacer que criticar al prójimo (especialmente a un prójimo que no estaba a la altura de sus estándares). El pomposo patriarca innegablemente comenzaba a caerle mal. Eso ni dudarlo.

─Sé que te parece un poco agobiante ─continuó diciendo Eleanor, sin perder la sonrisa; su voz dulce teñida de un dejo de orgullo maternal─; pero no tienes de qué preocuparte: Terruce te cuidará ¿Verdad cariño?

─Así es, madre ─declaró Terruce, y Candy tuvo que reconocer que la expresión solemne del actor hizo maravillas por su ánimo. Debía ser un poco mortificante para un hombre así que su madre lo tratara con tanta zalamería.

Los ojos de Terruce encontraron los suyos y ella pudo distinguir un brillo acerado en ellos ¿Una advertencia? Muy probablemente; sin embargo había algo más en esos ojos, algo parecido a una chispa de odio puro, y Candy supuso, con certera intuición, que tenía más que ver con los Ardley y su rancio abolengo, que con el tono empleado por su madre para dirigirse a él.

Después de las palabras de Eleanor, un silencio poblado de tranquilidad cayó sobre ese acogedor saloncito de la Mansión Blanca y sus ocupantes, dándole a Candy la oportunidad de reflexionar sobre las cosas que habían quedado en el aire; especialmente esa emoción perturbadora que había brillado por un segundo en los ojos de Terruce Grandchester.

Por lo poco que sabía, Terruce, debido a su increíble talento histriónico, se había ganado por sí mismo el reconocimiento de los altos círculos sociales del reino, convirtiéndose en toda una personalidad. Las anfitrionas más quisquillosas lo recibían en sus reuniones y su presencia era admitida aún en los clubes de caballeros más exclusivos sin que su abolengo a medias y el escándalo que rodeaba su origen supusiera un problema para nadie. Incluso, era considerado un muy buen partido por las madres de las debutantes y más de alguna ocasión habían intentado atraparlo en las redes del matrimonio. Muchos nobles segundones envidiaban su extraordinaria popularidad y su apostura sobresaliente, llegándolo a considerar un hombre cuya buena suerte superaba incluso su talento. Y todo indicaba que tenían razón, pensó Candy, a juzgar por la exclusiva invitación que había recibido de parte de los quisquillosos Ardley para asistir a ese baile.

Ardley.

Candy no supo porqué, el sólo pensar en aquel nombre, hizo que su corazón perdiera el ritmo. De pronto el ambiente de la habitación se le antojó demasiado opresivo. Sintió el pecho tieso y una punzada en el estómago que le provocó escalofríos y le drenó la sangre del rostro.

¿Una premonición? En ocasiones las tenía; pero hacía años que no sentía nada parecido: una viva impresión de tragedia inminente. La primera vez que le había ocurrido había sido cuando, el día de su cumpleaños número seis, Annie desapareciera del hogar. La habían buscado toda la tarde y encontrado al anochecer, en los límites del bosquecillo, con el cuello roto debido a una mala caída al intentar escalar la ladera de la colina. Annie era su hermana de crianza: las habían abandonado el mismo día a las puertas de Pony's Home y habían crecido juntas. Aquella trágica noche ella no había parado de llorar, suplicándole al cuerpo inerme de la niña de larga y sedosa cabellera morena y ojos dulces, que le hablara, aunque fuera sólo una vez más.

Annie no había despertado, por supuesto; y, para esas fechas, el único vestigo de ella era una pequeña cruz de madera labrada con su nombre, enterrada al pie del padre Árbol.

Annie...

Candy luchó contra las lágrimas; sabiendo que no era el momento, ni el lugar para una escena de llanto como las que la acometían cuando pensaba en su pequeña hermana muerta. Sin embargo, al menos uno de sus acompañantes notó su repentino cambio de humor: Terruce Grandchester se puso de pie, con la elegancia que lo caracterizaba y, acto seguido, esgrimiendo la mejor de sus sonrisas, le preguntó:

─¿Desea salir a dar un paseo al jardín, señorita White? Todavía hay luz y la lluvia se ha detenido.

Ella lo miró, sin comprender por un momento lo que le estaba pidiendo; no obstante, su cuerpo se hizo cargo de ella y miró cómo su pequeña mano se alzaba para tomar la del actor. Como en un sueño, sus pies la llevaron en la dirección indicada, sin que su mente pudiera aclararse todavía. Pensar en Annie siempre la descolocaba; empero, el día de hoy la extraña sensación que la había tomado por sorpresa no estaba en ninguna forma relacionada a su recuerdo. En silencio, continuó caminando junto a Terruce para salir al jardín; mientras que Eleanor y Madame Aloy continuaron en la salita, la conversación dejada de lado, simplemente disfrutando de la mútua compañía en tanto degustaban el té y los pastelillos.

El magnífico jardín de la Mansión Blanca lucía majestuoso a esa hora de la tarde, bajo la luz brillante que traspasaba las pesadas nubes. No llovía desde el día anterior; sin embargo, las nubes continuaban allí, como leales soldados, esperando nuevas órdenes del alto mando celestial para tomar un rumbo distinto. Candy pudo recuperar un poco de control en tanto avanzaba, del brazo de Terruce, a lo largo de un sendero flanqueado por lirios blancos que salpicaban, cual estrellas, el intenso verdor circundante. Su acompañante no habló, y ella agradeció ese breve momento que le concedía para terminar de tranquilizarse.

El aire olía a fresco: a pinos, tierra mojada, y pasto recién cortado. Ella notó que, a unos cuántos metros de ellos, los jardineros estaban en ese momento podando los setos que formaban un pequeño laberinto. Como las flores en los jardínes escaseaban debido a un par de temporales recientes, lo que más resaltaba en los alrededores de la Mansión Blanca eran los cipreses: filas y filas de ellos acompañando a las rosaledas y las fuentes, siguiendo diseños simples que conformaban un todo armonioso y bello.

Ella apenas podía creer que una simple residencia veraniega pudiera encerrar tanto esplendor; sin embargo, sólo tenía que recordar el resto de mansiones situadas tanto en el pueblo como alrededor del lago para comprender que su idea de comodidad era muy diferente a la de la nobleza inglesa. Y eso que no había incluído el castillo que visitara el día anterior en el inventario...

Sin poderlo evitar, la imagen del hombre rubio que había encontrado antes de la tormenta, la tarde anterior, surgió en su mente, tan nítida como si lo tuviera enfrente. Sus risueños ojos, de ese azul tan intenso, destellando con diversión; y su risa franca y profunda reverberando todavía en sus oídos.

¿Quién sería?

Madame Aloy había dicho que solamente los Ardley podían ser invitados al castillo; sin embargo, ese tipo, que más parecía un sirviente desaliñado que un miembro de los "quisquillosos" Ardley, actuaba con un desparpajo difícil de encontrar en los aristócratas. No que hubiera conocido a muchos miembros de la nobleza, claro; pero, para empezar, él no era en absoluto como Terruce, por citar un ejemplo, quien se comportaba con formalidad y distinción; sino que, hablando de modales, dejaba mucho que desear y se comportaba más bien como Etan, uno de los caballerangos más impertinentes del señor Cartwright. Bastaba recordar la manera en que la había llevado en brazos, sin su consentimiento, hasta las mismísimas puertas de la espectacular construcción y la reacción de perplejidad que tal acción había provocado en el serio hombre que parecía ser su empleado.

De no haber estado tan desconcertada y con la ropa arruinada Candy se habría enfadado, por seguro, al encontrarse en la más vergonzosa situación que hubiera enfrentado en la vida; sin embargo, para su alivio, el hombre del bigote, a quien su torpe anfitrión se había referido como "George", no había hecho ningún comentario, aparte de desearle una feliz estancia en el castillo, y se había retirado por un pasillo, bajo el pretexto de terminar de revisar la pila de documentos que sostenía con ambas manos.

George sí que parecía un aristócrata, pensó Candy ahora, al recordar el porte elegante y distinguido del hombre y su voz profunda y educada con un dejo de acento inglés: él sí parecía descendiente de los reyes de Escocia.

─Me pregunto si el afortunado caballero sabe cuánto tiempo pasa usted soñando con él ─la voz de Terruce Grandchester le hizo recobrar la conciencia para descubrir, mortificada, que una vez más había perdido el contacto con la realidad.

─¿Cuál caballero? ─preguntó ahora, genuinamente confundida; luego, sus mejillas se encendieron al pensar que, quizás, había pensado en voz alta; tal y como era su costumbre. Mortificada miró en dirección a Terruce y lo descubrió estudiándola con detenimiento. El apuesto rostro del actor más famoso de Londres se notaba divertido e intrigado también.

─Pues el que me roba su atención incluso estando ausente, señorita White ─replicó Terruce, de buen humor─. Debo confesarle que me gustaría conocer al tipo que es capaz de mantenerla soñando despierta. Dígame ¿Es norteamericano?

─No.. este... ─Candy se sonrojó aún más al darse cuenta de lo que había admitido sin palabras; sin embargo, para los momentos en que pronunció esa respuesta tan confusa, Terruce ya se había alejado por otro pasillo, rumbo a una pequeña enramada que se avistaba algunos cien metros más allá. Iba casi corriendo, como persiguiendo algo o a alguien.

─¡Quédese ahí, señorita White! ─gritó entonces Terruce, que continuaba avanzando sin volverse a mirarla. Candy no supo qué hacer, porque había escuchado su tono preocupado; sin embargo, pensó que era su imaginación y decidió seguirlo. Habría corrido algunos veinte metros cuando algo llamó su atención: tirado en el suelo, en mitad del pasillo por el cual avanzaba, había un rozagante botón de rosa de un blanco níveo.

Una rosa...

Candy se detuvo, como hipnotizada, inclinándose para recoger la flor. Era una rosa hermosa, de exquisita fragancia y turgentes pétalos que todavía no abrían. Una rosa singular, muy parecida a otra que había visto el día anterior en el interior de aquel castillo.

─¿Sweet Cristanta? ─murmuró, contemplándola fascinada, acariciando con las puntas de sus dedos los delicados pétalos. Recordaba perfectamente el nombre porque el chiflado de las faldas, el perro y la gaita, se lo había dicho al verla curiosear cerca del macetero situado en un rincón del salón. El extraño de hermosos ojos azules también le había contado que únicamente ese ejemplar había sobrevivido a una extraña y misteriosa plaga que atacara los rosedales días atrás y que por eso lo había mudado de lugar: para que un experto lo cuidara en tanto pasaba el peligro.

Pero ¿Qué hacía ese botón (el único vástago del único rosal superviviente de una extraña y misteriosa plaga) en mitad de un pasillo en el jardín de la Mansión Blanca?

─¿Qué haces aquí, preciosa? ─murmuró Candy, casi inaudiblemente─. ¿Y quién te ha traído?

Candy no tuvo tiempo de pensar en la respuesta porque, repentinamente, sintió que el botón de rosa le era arrebatado con violencia. Desconcertada, miró cómo Terruce arrancaba, sin piedad y de un tirón, todos los pétalos del botón y los arrojaba al aire con expresión por demás satisfecha y un destello de ironía en sus ojos oscuros. Su rostro debió reflejar todo el horror y la confusión que el incidente le produjo porque, el hijo del duque de Grandchester se aproximó a ella y, capturando su mirada, le dijo, en un tono feroz y amenazante que la hizo temblar del susto:

─Las rosas Ardley son muy venenosas, señorita White y, quien las toca, corre el riesgo de perecer. Le aconsejo que se mantenga muy lejos de ellas.

Tras ese cáustico comentario, Terruce se encaminó de vuelta a la mansión, sin molestarse en esperar por ella. Candy, todavía impresionada, se inclinó para tomar un pétalo que aún permanecía a sus pies; sin embargo, una repentina ráfaga de fresca brisa lo arrancó de sus dedos, elevándolo hacia el cielo. Y, de pronto, fue cómo si ese vuelo y esa fría brisa vespertina se llevasen toda la angustia que había sentido allá en el salón al recordar a Annie. Los aromas de la tarde inundaron su nariz, evocándole los atardeceres en Pony's Home y supo, sin lugar a dudas, que el peligro, cualquiera que fuese, se había marchado flotando, arrastrado por el viento.