Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Tkegl, yo solo la traduzco.


BEYOND TIME

"Nuestro destino ejerce su influencia sobre nosotros incluso cuando, de momento, no sabemos su naturaleza: es nuestro futuro el que descansa al final del campo de nuestro hoy."

-Friedrich Nietzsche

Final alternativoDe Diarios y Destino

Por favor...

Por favor no te le lleves. No sé como podré seguir adelante sin él.

No sé quién soy sin él.

No tenía mucha paciencia para rezar, pero creí que tal vez Dios necesitaba alguna indicación de mi sinceridad.

No sé qué quieres de mí, admití, pasando los ojos por la brillante madera. Pero haré lo que sea. Le necesito. Un sollozo ahogado escapó de mis labios y me di cuenta de que mis mejillas estaban húmedas por las lágrimas.

No puedo creer que me enviaras aquí solo para verle morir. Por favor... por favor, déjale volver a mí.

Él es todo lo que necesito. Por favor...

Escuché un bajo murmullo y me llevó unos minutos darme cuenta de que era mi propia voz. Estaba diciendo, "Por favor... por favor... por favor..." una y otra vez.

Me limpié los ojos, mirando rápidamente a mi alrededor, pero nadie parecía haberse dado cuenta de mi charla inconsciente. Todos estaban atrapados en sus propios rezos. Mis ojos volvieron a la cruz y me puse de pie abruptamente, cuadrando los hombros.

Vale, pensé asintiendo. Había hecho todo lo que podía. Me di la vuelta para salir de la iglesia, esperando que alguien hubiera escuchado.

Corrí de vuelta al hospital, deteniéndome solo brevemente para coger una galleta y algo de jamón, que me tragué con dificultad por el camino. Crucé resueltamente la sala de espera, incapaz de deshacerme de la extraña sensación que empezaba a recorrerme. No fui capaz de ponerle un nombre. ¿Era temor? ¿Esperanza? ¿Resignación?

Todo lo que sabía era que algo... algo había cambiado. No había explicación para mi extraña sensación, pero ya había renunciado a encontrarle sentido a lo que pasaba en mi vida. En su lugar, corrí al ala, deteniéndome de golpe cuando vi a Carlisle y Samantha cerniéndose sobre la cama de Edward. Mi estómago dio un brinco mientras por mi mente pasaba una macabra sucesión de las imágenes de mis peores miedos -Edward muerto... yo sola... sin esperanza... sin futuro.

Sin vida.

Pero Carlisle levantó la cabeza, y me llevó un momento registrar su expresión en mi nublada mente.

Estaba... sonriendo.

"¿Qué ha pasado?" pregunté frenética, corriendo al lado de Edward y levantando su débil mano. "¿De qué se trata?"

"Bella." La voz de Samantha atrajo mi atención y, una vez más, me sobresalté por la brillante sonrisa que iluminó también sus rasgos. "Es un milagro."

Sentí mi corazón detenerse brevemente antes de empezar de nuevo con un lento y fijo latido. "¿A qué... a qué te refieres?"

"Es demasiado pronto para decirlo con seguridad," dijo Carlisle mientras le lanzaba a Samantha una mirada reprobadora que quedó suavizada por su propia sonrisa. "Pero la fiebre de Edward... parece haber bajado."

Colapsé en una silla, temiendo alimentar la pequeña chispa de esperanza que ardía en mi pecho y convertirla en una llama completa. "¿Estás diciendo que la transfusión... ha funcionado?" pregunté perpleja.

Carlisle se agachó para mirarme a los ojos; su mirada dorada se quedó fija en la mía. "Todavía no está fuera de peligro, Bella. Todavía hay oportunidad de que esto sea una tregua temporal y termine recayendo." Al ver mi mirada decaída, añadió rápidamente, "pero es una buena señal... una muy buena señal."

Las lágrimas picaron en mis ojos y, al levantar la mirada hacia Samantha, vi que los suyos también brillaban. Se inclinó, rodeándome dulcemente con los brazos.

"Va a estar bien, Bella," murmuró en voz baja en mi oído. "Lo sé."

Todo lo que pude hacer fue asentir, con las palabras congeladas en mi garganta mientras yo le devolvía el abrazo.

Me senté al lado de la cama de Edward, mirándole con cautela. Mis ojos buscaron patéticamente algo... lo que fuera que indicara que estaba volviendo a mí.

¿Era su respiración más profunda? ¿Acababan de moverse sus párpados? ¿Acababa de sentirle apretar mi mano?

La condición de su madre no había cambiado, lo que me preocupó, pero Carlisle dijo que en realidad era algo bueno. Ella estaba mucho peor que Edward cuando recibió la transfusión, así que tenía sentido que llevara más tiempo ver mejoras en ella.

Si es que iba a mejorar.

El gran Si. Controlaba mi vida ahora.

Si Edward se recuperaba...

Si su madre también lo hacía...

Si, cuando todo hubiera terminado, la fuerza que me hubiera enviado me permitía quedarme en 1918...

Si podíamos encontrar una forma de formar una vida juntos con un nuevo futuro desconocido frente a nosotros...

Entonces...

Ni siquiera podía imaginar el entonces a ese punto. Pero aun así no pude evitar que mi esperanza creciera con cada hora que pasaba. Algo en mi interior -no sabía si era algún tipo de visión especial o solo ingenuidad alimentada por ilusiones-, algo me decía que él estaba volviendo a mí. Era como si tuviera una conexión con el Edward atrapado en el interior de su débil cuerpo, y él estuviera luchando por volver a salir.

Me puse de pie, estirándome para aliviar mis músculos agarrotados, y cogí el bol y el paño que había usado para limpiar la frente de la Sra. Masen. Escurrí el paño, pasándolo por la pálida piel de ella, y mis dedos rozaron suavemente su frente.

Me quedé helada. ¿Estaba su piel más fría? ¿O eran más ilusiones?

Eché el paño rápidamente en el bol, salpicando agua en la mesilla. Conteniendo el aliento, puse la palma de mi mano en su frente tentativamente, creyendo al principio que la falta de calor se debía a la capa de agua de su piel.

Pero, cuando más tiempo estaba ahí encorvada sobre su quita figura, más me daba cuenta de que no era el agua. Definitivamente le había bajado la fiebre. Mi piel empezó a picar por el entusiasmo.

"¿Bella?"

Llevó unos minutos que la voz atravesara el entusiasmo que me envolvía.

"¿Bella? ¿Qué está pasando?" Asombrada, me di la vuelta y vi a Edward mirándome con confusión.

"¿Edward?"

Sus ojos se cerraron momentáneamente. "¿Está mi madre... bien?" dijo con voz ronca.

"¡Edward!" Caí de rodillas al suelo a su lado, moviendo mis manos sobre él, insegura de qué hacer. "¿Te duele algo? ¿Qué necesitas?"

Giró la cabeza en la almohada, levantando los labios en una ligera sonrisa. "Tengo sed," consiguió decir; su garganta estaba reseca.

"¡Sí... por supuesto!" Cogí la jarra que estaba en la mesilla. Mis manos temblaron mientras le ponía algo de agua en el vaso, luego se lo acerqué a los labios y le sujeté la cabeza con mi otro brazo. Él bebió sediento antes de colapsar de nuevo sobre la almohada.

"Dios, Edward..." Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras volvía a sentarme en la silla a su lado, estirando el brazo hacia su frente. Sonreí cuando la noté fría y luego deslicé los dedos hacia su pelo, bajando la cara para apoyar la mejilla contra su pecho. Su corazón latía fuerte y rítmico y, un momento después, él levantó la mano y la colocó sobre mi cabeza. Le miré y sentí una ola de alivio por el color de mejoría de su hermosa cara. Supe en ese momento que estaría bien.

"Creí que te había perdido. Creí que-" Mis palabras fueron absorbidas por sollozos y lloré contra el pecho de Edward mientras sus dedos acariciaban mi pelo, dejándome simplemente llorar.

- . - . - . - . -

Del diario de Isabella Masen

21 de diciembre de 1918

Nunca he tenido un diario. Nunca he creído que tendría tanto interés en mis propios pensamientos como para escribirlos, ya no hablemos de volver y leerlos algún día. Aun así, dadas mis circunstancias poco comunes, he decidido que tal vez sea una buena idea crear un archivo de mis vivencias. Imagino que si Carlisle, que lo recuerda todo, encuentra valor en guardar libros de recortes, no puede ser tan lamentable tener un diario.

Edward lleva en casa casi dos meses ya y mejora cada día. Fue difícil para él al principio. Su recuperación llevó más tiempo de lo que él esperaba, o de lo que su paciencia le permitía esperar. Las actividades simples le agotaban y las actividades más... arduas, digamos, fueron imposibles durante un tiempo.

Aprendí rápidamente lo impaciente que podía ser Edward. Aunque yo también lo era. Era difícil para los dos no poder estar juntos tanto tiempo. Afortunadamente, esos días han quedado atrás.

Volvimos a la casa de los padres de Edward. Ninguno quería dejar sola a su madre, incluso aunque estuviera lo suficientemente sana como para cuidar de sí misma. Su recuperación ha sido incluso más lenta que la de Edward -en parte debido, estoy segura, al dolor por haber perdido a su esposo. No ha sido fácil para ella, pero creo que ayuda tenernos ahí.

Desde que han vuelto a casa, Carlisle se ha portado como un perro con un hueso por esta vacuna para la gripe. Siempre está pidiéndome más muestras de sangre -la ironía no se me escapa, te lo aseguro.

Dice que ha sido de gran ayuda en su investigación, aunque dice que harán falta décadas, si no más, para duplicar la vacuna. Afortunadamente, la epidemia se desvanece y sé que casi ha terminado.

Edward ha conseguido un trabajo en la oficina de correos y planea matricularse en la universidad en primavera. Empezó a hablar otra vez de unirse al ejército, pero no fue difícil convencerle de lo contrario. Su madre le necesitaba... y poco después de un mes, la guerra terminó y ya no tenía sentido. En la undécima hora del undécimo día del undécimo mes, las hostilidades entre los Aliados y Alemania terminaron -y estuvo bastante bien saber que un año después sería testigo del primer Día del Veterano, aunque ellos lo llaman el Día del Armisticio.

Es increíble ser parte así de la historia, para ser honesta. Hay momentos en que mi otra vida parece muy lejana -casi como un sueño. Me duele no tener a mis padres y mis amigos, y me pregunto como están lidiando con lo que sea que haya sido de mí. Pero, sobre todo, intento vivir al día... porque, en realidad, no tengo control sobre nada de ello. Y no podría enfrentar el futuro con Edward si pasara todo el tiempo llorando por el pasado.

No siempre era fácil, pero era la única elección que tenía.

Mis miedos sobre volver al futuro parecen calmarse con cada día que paso aquí. Realmente creo que he hecho lo que debía hacer... que me he ganado mi vida con Edward, mi segunda oportunidad.

Aun así, hay un miedo más grande que ha empezado a colarse en mi felicidad. Es uno que ni siquiera le he mencionado a Edward, aunque le he contado todo lo demás sobre mi locura de vida.

Pero ese miedo es la razón real por la que he decidido escribir este diario...volver atrás y escribir todo lo que me ha pasado desde ese primer día en clase de biología cuando conocí a Edward Cullen.

Salvé a Edward. Nunca se convirtió en vampiro.

Así que, eso significa... que nunca le conocí.

Y, si nunca le conocí, nunca volví a 1918 para salvarle.

Sí, hace que la cabeza me de vueltas pero, tras pensarlo una y otra vez, llegué a la única conclusión lógica.

Algún día, Carlisle tendría que enviarme de vuelta... tal vez con un poco de ayuda...

"¿Qué estás haciendo?" Edward entró en nuestra habitación; yo estaba sentada al escritorio y él se acercó hasta quedar detrás de mí. Puso sus manos en mis hombros, apretando suavemente mientras bajaba la mirada a la mesa. "¿Has empezado el diario?"

Asentí. "Ahora mismo. ¿Cómo está tu madre?"

"Dormida. La fiesta la ha dejado agotada." Habíamos dado una fiesta de Navidad y habían ido algunos amigos. La madre de Edward brilló como no lo hacía desde que su esposo murió, e incluso insistió en hacer su ponche de huevo especial. Fue maravilloso ver una sonrisa en su cara.

"Me alegro de que lo haya pasado bien," dije distraída, dándole una palmadita en la mano a Edward y suspirando pesadamente mientras mi mirada volvía al diario.

"¿Tienes problemas?" preguntó Edward, perspicaz como siempre.

Reí ligeramente. "Se podría decir. Sé que tengo que escribirlo todo, pero no estoy muy segura de por dónde empezar."

Se inclinó para besarme en la mejilla antes de cruzar la habitación, desabrochándose la camisa. "Bueno, ya sabes lo que dicen. Empieza por el principio." Me guiñó el ojo y yo resoplé.

"Bueno, eso es más fácil decirlo que hacerlo en esta situación." Cerré el libro, girándome en mi asiento para mirarle. Sentí un calor familiar comenzar en mi estómago mientras Edward se bajaba los tirantes por los hombros, se sacaba la camisa, y luego se levantaba la camiseta interior y se la quitaba de su delgado cuerpo. Me estaba dando la espalda, así que aproveché la oportunidad para examinar su cuerpo desvergonzadamente -sus anchos hombros... la curva de su columna... el ligero ensanche de piel justo bajo su cintura. Había recuperado la mayor parte del peso que perdió cuando estuvo enfermo y se estaba rellenando de la forma más deliciosa. Los músculos de su espalda se contrajeron mientras se desabrochaba los pantalones.

"Sí, lo entiendo," dijo con una risita, "pero aun así-" Dejó de hablar cuando giró la cabeza y me pilló mirando su impresionante trasero. Una lenta sonrisita levanto un lado de su boca y sus ojos se oscurecieron intensamente.

"¿Qué estás mirando, Isabella?" preguntó en voz baja. Edward sabía que odiaba mi nombre completo, pero había descubierto recientemente que cuando lo decía en ese tono en particular, en ese tipo particular de situación, no lo odiaba tanto.

Vale, me gustaba. Mucho.

Me removí en mi asiento mientras él se daba lentamente la vuelta para quedar frente a mí. Dejó los botones del pantalón, pero los primeros ya estaban desabrochados y los pantalones colgaban bajos de sus caderas. "Nada," contesté, sonrojándome furiosamente mientras forzaba a mis ojos a apartarse de los tentadores huesos bajo su estómago y subir a su cara. Su sonrisa se amplió y se rascó el costado perezosamente, atrayendo mi atención ahí.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Sabiendo que yo miraba cada movimiento que hacía, bajó sus dedos, pasándolos por la cintura de su pantalón. Una vez más, llevó la mano a los botones y desabrochó los últimos; yo tragué con dificultad, tenía la boca seca y mi corazón latía salvajemente. La cremallera bajó frente a su erección cubierta por los bóxer, y yo esperé a que apareciera completamente a la vista. En su lugar, Edward deslizó la mano en el interior de sus pantalones y frotó lentamente su longitud cubierta de algodón.

Gemí impaciente sin siquiera darme cuenta, y Edward rio. Mi mirada subió y le encontré sonriendo provocativamente, aunque el intenso deseo que brillaba en sus ojos traicionaba su expresión casual.

Estaba tan excitado como yo.

Sin una palabra, me puse de pie y caminé hasta él, colocando mis manos en su pecho y empujándole hacia atrás. Él cayó en la cama y yo levanté un poco mis faldas, poniéndome a horcajadas sobre él.

"Eres. Un. Calientapollas," dije, enfatizando mi punto con un golpecito con el dedo en su duro pecho.

Sus manos fueron inmediatamente a mis caderas, apretando y tirando contra él. "Nada de calentar, Isabella," murmuró, inclinando la cabeza para succionar suavemente en mi cuello. "Solo me complace que, por una vez, el zapato esté en el otro pie."

Me aparté un poco, sin aliento, y le miré a los ojos. "¿A qué te refieres?"

Sus manos bajaron por mis muslos, luego subieron bajo mis faldas tentadoras. "Me atormentas sin fin, Bella," contestó con un gemido. "Es un milagro que pueda hacer alguna vez algo. El noventa por ciento de mi tiempo es ocupado pensando en formas de atraerte a esta cama."

Hice un falso mohín de ofensa. "¿Qué pasa con el otro diez por ciento?"

Edward sonrió ampliamente. "Comer."

Le pellizqué el costado y Edward se movió bruscamente, haciéndome soltar un jadeo cuando su erección me rozó tentadoramente. Caí hacia delante cuando embistió contra mí -más resueltamente esa vez- pero me agarré antes de que chocaran nuestras cabezas, colocando las manos en la cama a cada lado de su cara. Bajé la cara y mis labios rozaron los suyos ligeramente.

"Es mejor tener cuidado," dije. "No querría hacerte daño."

Edward sonrió ampliamente y luego hizo algo completamente inesperado. Levantó un poco la cabeza, succionó mi labio inferior...

...y lo mordió.

Santo cielo. Temblé de la cabeza a los pies mientras una ola de calor recorría mi cuerpo.

Edward soltó mi labio con una sonrisa perversa. "A veces un poco de dolor está bien," murmuró antes de enredar sus dedos en mi pelo, quitando las horquillas y atrayéndome a un profundo y caliente beso. Sentía mi labio inferior vibrar, pero Edward pasó la lengua por las marcas que sus dientes habían dejado, aliviando el picor.

"A veces," dijo, con la voz baja y ligeramente ronca mientras besaba por mi garganta, "cuando estamos haciendo el amor, y tú estás... perdida..." Deslizó las manos bajo mi falda y las pasó por mi trasero antes de bajar mi ropa interior. Apretó mi carne, presionándome incluso más fuerte contra él. Gemí, incapaz de contenerme de removerme contra él. "Así," susurró, embistiendo contra mí. Sentí como me sonrojaba, pero no pude esconderle mi respuesta. Desde nuestra noche de bodas, nos habíamos acercado más en todos los sentidos y, justo cuando creí que nuestra relación física no podía mejorar incluso más, Edward me sorprendió llevándome a alturas incluso más altas. Desde su roce con la muerte, nuestra cópula a veces era desesperada, como si los dos nos diéramos cuenta de lo que casi habíamos perdido y tuviéramos que alejar los restos de ese horrible tiempo.

Otras veces, era lento y suave... apasionado. Nunca sabía qué esperar, pero siempre era increíble.

Tal vez él fuera virgen cuando nos casamos pero, santo Dios, el hombre había aprendido rápido.

"A veces, te tengo debajo de mí," dijo seductoramente, siguiendo con el lento movimiento que sabía que me volvía loca mientras sus labios iban a mi oreja. "Gritas y bajas las uñas por mi espalda. A veces, tengo marcas después."

"Oh, Dios," murmuré, escondiendo la cara en la curva de su cuello, avergonzada. "Lo siento... no pretendía hacerlo."

"No," dijo Edward firmemente. "No te disculpes. Me gusta."

Levanté la cabeza, todavía sonrojada. "¿De verdad?"

Edward deslizó su mano entre nosotros, bajándose los pantalones y la ropa interior para liberar su erección. Deslizándola contra mí lentamente, me miró a los ojos, con un bajo gruñido retumbando en su pecho. "Saber que estás tan fuera de control como yo... que estás tan atrapada en el placer que no sabes lo que estás haciendo... Es... es..."

"¿Te pone a cien?" ofrecí, cerrando los ojos mientras Edward rozaba su gruesa dureza contra mí una y otra vez, volviéndome loca.

"¿A cien?" repitió inquisitivamente.

Intenté pensar, pero era realmente difícil con las caderas de Edward moviéndose deliciosamente contra mí.

"Ya sabes... ¿te enciende?" dije entre jadeos cada vez más superficiales. "¿Arranca tu motor? ¿Te excita?"

"Ahhh..." dijo Edward comprendiendo mientras sus dedos masajeaban completamente mi trasero antes de hundirse una vez entre mis piernas. Gemí por la sensación y él rio ligeramente. "Definitivamente me excita."

Antes de que me diera cuenta de qué estaba pasando, Edward nos había movido un poco y entrado en mí en una larga, lenta y devastadora embestida. Gemimos al unísono y, por centésima vez, di gracias porque la habitación de su madre estuviera al otro lado de la casa.

"La pregunta es," dijo con los dientes apretados y los dedos agarrando con fuerza mis caderas mientras entraba en mí con más fuerza. "¿Te gusta a ti?" Levantó la palma de una mano y golpeó mi trasero; el ruido hizo eco por toda la habitación. Mis músculos se apretaron de forma involuntaria y solté un grito ahogado por la sorpresa.

¿Quién iba a decir que mi correcto Edward victoriano tenía un lado pervertido?

Aparentemente yo también lo tenía porque, cuando la impresión por lo que había hecho se pasó, me sentí incluso más caliente... más mojada. Edward me miraba con cautela con los ojos entrecerrados, evidentemente calculando mi reacción. Me incliné, pasando la lengua por su oreja.

"Hazlo otra vez," susurré.

Con un gemido estrangulado, Edward levantó la mano y golpeó de nuevo, primero en un lado y luego en el otro. Sus frías manos frotaron suavemente la cálida piel, y me encontré a mí misma empujando contra él, lo que tenía el beneficio añadido de permitirme encontrarme con sus embestidas de forma más completa.

"Bella..." La voz de Edward fue grito ahogado mientras agarraba de repente mis caderas y nos daba la vuelta en la cama. Sus labios descendieron a mi cuello, succionando la sensible piel tan fuerte que supe que dejaría marca.

Me gustó.

Le rodeé la cintura con las piernas, notando de forma ausente que los dos todavía estábamos casi completamente vestidos. Pero no importó. Edward se clavó en mí bruscamente, mordiendo y succionando mi cuello -los pequeños pinchazos de dolor solo intensificaron las olas de placer. Subió mi blusa y la camisola sobre mis pechos desesperado, pasando su atención a los hinchados y endurecidos pezones. Me arqueé contra él cuando introdujo uno en su boca, presionándolo contra el paladar con su lengua y luego pasando sus dientes por mi piel hasta tener mi pezón entre ellos.

Sin aviso o preámbulo, mi cuerpo se contrajo repentinamente en una bola de tensa expectación... manteniéndose en el precipicio entre la necesidad y la satisfacción por un breve momento. Entonces explotó en olas de abrasador éxtasis... estremeciéndose... temblando... apretándose en espasmos alrededor de la hinchada erección de Edward. Embistió en mi clímax, encontrándose conmigo en la cegadora desorientación de abrumador placer... luego uniéndose a mí en el dulce descenso a la feliz relajación.

Nuestras superficiales respiraciones llenaron el aire mientras Edward colapsaba sobre mí. Luego se movió a mi lado, con la pierna sobre la mía todavía enredada en sus pantalones.

"Wow," dije finalmente.

Edward soltó una risita. "¿Crees que siempre será así?" preguntó.

Giré la cabeza para mirarle. "No lo sé. Tal vez nos mate cuando seamos viejos."

La mirada de Edward se suavizó y levantó una mano para acariciarme la mejilla. "Me gusta esa idea... hacerme viejo contigo."

Me incliné en su palma y la besé dulcemente. "A mí también."

Su sonrisa se volvió perversa. "Por supuesto, no sé qué dirían nuestros nietos si te escucharan suplicarme que te azote."

Le golpeé juguetonamente en el brazo, pero sus palabras hicieron que me recorriera un escalofrío de excitación.

"Bueno," contesté lentamente, "antes de que tengamos nietos, lo normal es empezar con hijos."

Edward entrelazó sus dedos con los míos, levantando mi mano para besar el dorso. "Hay tiempo de sobra para eso."

Me mordí el labio. "Tal vez no tanto como crees."

Le llevó diez segundos completos entenderlo.

Los ojos de Edward se abrieron como platos. "¿Estás?" preguntó con duda, bajando la mirada a mi estómago.

Sonreí. "Eso creo. Todavía no he visto a un médico, pero... sí, eso creo."

Edward se sentó, girándose a mí con una mirada de asombro en la cara que era tan dulce que me dejó sin aliento. Puso una mano en mi estómago. "¿Llevas... a mi hijo en tu interior?" Su mirada subió a mis ojos y me quedé impresionada al verlos vidriados por las lágrimas sin derramar.

Puse mi mano sobre la suya. "Bueno, también es mi hijo," bromeé, sintiendo mis propios ojos aguarse.

"¡Espera!" dijo de repente, con la frente arrugada por la preocupación mientras se ponía rápidamente de pie y se subía los pantalones. "¿Le he hecho daño? No deberíamos haber- No debería haber-"

Me senté, estirando los brazos para cogerle las manos. "Edward, está bien. Nada de lo que hemos hecho le hará daño al bebé."

"¿Estás segura?" preguntó frenético. "¿Cómo lo sabes? Es tan pequeño... y yo soy tan..." Movió la mano hacia su entrepierna. Luché contra la necesidad de tomarle el pelo por lo asustado que estaba. Se apartó y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación mientras se tiraba del pelo. "Tal vez no deberíamos... hacer... eso..." movió la mano ausentemente en dirección a la cama "...más."

"¡Whoa!" interrumpí, no gustándome esa idea ni un poco. Levanté una mano. "Detente un segundo. Definitivamente no vamos a dejar de hacer... eso," dije.

"Pero si es malo para el bebé..."

"Edward, no es malo para el bebé. Lo prometo." Crucé la habitación y le rodeé el cuello. "Nunca haría nada malo para el bebé, ¿no crees eso?"

"Bueno... sí..."

"Te digo que es completamente seguro que tengamos sexo mientras estoy embarazada," le dije. "Si necesitas oírlo de boca de un profesional, estaría feliz de que Carlisle-"

"Eso no será necesario," interrumpió Edward secamente. Aunque Carlisle y él se estaban llevando mejor, estaba bastante segura de que Edward no quería ni oír hablar de que él se acercara a mi zona de hacer bebés.

Se inclinó hasta apoyar su frente contra la mía. "¿Estás completamente segura de que es seguro?" preguntó.

"Segurísima."

Sus labios se retorcieron en una sonrisa lobuna. "Bueno, está bien saberlo. No sé si soportaría pasar nueve días sin tocarte, ya no hablemos de nueve meses."

Nos desvestimos y nos preparamos para la cama, y encontré los ojos de Edward puestos en mí cada vez que le miraba. Bueno, en mi estómago, al menos. Él solo sonrió tímidamente cuando le pillé mirando y se metió en la cama, apartando las sábanas para que pudiera unirme a él.

Me tumbé a su lado bocarriba y él se inclinó para besarme suavemente. "Gracias," susurró.

"¿Por qué?"

Su mano frotó mi barriga de forma reverencial. "Por esto... por él... o ella," añadió con una amplia sonrisa.

"Bueno, todavía no he hecho nada," dije, encogiéndome de hombros. "Guárdate las gracias para después de que haya pasado horas pariendo."

Edward se estremeció de pensarlo; sus ojos se oscurecieron. Sabía, porque conocía a Edward, que la idea de que diera a luz le llenaba de preocupación. Arrepintiéndome de haberle hecho pensar en ello, intenté cambiar de tema.

"¿Quieres un niño o una niña?" pregunté.

Edward sonrió ampliamente y sus ojos brillaron, olvidándose por el momento de las ideas de dar a luz. "Los dos," dijo firmemente.

"Oh, Dios," gemí, tapándome la cara con las manos.

Edward soltó una risita y bajó lentamente la cabeza hasta que su mejilla descansó en mi estómago; sus ojos se cerraron. Un momento después, escuché un bajo sonido y me di cuenta de que le murmuraba al bebé. Levanté la mano para acariciar suavemente su pelo.

Me miró. "Te amo, Bella. Más de lo que nunca sabrás."

Sonreí entre las lágrimas que picaban en mis ojos. "Yo también te amo."

Más tarde esa noche, después de que Edward se durmiera, yo estaba completamente despierta, con la mano sobre mi estómago mientras me imaginaba convertida en madre.

Bueno, al menos no sería una madre de dieciocho años como una vez había temido. Para cuando el bebé llegara tendría casi veinte. Sería prácticamente una mujer de mediana edad.

Resoplé y Edward se removió.

Estremeciéndome, salí de la cama en silencio y crucé la habitación descalza, cogiendo mi diario y yendo a la cocina. Encendí una lamparita y me senté en la mesa, abriendo el libro por donde lo había dejado. Respirando profundamente, y considerando mis palabras con cautela, empecé a escribir.

...Pero tendré que hacer mi parte. Supongo que, al final, de eso es de lo que va este diario. Tengo que asegurarme de que, cuando llegue el momento, Carlisle pueda convencerme de lo que hay que hacer.

Así que escribo esto para ti, Bella. La Bella que yo era... la Bella que tú eres.

Mi destino... o, debería decir, NUESTRO destino... está en tus manos.

Con una suave sonrisa, hice caso del consejo de Edward y empecé por el principio.

Nunca había pensado mucho en cómo iba a morir...

-Carlisle-

5 de marzo de 2010 – Una semana antes del ritual Quileute, Forks, Washington

Aparté la cortina y miré otra vez por la ventana delantera, examinando el camino de entrada y el bosque oscurecido más allá. Tras siglos de pulir mi paciencia, era extraño sentirla acabarse, reemplazada por algo parecido a la ansiedad.

Alice suspiró pesadamente desde su lugar en el sofá, apartando mi atención del jardín delantero.

"Estará aquí en unos diez minutos, Carlisle," dijo ausentemente mientras miraba una revista de moda. "Mirar por la ventana no hará que llegue antes."

"Lo sé," contesté, caminando rápidamente hasta su lado. Empecé a sentarme, luego me lo pensé mejor y me enderecé abruptamente. Vi a Alice sonreír satisfecha por mi indecisión. "Es solo que... hemos esperado tanto este momento... y hay tanto que depende de ello. Si las cosas no van bien..."

"Relájate, Carlisle," dijo, haciendo a un lado la revista y levantando la mano para apretar la mía. "Va a ir bien."

"Me preocupa que ni siquiera venga."

"Casi no lo hace." Alice cambió de posición, sentándose sobre una pierna. "Realmente no lo decidió con seguridad hasta que se subió al avión."

Asentí ausentemente, llevando mi mirada sin darme cuenta a la puerta principal. "¿Cuánto falta ahora?"

Alice rio. "Unos siete minutos."

Sonreí, contento porque Alice estuviera ahí conmigo. Le había pedido al resto de la familia que dejara la casa, no queriendo abrumar a nuestro visitante. Fue una decisión difícil dejar ir a Jasper, sabiendo que su don podía ayudar potencialmente a que la reunión fuera más suave. Pero Alice me había tranquilizado -igual que lo había hecho durante horas, días, en realidad- y me había dicho que no necesitaríamos los talentos de Jasper.

Crucé hasta la estantería, llevando los ojos a la familiar foto que estaba en un antiguo marco de plata. Las amplias sonrisas y los brillantes ojos de Edward y Bella trajeron vívidos recuerdos de su boda hacía casi un siglo. Los dos habían sido muy importantes para mí durante los años, y la idea de que Bella había puesto tanta confianza en mí pesaba en mi corazón.

Si fallaba...

Bueno, simplemente no podía fallar. No era una opción.

Del Diario de Isabella Masen

22 de mayo de 1932

Amelia Earhart lo consiguió. La primera mujer en cruzar volando en solitario el Atlántico. Estuve pegada a la radio durante dos días, escuchando noticias de su progreso. No podía recordar exactamente cuando desapareció, así que no respiré bien hasta que el locutor dijo que había aterrizado.

Lo consiguió. No importa cuántos de estos eventos históricos presencie, cada uno de ellos me llena de asombro.

Todavía estamos en medio de la Gran Depresión. Tampoco recordaba mucho de esto. Bella, si aprendes algo de todo esto, es que tienes que repasar historia. Créeme, será útil.

De cualquier manera, sabía suficiente sobre la caída del mercado de valores como para avisar a Edward y a nuestros amigos cercanos. Ahorramos como locos a principios de los años veinte, cuando todos los demás festejaban sin control. Y, como no sabía qué bancos superarían la Depresión sin daños, Edward retiró sabiamente nuestro dinero antes de la caída. Maggie, Samantha y Tom también están bien, gracias al poco consejo que pude darles. Tristemente, Liza se mudó a otro estado cuando Jared murió de gripe y he perdido el contacto con ella. Lo último que supe era que estaba en Tennessee. Espero que esté bien.

Samantha y yo somos voluntarias en un comedor local, y me rompe el corazón ver a todas las familias que están sufriendo tanto. Intentamos ayudar donde podemos, pero el problema es demasiado grande. Es abrumador. Por lo que puedo recordar, esto no terminará hasta la Segunda Guerra Mundial. Parece que falta bastante tiempo.

Pero el propósito de este diario no es darte una lección de historia. Tú misma puedes buscar en Google todo eso. Como te he dicho antes, mi trabajo es hablarte de mi vida... tu vida... para que veas que el viaje que tienes que hacer realmente merece la pena.

Ahora tengo casi treinta y dos años y, a pesar del triste estado del mundo, me encuentro a mí misma dando gracias a Dios cada día por enviarme aquí. Entre el sufrimiento y el dolor del que soy testigo en las calles de Chicago, también hay mucha felicidad.

El otro día, Edward y yo estábamos sentados en el porche trasero viendo a E.J. (me niego a llamarle Edward Tercero, ¡qué ridículo!) jugar a la pelota con los mellizos. Ya tiene trece años. Casi no puedo creer cómo vuela el tiempo. Es alto y desgarbado, su pelo se ha puesto más oscuro que el de Edward, pero sus ojos son del mismo vívido verde. Su nariz y su sonrisa son mías, me dicen, aunque yo creo que es más hermoso de lo que yo jamás esperaría ser. También es inteligente y dice que quiere ser científico, o tal vez médico como el Tío Carlisle.

Sí, le llama Tío Carlisle.

Charlie y Helen cumplirán diez años el mes que viene. Son tan diferentes que a veces olvido que son mellizos. Eso es, hasta que deciden que quieren esconderme algo y se comunican de esa extraña y silenciosa forma de mellizos que me vuelve completamente loca. Aun así, son niños dulces -traviesos pero de buen corazón- y son mi gran tesoro.

Al verles jugar, sentí el familiar encogimiento del corazón mientras recordaba a la hija que habíamos perdido. La pequeña Renee, que debería haber llenado el hueco entre el mayor y los mellizos, pero que no vivió más que unos días. Vino a nuestras vidas demasiado pronto. En mi época, probablemente podrían haberla salvado, pero aquí... ahora... no había esperanza.

La vida aquí puede ser dura, Bella. No quiero endulzar las cosas. Tienes que saber la historia completa.

Aun así, mientras veía a mi hijo prepararse para otro lanzamiento, no pude contener una sonrisa. La brisa era cálida, y podía oír el golpeteo de las cacerolas que venía del interior de la casa. La madre de Edward estaba horneando, y nos sacó de la casa para que no la molestáramos. Absorbiendo una sensación de felicidad, me incliné contra Edward mientras estábamos sentados uno al lado del otro en los escalones del porche. Finalmente, preguntó, "¿Alguna vez lo hechas de menos?"

"¿Qué?" contesté, distraída cuando a Charlie se le escapó la pelota y tuvo que salir corriendo a por ella.

"El futuro," dijo en voz baja, estirando la mano para jugar con mi pelo. "El mundo que dejaste."

Por la forma en que hizo la pregunta, sabía que no quería una respuesta frívola y conservadora. En su lugar, lo pensé un momento.

"Extraño a mis padres," admití. "Es duro pensar que no saben qué me ha pasado, así que me preocupo por ellos. Eso es duro a veces."

Edward asintió, volviendo a mirar a los niños. "¿Si pudieras volver...?"

"Ni siquiera creo que dependa de mí," contesté. Me enderecé y cogí la mano de Edward, haciendo que volviera a mirarme. "Pero incluso si pudiera volver, no lo haría, Edward. Mi vida está aquí ahora, contigo y los niños. Tú eres mi familia ahora."

Te digo esto, Bella, porque quiero que entiendas que tu viaje no será uno sencillo. Tu elección tendrá consecuencias, y será difícil lidiar con ellas.

Pero también te digo que merece la pena. Esta vida te ofrece más de lo que nunca imaginaste. Solo tienes que tener el coraje de tomarlo.

-Carlisle-

Alice se puso de pie repentinamente, cerrando la revista y lanzándola a la mesa. "Está aquí," anunció. "Unos treinta segundos."

Fui hasta las ventanas, incapaz de no mirar al jardín delantero de nuevo. "Ahí está su coche." Me enderecé, pasándome las manos por el pelo, nervioso.

Alice soltó una risita. "Cualquiera diría que vais a tener vuestra primera cita."

Sonreí sarcásticamente. "Es solo que no quiero asustar al pobre chico."

Alice se acercó a mí, enganchando su brazo en el mío. "Va a estar bien, Carlisle. Confía en mí."

Me apretó suavemente el brazo mientras escuchábamos los pasos acercarse por el camino de grava y subiendo los escalones del porche, seguidos de un sordo y dudoso golpecito en la puerta.

Del Diario de Isabella Masen

4 de agosto de 1956

Hoy he conocido a Alice... otra vez.

Carlisle llamó por teléfono para decirme que vendrían después del atardecer, y estuve increíblemente nerviosa todo el día. Abrí la puerta de golpe y, cuando vi su cara sonriente, mis brazos ansiaron darle un fuerte abrazo.

La había extrañado tanto.

Pero me contuve, sabiendo que Alice no tenía nada de la historia que yo recordaba. Me aparté de la puerta, invitándoles educadamente a entrar mientras Edward miraba desde el otro lado de la habitación.

Para mi sorpresa, fue Alice la que me abrazó.

"He estado deseando conocerte," dijo mientras sus brazos de mármol me sostenían con suavidad. "¿Es esta la tercera vez?"

Reí. "Para mí, sí."

Ella se apartó encogiéndose de hombros. "Bueno, por el momento, solo he visto esta reunión... pero, Bella, ¡tengo la sensación de que vamos a ser grandes amigas!"

La ironía de sus palabras no se me escapó, ya que sabía que sería mi buena amiga durante dos vidas... la mía y la tuya.

-Carlisle-

Estiré la mano hacia el pomo de la puerta, abriéndola y forzándome a poner una sonrisa relajada en mi cara.

"Hola, Masen," dije, apartándome un poco hacia atrás. "Es bueno verte de nuevo. Por favor, entra."

El chico se pasó nervioso una mano por el pelo en un gesto que me recordó tanto a Edward que casi reí. "¿De nuevo?" preguntó.

Se me había escapado. Había estado viéndole, por supuesto, pero solo de lejos. Los Volturi se habían interesado de forma particular en mi familia últimamente, así que no pude arriesgarme a establecer contacto antes de que fuera el momento correcto.

Cuando me vio dudar, Masen sonrió ampliamente. "Está bien. Bella escribió en su diario sobre la forma en que tú... mantienes vigilada a la gente."

Solté una risita mientras él sacudía mi mano y entraba en la casa. "Si no estoy equivocado, creo que se refería a ello como 'tendencias acosadoras'."

La sonrisa de Masen se amplió. "No te equivocas." Sus ojos examinaron la habitación y cayeron en Alice. "Tú debes ser Alice," dijo, extendiendo la mano. Ella la tomó con cautela en la suya.

"Os parecéis tanto," dijo ella. "Quiero decir, lo he visto... pero verte en persona..." Su voz se desvaneció.

Masen asintió. "Lo sé... excepto los ojos."

"Sí... esos definitivamente son de Edward," murmuró ella.

"También es raro para mí," contestó él. "He leído sobre ti en el diario, por supuesto... una y otra vez. Pero conoceros finalmente... ver finalmente que lo que ella escribió es todo verdad." Se volvió a mí, mirándome con cautela. "Lo es, ¿cierto? ¿Es todo verdad?"

Respiré profundamente.

"Cada palabra."

Del Diario de Isabella Masen

25 de febrero de 1964

Mi tatara-nieta nació hoy.

Isabella Marie, llamada como yo.

Cuando supe que la niña llevaría mi nombre, no pude contener las lágrimas. Edward solo me sostuvo suavemente, entendiendo porqué significaba tanto para mí.

Alice lo había visto. Ella me dijo que la pequeña Isabella tendría un día un hijo... y ese hijo sería el que lo pondría todo en movimiento.

-Carlisle-

"Así que," dijo Masen, colocándose en el sofá y dejando su bandolera en el suelo a su lado, "¿ahora qué? ¿Cuál es el plan?"

Los dos nos giramos hacia Alice expectantes. Ella rodó los ojos simpáticamente. "Bueno, supongo que el plan es que conozcas a Bella."

Fruncí el ceño. "¿Ese es el plan? No tiene mucha pinta de plan, Alice."

Escuché a Masen ahogarse con una risa.

Alice sonrió satisfecha. "Ya le he dicho que iría por allí y llevaría un amigo que quería que conociera. Creyó que estaba intentando emparejarla."

Gemí mientras Alice arrugaba la nariz. "Sí... asqueroso," dijo.

Fiel a su palabra, Alice había sido buena amiga de Bella -de la Bella que yo conocí y de la que llegó a Forks hacía solo unos meses. Se habían hecho cercanas, pero Bella no conocía nuestro secreto. Todavía, al menos.

"De cualquier manera," siguió Alice, "le aseguré que no se trataba de emparejarla y dijo que podíamos ir en cualquier momento. Charlie está en el trabajo, así que tiene la casa para ella sola."

La cara de Masen palideció. "Te refieres a... ¿ahora?"

"No hay mejor momento que el presente," contestó ella animada, levantándose y poniéndose una chaqueta.

"Pero... pero, ¿qué voy a decir?" tartamudeó. "Creí que tendría un rato para prepararme."

Puse mi mano en su hombro. "Relájate, Masen," dije de forma tranquilizadora. "Sabrás qué decir cuando llegue el momento. Y los dos estaremos contigo. Tienes el diario, ¿verdad?"

Le dio una palmadita a su bolsa. "Todo está aquí."

"Bien." Cuando tragó nervioso, añadí, "Estarás bien."

Miró dudoso entre Alice y yo antes de decir, "Espero que tengáis razón."

Del Diario de Isabella Swan

13 de septiembre de 1986

Hoy cumplo ochenta y seis años. No puedo creer como ha volado el tiempo.

Edward todavía está conmigo. Tiene algunos problemas de artritis pero, además de eso, está bien. Tras su bypass, le atosigué para que hiciera ejercicio y mejorase su dieta. Se queja sobre extrañar los filetes y el helado, pero todo amistosamente.

Sé que valora el poco tiempo que nos queda juntos tanto como yo.

Nuestros relojes están llegando a su fin, pero me siento bendecida por haber tenido una vida tan larga y feliz juntos. Hemos vivido dos guerras mundiales, incontables escaramuzas, colapsos y recuperaciones financieras...

Hemos visto el milagro del vuelo, el primer hombre aterrizar en la luna, curas para enfermedades, incluso a los Beatles en el Shea Stadium. (¡Sí, éramos los más viejos allí y no, no podría haberme importado menos!)

Tras tres hijos, nueve nietos, veintitrés bisnietos y catorce tataranietos (¡con otro más en camino!), puedo dejar este mundo sabiendo que nuestra familia seguirá... que el amor nacido entre Edward y yo continuará durante generaciones.

En cinco años, naceré yo.

Y yo estaré muerta.

No puedo explicar cómo lo sé. Es solo una sensación que tengo -que el tiempo o el destino no nos dejará co-existir en este mundo.

Pero está bien. Estoy lista. Si no fuera por Edward, ya me habría ido.

Suena melodramático, pero es cierto. Él es lo que me hace seguir, y creo que pasa lo mismo con él. No me sorprendería que termináramos como en una mala novela romántica... compartiendo nuestro último aliento con las manos entrelazadas.

U otro cliché parecido.

Solo espero poder conocer a Masen. Alice me dijo su nombre, y dijo que estaba más segura que nunca de que él será el que me ayude... el que te ayude. No nacerá en unos años todavía, así que no sé si lo conseguiré.

Por si acaso, le he escrito una carta y he modificado mi testamento para asegurarme de que le sea entregada en su veintiún cumpleaños. Eso debería darle tiempo suficiente para entender que no estoy loca. Al menos eso espero.

En la carta habrá una llave para una caja fuerte en la que guardaré este diario y algunas cosas que me gustaría que tuvieras.

No sé si tendré la oportunidad de escribirte más, Bella. Rezo porque esto sea suficiente.

Edward dice que te diga que estará esperando...

-Carlisle-

En el camino a la casa de Bella, noté a Masen sacando periódicamente algo de su bolsillo y mirándolo antes de volver a guardarlo rápidamente.

"¿Qué estás haciendo?" pregunté.

"Nada... es... es estúpido," contestó, sonrojándose.

Tan parecido a Bella.

"Estoy seguro de que no es estúpido," dije, doblando la esquina a Main Street.

Dudó un momento y luego lo sacó de su bolsillo, enseñándomelo. Era una foto de él, con una mujer mayor que supuse que sería su madre.

Al ver mi mirada inquisitiva, preguntó apresurado. "Es solo que creí que... si cometía un error o algo, la foto empezaría a desvanecerse... yo empezaría a desaparecer..."

Alice se asomó por el asiento trasero, apoyando su barbilla en los brazos cruzados. "¿Cómo en Regreso al futuro?"

Masen se sonrojó más. "Te dije que era estúpido. Pero, si fallo, nunca naceré, así que..."

Alice le dio una palmadita en el hombro. "No fallarás."

Él volvió a mirarla. "¿Estás segura?"

Ella asintió. "Estarás bien. Pero, si te hace sentir mejor, sigue mirando la foto."

Masen sonrió tímidamente y respiró profundamente mientras aparcábamos en el camino de entrada de Bella.

29 de Octubre de 1988

Querido Masen,

He escrito esta carta docenas de veces, las hojas arrugadas se caen de mi papelera. Parece que no soy capaz de encontrar las palabras correctas pero, una vez más, no sé si hay alguna forma de decir esto que no vaya a sonar a completa locura.

Así que iré directa al punto. Antes de casarme con un tatara-tatara-abuelo, mi nombre era Bella Swan. Vivía en un pequeño pueblo en el Estado de Washington llamado Forks.

Nací el 13 de septiembre de 1991.

Sí, has leído bien.

No puedo explicar como sucedió pero, de alguna manera, lo hizo. Y tienes que asegurarte de que sucede de nuevo.

En el sobre encontrarás una llave de una caja fuerte. En esa caja encontrarás un diario... mi historia... tu historia.

Depende de ti, Masen. Tienes que convencerme -a ella- de que eres quien eres... y de que debe hacer el ritual que la enviará a 1918. Mi vida está en tus manos... y también la tuya. Porque -no es por parecer apocalíptica- pero si no tienes éxito, no existirás.

Carlisle te ayudará -y Alice, por supuesto. Leerás sobre ellos en el diario. He pensado en dejarles todo esto a ellos pero, en realidad, creo que Bella necesitará conocerte para realmente creer esta increíble historia.

Alice dice que tendrás los ojos de él -de Edward. Creo que esa será la clave. De alguna manera, ella verá la verdad en tus ojos... porque yo siempre lo he hecho.

Solo recuerda esta fecha: 12 de marzo de 2010. Ese es el día que viajé en el tiempo. Esa es tu fecha límite.

No deseches esto como las locuras de una vieja mujer hasta que leas el diario. En él encontrarás la prueba que necesitas para convencerte a ti mismo de que te digo la verdad -y rezo porque sea suficiente para convencer a Bella también.

Lee el diario, Masen. Luego ve en busca de Carlisle. He puesto un mapa en la parte delantera del diario. Él sabrá que estás de camino.

Es raro escribirte esto cuando ni siquiera has nacido todavía. Acabo de enterarme de que tu madre está embarazada, pero no creo que ande por aquí para ver tu cara en persona.

Casi le pregunté a Alice, pero realmente no quería saberlo.

La vida es extraña, Masen... extraña y mágica y llena de sorpresas. Ahora mismo estás comenzando un viaje que te mostrará lo cierto que es eso.

Oh, y guarda esta carta y el diario para ti. Sobre todo el diario. No se lo enseñes a nadie más. Los secretos que guarda deben seguir siendo secretos o tu vida podría correr peligro. No estoy bromeando sobre esto. No se lo digas a nadie.

Si algo, espero que esto te haya intrigado lo suficiente como para querer saber más. He hecho lo que he podido... ahora depende de ti. Mis pensamientos y oraciones están contigo, incluso si no puedo estar ahí en persona.

Buena suerte. Lo siento, hijo, pero vas a necesitarla.

Con amor,

Bella.

-Carlisle-

Masen y yo caminamos un paso detrás de Alice hasta la puerta principal de Bella. Sin dudarlo, Alice llamó y, en un momento, escuché sus pasos por el suelo antes de que abriera la puerta. Como siempre, ver a Bella me sacudía un poco. A menudo me encontraba a mí mismo queriendo bromear con mi vieja amiga... pero esa no era ella. Al menos no todavía.

"Hola, Bella," dijo Alice animada.

Bella sonrió. "Hola, Alice... Dr. Cullen." Pareció un poco sorprendida por mi presencia, pero lo escondió bien mientras su mirada iba a nuestro joven invitado. Sus ojos se abrieron como platos y supe que veía el parecido familiar.

"Este es Masen," dijo Alice en voz baja.

"Hola," contestó ella antes de invitarnos a entrar. Intentó ser discreta, pero sus ojos no dejaban de ir a Masen con una clara expresión inquisitiva.

¿Quién era él?

"¿Puedo ofreceros algo?" preguntó educadamente mientras nos llevaba a la sala de estar. Alice y yo declinamos, por supuesto, pero Masen se aclaró la garganta nervioso y pidió un vaso de agua.

Bella dejó la habitación y Alice se sentó al final del sofá, dirigiendo a Masen al otro lado. Yo me senté en el sillón reclinable de Charlie, dejando el lugar al lado de Masen para Bella.

Ella volvió y le dio a Masen el vaso antes de que sus ojos pasearan nerviosos por la habitación. Se sentó en el centro del sofá, colocada al borde delantero del cojín.

El silencio se hizo denso, todos esperábamos a que otro empezara. Finalmente, Bella respiró profundamente.

"Y, ¿de qué va todo esto?" preguntó, volviéndose a Masen. "¿Quién eres en realidad?"

Masen sonrió un poco satisfecho. "Vas directa al grano, ¿no?"

Bella se sonrojó, pero no rompió el contacto visual.

Masen buscó en su bolsa y sacó el diario, dejándolo en su regazo. Pasó una mano por la gastada cubierta de cuero.

"Mi nombre es Masen Edward Armstrong," dijo finalmente. "Mi madre era Isabella Marie Armstrong."

Bella soltó un grito ahogado. "¡Ese es mi nombre! ¿Estamos... emparentados?"

Los labios de Masen se retorcieron ligeramente. "De forma lejana." Respiró profundamente y siguió. "Mi abuela era Anne Masen Roberts. Su padre, mi bisabuelo, era Anthony Masen. Su padre era Edward Masen Tercero."

"Déjame adivinar," interrumpió Bella con una sonrisa sarcástica. "¿Su padre era Edward Masen Segundo?"

Masen asintió y vi su nuez subir y bajar mientras tragaba con dificultad. Alice y yo nos manteníamos en silencio, con los ojos fijos en Bella.

"Edward estaba casado con Isabella," dijo lentamente. "Isabella Marie Swan."

Bella rio. "¡Eso es tan raro!" exclamó. "Pero no es raro que la gente tenga el mismo nombre, sobre todo en la misma familia. No sabía que me habían llamado como alguien, pero-"

"No," interrumpió Masen en voz baja. "No es eso lo que estoy diciendo."

Bella frunció el ceño por la confusión. "No lo entiendo. ¿Qué estás diciendo?" Se volvió a Alice. "¿De qué va esto?"

"Solo escúchale, Bella... por favor," contestó Alice.

Masen metió la mano en su mochila, dejando en la mesita un reloj de bolsillo que reconocí como el de Edward y dándole a ella un relicario. Lo reconocí de inmediato, por supuesto. Ella nunca se lo quitaba.

Bella abrió el relicario, pasando los dedos por el mechón de pelo desgastado que había en el interior.

"El pelo era de Edward," explicó Masen. "El relicario... era tuyo."

Bella casi dejó caer el relicario mientras sus ojos se abrían como platos de la impresión. "¿Qué?"

Masen le dio el diario. "Todo está aquí."

Bella se puso de pie de golpe, apartándose de él. "¿Quién eres tú?" dijo nerviosa. "¿Qué quieres de mí?"

"Está bien, Bella," dije con voz tranquilizadora.

"No está bien," soltó. "¿Por qué le habéis traído aquí? Obviamente está loco... o es algún tipo de timador o algo." Cuadró los hombros. "Has elegido la víctima equivocada, amigo. Mi padre es poli, y no has investigado bien, porque no tenemos dinero-"

"¡Bella!" la cortó Alice. "No es un timador. Y no está loco."

"¡Bueno, tal vez vosotros estáis locos!" exclamó, mirándome a mí. "¡Tal vez todos vosotros estáis locos!"

"Por favor," dijo Masen en voz baja. Se puso de pie, dejando el diario en el sofá y acercándose a Bella como si fuera un ciervo asustado. "Bella... por favor. No estoy loco. He venido aquí porque hay algo que tienes que saber. Algo que necesitas saber."

"Pero no tiene ningún sentido..."

"Sé que no," aceptó él, deteniéndose finalmente frente a ella y mirándola a los ojos. "No tiene sentido ninguno, pero es la verdad. Está todo en el diario. Solo... solo ven a mirar el diario. Eso es todo lo que pido. Léelo y decide por ti misma."

Bella le miró fijamente un largo momento. Casi pude oír las ruedas girando en su cabeza. A pesar del hecho de que apenas me conocía, definitivamente yo la conocía a ella. Pude verla buscando en la cara de él... una cara muy parecida a la de ella... sus ojos... tan parecidos a los de Edward. Sabía que estaba confundida... incluso un poco asustada.

Pero también sabía que tenía curiosidad... y que no nos echaría hasta que esa curiosidad quedara satisfecha.

Sin embargo, Masen no la conocía como yo. Podía ver que estaba nervioso, sus ojos verdes le suplicaban que le diera una oportunidad. Sus dedos se retorcieron, y me pregunté si estaba deseando poder mirar su foto para ver si había desaparecido.

"Está bien," dijo Bella finalmente, caminando para sentarse en el sofá. Se mordió el labio y luego cogió el diario, colocándoselo en el regazo y abriéndolo por la primera hoja. Levantó la mirada sorprendida.

"Es mi letra," dijo, perpleja.

Masen solo asintió y se acercó para sentarse a su lado. Le echó una mirada más antes de empezar a leer.

Se me erizó el pelo cuando sentí una ola de consciencia recorrerme. Había alguien cerca. Miré a Alice, sorprendida porque no le hubiera visto venir. Ella solo se encogió de hombros, obviamente sintiendo su presencia, pero sin una explicación de porqué su visión había aparentemente fallado.

Me puse de pie lentamente. "Necesito salir un momento," dije. "Volveré enseguida."

Bella estaba absorbida por el diario, enredándose un mechón de pelo en el dedo mientras leía. Masen acogió mi comentario con un breve asentimiento y Alice me miró inquisitiva, obviamente preguntándose si debería unirse a mí. Sacudí la cabeza una vez, asegurándole sin palabras que estaría bien.

Salí de la casa, escaneando el borde del bosque, y finalmente vi una figura en sombras de pie junto a un gran pino. Acercándome a él, mi paso falló. No le conocía pero, de alguna manera, casi le... reconocía. Era desconcertante tener una sensación de déjà vu... algo que no había sentido en tres siglos.

Estaba de pie enderezado y alto, su piel marrón estaba arrugada por la edad, maltratada por el sol. Era obviamente Nativo-americano, sus ojos eran oscuros e intensos bajo una cabeza de largo pelo blanco. Llevaba una camisa vaquera, pantalones vaqueros desgastados y botas, tenía una colorida manta envuelta alrededor de sus hombros contra el fresco tiempo primaveral. Sonrió cuando me acerqué a él y, una vez más, sentí un golpe de reconocimiento.

También tuve la distintiva impresión de que no era completamente humano. No era un vampiro... ni un hombre loco... pero era definitivamente algo... más.

"Hola," dije tentativamente, "soy Carlisle Cullen."

La sonrisa del hombre se amplió. "Sé quién eres, Frío," dijo.

Pestañeé por el nombre. "¿Perdona?"

"No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo," contestó. "Ten por seguro que guardo muchos secretos."

Confundido, di un paso más cerca. "¿Nos conocemos? Me pareces... familiar."

Él rio, el sonido repicó entre los árboles. "En cierta forma," dijo. "Aunque dudo que lo recordaras."

"Lo recuerdo todo," dije, un poco incomodado.

Él sonrió ampliamente. "No todo, Frío."

"¿Quién eres?"

Él miró hacia la casa, ignorando mi pregunta. "Ella tiene un camino difícil por delante," dijo. "Pero es un camino que debe ser tomado."

Sentí un escalofrío. "¿Sabes...sobre Bella?"

"Sé muchas cosas."

Dudé. "¿Sabes... lo conseguirá?" pregunté. "¿Podremos convencerla de ir?"

Sus claros ojos volvieron a los míos y solté un grito ahogado por la antigua sabiduría que percibí en sus profundidades. "Lo haréis," dijo simplemente.

Solté el aire pesadamente, aliviado. "¿Por qué estás aquí? ¿Vas a ayudarla?"

Sonrió de nuevo, las esquinas de sus ojos se arrugaron. "Todavía no. Por ahora solo estoy aquí para mirar."

"Pero tú... ¿la ayudarás?"

"Cuando sea el momento correcto."

Absorbí eso un momento. "¿Puedo hacerte una pregunta más?" Inclinó la cabeza, así que seguí. "¿Qué pasa... después? A los que quedamos atrás. ¿Simplemente se... desvanecerá? ¿Qué pasa con su familia? La buscarán."

"Eso es más de una pregunta, Frío," dijo, con sus ojos brillando felices. Al ver mi mirada de frustración, añadió, "pero responderé."

Se cerró más la manta sobre los hombros. "El tiempo es como una mujer celosa," dijo. "Ella no compartirá a su amante con otra."

Me pasé una mano por la cara, irritado por su críptica respuesta. "¿Estás diciendo que cuando se vaya, dejará de existir en esta época?"

"No... dejar," contestó.

"No," dije, agarrándome a una teoría, "porque si está allí, no puede estar aquí... nunca puede estar aquí. Nunca habría estado aquí en primer lugar."

Él asintió ligeramente.

"Así que, ¿será como si nunca hubiera nacido?" pregunté. "Nosotros simplemente... ¿olvidaremos que existió?"

Él sonrió de nuevo. "No todos nosotros. Criaturas como tú y como yo, Frío, vivimos fuera de los límites del tiempo."

"Así que yo la recordaré," dije, "y Alice. Pero sus padres... sus amigos... ¿ninguno la recordará para nada?"

"Es como debe ser," contestó. "Ella ha tomado su decisión. No puede vivir dos vidas."

"Quieres decir que tomará la decisión... no la ha tomado todavía," dije, lanzando una mirada nerviosa hacia la casa.

"¿No lo ha hecho?" preguntó con una amplia sonrisa. "Si no es así, ¿cómo la conociste hace tanto tiempo?"

Reí, recordando muchas conversaciones similares que tuve con Bella durante los años. "Está bien. Te concederé esa. Pero, ¿qué pasa con los registros? Su certificado de nacimiento... de la escuela..."

"Nunca habrán existido."

"¿Qué pasa con el diario?"

Sus ojos se enfocaron en los míos. "Eso será responsabilidad tuya. Las baratijas son reliquias familiares, así que deberían quedarse con el chico, pero el diario debe ser destruido."

Él vio mi duda incluso antes de que la sintiera. El diario era todo lo que me quedaba de Bella -había esperado tener sus palabras cerca... escritas en papel por su propia mano, más que solo el recuerdo de una hoja desgastada.

"No puede quedarse," dijo firmemente, con mirada dura y casi aterradora por su intensidad.

Asentí comprendiendo. "Me encargaré de ello."

Con eso, sus ojos se suavizaron. "Sé que lo harás, Frío. Después de todo, ya lo has hecho." Me guiñó el ojo antes de darse la vuelta y alejarse a través del bosque.

Le vi marcharse y luego volví a entrar lentamente en la casa, escuchando la conversación del interior con una sonrisa en la cara.

"Esto es una absoluta locura," dijo Bella. "No puedo creer que esperes que me crea que vivo en un pueblo lleno de vampiros y hombres lobo... y que en una semana se supone que debo viajar en el tiempo."

"Has visto las fotos, Bella," señaló Alice.

"Sí. He visto las fotos," Bella resopló. "Así que ese es Edward, ¿huh?"

Masen contestó. "Ese es él."

"Huh," dijo Bella. "Tienes sus ojos -aunque es una foto en blanco y negro, así que no puedo estar segura."

"Son verdes," dijo.

"Es... mono, supongo," dijo malhumorada. "Un chico guapo."

Alice rio. "Oh, Bella. Ya estás medio enamorada de él."

"No lo estoy."

"Lee el diario," rebatió. "Lo estarás."

Sonreí ampliamente mientras abría la puerta y entraba en la casa, seguro por primera vez de que todo sucedería como debía.

Después de todo, de eso va el destino.

- . - . - . - . -

Más tarde esa noche, mucho después de que Carlisle, Alice y Masen se hubieran marchado, Bella estaba tumbada en su cama mirando al techo. El sueño la evitaba, lo que no era sorprendente dadas las revelaciones del día.

Finalmente, con un pesado suspiro, encendió la luz de noche y cogió el diario de la mesilla. Sentándose contra el cabecero, abrió la tapa trasera y cogió un sobre amarillento antes de dejar el diario a un lado.

Abriendo la solapa, sacó el único trozo de papel del interior con cuidado. El doblez estaba muy arrugado y el papel roto por los bordes, un testimonio del hecho de que la carta había sido leída y releída numerosas veces.

Bella no culpó a su alter-ego por eso. Ella misma ya la había leído una docena de veces.

Desdoblando con cuidado el papel, la leyó de nuevo.

17 de julio de 1919

Mi querida Bella,

Mientras escribo esto tú estás tumbada en nuestra cama, dormida. Últimamente estás muy cansada, lo que es de esperar teniendo en cuenta tu condición, supongo. En menos de un mes darás a luz a nuestro primer hijo -una idea que me entusiasma y aterroriza a la vez. Temo la idea de que pases por tanto dolor, pero la idea de que un hijo... nuestro hijo... estará aquí pronto...

Estoy asombrado, Bella. No puedo encontrar una palabra mejor para describir mis sentimientos.

En unos días celebraremos nuestro primer aniversario. Es difícil creer que solo ha pasado un año desde que nos casamos... unos meses más desde el día que nos conocimos. No creo que alguna vez te haya dicho lo increíblemente hermosa que estabas ese día... o cómo me sentí la primera vez que me tocaste. No lo entendí completamente al principio, pero fue como si la pieza perdida de un puzle hubiera encajado en su lugar... como si, finalmente, estuviera completo.

Por supuesto, me llevó un tiempo aceptar que estábamos destinados a estar juntos. Sé que me creías terco y tendencioso pero, Bella, estaba muy confundido. Creía saber mucho del mundo, pero tú me retaste tan abiertamente que me enfurecía e intrigaba a la vez.

Nunca antes había estado enamorado pero, desde ese momento, fui tuyo.

Y ahora, aquí estamos. Están esos que dicen que somos demasiado jóvenes para saber de qué va la vida pero, Bella, tú me lo has mostrado. Me has mostrado el amor... y la compasión. Me has mostrado el sacrificio... y la felicidad. Me has mostrado que hay magia en el mundo... y que un amor como el nuestro no puede se atado por cosas como el tiempo y el destino.

Te veo escribiendo en tu diario, tan preocupada por decir lo correcto. Crees que es tu responsabilidad asegurarte de que las cosas suceden como deben. Y te preocupas porque no lo hagan. Intentas escondérmelo, pero sé que es tu mayor miedo.

Creo, mi amor, que no hay nada que temer.

Creo que, sin importar lo que suceda en el futuro, nuestras almas están entrelazadas. Creo que, viajes o no en el tiempo, o si yo muero de gripe, o si los dos viajamos al Antiguo Egipto, estaremos juntos.

Es la forma en que está destinado a ser.

Nosotros estamos destinados a ser.

Por supuesto, sé que seguirás escribiendo en tu diario... haciendo tus planes. Es tu forma de hacerlo y nunca te quitaría eso.

Pero, Bella, ten seguro que yo siempre te encontraré.

En este mundo o en cualquier otro, te encontraré.

Y siempre... siempre... te amaré.

Tú eres mía, Bella, y yo soy tuyo... para siempre.

Edward

Limpiándose las lágrimas de los ojos, Bella dobló con cuidado el papel y lo deslizó en el gastado sobre, devolviéndolo a su lugar en la parte trasera del diario.

Apagó la luz y se deslizó bajo las mantas...

...y soñó con lo que todavía tenía que ser.


3 de julio de 2011

Esa es la fecha en que subí el prólogo de esta historia. Es probablemente la que más tiempo lleva conmigo y supongo que por eso me da tanta pena que se haya terminado (aunque si vais a los primeros capítulos, veréis que la estoy editando, así que realmente no la he dejado del todo. Pero ya no es lo mismo).

Hemos llorado, reído, vuelto a llorar, y algunas hemos revivido eso que sentimos cuando leímos por primera vez la saga original y nos hemos vuelto a enamorar de Edward.

Espero que os haya gustado este final alternativo. Personalmente, yo me quedo con el original, pero sé que muchas queríais que salvara a Edward y tuvieran una vida humana (y al final ha sido muy larga, casi noventa años!), aunque también tengo que admitir que ha sido un capitulo muy emotivo y que esa carta de Edward me ha sacado alguna lagrimilla.

Ojala hayáis disfrutado del viaje de Bella tanto como yo.

Nos vemos en otras historias.

-Bells :)