Love is pure.


Summary: Él, un enviado de Dios, Cardenal e hijo del Santo Padre y ella el objeto de su sobreprotección y amor incondicional. Porque la unión entre hermanos es incomensurable, sin duda Cesare y Lucrezia eran un claro ejemplo. A sus ojos, la clase de amor que compartían era pura, quizá a los ojos de otros no era más que antinatural, no era más que Incesto.

Disclaimer: Este fanfiction está basado en la serie The Borgias, todos los derechos reservados a Showtime, yo simplemente he tomado el contexto del capítulo The French King (S01e06) y lo he adaptado, desde aquí en adelante la historia comienza a cambiar a mi antojo. La historia es mía, toda la trama ha salido del producto de mis revolucionarías hormonas y la eterna ternura y no ternura que me provocan estos personajes, por lo que está prohibida la copia parcial o total del texto sin mi previa autorización, demás está aclarar que es mejor que eviten problemas.


Capítulo I.

Love and marriage are incompatible.


A su corta edad Lucrezia Borgia había vivido una vida satisfactoria, quizá podría considerarse más que satisfactoria, había tenido una vida feliz y placentera en la casa Borgia. Única hija de cuatro hermanos, había gozado del cuidado de su hermano mayor y del amor sincero de su padre. Toda su vida había visto como su familia estaba rodeada del más puro sentimiento, sentimiento que era recibido por ella en abundancia, es por esto que para Lucrezia no era dificil imaginar un matrimonio perfecto, como el amor que se habían tenido, alguna vez, sus padres.

—¿Algún día me casaré, Cesare? —susurró Lucrezia en la cama de su hermano.

Recordaba como si fuese ayer, aquella tibia conversación, a sus cortos doce años, Lucrezia había soñado con una boda desde siempre. Un ajuar cuidadosamente bordado, con una inmaculada blancura y unos hermosos lazos, también había soñado con un velo de perlas. Sería una novia perfecta, todos se lo decían. Con su piel de porcelana, unos ojos que destellaban la inocencia de su ser, una sonrisa tierna y una voz suave, Lucrezia a su edad ya era admirada por la futura belleza en la que se convertiría, incluso Cesare, su hermano, no podía negarse a aquello, por más que quisiera preservar esa belleza para sí.

—Si de mi dependiese, no te casarías jamás —le susurró mientras acunaba en sus brazos aquel delicado cuerpo.

—Pero yo deseo vestir de novia y caminar al altar —suspiró suavemente cerca del oído de su hermano. Este estremeció —. Quiero que mi futuro esposo esté esperando y que tú presidas la ceremonia.

—Lucrezia, aún eres una niña, no me amargues la noche pensando en tu matrimonio —el susurro se extinguió en la última palabra dejando en la boca de Cesare un gusto amargo—. Por ahora déjame disfrutar de la exclusividad de tu amor.

—Cesare —sonrió tiernamente Lucrezia en sus brazos, mientras posaba su mano en la mejilla de su hermano —. Jamás podría amar a nadie más que a ti, nunca podría sentir lo que siento cuando me acunas en tus brazos.

Cesare había sido el amor de su infancia y por más que le doliese confesarlo, ya no era más esa niña. Había dejado de serlo el día que el Santo Padre, su padre, había decidido casarla con Giovanni Sforza. Una unión conveniente para la familia Borgia, en la que el Santo Padre se vería beneficiado con la influncia de los Sforza y del amplio poder militar que poseían, sin lugar a dudas, unir a ambas familias significaría más fuerza para el papado de Alessandro VI, pero de muy poco, por no decir, nada se beneficiaría Lucrezia.

A pesar que Giovanni Sforza tenía un linaje soprendente, su apariencia dejaba mucho que desear, dentro de su corazón no había más que el interés por la caza y un desagradable gusto por realizar de la manera más cruel y brutal el acto marital, desgraciadamente más seguido de lo que ella deseaba. Sforza era una persona que aborrecía a los Borgia y se vengaba con ella en cada acto que cometía. A decir verdad, Giovanni no tenía interés en Lucrezia como cualquier otro hubiese tenido, admiraba la belleza de su esposa, pero jamás olvidaba que era una Borgia, así como tampoco olvidaba hacerle la vida miserable cada vez que tenía el poder de hacerlo. El mejor escenario en que cometía su venganza era en el lecho.

Signora* mia —era lo más aproximado a cariño que había recibido de Giovanni, quien solía ser demasiado cambiante, aunque el latigazo de su indiferencia era lo que más agradaba a Lucrezia.

Sin duda la joven se sentía abrumada y sola, extrañaba la calidez del trato de su familia, sin duda extrañaba los suaves mimos de Cesare. En su nuevo hogar no tenía a quién ocurrir, se sentía sola y sin orientación. Giulia Farnese habría sido de gran ayudar y consuelo, pero la distancia entre su actual residencia y Roma le impedían ver a su querida amiga, de quién no habría podido prescindir de no ser porque ahora que era una mujer casada debía conllevar las labores como anfitriona y como esposa. Los días se volvían tristes, apagados y cada vez la vida de Lucrezia parecía extinguirse en las paredes que las rodeaban, no tardaría en pensar que su hermano la había olvidado. ¿Sería capaz Cesare de olvidarla? Ella no lo hacía, ni un solo segundo. Extrañaba las noches en las que se introducía en la cama tibia de su hermano y se apegaba a su calor, no olvidaba los tiernos abrazos y las agradables caricias que él le entregaba. Cesare era su protector, sabía que en sus brazos jamás estaría en peligro y también sabía que en ningún otros brazos encontraría el consuelo y la protección que este le brindaba.

—Estamos por llegar, Signora Sforza —le avisó el cochero.

De inmediato la palidez de Lucrezia se esfumó tras la estela de un vivaz rostro. Estaba volviendo a casa, estaba volviendo a Cesare. Ansiaba ver a su hermano, escuchar su voz y sentir la calidez de sus abrazos.

—A toda prisa, per favore —sonrió.

La llegada de Lucrezia era esperada por su familia. No había visto aquellos familiares rostros desde el día de su boda, ahora les volvía a unir el mismo motivo, Lucrezia esperaba que su pequeño hermano Joffrey no tuviese el mismo destino que ella, a pesar que los motivos del matrimonio de su pequeño hermano no dejaban de ser diferentes. Su padre nuevamente necesitaba una alianza, esta vez la víctima era el más pequeños de sus hijos.

—¡Lucrezia, cara figlia mia*! —sonrió Vannozza, madre de Lucrezia.

Estuvieron poniéndose al día una de la otra, extrañándose mutuamente y dándose pequeños mimos. A pesar que extrañaba a su madre con todo el corazón, sus ojos se desviaban a cada instante hacía el umbral del portal. ¿Estaría Cesare en casa? ¿Por qué no la había ido a recibir? ¿La extrañaría? ¿Notaría los cambios ahora que era una mujer casada? ¿La querría igual?

—Sé que estás ansiosa por ver a tu hermano —sonrió Vannozza —, pero él está con tu padre, no tardará en volver a cenar.

Lucrezia corrió como una pequeña niña hacía su antigua habitación. Seguía intacta, tal cual como el último día que había estado allí, a pesar que su último día en la casa Borgia no había dormido en su habitación, sino que lo había hecho en la recamara de su hermano, abrazada a él como la pequeña niña que era, esperaba con ansia el momento de su matrimonio, ahora sin duda las cosas habían cambiado. No podía negar que su esposo no era nada de lo que ella había esperado, la había violentado como tantos otros maridos hacían con sus mujeres, en el lecho marital no tenía piedad por ella, pero aún así resguardaba la esperanza de un futuro mejor que su presente.

Lucrezia extrañaba su vida, porque la que estaba viviendo en esos momentos era un castigo por llevar el apellido Borgia. Extrañaba, también, su centro vital: Cesare, el amor por su hermano la consumía lentamente, no podía imaginar estar más tiempo distante de él y saberse en la misma ciudad, a tan escasos metros, y sin poder verle era algo más que agobiante.

—Si alguien pregunta por mí, Micheletto, diles que no estoy disponible hasta después de la boda de mi hermano —sentenció Cesare quién entraba a su estudio.

Cesare, agotado por todo el quehacer que se depositaba sobre sus hombros al ser la mano derecha de su padre, había olvidado que hoy llegaba Lucrezia. Se sentó en su estudio y cerró por un momento sus ojos, intentando desconectarse del mundo. No siendo suficiente aquello, se levantó de la silla y se dirigió hasta el jarro con agua y el lavatorio que allí habían dejado, como era de costumbre lavó sus manos y su rostro, dejando recorrer el agua por su contracturado cuello.

—Déjame pasar, Micheletto —sonrió Lucrezia.

—Disculpeme, Signora, pero no puedo dejarla entrar sin anunciar su llegada a Sua Eccellenzza* —sentenció mientras se interponía en el camino hacia la puerta.

Sua Eccellenzza es mi hermano, Micheletto, per favore, déjame entrar —insistió Lucrezia.

Micheletto, por miedo a que Cesare le reprendiera más por no dejarla entrar que por hacerlo, decidió que lo mejor sería abrir el paso a Lucrezia, por lo que la dejó libre para entrar.

El corazón de Lucrezia latía ruidosamente, no había sido capaz de esperar que Cesare se dignara aparecer en la casa de su madre, ella necesitaba verle, saber que nada había cambiado, aunque fuese mentira. Quería seguir creyendo que era la piccola bambina* de Cesare, tal como siempre había sido. Cuando abrió la puerta, vio a su hermano a torso descubierto no tuvo palabras ni aliento para pensar en otra cosa que no fuese lo que sus ojos estaban observando. A pesar de ser un hombre de Iglesia, Cesare siempre había tenido ambición de ser un soldado, habría sido uno bueno, Lucrezia lo sabía más aún ahora que, el torso que ella había conocido tan bien desde su infancia, se había vuelto más fuerte y firme. Los músculos bien definidos, con una fuerza que antes jamás había notado se lucían ante sus ojos, ojos que ya no eran los de una pequeña niña, sino de una mujer, que a pesar de estar casada, se permitía sentir más de lo debido.

Amore mio—sonrió Cesare al ver a su hermana parada debajo del umbral.

El instante de reconocimiento fue minúsculo, los ojos de Cesare demostraban cuanto la había extrañado, su corazón parecía el golpe de los cascos de un caballo al galope, podía sentir como la intensidad de sus emociones se compactaba en su pecho subiendo a su garganta y dejándole sin palabras. Secó sus manos antes de ir al encuentro de los brazos de su hermana.

—Cesare —susurró al sentir el contacto de su piel.

Lucrezia dejó caer sus manos en la espalda descubierta, rememorando la suavidad del tacto, extrañaba esa conocida piel, su aroma especial, como si estuviese en un suave campo de menta y canela, aquel aroma tan familiar que era capaz de devolverle el sueño. Estaba allí, después de una larga separación, podía sentirlo. Inhaló un sinfín de veces aquel aroma, quería atesorarlo en su memoria y si era posible llevárselo de vuelta a su realidad.

Caminaron juntos por el jardín, ella no dejó de sonreír, ver a Cesare era el mayor placer que había sentido en esos largos meses alejados de su familia.

—Cuéntame ¿Cómo es él? —dijo mientras ayudaba a sentarse a Lucrezia.

Ella no quería hablar de su vida, sería como volver al sufrimiento de la separación, pero los ojos de Cesare parecían ver a través de su alma, como si él pudiese acceder a sus lugares más íntimos, como si entre ellos jamás pudiesen haber secretos, no podían ocultarse nada, no debían hacerlo, pero les gustase o no habían cosas que cambiaron con el matrimonio de Lucrezia, lo que ambos anhelaban era que nada hubiese opacado aquel sentimiento tan puro que los unía.

—Es un caballero —fue todo lo que se limitó a decir.

—¿Un caballero? ¿Qué tipo de caballero? —Lucrezia notó como la voz de Cesare se agravaba y su respiración se hacía irregular.

—Ya sabes, gusta de la caza y de sus dominios —sonrió mientras se acercaba a él con lentitud.

Para Cesare era complicado ser directo con Lucrezia, siempre buscaba con suma delicadeza las palabras que dirigiría a su pequeña hermana, no quería herirla, ni hacerla sentir incomoda, jamás habría hecho algo que pudiese hacerla sentir mal y no quería que en su reencuentro fuese la primera vez.

—Dime… ¿Cumple todas las labores de esposo? —se aventuró a decir.

Lucrezia sabía de lo que hablaba y si de una cosa estaba agradecida y a la vez contrariada era que Giovanni jamás le había puesto un dedo encima, seguía tan inmaculada como la última vez que había dormido con Cesare.

—Si —susurró —, una extraña obsesión con el lecho marital.

La reacción de Cesare no tardó en expresarse, bufó molesto y volvió a mirarla con evidente culpa en sus ojos. Al oír aquellas palabras sintió como si todo el mundo se volviese al caos, como si aún sintiese que Lucrezia era demasiado frágil para las manos de cualquiera.

Lucrezia le pertenecía a él y sólo a él, era su hermana, su protegida, él juró velar por su bienestar y le había fallado, la había dejado en manos de un desalmado desconocido, un hombre que había hecho de ella un objeto, la había dañado y ella había tenido que callar todos sus pesares sin tener un confidente en quien apoyar sus penurias. Abrazó a su hermana con más apego y besó su frente. Su pequeña niña había sufrido tanto que había tenido que enfrentar todo en la más absoluta soledad y él no había sido capaz de estar con ella. No importaba que Lucrezia hubiese cambiado, a los ojos de Cesare siempre sería su pequeña y de él siempre dependería su seguridad.

—No es algo que me agrade, Cesare —alzó su rostro para encontrar el de él —. No soy una buena esposa, pero gracias a Dios mi marido tuvo un accidente a caballo y no ha precisado más de mi compañía.

Los ojos de Lucrezia eran reflejo de su vida dura, comprendía que a pesar de su fragilidad aparente ella había sobrevivido de su dolor con creces, sus ojos lo demostraban, habían cambiado, ya no había pureza como antes, a pesar de ello aún habían rastros de la inocencia que alguna vez se alojó en ellos y Cesare agradeció que a pesar de todo él aún podía ver a través de ellos.

Grazie a Dio*—sonrió Cesare, aunque su rostro aún seguía tenso.

—¿Cuántas doncellas han sucumbido ante mi amado Cardinale*? —sonrió Lucrezia mientras sostenía la mano de su hermano como si de ello dependiese su vida.

Cesare alzó el rostro de su amada pequeña y lo dejó tan cerca del suyo como fuese posible, le dedicó una tierna sonrisa y se dejó llevar por aquel rostro tan bello y aún inocente. A pesar de todo lo ocurrido, de toda la historia que habían vivido separados no era capaz de creer que ella lo había enfrentado sola, que él realmente había estado separado de ella por tanto tiempo, sentía culpabilidad y remordimiento, pero no podía estar más agradecido al ver que Lucrezia seguía siendo su piccola bambina.

—No importa cuántas doncellas existan, jamás… —susurró —, jamás habrá nadie tan perfecta y hermosa, cara Lucrezia.

El corazón de Lucrezia pareció estallar en latidos al sentir aquella entonación de su nombre, aquel sonido dulce que era exhalado por la boca de su hermano, como si fuese un eterno susurro que diese cuerda a su pequeño corazón, incapaz de latir si no sentía aquella voz.

—¿Me amas, Cesare? —dijo suavemente sin romper el hechizo de aquella mirada.

—Siempre —susurró sin dejar de mirar aquellos grandes ojos que estaban anhelantes de una respuesta —. ¿Tú me amas?

—Con cada respiro—sonrió ella al sentir las manos de su hermano sobre su rostro.

La unión de ambos era albergada en lo más profundo de cada ser, era una complementariedad perfecta. En su centro no existía diferencia entre quién era quién, sentían pertenecerse al otro sin importar en qué condiciones hubiesen nacido, sin importar que hubiese en su historia, ellos sabían que si al otro le ocurriese algo, no podrían vivir sin compensarlo. Esa era la sensación que Cesare guardaba en su interior. No podría vivir sin compensarle a Lucrezia todo el daño que Giovanni Sforza le había hecho.

En ese divino momento, Lucrezia guardó para sí los detalles de su matrimonio, no le contó a Cesare sobre Paolo, no él tampoco quiso hablar de Úrsula, ambos silenciaron aquellos momentos de felicidad simplemente porque en comparación con el hecho de estar juntos parecían ínfimos.

—¿Cómo está tu corazón? —susurró Lucrezia que se había sentado al lado de Cesare.

—Está roto —respondió casi en un hilo de voz —, por una monja.

—Como Eloise —sonrió Lucrezia.

—No, no como Eloise, esto es algo pasajero, no habrá otro amor como Abelard y Eloise, no habrá otro como el nuestro —sonrió por cortesía Cesare.

—¿Quién es?

—No tiene importancia al lado de tu presencia aquí —acercó su frente a la de su hermana, la distancia entre ellos era casi imperceptible.

Lucrezia pensó lo mismo de Paolo, aquel muchacho tan dulce que le había entregado los únicos momentos gratos de su matrimonio, no parecía trascendente cuando Cesare la acunaba en sus brazos.

—¿Por qué te amaré tanto? —susurró Lucrezia.

Cesare sonrió ante las preguntas de Lucrezia, siempre tan directa con ellas y a la vez tan inocentes que no pareciesen ser entregadas con intención.

—Porque tú y yo debimos haber nacido como uno solo —susurró Cesare, mientras acariciaba la nariz de Lucrezia con la suya.

Una risa traviesa salió de la boca de ella, sus adorables ojos volvieron a brillar y sus mejillas se tornaron de un suave carmesí que le recordó el atardecer de Roma. Cesare no era capaz de precisar si podría soportar más esa distancia de sus rostros, hacía demasiado tiempo desde la última vez que sus labios se posaron sobre los de Lucrezia, pero aún atesoraba aquel contacto como el más certero en su corazón, pero ya no podía hacer más, no podía ocultar la ansiedad que sentía por esos brazos, por esos labios y por todo lo que era ese ángel que estaba frente a él.

Tomó suavemente el rostro de su hermana, de la propia sangre de su sangre, algo que nunca les había importado, y la besó sin más.

Los cálidos labios de Lucrezia respondieron a aquel beso como todo su cuerpo anhelaba responder ante el tacto de Cesare: sin mesura. Besó aquellos labios mientras todo su cuerpo se sentía acunado por Cesare, él la acercó más a sí, rodenadola por la cintura y se dejó llevar por aquella sensación exquisita de plenitud, como si no desease romper aquel contacto, como si fuese tan vital como el aire en sus pulmones, entonces fue cuando se separó de ella.

Con suavidad acarició el rostro de Lucrezia, quién estaba absolutamente ruborizada y con un brillo en sus ojos tan especial que parecía que estos centellearan. Claramente ella había sentido lo mismo, exactamente esa sensación de pertenencia única.

Ti amo con tutto il cuore e la mia anima sarà sempre vostra* —susurró Cesare, antes de volver a apoderarse de esos labios como si el mundo fuese a terminar cuando el contacto de estos hubiese sido terminado.

Fue entonces cuando Lucrezia se acercó aún más al cuerpo de Cesare, aumentando así el contacto, sintiendo la fuerza de sus brazos entorno a ella. Cada músculo de Cesare que la acogía producía una sensación de agitación desesperada, como si dentro de ella hubiese algo más que deseaba salir. Un ser descontrolado que exigía más de su hermano.


*Signora mia: Así como se utiliza My Lady en inglés en italiano es Signora para una mujer casada o Signorina, para una mujer soltera. En la Italia de la época es de uso común así tanto como el titulo nobiliario.

*Cara Figlia mia: Querida hija mia.

*Sua Eccellenzza: Su excelencia, así se le llama a los Cardenales.

*Grazie a Dio: Gracias a Dios.

*Cardinale: Cardenal en Italiano.

*Ti amo con tutto il cuore e la mia anima sarà sempre vostra: Te amo con todo el corazón y mi alma será siempre tuya. (se utiliza vostra en vez de tua porque bajo el contexto de la época toda declaración era hecha con ceremonia)


Hola chics.

Estoy muy feliz de que esta Categoría se haya inaugurado, porque de verdad que la necesitaba, lo bueno es que Fanfiction sólo tardó un par de semanas en responder mi pedido y me sentí realmente feliz de que lo hicieran.

Como ven he agregado frases en Italiano, aprovecho mis clases en la Universidad, que a todo esto me fue maravillosamente en el ramo y ahora tomaré el nivel II y último.

Bien, como ven de ahora en adelante cambiaré los sucesos, no pude ceñirme completamente al área historica, principalmente porque hay detalles que la Serie ha impuesto y que no eran exactamente así, me refiero a Giovanni Sforza, pero bueno, lo que si tengo claro es que no pude soportar una temporada sin INCESTO.

Así que Team Incest está para quedarse.

Comenzaré con encuentros tiernos, algo de drama tipico de la época y de la serie, para adentrarme en lo que mi mente imagina: INCESTO. I-N-C-E-S-T-O(8)

Cariños para todos los que leen el Fandom o que en general leen mis historias.

Cariños.

Manne Van Necker