Ya ha comenzado el drabblethon de musa_hetaliana y, por mucho que me frustró ver que no era capaz de sacar nada decente los primeros días, he debido recibir la iluminación divina hoy o algo por el estilo. La conclusión es que vais a tener bastantes drabbles por aquí. Lo cual es bueno, ¿no? Felicidad para todos. Yo tengo que escribir y vosotros que leer.


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Azúcar

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Toris siempre echaba una cucharilla de azúcar de más en la taza de la señorita Bielorrusia.
Se había preguntado a menudo si ella se percataba de ello. Nunca había dicho nada. Quizá solo pensaba que, al tomar el té junto a su hermano, todo debía sabor más dulce como las moras silvestres. Al menos para Lituania el tiempo que dedicaba a preparar su té era así.
Natasha siempre había dicho, al ordenarle secamente que hiciese el té para Iván, Yekaterina y ella, que solo quería una cucharilla de azúcar.
-Y no lo derrames en la alfombra de mi hermano –añadió la bielorrusa, mirándole tan penetrante como uno de sus cuchillos.
Ya había estado a punto de sentir ese cuchillo en la piel más de una vez: cuando la trataba con demasiada deferencia y ella no estaba de humor. El resto del tiempo sus ofertas –abrirle siempre la puerta con un gesto amable, colocarle el abrigo…- eran tomadas por actitudes serviles con una igual mirada a la de ahora.
Siempre se esforzaba para hacer el té perfecto, al gusto de Natasha. Pero un día, la tristeza era demasiado visible en los ojos de aquella mujer de nieve cuando le daba la orden. Echarle una cucharada más de azúcar casi fue automático.
Para que se anime, había pensado Toris. Y al servírselo ella no había dado muestras de apreciar el cambio, tal vez arrugar un poco aquella nariz pequeña y respingona tan diferente a la de Iván… Pero nada más.
Dejó caer los diminutos granos blancos en la taza de porcelana, revolviéndola para dejarla en la bandeja junto a las de los otros dos hermanos y la tetera por si querían más, subiendo la bandeja al piso de arriba.
Como siempre colocó las tazas delante de cada uno de ellos –ah… casi le hacía daño ver como Ivan siempre se sentaba al otro lado de la mesa, evitándola-, haciendo un gesto respetuoso antes de salir.
Natasha le miraba, cualquiera diría que con atención, cuando sirvió el té y tuvo que contener la sonrisa hasta que salió del salón. En cuanto lo hizo esta revoloteó en sus labios, dulce como una cucharilla de azúcar. Pequeña, plateada, disuelta en una tarde de primavera cualquiera.