AMORIS MARIS ET LUNA

Capítulo 3: Lazos

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La batalla eran el justo pago de un corazón guerrero solían decir los viejos a los niños cuando alguno de ellos se dignaba a contar sus aventuras. Golpes de mandoble, el olor a sangre, poder y justicia se mezclaban para resaltar el combate y hacerlo digno y noble.

El terrícola nació para luchar, así lo había designado Zeus cuando lo creo, todo le sería dado conforme a su esfuerzo, siempre había sido así, hasta que un día se presentó la Diosa Selene frente a ellos, les enseño que no todo era luchar y pelear por lo que deseaban sino que existían cosas mucho más allá, le enseño al hombre el significado de la comprensión, Selene amo a los terrícolas tanto como amaba a sus propios hijos los Selenitas y fue tanto su amor que deseo que estos los cuidaran y los protegieran como sus hermanos menores.

Zafiro ordenó el regreso de los hombres que habían quedado con vida después del asalto en contra de las guardias selenitas. Giró su caballo para ver por última vez el lugar en donde había caído su "hermano". Sabía que darle la noticia a su tío sería igual o más que penoso todavía. Pensó en cada una de las familias que habría de decirles que sus hijos, hermanos o padres habían muerto, por primera vez dudo de sus propias acciones… estar en la guerra de verdad distaba mucho de las incursiones y sabotajes de poca monta que habían estado haciendo hasta hace poco tiempo. La guerra por supuesto era algo mucho más serio.

-Mañana estaremos en Erusion- interrumpió sus pensamientos uno de sus amigos.

Él solo asintió aún buscaba en su mente las palabras correctas con las que se dirigiría al Rey y le diría que su Representante ante el Nuevo Concejo había muerto.

-Extrañaremos a Owen- colocó su mano sobre el hombro del joven de cabello azul, volviendo hacia él su atención – pero sé que tú lo harás mejor- aseguró.

-¿A qué te refieres?- inquirió sin comprender a lo que para muchos era lógico; y más después de la muerte del joven caballero de Atlantis.

-Que tú serás mejor Representante en el Concejo- Aclaró el guerrero.

Y fue en ese momento cuando al fin entendió la situación una que nunca había pasado por su cabeza, era lógico pues que su Tío propusiera a Owen como representante del Concejo al ser hijo de Andrew Rey de Atlantis uno de los más importantes y más respetados monarcas el Concejo se sentiría seguro de ir en contra de los Selenitas, pero ahora que Owen había muerto ese estandarte pasaba a él como legitimo sucesor de Erusion. Pensar en tal situación una que él no había visualizado jamás porque aunque él era un hábil guerrero nunca había tenido el ingenio e imaginación que el joven de Atlantis, se le hacía algo imposible de creer.

Mare Serenitas, Territorios de señor de Argento . La Luna.

La doncella preparo aquella cabaña vieja de mala gana. La joven Princesa la dirigía mientras sostenía aquel cuerpo inerte y que respiraba tan quedamente que Luna llego a pensar que su ama estaba equivocada y sujetaba entre sus brazos a un difunto. Acomodó un par de pieles en el camastro encendió el fuego del hogar para que este empezara a llenarse de su calor para después ayudar a la joven a recostar al hombre sobre la improvisada cama.

-Este hombre fue envenenado - Dijo convencida Serena mientras se desvestía, para susto de su doncella.

-¡PERO MI NIÑA! ¿QUÉ HACE?- exclamó admirada de la osadía de la joven.

-El fuego no será suficiente, Luna- empezó a explicar- debemos hacer que sude para que saque los vapores del veneno de su cuerpo ahora que este lo ha invadido si no lo hacemos, él morirá- sentenció, mientras de la misma forma buscaba desnudar al joven. Viendo ella que dicha labor se le dificultaba pidió el apoyo de la mujer mayor, la cual por unos instantes dudó pero acabó cediendo.

-Más valiera que este "terrícola" muriera- murmuró para si Luna mientras lo tapaba con una sábana y su joven ama se recostaba a su lado.

-No blasfemes Luna, sabes que uno de los mandatos de Diosa Selene es que debemos proteger a la vida en todas sus formas, incluso la de los terrícolas.

-¿Quién nos protegerá a nosotros de la ira del Rey cuando se dé cuenta que hemos encontrado y salvado a este terrícola?- se afligió la doncella, colocando unas cuantas pieles sobre ambos cuerpos.

-¡Ya!, no te lamentes- pidió la princesa- Necesito que busques un poco de corteza de roble lunar y de algunas hojas de campánulas para hacer una cura, después deberás tomar mi lugar para que así él no pierda calor.

-¡QUE! ¡BROMEA, VERDAD!...-exclamó la mujer, la joven negó con la cabeza sonriendo divertida- ¡Por los Dioses!... ¡tengo más de 15 años que no estoy a solas con un hombre y menos desnuda!- saliendo de la casa malhumorada y refunfuñando. Mientras la joven de coletas rubias reía discretamente. La princesa rubia se recostó junto al hombre herido y se abrazó a su cuerpo para intentar darle calor. Sintió el cuerpo frío del joven terrícola y asustada se aferró más a este.

Una vez a solas con el herido, lo miró detenidamente, era la primera vez que estaba de frente con un terrícola y a simple vista no parecía ser en nada diferente a un selenita. Conocía muchos hombres, funcionarios de gobierno y soldados, que frecuentaban el palacio lunar pero jamás había visto a un hombre como aquel; el tono de su piel, el color singular de su cabello, tan azul como el Mare Serenitas cuando amanecía...y sintió el inexplicable deseo de tocarlo, de sentir entre sus manos la textura de sus cabellos algo temblorosa llevó su mano hacia las hebras enmarañadas de cabello azul y las tocó sintiendo su suavidad y alisándolas despacio, con sumo cuidado bajó su mano por su frente algo afiebrada y miró su rostro proporcionado y a la vez atractivo. ¿Porque hacia eso?, ella nunca se había fijado en esas cosas, era atractivo eso no podía negarlo… más que muchos hombres que ella hubiera visto antes, ¿de qué color serían sus ojos? se preguntó ¿Negros, pardos, verdes…? Si ella tuviera que elegir un color, elegiría el mismo que el del color de sus cabellos, un azul como el agua del mar. Despacio cerró los ojos y acercó el rostro a la altura de su pecho colocando su oído a la altura del corazón tratando de escuchar su latir. Luego levanto la cabeza y susurró unas palabras al oído de este.

-Tienes que vivir…debes vivir. No te rindas-acabó la princesa rubia acariciando la mejilla de él, de repente la princesa lo escuchó respirar profundamente y rápidamente volvió a colocar su oído en su corazón el cual ahora latía un poco más fuerte. Ella sonrió y volvió a su posición, definitivamente se salvaría, ella iba a ayudarlo; no le importaba si era correcto o no, si su padre se enojaría y la mandaría de nuevo a un "retiro" con los sacerdotes, algo en su fuero interno le decía que debía salvarlo, debía ver de que color eran sus ojos.

Luna no tardo mucho tiempo en regresar y traía consigo lo que le había pedido su ama junto con algunas cosas para comer ellas y agua.

-Pasaremos la noche aquí, lo sé- comento mientras se quitaba su amplio faldón – pero mañana deberemos regresar al castillo.

-Yo no regresare- cortó imperante la princesa Serena vistiéndose luego de haber cubierto con las pieles al joven- te he dicho que planeo huir, no me casare con Seiya de Kinmoku.

- Huir pero… ¿cómo?... ¿Con qué?- preguntó la mujer- Su padre la encontrará si trata de huir y yo que sepa nadie osaría desobedecer al rey ocultando a su hija sin mantener la cabeza sobre sus hombros.

-Eso es cierto…- meditó la joven mientras ya vestida molía las hierbas con dos piedras- pero hay un lugar a donde podemos ir y nadie sabría quién soy- Se giró con el cataplasma que había hecho - la Tierra…-

-¡Pero usted se ha vuelto loca!, ¿cómo llegaremos a aquel lugar?, no tenemos ninguna nave que… ¡No!- se detuvo cuando el hilo de sus propias palabras cuando estas le habían dado sin querer la respuesta. La chica sonrió.

-La nave donde llegó este terrícola, con ella huiremos a la tierra.

-¡Pero si usted jamás ha tocado una nave en su vida!-

-Yo no, pero seguro él sabrá cómo…- dirigió su vista hacia el joven Atlante.

-¡Por los Dioses!, por favor entre en razón…si el Rey se llega a enterar que un enemigo toco tierra Selenita…no sé qué será de nosotras.

-Él no se enterara si tú no le dices nada- Colocó la mezcla de hierbas sobre la herida – ¿Vez cómo tenía razón? ha empezado a sudar- comentó la Princesa observando al hombre -… ven Luna y recuestaste a su lado, dentro de unas horas lo haré yo de nuevo- cubrió a ambos con las pieles como había hecho Luna antes- Mañana iras al castillo y buscaras lo necesario para mover esa nave y ocultarla, creo sería conveniente un cambio de ropa, le dirás a mi padre que estoy aquí así él no sospechara nada hasta que tengamos todo a punto para irnos- Observó que la mujer la veía desconcertada por su determinación – no me mires así tú también iras conmigo, no te dejaría a la ira de mi padre.

-No le ha pasado por la cabeza que este hombre cuando se recupere puede tomarnos como rehenes o algo peor, ¿verdad?-

-Algo me dice que este hombre es un alma buena, Luna, y sabes que yo en eso nunca me equivoco. Me lo dice mi corazón.

-Los Dioses quieran que nunca se equivoque, mi niña, su madre decía tener esa misma seguridad que usted pregona ahora… pero su excesiva confianza hizo que descuidara al peor de sus enemigos…- Advirtió.

-¿Lo dices por mi padre?- indagó la princesa.

-No exactamente por él… por eso le advierto que debe ser cuidadosa y más con este desconocido… cualquier cosa rara que haga, debemos advertirle a su padre… ya después podrá escapar si así lo desea.

-Está bien Luna pero te prometo que este hombre no nos hará ningún daño…lo sé…por alguna razón lo sé-declaró la rubia mirando atenta las facciones contraídas por la fiebre del joven inconsciente.

Gente de todo el Sistema y partes de la Galaxia llegaba como todos los días la amplia Sala del Trono Selenita, era costumbre del Rey atender junto con sus Concejeros los asuntos más apremiantes de su vasto imperio.

-¡El Rey Domhnal, Señor y Rey de la Luna, Gobernante del Sistema Solar y de la Galaxia!- habló un guardia con voz imperante.

Entró a la sala seguido de dos de sus Consejeros y todos los presentes se inclinaron en respetuosos saludo. Domhnal se dirigió a paso firme hacia la Silla del Trono la cual era de un color blanquecino; se contaba que había sido labrada a partir de una de las piedras más resistentes de la Luna, su forma era indefinida pareciendo que alguien había moldeado la roca con las manos en vez de ser a través de cincel y mazo, cierto era que su color blanquecino superaba a la piedra más pura del Reino, y que su tamaño imponía respeto.

El Rey tomó asiento y ambos consejeros se colocaron a ambos lados, todos los presentes se irguieron.

-Todavía no han regresado Artemis y Seiya- preguntó el soberano a uno de sus Consejeros, un hombre anciano y encorvado por la edad y vestido con una capa oscura, el hombre carraspeo.

-No, aún no han regresado y ninguno de los dos destacamentos que enviamos con ellos.

-Cuando lleguen infórmenme- ordenó, el hombre tosió convulsivamente y asintió con la cabeza.

- Dígame Sacerdote, ¿ha ido mi hija a los rituales de Purificación ahora que esta próxima su boda?- inquirió, el Consejero negó con la cabeza, y dirigiéndose al Segundo Consejero ordenó -Acabando esta audiencia lleva a Luna a mi Salón privado, y dile que lleve a mi hija- el hombre asintió para preguntar aquel hombre de cabellos grises y mirada penetrante.

-¿Desea su Alteza que iniciemos con los asuntos del día?-

-Empecemos-

Las sesiones del Rey trataban de asuntos diversos, y que por su importancia había trascendido sus propios ámbitos territoriales y se trataban directamente ante el Rey, contrabando, despojo de propiedades, algún funcionario Selenita que no cumpliera a cabalidad sus funciones, cada uno de estos temas era tratado ante el Rey que escuchaba atentamente lo que el funcionario o el mismo ciudadano afectado tenía que exponerle; después de esto el Rey determinaba que se debería hacer o proceder.

Su deseo de sumisión y sometimiento de la Tierra solo era uno de los tantos puntos de su agenda, pero para él ese era el más importante de todos.

Todas las problemáticas fueron analizadas y diligentemente atendidas, un cambio de representante en Urano que evitaría una posible rebelión, la promesa de evitar la constante emigración mercuriana, así como el abasto de nuevos suministros a Marte.

Domhnal despidió a todos los reunidos ahí para dirigirse a su salón privado en donde acabaría de estudiar todo lo expuesto en el Salón del Trono, se levantó de su asiento y todos volvieron a inclinarse, sus consejeros se despidieron de él mientras era escoltado por sus Guardia personal.

Luna esperaba ansiosa en el salón del Rey, se frotaba las manos compulsiva, acción que hacia cada vez que estaba nerviosa, era cierto que no era la primer vez que le mentía al rey, pero eso no quitaba que cada vez que lo hacia ella sintiera que el rey sabía que mentía… por supuesto todo era parte de su paranoia; paseo el dorso se su mano sobre su nariz, y pudo escuchar el eco de unos pasos a lo lejos, levanto la vista preocupada y pudo distinguir al Rey y a sus guardias personales que venían tras de él.

-Buenos días Luna, ¿Dónde está la Princesa?- preguntó.

-La princesa decidió pasar la noche en la propiedad de la difunta Reina- informó la doncella.

La mirada del Rey se endureció y Luna palideció por un instante, trato rápidamente de recuperar su acostumbrado aplomo; el hombre pareció meditárselo un poco y abrió la puerta del salón indicó que la mujer pasara primero para después entrar él, mientras los guardias se apostaban vigilantes en la puerta.

-Así que… está ahí- comentó.

-Si su majestad- fue toda la respuesta de Luna mientras juntaba las manos. Se quedó en medio del salón mientras el Rey se dirigía a su escritorio

- Me dijo el Sacerdote que no se ha presentado para hacer la ceremonia de purificación, recuérdale; dile que debe ir por su voluntad, no deseo volver a repetirlo- indicó pero en su voz existía un pequeño dejo de amenaza que para la pobre mujer no pasó desapercibido.

-Si, su majestad- repitió ella.

-La Tropa del Comandante Kou no demorará en llegar, deseo que ella este aquí para su recibimiento, como la prometida que es del Comandante es su deber estar ahí- mientras tomaba asiento. – Enviare a alguien cuando ese momento llegue- Luna esta vez asintió.- No deseo que pase mucho tiempo ahí así que espero que la convenzas de ir al Santuario lo más pronto posible. Puedes retirarte- ordenó finalmente el Rey. La Doncella se inclinó reverente como despedida y salió de ahí.

Respiró aliviada recargándose en esa gran puerta blanca; ambos Guardias la observaron por unos instantes, y giraron sus rostros apenados cuando se vieron sorprendidos por la mujer que no dudo en mirarlos recriminante.

-¿Qué?, ¡Nunca se han sentido intimidados al hablar ante él Rey!- inquirió molesta. Ambos hombres se sonrojaron y asintieron, ella alisó su vestido airada y se retiró.

-Vieja loca- murmuró uno de aquellos hombres. Pero Luna lo escuchó y regresó sobre sus pasos.

-¡Te escuche jovencito!- él hombre respingo asustado mientras su compañero reía por lo bajo, y la mujer lanzo tremendo pisotón al guardia antes de volver a continuar su camino, dejando atrás aun lastimado guardia.

Lo que realmente le preocupaba a Luna era ¿Cómo diablos movería esa maldita nave?, cuando salió de la casa, fue al lugar en donde esta se había estrellado; no sabía si lograrían arrástrala a algún lado que se la Princesa consideraría seguro, o peor aún si esta serviría y estaría funcional para los deseos de su señora. ¿En quién podría confiar?, lo más prudente seria que la ocultaran, y esperar a ver si podían saber si esta era aún operativa,… pero si… ¿así no fuera?; Luna trato de sacar esa idea de su cabeza y confió que la Diosa Selene le indicaría como obrar si ese fuera el caso.

Serena calentó un poco del té de hierbas que Luna le preparara antes de irse al palacio, humedeció un trapo y con cuidado lo apretó cerca de los labios de aquel herido. Limpio las gotas que escapaban de la comisura de sus labios, se sentía en paz ayudando a alguien, su madre siempre le decía que el mayor regalo estaba en la ayuda al prójimo, ver el rostro complacido y agradecido de aquellos a los que ayudaban era la mayor recompensa que un hijo de Selene podía tener; con ese pensamiento en mente trato de olvidar las amenazas de Luna.

-Él es una buena persona- se dijo para sí y realmente lo parecía, todo él emanaba una aura de tranquilidad que a la misma Serena le reconfortaba y que solo podía sentir en algunas personas, "esa es la sensación que emana los puros de corazón, Serena" recordó lo que le decía la difunta Reina, los hombres cuyos sentimientos eran puros y sin maldad permeaban su entorno y aquellos que los rodeaban con una sensación de vitalidad y paz.

Regresando de sus propios recuerdos, volvió a la tarea de cuidarlo, tocó su frente y notó que la fiebre disminuía, aspecto que le sorprendió; era raro que alguien sobreviviera tanto tiempo al veneno de un pez selenita, pero era obvio que los terrestres no eran como cualquier selenita; admiro la determinación y espíritu de lucha de los terrestres y deseo tener para si esa fortaleza, no le había dicho nada a Luna pero le aterraba la idea de casarse con Seiya, sabía que él hombre no la trataría mal… la trataría como una más de sus victorias, la cuidaría y luciría cuando le convendría, como un digno trofeo para el más grande campeón del Imperio.

Siempre se cuestionó el deseo de su padre por el matrimonio con aquel guerrero, pero algo que Serena había aprendido de su padre desde hace mucho tiempo era que nunca actuaba sin una razón aparente.

Retiró con un trapo cuidadosamente los residuos de la mezcla de aquella herida y comprobó que esta tenia mejor aspecto, sabía que no se borraría por completo, eso a causa de que la misma no se había atendió con tiempo pero sabía que por la fortaleza que veía en él una simple marca no importaría mientras viviera, volvió a poner otro tanto del cataplasma y pudo sentir como el cuerpo de él se estremecía por el dolor que debía causarle, se acercó a su oído para susurrarle algunas palabras tranquilizadoras.

-No te preocupes, todo saldrá bien, puede que en un inicio te duela pero pronto sanaras, ya lo veras…tranquilízate, estás con buenas personas-

Luna entró en la casa y vio a la joven princesa inclinada a un lado del rostro del herido, carraspeó para advertir su presencia ahí, Serena dio un respingo rápido y se sonrojo vivamente.

-Mi niña, si no la conociera bien diría que le gusta ese joven- comento la mujer mientras dejaba a un lado un pequeño bulto que desamarro y mostró varios cambios de ropa, los cuales acomodo en uno de los baúles que estaba cerca del camastro. – ¡Por los Dioses! jamás pensé que la ropa pudiera pesar tanto- se quejó.

-¿Deseas que te ayude?- preguntó la joven princesa incorporándose.

-No, esta es mi labor- se disculpó – solo me preocupa una cosa, y eso es ¿Cómo planea ocultaremos esa nave?, ¿Cómo sabremos si ésta aun funciona? - inquirió preocupada.

Serena esbozó una sonrisa, comprendiendo las mortificaciones con las que atormentaba a veces a su doncella, pues Luna era, porque no decirlo, lo más parecido que había tenido a una madre desde que esta falleciera. Aunque Luna no era precisamente una noble como tal, ella y su hermano, Artemis, tenían posesiones y tierras que los acercaban al linaje de los herederos de Selene como primos terceros.

- Ya veras, Luna que Selene nos dará la respuesta- respondió con confianza a la que solo la mujer contestó con un suspiro.

Un poco más tarde ambas mujeres salieron de la casa, Serena le preocupaba dejar solo al herido pero la insistencia de Luna la obligo a acompañarla, sabía que ella sola no podría hacer mucho sin su ayuda, aunque ella misma no sabía muy bien que hacer. Caminaron hasta la playa y doblaron hacia donde se encontraban los montículos de coral, desde esa distancia realmente no se podía distinguir muy bien la nave que había quedado entre aquel grupo de cuarzos, pero mientras más se acercaban podían definir muy bien su forma. Ambas mujeres rodearon el montículo viendo que podían hacer, Serena caminó más y pudo visualizar un poco de maleza que muy bien podían ocupar para ocultar un poco la nave, con sus manos quitó la arena que cubría las raíces para sacarlas y llevarlas a su nuevo hogar.

Luna, mientras tanto, intentaba empujar la nave un poco más hacia las entrañas del grupo de cuarzos, una tarea bastante difícil pero después de un rato sintió que sus esfuerzos habían tenido un poco de éxito, un poco más tarde la joven princesa se reunió con ella, llevaba algunas hierbas y maleza de los al redores que empezó a colocar alrededor de la nave, cavando y enterrando sus raíces. Cuando creyeron ambas mujeres que aunque no estaba totalmente oculta por lo menos no era fácil de detectar a simple vista dieron por concluida su labor en aquel lugar.

-Creo ha quedado bastante bien, ¿no lo crees así, Luna?- observó Serena admirando su obra. La pobre mujer se secaba el sudor con sus ropas.

-Creo que si tenemos un poco de suerte nadie la verá-

Serena observó al firmamento y vio la posición del sol y de la tierra comprendiendo que habían tardado bastante tiempo en sus labores al intentar ocultar la nave.

–Luna, debemos regresar- pidió.- la mujer solo asintió en respuesta.

Dos semanas pasaron desde que ambas mujeres encontraron a aquel extraño "invasor" como lo había calificado Luna y con cada día que pasaba el terrestre recuperaba la mayoría de sus fuerzas cada una se turnaba para cuidarlo y atender sus necesidades. Lo cierto era que aquel viajero no moriría.

Entre sueños Serena lo escuchaba musitar algunos nombres en un principio no podía definir bien pero con el tiempo empezó a familiarizarse con ellos podía sentir su sufrimiento, y dolor, algunas veces lloraba al llamar a sus padres, a su tío; algunas veces escuchaba el nombre de Setsuna y de Zafiro ¿Quiénes serían ellos? ¿Sus hermanos? …¿Su esposa e hijo? sin saber el por qué eso le causaba cierto malestar; por momentos pensaba que era egoísta molestarse; era lógico que ese joven tuviera una familia, una verdadera familia que lo amara… quizá le dolía que alguien sufriera por él y lo creyera muerto. Si, eso debía ser. Le dolía pensar alguien sufriera por él en algún lugar de la Tierra.

Reino de Erusión, La tierra.

En la sala del trono el rey Endymion escuchaba atento el relato de su sobrino quien terminaba de explicarle cómo luchó el joven de Atlantis hasta la muerte. El rostro del rey demostraba la mas completa incredulidad primero y totalmente afligido después, a su lado, su hermana Setsuna, madre de Zafiro, escuchaba llorosa el relato sintiendo verdadera pena en su corazón por la muerte del pequeño que crío como otro hijo.

-Y eso es todo, tío Endymion. Owen liberó a todos los prisioneros y además peleó contra el comandante Kou, y lo venció. El mayor enemigo de nuestro pueblo ha muerto gracias al valor de mi hermano.

-Yo no quería que eso pasara-habla Endymion consternado-nunca debí dar esa orden, jamás debí…-dice abatido golpeando con el puño de su única mano el trono.

-No digas eso, tío. En mi opinión justamente el legado que nos deja Owen es el no temer a la batalla, el nunca resignarnos a bajar la cabeza ante el enemigo, he meditado y la batalla que tuvimos debe enseño una cosa, que no es imposible vencer a los selenitas. Si un puñado de nosotros lo hizo, tío Endymion, ¿Imaginas lo que haríamos unidos?-emocionado el chico pelinegro.

-¡NO! ¡Eso jamás!-se exalta el rey-La muerte de Owen es justamente lo contrario, es la señal perfecta de lo que pierde Erusion y la tierra si un rey no evita en la medida de sus fuerzas el derramamiento de sangre.

-¡Pero tío!-exclama asombrado el chico.

-No, Zafiro, no, alguna vez yo pensé como tú, creía que la lucha armada era la solución y por esa decisión perdí lo que mas amaba en mi vida… A mi esposa, a mi hijo…-dolido él-la gente que admiraba y quería como la familia, Thalassa pereció, tu Padre, mi pueblo y mi reino. No quiero que pase de nuevo-pide Endymion sujetando el hombro de su sobrino.

-¡No estoy de acuerdo! Soltándose de la mano de Endymion molesto y con los ojos llorosos.

-¡Hijo!-se sobresalta Sestuna.

-¡No Madre! ¡No estoy de acuerdo! ¡No dejaré que la muerte de mi hermano y el valor que mostró queden en el olvido! Si mi tío no tiene el valor para enfrentar al rey Domhnal, yo sí lo tengo; los jóvenes de Erusion hemos crecido, quienes de niños vimos morir a nuestros seres queridos ahora somos hombres y no vamos a dejar que el sacrificio de Owen, que era el único en este reino con agallas, sea en vano-declara el chico y sale de la sala del trono.

-¡Zafiro! ¡Zafiro regresa y discúlpate!-exige Setsuna, pero su hermano la toma del brazo y niega con la cabeza.

-Déjalo ir. Ya entenderá, a su edad todo nos parece sencillo, nos creemos capaces de lo imposible, pero a mi edad, preferimos conservar a la gente que amamos en vez de arriesgarlo todo. Me duele tanto perder al muchacho… le juré que lo protegería, se lo juré-declara abatido el rey Endymion recordando al jovencito de cabello aguamarina-se lo debía a Andrew, a Michiru…-murmura-y no cumplí. Lo llegue a amar como a un hijo…-tratando de contener las lágrimas Endymion. Su hermana se lanza llorando al pecho de éste y el rey de Erusion la abraza acariciando su cabello con su mano de metal.

-También yo lo amaba como a un hijo…no es justo…-llora Setsuna.

-Voy a hacer una ceremonia especial en su memoria y la del joven Kelvin, pero enviaré a casa a los nobles. Quizá ganamos un asalto, pero no tentaré más al destino ni al reino lunar-declara Endymion y su hermana asiente-Soy tan culpable de que Owen haya muerto…daría lo que sea por que estuviera vivo-insiste el rey con vehemencia mirando el cielo de Erusion en que se vislumbra una tormenta.

Owen sintió que caía en un mundo lleno de oscuridad, cerró los ojos instintivamente como si con eso evitara sentir el impacto en el suelo; pero nunca sintió el golpe, solo sentía que estaba tirado en algún lugar; abrió los ojos y solo vio oscuridad, se puso de pie y empezó a caminar sin rumbo, lo único que sabía es que debía continuar caminando, algo dentro de sus ser se lo indicaba así… debía luchar, debía seguir y no detenerse, ese "algo" le decía que alguien lo esperaba al final.

-Padre- musitó y visualizó a ese hombre que lo cuidó hasta el último momento de su vida; se observó a sí mismo como aquel niño de 12 años, y se vio trasportado a aquella época cuando estaba rodeado de los regentes de las tribus terrestres a lo lejos vio a su madre, a su tío Endymion aun joven, tras de él a su tía Rei; los tres hablaban con su padre; deseo ir hacia ellos pero algo no se lo permitía alguien lo tenía sujeto de uno de sus hombros giro su rostro para verlo bien pero no pudo distinguir su rostro, pero había algo en esa persona que se le hacía familiar.

Después de un tiempo el trío se dirigió a la Sala donde estaban todos reunidos, observo cada expresión de los rostros de los ahí presentes al viejo padre de la Reina Rei, a Diamante con su semblante arrogante y retador, el rostro sereno de su padre explicando aquel plan contra el Rey Lunar… pero aquella persona aún estaba tras de él con sus manos sobre sus hombros, parecía que sonreía; después todo era confusión, las puertas se abrieron y un grupo de hombres con trajes plateados irrumpieron en el lugar, intento gritar y alertar a los presentes pero ningún sonido salía de su boca; se giró buscando ayuda pero ya nadie estaba tras de él, así que por primera vez en todo ese tiempo pudo moverse, corrió hacia donde estaba su padre peleando con un grupo de soldados selenitas, los cuales repelió con gran agilidad, el Rey de Atlantis observo que él iba a su encuentro y en un rápido movimiento lo tomó con uno de sus brazos mientras con el otro abría una pequeña puerta de un sótano, al cual fue arrojado.

-¡PADRE!,¡PADRE!- se escuchó por fin gritar, y sintió como un líquido caliente caía sobre su cabeza y resbalaba por su rostro… limpió su rostro con su mano y al mirarla supo que era sangre, la sangre de su padre que murió al tratar de ocultarlo … -¡PADRE!- gritó nuevamente lanzándose con todas sus fuerzas hacia la puerta de aquel sótano la cual rompió y cerró sus ojos por un golpe de luz que lo impactó de lleno en el rostro el cual hizo que perdiera el equilibrio pero en ese momento sintió que alguien lo sostenía antes de caer.

-¡TRANQUILIZATE!...- escuchó su voz- solo era un sueño, tranquilízate, vas a estar bien, todo va a estar bien- pidió una voz tranquila y dulce.

Él abrió sus ojos impactado; desconcertado frenéticamente buscaba a los soldados lunares, a su padre, pero no reconoció nada de ese lugar.

-¿Dónde estoy? – fue lo primero que cruzó por la mente del terrestre y que dijo en voz alta.

-En Mare Serenitas- respondió la voz, que venía de sus espaldas y que se aferraba a él fuertemente en su mente.

-¿Mare Serenitas?- preguntó- … eso es… en la Luna- ¡Me han capturado! ¡Soy su rehén!- se giró bruscamente y encaró a la joven de cabellos rubios frente a él -¿Qué ha sido de mis amigos?- interrogó de nuevo tratando de incorporarse pero aún estaba débil.

-No sabemos nada de tus amigos… estabas solo... ¿son invasores de la Tierra?- la pregunta desconcertó al joven rubia.

-¿Invadir?...

-Te encontramos herido a las orillas de Mare Serenitas y te trajimos aquí para curarte… si viniste con otros podemos avisarles que estas a salvo- dijo la joven rubia de ojos azules que le hablaba con una voz que resonaba en su subconsciente de forma familiar.

-No entiendo qué pasó… no sé ni como llegue aquí… -murmuró derrotado el joven.

-Quizá lo único que necesitas es descansar para recordar- reconfortó la joven sonriéndole al chico herido-Mi nombre es…-Luna, que estaba callada y asustada en un rincón, miró a su princesa negando con la cabeza aterrada de que le fuera a decir su nombre; aunque ella pareció comprender perfectamente - mi nombre es Isolda… ¿Y el tuyo?-dijo ella y la mujer suspiró aliviada. El chico la miró extrañado por unos instantes y sin responder, pero la joven princesa con su habitual calma le explicó-Creo, debemos presentarnos es lo que la gente hace cuando se conoce ¿no crees? -el joven la miró en hito por unos instantes más como quien ve un espectro o un hada de los bosques cuando se estaba seguro que estos seres no existían.

Algo había en su voz que… era reconfortante, su sonrisa igual al de una ninfa y esos ojos tan azules que asemejaban a las profundidades de los mares en los cuales te podías perder por completo.

-Soy Owen…- balbuceo cediendo y sintiendo de pronto una inexplicable confianza-de Atlantis…

-Un gusto en conocerte, Owen de Atlantis, me alegra que despertaras, eso significa que el veneno ha cedido- comento levantándose del camastro y acomodando su largo faldón.

-Gracias- musito el joven en agradecimiento-gracias por… salvarme-intentó incorporarse pero sus rodillas se doblaron, aunque en ese instante a su lado un par de brazos que lo enlazaron por la espalda sosteniéndolo, asombrado miró a su lado, y vio a la joven de coletas rubias que lo sostenía fuertemente.

-Aún estás débil, no debes esforzarte; lo importante era que el veneno se eliminara, ahora poco a poco empezarás a sanar- Luna se acercó para ayudar a la Princesa y a Owen - ven -dijo y entre ambas mujeres lo ayudaron a sentarse sobre el camastro. La educación del joven guerrero, no le permitía aceptar la ayuda de una mujer, en el hombre recaía la responsabilidad de ser fuerte y desempeñar los trabajos pesados, pero en esta ocasión se sentía tan débil que no podía oponerse; y ciertamente tampoco quería; la cercanía de la joven le inflingía algo de paz y seguridad, una sensación que hacía mucho tiempo no sentía y que venía mezclado con el aroma de su cuerpo. Un aroma hermoso y tranquilizador que nunca había percibido antes.

-Siéntate y descansa, en un momento te daremos algo de comer- aconsejó ella mientras lo ayudaban a sentarse en el camastro, para después dirigirse hacia el fuego de la chimenea junto con Luna y esta última sirvió en un plato hondo de metal con un guiso que se cocía en un caldero.

Owen había crecido odiando a los selenitas; los odiaba porque le habían quitado todo lo que él amaba, detestaba que oprimieran a la gente de su planeta, que saquearan y robaran todo lo que ellos creaban con esfuerzo; al observar a Serena parecía que a esos que él consideraba las peores creaciones de los Dioses, no lo eran tanto ¿Era posible que…?, mientras las miraba a lo lejos desecho esa idea de la cabeza.

-Está caliente…- le advirtió la rubia- es sopa de pescado plateado con raíces, te ayudara a reponer tus fuerzas – mientras soplaba sobre el plato caliente.

-¿Por qué me ayudas?-cuestionó asaltado por sus pensamientos- Somos enemigos ¿Por qué no me dejaste moriro me entregaste a Rey Domhnal?-cuestionó el joven de cabello azul a la rubia. Ella lo miró y se veía la pena reflejada en sus grandes y expresivos ojos azules.

-No podría hacerlo-dijo ella dolida dejando encima de la piedra el plato de sopa- Pero no te culpo de pensar eso… los selenitas hemos dañado mucho a tu gente, pero no todos los selenitas somos como el Rey, te equivocas al pensarlo, muchos de nosotros seguimos la Ley de la Diosa Selene-declaró la joven e impulsivamente tomando entre sus manos las de él haciéndolo estremecer con su solo contacto -Por favor confía en nosotras- miró a Luna -queremos ayudarte, de verdad quiero ayudarte-declaró la rubia clavando sus ojos azules en los aguamarina del extranjero. Por unos instantes se miraron el uno al otro; parecía que ambos escudriñaban sus almas. Serena confirmó lo que su corazón le decía: él era un buen hombre, y Owen pudo ver la sinceridad y su buen corazón.- Gracias- musito él y ella respondió con una sonrisa, solo un carraspeo seguido de una tos convulsiva de Luna que los observaba a lo lejos los sacó de su abstracción. La princesa de la Luna retiró sus manos de él tomando el plato de sopa de la piedra donde estaba olvidad y colocándolo entre sus manos.

-Es tiempo de irnos…Isolda…-recalcó Luna el nombre que Serena había dado-o tu Padre se molestará y no deseamos eso-recalcó la mujer mayor.

Serena asintió.

-Descansa Owen …-dijo ella con una nueva sonrisa -Cómelo todo, por favor y no salgas para nada de este lugar ni le abras a nadie que no seamos Luna y yo; es peligroso que alguien más te vea-pidió la chica mientras caminaba hacia la puerta de la cabaña tomando una capucha que Luna le alargaba para colocársela.

El joven al escuchar esto las miró receloso, actitud que Serena detectó, así que antes de salir le dijo:

-Mañana temprano regresare no debes preocuparte…Owen de Atlantis-dijo ella su nombre y se despidió con su mano cerrando tras de ella la puerta de madera. Ahí en la soledad, quedó el chico terrícola, con el plato de sopa en la mano. Owen cerró los ojos y percibió de nuevo en el aire de la cabaña el aroma que despedía la joven selenita; sonrió y empezó a comer del plato, tratando de descifrar qué clase de aroma sería ese.

-Madre, creo he sido salvado por una hada de los bosques …-rememoró lo que acababa de experimentar el peliazul.

PALACIO SELENITA DÍAS DESPUES.

Un hombre alto de cabellos blancos caminaba apresuradamente por el palacio; iba sucio y con la ropa desgarrada, llena de sangre y de tierra. Llegó ante las puertas que custodiaban las estancias del Rey y dos guardias le franquearon la entrada.

-¡ABRAN PASO!- Exclamó imperativo, pero los soldados no le hicieron el menor caso. – ¡HE DICHO QUE ME DEJEN PASAR, NECESITO VER AL REY!-

Ambos hombres lo miraron por un instante pero aun así no se movieron.

Todos en el palacio sabían quien era ese hombre; Artemis Stella, la mano derecha del rey, por algunos considerado servil y sin el mas mínimo atisbo de rectitud; muy contrario a su padre llamado Darius "El Justo" y por supuesto a su hermana Luna quien fue dama de compañía de la difunta reina Selene y ahora protegía a la joven princesa Serena.

-El Rey ha ordenado que nadie lo moleste – se dignó un guardia a informar viendo que el rostro de Artemis empezaba a enrojecer de la ira contenida.

El Consejero apretó con fuerzas los puños de sus manos y se mordió el labio inferior con desesperación.

-Lo que tengo que tratar con su majestad no puede esperar… Es sobre el ataque a la Tierra… Los guardias lo miraron pero aun así no le cedieron el paso.

-¡ABRAN PASO!, ¿QUE NO ESCUCHARON?- se dirigió hacia ellos y no supieron como reaccionar, cuando el consejero real paso a un lado de ellos y en un movimiento abrió las puertas y entro al salón donde el rey se reunía con otros funcionarios

El rey, al verlo se levantó de su asiento.

– ¡ARTEMIS, QUE TE PROPONES ENTRADO ASI!, NADIE DEBE INTERRUMPIRME CUANDO ESTOY EN REUNIÓN, SAL! ES UNA ORDEN.-

Artemis no se inmutó, ni se movió, todos los presentes observaban expectantes la escena sin saber como reaccionar, en primera por el aspecto del Consejero Real y en segunda la reacción del soberano.

-¡Debería castigarte por tu impertinencia Artemis! – el Rey se levanta de la mesa donde están reunidos varios señores importantes del Sistema Solar. El hombre de cabellos largos y blancos lo mira de hito en hito con el rostro enrojecido – Espero que lo que tengas que decirme sea realmente importante - Con un ademán despide a los ahí reunidos- ¡Retírense!– Los señores se levantan de sus asientos y se dirigen a la salida, entre murmullos y comentarios.

Artemis camina hacia donde el Rey se haya aun en su asiento.

- ¿Y BIEN?-exclama en voz alta.

-Mi Señor- Artemis traga saliva por lo que esta a punto de decir. Sabe que deliberadamente no había ido a ver a su señor en semanas, temeroso de su reacción, pero ya no puede arrepentirse – Fuimos emboscados… perdimos a toda la patrulla… -

El rostro de Domhnal se contrajo y sus ojos se abrieron sorprendidos de lo que su consejero le acababa de decir:

-¿Cómo es eso posible?, ¿DÓNDE ESTA SEIYA?, ¡TRAELO ANTE MI INMEDIANTAMENTE!

El hombre negó con la cabeza.

Seiya de Kinmoku está muerto mi señor…soy el único sobreviviente, al único a quien esos bárbaros dejaron con vida.

¡MALDITA SEA!- en un movimiento rápido de la mano golpeo directamente a Artemis en el rostro – ¡SON UN PUÑADO DE IDIOTAS!

Artemis nunca había visto A Domnhal perder el control de esa forma, ni aún cuando Serenity los había descubierto esa noche … limpió la comisura de sus labios y por un momento observó la sangre que pintaba de rojo el dorso de su mano, una mueca se dibujó en sus labios. Artemis era un hombre que podía ver lo bueno en los peores momentos, y en ese momento veía que a pesar de lo que dijera Domhnal Argento, la perdida Seiya de Kinmoku era una perdida considerable y que afectaba a sus planes pero eso a él le beneficiaba y mucho.

-¿Y que haremos ahora, mi señor? – se atrevió a preguntar finalmente.

El Rey se llevó la mano al rostro y masajeó sus ojos con sus dedos apretando levemente el nacimiento de su nariz reflexionando un poco.

-Estoy pensando- dijo para después continuar -Debemos traer a Serena de su retiro, ya no tiene caso la ceremonia de purificación si el prometido esta muerto; después…después los terrícolas pagaran por su atrevimiento.

-Mi señor. Si me permite opinar…-dice Artemis, el rey concede con una seña- La única fuerza de los terrícolas contra nosotros es su número, son muchos, demasiados, y es lógico que solo divididos podemos mantenerlos bajo "la virtud del Imperio Selenita", pero esta victoria puede exaltar sus ánimos, puede motivarlos a unirse y hacerlos sentir algo de lo que no deben ser capaces-inquiere el concejero.

-Bien, entonces debemos buscar algo que los divida más…si…- reflexionando comenta aquel hombre - algo a lo que no puedan resistirse ninguno de esos nobles-medita, finalmente una sonrisa maquiavélica curva su boca- creo Artemis tenemos al fin la excusa que siempre he anhelado; ¿Qué te parece un nuevo compromiso para la princesa?-

Artemis lo mira intrigado de todas las posibilidades que se barajeaban por su mente esa era una de las mas remotas, pero finalmente puede ver lo que Domnhal a través de él los objetivos de su plan.

Owen se estaba recuperando rápidamente de sus heridas y del veneno que casi lo llevara ante las puertas del Hades y tal como lo dijo Serena cada día regresaba, a veces dos días por día, a veces por la mañana acompañada de aquella mujer que mayor la cual creía era su madre; ya días después Serena le dijo que era su tía. Otras ocasiones, iban por la tarde cuando le llevaban comida y le cambiaban los vendajes del torso.

Durante las visitas por la mañana de Isolda, ésta hablaba poco, siempre lo indispensablemente necesario; Luna cuidaba mucho lo que la joven princesa decía o comentaba y él se daba cuenta de eso, ambas mujeres lo atendían prodigiosamente eso Owen no lo podía negar; después de prepararle el desayuno y suministrarle los medicamentos, se iban rápidamente, ya por la tarde Serena regresaba la mayoría de las veces sin Luna así que aprovechaba para llevar con ella varios pergaminos para que él los leyera, comentando sobre temas que podrían interesarle, historias y cuentos de cómo la Madre Selene cuidaba de los terrestres, relatos de los viajes de algunos sabios selenitas que narraban sus prodigiosos descubrimientos y el como les enseñaron el arte de la agricultura y el juego de los Dioses; Owen en sus ratos de ocio leía todo aquello, y deseo volver a esos tiempos donde los Terrestres eran tratados como iguales en toda la Vía Láctea y no como esclavos.

A Owen le agradaba cuando Serena regresaba sola porque ambos podían platicar libremente sin los ojos vigilantes de la tía Luna que lo miraban y juzgaban, él se sentía con más confianza. Ambos jóvenes se sentaban junto al fuego y algunas veces ella le leía algunos pergaminos escritos en lenguaje selenita la mayoría de ellos poemas, que un chico como él, amante de todo tipo de artes, disfrutaba mucho, tanto por lo que decían que en conjunto con la voz de Serena le imprimían a cada palabra parte de sus sentimientos, así, al terminar la lectura, ambos se sentían mas en confianza y platicaban de todo y de nada, solo disfrutando el momento de estar el uno con el otro; para Owen, Serena o mejor dicho, Isolda, se volvió una amiga, alguien que velaba por él en ese momento de necesidad y para ella el joven terrestre se volvió alguien que no estaba a su lado por su posición o por recibir los favores del Rey y mucho menos la veía como un premio a sus logros, como lo hacía Seiya.

Ese día, durante la visita vespertina, ella tomó entre sus manos el pergamino que había llevado y se sentó al lado de Owen mientras este tallaba con una piedra afilada unos fragmentos de cuarzo y conchas de mar.

- "En tus ojos, mi rostro; en los míos, el tuyo. En los rostros descansan los corazones fieles ¿Dónde podíamos encontrar dos mejores hemisferios sin un norte definido, sin un occidente declinante? Aquello que muere no estaba mezclado con igualdad, si nuestros corazones son uno o nuestro amor semejante, ninguno desfallecerá, ninguno morirá…-terminó Serena retirando el pergamino se percató que Owen la miraba, había dejado de tallar el cuarzo, un leve sonrojo involuntario la acometió ante esa mirada aguamarina-¿Qué pasa? ¿No te gustó?- preguntó algo nerviosa.

-Es hermoso; es algo diferente a los que has leído antes, parece que están depositados en cada palabra los sentimientote su autor ¿Quién lo escribió?-pregunta él.

-Es de la difunta reina Serenity-dice ella con cierto orgullo.

-¿La conociste?-pregunta Owen curioso. Serena asiente sonriendo -Por sus palabras debió ser una buena y sabia reina-infiere el joven

-Lo era; era la mejor persona que había en la Luna-dice ella.

-Realmente son palabras muy bellas, y creo se escucharían mejor con música -dice él mirando de nuevo el pergamino con las letras escritas en tinta de plata.

-¿Sabes cantar?-inquiere la rubia admirada. El chico asiente y se acerca más a ella.

-Mi madre siempre amó todo tipo de manifestación artística, me enseñó a cantar, a tocar la lira, y sobre todo a crear mis propios instrumentos, nunca olvidaré sus enseñanzas, su voz, la música es lo que me hace ser un Atlante-inquiere el chico con orgullo.

-¿Tu madre te espera en la Tierra, en Atlantis?-cuestiona la rubia.

-No. Mi madre y mi padre hace mucho tiempo murieron, fueron asesi…-él se calla y la rubia baja la mirada-Disculpa, no quise hacerte sentir mal.

-Está bien, sé que muchos terrestres han muerto por las ambiciones de nuestro rey, me gustaría poder ayudar, volver a restituir el deseo de Selene de que todos seamos hermanos y no esclavos y dominadores-dice ella y toma las manos del joven mirándolo con angustia.

-Ya lo hiciste; te debo mi vida, Isolda, algún día la historia de nuestros planetas cambiara, y eso será gracias a gente como tu, así que creo ha valido la pena estar aquí si he podido conocerte- el joven de cabello azul se atreve a levantar su mano y acomodar un mechón de cabello rubio tras la oreja de ella.

Una sonrisa, sus ojos en los de ella, las manos unidas y una corriente de simpatía que se comienza a volverse algo más, todo se conjunta entre ambos, un rubor de ella, una sensación de vacío en el estómago y la mano del joven de la tierra que se desliza hacia la mejilla suave y blanca de la princesa selenita.

-Isolda….yo…-balbucea extasiado una fuerza lo impulsa hacia ella, pero el sexto sentido de Serena se pone alerta, las palabras de Luna resuenan en su mente la hacen huir de ese nuevo peligro.

-Me debo de ir ya- se levanta rápidamente. Te veré mañana-tomando con rapidez los pergaminos y sale sin decir más, dejado al Atlante en medio de la cabaña, con sus sentimientos rebullendo dentro de él, finalmente da un largo suspiro, tocando su cabeza y enmarañando su cabello.

-Pero qué ibas a hacer, Owen Thalassa… besarla…pensabas besarla…-se recrimina. Serena, a las afueras de la cabaña toca su pecho sintiendo su corazón latir acelerado.

"Creo que se está haciendo demasiado cercana de ese joven terrícola, mi niña. No hay día que no vaya a verlo o que pase con él horas y horas. Sobra que le enumere los peligros y las distancias que tiene con él, solo espero que no caiga en el eterno juego en que deben caer por ley un hombre y una mujer, porque usted no puede darse ese lujo, ni exponerlo a él más de lo que ya está expuesto. ¿Me comprende?"

-Esto no está bien-se dice la rubia al recordar las palabras de su nana y corre, corre por la arena blanca del Mare Serenitas hacia el palacio, intentando que la brisa fresca de la noche calme sus agitados nervios.

Serena jamás se había sentido tan bien con alguien, tan feliz, tan completa, tan ella misma, con esa sensación de calidez alrededor que únicamente había sentido cuando su madre estaba viva; solo en unos cuantos días ese joven extranjero había logrado crear en ella sentimientos tan extraños, confusos y jamás sentidos. A Owen le pasaba lo mismo luego de la sorpresa inicial, del agradecimiento infinito y de la compenetración con su salvadora que había forjado una amistad, se había dado cuenta de que quizá estaba disfrutando demasiado su convalecencia. Su herida estaba casi curada, había recuperado sus fuerzas y a pesar de ello preferiría estar con Isolda que con cualquier otra persona en el mundo, con ella el dolor en su corazón desaparecía, no se sentía solo, y sabía que le era importante a alguien.

La observaba, y a través de ello había aprendido a conocerla, cada emoción suya, él la conocía perfectamente: lo que la hacía reír, lo que la hacía emocionar, o lo que la hacia molestarse con él; en ese momento se dio cuenta de que a pesar de que extrañaba la Tierra, a su tío, y a toda su familia ahí, la sola presencia de Isolda llenaba por completo su vida y lo hacía extrañamente feliz. Ella le habló de su nave y le dijo que la habían ocultado, también le había dicho de sus deseos de huir de su padre que deseaba casarla, que ella era el pago de su padre a un ambicioso hombre, ambos acordaron que cuando él se recuperara, irían a ver la nave para repararla y Serena se ofreció a conseguirle las piezas que necesitara para ello.

El tiempo pasó como siempre suele hacerlo sin pedir permiso, ni dar concesiones, el joven terrestres recuperó sus fuerza lo suficiente para poder aventurarse fuera de la cabaña, ambos jóvenes aun con la renuencia de Luna fueron a ver la nave, la cual con el paso de los días y su exposición a los elementos había sufrido algunos daños menores, pero estos no eran algo tan grave que el Atlante con un poco de pericia lograra arreglarlos, Serena buscó y consiguió las piezas que se necesitaban sustituir, con ayuda de Luna obviamente, que era la que usaba toda clase de artimañas para conseguirlas, y Owen reparaba las otras que solo necesitaban mantenimiento.

Ese día, el peliazul estaba sentado en unos montículos de piedra viendo correr por la playa a la joven que con sus prodigiosos cuidados le había salvado la vida, mientras tallaba algo con una madera y una piedra afilada. "Una sirena" pensó al ver a Isolda correr aun lado del agua de mar, y le hizo remontar a sus recuerdos de infancia cuando su madre jugaba junto con el en las playas de Atlantis.

Tan absorto estaba en sus recuerdos que no supo cuando la joven se coloco frente a él.

-¿Será que tu no sabes nadar?- preguntó inocente ella mirándolo.

-¿Nadar?...- se sorprendió por la pregunta.

- No has intentado siquiera acercarte al agua desde que ya puedes salir – replicó la rubia.

El sonrío por la ironía de la pregunta. Nadar un Atlante. ¡Claro que sabía! Y claro que había nadado, pero cuando ella no lo veía.

–Tienes razón, Isolda; al menos no cuando tu me miras– dijo él y ella sonrió entendiendo – más bien prefería observarte, me hiciste recordar a las sirenas de las antiguas historias de mi reino.

-¿Qué es una Sirena?- preguntó Serena intrigada.

-En el Reino de Atlantis las Sirenas eran las protectoras de Poseidón; un ser mitad mujer mitad pez y el Dios las envió para cuidar a sus hijos del mar, dice una vieja historia que una de ellas se enamoro de un pescador que después de haber enviudado pasaba los días y las noches cerca del mar esperando que Hades lo recogiera- Serena había subido al montículo de roca y se había sentado a su lado mirando atenta aquel pedazo de madera entre sus manos - una joven sirena se conmovió del dolor del pescador y empezó a amarlo, por las noches le cantaba arrullando su sueño y por el día oraba a Poseidón que lo cuidara; un día Selene descendió a la tierra y supo del amor de la sirena, Selene llena de compasión trasformó la cola de la sirena en dos piernas de mujer, pero dicho prodigio solo ocurría cuando la luna estaba en lo alto del firmamento, en el día sus dos piernas volvían a ser la cola de un pez, a pesar de ello la sirena busco al pescador y consoló su dolor, él volvió a tener esperanza y ella lo amo intensamente. Poseidón junto con Selene consagraron su amor en un montículo de pierdas parecido a este – señaló Owen el lugar donde ambos estaban sentados.

-¡Que hermoso! – comentó Serena – ¿Alguna vez viste una sirena? – con curiosidad.

-Si…- le responde con la mirada pérdida en el horizonte lunar. – Mi madre era una sirena – responde ante el asombro de la joven.

-¿Una de verdad?-duda la rubia. Él sonríe y asiente-no te lo creo…

-Pues así era, Isolda, así era-recalca él. La chica guarda silencio y lentamente se acerca a él, no queriendo distraerlo de su tarea, maravillándose de lo que hacia con sus manos.

-¿Qué haces?- pregunto como una niña curiosa.

-Una flauta – respondió y tomo el instrumento entre sus dedos y llevo uno de sus extremos a sus labios un leve sonido salió de el llenado el ambiente.

Ella cerró sus ojos y se dejo transportar por el sonido, se imaginó que las nubes la llevaban lejos de ese lugar salvándola de su destino; salvándola de un hombre tan ruin y malvado como Seiya.

Cuando acabó la melodía Serena abrió sus ojos o contempló al joven que también la miraba fijamente.

-Es hermoso… ¡Tan bello! Tenía años que no escuchaba música. Desde que mamá murió a mi padre no le gusta que nadie cante en casa-dice ella.

-Es la melodía que me inspira tu belleza, Isolda-dice él. Un sonrojo de ella es la única respuesta. Ella sonríe y tomándolo de la mano, lo obliga a levantarse

-¡Ven! ¡Vamos al agua!-lo jala ella. El chico se deja conducir por ella y los dos entran sumergiendo primero sus pies en el agua cristalina del Mare Serenitas. El joven Atlante se quita la camisa blanca y la lanza lejos. Aún tiene los vendajes en su torso pero usando solo su pantalón entra con la princesa selenita en el agua, tomados de las manos y reciben el embate de la ola.

Serena ríe feliz y cuando la ola se calma, mira en torno sin descubrir al chico.

-¿Owen? ¿Owen?-nada ella mirando hacia todas direcciones-¡Owen!-se angustia terriblemente al no verlo, pero en ese momento el sonido del chapoteo de agua la hace mirar atrás y ve saltar como auténtico pez al chico peliazul encima de una ola. Ella sonríe, maravillada del espectáculo. Owen cae en un clavado perfecto y bucea por debajo del agua hasta emerger justo delante de la rubia con la cabeza mojada. Ella aplaude emocionada por lo que acaba de ver -¡Cómo lo hiciste! ¡Es asombroso! ¡Nadie que conozco puede nadar así!

-Es que no conoces a un Atlante, Isolda, nosotros vivimos la mitad del tiempo en el agua-responde el chico.

-¿Una carrera?-propone la princesa con su espontaneidad natural. El joven asiente y ambos comienzan a nadar entre risas por el inmenso mar de la Luna, sintiendo una gran satisfacción en su interior de estar juntos. El joven Atlante empieza a hacer círculos alrededor de ella que lo contempla más que maravillada por su habilidad tan singular, hasta que ambos quedan uno frente al otro en medio de las olas.

-Creo que me ganaste- cede él.

-No lo creo- se burla ella-tu nadabas en círculos.

-Eres muy buena nadadora casi igual a una Sirena- concede él.

-¿Lo crees?- pregunta emocionada y burlona.

-Claro que lo creo- Acomoda un mechón mojado que cae sobre su rostro, llevándolo tras su oreja y con el movimiento coloca su mano sobre su mejilla-nadas como una sirena, tu mirada también es igual al de una Sirena- concede mientras acerca su rostro al de ella y levemente roza sus labios con los de ella, un leve contacto y un sin número de sensaciones empiezan a agitarse dentro de sus cuerpos, Serena solo escucha las olas a lo lejos, parecería que su anima se ha desprendido de su cuerpo elevándola a los cielos, cierra sus ojos fuertemente tratando de no sentir cómo su cuerpo se eleva…percibe el aroma de Owen cerca de ella y como él la toma entre sus brazos, la calida sensación de su cuerpo pegado al suyo, la sensación de cómo sus alientos que se mezclan el uno con el otro, un calido y tierno beso, lentamente ambos se separan pero aun unidos en ese abrazo deseando no separarse jamás.

No se dicen nada, solo se miran. Owen tiene sus manos enlazadas en la cintura de ella y la rubia princesa a colocado las suyas en el pecho del terrícola sintiendo los latidos de su corazón; como si el mar respondiera a sus sentimientos, una agradable calma y una brisa los envuelve…y entonces se dan cuenta de algo, de que están unidos por un lazo invisible, uno que ninguno de los dos quiere ni puede romper…ya no…ni el mar, ni sus planetas diferentes, ni el universo entero podrían, porque ese lazo unían sus corazones, ahora y para siempre.

NOTAS FINALES: Estimada Genbu sama, aquí está ya tu chap…no diremos disculpas porque no las hay solo diremos que lo hicimos con todo cariño y esperando que te veas reflejada en esa Isolda y que no pierda la esencia que queremos darle y sobretodo que lo disfrutes. Seguimos con tu historia no la hemos olvidado pero ya no te prometemos fecha, solo que irá saliendo cuando este par tan disparejo se ponga a escribir y le llegue la inspiración, porque ya sabes que nosotras como el aceite y el vinagre, se llevan bien juntos pero no se mezclan…XD…¡DISFRUTALO AMIGA!

ATTE: Poirot y Dupin.