Como usted sabrá, un alma en pena es la consecuencia de un desperfecto jurídico de ultratumba. Algunas personas no llegan a merecer enteramente el Cielo, el Infierno y ni siquiera el Purgatorio. Se establece entonces un régimen especial que mantiene al involucrado en situación de espectro por plazos que suelen prolongarse hasta el cumplimiento de unos sucesos determinados.

Alejando Dolina, El libro del fantasma.

Cuarta parte

Treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos.

Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos.

Ocho mil setecientas sesenta horas.

Trescientos sesenta y cinco días.

Doce meses.

Un año.

¿Cómo más decir que hoy se cumple ese tiempo de que Bella está inmóvil en esa cama de hospital?

De acuerdo, es su cuerpo el que está amarrado aquí a las máquinas. Su espíritu anda a sus anchas, jactándose que nada ni nadie la puede detener, que ella ahora es al menos igual de veloz que yo, que Alice no puede vestirla más como a una muñeca gigante, ni secarle el cabello eternamente mojado, ni maquillarle los labios para siempre azules y las mejillas eternamente pálidas.

Yo no quiero a esa Bella etérea. Quiero a mi Bella completa, suave, fragante, como debe ser. No mentía cuando le dije que estaba dispuesto a convertirla. Comprendí, aunque tarde, que estamos hechos el uno para el otro, que la desaparición de uno de nosotros implica la muerte de los dos.

Pero no puedo convertirla mientras su alma y su cuerpo estén disociados. Lo único peor que tener una Bella intangible correteando por ahí es tener un cuerpo vampírico comatoso y un alma separada para siempre de ese cuerpo. No estoy seguro, pero es posible que eso suceda.

Bella no da muestra alguna de querer regresar. Desde que fallaron todos nuestros intentos por unir cuerpo y alma, ella decidió que ser un espectro es lo suyo y abrazó con plena convicción su nueva naturaleza. Yo sigo visitando su cuerpo religiosamente cada semana, para gran disgusto del alma de Bella, que opina que es mejor olvidarlo. El cabello ya le creció de nuevo hasta los hombros. Perdió mucho peso. Está pálida, y una fina película de sudor la cubre. Tiene fiebre desde hace varios días, y los médicos están empezando a preocuparse. Pese a la medicación, la fiebre no cede.

—Hola, Bella —le dije al cuerpo inerte—. Te traje música hoy. Claro de luna, tu pieza favorita. Lamento haber tenido que grabarlo y reproducírtelo en un CD, pero un piano no hubiese cabido en esta habitación.

Enchufé el reproductor de música, seleccioné la primera pista y apreté play. Las suaves notas de la pieza de Debussy empezaron a sonar.

—Los médicos dicen que tienes fiebre, y que en tu delicado estado de salud, podría convertirse en algo grave —le conté al ser inmóvil yaciente en las blancas sábanas—. En tu estado, una neumonía es de esperar, pero sería muy malas noticias.

Bella, o la parte de ella tendida en esa cama, desde luego no contestó.

—Bella, te amo tanto —le confesé, desesperado—. Quisiera tenerte a mi lado por siempre, quiero tenerte completa. Estoy dispuesto a convertirte. A darte lo que quieras. A convertirme yo en lo que quieras. Sólo, por favor, no te vayas. Yo fui un estúpido una vez por irme, por favor, no cometas el mismo error. Te amo, Bella, te amo —sollocé, tomando una de sus manos entre las mías—. Bella, por favor, regresa. Quiero abrazarte. Quiero besarte. Dios, cómo extraño tus besos. Quiero… quiero tanto más… no quiero esa media existencia, quiero a mi Bella, mi Bella completa.

Su pulso sigue estable. Su cerebro sigue apenas activo.

—Te amo y te extraño. Por favor, regresa. Tu cuerpo se deteriora tan rápido, y sé que tu alma seguirá su camino cuando tu cuerpo no resista más. Los dos son uno, aunque estén separados, siguen entrelazados —le murmuré a la mano blanca e inmóvil, con uñas descuidadamente recortadas, cortesía de las enfermeras, que tenía entre las mías—. Siento en los huesos que cuando tu cuerpo muera, tu alma seguirá hacia donde tendría que haber ido desde un principio.

—También podría pasar que cuando vuelva a mi cuerpo, yo me muera —dijo de pronto la voz de Bella. Alcé la vista para encontrármela al otro lado de la cama, mirando a su cuerpo con atención—. Y no quiero morirme. No quiero. Prefiero ser una sombra por un tiempo más antes que morirme cuanto antes. Yo… nunca quise regresar en realidad.

—¿En realidad no querías volver? —comprendí—. ¿Temes... morir, si regresaras?

La empapada alma asintió con la cabeza.

—No quiero morir. Ahora que sé que me amas, me aferro a cualquier forma posible de existencia. Así sea una a medias, como un espíritu molesto; prefiero eso a la nada.

Asentí yo también, comprendiendo de golpe. Bella nunca había querido regresar. Toda la aparente rebeldía y su rápida aceptación de su destino de espectro no habían sido más que una fachada tras la cual Bella ocultaba su temor. Era posible que el regreso no había funcionado debido a la negativa de Bella a volver, debido a su miedo a morir… Debí admitirlo, ahora que lo pensaba un poco, a mí me embargaba la misma preocupación.

¿Valía la pena arriesgar la vida, aunque fuese una existencia efímera, fugaz, de Bella, para posiblemente devolverla a su cuerpo? No había garantías. No había garantías de nada. Bella podía regresar a su cuerpo y quedar atrapada en él, en un cuerpo que ya no le obedecía y que nunca despertaría. O podía darle tal choque a su cuerpo al regresar, que moriría. O quizás, quizás y sólo quizás, su cuerpo despertaría.

Pero, ¿en qué estado? ¿Sería la misma Bella de siempre, o sufriría secuelas? ¿Sería mejor convertirla, o sería más piadoso permitirle una muerte tranquila? El veneno vampírico cura heridas o infecciones recientes, pero no malformaciones, discapacidades congénitas ni heridas cicatrizadas. Había pasado un año del día en que Bella saltó de ese acantilado, la herida ya estaba más que cicatrizada y curada.

¿Qué pasaría con la lesión cerebral, en caso de haber una? ¿Podría el veneno curarla pese a todo? ¿Podría Bella adaptarse a vivir por el resto de la eternidad con, digamos, una cojera, o parcialmente ciega, o imposibilitada de hablar, o incapaz de leer, o…?

El cerebro es un órgano tan flexible, y a la vez tan delicado. Tanto podría repararse a sí mismo, como podría congelarse en un estado parcialmente estropeado. ¿Cómo saberlo?

…:: * ::…

Una vez que Bella confesó su miedo más grande y pudimos empezar a hablarlo, seguimos debatiendo al respecto. Ella no quería morir y yo no quería que ella muriese, estábamos totalmente de acuerdo. Era el problema que ninguna alternativa parecía muy seductora.

No había forma que estuviésemos seguros de lo que pasaría en caso que Bella regresara a su cuerpo. A los dos nos aterraba la posibilidad que ella muriera, o casi peor que eso, que quedara atrapada en un cuerpo vegetativo. Yo quería creer que esto último no sucedería, que una vez que el alma regresara al cuerpo el organismo de Bella reviviría, pero eran esperanzas mías, no hechos científicamente seguros.

Hablamos mucho durante los siguientes días. Nos dijimos todo lo que hubiésemos querido decir a lo largo de todo ese tiempo, y por una u otra razón nunca dijimos. Yo le expliqué sobre mi convicción que le estaba haciendo un favor al alejarla de mí, y ella me confesó que había estado haciendo cosas estúpidas y peligrosas para escuchar el eco de mi voz. Los dos lloramos, incapaces ambos de derramar lágrimas, por nuestra doble estupidez. Los dos reímos, al recordar los momentos amenos y divertidos.

Le conté todo lo que recordaba de mi vida humana, de mi niñez, de mis padres, de las costumbres sociales de la época. Bella me contó sobre su infancia, sobre el calor de Arizona, las vacaciones en el lluvioso Washington con un padre que apenas conocía. Hicimos planes para el futuro. Me cuidé mucho de hablar siempre en tiempo futuro y nunca en condicional. "Iremos a la universidad juntos", nunca "iríamos a la universidad juntos". Darle ese matiz de seguridad me hacía sentir más seguro de que se cumpliría.

Poco a poco, Bella empezó a cambiar. Fue tan sutil y tan lento que casi no lo noté. Me llevó varias semanas y oír la mente de Carlisle, que llevaba tiempo sin ver a Bella, caer en la cuenta que el cabello de Bella ya no estaba mojado, sino apenas húmedo.

Paulatinamente, sus labios recuperaron en tono sonrosado. Las yemas de sus dedos ya no estaban tan arrugadas. Sus mejillas ganaron un leve sonrojo. Su cabello se secó por completo. También su ropa se secó. Gradualmente, infinitesimalmente, su cabello se hizo más corto, hasta llegarle sólo a los hombros. Sus mejillas se hundieron. Sus brazos, sus piernas, sus dedos, adelgazaron, perdieron musculatura.

Al cabo de cuatro meses del aniversario del accidente, el alma de Bella era igual al cuerpo tendido en la cama del hospital. Salvo por el hecho que el cuerpo tenía neumonía, en parte debido al respirador artificial. Y no daba muestras de mejorar.

El día de mi visita semanal, Bella (su cuerpo) estaba realmente mal. Casi no quisieron dejarme pasar. Pero a las enfermeras las conmovía el hecho que, después de un año y cuatro meses, yo seguía yendo cada semana, puntualmente, y quedándome todo el tiempo que el rígido reglamento me permitía. Les parecía tan increíblemente romántico que hicieron una excepción y me permitieron entrar a la sala.

Yo estaba cansado. No había otra palabra. Bella (su alma) y yo habíamos hablado de todo, menos de despedirnos. Sin embargo, cuando vi al débil cuerpo esa tarde, con fiebre que se resistía a bajar, flema en los pulmones, y apenas treinta kilos de peso, por primera vez mi mente afrontó la posibilidad que tal vez Bella no sobreviviera. Ella era una luchadora, pero hay cosas que ni la más fuerte de las voluntades es capaz de torcer.

Me dejé caer en la silla junto a su cama. En lugar de hablarle, como había estado haciendo todo el último tiempo, o leerle de a capítulos alguno de sus libros, comencé a tararear su nana. No sé qué me impulsó a hacerlo. Nunca antes lo había hecho.

Una canción de cuna. Una canción para dormir… dormir, quizás, soñar… dormir…

De pronto, el alma de Bella estaba al otro lado de la cama. Se la veía tan maltrecha como al cuerpo: eran idénticos. Bella se deslizó hasta los pies de la cama, desde donde me sonrió y cerró los ojos. Casi se me atoró el tarareo en la garganta, convertido en un sollozo, pero seguí adelante. Bella sonrió más, y quedé estupefacto al notar que su cuerpo también sonreía, exactamente la misma sonrisa.

El espíritu alzó los brazos, tomó aire… y saltó hacia delante, fundiéndose limpiamente con el cuerpo.

Los aparatos enloquecieron. El pulso se disparó, la actividad neuronal aumentó en picada. Bella empezó a retorcerse, a parpadear, a hacer muecas.

Los médicos entraron corriendo, seguidos de las enfermeras. Me pidieron que saliera. Salí al pasillo, sintiéndome como si flotara. Todo estaba pasando tan rápido que era irreal. Adentro, pude oír a uno de ellos queriendo inyectarle un calmante a Bella, otro, diciendo que no hacía falta. Vi, a través de los ojos de los demás, a Bella asintiendo y señalando al que no quería anestesiarla, imposibilitada de hablar por el respirador artificial. Las enfermeras reían, una de ellas lloraba.

Sonó mi teléfono. Era un mensaje de texto de Alice:

¡Tiempo de cumplir lo prometido! Acabo de ver a Bella convertida; estás a su lado y los dos son felices. Estará radiante, y sin secuela alguna. Va a quedar como nada más que un mal recuerdo el tiempo en el que ella fue apenas un fantasma.

FIN