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Nota: Reeditado, porque no me convencía demasiado.

El sombrero seleccionador

("Sirius, ¡es la loca del tren!")

La profesora acarició la tela aterciopelada de su túnica, a la vez que, con el dedo índice, empujaba sus anteojos, que amenazaban con resbalarse por el puente de su nariz. Cruzó las manos con lentitud a la altura de su vientre y esperó, como todos los años, pacientemente. Quiso disimular la sonrisa que se pintó en su rostro al escuchar los pasitos de al menos un centenar de alumnos. Siempre era igual: los suspiros de admiración, las frases susurradas al oído, el frú-frú de las túnicas al rozarse, y, principalmente, las mismas caras expectantes, nerviosas y emocionadas

McGonagall adoraba a los alumnos de primer año.

– Los de primer año, profesora McGonagall – dijo Hagrid, repitiendo lo que ya se había convertido en una especie de ritual, una vez se paró a unos metros de ella, al pie de las escaleras.

Todos los pequeños la miraban con extrañeza. La profesora era ya de por sí alta, pero aquello se realzaba ante el hecho de que estaba casi al finalizar la escalera.

– Te agradezco, Hagrid. – dijo luego de unos segundos en silencio que dedicó a observar a los nuevos. – Los llevaré desde aquí. Síganme, por favor.

Los niños observaban el castillo con gran admiración sin poder mantener la mandíbula cerrada y sin pestañear. McGonagall agradeció estar de espaldas a ellos, ya que de aquella forma podía sonreír sin arruinar aquel personaje de rictus amargo que solía interpretar. Los condujo al hall y se regodeó al oír los suspiros de emoción. Todos miraban o al cielo raso, o a la imponente escalera de mármol que tenían frente a ellos. Los pequeños la siguieron hasta una cámara que estaba vacía, algo así como diez veces más pequeña que el enorme hall.

– Bienvenidos a Hogwarts –comenzó ella, dando el discurso una vez todos estuvieron dentro de la cámara – Dentro de poco comenzará el banquete de comienzo de año.

Algunos alumnos, los que seguramente eran hijos de magos, susurraron a sus compañeros al oído lo que probablemente eran las anécdotas que sus padres les contaron con respecto a los banquetes o a la ceremonia en sí. Había uno de cabello alborotado y profundos ojos avellana enmarcados en un par de anteojos redondos que, lejos de mantenerse callado, charlaba con otro muchacho al respecto en voz lo suficientemente audible como para que toda la cámara lo oiga.

– ¡… Y luego aparece la-!

La profesora lo miró con una ceja arqueada, cosa que hizo que el pequeño sonría con descaro y, a su vez, se calle. McGonagall suspiró, y retomó el discurso.

– Pero antes de que ocupen sus lugares en el Gran Salón, deben ser seleccionados para ver a qué casa van a pertenecer.

Los chicos la miraban asustados. Podría estar hablando del clima, pero el rostro severo de la profesora hacía que cualquier cosa sonara preocupante.

– Sus casas serán su familia por el resto de sus años escolares. Las clases serán divididas por casas, sus dormitorios serán con los de su casa, y la mayoría del tiempo libre lo pasarán en la sala común de la misma.

Se tomó un segundo para observarlos nuevamente. El muchachito que estaba al lado del de cabello alborotado, atractivo como pocos, habló con su nuevo amigo en tono más bajo que el que había usado este antes. Pero, aunque se esforzaba por evitar otra mirada ceñuda de la profesora, ambos llamaban la atención: todos estaban en silencio, y ellos discutían sobre cómo iban a arreglárselas para estar en la misma habitación aunque fuesen a casas separadas.

– Las cuatro casas se llaman Ravenclaw, Hufflepuff, Gryffindor, y Slytherin. – terció, haciéndose oír por sobre las voces de ellos.

Los dos amigos hicieron una mueca de desagrado que no intentaron disimular al escuchar el último nombre, Slytherin. McGonagall comenzaba a perder la paciencia con ellos, pero en el fondo, muy en el fondo, soñaba con poder hacer ese gesto cada vez que le nombraban esa casa.

– Cada casa tiene su noble historia, y de ellas han salido notables hechiceras y magos. En estadía en Hogwarts, sus triunfos harán que su casa gane puntos, y sus quebrantos a las reglas harán que los pierdan. A fin de año, la casa con más puntos se hará acreedora de la Copa de la casa.

Una muchacha rubia sonrió con desdén y se acomodó algunos mechones de cabello detrás de la oreja. Alzó su nariz respingada para pasar a mirar a todos con un aire de superioridad.

– Espero que cada uno de ustedes sea un crédito y orgullo para la casa que les toque. – finalizó con su voz aguda y severa, que parecía advertir a cada uno de ellos que lo que decía debía ser tomado en serio. Se volteó y comenzó a caminar hacia la entrada, a la vez que pronunciaba – Vendré a conducirlos a la ceremonia de selección en pocos minutos. Sepan comportarse.

Miró de reojo, tras el fino cristal de sus anteojos, a los dos muchachos – el de anteojos y el de ojos grises – que la miraban sonrientes. Pedir una cosa equivalía siempre a dar rienda suelta a la contraria, por eso la profesora supo, cuando abandonó la cámara, que el murmullo iba a extenderse. Tampoco los culpaba: debían digerir toda aquella información.

– ¡A Ravenclaw, estoy seguro! Toda mi familia perteneció a Ravenclaw.

– Yo creo que Hufflepuff… mi abuela dijo que por mi forma de pensar tendría que ir allí…

– Mi padre me miró muy ceñudo antes de salir y me dijo 'James, hijo mío, no es por presionarte pero si no te ponen en Gryffindor comienzo los trámites para desheredarte' – bromeó el de cabello alborotado, imitando una voz mucho más grave que la de él.

Pocos estaban en silencio. Algunos se arreglaban la túnica o el pelo, otros gritaban horrorizados ante la aparición del Fraile Gordo, y otros simplemente conversaban.

– Pareces preocupado.

– Me gustaría que estuvieras en la misma casa que yo…

– Sev, no vamos a separarnos. – le respondió la chica, esbozando una sonrisa cálida – No importa qué casa nos toque. Lo prometo.

El murmullo se detuvo tan rápido como comenzó, al momento en el que entró la profesora nuevamente.

– Formen una fila y vengan conmigo. – ordenó Minerva, acomodando su sombrero en punta.

Uno a uno, sin decir una palabra, los nuevos alumnos se acomodaron uno tras el otro, llenos de nervios. Comenzaron a caminar tras la profesora, admirando el techo elevado tras el cual veían una estrellada noche azul. Algunos alumnos avanzados les sonrieron mientras los aplaudían, cosa que hizo que todos los nuevos se preguntasen desde qué mesa aplaudirían a los de primero un año más tarde.

Continuaron caminando hacia la mesa de profesores y sólo se detuvieron cuando la profesora les ordenó que lo hagan. McGonagall, mediante un movimiento suave, hizo aparecer un taburete, sobre el cual colocó un sombrero algo desgastado y con alguna que otra costura. Con la otra mano desenrolló un largo pergamino, tal vez con más lentitud que lo que le habría tomado en realidad, como si les diera espacio para preguntarse qué hacía una vieja prenda sobre un taburete.

Los verdaderos comentarios vinieron cuando el sombrero comenzó a moverse. Una de las tantas rasgaduras que tenía se abrió… y muchos podrían haber jurado que lo hacía para tomar una bocanada de aire.

El sombrero comenzó a cantar.

Así como me ves, imagino no has de creer
Que yo tenga algo que ver con tu escolaridad
Más he de advertirte, y no hagas un berrinche
Que he de seleccionar la casa a la que pertenecerás

Desde hoy responderás a una casa de Hogwarts
Gryffindor, Ravenclaw, Slytherin o Hufflepuff
Pruébame, yo te he de demostrar
Que no hay nada en tu cabeza que me puedas ocultar

Difícil tarea a conceder, para quien decida a qué casa has de responder
¿Será a Gryffindor, donde habitan los de valiente corazón?
¿O a Ravenclaw, donde el conocimiento es el máximo motor?
¿Tal vez a Slytherin, donde reinan la astucia y la ambición?
¿O quizás a Hufflepuff, amistad, lealtad y justicia sin parangón?

Sin miedo acércate, déjame tu cabeza explorar
Para que así mi noble trabajo yo pueda realizar
Y, aunque de acuerdo no esté con este recurso vil
A ustedes, magos novatos, yo he de dividir
Más, aunque separados, este consejo nunca deben olvidar

En la unión está la fuerza: Divididos, perderán

La mitad del salón prorrumpió en un fuerte aplauso. Extrañados, algunos alumnos miraron a los profesores, que observaban al sombrero con sorpresa. Menos uno, que había sido el primero en aplaudir: un mago de barba blanca larga, y rostro amable, con una extravagante túnica color púrpura que hacía juego con su sombrero de punta.

– ¿O sea que hay que ponérselo en la cabeza? – susurró uno, con una palidez en el rostro que indicaba que había imaginado torturas inimaginables.

– Cuando los llame deberán sentarse en el taburete para que el sombrero los seleccione. – dijo la profesora McGonagall, que acomodó el pergamino que tenía en la mano mientras, con la otra, sostenía al sombrero en alto.

La prenda estaba rígida, como si nunca hubiera abierto la boca y entonado una canción. Minerva tosió, llamando al resto del salón a guardar silencio de manera sutil. Cuando todo el alumnado calló, los de primero tuvieron una ligera muestra de la autoridad que la susodicha imponía.

– ¡Abyss, Elizabeth!

La muchacha, de cabello castaño claro, les sonrió a sus compañeras y corrió, casi trastabillándose en el camino, para sentarse en el taburete de madera oscura. McGonagall posó el sombrero con cuidado en su cabeza.

Veo talento aquí… mucho. – la chica casi se cae del asiento cuando escuchó la voz del sombrero en su cabeza –Varias casas podrían explotar tu potencial. ¿Dónde ponerte, pequeña…?

'Mientras pueda ver a mis amigas…' pensó ella rápidamente, echándole un vistazo al grupo de chicas que la miraban, expectantes.

Tu lealtad a ellas supera la división de casas. Eso me agrada, y me dice que eres una perfecta… ¡HUFFLEPUFF! – gritó repentinamente el sombrero.

La mesa en la que predominaba el color amarillo estalló en aplausos. La chica corrió a sentarse con sus nuevos compañeros, que la recibieron sonrientes.

– ¡Avery, Daniel

El muchacho alzó la cabeza y caminó con decisión, sin titubear, hasta el taburete. Dio un ligero saltito para sentarse (no era muy alto) y miró a la profesora.

No hay demasiado que discernir por aquí… ¡SLYTHERIN!

La mesa de esa casa comenzó a aplaudir al nuevo integrante.

La profesora llamó a dos alumnos que terminaron en Hufflepuff. Una vez estos se sentaron con sus compañeros, McGonagall volvió a llamar.

– ¡Black, Sirius!

El chico se acercó al taburete dando saltitos. Se cruzó de brazos bajo el pecho, con rictus amargo, y esperó a que el sombrero se posara en su cabeza.

Otro Black más. Pero… ¿qué veo aquí? Has de saber que-

– Que aquí el discurso lo doy yo.

Si hubiera tenido ojos, el sombrero los habría abierto de par en par, sorprendido.

– Sí sí, es bueno que sepas un par de cosas antes de dar tu gritito. Verás, toooooda mi familia es una gran estirpe de Slytherin, y…

Lo sé. – respondió el sombrero, con un dejo en la voz de orgullo dañado. Después de todo, era él el que se había apoyado en las cabezas de todos los miembros de la familia Black. – Pero-

– ¡Chst, chst, que me dejes terminar! Decía, gran estirpe de Slytherin, bla bla bla, pues te imaginarás el disgusto de mi madre si se enterara que yo no estoy en esa casa.

La selección no depende de…

– ¡¿Qué los sombreros no entienden inglés? ¿Vas a dejarme terminar o qué? Bien. – dijo, sonriente, al no escuchar más la voz en su cabeza – Es evidente que darle un disgusto de muerte a mi madre es el mayor sueño de mi vida.

El sombrero abrió la rasgadura que tenía por boca, pero no dijo nada. Comenzaba a interesarle el discurso del chico.

– Pues bien, esto es bastante simple. Aprendí hechizos incendiarios y… Y bueno, te convendría bastante que nosotros fuéramos amigos, ¿no? Siendo que yo tengo brazos, y extremidades, y pulgares, y varita, y esas cosas que hacen que pueda hacer muchas otras cosas… incendiarias. ¿Estoy siendo lo suficientemente clar-?

– ¡GRYFFINDOR!

– Definitivamente hablamos el mismo idioma. – culminó el muchacho que, sin eliminar la sonrisa del rostro, caminó casi a zancadas a la casa roja y dorada.

McGonagall tenía ambas manos ocupadas, y eso le imposibilitó acariciarse la frente. Aquel muchacho estaba en su casa. Llamó a dos muchachos más, que fueron a Ravenclaw, y a una chica que terminó en Slytherin. Observó el nombre que seguía en la lista y alzó la mirada.

– ¡Evans, Lily!

Entre los demás se abrió paso una muchacha con una llamativa cabellera roja oscura y unos profundos ojos verdes. Le temblaban las piernas, pero trataba de disimular aquello mediante una mirada decidida. La profesora depositó con cuidado el sombrero en su cabeza, a la vez que el muchacho de cabello alborotado y anteojos miraba a la mesa de Gryffindor y le hacía gestos alevosos a Sirius, gesticulando con la boca las palabras '¡Es la loca del tren!'.

Lily tuvo que reprimir en su garganta un gritito de sorpresa al sentir que, apenas el sombrero rozó su cabeza, le habló directamente.

Te entiendo. Pero aquel… no es tu lugar. – la pelirroja abrió los ojos, sorprendida por el hecho de que -de verdad- el sombrero pudiera ver qué pasaba por tu cabeza. – Estoy seguro. ¡GRYFFINDOR!

La chica miró a la profesora y se quitó el sombrero, tendiéndoselo sin decir una palabra. En la fila, un muchacho no quería creer lo que había oído. La pelirroja suspiró con pesadez y se dirigió a pasos cortos a la mesa de Gryffindor. En el camino, entornó la mirada con lentitud como si hubiera estado rezando por evitar ese momento. Le sonrió a alguien con tristeza y continuó su camino hasta la mesa.

Paró de repente al ver que Sirius, sonriente, le hacía lugar en la mesa. Lily lo reconoció de inmediato y se sentó sin mirarlo, con los brazos cruzados. Eso sólo hizo que el chico sonriera, encogiéndose de hombros.

El sombrero siguió seleccionando alumnos. Todas las casas recibían nuevos magos y brujas con un estridente aplauso.

– ¡Lupin, Remus!

El muchacho caminó, igual de nervioso que los demás, hasta el taburete.

¡Mucho talento pero poca confianza en tí mismo! Sé exactamente quién puede explotar todo el potencial que hay aquí… Esa casa es ¡GRYFFINDOR!

La mesa volvió a aplaudir, incluidos los recién seleccionados. El chico se sonrojó, elevó una silenciosa plegaria por no volver a ser el centro de atención de ese salón nunca más, y se sentó frente a Sirius Black.

– ¡McDonald, Mary! – llamó la profesora.

La muchacha, de rostro rosado y gesto asustado, dio un respingo y caminó apresuradamente hasta el taburete. Sólo cuando el sombrero gritó '¡GRYFFINDOR!' la chica relajó el semblante y caminó hacia la mesa con ligereza, como si le hubieran sacado un peso gigante de la espalda.

– ¡Mulciber, John!

Mulciber le sonrió al chico que estaba a su lado y caminó a pasos largos, tomando el sombrero seleccionador de las manos de la profesora. Se lo puso él mismo y no tuvo que esperar más de un segundo, que fue lo que tardó el sombrero en decir '¡SLYTHERIN!'.

– ¡Owen, Ruby!

Todas las mesas rieron al ver cómo la chica tropezaba antes de llegar al taburete. Se acomodó con velocidad los rizos negros que le caían al rostro y se sentó. La vergüenza de la situación le duró poco, ya que el hecho de que el sombrero le tapara los ojos la divertía en demasía, y la hizo soltar una risita.

– ¡GRYFFINDOR! – gritó al fin.

La muchacha fue apresuradamente a su mesa.

– ¡Pettigrew, Peter!

Un alumno bajito, algo subido de peso pero de facciones suaves y rostro redondeado con pequeños ojos claros, se apresuró a subirse al taburete.

Es… es realmente complicado. – admitió el sombrero – Niño, eres un caso… bueno, bastante peculiar. Sé qué te hace falta, y sé que casa te va a proporcionar las herramientas para sacar lo mejor de tí…

El muchachito se encogió en su lugar, jugando con sus dedos, asustado. Su rostro de querubín, compungido por el miedo, dejaba en evidencia todo lo que estaba pasando por su cabeza.

Está todo aquí, pequeño. Pero si no lo sabes usar, puede irse en tu contra… ¡GRYFFINDOR!

Se quitó el sombrero y se lo dio a la profesora, a la vez que caminaba, un poco más calmado, a la mesa de Gryffindor.

– ¡Potter, James!

Aquella misma sonrisa descarada apareció, casi al instante, frente a McGonagall. Estaba nervioso, eso no lo podía disimular, pero, al parecer, en ese chico la diversión le ganaba al miedo.

Al posarse sobre su cabeza, el sombrero esbozó algo parecido a una sonrisa.

Cumples todas las condiciones que tu casa requiere.

– Si no estamos pensando en la misma casa, pienso lavarte con una lija cuantas veces sean necesarias hasta que olvide la ofensa.

¿Y cómo vas a-?

– Sé exactamente donde te guardan. Me lo dijo mi padre.

– ¡GRYFFINDOR!

– ¡Eres la segunda prenda parlante más simpática que conocí en la vida!

El sombrero sabía que el chico lo hubiera besado si hubiera tenido la oportunidad. Le dejó el sombrero en las manos a McGonagall y, haciendo gestos con la mano para calmar los vítores de su casa – dándose aires de importancia – se sentó. La pelirroja arrugó el gesto al verlo sentarse cerca de ella.

– ¡Snape, Severus!

Con mucha calma y lentitud, un niño de cabello negro grasiento se hizo paso entre los alumnos hasta sentarse, con pesadez, en el taburete.

Estoy sorprendido, sencillamente. Hacía tiempo que no veía tanto, tanto potencial en un nuevo alumno. ¡Vas a ser un excelente mago, uno brillante! Y… No, no sé si… Pero… Sí. Yo sé qué casa va a ayudarte en ese camino…

Severus apretó los puños bajo las mangas de su túnica y susurró algo parecido a una súplica.

– ¡SLYTHERIN!

El pálido rostro del chico mostró un gesto que se debatía entre el abatimiento y la resignación. Caminó sin mirar a la pelirroja, y se sentó con sus nuevos compañeros. Uno, de cabello largo rubio, le palmeó la espalda. No dijo nada por cortesía, pero en ese momento lo que peor le venía era que lo feliciten por ser Slytherin. No si ella…

Sacudió la cabeza y miró a su plato, recordando lo que su madre le había contado del banquete.

No había por qué sentirse así. Ella le había hecho una promesa.