Strawberry fields forever-

Oneshoot Nº 2: I won't say (I'm in love)

Rating: K

Nota: ¡Nota importanteeee! Para entender de dónde salió la idea para este oneshoot, les recomiendo que busquen, vean y escuchen el tema "I won't say I'm in love" de Hercules (¡La canción de Meg!). Es una adaptación de la letra de esa canción... Podría decir hasta que roza ser un songfic, pero sin usar la letra textual, agregándole un contexto.

Este fic tira más para el JamesxLily. No estoy del todo feliz con el resultado, pero bueno, ¡espero les guste!

Sobre los oneshoot: Strawberry fields forever es una serie de quince oneshoots. Ya están armados en su mayoría, pero pese a eso me encantaría escuchar propuestas, críticas, aportes, lo que quieren o no quieren leer, etc.


I won't say (I'm in love)


– Es inhumanamente irresistible que me hables con ese tono. – le dijo, recostándose casi con descaro, apoyando su cabeza en la falda de ella, que bufó por su impertinencia.

– Waw. – siseó ella, mirando su muñeca – Llevabas como cinco minutos sin hacer un comentario de ese estilo.

James se llevó las manos al pecho, fingiendo una increíble sorpresa.

– ¡Hasta cronometrado me tenés! Lils, no sé cómo viviste sin salir conmigo todos estos años…

– Me las arreglé para sobrevivir en soledad, James. – suspiró a la vez que arqueaba las cejas – Con soledad me refiero esos años dorados en los que no te permitía rondarme a esta distancia y-

En un segundo, el muchacho había apoyado parte del peso de su antebrazo en el asiento del carruaje, y se había levantado unos centímetros de donde estaba para estar de frente a Lily, que tuvo que reprimir un gritito de sorpresa.

Todavía no se acostumbraba a la sensación.

Menos aún cuando le depositó un suave beso en la mejilla y se volvió a dejar caer a sus piernas, riendo por la reacción de la chica.

Ella estaba saliendo con James Potter. Ella había dicho, luego de miles de negativas, diez cartas con prohibiciones de acercarse a ella en un radio preestipulado, dos viajes a la enfermería en estado casi comatoso por revolearle objetos, y más formas de darle sutiles indicios de que no quería tenerlo cerca, que sí. Había aceptado a una cita con él.

Se llamaban por sus nombres, charlaban con soltura, y él –a ella no le gustaba admitirlo– se comportaba como todo un caballero.

Había un lado de James Potter que ella no conocía y tenía que aceptarlo ("Tenía que", en su idioma, no significaba que fuera a hacerlo en voz alta). El muy impertinente mantenía los ojos cerrados, aparentemente cómodo en la calidez de sus piernas. Sus anteojos estaban levemente desviados y le daban un aire desarreglado e irresistible.

Abrió de a poco los ojos, como interesado en escrutar los gestos de ella, que apoyó una mano en el pecho del chico con soltura, y desvió la mirada para observar el paisaje que se extendía desde el carruaje.

– Tus ojos dejarían liado a cualquiera.

El comentario del chico la sacó de su ensimismamiento.

– ¿Eh? – soltó, sacudiendo un poco la cabeza.

– Que podría citar más atributos que harían que un hombre se sienta atraído por vos, pero si los nombro tal vez me tengan que abrir una sala especial en San Mungo por tus golpes. ¿Me irías a visitar-?

– ¡Te estás yendo del tema!

– ¡Ah, sí! Tus ojos. – repitió, sonriente (con esa sonrisa, esa que la desarmaba) – Son hermosos.

¿Cómo hacía para dejarla sin algo inteligente que responderle? Solía ser mordaz con él, pero ahora sus hormonas estaban en pleno período de revolución y guerra suficientemente intenso como para que su elocuencia decidiera que era un buen momento para exiliarse.

– Gracias. – Lily le sonrió con inocencia.

– Siempre pensé que lo eran pero… – ladeó un poco la cabeza, como si la inspeccionara – En los últimos años, si me ponía a esta distancia me imagino que hubieras tardado cinco minutos en destruir mi hermoso rostro tirándome todos tus libros… Lo que me lleva de nuevo a preguntarte si me irías a visitar a San Mungo.

La pelirroja rió con soltura.

– Oh, claro. Me sentaría a tu lado todos los días, te llevaría flores, lloraría e intentaría ahogarte con la almohada… – fingió estar sorprendida, y se cubrió la boca con una mano – ¡Oh! ¿Dije eso en voz alta?

La sonrisa del chico no podía ser más amplia. El carruaje paró.

– No serías capaz. No dejarías a nuestros hijos sin padre.

– ¿… Hijos? – Lily enarcó una ceja.

– Mi concepto del parentesco se extiende a los que en el futuro voy a hacerte… – le sonrió picaronamente, lo que logró que ella se cruce de brazos y abra las piernas, haciendo que la cabeza del muchacho golpee contra el asiento. – ¡Auch!

La chica lo vio incorporarse, sin quitarse esa soberbia, arrogante, y atractiva sonrisa del rostro.

– Acepté una cita con vos. ¡No te propuse matrimonio, James!

Otra vez la estaba derritiendo. Otra vez estaba quedándose sin palabras.

– ¿Y qué si yo lo hiciera?

Lily no se dio cuenta que la estaba acorralando contra la puerta del pequeño compartimento que compartían en el carruaje hasta que sintió su suave respiración sobre el rostro. Lo sintió avanzar y, shockeada, se quedó quieta, inmóvil, hasta que sintió una sacudida particularmente fuerte y escuchó el ruido de la puerta abrirse.

Persona apoyada contra puerta. Puerta que se abre. Persona que, por ley física y gravitatoria, cae para atrás.

La pelirroja cerró los ojos esperando chocar contra el frío suelo, hacerse un importante chichón e insultar a James recordando a un par de parientes suyos, pero nada de eso ocurrió.

La gélida, oscura y profunda mirada de Severus Snape estaba frente a ella. El Slytherin, habiéndola salvado de la caída, la sostenía en brazos, mirándola entre decepcionado, celoso y sorprendido.

– La cita era perfecta, y luego Snivellus aparecía. – la voz socarrona de James se hizo oír. El muchacho rodó los ojos.

– La profesora McGonagall me mandó a ver por qué nadie bajaba de este carruaje. – respondió él, sin sacarle los ojos de encima a la muchacha.

– Rectificá el estamento, grasoso: La profesora McGonagall se fijó en la lista y dijo que James Potter y Lily Evans eran los únicos que faltaban. A Severus Snape no le gustó, y se ofreció amablemente a meter su ganchuda nariz donde no le correspondía.

El joven pálido alzó la cabeza para enfrentarse con el gesto combativo de James.

– ¡No tienen catorce años, por Merlín! – el grito de Lily hizo que ambos entornaran la mirada hacia ella.

Severus la dejó con cuidado en el suelo sin decir una palabra y se alejó con la cabeza baja. James sonrió con satisfacción.

– Casi me doy un buen golpe… – reparó ella, acomodándose la ropa. El corazón le latía a mil por hora. Miraba los pliegues de su falda como si fuesen la cosa más interesante del mundo, intentando no ver el camino que el chico tomaba para alejarse de ellos. Hacía tanto tiempo que no lo tenía así de cerca…

– Te apuesto a que está saltando de contento. Abrir la puerta y te caigas en sus brazos…

– Severus no es así. – lo vio tomar aire – James, no empieces.

El chico alzó la mano e hizo un gesto imitando un cierre en sus labios, callándose al instante. Tomó de la mano y se acercaron a McGonagall para dar parte de que habían llegado en una pieza.

– ¡Bajen del carruaje cuando llegue al castillo la próxima vez, Potter, Evans!

Lily bajó la cabeza. Era fácil ver que no le gustaba que le llamen la atención por una falta, y que no estaba acostumbrada a ello. James, por otro lado, estaba más interesado en leer el gesto de la profesora, que miraba la unión de sus manos con fingida indiferencia y oculto interés.

– Se hubieran ganado un castigo si Snape no se hubiese ofrecido a buscarlos. – culminó McGonagall.

La pelirroja alzó la mirada inmediatamente a James, suponiendo qué cara estaba poniendo. El 'te lo dije' parecía escrito con luces de neón en su sonrisa.

Se despidieron de la profesora con un gesto y entraron a toda prisa a los terrenos de Hogwarts, todavía tomados de la mano.

– Realmente la pasé muy bien, Lily. – confesó James, obligándola a dar una vueltita mientras caminaban.

La pelirroja rió con soltura y se dejó llevar.

– ¿Quién diría que yo iba a poder llegar a pasarla bien en una cita con vos?

– Prejuiciosa. – el chico entrecerró los ojos.

– Claro, porque no me dabas motivos para rechazarte.

– Mi amor siempre fue puro. Tal vez un poco psicótico, obsesivo y demasiado expresivo, pero puro.

Se quedaron en silencio unos segundos, mirándose de reojo y riendo por lo bajo cuando sus miradas se encontraban. Lo interesante de ello era que no se sentían incómodos ni frente al silencio ni ante los furtivos y sutiles cruces de miradas.

Nada le gustaba más a James que cruzarse con esos ojos verdes. La forma que tenía la chica de mirarlo tras las pestañas (por una cuestión de alturas), la curva sonrisa de sus finos labios… No cabía en sí de gozo. Sentía que hasta la unión de sus manos era como un engranaje que sólo encastraba en ella, y sintió la – casi – urgente necesidad de comprobar si otras uniones eran igual de perfectas y mágicas.

Sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos y miró a la chica, que se detuvo en la entrada a los jardines.

– Creo… que voy a quedarme un rato.

Los ojos de Lily le dijeron mil cosas en un segundo. Le dijeron que quería estar sola, le dijeron que estaba sintiendo cosas nuevas y necesitaba poner en orden su mente... Las novecientas siete cosas que faltan entre esas que nombré se debatían en cosas como 'haceme tuya acá' y 'arrancame la ropa a mordidas', pero el chico puso en tela de juicio que eso fuese realmente lo que le quería decir con la mirada. Tal vez (y SÓLO tal vez) estaba siendo un poco subjetivo.

Le sonrió y apretó con suavidad su mano, a modo de saludo. La soltó y bajó la mano a un matorral que asomaba de la entrada, sacando una flor blanca.

– Nos vemos, Lily. – susurró, acomodando la flor tras la oreja de la sorprendida muchacha.

La chica había imaginado que iba a preguntarle por qué quería quedarse en los jardines, sola, y encima cuando estaba anocheciendo, pero no parecía que fuera a decirle nada. Se anotó mentalmente agradecer la perspicacia del muchacho en leer entre líneas que necesitaba estar sola.

Podía ser todo aquello que ella creyó que no era. Estaba siendo caballeroso, amable y absolutamente encantador.

– N—nos vemos, James. – tartamudeó.

El muchacho le sonrió y se puso las manos en los bolsillos, caminando a paso lento al camino que llevaba a la sala común. Parecía que flotaba. Silbaba y contoneaba la cabeza como un completo loco enamorado.

No podía soportar eso. No podía soportar saber que quería ir con ese paso ligero, cantando cualquier cosa, aceptando la alegría que la estaba embargando.

Alegría. Y esa sensación tonta, cálida, que comenzaba a aflorarle en el estómago. No entendía por qué la gente la comparaba con mariposas. Más bien parecían doxys en celo, alteradas, revoloteando y golpeando contra las paredes estomacales recordándote lo muy lastimada que se puede salir de eso.

Caminó todo lo que las piernas le permitieron. Pasó por el lago, siguió camino por una especie de arcos de flores que cambiaban de color cuando el viento las sacudía, cruzó una suerte de puente de madera, se introdujo en un pequeño bosque de árboles que parecían encogidos con magia (medían más o menos lo que ella) y llegó, sin saber exactamente cómo, a un lugar lleno de columnas blancas, con diversas estatuas que recordaban a la arquitectura griega.

Se detuvo unos segundos a admirar la figura de un hombre forzudo, un grupo de cinco musas y un Cupido, que apuntaba, sonriente, a donde ella estaba.

Bufó por lo irónico de la situación y se dejó caer en el borde de una fuente, apoyando el peso de su mentón en su palma.

– Bien, ¿QUÉ es lo que está pasándome? Luego de… – sacudió la cabeza – ¡cualquiera pensaría que una aprende…! ¡No puedo, no puedo estar enamorándome de James Potter!

Se incorporó como si quisiera dejar allí donde estaba sentada todos los pensamientos que se le habían agolpado en la cabeza. Y en su mente apareció, por un segundo, la mirada profunda de Severus sobre ella… Los sentimientos encontrados se revolotearon en sus entráneas: se debatía entre lo mucho que lo extrañaba y lo muy decepcionada que había salido de esa amistad.

– Porque si existiera un premio a las promesas rotas supongo que sería la honorable ganadora. – volteó con un movimiento de varita la imagen del Cupido, que ahora apuntaba a los bosques. Apretó los puños, casi lastimándose las palmas – NINGÚN hombre vale la pena…

Alzó la mirada al cielo, como si le hablara a los astros.

¿Y qué si estaba perdiendo la razón por culpa del corazón? ¿Y qué si iba a resultar tan lastimada como cuando perdió a Severus? ¿Qué si era todo un engaño…?

El engaño era una cosa común. ¡Ella no sería la primera persona que se lleva un disgusto semejante!

– Es historia antigua. – sus manos se colocaron en sus caderas – Been there. Done that.

– ¿Y a quién exactamente crees que engañas? – siseó una de las musas, que comenzaba a moverse del lugar donde estaba hacía unos segundos.

Lily dio un respingo y entornó su mirada para encontrarse con las cinco musas, paradas en sus pedestales con gesto juguetón y divertido. Vivas.

Era una estatua parlante. La pelirroja sabía que en Hogwarts había que acostumbrarse a que lo imposible era moneda corriente, en el día a día. Aun así, impresionada como estaba, dio unos pasos hacia atrás. La miraban sin pestañear, con una media sonrisa que parecía decir que lo entendían todo.

– Por favor, está escrito en toda tu cara, chica. – comenzaron las otras cuatro al unísono – Es tierra y paraíso para vos. Y aunque trates de ocultarlo…

– ¡Oh, no! – negó la muchacha, entendiendo a dónde querían llegar.

– Podemos ver claramente la verdad tras la máscara de orgullo que intentás poner.

La pelirroja volteó, casi inflando las mejillas como una niña. Dumbledore solía recordarle que no conocía todos los secretos de Hogwarts. Bien, ella había conocido uno y no le gustaba qué tan indecoroso y sincero y certero podía ser ese secreto. Más cuando eran cinco, y hablaban al mismo tiempo.

– ¡Linda, no podés ocultarlo! Sabemos exactamente cómo te sentís… y en quién estás pensando.

Y cuando tenían razón eran más odiosas.

– ¡Ni loca! – gritó Lily, caminando entre las otras estatuas, alejándose – ¡De ninguna manera, no lo digo, no, no!

¿Cómo pretendían que aceptara así como así que se estaba enamorando de él? ¿Cómo enfrentarse a terminar con el corazón roto?

– ¡Hace unos minutos estabas suspirando por él en la fuente, niña! – le dijo una que apareció de repente a su lado.

– ¿Por qué negarlo? – dijeron las otras cuatro.

Lily la fulminó con la mirada.

– Es un CLICHÉ, – soltó, rodando los ojos – de esos que se arruinan a los dos capítulos y la chica termina lastimada. – movió la cabeza, haciendo ondear su cabellera roja – No VOY a decir que estoy enamorada.

Continuó camino por entre las estatuas hasta subir una pequeña escalinata que la llevó a la continuación de ese sector.

– ¿Cómo pude creer que mi corazón había aprendido la lección? – Lily daba pasos largos y fuertes, haciendo que sus pisadas se escuchen a mucha distancia. Y de nuevo, el recuerdo de esa mirada profunda, oscura, la asaltó – SIEMPRE cuando este tipo de cosas empiezan todo se siente hermoso.

La estatua de una pareja le llamó la atención y se acercó a ella. Las doxys se revolotearon en su interior, donde se debatían la razón y el corazón.

Amarlo, y arriesgarse a perderlo. Apretó el puño de nuevo.

– Mi mente dice "Andá con cuidado, Lily, a menos que tu pasatiempo preferido sea llorar y llorar hasta que tu corazoncito se haga mil pedazos".

Se había prometido no llorar por ningún hombre. Se había propuesto no confiarle todo su ser a algo tan vulnerable como el amor.

– Te equivocás, chica.

– ¿D—De nuevo…? – se sorprendió la pelirroja, volteando para encontrarse de nuevo a las musas.

– Seguís negándolo... Pero te tenés que dar cuenta que lo que negás es lo que sos, y cómo te sentís. – las cinco la rodearon, haciendo los mismos gestos con las manos, en completa sincronía.

Como nota al margen, y por más molesto que fuese lo que le decían, Lily tenía que admitir que era impresionante cuando todas hablaban al mismo tiempo.

– Y, linda… – dijo una – No estamos tragando ese cuento de que no lo amás.

– ¡Te vimos caer redonda, redondita en su trampa, en sus sonrisas…!

¡Como si vieran por completo tras ella! Como si fuese un libro abierto, y un mar de emociones. La chica comenzó a caminar para volver a donde estaba en el principio, bajando a las corridas las escaleritas, escapando (el alejarse físicamente no iba a hacer que los pensamientos se vayan, y ella era plenamente consciente de ello, pero era mejor que quedarse parada, vale aclarar).

– Es hora de que lo enfrentes como la chica crecidita que sos, Lily.

Le daba pánico cuestionarse cómo habían averiguado su nombre. Quiso preguntar, pero de nuevo hablaron todas al mismo tiempo y… era un espectáculo muy impresionante como para interrumpirlo.

– ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que lo estás, de que lo logró…?

– ¡Error! – gritó Lily, escondiéndose tras una columna, cruzada de brazos bajo el pecho – Ni loca, no lo van a oír, ¡no pienso decirlo, no!

Se dejó deslizar en el frío mármol hasta caer sentada en el suelo. La flor blanca que tenía en el cabello le rozó el hombro al momento antes de caer con gracia a la piedra fría del suelo.

– ¡Rendite! – dijo una de las musas, apareciendo de un lado de la columna.

– ¡Entregate! – agregó otra.

Lily levantó la flor y la sostuvo en la mano. Recordó el gesto socarrón del muchacho al colocársela y no pudo contener una sonrisa que se dibujó en su rostro.

– ¡Mirá esa sonrisa, por favor! ¡Nena, estás enamorada!

La pelirroja se incorporó y, apretando el tallo entre sus dedos, volvió a emprender la marcha.

– Lamento comunicarles que esa escenita no va a ser. No VOY a decir que lo amo, ¡no! Esto no es amor, no pienso aceptarlo.

No pudo evitar volver a entornar la mirada a la flor. Su paso, antes enojado, se aligeró.

– Fijate, estás casi dando saltitos. – acotó una, haciendo que la muchacha pare en seco.

– Leé nuestros labios, pelirroja, estás enamorada.

Las musas se movían ondeando sus togas, blancas como su piel y como, básicamente, todo el resto de su estructura. Parecían divertidísimas con la situación y eso, para la pobre adolescente que las escuchaba, era, por lo demás, irritante. Objetos de mármol inanimados parlantes tratando de darte lecciones de vida. Y que, como si fuera poco, tenían razón.

– ¡Están locas! ¡Fuera de sus cabales! – exclamó Lily, dejando caer la flor y tapándose los oídos para dejar de escuchar las verdades que la atormentaban – ¡Locas! No pienso decirlo.

Las musas rieron al unísono.

– ¡No se metan en lo que no les incumbe!

– Ay, niña… No seas orgullosa. – la siguieron, sonrientes. – Está bien que estés enamorada.

– ¡Que no… argh! – Lily se volvió a dejar caer en el borde de la fuente. Se sorprendió al ver allí a su lado la flor que había dejado caer hacía unos segundos en el otro lado del jardín.

Pestañeó y se estiró para tomarla. Jugó con ella unos segundos y rió con sinceridad, dejándose caer hacia un lado, acostándose en el borde de la fuente.

– Por lo menos en voz alta… – a la vez que hablaba, casi en un suspiro, la pelirroja no pudo ver el gesto triunfal de las musas – No voy a decir que estoy enamorada.

Y, como si nunca se hubieran movido de allí, las cinco estatuas iluminadas por la luz de la luna, sonrieron. Habían cumplido su cometido.