Bien, bien, antes de entrar de lleno al final, me muero de los nervios por saber si el final esta al menos pasable.

Aquí les dejo algunas canciones que utilice a lo largo del fanfic para darme ideas:

Do it again - Smash Mouth

It it what it is - Lifehouse

Believe - The Bravery

Y después de esto, un agradecimiento especial a liziprincsama por leer este humilde fic. Muchas gracias por leer, nena!

Y también gracias a quienes alguna vez dejaron review, a los Favs, a los Follows :)

Sin mas, los dejo con el final esperando sus comentarios, dudas, jitomatazos y hasta amenazas de muerte, jaja.


.o0o.

..

Capitulo 10: Ipswich

Ahora voy a convertirme en un fantasma. Voy a deslizarme a través de la oscuridad como una sombra. (Resident Evil)

.

.

Abrió los ojos de repente, y la pesadilla acabo en ese mismo instante. Conmocionado, Reid observo todo a su alrededor. Estaba en su casa, en su cuarto y todo estaba como lo había dejado. Se quito el edredón de encima y se sentó en la cama, llevándose las manos a los laterales de la cabeza. Cerró los ojos con fuerza tratando de olvidar aquel mal sueño. Mal sueño en el que se había colado cierta chica de cabello negro y ojos grises.

¿Qué habrá sido de ella?

Han pasado tres años desde la última vez que le vio, y, aunque su recuerdo ya no le afectaba tanto como antes, aún la extrañaba y deseaba verla de nuevo.

Recordó que día era; 12 de mayo, día del cumpleaños de Ada. Lo había olvidado, y ya era tarde. Se maldijo internamente y se apresuro a ducharse. Se vistió de ropa casual y salió de la residencia Garwin a gran velocidad. Ya estaba retrasado, seguramente Ada se enfadaría.

Cuando llego a la casa de Caleb, observo una pequeña multitud de gente, entre ellos niños sonrientes. Caleb de repente lo vio y se dirigió al rubio.

― Llegas tarde, hermano. –lo saludo el castaño con su característica sonrisa de ángel.

― Lo siento, de verdad. ¿Dónde está Ada? –inquirió Reid buscándola con la mirada entre las personas.

― Oh, ahí viene. –señalo Caleb.

― Tío Reid. –una pequeña niña de apariencia tierna y de cabello rubio llego corriendo a los brazos de Reid y éste la cargo. –Llegas tarde. –le reclamo enseguida.

― Pero he traído un buen regalo. –le aseguro el rubio.

― ¿El regalo es un amuleto? –pregunto la niña.

― No.

― Ada, silencio. –le dijo Caleb. –Lo siento Reid, vio una película de una tarotista y ahora quiere un amuleto. –explico.

― Lo conseguiré para ti. –prometió Reid solemnemente.

― Esta bien. –sonrió la niña.

― Ada, vamos. –la llamaban sus amigos, por lo que el tío Reid la dejo irse.

Caleb al ver a su hija correr entusiasmada, sonrió de manera aún más mágica de como solía serlo, y Reid lo observo. Por un momento sintió envidia de él, pues tenía a Sarah y hasta a una pequeña de 3 años, y juntos, los tres, eran felices y plenos. Si tan solo él al menos la tuviera a ella… A lo lejos también pudo observar a Pogue con su nueva novia; una loca que Reid no soportaba, y a Tyler, igualmente con novia, solo que ella era más recatada que la otra.

Sonrió.

Los hijos de Ipswich eran felices, excepto el más sexy de ellos; según él. Qué ironía.

Y aunque había tenido a lo largo de esos tres años propuestas muy interesantes (indecorosas) de parte de muchas chicas, a él simplemente no le llamaba la atención. De hecho, causo horror, pues se había puesto al día con los estudios y se graduó con buen promedio de Spencer, para sorpresa de muchos (y del casi infarto que sufrió su madre al enterarse).

Aprovechando que el instituto Spencer había ampliado su campus para acomodar algunas carreras de universidad, los hijos de Ipswich lo vieron como una opción fácil volverse a matricular en Spencer como universitarios, incrementando así su fama de galanes.

Caleb noto la expresión de Reid. Él no deseaba estar en esa fiesta, no porque le aburrieran las fiestas de los niños, mucho menos por Ada, sino porque había días en que el recuerdo de ella -los silencios que provocaba al hablarse de ella tan solo ocasionaron que su verdadero nombre pasara a segundo plano y se usaran solo apelativos – se hacía bastante presente, tan demasiado presente que dolía en alguna parte de Reid que él no reconocía ni mucho menos la Anatomía.

― Reid, hola. –llego Sarah radiante. –Tienes unas ojeras de muerte, deberías irte a dormir.

― Creo que tomare tu consejo. –rió Reid.

El rubio se mantuvo algunos minutos más en la fiesta cuando verdaderamente se fue. Llegando a su casa, la chillante voz de su madre le taladro la cabeza. Horror.

― Esta bien. –dijo Reid de mala gana.

Debía llevar a su madre a Haverhill, un poco lejos de Ipswich, a dejarla unos días porque quería visitar algunas amistades.

El rubio subió una maleta a su Hummer y después se hallo conduciendo por una carretera solitaria. Nadie viajaba en ese tiempo, era tiempo de tormentas veraniegas. A pesar de ello, solo una lluvia ligera se presento en todo el camino para Reid y su madre.

El atardecer sobrevino muy a tiempo.

Cuando llegaron a la ciudad de Haverhill, la Señora Garwin le indico a su hijo donde quedaba la casa de sus amigas. Reid le ayudo a bajar la maleta y, asqueado por los besos y los estirones de mejillas que le habían dado las amigas de su madre como si fuera un enclenque de 8 años, salió disparado a huir de esa casa de señoras cincuentonas.

Aliviado y más tranquilo, observo un anuncio de luces llamativas que decía "Tarot". Enseguida, el rostro de Ada vino a su mente y estaciono la camioneta un poco lejos del local esotérico debido a que no había muchos lugares para acomodarse.

Bajo de su camioneta y camino por la banqueta, sintiendo como la lluvia ligera persistía también en Haverhill.

Miraba distraídamente la otra acera hasta que algo le llamo la atención. Recordaba al padre de ella debido a que lo había visto en las fotografías de su casa fantasma y… debía estar alucinando, pues dentro de aquel auto negro de cristales transparentes podía observar al señor Libélula. Por cierto, ¿Cuál era su nombre?, se preguntaba, pues siempre se había referido a él como "Señor Libélula".

Sus pensamientos divagaban en eso cuando, por tener la cara absolutamente volteada hacia el auto negro, choco contra otra persona y se sobresalto un poco.

― Lo siento. –dijo Reid enseguida, recogiendo el objeto que había sonado y que se le había caído al suelo a la persona delante de él. Se agacho para recogerlo cuando vio lo que era… un collar delgado, al parecer de plata, con un dije mediano de una libélula.

Libélula.

Sintió como su corazón empezó a latirle con violencia. Una repentina tensión se hizo sentir en su cuerpo. Levanto la vista, temiendo el resultado, y miro quien era.

.

..

..

.

El sonido de un plato de vidrio quebrándose resonó en la cocina.

― ¿Segura que no quieres ayuda, Lula? –pregunto su padre por tercera vez desde la sala mientras veía la televisión.

― Estoy segura, papá. –contesto Bleed un poco enojada.

Su padre no estaba de acuerdo con ello, a este paso Bleed acabaría con la vajilla nueva.

― Déjame recoger los vidrios. –apareció su padre en la cocina viendo que Bleed ya estaba levantando los restos de vidrio.

― ¿Qué piensas? No voy a suicidarme en la cocina. –le aseguro, ofendida.

― Comprenderás que debo estar más al pendiente de ti.

― Papá, fue el auto quien me atropello, yo no me lance para que me atropellara. –explico desesperada de que, desde aquel día en que había saltado de un segundo piso, su padre la tratara como una suicida profesional, preocupándose por ella hasta por el más leve accidente, hasta logrando pensar que el accidente de auto en el que Bleed salió atropellada había sido propiciado por ella.

Y es que, la vida de Bleed se había vuelto muy accidentada hace tiempo. Ella parecía estar siempre en otro mundo. Su padre decía que se había vuelto distraída, aunque secretamente pensaba en el suicidio.

La realidad era que Bleed había abierto una puerta sensorial dentro de sí misma que le permitía ver cosas que no cualquier persona podía ver. Al principio, aquel "don" la había asustado, pero después de que pensó que algún día podría atravesársele el espíritu de cierto chico de Ipswich, la idea no le resulto tan mala.

Al recordarlo, al revivir algunos momentos que había pasado con él, se distrajo, se dejo llevar por la emoción y… otro plato cayó al suelo.

― Lula. –se quejo su padre.

― Fue el aire. –justifico la chica torpemente. –Haber papá, te dije que yo haría la comida, debes estar fuera de la cocina, debes darme espacio. Prometo que no me quitare la vida con el cuchillo de mantequilla.

― Gracias, pero valoro tu vida y la de la cocina. Te ayudare. –dijo y, por el tono, Bleed no renegó.

El primer año había sido el más difícil, por ende. Había llorado tanto que tuvo que estar fuera del estudio por un tiempo, tuvo que ir a citas con psicólogos, estuvo recluida en su nueva casa y no quería salir de la cama. La muerte de Reid la había devastado. No fue sino hasta que sucedió aquel fallecimiento cuando Bleed supo que no solo estaba enamorada de Reid, sino que… sí, tenía ese sentimiento por él. El solo pensarlo la hacía sonrojar.

El segundo año fue de recuperación, su padre; el señor Libélula y una psicóloga regresaron a la sociedad a una Bleed remendada, pero rota al final de cuentas. Adaptarse fue difícil, como nunca antes. En ese año, aunque sus compañeros de escuela eran buenos, Bleed se mantenía alejada de ellos. No quería amigos, no quería contar su vida y mucho menos que le contaran las de otros si muy apenas podía con la suya propia. Y aun siendo antisocial, saco aquel año de escuela adelante con bajas calificaciones pero aprobatorias.

El tercer año se había adaptado al fin. Estaba curada, pero la herida seguía ahí; la cicatriz nunca iba a desaparecer, había aprendido a vivir con ella y casi se había acostumbrado a su dolor.

Su padre no había cambiado de trabajo en esos tres años, sin embargo, había días o semanas en que tenía que salir fuera, dejando a Bleed con la psicóloga que le había contratado; la señorita Victoria. Esa mujer había sido como las muletas que Bleed necesitaba para seguir y se había desarrollado una necesidad en Bleed de que Victoria estuviera siempre a su lado hasta que, un día, Bleed despertó y dijo que ahora podría caminar por ella misma. Fue entonces cuando Victoria abandono la casa de los Libélula con una sonrisa llena de satisfacción por haber hecho bien su trabajo.

― ¿Vas a ir a verla? –pregunto Bleed en la mesa, haciendo que su padre casi se ahogara con su bebida.

― No sé a quién te refieres. –musito haciéndose el desentendido.

― Sabes perfectamente a quien me refiero. –sonrió con diversión.

― Lula…

― Vamos a visitarla. –suplico Bleed. –Ella dijo que éramos bienvenidos en su casa cuando quisiéramos ir. Además, en Haverhill… Victoria me platico de un local de una vidente…

― Lula, ¿de verdad crees en los videntes? Por favor, hija, esas personas solo le sacan el dinero a la gente.

― Son cuarenta dólares por su consulta, no es tanto. Te suplicare de rodillas, papá. Anda, visitamos a Victoria y de paso vamos al tarot. ¿Apoco tu nunca has sentido curiosidad? –lo amenazó.

― De acuerdo. –accedió y Bleed grito un sonoro "Yes". –Tomaremos un avión y luego rentare un auto alla.

Era un viernes, Bleed había terminado las clases y, como si fuera una gran aventura, Bleed y su padre salieron rumbo al aeropuerto de Little Rock, Arkansas. Su avión llego a tiempo y, rentando un auto, llegaron a Haverhill.

Se tuvieron que quedar un día en un hotel de la ciudad para descansar y al día siguiente visitaron a Victoria, quien los recibió encantada en su hogar. Era la primera tarde agradable que pasaba Bleed después de mucho tiempo, una tarde en la que el recuerdo de Reid no había aparecido, pues la imagen de verse a sí misma con su padre y Victoria platicando y riendo en la sala, tomando té y comiendo pastel, la había dejado maravillada. Había sentido como si tuviera una familia completa otra vez.

La despedida había sido inevitable, pero Bleed le prometió a Victoria que la visitarían de nuevo.

Cuando el auto pasó por el local de tarot al que Bleed quería ir, la chica ya no estaba muy segura de bajarse e ir. No por que tuviera miedo, el miedo lo conocía y hasta se había hecho amiga de él, sino porque de repente se dio cuenta de que su vida estaba reconstruida, de que el recuerdo de Reid desaparecería pronto, de que había llegado a un punto en que tenía que escoger si quedarse sufriendo con el recuerdo de Reid o mirar hacia adelante y ver que pronto, Victoria sería su nueva madre y tendría una familia que siempre quiso.

― Lula. –su padre la llamo, sacándola de su ensimismamiento. – ¿Iras?

Bleed lo observo.

― No sé.

Reid o su estabilidad. Reid o su estabilidad. Reid o su estabilidad.

― No sé qué debo hacer papá. –confesó.

Su padre no debía opinar en ello. Era una decisión solo de Bleed.

― Arranca. –dijo Bleed decidiendo por su estabilidad. El señor Libélula avanzó. En el camino, Bleed observaba por la ventana, las casas hermosas de Haverhill, las personas, una iglesia imponente.

Pero enseguida, una inseguridad la invadió. Algo en su interior le decía que debía ir a ese local de la tarotista-vidente, que si no iba, se arrepentiría de ellos.

― Regresa. –musito Bleed de repente.

El auto disminuyo la velocidad y regreso al local, estacionándose en la acera contraria.

Bleed bajo enseguida. Cruzo la calle con cuidado, no quería que la volvieran a atropellar y su padre la acusara de suicida. Asegurándose de que no venía ningún auto, cruzo la calle y camino por la banqueta. Sujeto con fuerza el collar que le había regalado Victoria un par de años atrás. Lo estiro para quitárselo y lo apretó con su mano, buscando obtener fuerza de él. Miraba hacia el suelo, sin querer levantar la mirada, caminaba rápido, quería acabar con todo eso y regresar a Little Rock.

Pero el destino se había encaprichado en ellos.

Choco contra una persona debido a estar tan abstraída de la realidad. Su collar de libélula cayó al suelo y resonó ligeramente.

― Lo siento. –dijo enseguida una voz que creyo haber olvidado. No podía ser verdad lo que veía. El muchacho se agacho para recoger el collar que se había caído al suelo.

Bleed lo vio con una combinación de emociones. Terror, pánico, horror, incredulidad, miedo (ahora el miedo ya no era su amigo), angustia, tristeza… y de repente…

El rubio se levanto, observándola con los mismas emociones de ella. Las manos de Bleed empezaron a temblar y sus ojos estaban abiertos a su máxima expresión viendo a un muerto.

― Reid. –su voz también tembló.

― B… Bleed. –pronuncio su nombre después de tanto tiempo.

― ¿Eres… un fantasma? –preguntó dejando a Reid mas en shock de lo que ya se encontraba.

― ¿Qué? –fue lo único que Reid atino a decir.

― He estado esperando… por tanto… tiempo… –unas lagrimas salieron de su ojos. – ver tu espíritu.

―Oye, aguarda. –la detuvo Reid de inmediato. –No soy un espíritu. Yo estoy vivo, Bleed.

― No. –negó Bleed. Claro, no iba a aceptarlo tan fácilmente después de haber pasado tres años en los que la muerte de Reid era su cruz. –No, tú estás muerto. –lloró aún más, conmocionada.

― No… -Reid no supo que decir. Sus ideas se habían extinguido. ¿Qué debía hacer exactamente? Bleed estaba llorando y mucho.

Ella lo miraba aterrada.

― ¿Lula? –llego su padre corriendo hacia ella en el preciso momento en el que la conciencia Bleed se desvaneció.

Reid observo al padre de ella preocupado, tratando de que su hija despertara, llamándola por su nombre. El rubio vio todo lo que le había causado a Bleed. Se sintió culpable.

― Oye chico. –le hablo el señor Libélula. –Quita esa cara de miedo, solo esta desmayada, no muerta. –le sonrió de medio lado.

Aquello dejo sorprendido a Reid. Esperaba que su padre le gritara de cosas, lo corriera del mismo mundo por volver a la vida de su hija, pero no. Definitivamente los Libélula eran raros.

.

..

..

.

La escena era de lo más excéntrica para Reid. En la sala de espera del hospital general de Haverhill estaban solamente el señor Libélula y Reid. El rubio de ojos azules se sentía por primera vez en su vida, intimidado por la presencia del señor. ¿Y si le llegaba a preguntar algo? ¿Cómo debía responderle? Ni siquiera se sabía el nombre de él.

A lo lejos, unos pasos fuertes y decididos (enojados también) resonaron por el pasillo solitario.

― Lula ya viene –le advirtió a Reid el señor Libélula. –Y está furiosa.

Enseguida apareció una Bleed efectivamente furiosa caminando peligrosamente hacia Reid.

― ¡Explícame porque te hiciste pasar por muerto y ahora regresas como zombie! –grito sin importarle que estuvieran en un hospital.

― Iré a pagar la cuenta. –se excuso el señor inteligentemente, huyendo de la posible guerra que se desataría en la sala de espera, despareciendo por un pasillo.

― Yo no estaba jugando al zombie, mucho menos al muerto. –musito alejándose un poco de Bleed por su seguridad.

― ¡Te moriste aquel día! ¡Deberías estar muerto justo ahora, Reid Garwin!

― Es obvio que no estoy muerto, ¡intenta creerlo! –exclamo ahora enojado también.

― Disculpa que no pueda creerlo después de mentalizarte como muerto por tres años. –reclamo con sumo sarcasmo.

― No lo hubieras tenido que mentalizar si al menos no te hubieras ido a vivir a Marte.

― ¿Me buscaste?

― ¡Por supuesto! ¿En dónde demonios te metiste? Nunca pude ubicarte. ¡No tienes celular, no tienes facebook, ni twitter ni nada, deberías intentar ser más normal, Bleed Libélula!

― ¿Ah? ¿Ahora tú me estas reclamando? –se ofendió. –Yo soy la victima aquí.

― ¡Yo soy el afectado, Bleed!

― Reid eres tan…

― Bleed, bleed, bleed –la detuvo. – No quiero estar peleando por esto, el caso es que estamos aquí, vivos.

― Eres un idiota. –musito aún furiosa.

― Lo sé. –dijo Reid rápidamente y no le dio tiempo de que pensara en otra cosa cuando la beso de sorpresa. Bleed no recordaba que el maldito besara tan bien y cayó en sus redes como hace tres años lo había hecho.

Estaban tan enfrascados en su momento cuando de repente fueron golpeados por el bastón de una anciana enfermera.

― Vayan a un hotel, descarados, ¡el infierno los castigara por indecentes! –vociferaba la vieja haciendo reír a Reid, quien tomo la mano de Bleed estirándola hacia la salida del hospital.

― Explicame como es que sobreviviste –le exigió Bleed una vez que estuvieron afuera. –Yo vi las noticias, en la casa del anciano habían muerto dos personas.

― Al igual que Sarah, te dejaste engañar por lo primero que viste. –le contesto Reid. –Si hubo dos muertos, pero fueron el anciano y Lucy.

― ¿Qué? ¿Pero cómo?

― La verdad fue que si estuve en peligro, pero el peligro es bueno para los chicos –guiño un ojo. –Lucy me apuntaba con el arma porque el anciano me tomo como rehén.

― ¿Y luego? ¿Qué rayos hiciste para salvarte?

― Olvidas que soy un hijo de Ipswich. –presumió. –Active mis poderes y desaparecí una parte de mi cuerpo pero… debido a eso ya no puedo utilizar más mis poderes.

― ¿Por qué?

― Si los vuelvo a utilizar…

― Morirás. –completo Bleed.

― No. –Reid la vio con los ojos entrecerrados. – Envejeceré abruptamente, y tú sabrás que este rostro no puede…

― Deja de halagarte a ti mismo. –sonrió Bleed levemente y poco después, al verla sonreír, Reid la imito. El rubio no había cambiado nada en esos tres años.

― La cuenta esta saldada. –apareció el señor Libélula, interrumpiéndolos. –Hora de regresar a casa, Bleed. –anuncio.

A Reid lo desconcertó aquello. ¿Irse? ¿Tan pronto? Pero si acababan de reencontrarse después de tres años.

― ¿Regresar? –dijo Reid distraídamente. – ¿En donde vives ahora?

― En Little Rock, Arkansas.

― ¿Tan lejos? –soltó Reid sorprendido. – ¿Entonces qué haces en Haverhill?

― Vinimos a visitar a una amiga. –fue el señor Libélula quien respondió.

― ¿Amiga? –le dijo Bleed mirándolo acusatoriamente de reojo.

―Amiga. –aseguro el señor mirándola con cara de "si dices algo más, te castigare". ― Vamos Bleed. –la apuro su padre.

― ¿Enserio ya te vas? –dijo Reid suplicándole con la mirada que no se fuera.

Bleed solo asintió.

― Ahora vivo en Little Rock, mi papa trabaja ahí ahora –distraídamente volteo a lo lejos a ver a su padre. –No puedo abandonarlo, Reid. Parece que ahora tendré la familia que siempre necesite.

Reid no supo que contestar. Ella no deseaba regresar a Ipswich.

― Claro. –asintió Reid ocultando su tristeza, su decepción. –Tal vez nunca fue nuestro destino estar juntos.

― Pero… me hare un facebook.

Reid sonrió ante su ocurrencia.

― Adiós Bleed. –musito Reid sabiendo que no había otra manera.

― ¡No! No quiero eso –dijo Bleed de repente. –No quiero que me digas adiós, ni tampoco quiero decirte adiós. ¡Rayos, Reid, esto es tan difícil! Quiero a mi familia, pero también te quiero a ti. –confesó Bleed sonrojada, pero feliz de que al fin decía las cosas que pasaban por su mente.

― De acuerdo. –sonrió Reid ampliamente, y eso no significaba algo bueno. –Esto es lo que haremos…

.

..

..

.

― Cielo, estoy tan feliz, has adelantado tantas materias que has podido entrar a la universidad sin problemas, y en el mismo año en el que debes estar. –sonrió Victoria que viajaba en el asiento de copiloto.

― Gracias, Vic. –musito Bleed con felicidad, aun no acostumbrada a llamarle "mama", viendo a través de la ventana del auto un imponente instituto.

― Ahora que serás una alumna internada –dijo su padre. –Debes mantenerte en contacto con nosotros todo el tiempo, Lula.

―Sí, papa. –arrastro las palabras, cansada de que a cada rato le dijera lo mismo.

Cuando llegaron frente al instituto, dejaron a Bleed en la puerta y ella bajo del auto con dos maletas.

― Adiós papas. –se despidió de ellos por la ventanilla, alejándose después.

― Buenos días, nueva alumna. –la saludo un muchacho fornido y de cabello medio largo, cargando caballerosamente las dos maletas que traía Bleed.

― Pogue. –lo reconoció inmediatamente, y sonrió al verlo. –Que gusto verte.

― Igualmente. –asintió, caminando junto a ella. –La universidad de Spencer te encantara.

― ¡Bleed! –le grito Sarah a lo lejos, corriendo como si fuera flash hacia ella, abrazándola fuertemente cuando llego. –Dios mío, ¡estas hermosa! Tengo tanto que contarte, oh cielo santo, debes conocer a Ada.

― ¿Ada?

― Mi hija y de Caleb. –contesto emocionada la rubia, sin dejar de sonreír.

― ¿Tienes una hija? –se asusto.

― Bleed, hola, bienvenida a Spencer. –la saludo Caleb llegando sonriente.

― ¿Cuándo tuvieron a su hija? –insistió en su pregunta, aun asustada.

― Hey, bienvenida Bleed. –se amontono Tyler también.

― Wo, esperen. –exclamo Bleed rodeada de gente. Estaba a punto de volver a preguntar por Ada cuando vio a Reid.

― Bienvenida a Spencer, señorita Libélula. –la saludo Reid fingiendo seriedad y elegancia, dándole su brazo para que Bleed lo tomara, alejándola de la pequeña multitud.

― Gracias, genio. –dijo cuando iban un poco lejos. – Estoy lista para enfrentarme a cualquier otro fantasma, o bruja, o demonio…

― Que bueno, todos esos monstruos son la especialidad de Ipswich. Menos mal que ya crees en lo que para muchos resulta imposible.

― Ni que lo digas.

― Oh Bleed, Bleed, ya lo presiento. -dijo en tono soñador. -Ahora que estarás como internada en Spencer, tu y yo nos la pasaremos muy bien. –le dirigió una mirada pícara.

― No sé porque, pero empiezo a sentir miedo. –bromeo ella con seriedad.

― Por lo que pude ver, Pogue cargaba tus maletas. –sonrió de medio lado. –Ese chico aún planea pelear por ti. Esto será divertido.

― Reid, nunca vas a cambiar.

― Lo hare en su momento, lo prometo. –musito sonriendo, dejando en duda si lo que había dicho era verdad o broma.

― Bueno, deberíamos ir ya a clases. –Bleed verifico su reloj de mano.

― ¿Deberíamos? –dudo Reid mirándola con complicidad.

Bleed le miro reprobatoriamente.

― Oye, por cierto, ¿Cómo se llama tu papa? Nunca te lo he preguntado.

Bleed sonrió.

― León Libélula.

Reid sonrió también. Al fin, después de tantos años, sabía el nombre de su futuro suegro.

Bleed Libélula ahora era fiel creyente de lo sobrenatural, y si Reid estaba con ella junto con su padre y Victoria, ella estaría bien. No podía asegurar que algún otro problema se fuera a presentar en su vida, pero ahora se sentía mas fuerte, y estaba segura de que fuera el problema que fuera, lograría superarlo.

Mientras caminaban a una segura clase aburrida de Química por los viejos pasillos del instituto Spencer, Bleed observo a un niño fantasma pasar a su lado y lo miro de reojo. El niño le sonrió, y ella también.

Ella sabe que los hechos sobrenaturales seguirán pasando, pero también sabe que ya no esta sola.

FIN