Título: Suena como un crimen

Fandom: Harry Potter

Pairing: Harry/Draco, menciones de Blaise/Draco y Draco/Cho

Rating: NC-17

Género: drama, policial

Palabras: 4040~ (47K todo el fic)

Advertencias: gore, violencia, mención no profunda de cont. hetero y slash.

Beta: kaiserin-t, sirem

Resumen: Draco Malfoy tenía su vida completamente decidida, sabía a lo que aspiraba, cómo manipular a la gente y lograr tener lo que merecía luego de años de trabajo duro. Quizá eso no sería suficiente.

Notas: Este fic demoró más de tres años en ser completado. Mucha gente lo leyó en un intento de ayudarme a formarlo, y muchas influyeron en que fuera capaz de terminarlo. Quiero darle las gracias especialmente a kaiserin-t y loyle quienes me acompañaron a cada momento que lo necesité, así como a todas las personas que cuando pedí consejo o apoyo con alguna escena o un bloqueo, me dieron sus palabras para seguir, mención especial para .tou y para krispysly. Un besote grande a todas ustedes!


Asesinato en la Mansión Malfoy.

Por C. Moldrag

La mansión Malfoy nuevamente se ha teñido de sangre inocente, y la culpa recae sobre la reconocida familia con diversas asociaciones a lo largo de la historia con magos y magia oscura. El horrible asesinato del actual ministro de magia durante la madrugada de este domingo ha causado un gran impacto en la comunidad, considerando el poco tiempo que llevaba en su cargo, así como por el gran carisma que Frank Dipson tenía al interactuar con la gente y lo cruento del ataque. Queremos informar que el cuerpo de Aurores se está haciendo cargo del asunto, y que el principal sospechoso —Draco Malfoy —está detenido, mientras se llevan a cabo las investigaciones pertinentes.

Más detalles de la página C2 a C5. Sobre los antecedentes de la familia Malfoy desde la Edad Media hasta la última guerra, de la página C6 a C8.

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Era de noche, y la fiesta se encontraba en todo su apogeo. Reconocidos miembros de la comunidad mágica conversaban mientras bebían de las finas copas de champagne, riendo sobre quién había hecho qué, quién había asistido con quién o simplemente fraguando el futuro de la comunidad mágica.

La sonrisa en sus labios no podía ser más satisfecha.

Todo marchaba a pedir de boca. La gente estaba feliz y el alcohol corría abundante. Cada año conseguía que más personas se presentaran, incluso el ministro con su novia —a pesar de que era de conocimiento público que él mismo era el peligro número uno en su puesto del ministerio... y con ella —pensó con una mueca entre divertida y resignada.

En ese momento, la mujer le guiñó un ojo desde su posición entre los gruesos brazos del ministro, respondiéndole sólo con una ligera inclinación de su cabeza, sin sonreír, aún algo molesto por su actuación hace un par de días. Cho Chang había conseguido de forma muy hábil transformarse en la novia del nuevo ministro —quién había reemplazado a Shacklebolt hace un par de años —y tenerlo comiendo directamente de su palma, pero al parecer la mujer aún no se daba cuenta que él no era un idiota como el Ministro.

Una leve risilla lo distrajo de sus pensamientos, observando brevemente a la bruja rubia a su lado antes de desviar la mirada hacia el resto de los asistentes.

—Aún no me creo que esa haya logrado engatusar al Ministro con tanta facilidad —el susurro despectivo de Astoria Greengrass mientras bebía de su copa lo hizo sonreír, sabiendo lo mucho que la rubia detestaba a la otra mujer—. Y me sorprende aún más que trate de coquetearte, ahora que se rumorea que vas a ser su futuro reemplazo.

—Lo siento, querida Astoria, pero los encantos naturales de Draco Malfoy atraen a cualquier persona, sin necesidad del título de Ministro —fue la respuesta, mientras sus labios bebían champagne, sonriéndole pícaro, disfrutando con el ligero sonrojo en las mejillas de la bruja. Relajándose, su mirada se perdió un momento viendo a toda esa gente en el salón de fiestas de la mansión. Un leve escalofrío lo recorrió, al recordar todo lo que tuvo que trabajar para recuperar lo suyo.

Nueve años habían transcurrido desde el final de la guerra, y hacía siete que trabajaba como un elfo doméstico para el Ministerio, en el Departamento de Economía y en ocasiones para el Departamento de Cooperación Mágica Internacional. Siete duros años de aguantar las pullas, los prejuicios. De limpiar poco a poco el honor de su apellido para que fuese nuevamente aceptado por la comunidad mágica, con leyes que impulsaban a eliminar las diferencias de clases y demás cosas poco Malfoy, como decía, en su momento, su padre.

Pero todo había valido la pena. Estaba a pasos de ser el nuevo Ministro de Magia —gracias a las buenas relaciones que logró tener con los miembros del Wizengamot y de su excelente trabajo para el Ministerio —y de volver a tener todo el esplendor del que alguna vez su familia gozó.

—Joven Malfoy... —una anciana, de sonrisa torcida agarró su brazo duramente, alejándolo de todas sus fantasías, sujetando también a Astoria, mientras los arrastraba hasta el otro lado del salón—. No puedo evitar felicitarlo por la fiesta, cada año mejora más. Sin dudas, es un excelente anfitrión, como los Malfoy en su mejor tiempo —el leve asentimiento del rubio hizo sonreír complacida a la mujer, mientras llegaban a un pequeño grupo de ancianos.

— Damas, caballeros —saludó con una leve inclinación, todos contestando de forma similar—. Me alegra que hayan podido acudir, su presencia hace que más gente se interese en asistir...

—... Y así, reunir más fondos para todas esas obras benéficas que auspicia —interrumpió un anciano de larga barba plateada, sus espesos bigotes levemente alzados, dejando intuir la sonrisa de sus labios.

—Me parece loable todo este trabajo. Si al menos más personas se interesaran en hacer cosas así —murmuró otra mujer, de brillante pelo negro, dando una disimulada mirada al Ministro, quien sonreía con las mejillas notablemente sonrojadas y un brazo alrededor de Cho.

En ese momento, se acercó a la conversación Daphne Greengrass, periodista estrella del Corazón de Bruja, de la mano de su futuro marido, un silencioso Eddie Charmichael, ex Ravenclaw y actual inefable.

—Buenas noches —saludó delicadamente, su pareja imitándola—. Supongo que hablan del tema de la noche —insinuó dándole una mirada fría al Ministro. Los ojos de las mujeres se iluminaron ante la posibilidad de saber algo nuevo sobre la pareja más comentada por todas las revistas, dada la diferencia de edad —casi veinticinco años —y porque se rumoreaba que Chang sólo estaba con él por el dinero y la fama. Atrayendo la atención con un carraspeo, explicó:—. Me comentó Marietta que, al parecer, el ministro Dipson firmó un jugoso seguro de vida y la beneficiaria sería nuestra querida Chang —en ese momento, mientras se oían algunas agudas inhalaciones, Draco pudo entender la sonrisa que toda la noche había tenido Cho en el rostro.

—No puedo creer que exista alguien más ciego que él —siseó la mujer de pelo negro, venenosa.

—Astrid, querida... no es ceguedad, es estupidez —dijo la anciana de sonrisa torcida, sus ojos celestes brillando con humor negro—. Aún no entiendo cómo los demás del Wizengamot pudieron querer a este alcornoque de Ministro. Esa votación estuvo tan reñida... —siseó con un deje agrio, entrecerrando los ojos al observar a algunos de esos colegas al otro lado del salón. Era la imagen perfecta de lo que su madre llamaba "Nuevos", nuevos ricos, nuevos en el poder, nuevos respecto a la magia. Un grupo de media sangre e hijos de muggles, que a través de la última guerra habían logrado algo de poder, pero que definitivamente se les haría demasiado grande para sus manos en un par de años, donde terminarían uniéndose a las familias correctas o luchando contra la corriente. Retornando su atención a la bruja, se fijó en que la mirada que les daba era exactamente la misma que su madre, sintiéndose un poco más identificado con las personas que lo acompañaban—. Y pensar que es capaz de creer que una mujer como Chang va a fijarse en alguien como él, sin tener algún interés escondido —agregó, haciendo que la mirada de todos se clavara en la figura del Ministro. Era un hombre algo mayor, una ligera panza asomándose bajo la túnica esmeralda, y una incipiente calva entre los mechones grisáceos. El sonrojo era mayor en estos momentos, incluso su nariz estaba colorada, la copa de vino balanceándose precariamente entre sus dedos.

Draco no pudo evitar fijarse en el nuevo guiño que Cho le daba, mientras las mujeres seguían hablando de Dipson. No es tan mala idea pasar un buen momento, pensó, disculpándose con el grupo y acercándose lentamente a la puerta que daba al pasillo secundario del salón, su mirada fija en la oriental. Después de todo, aún no llegaba Blaise para entretenerse un rato, y ya estaba aburrido de las conversaciones insípidas.

Mientras salía, pudo oír perfectamente el sonido de los tacones contra el mármol del piso.

~.~

—Harry... por favor, ya deja de mirar a Cho, es algo incómodo —susurró Ron, mientras sacaba algunos bocadillos de una bandeja.

—Lo lamento, Ron, pero es que no lo puedo evitar. Detesto pensar que sea una cazafortunas y que en algún momento me atrajo —a pesar de eso, se volteó y dejó de mirar en esa dirección, obedeciendo a su mejor amigo.

—El problema sería que te siguiera gustando —bromeó Ron, tomando algunos bocadillos—. Maldito hurón... ¿Por qué todos los años debe tener tan buena comida? —gruñó saboreando un canapé de camarones. Mientras Harry sonreía resignado, se acercó otro pelirrojo, quedando junto a ellos.

—Buenas noches Harry, Ron —saludó Percy Weasley, secándose levemente una fina capa de sudor de la frente. Una sonrisa interna le hizo recordar a Harry que había cosas que no cambiaban con el tiempo, como las estiradas maneras del pelirrojo.

—Hola Percy —contestó Harry, mientras Ron hacía un gesto con la mano tratando de tragar al mismo tiempo, pasando por alto la mirada reprobatoria de su hermano.

—No puedo creer que Malfoy haya logrado que este año asistiera aún más gente a esta fiesta que el año pasado —la sonrisa de Harry flaqueó levemente al oír el tono despectivo en la voz del otro. Percy estaba obsesionado con Malfoy, desde que se corriera el rumor de que iba a ser el próximo Ministro de Magia. Y aunque reconocía que a él le irritaba en algún lugar escondido en su pecho imaginarse al rubio en ese puesto, no era nada en comparación con lo que le molestaba al pelirrojo, quien siempre había aspirado a eso.

—Ya sabes —murmuró tomando un trago de su vaso—. Es el evento social del año. Sin contar con que invita a toda la aristocracia y a los miembros del ministerio.

—Es sólo una tapadera para conseguirse el favor de las personas, del Ministerio y el Wizengamot —respondió Percy, levemente sonrojado—. Después de todo, es de conocimiento público cuánto desea tener el puesto de Ministro —Y que está a punto de conseguirlo, ¿no?, pensó Harry.

—Bueno, el favor del Wizengamot ya lo tiene —murmuró el moreno, viendo al rubio junto al grupo de ancianos que formaba parte del Consejo.

—Y eso que no oíste la última broma de George sobre todo esto —se rió Ron, recordando la broma sobre el pasado mortífago del rubio, diciendo que, aunque en la guerra no fue capaz de matar a nadie, no tendría problemas en matar al Ministro y quedarse con su puesto —y de paso, si se le antoja, con su novia —dadas sus ansias de mejorar su apellido.

El rostro de Percy palideció un poco al oír eso, murmurando algo sobre gente que definitivamente no sabía hacer bromas y, con gesto afectado, se despidió, desapareciendo entre los otros grupos de gente.

—Es sólo una bromita —murmuró Ron, tomando un poco de hidromiel—. Lo que sí es cierto, porque todas las secretarias lo comentaban ayer —le susurró discretamente a Harry—, fue que habían visto a Cho prácticamente tirarse sobre el hurón el otro día, después de la reunión mensual del Departamento de Economía —cuando las palabras abandonaron su boca, se dio cuenta de la estupidez que había dicho. El moreno estaba tenso como una cuerda de arco, listo para salir disparado y huir del lugar. Un latigazo de culpabilidad lo hizo agregar de inmediato—. Lo siento, compañero... maldición, no quise decir eso...

—No te preocupes —masculló Harry, terminándose de un trago su vaso de whisky de fuego añejado, depositándolo con más fuerza de la necesaria sobre la mesa—. Es la verdad, yo también oí a las secretarias —un nuevo vaso apareció junto al vacío, tentándolo a bebérselo tan rápido como el otro—. Y bueno, también los vi —susurró, recordando la situación. Malfoy estaba contra una pared y Cho casi aplastándolo, cuando el rubio le dio una mirada penetrante a la oriental y se separó de ella, muy campante, dejándola sola. Un escalofrío había recorrido su espalda al ver esa mirada tan fría, algo apretándose en su estómago como hace tantos años atrás.

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Los gemidos de Cho llenaron sus oídos, mientras daba las últimas embestidas al delgado cuerpo. Un gruñido bajo y primitivo abandonó su garganta cuando alcanzó el orgasmo, estremeciendo a la oriental.

Luego de unos segundos, con un gesto autómata, se separó de ella y, agitando su varita un par de veces, quedó casi tan impecable como al principio. Claro, excepto por el pelo algo desordenado, y el leve brillo satisfecho de sus ojos.

Chang por su parte, tenía el lindo vestido plateado vaporoso enredado en su cintura, su pelo negro estaba totalmente desordenado y una mueca confundida inundaba su rostro.

—¿Dónde vas? —la pregunta flotó unos momentos, hasta que la voz del rubio rompió el silencio, saboreando cada palabra que dejaban sus labios.

—Eso no es de tu incumbencia, sólo fue un polvo... nada más, Chang —con una leve sonrisa salió del despacho, complacido de matar dos lechuzas con un Avada. Se sacaba por fin a Chang de encima y pasaba un buen momento.

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Se sentía agotado. Deseaba que pronto la gente empezara a retirarse y convencer a Ron de marcharse cada uno a su casa y llegar por fin a su cama. La semana había sido de perros, con la orden de pasar en limpio casos que estaban desde hace años amontonados, juntando polvo. Todos los Aurores habían tenido que trabajar en ello, y ahora lo único que quería era llegar a su casa, darse una ducha y dormir hasta el otro día.

Con una mirada, comenzó a buscar al pelirrojo, decidido a marcharse en ese momento. Cuando lo encontró, empezaron a sonar las bellas campanadas de algún reloj de la mansión, anunciando las doce de la noche.

—¿Qué sucede Ron? —preguntó preocupado Harry, al ver el rostro sonrojado de su amigo, incluso sus orejas estaban coloradas, y la expresión mortificada que traía.

—Nada —susurró, sacando un vaso de whisky de una bandeja, y tomándoselo de un solo trago—. De verdad, nada... —gruñó, al ver los ojos verdes preocupados, esquivando la mirada.

Las campanadas acababan de finalizar, cuando un grito penetrante se oyó desde uno de los pasillos que llevaba a otro salón.

Ágilmente, Harry corrió entre las personas que se comenzaban a arremolinar asustadas y confundidas. Sabiendo que Ron lo seguía de cerca, se aventuró por el largo pasillo, varita en mano, revisando cada una de las habitaciones. Un escalofrío lo recorrió cuando se fijó en que se acercaban al comedor que fuera el lugar de reuniones de Voldemort, el recuerdo golpeándolo como un balde de agua fría.

De un empujón, abrió las anchas puertas, quedando algo espantado de la cruenta escena.

—Merlín Bendito… —jadeó, sujetando el marco de la puerta, impresionado.

El cadáver del ministro de magia estaba boca abajo sobre el suelo, como si hubiera sido arrojado luego de morir, con un gran charco de sangre a su alrededor, humedeciendo su traje esmeralda y empapando algunos mechones de pelo, pegándolos a su piel, la mirada horrorizada en su rostro, con la vista perdida y sus ojos nublados. Con pasos cuidadosos, evitando pisar algo que pudiera ser evidencia, se acercó, sintiéndose repelido por el olor metálico en la habitación, alcanzando a ver los cortes irregulares que recorrían prácticamente todo el cuello del mago. A simple vista, parecía que fue utilizado un cuchillo y, por los numerosos cortes, para el asesino no había sido fácil matarlo. Realizando el hechizo diagnóstico rutinario para determinar una muerte, apretó fuertemente los ojos al confirmar lo obvio, sintiendo el peso de la muerte del ministro en sus hombros.

Con un rápido gesto al pelirrojo, éste hizo un hechizo de fijación permanente a la habitación, para evitar que alguna evidencia se pudiese perder.

Pero fue cuando oyó nuevamente unos hipidos casi histéricos, que notó realmente a Cho arrodillada cerca del cuerpo, mirando la escena con los ojos casi fuera de sus cuencas, su vestido con algunas manchas de sangre y sus manos impregnadas en el líquido carmesí.

—Frank... Frank —llamó roncamente, seguro el grito le había dañado la garganta, llevándose una mano a la cara, manchándose sin fijarse, mientras algunas lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Aún antes de darse cuenta, la mujer se había acercado con pasos temblorosos, hasta tomar el cuchillo que probablemente era el arma homicida, como sin creerse que eso había matado a alguien, una mezcla de incredulidad y asco en sus facciones, dejándose caer de rodillas junto al cuerpo, empapándose en sangre y abrazando el cuerpo del que fuera su pareja.

—¡Detente! —fue la orden de Ron, reaccionando a la situación, quién, con brazos fuertes, tomó a la delgada mujer y la arrancó del lado del cadáver, haciéndola soltar el cuchillo de la impresión, cayendo éste de inmediato en el mismo lugar donde había estado antes de ser tomado.

—¡No! ¡Suéltame! –gritó incómoda, revolviéndose dentro del agarre del Auror, mirando horrorizada la sangre que manchaba su vestido. Un eficaz desmaius terminó con todo el escándalo.

—Joder, todo esto va a ser una mierda —murmuró Ron, dejando a la mujer sobre un diván que había junto a la pared—. Voy a ir a calmar los ánimos en el salón, deberías llamar por refuerzos... así como está todo no podremos dejar que nadie se vaya.

—Sí... todos son sospechosos... —con un gesto de su mano hizo salir del lugar a Ron. Su vista recorrió los objetos en el lugar que claramente eran algún tipo de prueba. Con un hechizo levitó el cuchillo, notando que era uno normal de cocina, aunque poseía el emblema Malfoy en un extremo. No quisiera estar en los zapatos de Malfoy en los próximos días... y probablemente semanas. Ni en los de Cho.

En ese momento, y como por arte de magia, el rubio dueño de casa apareció en la puerta, junto a un moreno, alto, que recordaba vagamente del colegio. Trató de pasar por alto el hecho que iban de la mano, mientras depositaba nuevamente el cuchillo en el suelo.

—Mierda —fue la primera palabra que ambos pronunciaron, al ver el cuerpo del Ministro y a Harry Potter junto a él, con esa mirada de tienes serios problemas en los ojos. —Joder, ¿Qué es todo esto? —susurró Draco, entrando al lugar, separándose del moreno.

—Malfoy, lo mejor es que te detengas ahí. No conviene que nadie entre aquí —susurró Harry—. Todos los presentes en la fiesta son sospechosos, y esta es la escena del crimen —avanzó un par de pasos hasta la chimenea que chisporroteaba alegre en el salón . ¿Está conectada a la red Flu? —el rubio sólo cabeceó levemente, haciendo suspirar a Harry—. Antes de que salgas de aquí, debo decirte que lo mejor para ti es que te quedes junto a mí. Y, si es posible, que hagas que tus elfos dejen libre algún lugar de la mansión que podamos usar como sala de interrogatorios. Es mucha gente para llevarla a toda al Ministerio —aclaró Harry, inclinando ligeramente la cabeza mientras observaba atento las reacciones de Malfoy.

El rubio estuvo a punto de soltar un comentario mordaz, cuando cayó en cuenta de la mirada seria del otro. Sólo estaba siendo amable. Seguro que hasta lo consideraban sospechoso.

—Bien —masculló. Con un tronar de dedos, hizo aparecer a un elfo, que se inclinó en señal de respeto—. Dipsy, por favor, prepara el despacho del primer piso para que los Aurores puedan usarlo libremente, así como el salón de té que se encuentra cerca —el elfo abrió sus grandes ojos azules, mirando por un momento al muerto, con una expresión ausente, como si fuera normal ver ese tipo de cosas.

—Como diga amo. ¿Debo limpiar todo este estropicio? —preguntó en tono bajo, tratando de no mirar a Harry, quien hablaba por la chimenea.

—No —resopló Draco, irritado—. Debes dejar todo tal cual como está ahora, y vigila que nadie salga de la mansión. También quiero que traigas la lista de personas invitadas que está en mi despacho. Ahora vete —con un ¡pop! el elfo desapareció—. Joder... qué voy a hacer —murmuró cansado. Podía ver como todo lo que anhelaba empezaba a desmoronarse bajo su toque.

—Shhh, tranquilo —susurró Blaise, deslizando una mano por su cintura, atrayéndolo contra su cuerpo y besándolo antes de poder reaccionar. Sus labios respondieron suavemente a la caricia, sintiéndose algo más relajado por saber que tenía a un amigo a su lado. Un carraspeo lo sacó de sus asuntos, sólo para ver a un sonrojado Potter mirarlo de forma extraña.

—Retira tus protecciones, para que puedan entrar los Aurores que están comenzando a aparecerse alrededor de la mansión —dijo secamente, su ceño fruncido.

—Está bien —dijo tranquilo, sin tomar en cuenta el cambio de ánimo del Gryffindor. Si éste se perturbaba con un simple beso, no era responsabilidad suya que fuera un santurrón, ni se iba a alterar aún más por ello. Con un fluido movimiento de la varita del rubio, Harry pudo sentir como las barreras desaparecían lentamente.

Un nuevo ¡pop! atrajo la atención de los hombres, apareciendo Dipsy con un largo pergamino enrollado en sus pequeñas manos.

—Amo, aquí está la lista, señor —dijo, con una larga reverencia, entregándole el rollo a Malfoy. Luego, con una mirada agria a Harry, agregó—. En la puerta hay un grupo de Aurores perdidos ¿Dónde los llevo? —Blaise no pudo soportar el intercambio entre el elfo y Draco, soltando una risita divertida. Draco sonrió un momento, antes de contestar.

—¿Al despacho, Potter? —preguntó Draco, aún con rastros de la sonrisa en su rostro. Harry sólo asintió una vez, para luego dirigirse a la puerta—. Al despacho que arreglaste, Dipsy —le ordenó; con eso, el pequeño elfo desapareció nuevamente. Girándose, pudo ver que Potter lo esperaba para que lo guiara al lugar—. Bien, vamos —dijo, poniéndose tenso nuevamente. Por un momento, la capacidad de abstraerse de su alrededor había vuelto, olvidando el cuerpo tirado sobre el parqué, al igual que cuando lo debía hacer, para aislarse de todas las torturas y atrocidades que ocurrían en la mansión en los tiempos de la guerra. Pero, al pasar junto al que fuera el ministro de la comunidad mágica, todos esos malos recuerdos volvieron con fuerza, sintiéndose asqueado de la sangre que nuevamente manchaba la impoluta madera de la casa de su familia.

—Tranquilo, ya verás que todo saldrá bien —murmuró Blaise, mientras caminaban rumbo al despacho—. Y si no, buscaremos a los mejores investigadores para...

—Lo siento, pero no puedes venir... eres tan sospechoso como cualquiera, debes volver al salón —interrumpió Harry, antes de que Blaise pudiese decir algo más, los ojos verdes atravesando fríamente al moreno.

—Está bien —murmuró Blaise, una sonrisa ladeada en su rostro, levantando las manos en signo de paz—. Nos vemos, Draco —susurró, antes de tomarle la barbilla y besarlo lentamente, su lengua acariciando por un momento el labio inferior del rubio. Separándose, miró un segundo a Harry, haciéndole una seña, y se dio la vuelta, yéndose por el largo pasillo, tan sereno como si éste le perteneciera.

Draco siguió caminando en silencio, como si nada hubiese ocurrido, dejando algo atrás a Harry.

—No sabía que tuvieses novio —murmuró Harry. No sabía que fueses gay.

—No tengo novio —fue la respuesta sencilla.

—Pues no lo parecía —agregó Harry—. Lo digo por el tipo que te acompañaba. —aclaró, como si no fuera lo bastante obvio.

—Blaise es mi amigo —respondió con una mueca burlona. Al ver la mirada incrédula del moreno, sonrió, un brillo descarado en sus ojos—. Que lo seamos no significa que no podamos tener buen sexo de vez en cuando. Sobre todo, cuando tu amigo conoce todas las cosas que te gustan —antes de que el moreno pudiese darle un discurso moralista que no quería, frenó junto a una gran puerta de madera oscura, el escudo de los Malfoy tallado en las puertas—. Aquí es —dijo serio.

No sabía qué era lo que podía salir de todo esto, pero, sinceramente... estaba asustado, aunque no lo admitiese nunca. Una muerte pendiendo sobre su cabeza no era cosa de bromas.

Definitivamente, no.

~~Continuará