Este es mi primer fanfic, así que por favor no seas muy duros conmigo. Todo tipo de reviews son aceptadas. Espero que lo disfrutéis.

Esta historia es Slash Izumi x Nishi (Vamos, yaoi). Si no te gusta, por favor no lo leas.

Disclaimer: Shion Izumi y Joichiro Nishi son propiedad de OKU HIROKA Works, así como gantz y todo lo que se refiere al mismo.

¡A leer!

Editado el 20/06/13, demás capítulos en proceso de edición también.


En cuanto acabaron las clases, Joichiro Nishi salió apresuradamente fuera del edificio. El sol brillaba entre pequeñas nubes blancas y, para cualquier otra persona, el clima resultaría increíblemente satisfactorio: brisa fresca, temperatura agradable y cerezos en flor. Para cualquier persona, pero no para Nishi. Realmente le daba absolutamente igual el clima pero, puestos a elegir, prefería un clima más frío. Además, le gustaban la impredecibles lluvias de verano.

Para empezar, aquel no había sido un gran día. Pero, realmente, ninguno de sus días eran buenos. Sus compañeros se metieron con él. De nuevo. Era su pan de cada día, intentando prestar atención en clase y pasar totalmente inadvertido, aún consiguiendo todo lo contrario. Sinceramente, no tenía ni idea de por qué a sus compañeros les agradase tantísimo meterse con él, si ni siquiera les dirigía la palabra. ¿Acaso era por su tamaño? ¿Sus notas, quizá? Aún así, Nishi era muy maduro para sus cortos 14 años de edad, y no caería en sus provocaciones. Todos ellos eran gusanos que ni siquiera merecían su atención. Algún día todos ellos tendrían su merecido.

Algún Día.

Sacudió la cabeza, intentando que todos aquellos pensamientos innecesarios se evaporasen tan rápidamente como habían aparecido. Apresuró entonces el paso; intentaría llegar cuanto antes a casa, aunque era más que probable que allí no encontrase algo mejor que en la escuela.

Suspiró.

Su madre ya habría salido del trabajo, seguramente. Su querida madre. Ella era lo mejor y única cosa que lo hacía mínimamente feliz. Su madre lo era todo para él. Su padre, abandonándolos cuando él era pequeño, los dejó completamente solos. Pero, en lugar de achantarse o venirse abajo, ella había sido logrado sacarlo adelante a duras penas, queriéndolo y ocupándose de él con toda su alma. Pero todo lo bueno dura siempre muy poco y, poco después apareció, ÉL.

Nishi era incapaz de comprender enteramente el porqué de los exagerados sentimientos de su madre hacia aquella cosa que poco tenía de persona. Implantando su ley con mano dura, entrando y saliendo de casa cuando le convenía, volviendo a casa a altas horas de la madrugada o sin volver siquiera. Todo aquel que osase llevarle la contraria mínimamente terminaría no siendo capaz de comer, andar o tenerse en pie sin hacer esfuerzos inhumanos para ellos; y su madre era la viva prueba de ellos, su frágil cuerpo adornado con patrones multicolores que variaban día a día; en lugares distintos, de forma distinta y propinados de distinta manera.

Y, aún siendo totalmente consciente de la gravedad de la situación, Nishi no podía hacer nada para remediarlo. Su madre clamaba y profesaba su amor eterno por aquel engendro día y noche, alegando que todo aquello no era más que la muestra de su amor, que no podría seguir viviendo si en algún momento le faltase, por mucho que tuviese a su hijo al lado.

Y todo aquello no hacía más que añadirse a la lista de cosas que el joven se callaba y que hacían que su estómago se retorciese de forma extraña. Pero no podía hacer nada. Él necesitaba desesperadamente a su madre. Su madre necesitaba aquel hombre. Por instancia, él también lo necesitaba. Por muy paradójico que le resultase a veces, la paz mental de su madre dependía de aquel hombre, aunque al mismo tiempo, él mismo fuese la cause de gran parte de su desequilibrio mental. Darle demasiadas vueltas sólo serviría como forma de auto tortura en aquellos momentos, por lo que se limitó a seguir andando por la calle para llegar a casa y ver a su mamá.

Esperaba encontrar a su madre descansando en el sofá, o preparándole una sabrosa cena. A aquellas horas aquel ser andaría metiendo fichas y gastándose el dinero en las traga perras, o, hablando de perras, con alguna de las muchas a las que se tiraba a espaldas de su madre. Por supuesto que Nishi lo sabía, pero no decía nada al respecto. No quería hacer más daño a su madre (si es que aquello era físicamente posible), y tampoco podía especular sobre cómo se lo tomaría en caso de que se lo contase. Si bien su madre podría considerarse "cuerda" (eso le gustaba pensar), dependía demasiado de se hombre psicológicamente. ¿Por qué no le era suficiente teniendo al lado a su hijo? Él la quería más que a nada, se encargaría de cuidarla.

Nada le salía como quería.

Por fin llegó a casa. No se escuchaba nada al otro lado de la puerta, señal de que aquel odioso hombre realmente no se encontraba allí. No reprimió una pequeña sonrisa y con un fuerte "¡Estoy en casa!" abrió la puerta, esperando encontrarse a su amada madre. Ella le preguntaría qué tal le había ido en el colegio, y Nishi le mentiría diciendo que le había ido muy bien, que había estado comiendo con sus amigos (cosa que no tenía) o charlando con ellos. Su madre le revolvería el pelo con cariño, o incluso le daría un beso en la mejilla y un abrazo, siempre y cuando su padrastro no estuviese delante.

Pero no obtuvo ninguna respuesta. Extrañado, entró en casa. La puerta estaba abierta, por lo que tenía que haber alguien allí dentro por fuerza. Su madre no era para nada tan descuidada, a pesar de los otros muchos problemas mentales que se le podrían echar en cara (A veces Nishi pensaba que si se pusiese a escribir todos en un papel se le gastaría el bolígrafo a mitad de camino).

La casa no era muy grande, así que no le llevo demasiado tiempo darse cuenta de que su madre no estaba allí. No, o si lo estaba, no daba señales de vida. Entonces, en un acto reflejo, miró por la ventana. Se extrañó al encontrar un muñeco de muy mal gusto colgando de su balcón, como si estuviese ahorcado. ¿Sus compañeros de clase habrían descubierto dónde vivía? Estaba tan bien hecho que a Nishi se le revolvieron las tripas y comenzó a encontrarse fatal.

No tenía ninguna gracia. En cuanto pudiese lo quitaría de allí. Comenzó a sentirse todavía peor. Si sus compañeros de clase habían encontrado su casa, estaba perdido. Quizás incluso lo pagarían con su madre. Nishi no quería nada de eso. Puede que, por una vez, aquel hombre fuese de utilidad y les diese a esos chavales una buena paliza, mucho peores que las que le daba a su madre. Así puede que sus compañeros le dejasen en paz. Se los imaginó llenos de golpes y ensangrentados, y súbitamente se sintió muchísimo mejor.

Decidió que lo mejor sería quitar el muñeco de allí antes de que su madre lo viese y le diese un ataque al corazón. No quería preocuparla. Cortaría la cuerda con un cuchillo o unas tijeras (cualquier objeto punzo-cortante le serviría) y dejaría el muñeco en la calle como si nada hubiese ocurrido. Fue a la cocina en busca del cuchillo. Rebuscó en los cajones y encontró un gran cuchillo de cocina. Relucía y repentinamente se le hizo verdaderamente atractivo. Podía ver su reflejo en él y tenerlo en su poder le hizo sentirse bien por unos momentos. Podría rajarle el cuello a su padrastro con el. Así nunca volvería a pegar a su madre. Así jamás la volvería a escuchar llorar. Ella ni siquiera tenía porque enterarse.

Cuando se disponía a salir de la cocina, cuchillo en la mano, reparó en una pequeña nota que había encima de la mesa, dirigida a él, que decía:

"Querido Jo-chan:

Siento mucho no poder despedirme de ti. Siento que ya no puedo más. Lo he visto Jo-chan.

Estaba con otra. Ya no me quiere, y yo no puedo soportarlo

Espero que salgas adelante y tengas una feliz vida sin mí.

Te quiere, Tu Madre."

Al principio no pudo (ni quiso) creer lo que veían sus ojos. Era completamente absurdo.

Pero si había la más remota posibilidad de que todo aquello fuese algo más que una estúpida y pesada broma de mal gusto... Entonces... Aquello que colgada de su balcón, era...

Se acercó corriendo a comprobarlo. Y allí estaba. Sus rodillas cedieron. Agarró tan fuerte el cuchillo que sus nudillos se pusieron blancos y un fino hilito de sangre comenzó a salir de su palma. Alguien gritó a lo lejos. Un horrible aullido de dolor se escuchó por todo el vecindario, y Nishi se asustó a causa de aquel agónico sonido. Hasta mucho tiempo después, Nishi no fue capaz de darse cuenta de que había sido él mismo quien había gritado.


Shion Izumi andaba despreocupadamente por las calles, de camino a casa, sin prestarle más atención de la necesaria a sus alrededores. Vivía sólo, y se podría decir que tenía todo cuanto un joven estudiante de 16 años podría desear:

Era alto, apuesto, fuerte, buenísimo en los deportes, sacaba notas inmejorables y el numero de chicas que se le declaraban a lo largo del curso no hacia nada más que aumentar de manera casi peligrosa.

Tonterías.

Vivía solo en un buen apartamento, en un barrio con reputación envidiable. Sus padres, orgulloso de él, le dejaban hacer su vida y no hacían nada más que elogiar su actitud las únicas dos veces que se veían durante el año, en navidad y un día durante las vacaciones de verano.

Más tonterías.

Todo era fachada. Izumi no se sentía para nada afortunado, por mucho que supiese que sus estándares de vida estaban muy por encima de lo que se esperaría de cualquier otra persona normal. Su vida era asquerosamente perfecta. Asquerosamente monótona. No tenía apenas que estudiar para sacar notas inmejorables, no tenía que esforzarse para ser el mejor deportista de su escuela, no tenía que trabajar duro para ganarse el amor y orgullo de sus padres, no tenía siquiera que arreglarse para encontrar una chica que fuese cerrada de mente y abierta de piernas, dispuesta a hacer todo lo que ordenase sin apenas molestarse en pensar lo estúpido de toda aquella situación. En el fondo, Izumi no tenía demasiada idea de cómo manejaras, demasiado lío mantenerlas contentas durante largos periodos de tiempo, por lo que tirárselas y desecharlas antes de que tuviesen tiempo a protestar era lo ideal.

Y no sólo chicas. Incluso había un par de chicos que sentían "algo más" que la habitual admiración o celos que solía despertar en la gran mayoría de ellos, aunque nunca había tenido ni la oportunidad ni las ganas de aventurarse a semejante cosa; si bien mentiría al decir que no se había planteado intentar ensartarla en "otro sitio" cuando algún compañero de clase llego a insinuarse, para probar. ¿Quizás tirarse aun chico daría menos problemas a largo plazo que hacerlo con chicas? De momento no tenía ninguna gana de intentarlo, verdaderamente.

Amigos tampoco le faltaban. Todo el mundo quería estar junto a él, aunque Izumi tampoco se molestase demasiado con todo aquello, le era bastante indiferente. No acostumbraba a salir por ahí con los muchos grupos de chicos que lo invitaban a jugar partidos o salir de fiesta con ellos; ni a los odiosos grupos de chicas que intentaran convencerlo para salir una tarde con ellas, ir al cine o "a lo que surgiese". Ninguno de esos patéticos personajes merecía su compañía, ni siquiera que le dirigiese la palabra. Todos eran absolutamente patéticos. No puedes acudir a Shion Izumi, él es quien acude a ti si quiere algo jamás al revés, o serás educadamente despachado. Educadamente siempre, por supuesto; por lo que modales tampoco le faltaban. Si vendiesen modestia en los supermercados Izumi podría considerarse el estereotipo de hombre japonés perfecto. O algo así. Se preguntó qué cara pondrían sus compañeros de clase si pudiesen leer sus pensamientos.

Estaba más que harto de todo aquello. Su día a día era exactamente lo mismo. Tenía toda la vida resuelta. No tenía ninguna metas. Todo lo que quería lo conseguía sin ni siquiera esforzarse.

Por eso odiaba tanto su vida.

Nada que hacer, nada por lo que luchar, nada por lo que esforzarse, incluso se le quitaban las ganas de follar. Y a ojos de Izumi, este hecho era bastante grave. Su vida era absolutamente aburrida.

Y estaba hasta los cojones de todo ello.

Quería emociones fuertes, meterse en líos, sacar de sus casillas a sus padres, enviar a tomar por el culo a todas esas zorras que lo perseguían como perras en celo. Enviar todo a la mierda y hacer locuras. Pero hasta el momento no lo había hecho, y ni siquiera sabía por donde empezar.

Suspiró y apretó el paso. Quizás después de un buen baño se le aclaraban las ideas y se dejase de gilipolleces de una vez. Quizá incluso llamaba a alguna de sus muchas amantes casuales, a la mas buena y menos pesada posible. Mientras pensaba a cual de ellas llamaría, pasó por delante del pequeño supermercado que se encontraba a un par de manzanas de su casa. A un lado de este, había un pequeño aparcamiento para coches, motocicletas y demás vehículos, en donde se podía aparcar gratis mientras realizas tu compra.

"Demasiadas molestias para entrar un supermercado de mala muerte" pensó Izumi mientras echaba un vistazo a los vehículos allí estacionados. La mayoría eran coches típicos de la gente de clase media, por eso, entre todos ellos, la gran limusina negra destacaba igual que un rosal en mitad de una duna en el desierto. Izumi desvió su paso hacia ella para observarla más de cerca, atentamente. Sin duda, debía ser la limusina de los yakuza que andaban de un lado a otro por los alrededores. Se le hizo raro que alguien de esa categoría entrase a comprar a semejante establecimiento; pero, pensándolo detenidamente, quizá para los artículos que querían adquirir no era necesario ir a un establecimiento de mayor categoría.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, reparó en un pequeño detalle. Al parecer, se habían dejado la ventanilla del conductor bajada. Izumi estuvo a punto de morir de la risa allí mismo. ¿Cómo alguien podía cometer semejante estupidez? Ya fuese yakuza o un mero profesor de secundaria, aquello era altamente estúpido.

Se dispuso a retomar su camino a casa, pero algo en su cabeza se removió y tuvo la idea más estúpida de su vida, mucho más estúpida que dejarse la ventanilla abierta. Si tuviese una escala para medir sus estupideces, esta se saldría del medidor.

Pero... ¿Por qué no? Puede que aquella fuese la oportunidad que estaba buscando.

Sin pensárselo dos veces, metió el brazo por la ventanilla y bajo la manilla de la puerta. Con un ligero chirrido, la puerta se abrió y entró sin perder ni un segundo, cerrando la puerta tras de sí. Por un momento el interior de la lujosa limusina lo dejó abrumado, pero se recuperó enseguida. Lo primero que hizo fue comprobar si las llaves estaban en el contacto. Sonrió al darse cuenta de que no lo estaban, onviamente. Ya se lo esperaba. Con gran maestría, quitó parte de la guantera (no sin antes reventarla con una fuerte patada) y cortó y reconectó los cables que allí se encontraban. No por nada sacaba tan buenas notas en el colegio. Al final, su astucia fue premiada con el rugido del motor.

Ya sabía conducir. Había aprendido por su cuenta un par de años atrás, no teniendo nada mejor que hacer. Encontró un viejo coche abandonado a un par de cientos de metros de su casa, y no perdió la oportunidad. Enseguida aprendió a utilizarlo y acabó por aburrirse. Pero la limusina no tenía nada que ver con ese viejo coche. No tenía ni idea de la potencia que podría alcanzar la limusina, pero estaba dispuesto a comprobarlo. Salió dando la marcha atrás con un gran estruendo, llevándose varios coches, bicicletas y motocicletas por delante. Dentro del supermercado, la gente se asomó a las ventanas y a la puerta principal para ver qué estaba ocurriendo, temiendo que sus vehículos hubiesen sido dañados.

Con un gran derrape, Izumi dio marcha alante y salió a toda velocidad del establecimiento. Pudo escuchar momentáneamente los gritos de la gente y como los yakuzas maldecían y clamaban por su vehiculo. Cada vez aceleraba más. Podía sentir toda la adrenalina corriendo por sus venas, y se sentía absolutamente maravilloso y genial, no podía describir lo bien que se sentía, y que se reprochó mentalmente que no se le hubiese ocurrido hacer algo semejante tiempo atrás.

Meterse con la yakuza. Meterse con la maldita mafia japonesa.

Estaba en un lío, en un gran lío, y eso le encantaba. Llegó a un cruce, topándose con un semáforo en rojo. Haciéndole caso omiso, aceleró la limusina, llegando a los casi 200 kilómetros por hora. Si que corría aquel cacharro, maldito sea.

Pero entonces ocurrió.

No lo vio venir.

El gran camión dio un volantazo intentando esquivarlo, pero no sirvió de nada. Chocó contra el costado de la limusina y la hizo trizas. Lo último que pensó Izumi fue que no se arrepentía absolutamente de nada. Sólo, quizás, de que su vida hubiese sido asquerosamente perfecta e inmaculada hasta el día de su muerte.