Vida rota

Mira los trozos de vidrio quebrados, el reflejo que duele a la vista. Adentro, aferrando el impermeable, debajo de la lluvia que parece no terminar jamás. Allí hay un dibujo. Tú eres la pequeña figura dibujada con rojo-manzana, aunque tiene los rizos dorados por debajo del mentón en dos gráciles coletas y sonríe con miedo a la cámara imaginaria que simula ser tu mano de seis años de edad. Usas negro para hacer los contornos del monstruo que abre sus fauces para devorar a tu pequeña madre, que incluso es diminuta como una hormiguita. Él no tiene color alguno: usas la mina del lápiz con el cual haces la tarea de matemáticas y desfiguras tus trazos con lágrimas que ruedan por tus mejillas cubiertas en gasa. Son dos monstruos los que habitan tus ojos puros, llenos de melaza en el espejo del baño. El primero era un diablo montado en una motocicleta roja como la sangre. Simplemente vino por detrás cuando contemplabas a unas orugas que se alzaban en silencio para construirse los hogares en una rama. Te agarró del vestido y lo rasgó en pedazos con un cuchillo. Te pidió que te quedaras quieta y te tapó la boca con sus manos enguantadas. Olía a nieve derretida, a tu padre cuando bebía licor en lugares oscuros de la casa, a horas turbias y solitarias frente a un ordenador en el que descargaba pornografía infantil. Pero lo peor no es eso, claro que no. Lo peor viene días después, como si no fuera suficiente que te abrieran de piernas y te hirieran hondamente, hasta llegar a tu corazón. No. Lo peor viene mezclado con la paliza que te dio tu padre cuando se dio cuenta de que acababas –indirectamente- de arruinar sus posibilidades de casarte con el hijo de uno de sus colegas. Que acababas de dejarlo en ridículo ante sus vecinos, como un hombre sin fuerza suficiente como para proteger a las infelices que eran su hija y su esposa. Lo peor son sus gritos y taparte los oídos para escapar de ellos. Sí, definitivamente eso es lo peor. Estar viva.