Atención: Los personajes y lugares de este fanfic no son de mi propiedad, aunque conozco algunos. Pertenecen a J.K. Rowling y Warner Bross. No se busca ningún ánimo de lucro. Únicamente la historia es mía y cualquier parecido con alguna otra sería capricho del destino.

Año: Fic situado al final del 7º. Post-batalla.

Pareja: Multiparejas, pero prometo un intenso Harry-Draco.

Notas del fic: Los acontecimientos de los libros se respetan, a excepción de la muerte de Severus Snape. Digamos que Voldemort se concentró únicamente en dar caza al niño dorado.

Notas de la autora: ¿Habéis visto la peli ya? Creo que os va a encantar. Hoy tengo un raro sentimiento, estoy eufórica pero triste a la vez. La quiero ver en versión original, ¡ya!

No puedo precisar desde hace cuánto tiempo comencé a escribir esto, tal vez cinco o seis años; sólo puedo decir que ha tardado tanto en tomar forma que publicarlo aún me parece mentira. Estoy contenta con el resultado y espero que llene las expectativas de los lectores. Por favor, dejadme siempre vuestra opinión que me ayudará a mejorar. Creo que es lo justo después de lo que me he esforzado en la historia. Por supuesto y como siempre, os recuerdo que ya está escrita y que no deberéis esperar mil años a que termine. Sólo alguna revisión puede retrasarme e intentaré que eso no ocurra. Actualizaré todos los viernes, como el día que nací.

Resumen: La gloria de los Malfoy ya no existe. Tras la derrota de Voldemort, Draco Malfoy se oculta de los mortífagos después de haberlo perdido todo. Hará cualquier cosa por no volver a ingresar en sus filas, desde trabajar como un simple muggle hasta abstenerse de hacer magia.

POR AMOR A UN MORTÍFAGO

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Fuera aún había luz, una luz cegadora que contrastaba con el lugar lóbrego y tétrico donde estaban reunidos los magos. En las grasientas y gruesas mesas del local ardían las velas, danzando al compás de una música oscura, dando al lugar un aspecto más clandestino si cabe. Un brujo con el rostro envuelto en vendas apuraba una sustancia humeante junto a la barra; una bruja con largo velo negro cubriéndole la cabeza daba sorbos casuales a su vino de saúco.

El joven del otro lado de la barra tropezó y fue a empujar al dueño del local, un viejo lleno de pelambre de complexión delgada, y con muy mal genio.

—¡Eh, chico, a ver si abres bien los ojos!

—Lo siento –dijo, irritado.

Pero, ¿cómo no iba a tropezar? Estaba harto de tener que ocultar su rostro de todo el mundo, cansado de tener que guardar su bonita cara bajo una máscara de rejilla negra. Sin embargo, era la mejor forma de no llamar la atención, porque todos en Cabeza de Puerco ocultaban su rostro. Algunos rumores apuntaban a que eran antiguos mortífagos escondidos para no ser encontrados, y otros decían que eran magos con las facciones destrozadas. En su caso, la primera razón se le ajustaba como un guante.

—¡Itch! –se quejó, rascándose la parte interna del brazo izquierdo.

No le gustaba recordar su pasado como mortífago. No quiso convertirse en vasallo del Señor Oscuro, pero como siempre, su sangre decidió por él, y para cuando tenía edad suficiente para rechazar la marca, los mortífagos formaban parte ya de su vida.

—Eh, chico, te toca cenar –dijo Prat, uno de los camareros.

Draco se quitó el delantal blanco lleno de roña y lo dejó a un lado. Profiriendo un largo suspiro, sacó su vaso de plástico y vertió zumo de calabaza. Echó unas salchichas de cerdo al grill hasta que se doraron. Añadió crema de mostaza y se llevó ambas cosas al rincón junto a la ventana. Sobre la mesa, aparte de la gruesa vela, varios periódicos se amontonaban.

Draco echó un vistazo a estos, y su cara se convirtió en una mueca de disgusto cuando observó el rostro cambiante de Potter en la portada. Durante meses no se hablaría de nada más salvo la caída del Señor Oscuro, derrotado por brujos de la escuela de Hogwarts, con la ayuda de los más grandes aurores, y, por supuesto, con Harry Potter a la cabeza. El resultado, aunque fue favorecedor para el resto del mundo, tuvo pérdidas de renombre. Muchos aurores recibieron como billete de vuelta San Mungo, sin contar la increíble cantidad de muertos que se sucedían, en su mayoría jóvenes. Cada semana había una esquela en "El Profeta" de un mago agonizante con serias señales de hechizos provocados por Voldemort o sus fieles seguidores. La esquela de ese día correspondía a una bella muchacha de no más de la edad de Draco, de hecho, creyó ubicarla en Ravenclaw en sus días de estudiante. Una sensación de angustia se apoderó de su estómago. San Mungo.

Draco decidió pasar la página para no torturarse más. Ahí vio una foto del gran Harry Potter, vestido con túnica de mago, paseándose por Hogsmeade, años atrás. Bajo la foto movible, el titular rezaba "¿Dónde?"

¿Escondiéndose de la prensa? ¿De sus posibles enemigos?

Draco torció la boca. Hace unos años hubiera pensado que Potter gustaba de hacer entrevistas y salir en los periódicos, pero cuando derrotaron al Lord, lo vio tan cambiado, tan adulto… en sus ojos brillaba el haz de la venganza. Y así, junto a la ayuda de algunos más, logró vencer a Quien-no-debe-ser-nombrado.

Ocurrió ese mismo año, hace unos meses. Todos habían perdido algo, o a alguien, y aquello fue el símbolo de unidad para los chicos y chicas recién graduados, sin importar de qué casa o sangre procedían.

—Ajjj –fue su comentario cuando pensó que ahora mismo, estaba encerrado en un local mugriento con compañeros mestizos, la mayoría ex-mortífagos. Al principio se negó, pero luego tuvo que claudicar. Se trataba de sobrevivir lo mejor posible, y si eso significaba esconder algunos prejuicios, aunque extremos, lo haría, como Malfoy.

Los días en invierno eran muy cortos, por tanto la tarde dio paso enseguida a la noche, y, tras elevar los platos dejados por los clientes en las mesas y llevarlos a la pila, donde se lavaban al estilo mago, el hombre delgado lleno de vello atrancó la puerta desde la barra cuando llegó la hora de cerrar.

—No ha sido un buen día hoy, Aberforth —comentó Ross, otro de los camareros, un hombre bajito y tan ancho que parecía no caber entre las mesas.

—A mí qué me cuentas, no ha habido un buen día desde que el chico entró aquí.

—Yo creo que nos da mala suerte –dijo Ross, sacándose la mugre de las uñas y arrojándola al suelo.

Draco los ignoró, y corrió la puerta que daba paso a la trastienda. Tras esa sala, unas escaleras se extendían hacia un sótano enorme.

La gente que conocía Cabeza de Puerco, sabía que ese había sido el local sede de la revolución de los goblins, pequeño a la vista de todos, pero grande bajo el suelo, lleno de habitaciones donde se hacían reuniones y donde los mismos goblins vivieron y se abastecieron, tiempo atrás. En uno de esos cuartos se encontraba la habitación de Draco Malfoy. Si a eso… podía llamársele habitación: un cubículo de ocho metros cuadrados con una cama de muelles y un armario viejo y quejumbroso. El olor a humedad era intenso y las ventilaciones muy escasas, pero era el mejor habitáculo de todos. La posada, ubicada sobre el bar no era mucho más limpia, aunque tenía ventanas y más luz, pero el jefe se negó a que el joven mago habitara allí.

—Podría ser peor –dijo Draco, animándose—. Podría haber compartido cuarto con ese seboso de Ross.

Lo mejor del cuarto, a opinión de Draco, era un gran espejo descuidado, pero que devolvía la imagen de quien lo mirara. Draco siempre dedicaba varios minutos de su tiempo a observarse a sí mismo, sin la máscara, como si algún día esperara ver una imagen diferente en él.

—No entiendo cómo he ido a parar aquí, nunca debí haberme metido en esta ratonera… pero es la única forma… el único modo de que no me encuentren y de que él vuelva a buscarme.

Los grises orbes se llenaron de lágrimas cuando la imagen de su madre apareció en su mente. Su madre, la única persona que había puesto cuidado en él; la única persona dispuesta a dar su vida por él. Eso fue lo que hizo cuando Draco huyó del Señor Oscuro, escondiéndose, no queriendo formar parte de tal sangría. Un hechizo lanzado por uno de los mortífagos, dirigido sin duda hacia él, fue bloqueado por su madre, quedando afectada al mismo tiempo en el proceso. Luego, todo ocurrió muy deprisa: cientos de humos de colores cegaron el lugar, y lo que alcanzó a ver fue salir una luz verde de ese Potter, y Voldemort cayó fulminado al suelo.

Su madre en San Mungo. Crabbe y Goyle caídos en batalla, al igual que muchos compañeros de Slytherin; su padre en Azkaban; Snape de espía junto a los mortífagos… ¿quién quedaba para él?

—Y ese jodido Potter en paradero desconocido. Apuesto a que está frente a una chimenea rodeado de sus amiguitos y escoltado por cientos de aurores. Potter, del mundo mágico.

Y él, un héroe desterrado por los suyos.

—Pero no me rendiré –indicó, apretando los puños—. Si tú has sido capaz de soportar todo eso, yo también podré.

Los lunes no eran muy ajetreados en Cabeza de Puerco, y, tras atender a los primeros clientes, algunos se tomaron un descanso.

Draco levantó una pesada bolsa para depositarla fuera, en la calle, junto a las demás, en un espacio apartado del que disponían todos los locales para almacenar calderos o escobas.

—Demonios, a este viejo se le acumula la mierda. Tengo que recordarle que la volatilice.

Draco dejó la bolsa enorme de basura junto a las otras, contempló el suelo cubierto de la nieve pronta de noviembre, y supo que unos meses después no sería posible sacar la basura tan fácilmente. Miró al cielo plomizo. Nevaba mucho, sin rastro de viento. Apretó su brazo izquierdo con saña y se deslizó la máscara. El pelo platino, pegado a su piel, agradeció el contacto con el aire. Draco cerró los ojos y se sentó en la fría nieve, ofreciendo la cara al cielo, y los copos rozaron su cara, sus labios y se depositaron en sus pestañas. Como si el blanco de la nieve pudiera sanar sus heridas, el joven se remangó la túnica y se quitó la venda que le cubría el brazo. Una horrible calavera descolorida cubría su piel. Draco sintió deseos de arrancársela nuevamente, pero no sería la primera vez, y no volvería a humillarse pidiendo a otros ayuda para sanarlo, ahora que no podía hacer magia.

Extendió el brazo con la parte interna hacia arriba. Mirando esa horrible marca, Draco recordó la llegada a Cabeza de Puerco hace cinco meses. El dueño no lo había recibido nada bien, pero cuando vio por quién iba acompañado, no tuvo más que ceder.

FLASHBACK

—Escucha, Aberforth, como ya sabes, el Señor Oscuro ha sido vencido.

El viejo dirigió la mirada al joven de pelo rubio, casi blanco, y dijo, con desdén:

—Quieres que lo oculte, ¿no es verdad?

—Puedo llevarlo a muchos sitios, pero sé que aquí estará a salvo. Naturalmente, con tu permiso.

El hombre dio varias vueltas mirando a Draco y luego preguntó:

—¿Qué ha hecho?

—Es un mortífago convicto.

Draco se revolvió molesto ante aquel adjetivo, pero no dijo nada. Su futuro, su vida, dependía de la decisión de ese viejo.

—¿Y por qué confías en que no vaya a delatarlo?

—Vamos, Aberforth –dijo el hombre de pelo grasiento—. Todos conocemos el currículum de tus empleados.

El viejo alzó la barbilla, molesto.

—¿Y qué te hace pensar que necesito personal?

—No te rogaría si este chico no significara nada para mí. Es mi ahijado personal y ahora que su madre está malherida en San Mungo, es responsabilidad mía.

—¿Y por qué no lo cuidas tú, Snape?

—Tengo que volver con los mortífagos. Es la única forma de saber qué quieren hacer con Draco y prevenirlo. Si volvemos juntos nos tocará matar. No cuestiones mi modo de hacer las cosas.

La explicación de Severus denotaba urgencia y rapidez.

—Está bien –asintió el hombre. No era la primera vez que había ocultado a un convicto. Su camarero Ross había dado la espalda al Señor Oscuro años ha.

—Draco –dijo Snape encarándose con el muchacho—. Ahora debes ser fuerte. Esta fue tu decisión, así como la mía es volver con ellos.

—Pero... ¿qué les dirás cuando te vean aparecer solo? Si les dices que me has perdido me buscarán para matarme…

—Tranquilo, sé cómo manejarlos. Tú sin embargo…

—¡No me menosprecies! Siempre dices lo mismo, pero me tratas como si fuera inútil –se quejó Draco.

—Sabes que no es cierto y que siempre te he dado un trato diferente. Ese quizá ha sido mi error. Trabajarás aquí como camarero, sin revelar tu identidad a nadie, sin mostrarte a nadie, todo será alto secreto, este hombre, Aberforth, es hermano de Dumbledore…

A este punto, el viejo gruñó.

—… y aunque a él mismo no le guste reconocerlo, es la única persona con quien te podría dejar a salvo.

—¿Quieres que trabaje aquí como… un muggle? –se asqueó Draco—. Ni hablar, no haré nada de eso.

—Entonces usa la magia, y tendrás en un segundo la visita de un mortífago, tomaréis té juntos y luego te pedirá torturar a alguien, quizá a algún conocido tuyo. ¿Se te ha olvidado el episodio de la tortura de muggles?

Draco apretó los puños, sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia, pero no las derramó.

—No puedo darte nada mejor ahora. Pero algún día te haré saber dónde debes ir, y todo cambiará.

—Podríamos fugarnos juntos… intentar escapar de ellos…

—Nos buscarían creyendo que hemos desertado. Y créeme que nos encontrarían –se dirigió hacia el dueño del local—. Aberforth, te lo confío. Espero que Draco no sufra ningún daño aquí, porque si alguien le hace algo, lo haré pagar.

Snape apretó los hombros del joven, en un intento por hacerle entender, por pedirle ser fuerte.

—No quiero quedarme aquí.

—Tendrá que ser así, Draco. La gloria de los Malfoy ya no existe.

Draco alcanzó a ver la capa de su padrino recortándose en la niebla de un día de primavera.

FIN FLASHBACK

La gloria de los Malfoy ya no existe…

Draco despertó de su recuerdo para contemplar cómo los copos habían sepultado casi completamente la marca. Sonrió, satisfecho, pero entonces una puerta se abrió tras él.

—¡Eh, muchacho, qué haces?

Cuando Aberforth alcanzó a ver el brazo desnudo, montó en cólera.

—¡Ya estás haciendo de las tuyas otra vez!

Zarandeó al joven y comprobó su brazo.

—¡Tienes el brazo helado! ¿Quieres que te lo amputen?

Draco lo miró con asco. El hombre no era mala persona y él lo sabía, pero un Malfoy nunca había sido tratado así.

—¡Estoy cansado de impedir que borres esa marca de tu brazo haciendo locuras! ¿Qué fue la última vez? Oh, sí, trazar su figura con un cuchillo… ¡cuando Snape te trajo no me dijo que estuvieras loco!

—Señor… —dijo Draco con calma, volviéndose a vendar el brazo—. Debería encargarse de la basura.

—¿Cómo dices? –se escandalizó, interpretando erróneas sus palabras.

Draco se volvió para mostrar las catorce bolsas de basura amontonadas, la mayoría cubiertas por la nieve. En el suelo también la máscara negra había encontrado su sitio. Aberforth se agachó para recogerla, la puso con violencia en los brazos del chico y lo empujó hacia el local.

—¡Ahora ve adentro y sigue trabajando! Yo me encargaré de esto.

Draco volvió a la barra, deslizándose la máscara por la cabeza. El camarero gordo lo miraba con lujuria.

—Eh, princesa, ¿dónde estabas?

—Gordo seboso –murmuró el chico, pero el otro le oyó y se acercó a agarrarle del cuello.

—Voy a borrarte la arrogancia un día de estos.

Draco contuvo sus ganas de lanzarle un hechizo mortal, cuando Aberforth entró por la compuerta.

—¡Eh, Ross, quita tus sucias manos del chico!

—Mmm, el protegido del jefe… me gustaría saber para qué lo usa por las noches…

—Asqueroso mestizo…

Antes de que otra batalla pudiera dar comienzo, una bandeja le fue puesta a Draco en las manos, con una orden muy clara:

—Sirve la mesa tres.

Miró hacia atrás. Prat, un hombre calvo y delgado, con numerosas cicatrices en la cara, el único que no cubría su cara, trató de impedir que la pelea llegara a más poniendo a trabajar al chico.

Draco le hizo caso porque él también estaba harto de todos ellos.

"Podrían irse al infierno. No sé qué es peor, si aguantar las vejaciones de estos enfermos o las torturas de los mortífagos"

De cualquier modo, se apresuró a atender la mesa 3, ocupada por dos grandes gigantes, y depositó las enormes jarras de aguamiel a uno y otro lado de cada uno. Parecían tener una interesante conversación, porque no se percataron de su presencia.

—Au… ese niño debe estar en algún lado…

—Hagrid sabe, pero no nos lo dirá.

Draco paró sus pasos. ¿Hablaban del gran mago Potter?

—Es poco probable que él lo esté escondiendo.

—De todos modos no lo entiendo, sabiendo que puede tener fama y fortuna…

—Lo persiguen los mortífagos.

—Ah, sí, ese Nott, ¿sabes que lo vi ayer por Hogsmeade? Iba camuflado, pero seguro que era él. Estuvo en la lucha final.

—¿Seguro? Los mortífagos no suelen ir solos.

—Si Nott está por aquí debe haber una razón. Estarán buscando a alguien.

Draco se heló aún más en el suelo. ¿Un mortífago en Hogsmeade? ¿Su amigo Nott? Quiso escuchar más, pero entonces esos brutos comenzaron a hablar en una jerga imposible de entender, y Draco debió dejar su lugar para regresar junto a la barra.

El reloj pasaba tan lento cuando las horas se sentían pesadas… Malfoy trató de calmarse. ¿Nott en Hogsmeade? Quizá estaba barriendo la zona, en busca de Potter o algún convicto mortífago. Su miedo aumentó. Deseó que Ross lo molestara para olvidarse de eso.

El frío de invierno apretaba. Draco extendió otra manta sobre la que ya había para asegurarse calor. El olor a cabra, extendido por todo el local, no le dejaba ni en su dormitorio. A través de una ventana muy pequeña situada en la parte alta de la pared del fondo, podía distinguir las siluetas de las hojas de los árboles al ser mecidas por el viento. Con los ojos aún abiertos, trató de dormirse. Qué diferente aquel lugar de la Mansión Malfoy. En su casa no había ambiente familiar que digamos, pero al menos nadie le echaría tierra por la cabeza, ni le obligaría a usar una máscara para cubrir su cara. Ningún Malfoy se avergonzaba de sus acciones. Nunca. ¿Y por qué se sentía tan mal?

—Si mi padre se enterara, sería el primero en matarme –murmuró el chico, y tras varias vueltas en la cama, cayó rendido de cansancio.

Draco se despertó muy tarde el martes y, como consecuencia, tuvo que lavar todos los platos al estilo muggle, sacar la basura y fregar el suelo de piedra. Un trabajo muy pesado, considerando que por mucho que fregara, jamás dejaría el suelo limpio. Para cuando llegó la hora de su almuerzo, estaba más cansado que el día anterior.

"Estos muggles son tontos, trabajan todo el día por unos miserables sickles. Ahora que lo pienso, mi sueldo tampoco da para mucho… es una suerte que siendo un Malfoy mi madre tenga un seguro médico ya contratado con San Mungo. Con el salario de este mes encargaré comida de otro sitio… me muero por comer pastel de Yorkshire"

Draco consideró la posibilidad de pedirle un día libre al mesero, aunque fuera por intentarlo. Necesitaba pasear y que le diera el aire.

Sorprendentemente, Aberforth le dio permiso, pero le ordenó que se vistiera con una túnica negra. Después, pasó alrededor de su cuello una medalla extraña, y su cara se llenó de pústulas y su pelo se convirtió en un corto cabello de un negro sucio, casi gris.

—¡Oye, viejo! ¡Si crees que voy a salir así, estás loco! –se quejó Draco cuando vio su reflejo.

Aberforth contuvo la risa, y replicó:

—Espero que recuerdes el castigo de un mortífago cuando encuentran a un convicto…

—Sí, sí, seguro que lo estás disfrutando.

—Ahora te puedes ir.

—¡Eh! ¿Qué pasará con mi pelo?

—¿Nunca has usado las medallas metamórficas? Mientras la lleves puesta, tendrás otro aspecto. Guárdate de ocultarla, eso sí. Y la quiero de vuelta, ya quedan muy pocas.

Draco salió echando pestes.

—¿No tiene otra que me haga mejor parecido? Aunque, más guapo de lo que soy, imposible. Sin embargo, usted debería utilizarla todos los días para cambiarse esa cara.

A lo lejos, y por primera vez, Draco Malfoy oyó reírse al mesero.

El pastel en "Las Tres Escobas" estaba delicioso, y el lugar tenía tanto encanto como carecían otros. Draco se llevó un pedazo para el día siguiente. Era la primera vez en meses que comía algo decente.

—La carne en Cabeza de Puerco está podrida… no sé cómo no me ha dado algo…

No era del todo cierto. Al principio, el primer mes, tuvo un dolor de estómago horrible. Se curó después de hacer un terrible ayuno sólo con agua, pero se juró a sí mismo que cualquier cosa que comiese allí iba a estar cocinada por él mismo. Seguro que trataron de envenenarlo, porque no le había vuelto a pasar desde entonces.

Aparte de la comida, le sentó tan bien el paseo… era una delicia sentir el aire invernal en la cara y ver las caras de la gente paseando por Hogsmeade. Al ser viernes, la villa estaba repleta de magos. Siguió caminando, alegre, para nada preocupado ya por sus pústulas o su pelo negro –aunque si le quedara sólo una de ellas cuando el hechizo terminase, el viejo se enteraría—, pero sí le asombró que hubiera jaleo en la parte más cercana a Honeydukes. Algunos se volvían, con mala cara. ¿Qué ocurriría? Se acercó un poco, y entonces los vio: sombreros negros puntiagudos y máscaras igualitas a las de su brazo. El corazón se le paró de repente. Mortífagos en Honeydukes. Sin querer, sus piernas echaron a correr en dirección opuesta, y al alcanzar la esquina de la Oficina de Correos, paró para coger aire.

"Vamos, Draco, cálmate, ahora no pueden reconocerte. Serénate y continúa el camino hasta llegar a Cabeza de Puerco".

Durante todo el recorrido pareció a punto de salírsele el corazón o explotarle las venas mientras en su cabeza aparecía el sombrero puntiagudo cada vez acercándose más a él. ¿Quiénes serían? ¿Sería Nott uno de ellos? Iban en pareja, sólo eran dos. ¿Seguro que no eran disfraces de mortífago?

—Bah, ¿quién va a querer disfrazarse de mortífago en estos tiempos? Seguro que el disfraz más codiciado es el de Harry Potter –escupió su nombre con profunda repugnancia, como siempre lo hubo hecho.

Nunca se había alegrado más de ver el bar Cabeza de Puerco delante de sus narices. De repente, la casa se le antojó un hogar por unos minutos.

Draco pasó sentado una hora frente a su espejo, se quitó la medalla y contempló cómo sus facciones propias volvían a él, su pelo rubio platino, su cara fina y delicada, y con la imagen de un Malfoy, trepó a la cama. Se acostó intranquilo, pensando en esos mortífagos. La visita de estos seres sólo podía deberse a dos cosas: o le estaban buscando a él, o a Harry Potter. Y los mortífagos siempre fueron buenos para encontrar a alguien.

CONTINUARÁ