Intro

¿Tanto me odias, bolchevique? Sí, tanto me odias. Yo también tengo muy buenos motivos para odiarte. Porque arrastraste contigo a Liudmil. Porque Julius… … Porque hiciera lo que hiciera, aunque te creyéramos muerto, aunque ella no te recordara, y no fueras más que una sombra fantasmal de su pasado, Julius te amaba. Pero no te guardo rencor. No es porque sea yo un hombre de nobles sentimientos. Es, simplemente, porque siempre supe que no podía competir contigo por ella. Cuando se marchó contigo creí caer en un abismo sin fin, pero ese dolor indescriptible no me impidió comprenderla. La decisión de Julius era obvia. Era lógica. Era lo que siempre supe que pasaría si resultabas estar vivo. Al fin y al cabo, fue por ti que abandonó su patria para seguir tu pista hasta San Petersburgo. Y para alguien tan práctico como yo esa explicación era suficiente para ahogar el rencor. Eso es todo.

Eres, indiscutiblemente, el vencedor en esta historia. Tu revolución ha triunfado. La tienes a ella. Incluso mi hermano me ha dejado para abrazar tu causa. ¿Te avergüenza odiar a un enemigo derrotado, Aleksei? Tus ojos grises son tan impúdicamente transparentes. Lo primero que advierto, es cómo te horroriza no poder ver en los míos. No te inquietes. A todo el mundo le sucede. No por nada me apodan espada de hielo. A todos les sucede, salvo a ella y a Vera.

Ahora vamos a las posibles razones de tu odio. De partida, he sido la piedra en el zapato en tu lucha. He capturado a cientos de los tuyos. Algunos de ellos fueron ejecutados, otros languidecieron en Siberia. Como tú mismo lo hiciste durante largos años. A ti te atrapé con mis propias manos. Una excelente razón para guardarme rencor. Aunque estoy seguro que no es el principal motivo por el cual me detestas tanto. Es más, sé que comprendes que tal como tú luchas por tu bando, yo lo he hecho por el mío. ¿Acaso habrías actuado de otro modo estando en mi lugar? No. Rusia está por sobre todo, por sobre nuestras pequeñas y míseras vidas, ¿no es verdad, Aleksei? Tú y yo nos sacrificaríamos sin un instante de vacilación. No me odias por ser tu enemigo. Es más, como enemigo me respetas. Me comprendes. Tal como yo también te entiendo y te respeto.

El problema es otro. Me detestas porque no acabé contigo cuando pude. E incluso cuando quise hacerlo, cuando tenderte esa trampa era la última carta que me quedaba para hacerles caer a ustedes y a Kérenski, acabé salvándote el pellejo de todas formas. No sólo porque estaba en deuda desde que impediste la muerte de Liudmil, ni porque el chiquillo jamás me lo hubiera perdonado. Aunque esas hubieran sido razones suficientes, me odias porque te mantuve con vida por Julius. Porque aún amándola, puse su felicidad contigo (esa felicidad que ella buscó por tantos años) por sobre la felicidad a medias que pudo tener a mi lado. Por ella mandé al carajo mis ideales, por ella desobedecí al zar… en cambio tú no habrías sido capaz de hacer lo mismo. Sabes que lo eres todo para Julius, y te culpas porque ella no es todo para ti. Amas más a la revolución, amas más al fantasma de Dmitri, que arrastras tras de ti a cada instante, con el que todos te compararán siempre, al que jamás lograrás superar. En cambio yo, con mis ojos de víbora como dicen de mí quienes creen que no albergo emoción alguna, la amo más que tú, que no puedes retribuir su sacrificio. Sabes que yo podría darle todo el tiempo y la atención lo que tú nunca le diste.

Idiota. Ni siquiera te das cuenta de que me has vencido, y que para ello jamás necesitaste hacer nada. Pero dudas. Dudas de Julius, dudas de ti. Sabes que de algún modo, vivo en su corazón, aunque haya elegido marcharse contigo. Pero no comprendes qué soy para Julius. No me corresponde a mí explicártelo si tus pocas luces te impiden entender que si está contigo, es porque ella no haría traición a su propio corazón, que en cuanto apareciste, simplemente se volvió hacia aquél a quien había pertenecido siempre. ¿Te suena la frase? Probablemente sí. Esa fue una lectura profética que desde hace mucho me quema dolorosamente cada vez que la recuerdo… Con todo gusto me cortaría una mano si así no tuviera que admitirlo. Pero es la pura verdad. Al menos puedo decir que después de haber fracasado en todo cuanto me importaba en la vida, ya no cuesta tanto enfrentar una nueva derrota. Es tan evidente, Aleksei, tanto, que tu odio y tus celos se me hacen ridículos, graciosos incluso.

Temes que siga viviendo en el corazón de Julius aún después de mi muerte ¿no es así? Y lo único que puedes hacer para salir de la duda es jalar el gatillo… La vida es lo último que te resta arrebatarme. Y mentiría si dijera que lo lamento… Es más, podría afirmar, con toda seguridad, que ambos resultaríamos beneficiados si lo haces...