V. Очи Чёрные (1)

- ¿Sabe algo, Yusúpov? Hay un asunto que me tiene bastante intrigado – Brusílov estiró la espalda y levantó la barbilla para tener una mejor perspectiva del VIII Ejército Ruso que se extendía interminablemente por la explanada que tenía ante él, y que se dirigía a complementar a las primeras tropas que habían iniciado movilizaciones antes de la declaración de la guerra. Ni aún empinándose sobre su los estribos lograba visualizarlo por completo – Daba por seguro que usted estaría bajo mi mando. De hecho, como ya le había comentado antes, extraoficialmente me lo había confirmado un asesor directo de su majestad. No comprendo a qué se debe que le hayan dejado fuera en el último momento.

Leonid tomó un tiempo antes de contestar. Ni siquiera estaba seguro de qué sentimiento le provocaba quedarse estancado en casa mientras millones de hombres se movilizaban hacia lo que sería el frente oriental de la Gran Guerra. Su opinión sobre participar del conflicto seguía siendo la misma: el riesgo que se corría apostando a una victoria rápida era demasiado grande. Sin embargo, ese inmenso y poderoso ejército listo para marchar despertaba su lado irracional, y tal como un niño pequeño que juega con soldados de plomo, hubiese querido dirigir su propio regimiento en el combate. Sonrió casi imperceptiblemente al recordar aquella vez que tuvo que contener en Ufá la sublevación de parte del ejército que venía de vuelta desde Manchuria, y Liudmil se coló de polizonte en la armería del tren. "Pero Leonid, ya me cansé de jugar con soldaditos de plomo. Quiero ver como hace las cosas un ejército de verdad" se había excusado al ser descubierto.

¿Qué es esto que la guerra y la violencia despierta en los hombres desde tan corta edad? ¿Por qué nos atrae participar de la destrucción, más allá de la causa que genera el conflicto? Porque este deseo de ir a aplastar a los alemanes (por más que crea que finalmente, ellos llevan las de ganar) no es muy distinto a lo que impulsó a Liudmil a colarse esa vez en la expedición arriesgando la reprimenda de su vida, sólo por ver cómo eran "los soldados de verdad"… No tiene sentido, no tiene ninguna lógica. Tal parece que no es más que una estúpida parte de nuestra naturaleza masculina.

Al igual que Brusílov, estaba seguro de que le enviarían al frente de haber guerra. Lo esperable habría sido que la zarina aprovechara la oportunidad para deshacerse de él, y esto también había formado parte de sus preocupaciones durante la última quincena. No por él, sino por Julius. Si apenas toleraba las separaciones de unas cuantas semanas, ¿cómo enfrentaría una que de seguro implicaría muchos meses, a cientos de kilómetros de distancia? Sabía que de poco serviría que le asegurara que como comandante corría menos riesgo de morir que el resto de las tropas. La posibilidad de que volviera a transformarse en la criatura temerosa y dependiente que había sido por tanto tiempo no era menor. Ya había dado muestras de esto en el par de días transcurridos desde la declaración de guerra, y por más que tratara de disimularlo, había estado retraída y muy nerviosa. Si él se marchaba, la presencia de Vera no sería suficiente para contener emocionalmente a Julius. Menos ahora que estaban unidos en cuerpo y alma. Tal como Leonid esperaba, esto había contribuido a exacerbar aún más la forma obsesiva y absoluta de amar que tenía su mujer. No es que él no sintiera un deseo más acentuado de estar junto a ella. Por supuesto que seguía amándola sin reservas ni condiciones, sin embargo, en su amor no había esta nota de melodrama que sí existía en el que Julius sentía hacia él. Leonid no desconocía el trastocado concepto de entrega total que Julius tenía del amor, que ante una amenaza borraba la relevancia de los demás aspectos de su vida. La actitud de la muchacha era similar a la que tenía durante sus primeros meses de encierro. En aquel tiempo a Leonid le irritaba esa obsesión histérica que Julius tenía con Aleksei. No podía decirse que hubiesen sido celos, ya que entonces no había nacido en él un sentimiento romántico definido por Julius, o al menos, no de forma consciente. Pero sí era una molestia al ver como una mujer interesante, inteligente y audaz, se transformaba en esclava de sus propios sentimientos. A su juicio el amor que Julius sentía por Aleksei no ampliaba sus perspectivas, sino que las limitaba, condicionando su felicidad y todas sus decisiones. Y ahora, Julius demostraba que podía volver a enceguecerse por él como antes había hecho por el bolchevique.

Esto no es sano ni normal. Debería haber continuado su tratamiento con otro psiquiatra…pensó con desagrado por la tozudez con que Julius se negaba a esta posibilidad. Nunca se había cuestionado el hecho de imponer su voluntad a otros. Las circunstancias habían hecho que lo natural para él fuese decir a la mayoría de las personas que le rodeaban lo que tenían que hacer, sin derecho a réplica. Respetar las decisiones de Julius le costaba un esfuerzo consciente, y esta vez, particularmente molesto.

- Yusúpov, ¿me está escuchando?

- ¿Ah? – Leonid fijó sus ojos en Brusílov teniendo aún la mente en otra parte. Brusílov, el VIII Ejército, la guerra, su exclusión… Al menos eso debía bastar para que la conducta absorbentemente histérica de Julius se extinguiera – Perdone… sí, también me ha tomado por sorpresa. No comprendo qué pudo suceder si era casi seguro que yo también iría.

- Es una verdadera lástima, muchacho – continuó diciendo Brusílov – porque habría sido un aporte muy importante. Realmente deseaba contar con usted entre mis tropas.

Leonid volvió a centrarse por completo en el ahora, y miró al general detenidamente. Era un hombre delgado, de mediana estatura, que no se imponía por su físico sino por su ánimo sosegado y seguro de sí mismo. Pasaba de los sesenta, sin embargo conservaba un aspecto enérgico y decidido. Sus largos bigotes en punta hacia arriba le daban un aire zorruno a su rostro algo afilado pero de rasgos suaves, de frente amplia y grandes ojos pensativos. Brusílov era un aristócrata de maneras refinadas, pero además un militar competente y profesional. Su visión estratégica era brillante, y a diferencia de la mayoría de sus pares, no se había quedado atrapado en las viejas técnicas del siglo pasado, sino que comprendía los cambios que requería enfrentar una guerra moderna. Pese que a la fecha no era especialmente conocido entre las tropas, Leonid suponía que no le costaría mucho granjearse el respeto y la obediencia de quienes tuviera a sus órdenes. Aleksei Brusílov tenía esta cualidad poco común de atraer y convencer por su prestancia y dignidad, de la que Yusúpov carecía. Él, en cambio, siempre acababa imponiéndose porque inspiraba temor, aunque no tuviese intención de provocarlo.

- De ser enviado al frente, sin duda preferiría que fuese bajo su mando – dijo Leonid con toda franqueza – habría sido un gran honor.

- ¿Pese a su poco entusiasmo por esta campaña? – preguntó el general, con su característica sonrisa sosegada.

- Ojalá nuestro ejército contara con más hombres como usted – contestó Leonid evasivamente.

- ¿No confía usted en Rennenkampf y Samsonov?

Leonid repasó mentalmente la lista de generales que él habría escogido y la contrastó con las lamentables elecciones del Consejo de Guerra, basadas en simpatías y amiguismos. En realidad, de los altos mandos nombrados para dirigir a las tropas, Aleksei Brusílov era el único que a su juicio era en verdad sobresaliente. Todos los que hubieran podido acercársele en capacidad habían sido ignorados. Leonid confiaba en que Brusílov pudiese hacerse cargo del frente suroccidental (desde el punto de vista ruso), contra los austríacos, pero le preocupaban Rennenkampf y Samsonov a cargo del I y II Ejército respectivamente, quienes habían de vérselas con los alemanes en el frente noroccidental.

- Sinceramente, no.

- Puede que no hayan sido las mejores elecciones – dijo Brusílov – pero hay que tener un poco de fe. No se tome a mal lo que voy a decirle, no quiero ofenderlo con esto, pero de un tiempo a esta parte usted se ha transformado en un pájaro de mal agüero, se ha opuesto a todo y ha encontrado mala cada decisión del Consejo…

- Creo haber fundamentado cada una de mis opiniones.

- Lo sé, y comparto muchas de ellas, sin embargo ya estamos embarcados en esto y sólo queda poner el hombro… Dígame, ¿qué edad tiene usted?

- Veintinueve. Casi treinta, en realidad.

- ¿Ve? Demasiado joven para ser tan pesimista. Es difícil, pero no imposible. Hemos invertido muchísimo en tecnología en los últimos años. Las vías férreas de la zona occidental se han reforzado, nos permitirán desplazamientos rápidos. Contamos con más hombres que nuestros enemigos, quienes además deberán luchar en varios frentes de forma simultánea a ambos extremos de Europa.

- Me preocupa lo que suceda si esto no se resuelve antes de seis meses. No se ha tomado ninguna medida para realizar una campaña que implique desgaste a largo plazo.

- A mí también me preocupa – admitió Brusílov – pero no podemos pelear una guerra pensando en la derrota. Debemos mentalizarnos en ganar. Debemos confiar en que Dios está de nuestro lado.

Fe. Parte de la fuerza de Brusílov provenía de su fervor religioso cercano al misticismo, tan característico del pueblo ruso. Leonid, en cambio, no era especialmente creyente. Su fuerza sólo provenía de su voluntad y por esto Brusílov le juzgaba erróneamente. Yusúpov habría sido tan capaz como él de luchar dando todo de sí, pese a no confiar en la victoria, tan sólo porque estaba convencido de que era lo que debía hacerse.

- Espero que esté usted en lo cierto…

Los clarines lo interrumpieron. Era la señal para que las tropas comenzaran a acercarse hacia los trenes. El ansia de acompañarles volvió a resurgir en Leonid al oír este sonido. Movió insistentemente el talón sobre el estribo, retorció las riendas entre los dedos e hizo una leve mueca de impaciencia con los labios. Esto no pasó desapercibido para Brusílov.

- Hijo, quizás más adelante tenga la posibilidad de participar. Por lo pronto, disfrute de permanecer en casa. Tiene usted una mujer adorable – Leonid agradeció internamente la delicadeza con que Brusílov se refería a Julius. Su religiosidad no le impedía ser comprensivo con un hombre que convivía con la mujer que amaba, impedido de contraer matrimonio con ella. Todos suponían que aquella unión no sería aprobada por el zar tanto por la nacionalidad de la muchacha como por su origen desconocido – ya ve, la mía ha quedado encantada con ella nada más conocerla. Si pudieran visitar a mi Nadiushenka de vez en cuando le estaría muy agradecido. Mi partida la deja desolada, y yo también lamento estar tan lejos de ella…

- Estoy seguro de que Yulia lo hará de buen grado…

- Gracias – Brusílov hizo una pausa. Pensar en su esposa le ponía nostálgico aún antes de partir – Ya ve, después de décadas de matrimonio, y aunque muchos no lo crean, la amo con la misma intensidad del primer día.

- Entonces es un hombre afortunado.

- Usted también lo es, mi amigo. Espero de todo corazón que cuando cargue a las espaldas la misma cantidad de años que yo, lo siga siendo.

Un joven oficial urgió al general a emprender la marcha. Leonid le ofreció su diestra, y Brusílov la estrechó efusivamente. Luego ambos la llevaron a la sien, a modo de despedida.

- Mucha suerte, general.

- Hasta pronto, muchacho. Espero que celebremos antes de navidad.

La interminable masa humana comenzó a ponerse en movimiento y Leonid espoleó su caballo para retirarse del lugar. Buscó a Rostovski entre la gente y lo divisó despidiéndose de un grupo de oficiales a corta distancia. Iba a ir a su encuentro cuando alguien lo llamó. Una vocecita aguda e infantil que reconoció de inmediato. Sasha le saludaba con una mano y se acercaba corriendo.

- Marqués Yusúpov, ¿usted no va…?

- No, Sasha, no por ahora, al menos. ¿Tú has venido a despedir a alguien?

- No, sólo vine a mirar con mamá y mi hermano – dijo señalando a una mujer de mediana edad que llevaba una pañoleta floreada en la cabeza que conversaba con un muchachito larguirucho y desgarbado de unos dieciséis años – Papá ya se ha marchado con el I Ejército. ¿No es emocionante?

- Sí – dijo Leonid, incómodo ante el inocente entusiasmo del niño – espero que vuelva pronto…

- ¡Claro que volverá pronto, después de la victoria! – dijo Shasha alegremente – Ya verá que celebraremos en familia para navidad…

- ¡Sasha! – le llamó la madre – Sasha no molestes al caballero, ven acá, aún tenemos que pasar al mercado…

- Me tengo que ir – dijo Sasha – Déle saludos a Yulechka, y si pueden vengan al campeonato, ¡nuestro equipo está en las semifinales!

Se llevó la diestra a la sien en un gesto marcial y se marchó correteando entre la multitud. A la contradictoria ansiedad que Leonid sentía se sumó ahora cierto sentimiento de amargura al ser testigo de la absurda fe que la gente depositaba en los hombres que ahora se dirigían hacia los trenes. Rostovski acercó su caballo sorteando a la gente que caminaba en todas direcciones.

- Vamos a casa – le dijo cuando el rubio hubo puesto su corcel junto al suyo – ya todo ha terminado por aquí.

Pese a que no hablaron durante el trayecto, Leonid advirtió en Rostovski la misma tensión, el mismo estado de ánimo ansioso. Era muy común que se entendieran sin necesidad de palabras, y no por nada habían congeniado tan pronto se conocieron siendo muy jóvenes aún.

Al llegar a casa, atravesaron el jardín llevando sus corceles de la brida. De pronto los pasos de Rostovski y los de su caballo se silenciaron. Cuando Leonid miró por encima del hombro lo encontró de pie junto al animal, dubitativo. Luego de un momento de vacilación, desenvainó su espada.

- Todo esto me ha dejado algo ansioso, ¿sabe? – dijo Rostovski, mirándolo suspicazmente – Y ya que no tenemos nada que hacer por el resto del día, ¿no le parece un buen momento para esgrimir? Creo que no soy el único que se siente algo inquieto con esto de quedarse varado en San Petersburgo mientras gran parte del ejército se moviliza…

Leonid ordenó a un mozo que llevara a los animales a la cuadra, y desenvainó también su espada. Rostovski tenía razón, un poco de ejercicio transformó esa desagradable tensión en un golpe de adrenalina mucho más grato. El marqués se descubrió bastante fuera de práctica, y estaba tan concentrado en bloquear los ataques de Rostovski, que no se dio cuenta que Julius y Liudmil se habían acercado sentándose en el pasto, hasta que los oyó gritar cuando logró hacer retroceder varios pasos a su rival. Si bien él era bueno en esto, Rostovski siempre le había llevado una leve ventaja.

- ¿Puedo practicar un rato yo también? – preguntó el chiquillo.

- ¿Qué dices, Rostovski? – preguntó Leonid, quien ahora estaba de mucho mejor talante.

- Descansaré un momento, practiquen ambos.

El chico recibió la espada de Rostovski con los ojos brillantes de un entusiasmo que al marqués le recordó el que acababa de ver en Sasha. Leonid no solía dedicar demasiado tiempo a realizar este tipo de actividades con Liudmil, ahora mucho menos que antes. Era una oportunidad para el chico de demostrar a su hermano qué tanto había aprendido en su primer año en la Academia Militar.

- Julius, ¿puedes tomar el tiempo, por favor? – pidió mientras se ponía en guardia.

- Muy bien – dijo ella – iré por un reloj…

- Tome el mío – le ofreció Rostovski, sentándose a su lado.

Julius le agradeció con una sonrisa amistosa, pero hubo algo en la mirada que le devolvió el rubio oficial que la inquietó un poco. Le costó determinar qué era, específicamente, lo que tenía de perturbador… Había sido una mirada penetrante, y ella sintió que él veía, o al menos, pretendía descubrir algo en ella… pero ¿qué? Sin embargo, antes de que Julius pudiera seguir dando vueltas al tema, Rostovski le indicó que Leonid y Liudmil ya habían comenzado a lidiar, y ella se ocupó de tomar el tiempo y de seguir atentamente el desigual combate, olvidando esa pasajera turbación.

Pronto Liudmil descubrió que no había avanzado tanto como él creía.

- No está nada mal- dijo Leonid luego de haberlo lanzado al suelo unas cuantas veces - Es suficiente por hoy.

- Practiquemos un poco más…

Liudmil no estaba dispuesto a dejarse vencer tan fácilmente. Por más que se hallara sentado en el pasto, con la camisa y los pantalones salpicados de lodo y gotas de sudor sobre la frente. Sabía que no tenía ni la altura, ni la fuerza, ni la habilidad necesarias para derrotar a su hermano, pero haber aguantado tan poco era algo que le hería el orgullo, sobre todo porque al finalizar su primer año en la Academia Militar se había acostumbrado a recibir elogios. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había dado un porrazo en ese breve lapso de tiempo. Se levantó, apretando con firmeza la empuñadura de la espada en su diestra y se puso nuevamente en guardia.

- Ya te he dicho que eres bueno. No tienes nada que demostrarme, Liudmil.

Leonid envainó, dando por terminada la práctica.

- ¿Cuánto tiempo? – preguntó Liudmil a Julius.

- Nueve minutos y veintitrés segundos. ¿Por qué no te sientas aquí conmigo un momento? Estás agotado.

Liudmil negó con la cabeza y permaneció en la misma posición.

- ¡Qué obstinado! – dijo Leonid. Pero era evidente que la actitud de su hermano le complacía – si no descansas un poco de nada servirá continuar.

Liudmil masculló algo por lo bajo y se sentó junto a Julius, quien lo abrazó y lo besó exagerada y ruidosamente en las mejillas. Ella no comprendía que esto era aún más humillante para el chico, que estaba en la edad en que se esforzaba por demostrar su hombría y estas muestras de cariño maternales le venían fatal. Sobre todo delante de dos soldados a los que había intentado impresionar con resultados deplorables. Pero Leonid y Seguei fingieron no darse cuenta de la vergüenza del chiquillo, que se echó de espaldas en el pasto con las manos debajo de la nuca.

- Hermano… - dijo de pronto - ¿Qué tal si usamos esos sables curvos que tienes en tu despacho? ¿O sólo son ornamentales?

- ¿Sables… curvos? – repitió Leonid, sin comprender a lo que el chico se refería.

- Sí, esos que están en un atril en unas fundas de madera… porque son sables, ¿no?

- El señorito se refiere a las katanas. Son espadas japonesas - dijo Rostovski – No son ornamentales, pero… tampoco son de práctica, es decir… eso sería bastante peligroso. Además, se trata de un estilo muy diferente a la esgrima occidental que usted conoce, no es cosa de llegar y usarlas.

- ¿Ustedes saben luchar con ellas? – preguntó Liudmil, que se incorporó de golpe, quedando sentado y afirmándose las rodillas.

- Sí… - dijo Leonid, y adoptó una actitud vacilante – Sí sabemos utilizarlas, al menos un poco. Pero no las hemos tocado siquiera en mucho tiempo…

- En diez años… - completó Rostovski.

- ¿Cómo las obtuviste? ¿Cuándo aprendiste a usarlas? – insistió el muchachito, cada vez más interesado.

- Las aprendimos a usar cuando estudiábamos en Oxford…– dijo Leonid, luego de intercambiar una mirada con el teniente – fueron… un regalo. Una es mía, la otra es de Rostovski.

- ¿De veras? ¿Pertenecieron a algún samurai? ¿Quién te las regaló?

- Pertenecían a dos compañeros de la universidad… y efectivamente son auténticas espadas de samurai.

- ¡En serio! ¡Tienen que mostrarme como se lucha con ellas!

- Podríamos usar los shinai, señor, ya que el suyo y el mío están aquí – propuso Rostovski – porque tengo mi bokken en casa.(2)

- Antes de usar los shinaideberíamos limpiarlos, no los he desarmado en muchísimo tiempo.

- Eso tardaría demasiado. Sería mejor usar las katanas, para enseñarle algunas katas… Ya después le mostraremos como se practica con shinai y bokken.

- Pero… no es apropiado de ese modo - dijo Leonid, indeciso – No por nada las katas deben realizarse con bokken y no con katana

- Bueno, en un principio se practicaba directamente con katanas, antes de que se inventaran los demás implementos ¿o no? Pero si le incomoda volver a usar la katanade Kazuki–san, yo puedo…

- No, está bien, lo haremos como dices – le interrumpió Leonid de un modo un poco brusco. En seguida continuó hablando más relajadamente, como si advirtiera que se reacción había sido algo exagerada – pero no acepto reclamos si te vuelo una oreja. Que Liudmil te acompañe a buscarlas.

Seguei Rostovski sonrió socarronamente. Ambos sabían que era más probable que él le volara una oreja al marqués. Entró a la mansión seguido por Liudmil, que le bombardeaba a preguntas por el camino. Julius esperó a que se alejaran un poco para sentarse junto a Leonid, quien se había despojado de su guerrera, quedándose en mangas de camisa. Le rodeó la cintura con un brazo y reclinó la cabeza sobre su hombro. Esperó a que el teniente y el chiquillo estuviesen fuera de la vista para plantarle un beso en la mejilla. Julius sabía que sus arranques de expresividad en público, si bien no molestaban a Leonid, sí lo descolocaban bastante. A veces lo hacía sólo por divertirse fastidiándolo, porque sabía que pese a que se ponía nervioso no se atrevía a rechazarla, y en el fondo tampoco quería hacerlo. Solía quedarse tieso como una estaca, esperando que ella se le descolgara del cuello, o respondía fugazmente y casi con timidez cuando ella estiraba los labios para besarle, mientras los sirvientes ponían gran empeño en permanecer muy serios si es que no podían huir como alma que se lleva el diablo. Pero en esta ocasión Julius quería comportarse como una buena chica, así que fue discreta aún contra sus deseos. Después del peso que se había sacado de encima no quería empañar su sensación de alivio y bienestar ni con la más insignificante diferencia. Él, a su vez, la miró tiernamente. Nadie imaginaría que Julius, con esa faz serena y risueña, podía transformarse de un segundo a otro a en una criatura temerosa e histérica. El mismo Leonid lo olvidó por completo en ese instante, pese a que el día anterior, cuando su futuro aún era incierto, había tenido que soportar una crisis de llanto con altas dosis de melodrama. Le había sido imposible razonar con ella y eso lo exasperaba. Este comportamiento era lo que más le desagradaba de su mujer. Sin embargo, lo entendía, y lo consideraba algo insignificante comparado con todas las cosas que amaba de ella, y por eso mismo era capaz de tolerarlo.

- Ni te imaginas lo feliz que me hace que finalmente no te hayan enviado al frente – murmuró Julius, esbozando una dulcísima sonrisa.

- A mí también me alegra – respondió el marqués, como si no hubiera sido él quién hacía nada se habría largado feliz de la vida junto al VIII Ejército. También olvidó por completo este hecho – Por cierto, me he encontrado con Sasha. Su padre se fue hace unos días, con el I Ejército.

- Dios quiera que vuelva a casa sano y salvo – dijo Julius con un tono súbitamente sombrío – Después de todo, nosotros hemos sido afortunados. No tendremos que separarnos.

Rostovski y Liudmil no tardaron en regresar. El teniente ya había colocado una de las katanas atravesada al obi con que había reemplazado el cinto donde usualmente llevaba su espada occidental. Entregó otro obi a Leonid, y luego de que el marqués lo hubiera atado alrededor de su cintura, le ofreció la otra katana que llevaba consigo, sosteniéndola con ambas manos de cada extremo.

- Arigatô gozaimashita – el marqués hizo una breve inclinación con la cabeza al recibir la espada curva.

- ¿Eh? – murmuró Liudmil, confundido por las palabras que su hermano acababa de pronunciar, y por el aire ceremonioso que tanto él como Rostovski habían adoptado. Nunca antes había oído hablar en japonés.

Mientras Leonid acomodaba el arma envainada en su obi, Rostovski lanzó al suelo un pequeño bolso de cuero que llevaba consigo. Los tirantes no estaban enganchados, de modo que se abrió al golpearse sobre el pasto. Un librito en edición de bolsillo quedó a poca distancia de Julius, sobre la hierba, y ella lo recogió con la intención de volverlo a su sitio.

"Ballad of Reading Gaol – Oscar Wilde" leyó en la portada. Echó un rápido vistazo a la primera página, en la que solo había escritas algunas palabras en caracteres cirílicos, y una fecha: "Леонид Феликсович Юсупов, Оксфорд, 1902" ("Leonid Felíksovich Yusúpov, Oxford, 1902")

¿Wilde? Nunca pensé que a Leonid le interesara un autor como este. ¿Y por qué Rostovski tiene este libro? Tampoco me lo imagino a él leyendo a Wilde, pero, en fin, supongo que se lo ha prestado…Se dijo Julius, sin darle vueltas al asunto, y lo guardó donde estaba. En tanto, Rostovski daba algunas indicaciones básicas a Liudmil.

- Lo primero que debe tener en consideración, señorito Liudmil, es que tanto en Kenjutsu como en el resto de las artes marciales orientales, la práctica se rige por normas estrictas que en un principio pueden parecerle extrañas porque son fruto de una cultura muy diversa a la nuestra, pero que tienen su razón de ser. Es muy distinto de nuestro Sistema Rukopashnogo Boia(3). Por desgracia no es mucho lo que su hermano y yo podremos transmitirle, ya que nuestros conocimientos son exiguos y fueron adquiridos de modo informal…

Ambos desenvainaron sus armas, sujetándolas con las dos manos.

- A diferencia del estilo occidental en que el arma se sostiene con una sola mano, intentado ofrecer el menor blanco posible al contendor… - continuó Leonid – en el estilo japonés siempre debes estar de frente. Ofreces un mayor blanco y a la vez tienes la posibilidad de causar mayor daño, por ende, las peleas suelen ser cortas y con resultados usualmente fatales. Kamae,o postura de combate: la empuñadura debe estar a un puño de tu cuerpo, y la punta, siempre dirigida a la garganta de tu enemigo.

Liudmil estaba muy atento. Julius, por el contrario, había comenzado a asustarse a observar la seriedad con que actuaban Leonid y Serguei. Después de un par de breves explicaciones comenzaron a practicar distintas katas, las que Julius habría definido como una seguidilla de ataques coreografiados, desarrollados con mucha lentitud, pero que si alguno no hacia el movimiento preciso podía acabar sin una mano, destripado o con la cabeza partida en dos. En un principio ambos se movían de forma algo vacilante, pero poco a poco tomaron confianza, conforme fueron desempolvando de sus mentes el recuerdo de las añejas horas de práctica perdidas en el tiempo. Liudmil no se perdía detalle. Se esforzaba por memorizar cada postura, pero esto era bastante difícil dado que no sabía qué era lo importante. Algunos movimientos de ataque, cada vez mejor sincronizados, eran acompañados por la exclamación de una breve sílaba. El chiquillo las iba repitiendo en voz baja.

Julius no compartía en absoluto el entusiasmo de Liudmil. Las primeras katas o-como-se-llamaran eran (o al menos, se veían) más bien sencillas. Luego de repetirlas varias veces pasaron a otros ejercicios de mayor complejidad, y la actitud con que ambos se enfrentaron fue modificándose. Esto no se asemejaba para nada a cualquier práctica de esgrima que hubiese presenciado antes. Julius no habría podido explicarlo bien, pero la sensación que tuvo al verlos fue que de verdad estaban dispuestos a hacerse daño. Supuso que un combate real debía ser más o menos así. Se miraban directo a los ojos con una expresión feroz, acechándose, como si supieran que si daban el menor espacio el contrincante no desperdiciaría la oportunidad para matar. Sin darse cuenta le estrujaba un brazo a Liudmil cada vez que la katana de Rostovski se detenía a escasa distancia de la cabeza de Leonid, o el arma del marqués estaba a punto de cercenarle una mano al teniente. Al cabo de un rato advirtió que Rostovski tendía a adelantarse ligeramente y Leonid lucía algo nervioso. Lo supo por la forma en que sus dedos se separaban de la empuñadura de la katana para luego apretarla con demasiada fuerza. Y entonces tuvo otra sensación extraña. Fue justo después de que Rostovski desviara la vista hacia donde ella y Liudmil se encontraban. Estaba segura que luego de eso, y durante una fracción de segundo, había mirado a Leonid con verdadero odio. A continuación levantó la katana por sobre su cabeza y la dejó caer hacia abajo y adelante, al tiempo que Leonid daba un paso a un costado y estiraba su arma, quedando la punta cerca del cuello de Rostovski. Pero éste había sido demasiado rápido, y desde donde Julius estaba, creyó ver que había alcanzado al marqués en un hombro. Julius se levantó violentamente dando un grito, y corrió hacia Leonid, sólo para comprobar que su camisa tenía un desgarrón desde el hombro al codo, pero que estaba ileso. Por un instante ambos hombres se miraron con sorpresa. En seguida, Rostovski se disculpó muy avergonzado.

- Es mi culpa, no estaba concentrado – dijo – Además debimos haber intercambiado las…

- No, está bien – le interrumpió Leonid, que se recobró enseguida del susto – No ha pasado nada, pero creo que es suficiente por hoy.

- ¿Entonces puedo practicar yo ahora? – preguntó Liudmil con los ojos brillantes.

- ¿Rostovski, te parece si le enseñamos un poco a este chiquillo?

- Sí, señor – contestó el aludido, aún algo turbado.

Liudmil estuvo de un salto junto a su hermano con las manos extendidas, pero él envainó su katana, y fue Rostovski quién le ofreció la suya.

- Este… ¿Qué debo decir? – preguntó el chico, luego de atarse el obi de Serguei alrededor de la cintura.

- Arigatô gozaimashita. Significa "muchas gracias".

- A… arigatô gozai… gozaimashita…

Colocó el arma en el obicon dificultad, y en seguida desenvainó torpemente, imitando la posición de combate y dirigiendo la punta de la katana hacia su hermano.

- ¿Y…? ¿Qué esperas para desenvainar?

Este inocente comentario provocó una gran carcajada de los dos hombres.

- No tan rápido… Primero debes aprender lo básico.

- ¡Pero ya puedo hacer la posición de combate!

Esta vez ambos trataron de no reír para no herir los sentimientos del niño.

- Eso está pésimo. Flecta un poco las piernas – dijo el marqués empujándolo de los hombros hacia abajo – Las caderas tienen que ir paralelas hacia el frente… no, los pies apuntan en la misma dirección. Levanta un poco el talón izquierdo… no, no tanto. No estires así los brazos… Bien. Ahora, haz esto – Desenvainó, colocó la espada por sobre su cabeza y la dejó caer hacia adelante dando un pequeño paso y retrocediendo en seguida – El tronco recto, sin inclinarse hacia adelante. Si no doblas un poco las rodillas tu centro de gravedad estará demasiado alto… ahora tú.

El chiquillo imitó el ejercicio lo mejor que pudo, y de hecho creyó haberlo hecho bastante bien, sin embargo recibió otro aluvión de correcciones.

- No la estás tomando correctamente. Es el brazo izquierdo el que sostiene el arma, el derecho sólo sirve de guía y la mano tiene que estar relajada, de otro modo lo podrás extender los brazos por completo al cortar. Como no estiras bien los brazos tiendes a irte hacia delante.

Liudmil se estaba dando cuenta de que la cosa no era tan simple como se veía, pero no dijo nada, apretó los dientes y repitió el movimiento. Sin embargo, inconscientemente se inclinó hacia adelante otra vez. Leonid extendió su katanaenvainada en forma horizontal, y le dio de lleno en el estómago haciéndole toser y botar todo el aire.

- ¡Lenia, no es necesario que seas tan brusco con el niño! – le reprendió Julius.

- Sí es necesario…

- ¡No soy un niño…!

Julius resopló, molesta, y se cruzó de brazos.

- Bien, ahora repítelo de nuevo… ¡Ichi…! mejor, pero no hagas fuerza, basta con que la dejes caer. Créeme, cortará lo que sea que tengas por delante… ni, san, shi, go, roku, shichi, hachi, kyū, jū…(4) ¿Qué tal? A que no es tan sencillo como parece…

Liudmil negó con la cabeza.

- ¿Y ahora qué hago?

- Lo mismo.

- ¿Otra vez?

- Rostovski, supervísalo otro poco – ordenó Leonid, al tiempo que entregaba a su subalterno su obi y su katana.

- Sí señor.

Liudmil vio con cierto desconsuelo como Leonid y Julius se alejaban hacia la puerta de entrada. Había salido muy temprano y sin desayunar para pasarse toda la mañana correteando de aquí allá y tomando fotografías a las tropas. No era el mejor momento para darse cuenta de que estaba muerto de hambre. Julius, que iba tomada del brazo del marqués, se giró para mirar hacia atrás y le sonrió con malicia, aún ofendida porque el chico rechazara su intervención.

- Vamos, señorito, repita el ejercicio. Cinco series de a diez. Eso para empezar. ¡Ichi, ni, san, shi, go…!

Liudmil alcanzó a oír la risa burlesca de Julius antes de que la puerta se cerrara. Leonid tuvo la deferencia de esperar hasta estar en el recibidor para soltar una breve carcajada. Julius le siguió a un salón contiguo.

- Entiendo que no pasas mucho tiempo con Liudmil y te gustaría compartir más con él, pero… ¿No podrían realizar una actividad un poco más… civilizada?

- No – dijo él maliciosamente – Y antes de que digas nada, ese chico se ha puesto algo engreído, no le hará mal que le bajen los humos…

- Sí, pero creo que es un poco… en verdad, bastante peligroso.

- No te preocupes, Rostovski sabe lo que hace. Además, esto será sólo por hoy, para que empiece a familiarizarse. Más adelante usará los implementos adecuados y a lo más se dará unos costalazos o recibirá uno que otro palo, pero sin riesgo de que lo corten en dos.

Julius recordó en seguida los ojos fríos y llenos de odio del oficial.

- No estoy tan segura de que Rostovski sepa lo que hace – murmuró.

- ¿Lo dices por esto? – preguntó Leonid, señalando la manga rasgada de su camisa – Fue un accidente. Esperable considerando que hace tantos años que no practicábamos.

- Pues no me ha parecido un accidente – replicó la muchacha.

- ¿Estás insinuando que Rostovski quiso herirme a propósito?

Julius supo que Leonid no quería decirle todo lo que estaba pensando. Su expresión se volvió neutra. Ella empezó a dudar de las conclusiones que había sacado, pero aún se animó a insistir.

- Pues se veía… se veía molesto… diría que hasta furioso… contigo.

- Creo haber estado en mejor posición que tú para apreciar lo que sucedió – dijo Leonid en un tono que no dejaba lugar a réplica y que muy rara vez utilizaba con Julius – Y ha sido un accidente. Rostovski jamás me atacaría ni me traicionaría. Pongo las manos al fuego por él. Puedes estar tranquila.

Julius se quedó con la palabra en la boca, pues Vera entró al salón en ese instante y habló antes que ella.

- ¡Ah! Ahí estás, Julius. Necesito que me ayudes con… ¡Y a ti que te ha pasado! – exclamó a ver la camisa rasgada de su hermano.

- Nada. Un pequeño accidente. Ha sido una lástima perder una camisa como esta por una tontería así.

Julius puso al tanto de todo a Vera, y ella se asomó al ventanal del salón que daba al jardín.

- Señorito, le repito que no es necesario que haga tanta fuerza – los tres oyeron decir al teniente – En este arte marcial no vence el más fuerte, sino el que tenga más coraje, técnica y estrategia. Recuérdelo. Piense que los japoneses nos vencieron hace diez años cuando nadie daba un kópek (5) por ellos. Es un pueblo del que vale la pena aprender. No sea tan porfiado y sólo deje que la katanacaiga hacia adelante.

- Pero no creo… que pueda cau… causar una herida mortal… si sólo la dejo caer… - dijo el chiquillo ahogadamente.

- Señorito, esta no es una vulgar espada – replicó Rostovski con toda seriedad – En su confección se vigila hasta el más ínfimo de los detalles. Toma seis meses afilar sólo la punta. Una buena katana, y créame que esta lo es, debe ser capaz de cortar a una persona en dos de un solo tajo. ¿Sabe cómo se probaban antiguamente?

Liudmil negó con la cabeza.

- Con hombres… vivos. Servían para realizar ejecuciones de condenados a muerte. Primero los partían por la mitad y luego los trozaban en el suelo. Deberá aprender la diferencia entre un simple golpe y cortar correctamente, y cuáles son los puntos vitales a atacar – Desenvainó e hizo varios movimientos de corte, horizontal, diagonal ascendente y descendente, apuntando a cada parte del cuerpo de Liudmil mientras hablaba – Men, la cabeza. Kote,la muñeca. Do, el vientre. Y por último, tsuki, la garganta. Ahora, continuemos…

Luidmil pasó saliva. Vera enfrentó a su hermano mayor con los ojos centelleantes de ira.

- ¡Qué diablos crees que estás haciendo! ¿¡Cómo puedes pasarle esa… esa cosa al niño! ?

- No es un niño… Y "eso" no es una "cosa"…

- Es inútil discutirles… - acotó Julius.

Vera le dio la espalda al marqués, ignorándolo.

- Julius, me gustaría cambiar las cortinas de este salón. Ese tono verde tan azuloso y oscuro es desabrido y deprimente, no me gusta nada… ¿Qué opinas?

- La verdad está bastante triste… Es una buena idea cambiarlo. Un rojo italiano, por ejemplo, le vendría bien.

- ¿Entonces serías tan amable de ayudarme a escoger la tela y el tono adecuados?

- Claro…

- No sabes cuánto te lo agradezco. Mira, llama a este número – dijo entregándole una tarjeta – Y pide que envíen a un dependiente por la tarde, y juntas revisaremos el muestrario de telas.

- ¿Digo que es de parte tuya?

- Di que es de parte de la señora de la casa.

- ¿La señora… de la casa? – repitió Julius.

- Sí, cariño – Vera sonrió, olvidando su mal humor de hace un instante – Esa eres tú. La señora de la casa.

El rostro de Julius se encendió como un tomate. Instintivamente miró a Leonid. Él no dijo nada y las dejó a solas, pensando en que Brusílov tenía toda la razón. Era en verdad muy afortunado. Tenía no solo una, sino dos mujeres maravillosas en su vida.

~.~.~

Adel Aleksándrovna Románova (recuperado ya su apellido de soltera) era, posiblemente, la única mujer de alcurnia en San Petersburgo no sometida a la condena social por haber cometido adulterio, pese a que el asunto alcanzó ribetes bastante escandalosos. Y ello no se debía a que fuese sobrina favorita del mismísimo zar. Mucho antes de su divorcio asistía a diversas recepciones y bailes, a la ópera, al ballet y al teatro en compañía de Konstantin, su amante. Salvo un por par de viejas santurronas, jamás recibió una mirada de reproche cuando, acomodada en su palco, Konstantin le tomaba la mano y le hablaba al oído, admirándola con ojos enamorados. Cuchicheos hubo, claro está, sobre todo las primeras veces que se dejaron ver juntos, pero con el correr del tiempo la opinión era casi unánime: Adel no era una perdida. Era una víctima. Ya hubiera querido esa indulgencia la desdichada Anna Karenina. En este caso, el dedo acusador no iba dirigido a la hermosa mujer y su amante, sino al glacial marido, a cuyo lado el rígido y desabrido Aleksei Karenin era un devoto, romántico y apasionado esposo.

¿Qué otra cosa podía hacer la bella Adel, unida a un hombre apodado "espada de hielo"? Era una injusticia condenar a tan deliciosa criatura a un matrimonio forzado e infeliz, pues con un hombre como aquel, el amor no llegaría con los años. El amor no llegaría jamás cuando todo indicaba que uno de los dos esposos estaba, aparentemente, incapacitado para sentirlo. No podía condenarse a una mujer que busca la felicidad en una pasión clandestina cuando el marido la ignora totalmente. Cuando descuida incluso sus deberes conyugales, teniendo una esposa cuya sola presencia incitaba a la búsqueda del placer. Cuando la única finalidad de su vida es el perfecto cumplimiento de su trabajo, y no alberga en el corazón emoción alguna. ¿Qué otra prueba de esto sino su total indiferencia al amorío de Adel? Se sabía, a través de los infaltables cotilleos de la servidumbre, que el marqués Yusúpov se limitó a prohibirle que usara en su presencia los regalos de otro hombre, y no volvió a mencionar jamás el tema. Tampoco buscó venganza en brazos de otra mujer. Nunca se le conoció amante. Y esta indiferencia y falta de reacción era lo considerado realmente escandaloso. Quizás sus apetitos se satisfacían en su propio género. Aunque nadie hablara de ello, todos sabían que eran costumbres comunes en la milicia… Por otro lado, la pareja en casi diez años de matrimonio no había tenido hijos. Mayor razón había para considerar una aberración unir a una mujer como Adel a un hombre como Leonid. Ahora, de seguro el zar había reparado al fin en su error, ordenando el divorcio, al que Yusúpov accedió tal como si se tratara de cualquier orden de rutina que le dirigiera en soberano. Probablemente para él no había ninguna diferencia entre ir a las inmediaciones de Siberia a reprimir una revuelta, arriesgando el pellejo, y poner término a su matrimonio, firmando unos papeles.

Así pues, Adel y Konstantin contaban de modo excepcional con el beneplácito de una sociedad usualmente hipócrita e intransigente en este tipo de asuntos, los que se toleraban siempre y cuando se hicieran con discreción. Ojos condescendientes y sonrisas amables se dirigían hacia ambos cuando se presentaban juntos a alguna glamorosa fiesta, exhibiendo públicamente su amor ilícito. Se comentaba la gracia y elegancia de Adel, se alababa la perseverancia de Konstantin, quien había tenido que retirar su propuesta de matrimonio cuando el zar ordenó que su sobrina se desposara con Leonid Yusúpov, pero había luchado por ella hasta conquistarla y enfrentarse a la sociedad con la cabeza en alto. ¿No era romántico? ¿No eran acaso, la pareja perfecta? Todos esperaban que habiéndose concretado el divorcio y pasado un tiempo prudencial, se anunciara el compromiso. Todos suponían que Adel al fin podría legitimar su felicidad.

Pero he aquí lo que nadie sabía: Adel no había sido feliz antes, ni lo era ahora. Nunca quiso divorciarse. Intentó durante largo tiempo acercarse a su marido, pero jamás pudo tocar su corazón. Ella, una de las más hermosas mujeres de la corte, sino la más bella, pretendida por tantos jóvenes apuestos y galantes, soportaba las largas ausencias de Leonid sin recibir de él una sola carta. Ella, cuyos besos tantos deseaban, recostaba la cabeza cada noche sobre su almohadón en un lecho frío y solitario. Y cuando hizo algún reclamo, la única respuesta que obtuvo fue el silencio. Resentida, aceptó a Konstantin en un desesperado esfuerzo por llamar la atención de Leonid. Por verle perder el control aunque fuera una sola vez, por obligarle a despreciarla ya que no conseguía que la amara… Y no lo logró. La esperada escena de celos nunca llegó, todo quedó en la exigencia de que no portara esas joyas en su presencia. Un amago de ira que se extinguió casi al instante. Ella le llamó cobarde por tolerar la situación, y ni aun así le hizo reaccionar. Prefería llamarle cobarde para no admitir que en realidad, él sólo era indiferente. Hundir más aún el dedo en su propia llaga fue todo lo que obtuvo yendo a los brazos de otro hombre. ¡Era Leonid quien debía sentirse menoscabado, y reaccionaba con esa pasmosa e irritante indolencia! Jamás la habían humillado tanto en su vida. Sintió que le odiaba con toda el alma. Y sabía que le odiaba porque pese a todo, no podía dejar de amarle. Sí, Adel amaba a Leonid.

Por eso la hirió tanto verle llorando la sorpresiva muerte de su padre en brazos de esa muchacha, Julius. Si Adel hubiera entrado a su despacho cuando en un arranque de locura, echaba abajo los estantes, las lámparas, y rasgaba las cortinas con su espada, seguramente él la habría mandado a salir. Quizás, incluso, habría recobrado la compostura para no mostrarse vulnerable delante de ella. Pero mientras ella llegaba a casa a media mañana luego de haber dormido con Konstantin, fue Julius quien acudió al lado de su propio esposo cuando él más necesitaba a alguien. Y ahí estaba, sollozando como un niño, estrechando a Julius con tanta fuerza que apenas la dejaba respirar, en medio de un desastre compuesto por jirones de cortinas, libros y restos de porcelana y vidrio por doquier. Sus hombros anchos, su fuerte espalda se sacudía en espasmos, mientras esa mujer le rodeaba el cuello con los brazos, y lo miraba asustada y compasiva, murmurándole dulces palabras de consuelo al oído.

Que la hubiera engañado no habría sido tan doloroso como aquella escena. Es más, lo hubiese preferido antes de ver como abría su corazón a otra, como sus lágrimas se derramaban sobre un hombro que no era el suyo. Fue tan sólo entonces que se rindió. Fue por eso que se retiró en silencio y sin ser vista, abandonó definitivamente esa casa y se marchó con Konstantin sin que le importara ya un reproche social del que, para su sorpresa, nunca llegó a ser objeto. Ya había pasado más de un año y el recuerdo aún la lastimaba. Quizás nunca dejaría de herirla. Nadie se imaginaba lo mucho que le costó firmar los papeles del divorcio, pero fue ese suceso lo que la convenció de que era lo correcto. De otro modo habría ido a echarse a los pies de su tío, a suplicarle que detuviera ese asunto, a confesarle ese amor no correspondido por el que aún estaba dispuesta a dar la pelea… Pero no tenía caso. No después de lo que había visto. Sólo le quedaba tomar la pluma e intentar que su mano no temblara al trazar su firma sobre el papel. Y luego, tratar de disfrutar de una vida soñada para cualquiera menos para ella, junto a un hombre maravilloso al que no amaba. Al menos conseguía no sentirse desdichada. Pero feliz… no, no lo era. Con el paso de los meses logró llegar a un estado de pacífica resignación, de cierta calma en que el haber sido despreciada de una forma tan desconsiderada por quien fuera su esposo ya no dolía con tanta intensidad. No en vano había pasado una temporada en la tranquilidad de sus posesiones familiares en Crimea y luego otra disfrutando de los balnearios italianos. Sin duda haber descansado en parajes tan bellos ayudaba a componer el ánimo. Además, Konstantin era un hombre realmente excelente y se desvivía por ella. Pero cada vez que recordaba sus dedos temblorosos aferrando la pluma, escribiendo su nombre sobre un papel que le daba una libertad que no deseaba, el corazón se le encogía.

Ella y Konstantin dejaron pasar algunas semanas luego del asesinato del archiduque Franz Ferdinand, pero cuando la guerra entre Austria y Serbia ya se hizo inminente, decidieron volver a San Petersburgo. Enlazó su brazo al que le ofrecía Konstantin, y entraron a la fiesta que daba su amiga la princesa Várvara Sokolova. Esa noche despedía a su esposo, quien marchaba a reforzar el VIII ejército, contra la voluntad y para gran indignación de su mujer. Por esto se preveía algún tipo de incidente antes de que concluyera la velada, dado el carácter explosivo de la princesa.

Adel y Konstantin fueron recibidos con la cordialidad de siempre. Sin embargo, al pasar captó comentarios extraños, conversaciones que cambiaban de rumbo apenas ella se acercaba.

- No, nunca le había visto en una fiesta si no era por obligación.

- ¿No es esa la misma muchacha que…?

- …Y en todo caso, jamás me imaginé que supiese bailar, y encima lo hiciera tan bien… oh, Adel, querida, luces bellísima como siempre… Konstantin, eres un hombre tan afortunado…

- No niego que valoro los innumerables servicios que ha prestado a la Corona, y que su fidelidad a su majestad es incuestionable, sin embargo, no me inspira la menor empatía. Siempre fue un antisocial. Es realmente sorprendente…

- ¡Y cómo la miraba…! Parecía otra perso… ¡Adel, qué gusto de verte! Konstantin, amigo, no te enojas si le pido un baile a tu hermosa acompañante, ¿cierto? ¡Vamos, hombre, no seas egoísta!

¿De qué habla todo el mundo? ¿Por qué callan apenas me acerco? Siento que todos me miran…

Adel dejó a Konstantin conversando con Matvei Sokolov, el dueño de casa, y se escabulló con la excusa de buscar una copa. Salió a una amplia terraza del segundo piso para tomar un poco de aire fresco y se sentó en un banco de mármol. Bebió un sorbo de su aperitivo favorito, blanc cassis servido muy frío y preparado con un buen Chardonnay (6). Miró distraída hacia su izquierda, donde podía apreciar parcialmente la pista de baile. Y para su gran sorpresa vio a Vera Yusúpova, su ex cuñada, y al teniente Rostovski, conversando con un grupo de muchachas casaderas que cotorreaban sin cesar, y se lucían muy coquetas delante del rubio oficial. Luego recordó que Vera y Várvara eran (inexplicablemente) muy buenas amigas. O quizás eran un buen ejemplo de que los polos opuestos se atraen. Mientras Vera tenía un temperamento calmado, cerebral, y no solía hablar en exceso, a Várvara había que callarla a palos. Bastaban un par de minutos a su lado para apreciar cómo se manifestaba la sangre italiana de su madre. Hablaba muy alto, era expresiva, de risa contagiosa y jovial, con la broma siempre en la punta de la lengua, amante de la buena mesa, de las fiestas, apasionada, franca y alegre. Matvei, su marido, había sido compañero de Leonid en la Academia.

Entonces… ¿hablaban de ellos? ¿Por eso cambiaban de tema cuando me acercaba, o…? ¿O él ha venido también? ¡Cielo Santo! Hace tanto que no le veo… si está aquí quisiera hablarle, aunque en realidad… nada tengo que decirle…

Una risa femenina interrumpió sus pensamientos. No se había dado cuenta, pero había más gente en el lugar. La risa provenía de la parte más alejada de la terraza, a sus espaldas.

- No sabes cuánto me he divertido esta noche. Deberíamos hacer esto más seguido.

¿¡Qué! ?… ¡Es la voz de Julius!

- Lo haremos si te place.

¡Es… es él…! ¡De eso hablaban! ¡Por eso todos callaban al verme!

- No quiero obligarte… sé que no eres aficionado a este tipo de cosas.

- Es verdad, sin embargo he disfrutado venir. Ya te he dicho que cualquier actividad me resultará grata si es en tu compañía. Lo único que te pido es que hagas un esfuerzo por entender que me toca guiar a mí…

Julius rió suavemente. Adel apretó la copa entre los dedos, pero no se atrevió a girar la cabeza. Con lo que acababa de oír las cosas le quedaban más que claras, sin embargo, tampoco pudo ponerse pie y se quedó allí, torturándose, escuchando las palabras que quiso para ella, dirigidas a otra mujer. No podía apartar los ojos del líquido rojo y traslúcido.

- ¡Supongo que me han enseñado a bailar como un si fuese un muchacho! Pero no he estado tan mal, ¿o sí?

- Para nada, de hecho ha estado más que aceptable.

- Eso es porque sólo han tocado valses. Espera a que partan con un kadril y todos podrán ver el desastre que soy…

- Lo harás bien. Y si te equivocas, dudo que a alguien le importe. Te ves tan hermosa, que nadie te quita los ojos de encima. Partiendo por mí, desde luego. Es más, me he sentido algo engreído al ver como todos te miraban, sabiendo que te tengo sólo para mí.

- ¡Yo también! Yendo de tu brazo, con todas esas damas mirándote…

- ¡Mirándome! Ha de ser la sorpresa de verme en un baile. Espero no haberle provocado un síncope a ninguno de los invitados con mi inesperada aparición…

- ¡No sólo por eso! ¿Es que no te das cuenta de lo guapo que eres? Esas mujeres me envidiaban, estoy segura.

No sé si las otras te envidiarían, pero yo… ¡oh, yo te arrancaría los ojos con las uñas, pequeña puta alemana!

- Pero qué cosas dices…

- Eres muy atractivo. Me gustas tanto… Si nadie más lo ha notado es porque hemos venido a una fiesta de ciegos.

- Lo dices con tanta convicción que estoy a punto de creérmelo…

- Es la idea. Hay muchas cosas de ti que pareces no ver.

- Sé que te lo he dicho al menos un centenar de veces, pero antes de conocerte, nunca pensé que podría llegar a sentir lo que siento cuando estoy contigo. Has trastocado mi mundo. Me haces feliz.

- ¡Eres tan dulce!

Él rió. Adel nunca le había oído una carcajada. Era una risa alegre, despreocupada. Ahora comprendía ese "parecía otra persona…". Inclinó la cabeza con pesadumbre, conteniendo a duras penas las lágrimas.

El amor no te ha hecho más locuaz. Transmites lo que quieres decir con claridad y precisión, con pocas palabras, como siempre… no necesitas explayarte para dar a entender exactamente lo que piensas. Mas nunca te había oído decir lo que sientes…

- Has de ser la única persona en el universo que piensa así de mí.

- Conmigo lo eres. No me importa el resto.

- Es verdad. Tampoco a mí me importa el resto. Sólo tú.

Luego de aquello permanecieron en silencio. Adel se puso de pie a duras penas. Las rodillas le temblaban, y un nudo le apretaba la garganta. Realmente no necesitaba verlos, con lo que había escuchado era más que suficiente, pero algo de masoquismo había en lo que la impulsaba a actuar de ese modo haciéndose un daño innecesario. Inspiró y giró con lentitud sobre sus talones.

Él vestía su uniforme negro de gala. Ella, un vestido blanco que dejaba descubiertos los hombros, el cabello recogido en un moño sencillo. Él la sostenía de la cintura, y ella reposaba las manos sobre su pecho, jugueteando con sus condecoraciones. Y se miraban. Sólo eso. Se miraban a los ojos, perdidos, ausentes de todo cuanto les rodeaba. La luz proveniente del salón le permitía distinguir con claridad a su ex marido. Y no pudo menos que concordar con la apreciación de Julius. Lucía guapísimo en aquel traje que resaltaba su figura alta y atlética. Elegante y sobrio. Sin embargo, por primera vez apreció en un rostro algo distinto de esa habitual máscara impenetrable, pues lucía una dulcísima expresión. Sus ojos destellaban con un fulgor mezcla de pasión y ternura. Su sonrisa no era esa mueca desagradable y mordaz, de suficiencia, que solía exhibir y que tanto la exasperaba.

La mano abandonó la cintura de la muchacha y se posó en su mejilla.

- Te amo – dijo la muchacha.

- Y yo a ti, pequeña.

Una mancha rojiza se extendió sobre el piso de mármol cuando la copa se le resbaló de entre los dedos. Los enamorados salieron bruscamente de su ensueño.

- ¡Se… señora Adel! – oyó decir a la muchacha. La costumbre de ver a Adel como la mujer de Leonid le hizo apartarse de él en seguida, olvidando que no había cometido falta alguna. Pero el marqués la retuvo a su lado con firmeza, tomándola de un brazo. Un modo sutil y a la vez directo de poner en claro su posición ante ambas mujeres.

- Buenas noches, Adel – dijo, serenándose casi al instante.

Ella siguió allí, inmóvil. Entreabrió los labios, pero no salió de su boca ningún sonido.

- Bue… buenas noches – logró articular al fin. Sonrió cortésmente, haciendo gala de un notable poder de autocontrol - ¡Esto si es toda una sorpresa! Espero que estén pasando una velada interesante. Aunque claro, Várvara siempre da unas fiestas estupendas, es imposible aburrirse con ella…

- Precisamente hablábamos de lo agradable que ha sido todo – dijo el marqués.

Adel habló sobre un par de trivialidades más a lo que él contestó de modo educado, pero cortante. Julius se había cohibido por completo. No sabía cómo reaccionar, o más bien, cómo se esperaba que se comportara en una situación tan embarazosa como esa. Leonid se percató de esto en seguida, y le tomó la mano. La besó en la sien, con el propósito de infundirle confianza y seguridad - ¿Ya has recuperado el aliento? ¿Deseas seguir bailando?

- Sí… - murmuró Julius, aún mirando a Adel con temor y vergüenza – sí, Lenia, me gustaría.

- Con tu permiso, Adel – dijo Leonid al pasar por su lado, con esa voz impersonal que la volvía a herir después de tanto tiempo.

Cuando una mano se posó sobre su hombro, Adel se dio cuenta de que había olvidado hasta respirar. Y es que el aire entrando en su cuerpo le hacía doler aún más el pecho.

- ¿Qué haces aquí, amor? Mira, has dejado caer tu copa… ¿Qué sucede? ¡Pero qué cara tienes, Adel!

- No, nada, estoy bien, Kostia.

Konstantin frunció los labios.

- No hay necesidad de mentirme, supongo que ya les has visto. Todo el mundo está en shock. Me imagino que esa mujer era su amante desde antes del divorcio… qué bien guardado se lo tenía, ¿no? Eso explica por qué nunca te fustigó por lo nuestro…

Los ojos de Adel refulgieron, húmedos, antes de que dos lágrimas brotaran de ellos. Aunque lo que Konstantin afirmaba tenía sentido, ella sabía que estaba equivocado. Julius y su ex marido no eran amantes antes del divorcio. Si hubiese habido otra mujer en su vida Adel se habría dado cuenta de inmediato, y en lo que vio, en las pocas palabras de cruzaron advirtió el profundo cambio operado en él. No era el hombre con el que se había casado, y tampoco el mismo que había firmado la demanda de divorcio hacía un año y algo. Sin embargo, si guardaba silencio, al menos su reacción parecería un poco más justificada a los ojos de Kostia.

- Sí… supongo…

- Vamos, Adiusha, no te pongas así.

- ¡Es indignante!

- Amor, le pusiste los cuernos conmigo durante años. No estás en posición de molestarte… No seas tan vanidosa. Me tienes a tus pies. Hay muchos otros que matarían por estar en mi lugar, y a ti te irrita que tu ex marido esté con esa muchacha loca… ¿Qué te importa lo que él haga con su vida a estas alturas?

- Tienes razón. No es asunto mío.

- Así se habla. Lo mejor que podemos hacer es regresar al salón y disfrutar de la velada.

- Está bien, entremos. Aquí ya está haciendo frío.

Adel tuvo que hacer un gran esfuerzo para no quedarse con los ojos clavados en su ex marido durante el resto de la noche, y para mantener una sonrisa en el rostro que pareciera natural. Se ubicó de tal modo que el grupo de personas entre las que se encontraban él, Julius, Vera y Rostovski, quedaba en su campo de visión periférica. Sólo un entrenamiento de años de relacionarse socialmente con gente que no le interesaba le permitió seguir las conversaciones a su alrededor cuando casi toda su atención estaba puesta en otra parte.

- Pues no sé… - decía la dueña de casa que se encontraba en el mismo grupo que Adel – Podrán decir lo que quieran, dar mil justificaciones, pero no acaba de gustarme esto de "Petrogrado", por mucho que suene más ruso. Prefiero "San Petersburgo". ¿Tú qué opinas? (7)

- Creo que la decisión de mi tío ha sido acertada – respondió Adel, que de cuando en cuando miraba de soslayo a sus ex-familiares que conversaban amenamente con otros invitados a corta distancia – Para como están las cosas, mientras más nos alejemos de lo que suene alemán, mejor. Ya saben los desagradables rumores que corren a raíz del origen de la zarina…

En el transcurso de unos minutos pudo observar algunas cosas tan inútiles como interesantes, por ejemplo, que varios de los presentes parecían conocer a Julius de antemano, que ella se desenvolvía con cierta timidez, pero con una afabilidad que le permitía ganarse rápidamente la simpatía de sus interlocutores, que Vera hacía esfuerzos muy sutiles por hacerla sentir cómoda, interviniendo de cuando en cuando para decir algo si la muchacha quedaba entrampada en una frase, o apretándole la mano cariñosamente. Que, sin llegar a ser extrovertido, Leonid estaba más locuaz de lo habitual, y su semblante era un tanto menos frío. O al menos, daba la impresión de no querer espantar a quienes se le acercaran, y al igual que su hermana intentaba que Julius se sintiera cómoda en ese ambiente. Rostovski observaba mucho más de lo que hablaba con su habitual expresión neutra e inescrutable. Adel comprobó que tal como un trozo de loza puede fraccionarse en infinitas partes, su corazón quebrado podía volver a partirse en pedazos aún más pequeños. Incluso llegaba a sentir celos de la calidez con que Vera trataba a Julius, al pensar que mientras habían vivido bajo el mismo techo, la relación entre ella y su ex cuñada eran tan distante como la que tenía con Leonid. Y mejor ni hablar de lo que le provocaba la ternura con su ex marido posaba sus ojos en esa maldita mujer. Siempre se había sentido como una intrusa en la casa que se suponía ahora era la suya, así se lo habían hecho sentir todos, incluso el pequeño Liudmil. En cambio, los Yusúpov ahora demostraban ser capaces de brindar todo tipo de atenciones a esta extraña, haciéndola formar parte real de la familia. Si lo pensaba bien, incluso antes de que ella abandonara la casa, los tres hermanos siempre estaban preocupados de la muchacha. Y ella nunca había caído en cuenta hasta ahora, porque había considerado que Julius era una persona insignificante.

- …un Earl Grey bien cargado y sin azúcar, un Lady Grey sin azúcar, y un Lady Grey con leche y dos terrones, si fuera tan amable…(8) - escuchó que Julius indicaba a uno de los mozos. La muy zorra conocía hasta las preferencias más triviales de Vera y Leonid, pensó Adel con desazón. En realidad ni siquiera tenía excusas para insultarla. Su propio comportamiento había sido mucho más inmoral, y Leonid era libre para unirse con quién quisiera, pero ¿cómo hacer para no sentir ese deseo de agarrarla por los cabellos, arrastrarla por el suelo y arañarle la cara, por más injusto que fuese? Por un instante deseó no pertenecer a la nobleza y ser una mujer vulgar que pudiera dar rienda suelta a su ira sin medir las consecuencias. Por no tener que sonreír fingidamente, como si no supiera que apenas se daba vuelta todos festinaban comentando sobre lo inesperado que resultaba que ella, Konstantin, su ex marido y la amante de éste se toparan en la misma fiesta.

- Tú y tu manía de arruinar un excelente té agregándole leche y azúcar…

- Reclamas por reclamar, si ni siquiera lo has probado – decía la muchacha sonriendo alegremente. Ya no quedaban vestigios del miedo con que había enfrentado Adel – Es la mejor forma de tomar este té.

Ahora entraba en escena el festejado. Ya algo achispado por el alcohol se unió al grupo en que estaban los Yusúpov, y palmoteó el hombro de Leonid confianzudamente. Adel advirtió como temblaba un párpado de Várvara al darse cuenta del estado etílico de Matvei, y que hacía un gesto con la boca que no presagiaba nada bueno. Adel suspiró. Era de público conocimiento que Várvara y Matvei solían pelearse hasta por la más ínfima tontería, pero que pese a ello se amaban entrañablemente. Al parecer las discusiones estúpidas y las reconciliaciones eran lo que mantenía vivo el fuego de su pasión después de varios años de matrimonio y un par de niños.

- Vaya, vaya, a quién tenemos aquí – dijo con la lengua algo estropajosa - ¡El hombre más pesimista de San Peters…! Digo, de Petrogrado… ha venido a despedirme. ¿Qué me dices ahora, Yusúpov, eh? ¡Rennenkampf aplastó al VIII Ejército alemán de Prittwitz, que ha huido patéticamente!

- No cantes victoria tan pronto, Sokolov – respondió Leonid, pasando por alto la desfachatez del dueño de casa. Adel jamás le había visto de tan buen humor - Hay que ver qué sucede ahora que Hindemburg y Ludenforff le han reemplazado en el mando. Es un error mirar en menos al enemigo, sobre todo si hablamos de los alemanes. Y en estos días se está definiendo una batalla crucial…

- ¡Bah! – dijo Matvei - ¡Tonterías! Los viejos apolillados del Consejo de Guerra al menos tienen razón en que estás completamente paranoico. Tuvimos una magnífica victoria. ¿Y qué es esa germanofilia que te ha dado de pronto? Ya sé… es que esta señorita te tiene mal de la cabeza… Pero no te culpo, ¿eh? – y añadió, dirigiéndose a Julius – usted es realmente… realmente encantadora. Muy guapa. Con todo respeto.

Julius hizo un esfuerzo sobrehumano por contener la risa. Pero acabó riendo con muchas ganas, y contagiando a varios más de los presentes con el sonido cristalino y alegre de sus carcajadas.

- No sea atrevido, me dejará en vergüenza… y no quiero ni pensar en que su esposa le oiga decir esas necedades…

- ¿Mi esposa? Por ahí ha de andar, aprovechando que me voy para coquetearle a mis amigos que se quedan en casa…

- ¡No se preocupe, Yulia, que de aquí le oigo perfectamente! – exclamó Várvara, medio en serio, medio en broma – Y perdone el atrevimiento de esta cruz que Dios me ha dado por marido…

- ¿Cruz? – replicó Sokolov haciendo aspavientos y alzando la voz exageradamente - ¡Si hay un mártir en esta historia, ese soy yo!

Los músicos, ya acostumbrados a este tipo de enfrentamientos entre la pareja, comenzaron a tocar sus instrumentos para distender el ambiente. Por aquella época en que el zar ensalzaba todo lo ruso era usual que incluso en las fiestas aristocráticas hubiese danzas tradicionales como el kadril. Adel reconoció los compases de un kadril moscovita muy popular. Antes de que decidiera si quería bailar o no, Konstantin la tomó de la mano, llevándola a ocupar un lugar entre las parejas que se disponían a participar de la danza. En estos bailes grupales por lo general se realizaban coreografías de mayor o menor complejidad, formando figuras y círculos que giraban en sentidos contrarios. A corta distancia vio a Julius, que nerviosamente se dejaba llevar por Leonid para ocupar el último sitio disponible. La cantidad de giros y pasos que componían el baile la obligó a desviar su atención de la pareja, pero pronto ambos cruzaron delante de ella, y escuchó a Leonid indicarle por lo bajo a su compañera "a tu izquierda". Sin embargo, Julius giró en sentido contrario, provocando algo de confusión entre los bailarines. Pero ellos se re organizaron con rapidez, alegremente, con ese ánimo festivo y optimista que contagiaba a toda la ciudad desde el inicio de la guerra, y sobre todo luego de obtener la primera victoria a que Sokolov había hecho mención.

- Es a tu otra izquierda… – bromeó Leonid con una sonrisa que a Adel ya no le parecía tan rara. Muy a su pesar había de reconocer que la forma en que interactuaba con la muchacha alemana fluía de modo muy natural – pequeña despistada…

Julius entrecerró los ojos, se soltó de su mano y le golpeó suavemente en el dorso, para en seguida volver a entrelazar sus dedos con los de él. Adel nunca imaginó que su ex marido fuese capaz de bromear de esa forma con nadie. Y mientras más enérgica era la danza, mientras más alegres las risas de quienes los rodeaban, más triste se sentía ella. Intentó abstraerse. Siguió el baile casi por inercia, pues lo sabía de memoria. De pronto se encontró dentro de un círculo formado por las bailarinas, moviéndose con pasitos cortos y rápidos hacia la derecha, y luego a la izquierda. Giró dos veces sobre sí misma, con los brazos graciosamente extendidos antes de formar pareja con otro de los invitados, un elegante oficial de la Guardia Imperial de quién no recordaba el nombre. Antes de que alcanzaran a entablar conversación cambiaron de pareja nuevamente. Divisó a Leonid esta vez acompañado de Vera y casi en seguida les perdió de vista. Comenzó a sentir que le faltaba el aire. Otro giro y una vez más estaba en brazos de Konstantin. Otro círculo. Otro caballero. En realidad la estaba pasando muy mal. Se sentía incluso algo mareada. Se preguntó si llamaría demasiado la atención si se retiraba ahora de la danza. Clavó los ojos en un punto fijo en el piso para mantener el equilibro.

Ya es suficiente, me largo de aquí… Si alguien piensa que me ha sentado como una patada al estómago el ver a mi ex marido con su amante, ¡pues es la pura verdad!

No alcanzó a bajar el brazo para retirarse cuando una mano afirmó con fuerza la suya. Molesta, alzó la vista hacia el impertinente que le impedía huir, lista para disculparse con la más encantadora y falsa de sus sonrisas. Entonces se encontró con Leonid, que la miraba totalmente desconcertado. La música se terminó en el intertanto en que quedaron uno frente al otro sin atinar a reaccionar ni a decir una sola palabra. Algunas parejas se retiraron e ingresaron otras, y casi de inmediato comenzó otra canción. Alguien rasgueaba una solitaria guitarra. Los cuchicheos de la gente zumbaban en los oídos de Adel. Por unos segundos nadie prestó atención a la música. Várvara se sintió un poco decepcionada por esto. El inesperado encuentro de Leonid y Adel le había quitado teatralidad a su intervención, pues era la propia princesa la que había ingresado a la pista tocando el instrumento.

- Vaya… - dijo al fin Leonid – esto es… es bastante extraño…

- ¿In… incómodo? – se atrevió a preguntar Adel. Los colores se le subieron al rostro como a una colegiala, pero siempre estaba la excusa de haber bailado con demasiada energía.

- Un poco… - admitió él, soltándole la mano.

- De nosotros depende que no lo sea – dijo Adel, sin saber de dónde sacó valor para iniciar esa charla. Quizás, pensó con amargura, del mismo hecho de ver que Leonid era menos brusco y más accesible que de costumbre – Al menos por mi parte no existen motivos para no tener una relación cordial contigo…

Várvara, comenzó a cantar arrastrando lentamente las sílabas.

"Ochi chornye, ochi strastnye
Ochi zhguchie i prekrasnye"

(Ojos negros, ojos apasionados
Ojos ardientes y hermosos)

A Adel se le erizó la piel al oír la voz de su amiga. No es que fuera la primera vez que la oía cantar. Conocía bien su voz grave y rasposa, nada propia de una dama, pero de una profundidad y una expresividad conmovedoras. Podría habérsele tildado frívolamente de "popular", pero Adel pensaba que la palabra correcta para definirla era… visceral. Várvara cantaba con el alma. Y Adel creyó comprender qué se escondía detrás de cada nota que hacía vibrar en su garganta ante la inminente partida de su esposo. Pero había un segundo punto a considerar que descolocó por completo a Adel, y es que recordó vívidamente haber bailado esta misma canción durante su fiesta de matrimonio. Cuando su candor rayaba la necedad, cuando pensaba que tendría una vida de casada corriente y feliz. Cuando se empecinaba en desoír a todos quienes le decían que era un error unirse a ese hombre. Pero ella estaba empecinada en seguir adelante, y esa noche, mientras giraba graciosa y elegantemente sostenida entre los brazos su joven esposo, su corazón se desbordaba de felicidad, lleno de ilusiones infantiles y absurdas.

Adel levantó su mano, ofreciéndola para empezar el baile, tal como hiciera esa lejana noche. Su corazón palpitaba tan fuerte que tenía la sensación de que sus latidos se oían por sobre la música. Leonid seguía mirándola como si no comprendiera lo que sucedía.

"Kak liubliu ya vas, kak boius ya vas
Znat uvidel vas ya v nedobryi chas"

(Cómo os amo, cómo os temo
Tal vez os conocí en un momento maldito)

- …Pero por supuesto que entenderé si para ti no es así… - Adel se sintió terriblemente mortificada al haberse expuesto a sufrir semejante desprecio. Se había dejado llevar por sus emociones, actuando de forma estúpida. Qué comentario tan condenadamente idiota acababa de hacer… la situación de su ex marido era muy distinta a la suya. Estaba tan acostumbrada a pensar que su engaño poco había servido para atraer su atención, que daba por hecho ese asunto le daba igual. Sin embargo era posible que le importara, al menos porque hería su orgullo. Hizo ademán de retirar su mano, avergonzada, tratando de adoptar una actitud digna.

- No… - dijo él, de pronto – es decir, tampoco tengo motivos…

Como no atinara a explicarse mejor con palabras, dio la vuelta alrededor de Adel y se ubicó detrás de ella, tomándole la diestra.

- Pero to… todo el mundo nos está mirando… – balbuceó Adel, que perdió todo su aplomo inicial cuando los dedos de su ex marido se cerraron en torno a su mano enguantada. Efectivamente, la mayoría de quienes no tomaban parte del baile les observaban boquiabiertos. Y también quienes ya habían comenzado a bailar, entre ellos, Julius, quien había quedado junto a Rostovski al final del kadril. Adel sintió una satisfacción un poco maligna al ver que la muchacha estaba sorprendida como todos los demás, pero también algo alarmada. Giró el rostro por sobre el hombro derecho para mirar a su ex marido. Esta vez Leonid le sonrió abiertamente. Ella no podía apartar sus ojos de los suyos. No se convencía de que la estuviese mirando con calidez, casi con un poco de complicidad.

- No me digas que ahora te viene a importar lo que la gente diga de ti – le dijo, risueño. Se sentía de muy buen humor. Pasado el primero incómodo momento de sorpresa, recordó que no mucho tiempo atrás había pensado en que le habría gustado quedar en paz con Adel, y ahora, de la nada, se presentaba la oportunidad.

"Oj, nedarom vy glubiny temnei!
Vizhu traur v vas po dushe moiei"

(¡Oh, por algo sois más oscuros que lo profundo del mar!
Veo en vosotros el duelo por mi alma)

- No me importa – Adel miró en la dirección contraria, hacia donde se extendía su mano izquierda para ocultar su sonrojo. El brazo de Leonid se extendía también, paralelo al suyo. Esta vez hizo un esfuerzo por que su sonrisa se quedara estancada en un gesto de cortesía y no se transformara en una radiante manifestación de felicidad.

- A menos que Konstantin se moleste – dijo de pronto Leonid, con una pizca de alarma en la voz – No quisiera causarte problemas con él por una tontería…

- Para nada – respondió ella, adoptando un aire de estudiada coquetería de aquella que las mujeres suelen utilizar con sus amigos cercanos y que no va en serio. Giró sobre sí misma y levantó la mano de la que él la sostenía, quedando los dos muy próximos – Además, sería mucho el descaro…

Leonid no contestó, pero Adel estuvo segura de que no se había disgustado porque ella tomara a la broma aquel asunto, y que al igual que ella, se sentía extrañamente en confianza en esa situación tan inesperada. Sus pies marcaron los compases del baile casi por cuenta propia, unos pequeños pasos a un lado, un taconazo hacia el otro, avanzando en zig-zag. A su espalda, las botas de Leonid marcaban exactamente los mismos pasos, con gran precisión. Era casi divertido pensar que nunca habían vuelto a bailar juntos después de la fiesta de matrimonio, y que pese a ello pudieran hacerlo de forma tan armónica.

Adel habría sido feliz oyendo a Várvara cantar eternamente mientras, después de tanto tiempo, volvía a girar yendo tomada de la mano del hombre con quién todos pensaban que se había casado por obligación…

"Vizhu plamia v vas ya pobednoie
Sozhzheno na niom serdtse bednoie"

(Veo en vosotros una llama de victoria
Consumido en ella, un pobre corazón)

Julius, por su parte, no podía reprimir su inquietud, por más que se dijera que no había nada de malo en que Leonid bailara con Adel. Ella misma había visto que habían quedado en el mismo sitio accidentalmente. Y por otro lado, era una tontería esperar que Leonid le hiciese un desprecio en público, frente a todo el mundo. Por un lado habría sido una grosería y él no se habría comportado de ese modo. Por otro, jamás hablaba de su ex mujer con resentimiento, sino como de una persona por la que sentía cierto aprecio, pero que formaba parte de su pasado.

- Señorita Julius…

Julius salió de su abstracción para prestar atención a Rostovski. Apenas se había dado cuenta de que bailaba con él. En cierto modo era un alivio que fuese precisamente él, pues habría sido vergonzoso que un desconocido se hubiese percatado de su tonta angustia. Pero desde el incidente en que el oficial casi había herido a Leonid, Julius ya no se fiaba completamente de él. Nunca se había hecho muchas preguntas sobre Serguei Rostovski, a decir verdad. Y esto se debía al bajísimo perfil que solía mantener. Pese a conocerlo desde hacía largo tiempo, era curioso que supiese poco y nada de él. ¿Había algo amenazador en esos ojos celestes, casi transparentes, o era otra absurda idea suya? ¿Cómo podía ser una mirada intensa y vacía a la vez? Se percató de que el contacto de esa mano con la suya era casi helado, y que la presión que ejercían los dedos de Rostovski sobre su palma era innecesariamente fuerte. Él se inclinó hacia ella como si fuera a hablarle al oído, pero pasaron algunos segundos sin que dijese palabra alguna. Al mismo tiempo, su pulgar se deslizó desde la muñeca de Julius hacia arriba, palpando el dorso hasta la punta de su índice, para luego volver a su sitio original, sosteniendo su mano aunque con menos fuerza que antes. Aquel gesto no podía definirse como una caricia. Julius tuvo una idea muy rara, pensó en que probablemente un ciego intentaría reconocer a una persona de una forma similar. La embargó un escalofriante temor.

- … ¿se siente bien, señorita Julius? – dijo Rostovski al fin. Mas no se retiró en seguida. Julius estuvo segura de que se había detenido a aspirar su esencia.

Parece… es como un vampiro, o algo así…

Cerró los ojos y se mordió los labios, resistiendo el deseo de apartarse de él y salir corriendo hacia cualquier sitio. Sin embargo, él se retiró y continuó guiándola como si nada hubiese sucedido.

En realidad, nada había sucedido.

- Sí, me siento bien.

- No debería estar molesta. Realmente, no tiene nada de qué preocuparse.

Sólo entonces Julius se dio cuenta de que la canción había terminado. Várvara se había parado en medio del salón, con la guitarra entre los brazos en una postura evidentemente dramática, que tal como ella esperaba (y todos los amigos cercanos que la conocían bien), obtuvo el efecto deseado en su marido. Matvei se adelantó en seguida a enfrentarla.

- ¡Pero cómo puedes jugar tan sucio! – exclamó apuntándola con un dedo, mientras ella dejaba colgar la guitarra que llevaba sujeta por una correa y ponía los brazos en jarra, desafiante - ¡Miren todos a esta bruja con la que he tenido la desgracia de casarme! ¡Miren como recurre a esta vil treta para manipularme, para retenerme a su lado! Todo porque sabe que… porque sabe que me bastó escucharla cantar por diez segundos para enamorarme de ella… - continuó visiblemente emocionado – Porque sabe que aunque no la soporte, la extrañaré cada segundo que pase lejos de ella y de mis niños… porque sabe que es la luz de mis ojos… - terminó con la voz quebrada.

Várvara hizo girar la guitarra hasta dejarla colgando tras su espalda.

- No te vayas… - dijo dulcemente, y extendió las manos hacia su esposo.

Matvei recorrió rápidamente el espacio que los separaba y la estrechó entre sus brazos.

- Tengo que hacerlo, pero te escribiré cada día, y pensaré en ti y en nuestros hijos a cada segundo…

La mayoría de los invitados estimó que el asunto se había resuelto bastante bien, para tratarse de ellos. Varios les dirigieron una última mirada enternecida antes de ocuparse de sus conversaciones, dándoles una considerada intimidad en ese sitio repleto de gente.

Julius, por su parte, no le había quitado los ojos de encima a Leonid y a Adel. Se sintió aliviada al ver que ella se alejaba silenciosamente y pedía una copa a un mozo, y se dispuso a ir volando al encuentro del marqués. Pero Rostovski la retuvo tomándola del brazo disimuladamente.

- No, señorita Julius. Deje pasar un momento, no se muestre ansiosa. Permanezca a mi lado y compórtese como si nada sucediera…

Julius comprendió a qué apuntaba el oficial, y se avergonzó por haber pensado tan mal de él. Rostovski realmente pensaba en todo. Aun así los nervios le estrujaron el estómago cuando vio que Leonid se aproximaba a Adel, que bebía un poco de licor rojizo solitariamente. Sobre todo porque no alcanzaba a escuchar los términos de la conversación. Pero algo distrajo su atención: Por un instante estuvo segura de sentir un aroma a mimosas. Incluso miró hacia los lados buscando el origen del penetrante aroma, pero en seguida se desvaneció…

- Adel…

La mujer giró lentamente al oír su nombre.

- ¿Sí?

Leonid vaciló un instante mientras escogía las palabras apropiadas.

- Solo quería decirte… - dijo al fin – Que me ha alegrado verte. Te ves muy bien. Creo que… o al menos, siento que quedaba algo pendiente entre nosotros y se ha resuelto esta noche. ¿No te parece?

- Sí, es verdad – dijo ella, ocultando la desazón que le provocaba comprender que él pretendía cerrar un ciclo que ella hubiese deseado reabrir – Aunque todo el mundo esté cuchicheando sobre nosotros a nuestras espaldas, en este mismo momento… no hay ningún motivo para que no quedemos en paz.

- Sí, eso es exactamente lo que siento. Pero tú lo has expresado de modo mucho más claro. Y bien… ya que ha pasado un tiempo suficiente, ¿has pensado en anunciar tu compromiso con Konstantin? ¿Te casarás pronto? - Él preguntó con naturalidad y verdadero interés. Nunca se hubiera imaginado cuánto hirió a Adel con su inocente comentario.

Adel pensó que Leonid tenía la espantosa habilidad de siempre decir lo que ella no quería oír.

- Pues… aún no hemos fijado una fecha ni nada por el estilo… Estamos tomándonos las cosas con calma.

- Es una sabia decisión. Bueno, me parece que por esta noche ya hemos dado material más que suficiente para cotilleos… con tu permiso…

- ¡Espera!

- Dime – Leonid se sorprendió por la reacción algo brusca de Adel.

- Hay algo que quiero decirte… es sobre… - Adel inspiró profundamente, indecisa – Toma más precauciones con los enemigos que haces. Cuídate.

- ¿Qué estás tratando de decirme?

- Es sobre Rasputin. Tenías razón. Tú y tu padre tenían razón en oponerse a él abiertamente… Si tan sólo otras personas lo hubieran comprendido en ese entonces… Si yo hubiera entendido todo el daño que podía hacer, te habría apoyado a ti en vez de evitar un enfrentamiento con él. No sé qué tan al tanto estés de la situación, pero hace tiempo ya que corren muchos rumores, algunos muy descabellados. El problema es que la gente los cree. Incluso se dice que mi tío, bajo la influencia de su esposa y de ese monje loco, está dispuesto a traicionar a su propio país en favor de los alemanes.

- Lo sé, Adel. Te agradezco que hayas tenido la deferencia de…

- No, déjame terminar. Ese hombre te tiene entre ceja y ceja. Si sé de cualquier cosa que intente en tu contra, te informaré. Si necesitas ayuda para enfrentarle, cuenta conmigo…

Leonid posó su diestra en el hombro de Adel y la examinó detenidamente. Julius abrió los ojos de par en par, y sintió un desagradable vacío en el estómago.

- No olvidaré lo que acabas de decirme. Te lo agradezco, sinceramente. Adiós.

- Adiós – dijo ella con suavidad, y bajó la vista para no verlo alejarse.

Hay algo más. Tan pronto he llegado a la ciudad me enteré que te iban a asignar un regimiento que formaría parte del VIII ejército. También supe que te oponías a esta guerra. Yo no entiendo tanto de estas cosas, pero confío en tus conocimientos y en tu instinto. Por eso le pedí a mi tío que, pese a la insistencia de su esposa, te dejara fuera. Le convencí que la culpa me obligaba a actuar de ese modo, y que le serías más útil si te mantenía cerca. Ya ves, nadie sabe para quién trabaja. Será esa mujer la que pueda seguir disfrutando a diario de tu compañía, gracias a mí. Pero, ¿sabes algo? Aunque hubiese sabido lo tuyo con ella hubiera actuado de la misma forma. Prefiero mil veces saber que estás aquí, a su lado, a que corras un riesgo innecesario en esta guerra estúpida…

~.~.~

Julius tironeó varias veces uno de sus pendientes hasta lograr retirarlo del lóbulo de su oreja. El cansancio afectaba sus reflejos. Sus ojos se cerraban pesadamente de sueño. Sólo quería echarse a dormir y olvidar el mal sabor con que había regresado de la fiesta. Leonid se inclinó y la besó en el cuello cuando guardaba los pendientes. Ella se tensó y movió un hombro hacia atrás bruscamente, rechazándolo. Él se incorporó, descolocado.

- ¿Pasa algo, cariño?

- No – respondió ella secamente – sólo estoy cansada.

- Eso no es verdad – replicó él, intentando adivinar qué diablos le sucedía.

- Está bien. Estoy molesta.

- ¿Molesta? – repitió Leonid, cada vez más sorprendido – pero… ¿Por qué?

- ¡Y tienes el descaro de preguntarlo! – Julius se levantó violentamente, y lo miró furiosa - ¡Cuando todo el mundo te vio coquetearle descaradamente a esa furcia!

- ¿Co… coquetear, yo…? ¿Con quién?

- ¡Con quién va a ser! ¡Con tu ex mujer!

Leonid la miró incrédulo. Pestañeó varias veces mientras trataba de ordenar sus ideas y entender lo qué pasaba por la cabeza de Julius. Lo primero que pensó fue que la acusación era infundada y hasta ridícula. Nunca hubiera imaginado que Julius hubiese tergiversado de ese modo lo que había visto hasta transformarlo en algo que no guardaba ninguna relación con la realidad.

- Creo que estás confundiendo las cosas… - dijo intentado sonar conciliador – Sólo he sido educado, no pretenderás que le hiciese un desplante en público.

- ¿Y qué hubiera tenido eso de malo? ¡Es lo que se merece!

- Julius, no tengo interés en armar escándalos por estupideces. Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido. Nos topamos con Adel por casualidad, cruzamos un par de palabras, tuve que bailar con ella porque quedamos juntos al azar, ¡y ya! Te estás imaginando cosas que no son.

- ¡Ah, perfecto! – exclamó ella sarcásticamente - ¡Ahora me tratas de loca y de estúpida!

- Yo no he dicho ni he insinuado algo así. Por supuesto, tampoco lo pienso. Sólo quiero decir que tu comentario no tiene ningún fundamento – contestó el marqués. La porfía de Julius en buscar una discusión donde él no veía motivos lo estaba sacando rápidamente de sus casillas. Le contrariaba bastante tener que soportar una escena como esta cuando sólo deseaba dormirse abrazado a ella después de un largo y pesado día – Estás siendo muy injusta… jamás te he dado motivos…

- No, no me los habías dado hasta hoy… Pero no vas a confundirme, yo sé bien lo que vi… la forma en que te miraba…

- ¿La forma en que...? ¡Julius! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Eso sí que no tiene ni pies ni cabeza... Claro, la mujer que me abandona por otro hombre con escándalo público ahora resulta que está interesada en mí. ¡Por favor, de dónde sacas eso! ¡Tú misma, que vivías ya en ese tiempo en esta casa fuiste testigo de lo mal que nos llevamos siempre! Nos casamos por obligación, ni yo la amaba ni ella a mí. Fin del tema.

- Sé que suena descabellado, pero lo sé... lo sentí.

- ¿Cómo es posible que "lo sepas"?

- ¡Porque yo también soy mujer! Porque no todos los seres humanos son tan racionales como tú... y nosotras... nosotras no amamos porque sea lógico. Sólo lo hacemos... porque sí. Lo que sucede es que estás tan convencido que ninguna mujer podría amar a un hombre como tú que te niegas a verlo... Y mírame a mí. El sólo hecho de pensar que podría perderte me trastorna. ¿Por qué ella no podría sentir lo mismo?

- No puedo creer que me estés largando este discurso...

- ¡No te hagas el desentendido! Vi como te acercaste a ella después de bailar… y no puedo quitarme de la cabeza su aroma… Ella… ella olía a mimosas… (9)

- ¿Mimosas? – Leonid se percató que por un instante la mirada de Julius se perdía en la nada. Creyó que estaba a punto de tener otro ataque de histeria, y que quizás a eso se debía su absurda y desproporcionada reacción. Pero en lugar de calmarla sólo logró exaltarla más – No, para nada. No usaba ese tipo de perfume.

- ¡Ah! Te has fijado en ese detalle… - le hizo ver ella de forma amarga y mordaz.

- Cariño, por favor sé razonable. Tus insinuaciones me ofenden.

- ¡Y cómo crees que me siento yo! Me has hecho ir a esa condenada fiesta sólo para avergonzarme frente a todo el mundo…

- Julius, es suficiente…

- Claro, al fin y al cabo no soy más que tu amante, ¿o no?

- Ya basta…

- ¿O acaso vas a casarte conmigo? ¡Ambos sabemos que no lo harás!

- ¡No es porque no quiera, es que no puedo hacerlo!

- ¡Si yo te importara realmente lo harías!

- Estás siendo tremendamente injusta…

- ¡Si ya no te intereso dímelo a la cara y me iré a Regensburg cuanto antes! – Julius ya no pensaba lo que decía. Esta era una amenaza descabellada que nunca se habría atrevido a cumplir – Dijiste que podría marcharme cuando quisiera.

- ¡Cállate!

La rabia por el trato injusto que estaba recibiendo, y la desesperación de no poder hacer a Julius entrar en razón acabaron por cegar a Leonid. Sin pensar en lo que hacía la tomó bruscamente de los brazos, la apretó contra su cuerpo y la besó con violencia, impidiéndole continuar con su avalancha de acusaciones y quejas. Ella se tensó, tomada por sorpresa.

- Cállate… no digas algo así ni en broma…

Julius, aún furiosa, aprovechó la breve interrupción para enterrarle los codos en el pecho y separarse de su abrazo.

- ¡No vas a engatusarme así de fácil! – gritó. Pero incluso antes de terminar la frase, su cuerpo ya traicionaba a su cabeza, sus brazos rodeaban el cuello del marqués, y sus labios buscaban reanudar el beso interrumpido.

~.~.~

Vaya noche del demonio… Pareciera que esta estúpida sonrisa se me ha quedado estampada en la cara para siempre después de tanto fingir que no pasaba nada. Bueno, al menos esa tropa de idiotas que no tienen más que hacer que husmear en la vida de los demás, se han convencido de que Leonid y yo somos las personas más civilizadas del universo. ¡Algo que hubiese salido bien! Pero lo demás, ni hablar. Y la guinda de la torta, mi querida "amiga" Várvara, que el diablo se la lleve, hablando a gritos con Vera sin darse cuenta que yo estaba a su lado, y diciéndole "¡Nunca te perdonaré que no me hayas contado nada de esto! ¿Es posible que yo, tu amiga, me haya tenido que enterar junto con todos los demás de este modo? ¡Quiero los detalles ahora ya! ¿Desde cuándo? ¿Qué le hizo esa muchacha al ogro de tu hermano? Está i-rre-co-no-ci-ble… Con decirte que hasta me ha caído simpático… En serio te digo, querida, que jamás lograré entender a ese hombre. Ya sé que es tu hermano y siempre lo defiendes como una gata, pero nunca me ha caído en gracia. Menos después de cómo trataba a Adel. Es decir, si ella no pudo conseguir sé que comportara como un ser humano, ya lo daba por perdido, pero al verlo con esta muchacha… casi lo encuentro encantador… ¡Ay, en verdad es una pareja adorable, y ella es un amor…!"

Como siempre le sucede, recién se dio cuenta de que yo estaba ahí una vez que dijo todo lo que no debía decir delante de mí. Pero qué hacerle. Nada era mentira, y ella es así, y así la he soportado durante años…

Contrario a lo que Adel pensaba, Konstantin no se había dormido aún. Así se lo indicó el perezoso rasgueo de sus dedos sobre las cuerdas de su guitarra favorita.

- Te veías realmente espléndida esta noche.

Adel agradeció esta interrupción. Divagar sobre lo que había ocurrido esa noche, y sobre su vida en general sólo le hacía daño, y esperaba firmemente que la presencia de Konstantin en su vida le ayudara a dar vuelta la página de una vez. Giró un poco el torso para mirar hacia el interior de la recámara. Dejó la cabeza reclinada sobre los brazos que se estiraban sobre el balcón. Konstantin se había acomodado sobre una poltrona. Estaba casi echado, con los pies sobre una mesa de arrimo que tenía delante.

- ¿Me amas, Kostia?

- Sabes muy bien que sí.

- ¿Cuánto?

Él no dejó de tocar una melodía improvisada, y la miró con picardía. Separó el índice y el pulgar del mango de la guitarra y los enfrentó a corta distancia.

- Más o menos esto.

- Estoy hablando en serio.

Él separó sus dedos un poco más.

- Mmmm… ¿así tanto?

- ¡Konstantin!

Él dejó de tocar y abandonó su actitud chancera.

- Lo suficiente como para echarme a todo el imperio encima, desde tu tío hasta el último mujik si fuese necesario.

- No hacía falta que te pusieras tan dramático – dijo ella sonriéndole con melancolía.

- Vaya que te ha afectado este asunto de Yusúpov y esa mujer – comentó él como al descuido, pero clavándole los ojos perspicaces, y volvió a rasguear las cuerdas.

- No es verdad – murmuró de modo poco convincente.

- Adel…

- Bueno ha sido muy inesperado, es todo.

- Sin embargo, te veías muy a gusto bailando con él.

- Eso fue lo más extraño de todo – dijo Adel. No podía contenerse, quería hablar de lo que le daba vueltas en la cabeza. Al menos, de la parte que podía revelar a Kostia – Creo que desde que le conozco, la vez en que se ha comportado más amable conmigo ha sido esta noche.

- Independiente de mi lugar en esta historia, lo que dices es realmente muy triste.

- Sí, ¿verdad? – dos gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas sin que pudiera evitarlo – Ya sé que es tonto, pero me hace sentir tan… tan humillada, tan poca cosa… Quiero decir… ¿Cómo es posible que cualquier caballero que me trate de un modo normal y educado haya sido más galante y más considerado que mi propio esposo? ¿Cómo es posible que en casi diez años no haya sido capaz de tener esa miserable deferencia conmigo? ¿Y por qué ahora…? ¡Preferiría que mejor no hubiese sido nunca…!

Porque tanto me ha costado quitarme esos "quizás" de la cabeza para que ahora venga y como si nada me desbarate todo el esfuerzo. Y empiece a preguntarme esos "y sí…" que tanto daño me hacen, que más me atan a algo que fue nada desde el mismo día en que nos bendijeron frente al altar. "Quizás podríamos habernos llevado bien si yo hubiera hecho esto y lo otro…" ¿Y de qué me serviría saberlo si ama a otra mujer? Pero si ama a otra mujer… eso significa que tal vez podría amarme a mí también, si las cosas… y allá vamos otra vez. El absurdo. El retorcer la realidad. Tener todo claro con la cabeza, pero un mar de incertidumbre en el corazón. Olvidar a alguien es como hacer un castillo de naipes. Toma tantísimo tiempo y esfuerzo y la más leve brisa te obliga a partir desde cero incluso cuando te falta apenas la última carta…

- Adel, puedo ser lo suficientemente objetivo como para entender que aún te duela llevar un matrimonio fracasado a cuestas. Yo sé que lo intentaste. Y sé que sufrías. Eso fue lo que me decidió a intervenir.

- ¿Qué quieres decir?

- Que si te hubiese visto feliz junto a él me habría hecho a un lado. Pero en seguida fue evidente que él no te valoraba. Y no te imaginas cuánto me enfurecía ver el trato que te daba… Nunca logré comprender cómo un hombre podía ser tan… apático, tan indolente y tan desconsiderado con su esposa, sobre todo tratándose de una mujer como tú. Merecías mucho mejor que ese triste matrimonio frío y descolorido. Si hice todo aquello para acercarme a ti fue porque en verdad creía que podía ofrecerte algo mejor, algo que para ti valiera la pena. Dime, Adel, ¿ha valido la pena?

Adel se acercó lentamente. Al llegar a su lado se inclinó para verle a los ojos.

- Eres un hombre muy bueno, Kostia. A veces no sé si te merezco.

- ¿Ha valido la pena?

- Sí, claro que sí.

Adel levantó un poco la guitarra y pasó por debajo, se sentó junto a él y se apegó a su cuerpo. Él continuó tocando mientras tarareaba suavemente. Ella hizo un esfuerzo débil por contener el torrente de sus pensamientos, que no tardaron en retroceder hasta algunas horas más atrás. Y pese a que no iba a significar ningún cambio en su vida, pese a que volvía a encontrarse en una situación dolorosa, no podía evitarlo… Saber que después de todo, Leonid la apreciaba lo suficiente como para preocuparse de su bienestar, que deseaba su felicidad, bastaba para sentirse estúpidamente alegre. Aunque una parte de ella hubiera querido llorar con desconsuelo, la otra encontraba dicha en rememorar un simple baile, y en haber percibido algo de calidez en la voz y en la mirada que siempre le habían sido esquivas.

A la vez sentía algo de culpa por Konstantin. Era él quien merecía algo mejor que una mujer que se conformaba con su amor por no haber podido obtener el del hombre que en verdad amaba.

~.~.~

Julius suspiró relajadamente. Era tal su modorra que ni siquiera se molestó en abrir los ojos. Buscó a tientas la mano de Leonid y la apretó entre las cuyas.

- Si las reconciliaciones son así deberíamos pelear más a menudo.

- Eso no tiene ninguna gracia. Me hiciste unas acusaciones horribles.

- Lo siento… – dijo Julius mimosamente, sabiendo que él ya no estaba molesto – Me enceguecí. Pero todo es porque te quiero. Es sólo por eso.

- La próxima vez que tengas un ataque de celos haz un esfuerzo por escucharme al menos…

- Sí.

- Espero que todo haya quedado claro.

- Sí, muy claro…

La verdad es que no habían hablado ni una palabra. Sólo habían hecho el amor. Y desde que el sexo pasara a ser una actividad habitual en su vida, Julius había comprendido rápidamente varias cosas. La primera, que si bien era algo físicamente placentero, además era una forma de comunicarse. La más íntima y profunda manera de expresar amor. Esto era quizás más evidente en el caso de Leonid, que por su carácter no era muy expresivo verbalmente. Pensó que Matvei, por ejemplo, era mucho más demostrativo con Várvara de lo que Leonid era con ella frente a otras personas. Incluso estando a solas, nunca caía en un romanticismo demasiado azucarado, y ni hablar de encontrar poemas bajo la almohada o ese tipo de cosas. Pero a ella no le hacía falta, porque él tenía otras mil y una formas de demostrarle cuánto la amaba, algunas de ellas, pequeños detalles que sólo Julius sabía descifrar. Sin embargo, eran sus caricias las que le hacían sentir de veras la intensidad de su amor. Era en esos momentos en que comprendía que se pertenecían el uno a otro, y que tal como en su corazón no había espacio para otro hombre, en el de Leonid no había lugar para otra mujer. De modo que ahora se sentía como una mocosa de cinco años que acababa de tener un berrinche y esto la hizo sentir avergonzada y ridícula. Afortunadamente Leonid había demostrado una vez más ser mucho más paciente y comprensivo de lo que cabría esperar de él, y Julius no se mortificaba en exceso.

- Pero pensándolo bien, tienes razón en eso de las peleas y las reconciliaciones…

- ¿Verdad que sí? Ya encontraré alguna otra tontería por la cual hacer un escándalo…

- Podría invitar a Adel a cenar la próxima semana, ¿qué dices? Espero que eso te ponga lo suficientemente furio…

No alcanzó a terminar la frase cuando un cojín se aplastó sobre su rostro.

- ¡Sobre mi cadáver!

- ¡Está bien, está bien! Ya entendí.

Ninguno habló durante un rato, y el sueño los vencía rápidamente. Pero antes de dormirse Julius hizo una última pregunta.

- ¿Cuándo peleabas con ella no tenían este tipo de reconciliaciones, o sí?

Esta vez ella recibió el mismo cojín de vuelta.

- No.

- ¡Era una broma!

- Sí, claro…

Julius balbuceó una respuesta incomprensible. Ya casi se había dormido cuando un sonido agudo y repetitivo la hizo fruncir el ceño con disgusto, pero no atinaba a comprender de qué se trataba. Percibió que Leonid se movía a su lado y se levantaba del lecho. Luego le escuchó hablar, y sólo entonces se dio cuenta de que era el teléfono. Hacía un tiempo había instalado un segundo aparato en el recibidor de la alcoba.

- ¿Sí?... ¿¡Cómo dice…! ? Pero…

- ¿Qué sucede?

- Nada, amor, son reportes del frente. Duérmete.

Julius recostó la cabeza en la almohada, pero no logró conciliar el sueño.

- Por favor, espere en línea. Tomaré el llamado desde mi despacho.

Julius esperó muchísimo tiempo. Cuando al fin miró el reloj comprobó que había pasado más de media hora y Leonid no regresaba. Preocupada, se levantó a buscarlo. Le llamó la atención que no se colara luz bajo la puerta de su despacho, y la abrió lentamente, con un mal presentimiento. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vio que Leonid estaba sentado frente a su escritorio, inclinado sobre lo que parecía un mapa. Por la cantidad de tiempo que llevaba envuelto en la semioscuridad, apenas atenuada por la luz de la luna, supuso que era capaz de distinguir los dibujos.

- Eran malas noticias, ¿no es así?

Leonid dio un respingo, y cuando la miró ella notó que estaba completamente desencajado. Julius nunca le había visto así, como si estuviera frente a un problema ante el cual no sabía qué demonios hacer.

- Han vencido a Rennenkampf cerca de Tannenberg. (10)

- Pero… podrán recuperarse de algún modo… - dijo ella, que no comprendía la magnitud del desastre, y por el momento sólo le preocupaba que no enviaran a Leonid con los refuerzos.

Leonid negó con la cabeza y comenzó a mover algunas de las fichas que había desplegado sobre el mapa. Lo hacía nerviosamente. Las colocaba en un sitio y en seguida las cambiaba de lugar frunciendo el ceño.

- ¿Qué tan serio ha sido?

El marqués clavó sus ojos oscuros y profundos en ella. A Julius le asustó ver miedo, rabia y desaliento en sus pupilas de ébano.

- Los primeros cálculos son de cien mil prisioneros… y setenta mil hombres entre muertos y heridos.

- ¿¡Qué! ? ¡Pero cómo es posible!

- ¡Esos imbéciles de Rennenkampf y Samsonov! ¡No son soldados, son payasos de circo! ¡No tienen idea de estrategia! Sólo saben mandar hombres de frente como si fueran animales en el matadero. Y son tan negligentes que ni siquiera ordenaron cifrar los mensajes de telégrafo. Los alemanes los interceptaron y se adelantaron a todos sus movimientos… Mierda… ojalá Sokolov y los demás hubiesen estado en lo cierto… ¡Ahora es imposible que venzamos en seis meses!

Golpeó con violencia sobre el escritorio con el puño cerrado. Julius se sobresaltó.

- Dios mío… el padre de Sasha… Qué horror, toda esa gente muerta… todas esas familias destruidas…

Leonid sólo entonces cayó en la cuenta que durante media hora no había hecho más que pensar en pérdidas militares, sin prestar atención al drama humano que había tras la sangrienta derrota. Se sintió avergonzado cuando Julius se lo hizo notar involuntariamente.

- ¿Por qué es tan importante vencer antes de seis meses?

A Julius le asombraba un poco que le estuviera contando estas cosas. Usualmente sólo las hablaba con Rostovski, a lo más con Vera, pero ella siempre quedaba fuera de estos asuntos. Entendía que Leonid no quería preocuparla, que intentaba que llevara una vida lo más tranquila posible.

- Porque no tenemos industria para producir insumos más allá de ese tiempo. Si la guerra se extiende será inevitable importar a un costo altísimo que nuestra economía no podrá sustentar por demasiado tiempo. Los heridos, las viudas y los huérfanos quedarán sin protección. La efervescencia social estallará de modo más violento que en 1905. Ya imaginarás lo que eso significa…

- …Caldo de cultivo para la revolución…

- Así es.

- ¡Pero nuestros aliados están dando la pelea al otro lado de Europa! ¡No podrán derrotarnos tan fácilmente!

- ¿"Nuestros aliados"? ¿"Ellos"? Escúchate, Julius. ¿Has olvidado que eres alemana?

- ¿Por qué lo dice un pasaporte que tú mismo mandaste falsificar? – ella sonrió dulcemente. Le acarició el rostro inclinándose sobre el escritorio – No. Mi lugar está aquí. Tu gente es mi gente.

Leonid sólo atinó a dar la vuelta al elegante mueble y estrecharla fuertemente contra su pecho. Hundió el rostro en las ondas doradas de su cabello.

- Ven conmigo – Julius le susurró al oído – Necesitas dormir.

- No podría… - dijo el marqués, mirando el mapa sobre la mesa.

- ¿Vas a remediar algo esta noche?

- Pues… no…

- Claro que no. Y mañana será un día del terror. Tienes que descansar un poco.

Leonid volvió a acostarse, y creyó que no sería capaz de conciliar el sueño. Comenzó a hablar, dando detalles sobre temas militares que Julius no entendía. Pero pronto le venció el cansancio y sus ojos se cerraron.

- Schhhhhh… - le susurró Julius cuando le vio tensarse y fruncir el ceño. Le besó en la frente. Su rostro contraído se relajó de inmediato, y la muchacha, si bien hubiese querido poder ayudarlo más, se dio cuenta de que lo poco que estaba a su mano hacer era importantísimo para él.

~.~.~

Apagó el puro en el alfeizar y dejó caer la colilla hacia la calle. Juntó la ventana y cerró las cortinas con un movimiento rápido y brusco. Las noches estaban siendo cada vez más frescas y ya había pasado suficiente rato mirando el cielo estrellado. Eran cerca de las cuatro de la mañana pero aún no tenía sueño. Acercó la silla al lecho sobre el que se apreciaba una figura humana, cuyo pecho descubierto subía y bajaba acompasadamente. Se sentó a horcajadas con los antebrazos apoyados sobre el respaldo, mirando su plácido descanso, pero con los pensamientos muy lejos de allí, tanto en el espacio como en el tiempo.

Es muy diferente con esta mujer a lo que sucedió con tu matrimonio. Ese día, ya tan lejano, noté en seguida por tu expresión que la audiencia a que te había citado su majestad no era para tocar un tema agradable. Estabas algo desconcertado, y también molesto. Ya era incómodo que te hubiesen llamado con tanta urgencia cuando apenas acabábamos de llegar desde Inglaterra el día anterior.

- ¿Hay algún problema para que viajemos a Port Arthur? – te pregunté cuando ya íbamos a medio camino entre el Palacio de Invierno y tu mansión y tu silencio comenzó a resultarme irritante.

- No, no hay ningún problema – dijiste, mientras mirabas por la ventana del coche – pero puede que nos retrasemos un poco.

No entiendo que puede haber pasado, si tu padre accedió a que dejaras la universidad en cuanto le telegrafiaste diciendo que querías reintegrarte al ejército. Ya han partido muchos regimientos hacia Manchuria para luchar contra los japoneses. No quisiera quedarme atrás. ¿Qué tal si nuestras tropas ya los ha vencido antes de que lleguemos allá? – reclamé con una soberbia pueril que más tarde los nipones me obligarían a tragar envuelta en alga nori usando esos condenados hashi y untada en salsa de soya, todo esto acompañado de gari y con cantidades industriales de wasabi. (11)

- No te preocupes por eso. No tardaremos tanto tiempo, y esta guerra no se resolverá tan pronto. Ambos tenemos muy claro que esos hombres son bravos guerreros, no nos la darán fácil – aunque eras más realista que yo también te pasabas de soberbio y confiado – Pero nuestro ejército es mucho más poderoso. Además el ferrocarril transiberiano está casi completo y el viaje debería tomar no más de dos semanas.

- Siempre que no nos descarrilemos… - murmuré por lo bajo.

- Mmmm… - mascullaste. Yo sonreí para mis adentros. Por más que te molestaran mis burlas sobre el ferrocarril más largo del mundo, lo cierto es que luego de trece años de trabajo con materiales de bajo costo era generoso referirse a él como un tren de tercera categoría. Los accidentes de ese tipo eran lamentablemente frecuentes.

- ¿Que ha sucedido?

- Lo hablaremos más tarde.

Ya sabía que nada sacaba con insistir en ese momento. Sea lo que fuere, aún lo estabas procesando y no tenías una opinión definida al respecto. Preferí dejarte a solas y unirme a la pequeña tertulia que tu hermana había organizado con algunas de sus amigas. Siempre me hacían gracia las miradas lánguidas que me prodigaban. Ella, en cambio, me sonreía con complicidad, burlándose silenciosamente de la coquetería infantil de sus amigas que competían por llamar mi atención. Ella sabía. Estoy seguro de que nunca me juzgó por ser como soy, pese a que jamás hayamos hablado una palabra al respecto. Entiende que yo no lo he elegido. Es perspicaz, más que tú, incluso. Jamás me cansaba de admirarla lo más discretamente que podía, pues para mí era la más hermosa de las muchachas. Lo sigue siendo aún y sé que siempre lo será. ¿Cómo podría ser de otro modo, con lo mucho que se parece a ti? Tus facciones se suavizan en su rostro, tus ojos adquieren algo de dulzura en los de ella, pero la esencia, el espíritu, es el mismo. Con el paso de los años se ha transformado en una mujer admirable. Si la vida fuese justa yo habría amado a Vera. Y si ella me hubiese querido ese bolchevique no le habría roto el corazón. Sé que tu padre habría consentido con gusto que me casara con ella, pero el destino se divirtió con nosotros haciendo que pusiéramos los ojos en las personas equivocadas.

Cerca de media hora más tarde me llamaste a tu recámara.

- Definitivamente habrá un retraso en nuestra partida – dijiste sin preámbulos, luego de invitarme a tomar asiento en el recibidor. Fue extraño que tú mismo me sirvieras un corto de vodka, y llenaras otro para ti. En ese gesto, pese a ser una atención, entreví un mal presagio – Mi padre tenía un segundo motivo para consentir mi regreso a Rusia.

Mil ideas pasaron por mi mente mientras tomaba el vaso y me lo llevaba a los labios.

- ¿Cuál sería…?

- Ha concertado mi matrimonio.

- ¿¡Matri…! ? ¡cof, cof!

Ninguna de mis ideas había estado ni medianamente cerca de la verdad.

- Eso mismo – continuaste. Era difícil adivinar lo que sentías. Supongo que ni siquiera tú lo tenías demasiado claro – Por orden de su majestad.

Esa última información al menos echó luz sobre lo que pensabas. A tu padre quizás te habrías opuesto, pero si era el deseo del zar, obedecerías. Se me oprimió dolorosamente el pecho al pensar lo que eso significaría para mí.

- ¿Con quién? – pregunté. Esto me tomaba desprevenido. Diablos, ¿cómo iba a esperarme algo así? Hace apenas unas semanas éramos dos egresados de la Academia Militar Corps de Pages que estudiaban en la universidad de Oxford. Tu padre creía que vivir un tiempo en el extranjero te daría una perspectiva más amplia del mundo, y el tiempo le dio la razón. Yo pude ir gracias a él, que me había tomado bajo su protección en agradecimiento a los servicios que mi padre prestara por muchos años a tu familia y se había encargado de darme la misma educación que escogiera para su hijo. Hacía menos de un mes habíamos decidido abandonar esa vida para regresar a lo que creíamos era nuestro ambiente: el ejército. Y ahora nuestros planes de atravesar Europa y Asia para llegar hasta Port Arthur, en Manchuria, se veían afectados por… ¿tu matrimonio? ¡Ni siquiera habías cumplido veinte años! ¿Acaso esto era una tomadura de pelo? Intenté disimular inútilmente mis emociones. Podría haber engañado a cualquiera, pero no a ti. Nunca he podido.

- Adel Aleksándrovna – contestaste lacónicamente.

- ¡Su sobrina…! – exclamé. Eso sí era toda una sorpresa – Es un gran honor – añadí sin asomo de ironía. Estaba realmente impresionado.

- Sí, un gran honor… - repetiste sin entusiasmo.

- ¿Y qué respondiste?

- Me ha dicho que lo piense, pero por supuesto, no puedo negarme. Mañana se lo confirmaré, y pediré la mano de Adel Aleksándrovna lo más pronto posible. Este asunto podría retrasarnos un mes, pero al menos he conseguido que me permitan ir. No es bien visto que me comprometa y parta a la guerra de inmediato.

- ¿Qué te parece ella? - Adel Aleksándrovna Románova, la única mujer de entre los sobrinos del zar y por esto su favorita, muchacha hermosa y encantadora. De no significar nada para mí acababa de pasar a ser el objeto de mi despecho, sin haber incurrido en acto alguno que la hiciera merecedora de un sentimiento tan negativo.

- ¿Ella? – al parecer ni siquiera te habías detenido a pensar si tu futura esposa era de tu agrado. No habías pasado de considerar que el sólo hecho de contraer matrimonio era una molestia, daba lo mismo con quién – Es una de las mujeres más bellas que haya visto. Tiene clase, es inteligente y bastante culta… Es una señorita perfecta hasta el último detalle.

"Y todo eso no podría importarme menos"… completé mentalmente lo que no expresaste con palabras. Lo que salía de tu boca era una serie de elogios comunes, dichos sin el menor interés, de un modo indiferente y desapasionado.

- Es un buen partido – mis palabras, en cambio, destilaban una amargura ponzoñosa que envenenaba a nadie más que a mí mismo – dudo que haya una mejor candidata en todo el imperio.

- Estás en lo cierto. Por eso me sorprende que su majestad me haya tenido en tal consideración – continuaste. Y en seguida te desviaste a lo que en verdad te interesaba, con la inocencia de quien nunca ha estado en una batalla real – Como te decía, no retrasaremos quizás un mes. Como ahora he de cuidar el pellejo me designarán en algún sitio seguro y aburrido, pero si no deseas quedarte estancado puedo arreglar que te envíen a una zona con más acción.

- No… - ah, maldición, en un momento así la voz tenía que salirme tan débil y opaca – dónde sea estará bien…

- ¿Incluso si es Vladivostok?

- ¡Vladivostok! – exclamé espantado. Teníamos sólo dos puertos en esa área, y era obvio que la acción tendría lugar en Port Arthur, el que se ubicaba más al sur. Si llegaba a haber enfrentamientos en la zona de Vladivostok eso sólo podía significar una cosa: que los japoneses nos habían aplastado como a ratas - ¡Para eso mejor nos obligan a quedarnos acá o a volver a Inglaterra!

Sonreíste. Sonríes tan poco que cada vez que lo hacías me fijaba hasta en el más ínfimo detalle de tu fisonomía. Bueno, ahora lo haces más a menudo… En ese momento me olvidé de todo, hechizado por ese sutil gesto, pero tu voz pronto me sacó de ese embrujo.

- Aún no me he rendido con eso. No me conformo con atravesar toda Siberia sentado sobre un cajón en un tren que se cae a pedazos para ir a varar en Vladivostok.

- Lo suponía… - dije, mirándote con una complicidad que tendría que acabarse pronto, forzosamente.

- Además, su majestad quiere que no permanezca más de seis meses fuera de San Petersburgo. En realidad me permite ir como un favor personal, y tan pronto regrese, me casaré. Pero tú puedes quedarte el tiempo que desees, por supuesto. Si es que aún no les hemos derrotado para entonces.

- Lo decidiré más tarde.

- Bien, en resumen ese era el asunto que su majestad quería hablar conmigo.

- Ya veo. Te dejo, entonces.

- Serioshka – añadiste cuando me puse de pie y me aproximé a la puerta tan rápido como pude.

Era una tontería creer que por huir de allí me iba a librar de esto. Como si no supiera que no te gusta dilatar ningún asunto que puedas resolver de inmediato. Sea del tipo que sea.

- Dime… - murmuré, y solté la manija que acababa de coger. No valía la pena ya tratar de ocultar que esta noticia me caía como un balde de agua fría. Giré sobre mis talones lentamente. Que hicieras como que no notabas mi evidente desolación fue más doloroso a que hubieras reaccionado de alguna forma, aunque fuese demostrándome hastío o molestia.

- A partir de ahora, las cosas serán diferentes.

Creí que no sería capaz de sostenerte la mirada, y sin embargo, no podía apartar mis ojos de los tuyos. Estaba como hipnotizado.

- ¿Di… diferentes? – balbuceé estúpidamente.

- Sí, diferentes – creo que nunca tus ojos me habían parecido tan negros como entonces. Es más, diría que se veían anormalmente oscuros. En ese instante parecían dos pozos sin fondo. Sin una veta de marrón o de castaño. Me sorprendió su frialdad. Nunca, en todos años que teníamos de conocernos me habías mirado tan gélidamente. Aún tengo fresca en la memoria esa sensación escalofriante, como si me taladraran el alma, pero sin permitirme percibir nada tras de sí. No por nada te ganaste ese mote. Se ajusta a la perfección a alguien que es capaz de hacerte sentir vulnerable y expuesto y al mismo tiempo se cubre con un escudo impenetrable – Después de todo, ya no estamos en Inglaterra.

- Tiene usted toda la razón – contesté. Si las cosas iban a ser diferentes, mientras antes, mejor. Una vez que nos integráramos a la Guardia Imperial ibas a ser mi superior en grado, pues que el zar tenía por costumbre intervenir directamente en los nombramientos de su interés en su calidad de Comandante en Jefe del Ejército, y tú serías su sobrino político. Opté por comenzar a tratarte como tal desde ya, tanto en público como en privado – Con su permiso, me retiro. Que tenga una buena tarde, señor.

- Buenas tardes, Rostovski.

Finalmente te saliste con la tuya, y un mes más tarde íbamos rumbo a Port Arthur. Lo que vivimos allí no fue una historia demasiado larga, pero sí bastante triste. Lo que vimos, lo que tuviste que hacer, acabó por delinear tu personalidad y acentuar aún más tu tendencia natural a no expresar tus emociones. Partimos al extremo oriente siendo adolescentes pero regresamos a San Petersburgo siendo adultos.

Apenas salí de tu recámara vacié los pulmones hasta la última molécula de aire. Las piernas me temblaban, la cabeza me daba vueltas. Estaba tan consternado que ni siquiera me di cuenta de que cometí el error de volver en ese lamentable estado al salón donde tu hermana continuaba reunida con sus amigas. Por suerte esta vez no logré el mismo impacto que con mi entrada. Es más, las mismas chicas que hacía un rato se derretían por mí ahora ni siquiera notaron mi presencia en un principio, dándome tiempo de calmarme un poco. Estaban ocupadas de un rival con el que yo no podía competir: un niño risueño de suaves bucles dorados y vestido de marinerito.

- ¡Milioshik, ricura, dale un beso a tía Várvara! – decía la princesa, que estrujaba a Liudmil entre sus brazos, estirando la boca. El pequeño hizo el mismo gesto, y se acercó a la muchacha hasta juntar sus labios apretados con los de ella.

- ¡Ay, qué primor!

- Míralo, si parece un querubín, es un nene precioso…

- ¡Exquisito!

El crío no dejaba de reír adorablemente, haciendo gracias que provocaban exclamaciones de las chicas que se peleaban por sentarlo en sus regazos. Desde el día en que nació quedó claro que sería muy diferente de ti y tu hermana, y no sólo por la pelusilla rubia que cubría su cabeza. Se requiere conocerlo con un algo más de profundidad para notar que pese a ser expresivo y alegre, en el fondo es un Yusúpov tal como tú y Vera.

Yo las miré preguntándome si acaso algún día habría de casarme con alguna de estas chicas, o con otra similar a ellas. Pese a no ser un aristócrata, me beneficiaba mi calidad de protegido de tu padre. De aceptar los coqueteos de cualquiera de las amiguitas de tu hermana (salvo Anastasia, que no demostraba mayor interés en mí), no me habría sido difícil lograr un matrimonio muy ventajoso pese a mi posición social, sobre todo ahora que el zar demostraba tenerte en estima lo suficientemente alta como para concertar tu casamiento con su sobrina favorita. Si yo hubiese querido, nada te costaría obtener un favor de él para mí. Pero casarme y vivir junto a una mujer que nunca lograría atraerme se me hacía una pesada carga. ¿Qué sentido habría tenido aquello? Si lo hiciese, ¿Acaso tú ibas a sentir los monstruosos celos que me carcomían por dentro en ese instante? No, de ninguna manera. Eso jamás iba a suceder.

- Vera, no te descuides o secuestraré a tu hermano – dijo Várvara, luego de besuquear un rato a Liudmil, cuando otra de las chicas logró arrebatárselo.

- ¿A cuál de los dos, Variunia? – preguntó otra muchacha, maliciosamente.

- ¡Artemia! ¡Pero qué pesada eres! A Liudmil, por supuesto – exclamó la aludida escandalizada.

- ¿Y por qué te espantas? – replicó Artemia – A mí me parece que Leonid es guapo. ¿No creen que está más apuesto ahora que ha vuelto de Inglaterra?

- Puede ser, pero está aún más antipático que antes, tanto que ni le se nota lo guapo – dijo Várvara – No tengo complejo de Jane Eyre para que me guste alguien como él. Hasta el señor Rochester nos habría tratado más educadamente. ¿Se fijaron que nos miró de un modo tan altanero…?

- Eso es verdad – concedió Artemia – En serio Vera, ¿cuál es el problema de tu hermano? Cuando llegó hace un rato apenas nos saludó, ¡nos ignoró por completo! No se supone que un caballero se comporte de ese modo con un grupo de señoritas invitadas en su casa.

- El señor Rochester no estaba tan mal… - dijo Anastasia muy bajito – digo, al final, tenía buen corazón…

- Nastia, cariño… - Várvara habló con aire de superioridad – para ti hasta las piedras tienen buen corazón.

Todas rieron, incluso Anastasia.

- Aunque la verdad es que Leonid me da un poco de miedo… - dijo Anastasia cuando las risas se apagaron – Es muy frío y nunca sabes lo que está pensando, eso me pone nerviosa.

- Son injustas – dijo Vera – Leonid es un poco rudo, pero es una buena persona.

- ¡Amor de hermana! – Várvara tomó las manos de Vera moviendo la cabeza de un lado al otro y chasqueando la lengua – Tan ciego como el amor de madre. Admítelo, Vera, Leonid es como un invierno en Oimiakón (12)

- Qué mala eres, Várvara – Vera sonrió a su pesar – Lo que sucede es que ustedes no le conocen…

- ¡Blá, blá, blá! – la remedó su amiga – ¿Se imaginan estar casada con alguien como él? Nastia tiene razón, ¡qué miedo! No… yo esperaré que crezca este principito para que sea mi marido, ¿verdad, mi amor, que te casarás con tía Variunia cuando seas mayor?

- ¡Sí! – dijo Liudmil estirando los bracitos hacia ella.

- ¡No, te casarás con tía Klara! – reclamó la que lo tenía sobre la falda.

- ¡También contigo! – respondió Liudmil, y le plantó un beso en la cara.

La habitación volvió a llenarse de risas cristalinas.

- ¡Pero qué galán! – dijo Artemia.

- Vera, este niño no puede ser pariente de ustedes, ¡tiene que ser adoptado! – continuó Várvara – Pero ya más en serio, el que de verdad me encanta es el amiguito de tu hermano… Creo que definitivamente los prefiero rubios.

Las demás, salvo la discreta Anastasia, aprobaron su comentario entre risitas y exclamaciones chillonas.

- ¡No les puedo creer que les gusta Seguei Rostovski! – dijo Vera con aire divertido – Ustedes no podrían ser más descaradas, se lo estaban comiendo con los ojos. ¡No tienen ni una pizca de vergüenza!

- ¿Tú crees que nos hemos pasado un poco? – preguntó Várvara, poniéndose seria.

- ¡Yo creo que el pobre a estas alturas debe tenerles miedo!

- ¿Y a ti acaso no te gusta? Ya sabes… - insistió Várvara – antes siempre estaba en tu casa y ahora que ha regresado de Inglaterra irá a ser lo mismo.

- No, no me gusta – Vera frunció la boca de ese modo que indicaba que le estaban colmando la paciencia.

- En ese caso, ¿por qué no me echas una mano con él? ¿Sí?

Pero Vera no alcanzó a contestar, porque entonces se dieron cuenta de que yo llevaba quien sabe cuánto rato mirándolas, y Várvara se puso roja como un tomate. Su encaprichamiento conmigo duró un par de meses más. Para cuando volvimos del extremo oriente ya tenía un nuevo romance, y luego vinieron varios más hasta que finalmente su amor por Matvei duró lo suficiente como para convencerla de llegar al altar. Y por lo que pude ver hoy, aún le dura.

Mi aversión hacia Adel Aleksándrovna no duró demasiado. Al fin y al cabo, era un sinsentido culparla de haberme arrebatado a alguien que nunca me perteneció. Sobre todo si muy pronto fue evidente que ella tampoco te tenía. Así pues, todo aquel melodrama interno que sufrí durante tu particular noviazgo (un mes de "cortejo", seis que pasamos en el extremo oriente y otro en San Petersburgo durante los últimos preparativos de la boda) culminó en esa verdadera tortura que para mí fue tu matrimonio. Contrario a lo que yo esperaba, no vinieron días peores que ese. Pero aun así es un momento que quisiera borrar de mis recuerdos. Me costó una enormidad aparentar indiferencia cuando por dentro me estaba desmoronando. Lo más lamentable, lo más patético, es que aunque no te hubieses casado yo nunca podría haber aspirado a tener lo que quería contigo. El destino de mis sentimientos era la condena moral, social y hasta legal. Sonreí amargamente al pensar en la ironía de que tú mismo me regalaras ese ejemplar de "La Balada de la cárcel de Reading". No. Un momento… Quizás no era una coincidencia. Quizás hasta lo habías hecho a propósito. ¿Por qué, de todas las obras de Oscar Wilde, escogiste la última? ¿Esa que escribiera luego de cumplir una condena de dos años de prisión por sodomía, a la que habría de sobrevivir apenas otro par de años, consumido por la tristeza? "Diablos", me dije mientras te veía de pie frente al altar, "sí que puedes llegar a ser retorcido cuando te lo propones, o estoy hilando demasiado fino, al borde de la paranoia…" Mi desesperación era tal, que estaba dispuesto a levantarme y largarme de allí sin importar el escándalo y las murmuraciones. Incluso alcancé a apoyar la mano sobre la banca para ponerme de pie, pero entonces unos dedos enguantados presionaron los míos contra la tabla. Había olvidado que Vera estaba sentada a mi lado. Fue lo único que hizo. Ni siquiera apartó los ojos de los novios que en ese momento hacían sus votos. Pero su mano sobre la mía me decía "Calma, calma…" Y entonces pude resistir el resto de la ceremonia, sabiendo que al menos alguien me entendía… y aguantar lo mejor que pude esa maldita fiesta y lo demás, hasta que te vi retirarte discretamente con esa mujer. A esas alturas era innecesario continuar con mi pequeña farsa, de modo que me apropié de una botella, me encerré en el cuarto de huéspedes que siempre está dispuesto para mí, y me concedí una borrachera que me dejó al borde del coma etílico. Por fortuna eso es algo que nadie cuestionaría después de una fiesta de matrimonio. Al menos, no en Rusia.

Adel Aleksándrovna lucía deslumbrante. Y no sólo porque fuese una muchacha bellísima. No sólo por su discreto maquillaje, sus suaves rizos de color castaño claro adornando el óvalo perfecto de su rostro, ni por el vestido que se ajustaba delicadamente a su grácil figura ni por las finísimas joyas que completaban su atuendo y que costaban más que mi vida. Era también por sus ojos. Esa mirada no era la de una mujer que se casa obligada, contrario a lo que siempre se rumoreó. No, ella te quería. Ya me había dado cuenta hacía tiempo. Ella te quería y eso me aterraba, pues sabía que se empeñaría en tener un matrimonio feliz. Sin embargo, ya te encargarías de ir matando rápidamente todas sus ilusiones de niña inocente, sin siquiera enterarte de que ella alguna vez las había tenido. Hasta acabar lanzándola a los brazos de otro hombre, por despecho. Mi odio se extinguía conforme su amor por ti se iba tiñendo de amargura, con cada día que pasaba en que estaban más lejos uno del otro, cuando las peleas ocasionales dieron paso a un incómodo silencio, y finalmente, a la indiferencia (auténtica en tu caso y fingida en el de ella). Y dejó de existir cuando pude apreciar que tras su fachada de gran dama habitaban la frustración, la decepción y la soledad. A partir de entonces me inspiraba tan sólo un poco de lástima.

Es una tontería, pero me consolaba saber que si bien no me amabas a mí, tampoco a ella, y probablemente nunca amarías a nadie.

Hasta que apareció esa muchacha alemana.

Al principio no me ocupé mucho de ella, y tampoco advertí que te hubiese impresionado demasiado. Pero con el paso del tiempo el asunto empezó a captar cada vez más tu atención, más allá de todas las implicancias de tenerla secuestrada en tu casa. Y luego, esa irritación que te provocaba su obsesivo amor por ese bolchevique. No era otra cosa que una atracción no asumida. Después del accidente fue sutil cómo pasaste de vigilarla a protegerla, era algo que iba un poco más allá de querer ayudarla por sentirte culpable del lamentable estado mental en que había quedado. Por bastante tiempo esperé que algo más sucediera, pero la extraña relación que tenías con ella se quedó allí, estancada durante años. Pese a ser increíblemente sagaz para algunas cosas, cuando se trata de asuntos del corazón eres incapaz de ver lo más evidente, lo que salta a la vista. Así como a la fecha aún no te das cuenta de que estuviste casado por años con una mujer que te amaba, pasaste otro tanto sin enterarte de tus propios sentimientos hacia la señorita Julius.

Supongo que finalmente las cosas tenían que caer por su propio peso, por más que llegara un momento en que parecía que tú y ella se quedarían en ese limbo de forma indefinida.

¿Me duele? Pues claro que sí. ¿Cómo no habría de dolerme?

Serguei estiró un brazo y tocó con la punta de sus dedos el rostro de la persona que dormía profundamente sobre el lecho. Éste hizo un movimiento corto y brusco con la cabeza ante ese suave contacto, pero no despertó y siguió descansando con toda tranquilidad. Era un hermoso muchacho de unos veinticinco años, un libertino de buena familia que esa noche había decidido ir un poco más lejos de lo habitual con sus calaveradas.

Duele cuando yo he de conformarme con estas aventurillas ocasionales. Vaya, hacía mucho tiempo que no lo hacía… Y sí, reconozco que en parte me ha impulsado el despecho.

Pero ya no soy un muchacho. El tiempo ayuda a enfrentar de otro modo este tipo de emociones. Ya no se salen de control. El mundo ya no se cae a pedazos. Acabas por aceptar que hay cosas que nunca tendrás, y a vivir con ello lo mejor que puedes. Aprecias lo que tienes. En mi caso, tu confianza absoluta y tu amistad.

Aun así, al verte enamorado y feliz por primera vez es imposible no preguntarse qué se sentirá. Estar enamorado y ser feliz. Para mí el amor es soledad. Y la satisfacción de mis deseos, aventurillas ocasionales como esta. Nunca será de otro modo.

Esta noche, mientras bailaba con la señorita Julius, me pregunté qué sentimiento me inspiraba. Es la única persona que ha logrado que de pronto se te pierda la mirada en la nada y se te dibuje una sonrisa en los labios por el sólo hecho de recordarla. Es natural mi curiosidad. Pobrecilla, se ha llevado un buen susto… ha de pensar que soy un psicópata o algo así por la forma en que me incliné para aspirar su perfume, y por cómo apreté su mano entre mis dedos, y la ceñí por la cintura con demasiada fuerza. Se presta para pensar mal, pero yo sólo quería saber qué tan suave es su piel, cómo se siente tomar sus manos y qué tan estrecho es su talle. Con una curiosidad casi científica. Es bonita, pero en mí no despierta nada sensual. Tampoco es excepcionalmente hermosa, como sí lo es tu ex mujer. Puedo apreciar la belleza de ambas como admiraría un cuadro o una escultura o una pieza musical, pero nada más.

Yo sólo quería saber. Porque ella tiene de ti todo lo que yo no tengo.

Se levantó y buscó su chaqueta. La encontró tirada a los pies de la cama, y se la puso con movimientos lentos. Se inclinó sobre el muchacho y le besó en los labios. Éste, medio dormido, alzó un brazo, se afirmó de su cuello, y casi en seguida se deslizó otra vez sobre las sábanas. Serguei le cubrió bien. El chico estaba algo bebido. Sería una madrugada fría, y a él nada le costaba ahorrarle una gripe.

Lo que he sacado en limpio de este pequeño y absurdo experimento, es que esa mujer me inspira sentimientos encontrados. Si no fuese importante para ti me provocaría cierta simpatía, pues es una persona agradable. Pero como nadie te importa tanto como ella, hay momentos en que desearía hacerla desaparecer de la faz de la tierra. Cuando sé que estás pensando en ella. Cuando te escucho pronunciar su nombre o ella dice el tuyo, cuando te trata con esa familiaridad cuya dulzura y sencillez que te cautivan. Ante cualquier gesto, por mínimo que sea, que me refriegue en la cara que es ella quien está más cerca de ti que nadie. Pero si hay algo que me han dejado los años de amarte incondicional y estúpidamente, es la certeza de que todas estas sensaciones ingratas, las odiosidades, la envidia, los celos, la desesperación… nada de eso dura para siempre. Se apaciguan con el paso del tiempo, se calman, se aceptan, se sigue viviendo tal como antes. Lo único que se ha mantenido inalterable es lo que siento por ti, pues hasta la angustia de no saber por cuánto tiempo más permanecería atado a este amor ya se ha desvanecido hace mucho. Es increíble cómo puedes llegar a acostumbrarte a casi todo. En este caso, al menos, tengo el consuelo de saber que eres feliz.

Serguei dio una última mirada al muchacho dormido antes de cerrar la puerta suavemente tras de sí. Decidió que daría un largo paseo, pues no le daba la gana llegar aún a casa.

Pero no estoy triste. Yo sé cuál es mi lugar desde que me lanzaste a la cara ese "no estamos en Inglaterra", con tus ojos de hielo que de tan fríos dan la sensación de quemar, así como hundir las manos desnudas en la nieve es muy similar a hacerlo en agua muy caliente… es extraño que ambos extremos al final provoquen la misma sensación, que acaben siendo lo mismo… Diablos, estoy divagando demasiado. En fin… después de todo no es un mal sitio. Ser tu mano derecha, tu hombre de confianza. Saber que valoras profundamente que esté dispuesto a hacer cualquier cosa por ti. Saber que ocupo un lugar importante en tu vida, aunque no sea el que yo quisiera.

"No ne grusten ya, ne pechalen ya
Uteshitelna mne sudba moiá
Vsio chto luchshevo v zhizni Bog dal nam
V zhertvu otdal ya ognevym glazam!"

(Pero no estoy triste, no estoy triste
Encuentro consuelo en mi destino
Todo, lo mejor que en la vida Dios nos ha dado
¡Os lo sacrifico, ojos de fuego!)

(1) Очи Чёрные (Ochi Chornye) significa "ojos oscuros". Es el nombre de una canción en ruso muy popular. La letra es del poeta ucraniano Evgeny Grebenka y la música, del alemán Florian Hermann, se hizo conocida a fines del siglo XIX y tiene quinientas mil versiones en varios idiomas y en todos los estilos (algunas tan malas que dan ganas de suicidarse y otras realmente hermosas). Estas son dos de mis versiones favoritas, una de Dzhemma Jalid www . youtube watch?v=_WlqBN14seg y otra de Vika Tsyganova www . youtube watch?v=quA5c2oOa_8

(2) Brevísima explicación sobre esgrima japonesa. Esta arte marcial se denomina Kenjutsu (no confundir con el Kendo,que es una disciplina deportiva). Las espadas largas se denominan katana,otras espadas más cortas se llama kodachi. Existen distintas escuelas, siendo la más famosa la creada por el samurai Miyamoto Musashi (1584 – 1645) llamada Niten Ichi Ryu. Para practicar se puede recurrir a un entrenamiento de combate libre o a la práctica de las katas,que son series de movimientos preestablecidos que se practican solo o en pareja y que pueden aplicarse al combate. En un principio tanto las katas como el combate libre se practicaba con katana y kodachi (con frecuentes resultados fatales) por lo que con el tiempo se agregaron otros implementos. El shinai es una espada confeccionada con varas de bambú que se utiliza para el combate libre, así como el bokken o bokutoes una espada de madera de las mismas dimensiones de la katana que se utiliza principalmente para realizar katas. En lugar de cinto se utiliza un paño de tela que se coloca alrededor de la cintura, llamado obi.

(3) Sistema Rukopashnogo Boia (cиcтema pykoпaшнoгo бoя): Es un arte marcial rusa tradicional, desarrollada a partir del siglo X con el objetivo de enfrentar a múltiples pueblos invasores de características y formas de luchar muy diversas. Por esto se compone de estrategias versátiles y variadas y a diferencia de las artes marciales orientales es muy poco estructurada. Fue prohibida durante la Revolución, sin embargo, se perfeccionó para entrenar a cuerpos de elite del nuevo régimen, principalmente los Spetsnaz.

(4) Números del uno al diez en japonés.

(5) Un kópek es un céntimo de rublo, la unidad de dinero más pequeña de la economía rusa.

(6) Krimhild presenta "El minuto etílico"… (jaja) el Blanc Cassis es un aperitivo que se prepara con vino blanco y crema de cassis, originario de Borgoña y antecesor del popular Kir Royal, en que se reemplaza en vino blanco por vino espumante (ya que no se le puede decir más "Champagne" por cosas de marcas, en fin…) Los dos son dulces y refrescantes, pero a mí me gusta más el Kir.

(7) En 1914 El zar cambió el nombre de San Petersburgo (que sonaba alemán) por el de Petrogrado, que la ciudad conservó hasta 1924, a partir de ese año se llamó Leningrado, para volver a su nombre original tras la caída de la URSS.

(8) El Earl Grey es un té negro aromatizado con bergamota, muy popular desde principios del siglo XIX. El Lady Grey es una versión más suave que además tiene cáscara de limón, de naranja y aciano, ambos quedan muy bien con leche.

(9) En el manga quien siempre tiene aroma a mimosas es Alraune, la novia de Dimitri, el hermano de Aleksei. Cuando Julius la conoce al inicio de la historia se la presentan como la novia de Aleksei, por eso siempre tiene la idea de que Alraune lo alejará de su lado. Pero en realidad, Alraune y Aleksei nunca tienen una relación sentimental y se hacen pasar por novios. Alraune simplemente se encarga de cuidar y educar al hermano pequeño de su novio muerto, pero Julius la siente como una amenaza. Por eso relaciona el aroma a mimosas a una mujer peligrosa, que puede arrebatarle al hombre que ama.

(10) Esta sangrienta batalla concluyó el 31 de agosto de 1914 con grandes pérdidas para los rusos, de las que nunca lograron recuperarse por completo.

(11) "Hashi" son los típicos palillos de madera que se usan como cubiertos, "Gari" es el jengibre encurtido y "wasabi", algo que lamentarán confundir con la palta o aguacate, jaja… pues es una planta cuya raíz se usa como condimento y es muy muy picante y de un color verde muy llamativo.

(12) Oimiakón es la ciudad más fría del mundo, se ubica en Siberia. En el invierno pueden haber -50 a -60 °C con facilidad. La verdad es que en a principios del siglo XX no era tan conocida (esta parte que narra Rostovski ocurre a fines de febrero de 1904), tuvo algo más de desarrollo durante el régimen soviético.


Bueno... un poquito largo el capítulo, jejeje... De pronto puede haber muchos detalles que no podrían importarle menos a nadie salvo a mí, pero como sea, gracias a quienes toleran mi ñoñería extrema, no sé si se logra bien el efecto de hacer creer que Rostovski está interesado en Julius, pero, ¡Oh, sorpresa! Es gay. En el manga nunca se dice explícitamente pero de todos modos es bastante obvio. Además Ikeda aclaró en una entrevista que sí es total, absoluta y definitivamente gay. Si alguien fuera tan amable de decirme si ha quedado convincente se lo agradecería mucho. (insertar-arbusto-seco-rodando-aquí)

Para quienes reclaman que no sigo las historias de la Rosa de Versalles, pues mis disculpas... pero si me he dado el tiempo de escribir una historia tan larga que nadie lee está claro que este manga me gusta muchísimo más. Por desgracia ha sido injustamente subvalorado. Aunque no escribo para ser "popularrrrshhh" (vamos, que el fandom de Ikeda sensei no es de lo más numeroso. Si quisiera fama y fortuna... eh, bueno, fama, en realidad, me movería al fandom de Crepúsculo o algo así... Agh) admito que sí da un poco de lata casi no tener feedback, pero persistiré con este fanfic. ¡Aunque sea lo último que haga!