Por una cabeza

II

Decir que bailaban mal era decir poco. Ella admitía con gran pesar que eso de mover los pies para otra cosa que no fuera caminar definitivamente no era lo suyo, pero el otro, el innombrable, aquel que decía ser su pareja, no lo hacía mejor. Ciertamente no había clase en la que Koizumi no terminara con los pies adoloridos de las pisadas que éste le propinaba; por si eso fuera poco, Otani le adjudicaba toda la culpa y, además, no dejaba de llamarla fea, amazona, gigante, y de contarle no-sé-cuántos chistes malos de gente alta ("Oye, ¿qué tal el clima allá arriba?"). Ella, por su parte, se desquitaba regresándole los pisotones y remarcando su peculiar estatura. Evidentemente, los chistes estaban a la orden del día.

Pero, si era tan malo, tan insoportable, peor que una piedra en el zapato, ¿por qué ninguno de los dos renunciaba? La respuesta era sencilla. No se trataba de quedar bien con aquel Adonis de piel marmórea (a.k.a, Maitake); ni de hacer compañía a los amigos. Ni siquiera se trataba de divertirse y pasarla bien (a estas alturas ya estaba bastante claro que ninguno disfrutaba bailar al ritmo de la música).

Todo se reducía al orgullo.

Ambos sabían que era cuestión de tiempo para que uno de los dos se rindiera y el otro pudiera pavonearse y decir que, evidentemente, su pareja no había podido con semejante bailarín. Y, claro está, que si alguien iba a caer no sería ella. Por eso cada lunes, miércoles y sábado, se veía a las seis de la tarde, aguantando golpes y malos chistes.

Lo que no sabían es que la suerte todavía no estaba echada y que, para bien o para mal, bailar no se les daba TAN mal después de todo.