Desnúdate

Esta es una adaptación

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


**Aki les dejo la historia con mayor votos


ARGUMENTO:

Como directora de una galería de arte de Boston, Isabella Swan ha hecho tratos importantes en el pasado, pero ninguno como aquel. Para poder firmar con el increíblemente atractivo, brillante y exitoso artista Edward Cullen, para que exhiba sus celebradas esculturas eróticas en una exposición, Isabella debe cumplir una curiosa pero absolutamente no negociable demanda...

Debe posar para él desnuda, día tras día, o no firmará. No está dispuesta a retroceder ante un desafío, e Isabella acepta. Ardiendo bajo la intensa mirada del hombre más sensual que nunca ha conocido, mirando sus manos trabajar, Isabella se siente vulnerable, aunque liberada y totalmente excitada, y desesperada por la satisfacción que solo un maestro como Edward puede proporcionarle.

De hecho, le suplicaría para que cruzara esa línea. Y cuando lo hace, compasión es lo último que ella desea...


CAPÍTULO 01

—Estás cerca de tu objetivo.

Asentí, recogí una pierna bajo mi cuerpo e intenté encontrar un punto en la pared beis tras su cabeza en el que concentrarme.

—Sí, cerca.

—¿Y las pesadillas?

—No he tenido ninguna desde marzo —Suspiré y, por fin, busqué la mirada de Rosalie. —Vale, de acuerdo, he tenido un par —Fruncí el ceño y negué con la cabeza. —Debería haber buscado un terapeuta masculino.

—¿Te resulta más fácil mentirle a un hombre?

Chasqueé la lengua.

—¿Y a qué mujer no? Vamos, ¿cuántas veces le has dicho a un hombre que el tamaño no importa?

Rosalie frunció los labios un momento y después agitó la cabeza, con sus rizos rubios saltando alrededor mientras lo hacía.

—Vale. Pero nos estamos desviando del tema.

—Empezaste tú —Crucé los brazos sobre mi pecho. —Todavía no duermo por la noche, y la única razón por la que no compruebo las puertas y las ventanas es porque me obligo a no hacerlo. Así que, cuando no puedo dormir, me tumbo y me preocupo por no haberme levantado a comprobar las putas ventanas y puertas.

—Él no está en Boston.

—No, no está aquí —Miré la habitación a mi alrededor, fijándome en el elegante mobiliario de cuero antes de acurrucarme en el sillón reclinable en el que estaba. El cuero debería haber hecho que la habitación pareciera más profesional, aunque resultaba relajante y cómodo. Era extraño. Nunca hubiera imaginado que podría sentirme cómoda en la consulta de un terapeuta.

—¿Qué tal tu vida sexual? —Con esa pregunta puso el dedo directamente en la llaga. Pero supongo que me lo merecía.

—Ausente de pollas, pequeñas o grandes —Me miré las manos, encogiéndome de hombros. —No encuentro a ningún hombre que me resulte sexualmente interesante.

—Quieres decir que no encuentras a ningún hombre a quien puedas dominar en la cama, así que ni lo intentas.

Me encogí de hombros y casi me reí al imaginarme vestida de cuero negro, con un látigo en la mano.

—Bueno, esa imagen tiene su atractivo.

—No seas frívola, Isabella.

Levanté la mirada y me encontré con la suya. Su rostro estaba tan serio como su voz.

—Vale, los hombres débiles no me ponen. Y los fuertes... —Contuve el aliento.

—Te asustan.

—No, ya te lo he contado antes, no me dan miedo los hombres, ni el sexo. Me da miedo Jasper Whitlock, me asusta de un modo que nunca antes pensé que pudiera llegar a sentir.

—¿Cómo te hace sentirte ese miedo?

Me levanté y me alejé del sillón reclinable.

—¿Por qué no tienes diván?

Rosalie se rió. Su risa era fuerte y sonora, y me reconfortaba.

—El diván está bastante pasado de moda. Yo prefiero el reclinable.

Miré el lustroso sillón de cuero reclinable que acababa de dejar.

—El sexo no me asusta.

—Creo que eso es lo que quieres creer.

Odiaba la palabrería psicoanalítica. Frunciendo el ceño, miré por la ventana.

—¿Cuándo te compraste el Jaguar? Me alegro de comprobar que mi dinero se está destinando a una buena causa.

—El mes pasado —Se aclaró la garganta. —Siéntate, Isabella.

Volví al sillón y me senté.

—Esta tarde tengo una reunión importante.

—Sí, lo mencionaste antes. ¿Esta reunión puede dar un empujón a tu carrera en la galería?

—Eso creo. Si sale bien, la junta de dirección lo tendría difícil para encontrar una razón por la que no renovar mi contrato el año que viene.

—Es importante para ti.

—El éxito es importante para todo el mundo —Tomé aire profundamente; había sonado dura y enfadada. Mis siguientes palabras fueron más propias de mí. —Todavía no he conocido a nadie que disfrute con el fracaso.

—¿Tu jefe todavía es una fuente de estrés para ti?

—Es un hombre frustrado, lo sé. Y entiendo que no quiera perder su puesto en la galería. Pero no importa quién se siente en mi despacho, porque cuando llegue agosto él se habrá ido, de todos modos.

—Estás disfrutando viéndolo sufrir.

Me estremecí, y después sonreí.

—Usa su poder para manipular a las mujeres.

—Su falta de respeto hacia las mujeres te hace querer castigarlo.

Joder, sí, yo quería castigarlo.

—Es posible.

—¿Te recuerda al hombre que le violó?

—No. No se parece en nada a Jasper Whitlock. Jacob Black es un tipo mezquino sin capacidad de adaptación. Ha usado su estatus social, y los contactos que obtuvo al casarse, para mantener su puesto en Holman. Pero eso ya no es suficiente y ahora intenta desesperadamente seguir en la cima.

—¿Ha habido algún hombre en tu vida en el que hayas confiado, Isabella?

—Confiaba en Emmett.

—Sí—Rosalie suspiró. —Pero Emmett McCarthy está en Nueva York. Él forma parte del pasado. Ya lo sabes.

—Vale, de acuerdo. Hoy en día no me fío de nadie —Levanté la mirada y vi que estaba escribiendo en un cuaderno amarillo. Odiaba cuando haría eso, porque nunca sabía si estaba escribiendo la lista de la compra, o creando un perfil psicológico que acabaría conmigo internada en una institución mental. La alarma que señalaba el fin de la sesión comenzó a sonar. Me levanté rápidamente del sillón.

—Hasta luego.

—Isabella.

Me senté de nuevo y apreté los dientes.

—De acuerdo.

Rosalie extendió la mano, cogió el temporizador de su lugar sobre el escritorio y lo metió en un cajón del mismo.

—Dejando a un lado tus preocupaciones laborales, es importante que continúes haciendo progresos en el modo en el que afrontas tus problemas personales.

—Estoy aquí porque quiero solucionar esos problemas.

—Sí —asintió, e inclinó la cabeza. —Pero cuando empezamos a avanzar, retrocedes.

—Estoy haciendo todo lo que puedo.

—Quiero que pienses en el sexo, Isabella. Piensa en el sexo y en el lugar que tiene en tu vida. Escribe lo que sería para ti una vida sexual normal. Cuéntame qué te haría disfrutar del sexo antes de la violación. ¿Te gustaba el sexo duro?

Enrojecí por la rabia y la vergüenza.

—¿Cómo iba a desear, o siquiera pensar en desear sexo violento?

—El sexo duro no tiene nada que ver con una violación.

—Ya.

—La lujuria puede hacer que la gente desee cosas que son normales cuando tienen lugar entre adultos, y hay consentimiento.

—Quizá —No quería discutir sobre aquello. Me levanté. —Tengo que irme.

—Haz los deberes.

Asentí.

—Lo haré.

Al entrar en la galería, veinte minutos más tarde, sentí que parte de mi pasado se disipaba. El trabajo que hacía en la galería Holman me llenaba de un modo que nunca había experimentado hasta entonces. No necesitaba un hombre.

En la planta de arriba de la galería encontré a mi ayudante, Alice Brandon, merodeando cerca de la puerta de mi despacho. Llevaba un traje pantalón de Armani que mostraba una esbelta y atlética figura por la que muchas mujeres habrían matado. Se había cortado su cabello negro oscuro, y me gustaba el corte, de punta. Le daba un toque moderno y fresco. Algo que cuadraba, supongo, con la imagen que estaba intentando proyectar. Alice era una de mis compañeras favoritas.

Cuando me uní a la galería Holman, me di cuenta inmediatamente de que Alice Brandon estaba siendo desperdiciada en su puesto actual, y que debería ser nombrada sub—directora. Esperaba resolver esa situación cuando yo misma fuera nombrada directora. Me ofreció una de sus rápidas y agradables sonrisas.

—¿Qué pasa? —pregunté, deteniéndome frente a ella y echando un vistazo a mi despacho.

—El señor Black quiere reunirse contigo antes de la negociación del contrato de Cullen. —Me entregó la carpeta que contenía el contrato de Edward Cullen.

—¿Dónde está?—pregunté, y miré mi reloj. Francamente, lo último que me apetecía hacer era charlar con Jacob Black, otra vez, sobre el contrato de Cullen.

—El señor Black está ya en la sala de juntas —Inclinó la cabeza, señalando nuestra enorme sala de reuniones, que estaba en el ala opuesta del edificio.

La miré de nuevo y agité la cabeza.

—Odio lo bien que te queda ese traje.

—Lo pillé en las rebajas —Sonrió con la petulante expresión de la mujer que se ha ahorrado un montón de dinero, y lo sabe.

—¿Te compraste un traje de Armani en las rebajas y no me avisaste? —La miré rápidamente. —Eso podría ser causa de despido.

Alice se rió mientras yo entraba en mi despacho, tiraba mi bolso en un cajón del escritorio y cogía mi agenda. La importante reunión, con Edward Cullen en persona, era mi último punto del día; resultaba curioso que esto no me pusiera de buen humor. Mi despacho en la galería de arte era el segundo más grande de la tercera planta, y tenía el aspecto de una pecera. La pared que daba a la zona de trabajo general estaba totalmente hecha de cristal. El arquitecto que había diseñado el edificio había apostado por el cristal, el metal, y un diseño moderno. Yo lo odiaba. Hubiera dado mi mejor bolso Gucci por una pared de verdad.

El resto de la habitación estaba pintado de color hueso, y el mobiliario se confundía con él. A primera vista, los visitantes podían pensar que el mobiliario surgía directamente de la alfombra. A mí me resultaba inquietante. La zona de trabajo general no era distinta, con toneladas de cristal y aluminio saliendo de la alfombra gris como si de un jardín de metal se tratase.

Cogí la carpeta que contenía el contrato de Cullen y un bolígrafo. Aplazar la confrontación con Jacob no haría que la reunión, o el día, avanzaran más rápidamente. Los hombres y mujeres que trabajaban en la zona central se mantuvieron en silencio cuando dejé mi despacho y crucé la sala. En la galería había gente que me apoyaba, y gente que no lo hacía. Jacob Black había sido el director de la galería durante casi quince años, y la decisión de la junta de darme su puesto había molestado a algunos de los trabajadores. Sabía que en agosto, cuando me convirtiera en directora, seguramente tendría un par de puestos que re—ocupar.

Cuando entré en la sala de reuniones, Jacob Black estaba hablando por su teléfono móvil. Me senté a varias sillas de distancia de él, y dejé caer la carpeta sobre la mesa frente a mí. Sólo llevaba seis meses en la galería, y había pasado esos seis meses reorganizándolo todo para que encajara conmigo. Jacob había aceptado la mayoría de esos cambios en silencio, aunque cada vez se mostraba más dispuesto a presentar batalla.

Terminó su llamada bruscamente y se giró hacia mí. Su rostro parecía tranquilo, pero sus ojos le traicionaban, mostrando una irritación y un miedo que quise ignorar, y no pude. Jacob Black se estaba viendo obligado a abandonar un trabajo que adoraba. Finalmente, habló.

—Este contrato con Cullen es un error.

—Mike Newton quiere que se contrate a Edward Cullen. De hecho, ha dejado claro que tiene un interés personal en el éxito de este contrato —Además, había insistido en que perder la cuenta de Cullen podría ser nefasto para mí. —Entiendo que no es un artista que tú comprarías, pero ambos sabemos que la junta tiene planes para esta galería que no estás dispuesto siquiera a considerar.

—Todavía no tienes mi puesto—Su rostro estaba rojo de rabia, pero fue la frialdad de sus ojos lo que me sorprendió.

—¿Qué es lo que más odias de mí? —contesté. —¿Mi género, mi edad, o que la junta ya no crea que sepas lo que es mejor para esta galería?

—No me gustas tú, señorita Swan. Tu edad y tu género no tienen nada que ver con ello. —me espetó, y entonces se sentó de nuevo en su silla. Era la primera vez que reconocía que resentimiento especial hacia mí.

—Entré en la galería Holman para llevar a cabo este tipo de proyectos.

—Lo único que estás haciendo es destrozar la galería que yo he tardado años en construir. Has introducido una serie de obras vulgares y profanas que están alejando a nuestra clientela.

—Nuestros beneficios se han doblado en los seis meses en los que yo me he ocupado de las colecciones.

—Dinero ganado con pornografía ligeramente disfrazada.

—Si tienes algún problema con el modo en el que se están haciendo las cosas, habla con la junta.

Observé cómo su rostro enrojecía de rabia, pero no dijo nada. Conseguir mi fracaso y despido había sido el primer punto de su agenda desde el día en el que reemplacé a la joven y francamente poco preparada mujer que tenía en el puesto de sub—directora.

No me preocupaban sus confabulaciones. Sabía lo que quería la junta de dirección, y estaba proporcionándoselo a paladas. Se abrió la puerta, y ambos nos vimos obligados a poner una sonrisa en nuestros rostros mientras Alice hacía pasar a Edwrad.

Había pasado tres días preparando mi primera entrevista con Edward Cullen. Sin embargo, cuando mis ojos se encontraron con aquel hombre por primera vez, supe que no me había preparado lo suficiente. Mi abuela me dijo una vez que los hombres son como el vino. Algunos son amargos y difíciles de tragar, y otros yacen en tu lengua con una dulzura que puede hacer que se te erice la piel.

Me pregunté a qué sabría él.

Edward Cullen, conocido por sus apasionadas y eróticas esculturas, era un sólido y sensual recordatorio de mi cama vacía... y estaba desnudándome con la mirada. Correspondía su desvergonzada inspección con otra.

Piel palida. Ojos tan verdes que parecían esmeraldas. Y un fuerte y anguloso rostro que cualquier modelo habría deseado tener. Su cabello estaba afeitado al estilo que al parecer prefieren la mayoría de hombres. El suave rasgado de los rabillos de sus ojos me recordó que su abuela era china.

Sabía un montón de cosas de Edward Cullen como artista. Sin embargo, la necesidad de saber más sobre él como hombre salió a la superficie a los pocos segundos de verlo por primera vez. No había duda en el deseo que recorría mi cuerpo. Mi reacción física me sorprendió. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que un hombre había provocado mi interés sexual.

Me levanté de la silla y le ofrecí la mano. Contuve el aliento mientras mis dedos desaparecían entre los suyos. Cálida, encallecida, y fuerte, fueron las primeras cosas que pensé de su mano.

—Es un placer, señor Cullen. Es un honor para Holman que nos tenga como primera opción para su próxima exposición.

Bien, había conseguido balbucear dos frases completas. Aparté mis dedos de los suyos y luché contra la aplastante necesidad de gatear por la mesa de conferencia y subirme a su regazo. Me senté.

Aproveché el instante en el que Jacob saludaba a Edward para recuperar el control. Mis pensamientos se habían visto dispersados por una lujuria pura y sin adulterar.

—Estoy aquí por usted, señorita Swan. Su reputación la precede.

Noté el calor subiendo por mi rostro, y eso me molestó. El sonrojo no formaba parte de la imagen de mujer moderna e inteligente que había tardado más de dos años en desarrollar. La terapia, las clases de autodefensa y la determinación me habían ayudado a forjar un lugar en el mundo donde me sentía segura, y con el control.

De nuevo sentada observé cómo Edward Cullen separaba la silla que estaba justamente frente a mí. Era alto, al menos, de un metro noventa, y tenía la elegancia de un enorme guepardo. Se sentó y se concentró en mí como si yo fuera la única persona en la habitación. Era el tipo de atención masculina de la que habría disfrutado en el pasado, pero ahora hacía que me sintiera incómoda. Por Dios, aquel hombre era impresionante.

Esperé hasta que se hubo acomodado antes de comenzar a hablar.

—Tengo entendido que tiene veintidós piezas preparadas para la exposición.

—Sí, pero siempre hay veintitrés. Es lo que esperará mi público —Inclinó la cabeza y fijó su mirada en mi rostro. —Necesito a la mujer adecuada para la última pieza.

—La galería le ayudará a encontrar a una modelo dispuesta —Saqué el contrato y lo coloqué frente a mí. La mujer adecuada. Evité fruncir el ceño. ¿Acababa de prometer a aquel guapísimo e increíble hombre que tendría a la mujer adecuada?

—Ya he elegido a la modelo.

«Ya ha encontrado a la mujer adecuada —pensé. —Una chica con suerte».

Tan pronto como descubriera quién era, la iba a odiar con toda mi alma.

—Bien, he hecho los cambios en el contrato que su abogado insistió en que se hicieran, y he incluido los términos que habíamos acordado previamente. Sin embargo, debo admitir que su estipulación de las condiciones fiduciarias ha sido difícil de vender a la junta.

—No me gusta compartir mi trabajo con gente en la que no puedo confiar. Si la exhibición en la galería Holman demuestra ser una experiencia placentera para mí, no tendré necesidad de retirar mi trabajo de sus hábiles manos —Se detuvo, miró mi rostro cuidadosamente, y después me preguntó en voz baja: —¿No tiene curiosidad por saber quién será la mujer que pose para mi?

Me obligué a sostener su mirada, adentrándome en esos ojos esmeraldas rodeados de espesas y oscuras pestañas. Había diversión en ellos, y en la curvatura de sus firmes labios. De nuevo sentí el deseo de saber a qué sabía. Dejé que mi mirada se deslizara sobre los fuertes y angulosos rasgos de su rostro. Aquel hombre parecía un ángel caído. Un ángel caído tremendamente travieso.

Devolviéndole la sonrisa, miré deliberadamente el contrato, antes de hablar.

—La galería se asegurará de que tenga a la modelo que necesite para su última pieza —Empujé el contrato a través de la mesa con el bolígrafo.

Jacob Black gruñó cuando Edward cogió el bolígrafo y firmó ambas copias con marcados y concienzudos trazos. Empujó el contrato de vuelta hacia mí, pero no levantó sus dedos cuando yo intenté cogerlo.

—La veré a las seis de la tarde.

Levanté la mirada y me encontré con la suya, ignorando la inhalación que había provocado en Jacob aquella afirmación.

Abrí la boca, sorprendida.

—¿Disculpe?

—Usted será la modelo de mi último proyecto, señorita Swan —Se levantó mientras yo firmaba los contratos. —¿Sabe dónde está mi estudio?

Asentí, aturdida. Con manos sorprendentemente firmes, le tendí su copia del contrato, y después me senté de nuevo. Incluso me sentí ligeramente orgullosa de haberme acordado de firmar los contratos, y de darle a él una copia. Lo observé mientras doblaba el contrato y lo guardaba en un bolsillo del interior de su chaqueta.

Después de un breve intercambio con Jacob, aquel maldito hombre se marchó, dejándome a solas con el contrato.

Intentando no temblar, lo coloqué de nuevo en la carpeta con el nombre de Edward Cullen en la cubierta, y me levanté.

—Esto debería ser archivado.

Sin molestarme en mirar a Jacob dejé la habitación y me apresuré en llegar a mi despacho.

Alice estaba en mi oficina cuando entré. Saltó de mi escritorio y sonrió.

—He contestado todos los emails de tu bandeja de entrada. Tienes cuatro entrevistas mañana antes del almuerzo, y he confirmado los preparativos para el viaje de la señorita Bree Tarnner. Estará aquí el viernes, como estaba planeado —Caminó hasta colocarse frente a mí, y me miró fijamente. —¿Y bien?

Asentí.

—Ha firmado.

—¡Joder, Bella! Eso es genial —Cogió la carpeta de mi entonces paralizada mano. —¿Qué pasa?

Tragué saliva con dificultad, y negué con la cabeza.

—No te lo vas a creer.

—Vamos, suéltalo.

—Edward Cullen quiere que pose para la última pieza de su colección.

—Oh. Dios mío.

Oh, Dios mío, sí. Aquel maldito hombre había firmado el contrato después de que yo le asegurara que la galería le proporcionaría a la modelo que quisiera. Me había tendido una trampa. Estaba excitada, y asustada. Hubiera sido idiota negar que encontraba a Edward Cullen demencialmente atractivo.

—Bella, eso es fantástico.

Me giré y la miré fijamente.

—Dime, Alice, exactamente, ¿qué parte de esto es fantástica?

—¡Venga! Un hombre atractivo quiere desnudarte y esculpirte. ¿Qué demonios podría ser mejor que eso?

Estaba quince kilos por encima de mi peso ideal, y usaba la talla 46. Nunca había sido una de esas mujeres que se obsesionan con las dietas; sin embargo, hubiera preferido ser más delgada. Además, no tenía interés en desnudarme para un artista. Agitando la cabeza, me giré para encontrar a Alice mirándome. Frunció el ceño, caminó hasta la puerta de mi despacho y la cerró.

Se dio la vuelta y me miró con expresión decidida.

—Bella, eres una mujer muy hermosa.

—Gracias, Alice —Yo me consideraba atractiva, y no sabía cómo explicar a Alice lo que estaba pensando realmente.

—Tienes una cara adorable, y un bonito cuerpo con curvas —Extendió los brazos para mostrar el esbelto y estilizado cuerpo que yo envidiaba en secreto. —Yo soy casi un chico.

Riéndome, negué con la cabeza y me senté en mi escritorio.

—No te pareces a ningún chico que yo haya visto nunca.

Alice se inclinó sobre mi escritorio.

—Mira, un hombre como Edward Cullen no comete errores. Quiere esculpirte a ti, Bella. No a mí y no a la señorita Stanley Tetas Falsas de ahí afuera.

Miré a través del muro de cristal, a la zona de trabajo donde estaba el escritorio de Jessica Stanley.

—¿Crees que son de mentira?

—¿Estás de coña? No pueden ser de verdad —soltó Alice. —Estoy pensando en denunciarla a la *EPA1.

—¿Por qué?

Alice se encogió de hombros.

—No es posible que siga siendo biodegradable.

Me reí, y miré de nuevo a Jessica; Jacob estaba haciéndole la corte en su escritorio. Personalmente lo encontraba tedioso, la mayor parte de las veces, pero era obvio por qué Jessica fingía interés. Creía que podía ayudarla a llegar a alguna parte en el mundo del arte. A pesar de su próxima retirada forzosa de la galería Holman, Jacob Black tenía influencia.

Jacob terminó de pavonearse ante el peligro medioambiental, y se dirigió a mi oficina.

—Sera mejor que te marches —dije a Alice, —o tendrá una oportunidad para preguntarte por qué no has salido aún con su hijo.

Alice hizo una mueca y se cruzo con Jacob justo cuando este entraba en la habitación. EI rápido movimiento lo confundió por un momento, y su mirada se movió entre la silueta que salía y yo, varias veces, antes de decidirse por mi cara.

—¿Qué puedo hacer por ti, Jacob?

—Acabo de contarle a Jessica lo del trato con Edward Cullen. Está dispuesta a reemplazarte como modelo —Jacob se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones, e inclinó la cabeza. —Es más joven y delgada que tú.

«Más joven, más delgada y más plástica». Miré hacia Jessica, y supe exactamente lo que tenía en mente. Se helaría el infierno antes de que yo la dejara desfilar en toda su artificial gloria ante Edward Cullen. No estaba totalmente convencida de posar para él, pero sabía que no permitiría que lo hiciera ella tampoco.

—El señor Cullen ya ha elegido. Le prometí que la galería le proporcionaría la modelo que quisiera —Me eché hacia atrás en el sillón, y observé que Jacob se movía con nerviosismo.

Por fin, miró a Jessica y se encogió de hombros.

La señorita Tetas Falsas me miró, y después volvió a su trabajo.

Mi teléfono sonó. Jacob salió de mi despacho, dejando la puerta abierta, cosa que odiaba. Mientras cogía el teléfono, Alice se acercó a la puerta y la cerró cuidadosamente. Iba a echarla de menos cuando fuera a prisión por asesinar a Jacob.

—Dígame.

—¿Señorita Swan?

Edward Cullen. Su voz era suave y refinada, aunque despertaba algo salvaje y casi indescriptible en mí. Quería estar enfadada con él por su atrevimiento, pero la verdad era que disfrutaba tanto de su arrogancia que no podía esperar a enredarme de nuevo con él. El hecho de que hubiera llamado tan pronto me hizo pensar que quizá él se sentía Igual

—Señor Cullen, me alegro de que haya llamado. No me ha dado demasiado tiempo para considerar su oferta —Mi saque de apertura fue recibido con un breve silencio.

—No era una oferta.

Miré mi escritorio, suspiré, y después miré a Alice, que estaba en la zona de trabajo. Sostenía un trozo de papel con EDWARD CULLEN ES UN DIOS escrito en él con enormes letras rojas. La miré y giré mi silla para no tener que verla de nuevo, a ella, o a su estúpido letrero.

—Le aseguro que hay montones de mujeres que, de buena gana, se desnudarían y posarían para usted. Pero parece que yo no soy una de ellas —Aquella era una maldita mentira. Bueno, era una mentira a medias. Me resultaba fácil imaginarme desnuda con Edward Cullen; era lo de posar lo que me dejaba fría. Me concentré en una de mis uñas, y fruncí el ceño al ver la cutícula. Era el ejemplo perfecto de cómo me sentía interiormente: desaliñada.

—Tengo la sensación de que es el momento de que hagas algo distinto —dijo.

—No estoy estancada —le espeté, y entonces fruncí el ceño, dándome cuenta de que no había dicho nada al respecto.

Su silencio no era cómodo. Casi podía oír la maquinaria girando en su cabeza mientras consideraba lo que mi respuesta le había revelado. Cerrando los ojos, esperé a que dijera algo. Cualquier cosa.

—No llegues tarde, Isabella.

Colgó. Crucé las piernas, e intenté ignorar la humedad en mis medias, y la sutil vibración en mi clítoris. La rabia y el deseo se retorcían en mi cuerpo, y no tener un modo de canalizar ninguna de estas cosas me hacía sentirme frustrada, y profundamente contusa. Ni siquiera podía recordar la última vez que habla conocido a un hombre que estimulara mi cuerpo como lo hacía Edward Cullen.

Giré mi silla y miré a Alice, que estaba fingiendo que trabajaba en el ordenador. Eché un vistazo a mi propio monitor y me di cuente de que mi programa de mensajería instantánea estaba parpadeando. Hice clic en la ventana, y vi un mensaje de Alice.

«Sólo una idiota rechazaría la oportunidad de pasar el verano DESNUDA con Edward Cullen».

«Vete a la mierda», contesté, y después cerré el programa.

Observé cómo se reía Alice un momento, y después giré de nuevo mi silla para mirar por la ventana. Ella tenía razón. Edward Cullen era un hombre atractivo y con talento, y las mujeres viajaban miles de kilómetros para posar para él. Debería sentirme orgullosa de que me quisiera en su estudio. Era un gran artista, y sabía dar forma a una mujer. Aun así, su deseo de capturar mi alma me intranquilizaba.

Exponerme a un hombre como Edward era un paso mucho mayor que cualquier cosa en la que mi terapeuta y yo hubiéramos trabajado. No soportaba sentirme vulnerable. Había intentado con todas mis fuerzas dejar atrás mi experiencia en Nueva York, pero eso no significaba que estuviera preparada para exponerme.

A pesar de todos esos miedos y de la rabia que sentía por que Edward me hubiera ganado, me había quedado con una fina capa de excitación que hervía bajo mi piel. Casi podía sentir sus manos moviéndose sobre mi cuerpo, la presión de su cuerpo contra el mío y la rotunda punta de su polla abriéndose camino en mi interior.

Bajé la cabeza hasta mi escritorio.

—Qué puta pesadilla.

Después del trabajo, corrí a esconderme en mi apartamento. Llevaba dos años viviendo en Boston, y había utilizado ese tiempo para crear un espacio que era único, y solo mío. El apartamento tenía cuatro habitaciones, Incluyendo la cocina y el enorme baño. Mis muebles eran modernos sin ser incómodos, y había usado un color crema en cada habitación. Podría admitirme a mí misma que mi apartamento era mi santuario lejos del mundo. Había aprendido, por las malas, lo cruel que puede ser la vida.

Me quité los zapatos y los dejé junto a la puerta. Después de echarle un vistazo a la correspondencia y tirar la publicidad a la basura, llevé el resto a la mesa de la cocina y me senté. El primer sobre era de Nueva York, y tenía la dirección de mi ex-novio Emmett en el remite. Mi relación con Emmett había sido una de las pocas de mi vida que se había convertido en amistad cuando el sexo se terminó. Parecía una invitación de boda. Lo era. Fruncí el ceño mientras leía los detalles, y luego la tiré sobre la mesa. Sabía que no podía ir. Volver a Nueva York, aunque fuera para la boda de un amigo, era completamente imposible para mí.

La invitación de boda me había incomodado, y sabía por qué. Era egoísta y terriblemente cruel, pero me dolía que Emmett hubiera encontrado a alguien con quien compartir su vida. Aunque sin duda se lo merecía. Emmett era el mejor hombre que había conocido. Una parte muy egoísta de mí esperaba que siguiera bebiendo los vientos por mí. Enfadada conmigo misma, me froté la cara.

Me levanté, me hice un sándwich y volví a la mesa. Entonces abrí el resto de correo, hasta que solo me quedó un enorme sobre del museo para el que había trabajado en Nueva York. Temerosa, lo abrí y esparcí el contenido sobre la mesa. No recordaba haberme inscrito en la lista de correo del museo con la dirección de mi casa, pero debía de haberlo hecho. Había sido un error estúpido. Los brillantes folletos publicitarios se deslizaron uno sobre otro cuando cogí un comunicado de prensa con una foto de Jasper Whithlock en él. Había sido ascendido, y ahora tenía el puesto que yo había dejado hacía más de dos años.

Dios, lo odiaba, Me pregunté si llegaría el día en el que podría mirar su rostro y no sentir sus manos destrozándome las entrañas. Casi podía oler su colonia. Me enfurecía que simplemente su fotografía tuviera el poder de invadirme y herirme.

El teléfono sonó mientras masticaba el resto de mi sándwich. Salté sobre él inmediatamente, aliviada.

—¿Diga?

—Hola. ¿Qué te vas a poner esta noche para ir a ver a Cullen? ¿Vas a ponerte la ropa interior a juego? Ponte el perfume que compramos en el centro comercial la semana pasada, el que lleva el nombre de aquella cantante —Alice hizo una breve pausa. —Oye, ¿estás ahí?

—Sí. Voy a ponerme el vestido azul, y tengo planeado ponerme ropa interior a juego, y nada de perfume.

—Oh, ¡venga, Bella!

—Alice, no tengo intención de seducir o provocar a Edward Cullen —Miré la cocina y el correo que había dejado sobre la mesa.

—Si no echas un polvo pronto voy a tener que renovar mi suscripción del Penthouse Forum.

Me reí, divertida por su tono malhumorado.

—¿Por qué no sales tú, y echas un polvo? Joder, echa otro por mí, ya puestos.

Alice resopló y después suspiró profundamente.

—Los tíos dan asco, Bella. Debería empezar a ir a los bares gay, e intentar encontrar un amigo gay y una amante lesbiana. Entonces podría fingir que estoy en una serie de televisión, y no volvería a preocuparme por la aburrida vida real.

Me incliné sobre la encimera.

—Tú y yo sabemos que no vas a olvidarte de los hombres. Sin embargo, una noche salvaje con una mujer ampliaría tus horizontes.

Se rió, y casi pude verla encogiéndose de hombros. A pesar de su bravuconería y encanto, Alice era bastante dócil, y dudaba que se permitiera estar con otra mujer. Charlamos durante algunos minutos más, me recordó de nuevo que me pusiera perfume, y entonces terminamos la llamada. Apreciaba a Alice. Las amigas siempre habían sido una excepción en mi vida, pero eso no significaba que fuera a ducharme en colonia.

Dejé el teléfono de nuevo en su base y me acerqué a la mesa. El atractivo y cruel rostro de Jasper Whithlock me devolvió la mirada. Haciendo una mueca, cogí la foto y la rasgué por la mitad. No significaba nada para mí. Tenía que creer eso. Lo había dejado atrás... a él, y a aquella vida.

A las cuatro y media de la tarde, me obligué a meterme en la ducha. Debajo del agua fría de la ducha de masaje, intenté, en vano, aclarar mi mente. La verdad era que, teniendo en cuenta lo fascinante y atractivo que era Edward Cullen, yo sabía que era demasiado peligroso involucrarme con él. No era el tipo de peligro que marca y daña, sino la clase de peligro que hace que la sangre hierva y la carne se caliente por la impaciente pasión.

Me apoyé en la pared de azulejos de mi placa de ducha, y cogí la alcachofa de su soporte. Aclaré el jabón de mi cuerpo despreocupadamente, y después deslicé el vibrante chorro entre mis piernas. El agua fría se abalanzó contra el calor de mi sexo, haciendo que mi clítoris latiera con el dulce dolor de la excitación sexual. Con el pulgar, cambié los ajustes de la ducha y presioné con mayor firmeza contra mis labios. El agua golpeó mi clítoris de nuevo mientras movía lentamente la ducha alrededor.

¿Sería Edward el tipo de hombre que disfrutaba del placer de una mujer tanto como del suyo propio? ¿Se moverían sus manos sobre la piel con conocimiento y habilidad? Me presioné contra la pared, con toda mi fuerza, y dirigí de nuevo el agua hacia mi clítoris. Me imaginé una lengua moviéndose sobre mí, lamiendo mi sexo, y después subiendo para acariciar y rozar mi clítoris. El peligroso y estimulador placer del roce de los dientes, y después los firmes labios succionando.

Cerré los ojos. Tensé las piernas. Me corrí. El orgasmo azotó mi clítoris. Mis entrañas se tensaron en respuesta. El interior de mi vientre discordaba con la respuesta de mi cuerpo al incesante flujo de agua. ¿Había pasado tanto tiempo desde que un hombre me había llenado? Quería un hombre, y no era tan tonta como para creer que valdría cualquiera. Quería a Edward. Sintiéndome momentáneamente débil, volvía colocar la ducha en el soporte, y respiré profundamente.

La urgencia había desaparecido. La ardiente lujuria que había estado conteniendo desde que puse los ojos en Edward Cullen se había disipado, pero me pregunté cuánto duraría ese estado. Tenía la sensación de que la masturbación no sería un sustituto permanente para Edward.

Cuando el teléfono sonó estaba a medio vestir. Para cuando llegué hasta él, el contestador automático ya había saltado. Me detuve y esperé hasta que mi versión electrónica dijo a quien llamaba que no estaba disponible. Sonó el pitido, y lo único que oí fue silencio. Después colgaron con un suave clic. Tomé aliento, irritada ante el temor que me había sobrecogido.

Aunque habían pasado casi catorce meses desde la última vez que Jasper me había llamado, lo primero que pensaba siempre que tenía una llamada en el contestador era que había sido él. Cogí el teléfono y comprobé la identificación de la llamada. Era un "número desconocido". Colgué el teléfono y me quedé allí de pie unos segundos, luchando contra la paranoia y el auto—desprecio. Me odiaba por permitir que Jasper Whithlock tuviera un lugar en mi mente. Finalmente, volví a mi habitación para terminar de vestirme.

Cuando me aburrí de dar vueltas, cogí mi bolso y las llaves. No quería llegar tarde; eso permitiría que Edward llevara la delantera.


*1EPA = Agencia de Protección Medioambiental Estadounidense.


bueno aki les dejo el capi

ustedes ke opinan les gusta?

me regalan review? *** a las ke dejen review les dare un adelanto***

los kiero se kuidan =D