Capítulo XXVIII: Divide y vencerás

Ginny miró en todas direcciones antes de forzar la puerta principal de la casa de Hermione y entrar en la fastuosa sala de estar. En condiciones normales, ella jamás trataría de ingresar a la casa de su mejor amiga sin autorización, pero las circunstancias podían calificarse de cualquier modo menos de normal. Para empezar, Hermione era una mujer con complejo de fénix que estaba destinada a presidir una de las organizaciones más secretas del mundo mágico y, para colmo, tuvo la mala ocurrencia de enamorarse de Harry. En opinión de Ginny, Hermione no podía enamorarse de su mejor amigo precisamente por eso, porque eran amigos y, en la tradición de Ginny, dos amigos no podían amarse por miedo a arruinar la relación que tenían antes, o al menos eso había escuchado de otras personas. Pero no estaba en la casa de Hermione para tener discusiones internas acerca de si dos amigos eran compatibles pasionalmente; había ido a ese lugar en busca de respuestas a preguntas que las circunstancias la forzaron a formularse.

Ginny ignoró la belleza de la sala de estar y fue derecho a su estudio, una habitación a la que se llegaba por una puerta al fondo de un pasillo amplio y largo, decorado con pinturas del Renacimiento y candelabros de oro que se encendían a medida que la intrusa progresaba por el corredor. A mano derecha estaba, como mandaba el cliché, el baño, pero Ginny no tenía deseos de descargar su vejiga, sino que deseaba respuestas, y las iba a encontrar con indiferencia de sus necesidades biológicas.

La puerta del estudio de Hermione se abrió sin chirridos.

La primera impresión que tuvo la recién llegada con la estancia ante ella era que acababa de entrar en una imprenta colosal. Había muchas mesas repletas de pergaminos con textos escritos en lenguas foráneas para Ginny, pergaminos con dibujos de procedencia desconocida y muchos estantes con pergaminos nuevos y usados, botellas de tinta, plumas de diversos animales y mesas que crujían bajo el peso de montones de libros muy gruesos. Típico de Hermione. Parecía ser que la erudita estaba desatando todas sus ganas de leer tantos libros como le fuese posible ahora que trabajaba examinando libros y leyendo mucho, tal vez demasiado.

Ginny no sabía por dónde comenzar su búsqueda, luego, machacándose su frente con la palma de su mano derecha, se dio cuenta que los libros que necesitaba para entender por qué estaba ocurriendo todo eso se los había llevado Hermione en su famoso bolso de cuentas. No obstante, tratando de eliminar la desesperación de no tener las respuestas en sus manos, Ginny concentró sus esfuerzos en buscar algún volumen que contuviera el lugar donde se reunía la Orden del Fénix, pues Hermione debió haber investigado el tema alguna vez. Confiando en que su amiga tuviera alguna pista sobre cómo encontrarla, Ginny se armó de paciencia y examinó las portadas de los libros, pensando en que tal vez aquella pieza de información estuviera en las profundidades de un libro cuyo título no pareciera guardar relación con el tópico que buscaba, pero sus temores fueron infundados. Aunque tuvo que deambular por todo el estudio para encontrar el libro que buscaba, éste se trataba casi por completo de la Orden del Fénix. Se trataba de un libro en un estado de severo deterioro, lo cual indicaba que hace poco que fue desenterrado de algún sitio arqueológico. Cuidadosamente, Ginny fue pasando las páginas hasta que, sudando profusamente por debajo de sus ropas a causa del nerviosismo, encontró el capítulo dedicado a la ubicación del lugar de reunión de la orden. Ginny tomó una silla para ponerse cómoda y leyó el trozo de texto que podría darle una pista acerca del paradero de Hermione.

La Orden del Fénix, creada hace mil años por una misteriosa mujer conocida solamente como Nárwen, aunque otras fuentes la llaman Anartarí, ha tenido muchos lugares de encuentro, siendo el más famoso de ellos el pueblo de Glastonbury, localidad conocida por ser muy rica en leyendas relacionadas con el Rey Arturo y su lugar definitivo de descanso. Curiosamente, la isla frente al pueblo forma parte de los muchos posibles lugares donde podría estar el mítico Templo del Dragón, hogar de los guerreros protectores de la orden. Aunque la guarida de la Orden del Fénix estuvo una vez donde actualmente se emplaza el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, ésta se ha trasladado en muchas ocasiones, siendo la más longeva el pueblo de Glastonbury. Sin embargo, cuando las leyendas del Rey Arturo comenzaron a cobrar demasiada fuerza, el líder de la orden por ese entonces, un hombre llamado Ignotus Peverell, quien creó el brazo armado de la orden, el secreto Clan del Dragón, temió que la orden fuese descubierta y la mudó a su actual locación, en un pequeña cadena montañosa en la zona central de Escocia llamada Ered Thoronar y en la cima más alta construyeron una torre protegida por barreras físicas y mágicas y se le llamó Barad Nársil, la Torre del Sol y la Luna. Aquella es la última ubicación conocida del refugio de la Orden del Fénix y no se sabe si han cambiado de ubicación desde la fecha de publicación de este libro.

Ginny cerró el libro con cuidado y lo devolvió a su lugar, pensando en las montañas en la zona central de Escocia. Necesito un mapa se dijo la intrusa y, como si el estudio tuviera conciencia propia y quisiese ayudar a Ginny, un enorme mapa del Reino Unido se reveló en una de las paredes que no tenían ventanas. El mapa estaba lleno de líneas rojas, círculos encerrando lugares que parecían ser clave en la investigación de Hermione, pero la cadena montañosa en el centro de Escocia era perfectamente visible y, aparte de eso, el mapa mostraba los caminos, las rutas y las autopistas, lo que podría facilitarle llegar a Hermione, aunque no sabía qué ocurriría si trataba de infiltrarse en Barad Nársil y qué haría si la descubrían husmeando por allí. No podía desaparecerse y aparecerse porque no conocía la región. Ginny resolvió coordinar un traslador con el pueblo más cercano a la cadena montañosa y hacer el resto de recorrido por tierra. Ella iba a salir del estudio y, al fin, pasar al baño para descargar el contenido de su vejiga cuando algo en la puerta contigua llamó su atención. Era una marca, como la de una mariposa dibujada varias veces. Trató de abrirla y se sorprendió que no tuviera seguro la puerta o que no tuviese algún encantamiento protector en caso que cualquier ladrón entrase allí.

Era el dormitorio de Hermione, una habitación hermosa, cuyas paredes estaban recubiertas de madera de nogal y varios cuadros de mariposas colgaban en los muros. La estancia tenía dos ventanas amplias, con cortinajes gruesos y de colores vivos como el rojo o el verde, el suelo estaba tapizado con una alfombra con motivos orientales en éste, varios muebles barnizados hábilmente y una cama de una plaza y media, prolijamente ordenada. Pero lo que más llamó la atención de Ginny era un libro encuadernado que yacía inmóvil sobre el velador; tenía como decoración el mismo símbolo que halló en la puerta. La tapa era dura y de un color verde olivo con bordes dorados. No tenía ninguna clase de cerrojo y Ginny pudo abrirlo sin ningún problema. Sin embargo, cuando leyó el título del libro, se dio cuenta que no era para nada un libro.

Era el diario personal de Hermione.

Tentada más allá de todo límite racional, Ginny pasó la primera página y una sentencia captó su mirada.

En estas páginas no hallarás secretos acerca de mi persona

Ni encontrarás detalles de mi vida que te interesen.

En el momento en que pases esta página serás cómplice de mi verdad

Y aceptarás tácitamente guardar el secreto

O pagar con tu vida tu insensatez

Por eso ten mucho cuidado antes de leer este diario

Porque hallarás mucho, mucho más que secretos dentro

Ginny dejó caer el diario de Hermione con un rostro de profunda sorpresa y conmoción. Sin siquiera desearlo ni menos saberlo, Ginny tenía en sus manos el manuscrito más importante del mundo, el secreto mejor guardado en la historia de la magia, una verdad que podría hacer trizas la sociedad como la conocía y destruir los dogmas más arraigados de los magos.


El capitán de submarino Alexei Pudovkin esperaba el momento más trascendental de su carrera en la marina rusa, observando a su alrededor. El sonar no mostraba ninguna amenaza, lo cual era raro, porque hace treinta minutos que habían penetrado en aguas inglesas y ninguna embarcación, sea en o por debajo del agua había salido a interceptarlos. Las instrucciones del capitán Borodin fueron bastante explícitas.

Manténgase estacionario a cuatrocientos kilómetros de la costa, rompa la superficie, libere el cargamento y lárguese de allí.

Aquella era una típica misión de golpear y escapar, hit and run, como dirían los americanos. El capitán Pudovkin ordenó ir solo a media máquina porque telemetría le indicó que estaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de la costa.

-¿Profundidad?

-Doscientos cincuenta metros señor.

-Vaciar tanques de lastre a mi señal –ordenó el capitán, caminando a paso tranquilo por el puente, dirigiéndose a una consola lleno de botones y con un oficial sentado frente a éste-. ¡Ahora! ¡Vacíen tanques de lastre! -Los tripulantes pudieron sentir el submarino elevarse hacia la superficie.

-Oficial Rimski, ¿está el cargamento listo?

El hombre verificó varias pantallas y asintió con precisión militar.

-Bien. ¿Tiene los códigos de activación?

-Afirmativo señor. Tengo el suyo autenticado y el mío también. Está todo listo para el lanzamiento.

El capitán Pudovkin sacó una llave que colgaba de su cuello y el primer oficial Rimski hizo lo mismo. El capitán hizo que uno de los técnicos se sentara delante de la consola para que ambos dictaran sus respectivos códigos de activación.

-Capitán, Alexei Pudovkin, código de lanzamiento, alfa, tango, hotel, uno, tres, siete, cero, bravo, delta.

Un pitido corto, electrónico y penetrante le dijo al capitán que su clave fue ingresada con éxito. Luego, fue el turno del primer oficial para transmitir la suya.

-Primer oficial, Yuri Rimski, código de lanzamiento, sierra, zulu, delta, tres, tres, seis, uno, alfa, x-ray.

El mismo pitido sonó, lo cual confirmó la clave del primer oficial. Ahora la pantalla mostraba el mensaje, "insertar ambas llaves y activarlas al mismo tiempo". Pudovkin introdujo su llave en la ranura que le correspondía a él y Rimski hizo lo mismo. La tensión era palpable entre ambos hombres, porque sabían que lo que estaban a punto de hacer equivalía a un genocidio pero, ellos eran peones en un inmenso tablero de ajedrez donde ninguno de los participantes podía ver quién movía las piezas.

Ambos giraron sus llaves al mismo tiempo y otro pitido, más largo y menos penetrante que los anteriores, se escuchó en el puente. En ese preciso momento, una señal altamente codificada era enviada desde la computadora del submarino a la memoria de un misil nuclear de diez kilotones, cuya computadora transmitía su posición al sistema GPS a cada momento. El misil estaba programado para lanzarse apenas el submarino estuviese a cuatrocientos kilómetros de las costas británicas. El crucero al mando del capitán Borodin disparó un láser que marcaba el punto de impacto del misil y cuyas coordenadas también eran transmitidas a la memoria del misil, completando el proceso, sin que nadie pudiese darse cuenta. La pantalla principal del puente del submarino mostraba ahora la distancia que faltaba para que el misil volara por los cielos e hiciera polvo su objetivo.

-Faltan veinte minutos para llegar a la marca señor –dijo uno de los oficiales encargados de la telemetría. Alexei Pudovkin compuso una pequeña sonrisa al saber que, por fin, Inglaterra se iba a arrepentir de haber asesinado a uno de los más grandes héroes políticos de los últimos tiempos.


El asesino a sueldo se asomó por el borde rocoso del lado norte de Barad Nársil, cuidando que nadie estuviese mirando, una acción superflua, porque ese sector del bastión estaba desierto. El hombre se trepó a la baranda de piedra y sus pies tocaron el piso sin hacer el más leve ruido. Por causa de las muchas barreras mágicas existentes en el lugar, el matón no tenía ninguna posibilidad de contactar a su cliente por radio o por celular, pero eso era lo de menos. No veía la necesidad de penetrar más a fondo en la torre. Halló un buen lugar para ofrecer fuego de cobertura a quienquiera que fuese el hombre al que debía proteger. De todos modos, sabría de inmediato a quién debía cubrir, porque era el único traidor en las filas de la misteriosa orden y seguramente iba a salir corriendo hacia el único sector en toda la torre que no contaba con protección mágica.

El asesino subió unas escaleras y se tumbó de boca al suelo, sacando el rifle de asalto con mira láser y le cambió el modo de disparo a "tiro a tiro". No deseaba gastar munición en balde. Una mano firme y una puntería quirúrgica era todo lo que necesitaba para cumplir con su misión.

En cualquier momento aparecerá este sujeto y recibiré la recompensa que merezco.

Unos golpes fuertes se escucharon desde afuera. El corazón de Ginny casi se detuvo cuando supo que alguien tocaba a la puerta, pero juzgó que no podía ser Hermione, porque esa era su casa después de todo y no necesitaba golpear la puerta. Además, nadie golpearía tan fuerte, a menos que fuese algún recaudador de impuestos… o algo peor. Ginny resolvió mirar por la ventana hacia afuera, apartando un poco las pesadas cortinas y vio a tres hombres esperando, varitas en ristre, uno de ellos aporreando la puerta como si quisiera echarla abajo. Por sus atavíos, Ginny dedujo que eran Aurors del Ministerio pero, como el Ministerio ahora estaba bajo el poder del maquiavélico Pius Thicknesse, aquello venía a significar que ella estaba en problemas.

Un estampido hizo que toda la casa temblara como si acabara de ocurrir un terremoto y Ginny supo que los Aurors tenían poca paciencia y mucho apuro por algo. En un segundo, la pelirroja relacionó el diario con la Orden del Fénix y de ahí, consideró el hecho que el Ministerio estaba bajo el yugo de la Orden de Merlín y supo que los Aurors buscaban el diario de Hermione. Aunque todavía no podía entender por qué un libro de aspecto tan inocente pudiera representar tal amenaza a los miembros de la Orden de Merlín, entendió que una fuerte motivación para encontrar a Hermione había surgido sola frente a ella. Su secreto estaba en peligro y necesitaba llegar lo antes posible a Barad Nársil para entregar el diario a su dueña. Porque tenía el presentimiento que un desastre catastrófico iba a ocurrir si ese diario caía en malas manos.

-¡Allí está! ¡Deténganla!

Ginny corrió hacia el estudio y salió por una de las ventanas, sin importar si rompía los vidrios, rodó por el pasto y se puso de pie de golpe. Sus piernas se pusieron a trabajar nuevamente y entró nuevamente a la casa, dirigiéndose a la cocina, donde había hecho un traslador que la llevaría a la ciudad más cercana a Ered Thoronar. Pero un par de Aurors la divisaron en el momento en que abría la puerta de la cocina y se apresuraron a capturarla, pero Ginny los estaba esperando.

-¡Confringo!

Un ensordecedor estampido mandó a volar a los dos Aurors, y una buena parte de la sala de estar junto con ellos. Jurando que ella costearía las reparaciones a la casa de Hermione después de esa explosión, se acercó a la olla de latón, el cual era el traslador, justo en el momento en que un Auror apareció en medio del humo y vociferó ¡Sectumsempra!

Pero Ginny ya no estaba en ningún sitio.


El techo del Templo del Dragón parecía estar a kilómetros de altura, porque Harry estaba flotando en el aire, a ochocientos metros del suelo, soplando el cuerno llamado Windwaker, para ver si podía controlar el poder del viento que aparecía al sonido del instrumento. Harry se dio cuenta que la fuerza de los aires era proporcional a la fuerza con la cual soplaba el cuerno, porque veinte minutos antes, tocó su instrumento con toda la fuerza de sus pulmones y un huracán terrible arreció sobre el suelo, reduciendo la cabaña del anciano a astillas y haciendo volar a los árboles e incluso produciendo un maremoto en el lago. Después Harry volvió a soplar el cuerno, pero esa vez lo hizo con más suavidad, como cuando le soplaba en la intimidad de Ginny cuando estaba en la cama con ella, y una brisa muy tenue apareció en el templo, tan suave que apenas podía sentirla acariciar su rostro. Harry descendió al suelo, y el anciano se acercó a él, una expresión de clara exasperación en su cara.

-Te dije que Windwaker es sensible a la fuerza con la cual lo soplas –dijo el anciano-. Bueno, al menos te diste cuenta tú solo de eso. Ahora te pondré un reto mayor. Quiero que desates un tornado con Windwaker.

A Harry se le cayó el alma a los pies. Sabía que los tornados eran vientos giratorios pero nada más. Harry ascendió nuevamente por el aire y, a mil metros de altura, hizo toda clase de movimientos con el cuerno, pero nada ocurría. A lo sumo, lograba generar una corriente ascendente de viento que desafiaba a las leyes de la física, pero no se le ocurría ninguna forma de provocar un tornado. Trató de recordar todo lo que hizo cuando realizaba las pruebas de aire, repasando cada frase que le dijo el anciano en esa ocasión, y se le ocurrió una posibilidad.

Sintiendo el aire alrededor de su cuerpo, voló en círculos, se llevó Windwaker a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Un viento horizontal y poderoso casi hizo que Harry perdiera la concentración pero, justo cuando creía que iba a fracasar nuevamente, la dirección del viento cambió, se retorció sobre sí mismo y, cuando Harry se atrevió a mirar, un tornado rugía frente a él. El anciano, mil metros más abajo, aplaudía el ingenio de Harry y lo instó a que bajara del cielo y se acercara a él.

-Bueno, creo que ahora tienes un buen dominio de Windwaker. Ahora, llegó el turno de domar a Skylighter y, como pronto vas a ver, tu espada será más difícil de manejar de lo que crees.

Harry miró la vaina dentro de la cual estaba encerrada su espada, pero antes de poder reconocerla apropiadamente, un extraño mareo se apoderó de su ser y cayó al suelo con un sonoro estrépito metálico (Harry llevaba su armadura puesta), visiones borrosas llenando su mente, las cuales se hicieron cada vez más claras a medida que iba perdiendo la conciencia…

Podía ver una cadena montañosa, una torre construida en una de las laderas más escarpadas de la montaña más alta, veía aves de fuego circundar los picos nevados. Un flash, y estaba en lo que parecía ser el interior de la torre, una habitación profusamente iluminada, mucha gente en capuchas de diversos colores, todos mirando a un par de personas delante de un altar, una mujer hermosa cuyos cabellos eran rojos con vetas doradas y un hombre joven de cabello corto, vestido de negro. Parecía una ceremonia de casamiento. Momentos después se producía una especie de tumulto, discusiones, peleas… un hombre salía corriendo de en medio de la multitud, pasos que reverberaban en los pasillos cavernosos del interior de la torre, disparos en la penumbra, sangre, personas inocentes asesinadas, una mujer de intenso cabello rojo adentrándose en el caos y entregando una especie de libro a la mujer vestida de blanco antes de caer herida por una de las tantas balas que regaban la muerte dentro de la torre, la novia desaparecía de súbito y un destello cegador de luz…

Harry despertó. El anciano lo estaba zamarreando violentamente y él se puso de pie, sin un rastro del mareo que lo arrastró a la inconsciencia. Ostentaba un rostro pálido pero tenía una expresión de profunda determinación.

-Debo irme del templo maestro –dijo Harry, colgando su cuerno en el cinturón y una expresión seria oscureciendo su rostro-. Siento que gente está en peligro, mis amigos corren serio riesgo de morir de una forma terrible.

El anciano no dijo nada por varios momentos. Se dio la vuelta y, con las manos entrelazadas detrás de él, caminó a paso lento hacia su cabaña recién reconstruida. Harry supo que debía acompañarlo y siguió a su maestro al interior de la diminuta casa. El interior estaba sumido en una ligera penumbra, causada por la falta de ventanas y unas cuantas velas diseminadas por la única habitación de la humilde casucha. El anciano abrió un cajón, del cual extrajo un objeto extraño, similar a un hueso pero hecho de un cristal cuyo color semejaba al del cielo.

-Lleva esto contigo –dijo el anciano-. Es lamentable que no puedas completar tu entrenamiento como Caballero del Dragón de Aire, pero parece ser que la necesidad llegó antes. Tus visiones del futuro inmediato no son meras imágenes sin sentido. Porque lo que viste es lo que va a ocurrir si los acontecimientos actuales siguen su curso. Por eso, el hecho que hayas visto lo que va a suceder, no significa que en realidad acontezcan esas cosas, porque tus visiones no pueden, por definición, tomar en cuenta tus acciones para cambiar el resultado de lo que viste. Recuerda, Stormrider, el destino no es más que la última consecuencia de nuestras decisiones, por eso, tienes el poder de alterar el futuro que viste mientras estabas inconsciente. Ahora, si es para bien o para mal, depende de tus acciones.

Harry tomó el hueso de cristal y lo examinó desde todos los ángulos. Tenía la forma de un fémur, aunque el brillo que parecía provenir del interior del objeto no era algo común de ver.

-¿Qué es esto?

-El mismo objeto te dará la respuesta a tu pregunta –respondió el anciano, cerrando el cajón y dirigiéndose a la puerta, abriéndola para que Harry pudiese salir-. Pronto te darás cuenta que tu real propósito como Caballero del Dragón de Aire es diferente al de tus camaradas. Y, cosa rara, fuiste tú mismo el que tomó esa decisión.

-¿Yo?

-Así es. El juramento que pronunciaste frente a Warbringer escribió tu destino y éste te seguirá hasta el día en que mueras. El destino es el resultado de nuestras decisiones, recuérdalo bien.

Harry no entendió las palabras del anciano pero se obligó a pensar que algún día las respuestas estarían a su alcance. Harry hizo un pequeño asentimiento con la cabeza para despedirse de su maestro y se dirigió con pasos rápidos y firmes hacia la salida del templo. Pero cuando iba a abrir la puerta, el anciano le hizo una seña con la mano para que esperara.

-Hay algo que se me olvidó mencionarte –dijo el anciano, dando una mirada a la vaina en la cual se encontraba la espada de Harry-. El momento va a llegar cuando necesites de la ayuda de Skylighter, pero en este momento no sabes cómo usar tu espada. Tu arma es tan voluble y cambiante como la mente de una mujer, por lo que no se maneja como un arma normal. La clave para aprender a usar tu espada, por lo tanto, es entender cómo funciona la mente de una mujer antes de usar Skylighter. Cuando lo hagas, te darás cuenta que es más fácil de lo que jamás imaginaste.

Harry asintió nuevamente, sin saber si hacer caso del consejo del anciano o desestimarlo por sonar demasiado rebuscado. Dando una última mirada al Templo del Dragón, Harry abrió la puerta y desapareció tras ella. El anciano suspiró y volvió a su cabaña, temeroso que su pupilo no supiera qué hacer ante un problema tan complejo como el que amenazaba a la Orden del Fénix.


Ginny conducía un vehículo arrendado en medio de una planicie, por un camino de tierra. No podía manejar demasiado rápido a causa de una grave herida en su hombro izquierdo. Sus ropas estaban manchadas de sangre en esa zona y, aunque intentó todo, la herida no cicatrizaba. Estaba perdiendo sangre de a poco y la pelirroja se estaba poniendo cada vez más pálida y débil. Sus manos temblaban a causa de lo mismo, pero Ginny hizo de tripas corazón y siguió su camino.

Treinta minutos más tarde, Ginny divisó la montaña en la cual estaba emplazada la torre llamada Barad Nársil. La Auror tomó unos binoculares de la guantera de su vehículo y los enfocó hacia la base de la torre, donde se asomaba un promontorio de piedra. Estuvo mirando ese lugar por más de diez minutos, durante los cuales sus manos temblaban más que nunca y sus párpados se estaban volviendo pesados. Ginny guardó los binoculares y, cerrando sus ojos, giró sobre sí misma y, de repente, ella no estaba en la planicie.

Cuando la pelirroja apareció en el lugar que observó a través de los binoculares, sus rodillas se doblaron a causa de la poca fuerza que le quedaba a Ginny y sus manos impactaron el suelo de piedra. Respirando agitadamente, la Auror se incorporó con dificultad, y caminó dando tumbos hacia el pasillo delante de ella. No sabía que el libro que llevaba en el bolsillo de su túnica la protegía de las barreras encantadas que hubieran desintegrado a cualquier persona ajena a la Orden del Fénix.

¿Dónde estás Hermione?


Veinte pisos más arriba, en la Sala Nupcial, Hermione ya estaba lista para la ceremonia, los acólitos estaban en sus posiciones y los demás asistentes ya estaban sentados en banquillos de piedra, esperando. Momentos más tarde, las puertas de la estancia se abrieron y un hombre con un traje de etiqueta negro y una capa que ondulaba tras él y que apenas rozaba el suelo, acompañado de un acólito que, momentos más tarde, se desvió de su curso y se alejó del lugar de la ceremonia, alegando que debía cumplir con sus obligaciones antes de asistir al casamiento.

Cuando Hermione contempló el semblante de Janus Huntington, supo que algo no andaba bien, porque la persona con la cual iba a casarse ostentaba una expresión de profundo descontento. La líder de la orden se sintió cada vez más intranquila a cada paso de su prometido y, en menos tiempo de lo que creía, el hombre estaba frente a ella, un profundo desagrado haciéndose patente en su cara.

-Estimados presentes –dijo la voz del acólito en jefe, quien estaba encargado de presidir la ceremonia de casamiento-. Estamos aquí reunidos para unir a estas dos personas y, por ende, perpetuar la cadena de conocimiento que nos fue encomendado…

Pero las palabras del acólito fueron cortadas de golpe por la voz grave y estentórea de Janus Huntington.

-¿Por qué lo hiciste Hermione? ¿Por qué traicionaste a la Orden del Fénix? Sé la verdad, sé que estás enamorada de un miembro del Clan del Dragón. Se nota en tus ojos. Tu corazón le pertenece a uno de los protectores y eso es una falta muy grave a las leyes de la orden que tú presides.

Hermione sintió su corazón dar saltos después de escuchar las palabras de Janus. ¿Cómo demonios pudo saber algo como eso? ¿Cómo Janus supo que ella estaba enamorada de Harry, un miembro del Clan del Dragón? ¿Habrá tenido información privilegiada? Recordó que Janus era un Auror que, sin embargo, no estaba presente cuando Pius Thicknesse tomó el poder. ¿Podría Ginny haberle dicho algo? Era descabellado. Aunque Ginny estuviera enemistada con ella porque ambas amaban al mismo hombre, sabía que su amiga no era capaz de decirle algo como eso a nadie. Además, ¿cuándo habría tenido la oportunidad? Alguien más tuvo que haberle dicho a Janus aquel trozo de impactante verdad. Recordó el acólito que se retiró a hacer algunas labores. Ahora que lo pensaba detenidamente, ese hombre lucía muy sospechoso. Pero no tuvo tiempo de actuar sobre sus corazonadas, porque una discusión masiva comenzó a propósito de la acusación de Janus Huntington.

-¿Pero cómo es eso posible?

-Hermione Nárwen, ¿enamorada de un guerrero del Clan del Dragón?

-¡Inconcebible! ¡Esto es un sacrilegio, una aberración!

-¿Cómo pudo pasar tal desgracia?

Y los murmullos y la inquietud se apoderaron de la Sala Nupcial, algunos gritando proclamas, otros meramente debatiendo la nueva cadena de acontecimientos y otros miraban detenidamente a Hermione, quien no sabía qué hacer. Luego, recordando al acólito sospechoso, la novia se escabulló entre el gentío y salió de la Sala Nupcial, seguida de un séquito de acólitos y miembros de la orden, en cuyo frente iba Janus Huntington, llamando a Hermione por su nombre e instándola para que se detuviera y explicase por qué estaba enamorada de un guerrero del Clan del Dragón, pero Hermione no le hizo caso y descendió las escaleras ágilmente, buscando al acólito. Diez minutos después, Hermione discurría por la planta baja, por un largo pasillo, y divisó a un hombre con una capucha azul, caminando calmadamente hacia el final del corredor pero, cuando vio a la líder de la orden, comenzó a correr a todo lo que daban sus piernas, y Hermione lo siguió. Lentamente le estaba dando caza y el acólito lucía nervioso…

Un estampido resonó en el pasillo.

Janus Huntington cayó hacia atrás, en una lluvia de sangre y en un grito colectivo de horror por parte de las demás personas que seguían a Hermione. Ella se volvió hacia atrás y vio que Janus tenía un agujero sanguinolento en la frente, del cual se derramaban mucha sangre y trozos de cerebro. Estaba muerto. Todos frenaron en seco, viendo el cuerpo ensangrentado y sin vida de quien iba a casarse con Hermione. Mientras tanto, ella contemplaba como sin ver a Janus, tirado en el suelo sin ninguna elegancia, con un agujero de bala en su frente. Frenética, Hermione trató de ver a quién jaló del gatillo, pero no se veía a nadie.

Otro estampido quebró el silencio y el acólito en jefe de la orden hizo un sonido ahogado, llevándose ambas manos al cuello y, de entre sus dedos, la sangre brotó lentamente, y lentamente el hombre cayó al suelo, desangrándose y muriendo a causa de la bala que se alojó en su garganta. Hermione gritó, desesperada y confusa, temerosa de quién sería el siguiente. Y el acólito llegó al final del pasillo, bajo una lluvia de encantamientos. Ninguno de ellos dio en el blanco y un hombre vestido de negro, vestido como si perteneciera a algún ejército secreto se puso delante del acólito y disparó varias ráfagas con su rifle de asalto, hiriendo a varios y matando a unos pocos antes de desaparecer junto con el acólito. Los miembros de la orden lanzaron más maleficios, pero éstos dieron en la pared y en la nada.

-¿Y ahora qué hacemos?

-Nuestro acólito en jefe está muerto y Janus también y varios más. ¿Quién pudo haber descubierto nuestro lugar sagrado?

-Es lógico lo que esto significa –dijo Hermione, encarando a todos los miembros restantes de la Orden del Fénix-. Este lugar ya no es seguro. Debemos irnos de aquí a una nueva ubicación. Para eso debemos deshacer los encantamientos protectores de Barad Nársil.

Uno de los miembros más venerables de la orden estaba en desacuerdo con Hermione.

-No podemos abandonar este lugar. Piense, Hermione Nárwen, que debemos trasladar una gran cantidad de libros, obras de arte y otras cosas que no tiene valor, todas contribuyentes al secreto que guardamos. Lo que debemos hacer es reforzar la protección de este santuario y extender la influencia de ésta para que nadie más vuelva a pisar este lugar más que nosotros.

Hermione estuvo largo tiempo pensando en las palabras que acababa de escuchar. Tenía razón el hombre. Había muchos tesoros guardados en Barad Nársil como para trasladarlos de forma efectiva y, si lo hicieran, correrían el riesgo de ser descubiertos. Porque Hermione se dio cuenta que alguien tenía un conocimiento bastante cabal acerca de la Orden del Fénix, alguien que formaba parte de las filas del enemigo, la temida Orden de Merlín.

Hermione escuchó un sonido similar al que haría un avión a reacción y, mirando hacia el cielo, divisó una forma negra que se acercaba a gran velocidad hacia la torre. Segundos más tarde, un hombre ataviado por completo en una armadura oscura con escamas, un cuerno colgando a un costado y una espada al otro aterrizó sobre el final del pasillo. Hermione lo reconoció de inmediato: era Harry.

-¡Harry!

-¿Hermione? ¿Qué pasó aquí? ¿Por qué hay tantos cuerpos?

Pero Harry sabía lo que había ocurrido en el pasillo, porque todo eso lo vio mientras yacía inconsciente en el Templo del Dragón. Miró hacia el suelo y pudo ver varios casquillos de bala diseminados por el piso. Harry observó cada rincón del corredor y, escondida en medio de dos columnas, estaba una figura oculta por las sombras. La persona, quienquiera que fuese, pareció darse cuenta que no había peligro y salió de su escondite, tambaleándose y llevándose una mano a su hombro derecho, del cual salía mucha sangre.

Era Ginny Weasley.


Faltaba una milla náutica para llegar a la marca de cuatrocientos kilómetros impuesta por la computadora encargada de manejar el lanzamiento del misil nuclear que cargaba el submarino comandado por el capitán Alexei Pudovkin, quien miraba a cada momento la pantalla que indicaba cuánto tiempo faltaba para el lanzamiento. El cronómetro que mostraba la cuenta regresiva indicaba tres minutos.

-Alto gradual a mi señal –ordenó el capitán Pudovkin, mirando el cronómetro como si le indicara cuánto tiempo le quedaba de vida-. Tres, dos, uno, alto gradual, ¡ahora!

El submarino, el cual funcionaba a base de un reactor nuclear, desaceleró lentamente. Ahora el navío estaba a diez metros de profundidad, y continuaba subiendo. En el momento en que el submarino se detuvo por completo, éste emergió a la superficie, justo cuando la primera compuerta circular se abrió y una cabeza redonda salió del orificio, montado sobre un pilar de fuego y vapor, despegando del submarino y curvándose lentamente hacia el suroeste.

-Lanzamiento exitoso –comunicó el primer oficial Rimski, quien estaba encargado de supervisar los procedimientos de despegue del misil-. Rumbo correcto, velocidad óptima.

-Entonces es hora de volver a nuestra querida patria –dijo el capitán Pudovkin, sentándose en su puesto-. Informa al capitán Borodin que las tropas de desembarco tienen luz verde para comenzar la invasión.

El timonel viró el submarino en un ángulo de ciento ochenta grados y se dispuso a abandonar las aguas británicas. El reactor volvió a entrar en funcionamiento y ahora escapaban a toda velocidad hacia su país, la tripulación festejando a propósito del éxito de la operación. El misil debería estar surcando el cielo en ese instante, rumbo a hacer polvo las estaciones antiaéreas cerca de la costa, para que cinco divisiones de paracaidistas descendieran en las cercanías y defendieran la costa para dar paso a la infantería que desembarcaría por mar. Así, la invasión comenzaría y sería casi imparable.

Uno de los oficiales monitoreaba la trayectoria del misil mientras los demás sacaban botellas de champaña de las alacenas del submarino, celebrando el éxito en el lanzamiento. Y luego, intempestivamente, el oficial aludido gritó al aire, confundido y desconcertado. Los demás, que estaban a medio camino de llenar las copas y hacer un masivo brindis, miraron al oficial como si no pudiesen creer lo que acababan de oír. El capitán Pudovkin los tranquilizó a todos, siendo él mismo un hombre que rara vez perdía el temple, entrenado para no sentir miedo o desesperación, así como todos los capitanes de submarino en Rusia.

-¿Qué sucede?

El oficial pareció perder la capacidad del habla. Al ver que estaba ofreciendo un espectáculo lastimero, se limitó a indicar la pantalla que mostraba la trayectoria del misil. La línea segmentada indicaba la ruta programada del misil y la línea continua indicaba la ruta real. El rostro del capitán Pudovkin se llenó de una desconcertada extrañeza cuando vio que la trayectoria del misil no concordaba para nada con la ruta planeada. Se estaba desviando gradualmente hacia el norte, hacia ningún objetivo militar. Consultando el mapa, el capitán del submarino supo que su misil nuclear se dirigía a unas cadenas montañosas en la zona central de Escocia. Según Inteligencia Rusa, no había objetivos militares en ese lugar.

¿Entonces, qué demonios hay allí?


Ginny Weasley apenas podía mantenerse de pie debido a la gran cantidad de sangre que había perdido. Sabía que le quedaba poco tiempo para cumplir con su tarea. Harry y Hermione la miraban con rostros blancos y asustados, porque sabían lo que significaba la enorme mancha de sangre en su hombro y la horrible palidez de su cara.

-Hermione –dijo la Auror, extrayendo algo del bolsillo de su túnica y tendiéndoselo a ella-. Esto… te pertenece.

Hermione tomó el pequeño libro de las manos de Ginny y lo observó detenidamente. La tapa era dura, de color verde olivo con bordes dorados pero, lo más extraño era la figura en el centro de la tapa. Otra vez aparecía la forma del Atractor de Lorenz. ¿Qué tenía de especial esa figura, la cual seguía apareciendo, una y otra vez? Sabía que ese no era el momento de pensar en eso, porque Ginny corría grave peligro de morir, otra vez. Harry también estaba preocupado y asustado por el estado de su ex novia, pero sabía que no era la única persona en Barad Nársil que estaba al borde de la muerte. Se adelantó al resto y miró a todos los miembros y acólitos de la Orden del Fénix, quienes le devolvían la mirada, con expresiones que mezclaban confusión y un ligero resentimiento.

-Escúchenme todos –dijo Harry con una voz poderosa como un viento huracanado-. Estoy al tanto de lo que ocurre y les aseguro que ni Hermione ni yo planeamos enamorarnos. Simplemente sucedió. Pero también quiero manifestar que no pondré barreras para que se case con quien estime conveniente para preservar el conocimiento que ustedes protegen y por el que yo daría mi vida para no ver ese saber perdido o en malas manos. Pero eso no es lo importante que debo hablarles.

"Barad Nársil se encuentra en peligro en estos instantes, amenazada por una fuerza tremendamente destructiva, tan poderosa que ni los más fuertes encantamientos defensivos pueden repeler. Por eso, necesito que salgan de aquí, de inmediato, si no quieren perecer en este lugar."

Hubo un murmullo generalizado entre los presentes, debatiendo si era buena idea escapar o si ese hombre, quien parecía ser no un guerrero normal del Clan del Dragón, sino uno de los jefes mayores, los Aratar, uno de los cuatro maestros de la Naturaleza, estaba mintiendo por alguna razón que no alcanzaban a entender. Después de varios minutos de discusión, el miembro que seguía en jerarquía a Hermione alzó la voz.

-¿Tú eres quien pretende a Hermione Nárwen? ¿Eres ese guerrero del Clan del Dragón que quiere destruir esta noble orden? ¿Te das cuenta del desastre que ocurriría si el conocimiento que guardamos y que tú debes proteger se pierde o cae en malas manos?

-Ya te dije que no tengo derecho sobre Hermione. Ella tiene la libertad de elegir a alguien de su orden y, si más no recuerdas, no pondré obstáculos para que ella se case con quien desee.

-No te creo –dijo el hombre que discutía con Harry-. Pienso que nos quieres echar de aquí para quedarte con Hermione Nárwen, porque ya sabemos de los sentimientos que albergas hacia ella. No creo que te hagas a un lado para que nuestra Thoronarí tome como esposo a cualquiera que no seas tú. No serás capaz de soportar que tu amada esté con otro.

Harry no dijo nada. Los demás parecían estar de acuerdo con el segundo al mando de la orden.

-No nos iremos. No estamos en peligro.

-Ninguna fuerza es más poderosa que la magia –adujo otra persona-. Los muggles nos temen.

Hermione no podía creer lo que estaba oyendo. Las últimas palabras que escuchó formaban parte de las doctrinas más arraigadas de la Orden de Merlín. ¿Cómo era factible que los tentáculos del enemigo se extendieran tan lejos? ¿Tan poderosa era esa detestable congregación de magos? Había llegado el momento de pronunciarse como la verdadera líder de la Orden del Fénix.

-Yo le creo a Harry –dijo Hermione de forma solemne, como si estuviese conduciendo una ceremonia de iniciación-. Quiero decir, le creo a Stormrider, porque ese es su nombre como Caballero del Dragón de Aire. Él tiene un corazón puro y no sería capaz de poner en peligro a la entidad que él tiene la obligación de proteger, por mucho amor que sienta por mí. Para él, la seguridad de nosotros es la mayor prioridad de todas y no a va a renunciar a ella sólo por amor. Si él dice que estamos en peligro, yo le creo, y ustedes deberían también. Recuerda que es uno de los protectores y sólo está cumpliendo con su deber.

-Pero, Hermione Nárwen –dijo el segundo al mando-, ¿no cree que la está engañando para quedarse con usted? Sabe que ningún artefacto muggle puede penetrar este lugar. Barad Nársil no existe en ningún mapa y ninguna arma inteligente puede siquiera ver dónde estamos. Es Stormrider quien desea una excusa para poseerla…

-¡Ya basta! ¡No voy a soportar que ustedes cuestionen mi liderazgo! Si Harry dice que estamos en peligro, lo estamos. Así que las cosas son muy simples. O me hacen caso y todos escapamos de Barad Nársil o todos se quedan y mueren, y contribuyen al fin de la Orden. Tienen un minuto para decidir si quedarse o acompañarnos.

Hermione, dichas esas palabras, se acercó a Ginny y la ayudó a tenderse sobre el frio piso enlosado del pasillo, le quitó la túnica y descubrió el hombro herido. La líder de la orden sintió arcadas cuando vio el enorme tajo que exponía la clavícula de Ginny. Sintiendo tristeza, las lágrimas resbalaron de sus ojos para caer sobre la herida y, poco a poco, ésta se fue cerrando por su cuenta, hasta que ni siquiera una cicatriz quedó en el hombro de la pelirroja. Hermione sonrió.

-Lo siento Hermione –dijo Ginny en voz baja-. Lamento haberme comportado tan mal contigo. Harry es quien tiene la última palabra sobre con quién de nosotras dos se va a quedar.

-Creo que eso ya está decidido –repuso Hermione, ayudándola a levantarse, pero parecía ser que Ginny estaba más débil que antes-. Harry debe renunciar a su amor por mí para que pueda servir mejor a los propósitos del Clan del Dragón. Por eso debes ser tú quien esté con él. Date una nueva oportunidad para amarlo y ser lo que no pudieron ser antes. Todos merecemos segundas oportunidades Ginny.

Y esta vez, la pelirroja pudo ponerse de pie, aunque sus piernas temblaban violentamente. Por otro lado, el minuto ya habían transcurrido y Hermione encaró al resto de su orden.

-¿Y bien? ¿Cuál es su decisión? ¿Nos acompañan, o se quedan aquí?

Los presentes deliberaron entre ellos. Algunos tenían miedo que las palabras de Harry fueran verdaderas, pero la mayoría tenía plena confianza en que Barad Nársil no pudiera ser encontrada ni atacada por ninguna fuerza muggle.

-Bien –sentenció Hermione, dando media vuelta y abrazándose a Harry. Ginny hizo lo mismo-. Han tomado su decisión. Yo tomaré la mía y preservaré el conocimiento de la Orden de Fénix, deber que ustedes rechazaron.

Harry aferró firmemente a Hermione y a Ginny y, con un violento estampido, salió volando hacia los cielos a una gran velocidad. Hermione llamó a Harry secretamente, Tar Sûlion, el rey del viento mientras viajaban a la velocidad del sonido hacia el sur. Fue en ese momento en que un destello pasó a unos cien metros por el lado de Harry y él frenó en seco, agarrando a sus dos compañeras firmemente para que no se les escaparan y quedaran como estampillas en el suelo. Harry, con ojos de águila, pudo ver el cilindro impulsado por esa terrorífica estela de vapor dirigirse hacia Barad Nársil.

Hubo un resplandor que cegaba la vista y después un estampido terrible como el mismo infierno destrozó la piedra de la torre como si fuesen terrones de azúcar y envió rocas tan grandes como una casa volando a más de tres kilómetros de altura, pero no más alto y horrible que el hongo nuclear que se formó después del estallido. La montaña había desaparecido por completo, convertida en pedazos de roca errantes, y Harry sintió llorar a Hermione, porque ahora era ella la única sobreviviente de la Orden del Fénix y ella era la única esperanza para que el conocimiento no se perdiera para siempre. Harry le dio ánimos para que se compusiera y, cuando Hermione dejó de sollozar, Harry siguió su vuelo hacia el sur, a algún lugar libre de gente o de la influencia de la maquiavélica Orden de Merlín.


El jefe no podía estar más complacido con el trabajo de su asesino a sueldo y Pansy Parkinson, quien ya había vuelto a su forma original después de haber estado más de cuatro horas como uno de los acólitos de la Orden del Fénix. La transferencia correspondiente al pago de los servicios del asesino ya se había completado, más el cincuenta por ciento de bonificación por traer a Pansy sin un rasguño.

-¿Y bien? ¿Está todo bien?

-Más que bien –dijo Pansy, entregando un libro de aspecto pesado encuadernado y bordado en oro-. Ahí está todo lo que necesita saber. Y la Orden del Fénix ya no confía en el Clan del Dragón.

El jefe podría bailar.

-Que bien. Le informo señorita Parkinson que las primeras consecuencias de su quirúrgico ataque ya son una realidad.

El jefe encendió la televisión y, las noticias mostraban una montaña totalmente destruida por un misil nuclear, cuyo hongo característico todavía no se deshacía.

-La Orden del Fénix, al menos en este país, es historia. Y, lo que es más, tenemos el conocimiento que guardan. Ahora nosotros tendremos poder sobre la verdad y nos aseguraremos que nadie la vuelva a desenterrar.

Pansy y el asesino a sueldo sonrieron, una porque sus sueños por fin se estaban haciendo realidad y el otro porque ahora tenía el suficiente dinero como para darse lujos el resto de su vida sin ninguna complicación. El celular del jefe sonó encima de la mesita ratona y se lo llevó a su oído, esperando escuchar más buenas noticias.

-Diga.

-Todo está preparado. Los demás países ni siquiera sabrán qué les pegó.

-Excelente. Ordena que se dé luz verde a todos los sectores.

-Sí señor.

El empresario dejó el celular donde estaba y encaró a sus dos mejores agentes.

-La hora del destino ha llegado. Es el momento en que la Orden de Merlín tome lo que siempre fue suyo y gobernemos con nuestras leyes y a nuestro modo. Mil años nos tomó lograrlo, pero al fin, ganamos y la magia será lo que siempre debió haber sido.


Harry, Hermione y Ginny estaban refugiados en una cueva profunda en la zona central de Inglaterra y estaba iluminada por uno de esos maravillosos fuegos transportables de Hermione, que también brindaba calor a la fría caverna. Harry montaba guardia en la boca de la gruta mientras Hermione se ocupaba de cuidar a Ginny, quien todavía estaba pálida y, para horror de quien la acompañaba, su pulso se estaba debilitando de a poco y sentía los párpados muy pesados, como si tuviese mucho sueño.

-Tengo frío –dijo Ginny, temblando-, mucho frío.

Hermione le arrojó otro cobertor encima, pero la pelirroja seguía estremeciéndose. Su piel estaba muy blanca, casi fantasmagórica. Hermione no entendía lo que le pasaba, pues había curado su herida con sus poderes de fénix, pero el estado de Ginny seguía empeorando.

Una hora más tarde, la pelirroja apenas tenía fuerza para hablar.

-Hermione –dijo ella, extendiendo una trémula mano en dirección de la aludida, quien se giró para mirarla-. No voy a lograrlo. No voy a sobrevivir. Pero quiero hacer una última cosa antes de abandonar este mundo.

-No digas eso Ginny. Tú no vas a morir.

-Por supuesto que sí. Perdí mucha sangre y mi corazón ya no puede más. Tus poderes no son capaces de regenerar la sangre.

-Ginny, por favor, no seas pesimista.

-No es ser pesimista. Es ser realista. Dile a Harry que se acerque.

Hermione fue a buscarlo. Mientras tanto, la pelirroja seguía debilitándose y apenas podía mover los brazos. Sentía un frío mortal que la traspasaba de parte a parte y sus ojos estaban casi cerrados. Treinta segundos más tarde, Harry acompañaba a Hermione y ambos se inclinaron delante de Ginny.

-Resiste Ginny –dijo Harry con más ánimo que Hermione.

-Está bien –dijo la pelirroja, sonriendo débilmente-. Lo haré mientras pueda. Pero quiero hacer algo antes de… de partir.

Harry y Hermione respiraron como uno. Ginny se levantó sólo un poco y, con su mano izquierda, tomó la de Harry y la juntó con la de Hermione. Ninguno de los dos hizo ningún movimiento.

-Quiero… quiero que me hagan el… el siguiente… juramento –dijo Ginny con voz quebrada-. Como yo… yo no estaré con ustedes… tú… Harry… quiero que seas tú quien proteja y ame a… a… Hermione.

Harry y Hermione podrían ser dos estatuas.

-Harry… quiero que me… me prometas que… que amarás a Hermione… con… con todo lo que… tienes, que la… vas a… a… cuidar, que la honrarás… que la protegerás y… cuidarás… hasta que… que la muerte… los se… separe.

Harry no podía imaginar algo más lastimero y penoso que una mujer renunciando al amor justo cuando iba a morir.

-Lo prometo –dijo Harry con un hilo de voz.

Hermione estaba llorando.

-Hermione… prométeme que… que… amarás a Harry… con… con todo lo que… tienes, que… que lo vas a… a… a… a cuidar, que los honrarás… que lo… protegerás y… cuidarás… hasta que… la… la… la muerte los separe.

La aludida derramaba lágrimas cuando habló.

-Lo… lo prometo.

Ginny usó sus últimas fuerzas para decir sus últimas palabras.

-Entonces… los… los declaro… unidos… de por… por… vida.

La última palabra fue como un suspiro y el último aliento de Ginny escapó de sus pulmones. Hermione se arrodilló delante de ella y la movió por los hombros. Nada ocurrió. Tomó su cuello para ver si tenía pulso, pero no halló nada. Tocó su pecho, con el mismo resultado. Hermione se derrumbó a un lado de Ginny, acariciando su cabello como si ella fuese su amante, pero daba lo mismo. La pelirroja ya no respiraba, sus ojos reflejaban el fuego azul que escapaba de la botella en la cual Hermione lo tenía encerrado. Harry observaba la escena con pesadumbre y, momentos más tarde, los llantos de Hermione reverberaron en la caverna, reflejando la horrible y triste verdad que aplastaba tanto a Harry como a su amiga como un yunque.

Ginny Weasley había muerto.