NdA:¡Hoy es un día especial! Pensaba dedicarle este fic a mi amiga Olguchi alias Kureka, porque hoy es su cumpleaños, pero hoy también ha sido instaurado el día del Drarry, porque hablaron de ello con Tom en un programa de tv en EEUU y conseguimos que "Drarry" fuera TT en el twitter. Así que nada, para celebrar ambas cosas os traigo esta historia.

¡Feliz cumpleaños, guapa! Eres la más mejor amiga del mundo ^^ ¡Besos!

El planteamiento del está basado en la película "Nikita", pero no sigue la misma trama hasta el final. El fic no está terminado, le falta un poco, así que no sé cuándo subiré el capi siguiente. Quería que al menos estuviera estrenado hoy.

Espero que os guste, ya me contaréis ^^

Los personajes de este fic pertenecen a Rowling y el planteamiento de la historia... pues a los que se inventaron Nikita, ni idea XD ¿Luc Besson?

Prólogo

Las celdas de los condenados a muerte estaban abarrotadas. Azkaban era grande, pero ni siquiera ella podía albergar las oleadas de detenidos que se habían producido por la guerra.

Draco estaba sentado en una esquina, pegado a su padre. Se sentía tan aturdido que no podía pensar. Su mente se estrellaba una vez más contra un hecho incapaz de asimilar: aquella era su última noche de vida. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que fueran a matarle a sangre fría, cuando sólo tenía dieciocho años cumplidos en Azkaban, cuando no había matado a nadie? ¿Cómo era posible que fueran a matar a su padre o que hubieran condenado a su madre a cadena perpetua? No, no podía ser, aquello no podía estar pasándoles. Se despertaría y descubriría que todo era una pesadilla.

Un atisbo de luz sucia y gris se coló por la pequeña abertura en la pared de piedra que hacía las veces de ventana y su padre le estrechó la mano.

-Deber ser fuerte –dijo, con voz ronca, ahogada.

Una oleada de angustia asaltó a Draco con tanta fuerza que por un momento no pudo ni respirar. No, no, ¿por qué no se despertaba? ¿Por qué? Quería despertarse ya.

Se oyeron ruidos de pasos y las pocas conversaciones de la celda cesaron al instante. La puerta se abrió y tres guardias, todos con las varitas listas, aparecieron ante ellos.

-Lucius Malfoy y Draco Malfoy.

Draco notó cómo su padre lo instaba a ponerse en pie y le obedeció aunque las piernas parecían incapaces de sostenerle, aunque todo lo que quería era salir huyendo de allí.

-No, no…

Pero caminó junto a él y salió de la celda. Había más aurores fuera. Dos le sujetaron por los brazos, otros dos hicieron lo mismo con su padre, y todos echaron a caminar por el largo pasillo de piedra. La mente de Draco había salido de su estupor y ahora parecía encontrarse en el extremo opuesto; tenía la sensación de que había un millón de pensamientos agolpándose en su cabeza: se vio a sí mismo correteando cuando era pequeño tras los pavos, celebrando un cumpleaños, colocándose orgullosamente su corbata de Slytherin, besando a Pansy tras el Baile de Navidad de cuarto y a un chico de Drumstrang pocos días después, recibiendo la Marca, llorando de terror al comprender que Voldemort era un monstruo y que quería matarlos a todos, a Harry Potter defendiéndole enérgicamente en el juicio, a él y a su madre, mientras medio Wizengamot protestaba.

¿Eso era todo? Eso no podía ser todo. No había descubierto una poción que le haría inmensamente famoso, no había visitado los países que quería visitar, ni se había enamorado. Ni siquiera había follado de verdad. Su vida no podía acabar así, entre aquellos muros fríos y húmedos, con dieciocho años. No podía ser, no podía ser…

Se detuvieron en una puerta.

-Espera aquí.

Pero los guardias que llevaban a su padre abrieron la puerta y Draco comprendió que iban a separarlos.

-No… No…

Su padre le dirigió una mirada que suplicaba perdón y exigía fortaleza a la vez.

-Nos vemos pronto, hijo.

Los guardias le hicieron pasar al interior de la habitación y cerraron la puerta tras ellos.

-¡No! ¡No! –exclamó, empezando a forcejear-. ¡Papá! ¡Papá! ¡No!

Uno de los guardias que se había quedado con él le pegó una dura bofetada y entre los dos lo sujetaron con más fuerza.

-¡Cállate y estate quieto, mortífago!

-Seguro que no lloraba tanto cuando él y su papaíto mataban muggles, ¿verdad?

-Yo no he matado a nadie –gimió Draco.

Oh, Merlín, Merlín, no era una pesadilla… Estaba pasando de verdad, iban a matar a su padre y luego iban a matarlo a él. Un sudor frío le empapó las axilas y la espalda y el corazón empezó a latirle con un ritmo irregular y enloquecido. Las piernas se le doblaron; iba a desmayarse.

-¡Ennervate! –dijo uno de los guardias, antes de darle una buena sacudida-. Puto llorón, aguanta como un hombre.

La puerta volvió a abrirse y apareció uno de los guardias que había entrado con su padre.

-Ya podéis pasar.

-No, no…

Pero le obligaron a caminar, llevándolo casi a rastras, y Draco entró en una habitación. A su derecha, tras un cristal, un montón de magos lo miraban con asco, odio y una oscura satisfacción. Al fondo, un hombre grande, cuya cabeza estaba oculta con una capucha negra, le aguardaba.

-¡Vamos! –exclamó uno de los guardias.

Incapaz de reaccionar, miró estúpidamente a la gente del cristal. No los reconocía, sólo veía caras distorsionadas por el odio. De pronto reconoció una mata alborotada de pelo negro y unas ridículas gafas. Potter, era Potter. Estaba llorando y el movimiento de sus labios indicaba que estaba diciendo "lo siento".

Porque iban a matarlo.

Draco dio una sacudida y mordió con fuerza la mano de uno de los aurores, que le tenía agarrado por el hombro. El hombre dio un grito y le soltó, pillado por sorpresa. Por un instante fue libre y corrió desesperadamente hacia la puerta, pero un hechizo le dio entre los hombros y le hizo caer al suelo.

-¡No! –Unas manos le arrastraron de nuevo hacia el verdugo-. ¡NOOOO!

Forcejó, pataleó, creyó que podría soltarse de nuevo. Le dieron con un Desmaius, pero la adrenalina y el Ennervate le mantuvieron despierto. Vio a la gente gritando con rabia, exigiendo su cabeza, excitados como fieras por su resistencia, y vio a Potter con las palmas de la mano apoyadas en el cristal y una expresión devastada en la cara.

Cuando le pusieron una capucha negra en la cabeza, dejó de ver nada. Pensó que iba a volverse loco. Y mientras todo se volvía oscuro también en su mente, escuchó unas últimas palabras.

Avada Kedavra.

Continuará